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La que Huye: Kayla

Kayla

Relato procedente: “HUIDA”

Nombre: Kayla Goyde    Profesión: Administrativa

Ciudad natal: Belfast     Edad: 42 años

Descripción física:

Mi cabello negro es ondulado y suele estar algo enmarañado debido a mi situación actual, ya no puedo cuidármelo como antes, la cárcel no es un sitio agradable donde te presten un buen suavizante y unas esponjas para frotarte el cuerpo. Mis ojos castaño oscuro, grandes y expresivos, ahora permanecen cansados tras tantas noches sin dormir, recordándolo todo de una forma muy vívida, acercándose a la pesadilla. Mi tez pálida ahora tiende a parecer más rugosa, a veces, algo seca debido al ambiente que acontece en mi alrededor, las zonas cerradas, lugares en los que no llega el sol ni el aire. Mi cuerpo esbelto, tiende a adelgazar cada vez más debido a mi falta de apetito y, según mi psicólogo, a mi sentimiento de culpa y estrés postraumático, algo que no me ayuda en nada.

Descripción de la personalidad:

Puedo decir que siempre he sido una mujer casera, bastante pegada a la família y con pocas ganas de compartir mi vida con nadie más que con mi hija. He sido muy reservada, tranquila y controladora en lo que tenía que ver con las situaciones diarias, he mantenido la calma en momentos difíciles y me ha encantado acercarme a esos precioso bosques cerca de nuestra casa donde se podía respirar aire fresco, me daban mucho vida, justo lo que ahora más anhelo. Solían decirme que era una mujer triste, quizá por mi expresión, puede que por la forma de mis ojos o mi cara, pero he sido una mujer más sensible que ninguna otra cosa, aunque sea verdad que lloro con facilidad. He sabido guardar muy bien los secretos, sobretodo los míos, han estado sepultados en la profundidad de mi alma hasta llegado el momento.

Una infancia y adolescencia exigentes:

Desde muy pequeña, mi madre me trataba como una verdadera mujer con responsabilidades y quehaceres diarios, me marcaba los tiempos, desde qué hacer nada más despertar hasta cómo debía comportarme en la mesa. Mi madre era la típica mujer sumisa que servía a su marido con absoluta lealtad, nunca cuestionaba esos actos machistas de las mujeres de entonces, ni siquiera los consideraba como tal, de hecho, permitía que la pegara cuando no hacía algo exactamente como él quería. A mí me parecía excesivo, incluso, mi padre me decía que debía aprender de los errores de mi madre para que cuando me casara, no los cometiese con mi marido. A veces, me daba escalofríos.

Mi madre se preocupaba siempre que llegaba algo más tarde a casa, no quería que me relacionara demasiado con mis compañeros de clase, siempre tenía que hacer cosas en casa, según ella, para aprender a cómo hacerlo sola, quería que cada vez más, comenzara a ser independiente pero yo sabía perfectamente por qué lo hacía. Debíamos ser como los demás vecinos del barrio, exigentes con nuestros hijos, obedientes a nuestros maridos y debíamos dormir con un camisón pegado al cuerpo, nada de dormir desnuda o con sujetador y bragas. Dios, era agotador…

“Adiós, padre”:

Esas fueron mis palabras cuando me enteré de su muerte. Fue un accidente, al parecer, le atropellaron cuando salía borracho de una taberna en el centro de la ciudad. No puedo decir que no me aliviara el hecho de que por fin dejara de formar parte de nuestras vidas. Mi madre ni siquiera se inmutó, actuó como una autómata, como si su muerte no importara o, mucho peor, como si ella se convirtiera en polvo y no supiera qué hacer con su vida pero muy pronto lo descubrió.

No volví a pensar en ello, no volví a recordarle y tampoco quise. No había sido nada bueno para mi madre, la defendía aunque ella no se lo mereciera, era sumisa porque prefería la postura cómoda de no hacer nada para evitar ser maltratada de aquella forma. Aunque empezó a perderse entre hombres más jóvenes que ella, aunque perdiera totalmente el norte, la seguía ayudando a levantarse cada mañana y a que dejara de darse vergüenza a sí misma.

