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Huida:

Huida

Llevaba un buen rato corriendo, tanto que se me cortaba la respiración pero no podía dejar de hacerlo. Alguien me seguía desde hacía dos kilómetros y no era capaz de explicar el qué, tan solo que no podía parar, no quería sentir su aliento en mi nuca, esperando que diera un paso en falso y me cayera al suelo para poder atraparme. Daba igual si hacía sol, llovía, si el viento me molestaba, si los truenos obligaban a todo el mundo a meterse en casa porque eran peligrosos, nada de eso podía frenar mis pies.

Casi no me sentía las piernas y mis pies pagaban las consecuencias de llevar unas sandalias tan finas para correr en un momento como aquel, de tremendo pánico, de deseos por llegar a algún tipo de destino. Quería ver su cara, era como huir de nadie en especial, era como ahogarse sin poder entender dónde estás. Recuerdo que me miraba fijamente en aquel sueño, que me decía que iba a venir a por mí, que debía esconderme si quería seguir viva porque, después de lo que hice, no podría seguir respirando por mucho tiempo. Mis manos temblaban y, bueno, oí la puerta de mi casa en la planta de abajo, así que, lo primero que pensé fue salir huyendo de allí con el camisón puesto y con el pelo deshecho, acabada de despertar y con ojeras.

Era de noche y la niebla no me dejaba ver muy bien, pero trataba de no desesperarme. Oía sus pasos detrás de mí, a veces, eran más rápidos, más decididos, era como si quisiera decirme algo al oído antes de cogerme, antes de que supiera quién era. Quería gritar pero no tenía las fuerzas suficientes para ello, desde que mi hija murió que no podía si quiera esbozar una sonrisa, a decir verdad, ya había olvidado cómo hacerlo. Mucha gente del pueblo creía que había sido yo la que la mató por las distintas marcas que tenía alrededor de su cuello pero sería incapaz de haberle hecho daño… ¿verdad?

“Eres una mentirosa”, decía la voz, cada vez más cerca de mí, era pausada, aunque cada vez más tenebrosa y oscura, sin poder identificarla. Debían haber enviado a alguien a que me aterrorizara para que hiciera una especie de confesión sobre lo que le pasó a mi hija pero yo no sabía absolutamente nada, ya la encontré muerta cuando entré en casa, justo en el salón, ni siquiera pude recordar más… “Sí que lo recuerdas, y muy bien”, dijo con un susurro. Me atormentaba, me empezaba a doler la cabeza, e incluso la espalda, no sabía a dónde me dirigía ni por qué seguía corriendo si estaba perdida, no tenía ni idea de si mi agresor iba a cansarse en algún momento, llevaba más de tres horas corriendo y no veía señales de que quisiera hacerlo.

“Ella te quería y le fallaste”. ¿Le fallé a mi hija? ¿De verdad pude hacerlo? A veces, creía que sí, casi no tenía tiempo para ella con todo el trabajo que tenía y, bueno, la descuidé un poco, no dejaba de llorar, de llamar mi atención, me ponía algo histérica pero, yo también la quería. “Nunca quisiste tener hijos, ella era una carga para ti”. Su voz repiqueteaba en mi cabeza como un martillo, cada segundo se volvía una hora, tedioso, de una dificultad palpable y empezaban a fallarme las piernas, tenía mucha sed y estaba algo mareada. No sabía qué hacer, estaba acercándose cada vez más y parecía tener mucha energía porque no había forma de dejarlo atrás, de hacer que desapareciera o de despistarle. ¿Qué se suponía que tenía que hacer? ¿Rendirme? ¿Y si me hacía algo en cuanto parara? ¿Y si quería violarme? Estábamos en medio de ninguna parte…

No pude más y me caí hacia adelante, inmóvil, inconsciente. Me resultó bastante difícil abrí los ojos pero, en cuanto lo hice, ya no estaba en aquel bosque lleno de hierba mojada, ya no había árboles a mi alrededor, tampoco niebla, era algo parecido a una casa de campo, pequeña y bastante acogedora. Me había puesto una manta encima para que no pasara frío, dado que, había llovido en cuanto empecé a correr, pero no veía a mi supuesto agresor por ninguna parte, quizá hubiera salido… No podría ser nadie malo si me había dejado aquí al lado de la chimenea sin hacerme nada y con una manta para que no pase frío, ¿verdad? Me volvía francamente loca el no saberlo.

El momento esperado llegó. Abrió la puerta poco a poco esperando que yo estuviera todavía dormida, mis ojos se abrieron como platos al descubrir quién me había seguido y llevado hasta allí. No podía creer el parecido, tampoco esa mínima posibilidad, tenía entre curiosidad y un pavor incontrolable porque no sabía muy bien de qué sería capaz de hacer conmigo después de todo lo que hice, si yo lo sabía, ella también.