Mismo pasado, mismo presente:

Éramos felices. Me sentía completa con aquella persona que compartía tantos momentos conmigo, incluso, cuando murió me sentí culpable al sentirme aliviada por la muerte de mi padre, quizá pasó lo mismo por ello… No podía explicarme por qué mi madre y yo teníamos vidas tan paralelas, todavía sigo preguntándome qué pasó. No tenía ni idea de por qué dejé de mantener contacto con mi madre, quizá tenía miedo de que los acontecimientos de su vida empezaran a formar parte de la mía, que empezaran a afectarme de verdad, a influirme… Estuve aterrorizada un tiempo.

De compartir las responsabilidades de traer una vida al mundo, había pasado a cargarlas sobre mis hombros totalmente sola, ahora era madre soltera, algo que me quitaba el sueño de forma constante. La niña crecía muy rápido pero no dejaba de llorar, era tan intensa a veces que no podía controlarla, tampoco mi ira contenida durante tanto tiempo por la frustración que albergaba en mí tras la muerte de mi marido, ese que siempre entendió mis fases rebeldes y emotivas, ese que prometió no dejarme nunca sola…

Perdí completamente el control. Dejé de ver con normalidad, la visión se volvió borrosa pero iba directa hacia ella, hacia su cuello, quería mi objetivo, tan solo quería que se callara, tenía tanto trabajo que no podía dejarlo ni un minuto, era mi responsabilidad… Dejé que mi cuerpo decidiera por mí, que mis sentidos se agudizaran y adormilaran mi alma, me dejé llevar por completo, haciendo lo que mi madre había tenido tanto miedo de hacer conmigo… Apreté su cuello con fuerza, oía que su voz se iba apagando, se movía pero pronto dejó de hacerlo. Medio sonreí al comprobar que había conseguido que callara pero, en cuanto volví a mí, comprendí lo que había hecho, el tremendo error que había cometido y lo que había perdido, todo al mismo tiempo…

Después de su muerte:

No podía respirar. Sentía cómo me ahogaba cada vez que entraba al salón, cada vez que veía el sofá vacío, cada vez que pensaba en ella, en sus pequeños pies, en su olor, en su tacto suave y la ternura en sus ojos… Me obligué a olvidar lo que pasó porque no quería admitir lo que hice, no sabía cómo había sido capaz de consentírmelo, ni siquiera cómo había ocurrido. Era incapaz de mirarme al espejo, ya no conocía a esa mujer perdida, ya no sabía quién iba y volvía del trabajo o quién cogía el coche para ir de compras, ella ya no era yo en absoluto, se había transformado en alguien que desconocía.

Delante de la gente, actuaba como si no hubiera ocurrido nada, incluso, me inventé una historia que yo misma me creí para que pareciera más verídica a ojos ajenos. Según mi versión de la historia, estuve trabajando hasta tarde y, cuando llegué, la niña ya no respiraba, había muerto mientras hacía horas extras en la oficina. Algunos se lo creyeron pero otros no, mucho menos esa persona culpable que había dentro de mí, esa persona que montó un escenario para confesar y poder cumplir con su condena después de matar a su propia hija, fruto del amor que se tenían dos personas que se complementaban tan bien.

Un futuro siendo prisionera:

No puedo decir que esté cómoda pero todavía merezco mucho más que una cadena perpetua, todavía merezco la muerte por lo que hice. No lo conseguiré, soy demasiado sensible y tranquila para tener mal comportamiento y soy demasiado cobarde como para conseguir unas cuchillas en este tugurio y matarme yo misma, así que, lo único que puedo hacer es conformarme con lo que me rodea, no mirar a nadie y no hacer preguntas. Yo misma me metí aquí y yo misma pagaré las consecuencias de lo que hice.

No sé si sobreviviré, si volveré a tratar de huir de mí misma, tampoco si pagaré por todo o si necesitaré algo más, pero sí sé que no volveré a ser libre, viviré enjaulada hasta que muera, lo único que me quedan son los recuerdos, aquellas sonrisas, las miradas, la complicidad, la esencia y el alma que tuvimos en un pasado, ya lo vivo a él y no a mi presente, los días trascurren sin importancia, los miro mientras permanezco en la oscuridad, mientras espero que venga a por mí y por fin pueda estar en paz…