– Bien, estás despierta – tenía la misma voz, esos dientes blanquecinos y unos labios finos que siempre veía en el espejo – Ya podemos hablar. Siéntate.

Me levanté poco a poco, con los ojos como platos, no podía apartar la vista de ella, de su expresión, de ese cambio de look, de ese montón de detalles que había pasado desapercibidos. Me senté a la mesa, justo donde me dijo que lo hiciera y seguí mirándola fijamente, se empezó a sentir incómoda:

– ¿Te sorprende mi físico? – asentí con la cabeza incapaz de mediar palabra – Pues no debería, ni siquiera debiste huir de mí.

– Lo… lo siento. No sabía que eras tú – mi voz temblorosa se acalló de inmediato, no podía creer lo que estaba pasando, pero me armé de valor para cuestionarlo – ¿Qué está… pasando? No lo entiendo…

– He venido porque quiero que confieses lo que hiciste y des un motivo. Tratas de huir de esto, de mí, del pueblo que espera verte en prisión… Pero actúas como una verdadera cobarde, la verdad, no te recordaba así – se encogió de hombros y empezó a fumar, cosa que me mosqueó un poco, lo había dejado hacía un año, no necesitaba que nadie me echara el humo en la cara – ¿Vas a hacerlo o voy a tener que usar la fuerza contigo?

– Estuve trabajando en la oficina hasta tarde y cuando llegué, estaba muerta… No pude imaginar que…

– ¡Quiero la verdad! – le dio un puñetazo a la mesa con todas sus fuerzas, no cabía en mí de pánico, podía ver aquella cara conocida con una ira incontrolada y podía entender por qué habíamos llegado hasta este punto – Si no me la dices… bueno, te arrancaré la cabeza y se la daré a los cerdos que esperan ahí fuera, ¿está claro? Están bastante hambrientos, ya sabes, comen por tres…

Al oír aquello y ver que dejaba un cuchillo grande y afilado encima de la mesa, pude creer que de verdad iba en serio, me dio tanto miedo que no pude evitar decir lo que tanto tiempo llevaba guardando y, puede que me sintiera algo aliviada:

– Llevaba varios días llorando mucho, no conseguía que se calmara y no sabía qué más hacer. Tenía mucho trabajo y había decidido terminarlo en casa mientras ella dormía pero no dejaba de llorar y me desconcentraba mucho… Era un trabajo crucial para la empresa y, bueno, me puse algo histérica, perdí el control de mí misma… – las lágrimas corrían por mis mejillas sin nadie que pudiera pararlas, con absoluta libertad, repletas de culpa y dolor, a la vez, de asombro y alivio por decirlo en voz alta, nadie nos escuchaba, ¿verdad? – Así que, bajé por las escaleras con un enfado bastante pronunciado, la agarré de la garganta y la presioné hasta que se… hasta que se… calló – la última palabra fue a penas un susurro pero mi interlocutora quedó satisfecha -.

– Perfecto, ¿ves como no era tan difícil? – el terror empezó a fluir de mí cuando me enseñó la grabadora que tenía en la mano, me había tendido una trampa para que confesara, ¿cómo podía siquiera hacerme eso? No pude controlar la situación porque ella tenía la posición de control en aquel lugar apartado y ya había mandado la grabación a las autoridades, me ató las manos en la silla donde estaba sentada y ambas esperamos a que viniera la policía -.

– ¿Quién coño eres tú? – le pregunté ya sin miedo, venían a por mí y no tenía absolutamente nada que perder – ¿Por qué eres tan parecida…?

– Sabes con total perfección quién soy, sabes de quién huías en el bosque y sabes por qué soy tan parecida. Está en tu cabeza, ahora mismo lo reconoces pero no sabes cómo explicarlo pero, es fácil si lo intentas…

En cuanto la policía entró, ella desapareció, como si nunca hubiera existido. Y todo tuvo su sentido, lo vi con absoluta claridad, sin neblina, sin mentiras, sin borrones ni tonos grises o translúcidos. En el bosque había estado huyendo de mí misma, de mi culpa, de la muerte de mi hija… había sido tan intenso, que sentía como si pasara en la realidad, terminando por grabar mi confesión, engancharme a una silla y no moverme hasta que llegara la policía. Yo misma había provocado aquello porque quería redimirme, quería ser perdonada aunque la neblina no me dejara ver nada. Por ello, esa mujer era yo, era idéntica, y me hablaba con aquella voz tan autoritaria y tranquila, quería que aceptara mi culpa y que viera la realidad tal y como era.

No más mentiras, no más esperas, no más momentos de debilidad. Yo fui quién mató a mi hija, ella fue mi víctima y tengo que pagar por mi crimen, sin huir, enfrentándome a la realidad misma de la que tanto había querido escapar…