Publicado en Relatos

Espacio Olvidado:

Empecé a caminar por el pasillo de oficinas una vez más, como cualquier otro día, casi sin prestar atención. Todo el mundo tenía su despacho, trabajaban a toda velocidad hasta el último minuto, muchos se quedaban hasta altas horas de la madrugada para terminar los últimos toques de un artículo que iba a salir al día siguiente y otros dejaban sus puestos a tiempo y se llevaban el trabajo a casa sin tiempo que poder dedicarles a sus familiares y amigos. Pero así era nuestro trabajo, estar despierto para cazar cualquier noticia al vuelo y poder informar a los ciudadanos. Pensando en ello, me paré en seco al ver la puerta de una de las oficinas del pasillo a penas abierta, no se oía nada, tan solo se podía ver el último rayo de luz entrando por la ventana hasta la puerta de entrada.

Me aventuré a entrar. Ya había pasado un año desde que ocurrió. Recuerdo que antes me pasaba todo el tiempo entrando y saliendo de esta oficina con papeles en las manos, hablando a gritos y tratando de que Melinda me escuchara, fue una redactora jefe inolvidable por su dureza. Me entristeció ver la habitación tan vacía, desolada, olvidada en el pasillo. La imagen de ella sentada en su silla con rectitud cerca de su escritorio me dejó entrever una sonrisa tímida, lo tenía lleno de papeles por todas partes, post-its, su ordenador echaba humo pero no dejaba de teclear como si su vida dependiera de ello, lo tenía lleno de grapas tiradas por el suelo, una papelera al lado que a penas usaba y una grapadora a punto de echarse a perder. Ahora, ese escritorio no tenía nada en absoluto. Estaba vacío. Había un sillón a un lado lleno de polvo, donde Melinda solía leer algunos de los borradores que le traíamos, decía que era el mejor lugar para pensar, yo no quería dudarlo o podría tener problemas. Una estantería vacía al fondo y a la derecha, donde dejaba todo los libros que había estudiado sobre periodismo y sobre los que nosotros deberíamos saber más que ella. El suelo tenía polvo, la habitación dejó de brillar y su recuerdo había ido desapareciendo de nuestra mente mientras seguíamos atrapados en nuestra rutina, como si jamás hubiera existido.

Me acerqué a las cortinas y las abrí de par en par, lo que no esperaba era ver un paraguas apoyado en el suelo por el mango. Ese era el paraguas de Melinda. Era el paraguas que siempre se le olvidaba en la oficina y que no recordaba llevarse cuando llovía, llegaba mojada de arriba a abajo a su casa por su mala memoria. No podía creer que nadie se hubiera dado cuenta de esto. Sabía que en la oficina la odiaban, pero dentro de toda esa maldad y rabia, había alguien sensible y tierno, aunque solo me lo dejara ver a mí de vez en cuándo. No quise abrir las ventanas. Era como si la viese a través de ese paraguas y no quería invadir su espacio. El trabajo duro de toda una vida había desaparecido, se había evaporado de aquella habitación que ya ni siquiera mantenía el olor fuerte de su colonia, el afrutado toque que provenía de su cabello o el sudor que desprendía tras tantas horas encerrada entre estas paredes. Me di la vuelta y observé la habitación nuevamente desde las cortinas, mientras el silencio me embriagaba y la inactividad me sorprendía, aquella oficina había sido un fuego cruzado, un movimiento constante y un espacio donde la palabra “no puedo” no existía. Quién quería ser un buen periodista, siempre debía pasar por esta oficina, enfrentarse a Melinda, llevarle la ropa a la lavandería y llevarle el café, aguantar sus insultos y seguir la rutina hasta que empezara a apreciarte y a enseñarte cómo se debía escribir un artículo o por qué no servía para nada una papelera de oficina. Era muy pasota en general pero las palabras eran las únicas con las que tenía algo de decoro y respeto, les daba importancia y prioridad, era lo único a lo que le prestaba atención. “Las personas somos prescindibles pero las palabras se quedan para siempre, así que, hay que saber usarlas bien”, eso decía. Y así era…

Empecé a andar hacia la puerta nuevamente, resistiéndome a ese miedo de no volver a entrar en aquella oficina, de darle la espalda a ese paraguas que yacía olvidado, a aquella habitación separada del resto como un vacío en el Universo, a olvidarla como muchos habían hecho ya. Yacía en la puerta, mirando la habitación con tristeza, mientras me decidía a cerrarla tras de mí. De repente, los recuerdos se disiparon. ¿Qué estaba haciendo allí? ¡Esa no era mi oficina! Oh, dios. Llegaba tarde, otra vez. Mis pies empezaron a moverse rápido, con una parte de mí esperando volver a ese lugar que ya no recordaba pero que había ocupado un pequeño rincón de mi mente, aunque lo intentaba, no salía de mí, así que, lo dejaba estar y volvía a ocuparme con algo hasta que ya dejaba de pensarlo y cruzaba el pasillo de oficinas como si nada hubiera pasado. Una y otra vez. Como si todas las habitaciones tuvieran un sentido, como si nada hubiera cambiado.


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Forgotten Space:

I started walking down the office hallway once again, like any other day, almost without paying attention. Everyone had their office, they worked at full speed until the last minute, many stayed until the last hours of the night to finish the last touches of an writing that was going to leave the next day on newspapers and others left their jobs on time and took the work home with no time to devote to their family and friends. But that was our job, to be awake to hunt down any news on the fly and to be able to inform the citizens about everything was happening on the city. Thinking about it, I stood in my tracks when I saw the door of one of the offices in the corridor barely open, nothing could be heard, I could only see the last ray of light coming through the window to the entrance door.

I ventured in. It had been a year since it happened. I remember that before I spent all my time going in and out of this office with papers in my hands, talking loudly and trying to get Melinda to listen to me, she was an unforgettable editor-in-chief for her toughness. I was saddened to see the room so empty, desolate, forgotten in the hallway. The image of her sitting in her chair righteously near her desk gave me a shy smile, she had it full of papers everywhere, post-its, her computer was fuming but she kept typing as if her life depended on it, she had it full of staples lying on the floor, a bin next to her that she barely used and a stapler about to spoil. Now, that desk had nothing at all. It was empty. There was an armchair on one side full of dust, where Melinda used to read some of the drafts we brought her, she said it was the best place to think, I didn’t want to doubt it or I might have problems. An empty shelf in the background and to the right, where she left all the books she had studied on journalism and about which we should know more than her. The floor was dusty, the room stopped shining and his memory had been disappearing from our minds as we remained trapped in our routine, as if it had never existed.

I approached to the curtains and opened them wide, what I did not expect was to see an umbrella resting on the floor by the handle. That was Melinda’s umbrella. It was the one that she was always forgotten in the office and that she did not remember taking away when it rained, she came wet from top to bottom to her house because of her bad memory. I couldn’t believe anyone had noticed this. I knew she was hated in the office, but within all that evil and rage, there was someone sensitive and tender, even if she would only let me see it from time to time. I didn’t want to open the windows. It was as if I saw her through that umbrella and didn’t want to evade her space. The hard work of a lifetime had disappeared, it had evaporated from that room that no longer even maintained the strong smell of its cologne, the fruity touch that came from her hair or the sweat that it gave off after so many hours locked between these walls. I turned around and watched the room again from the curtains, as the silence intoxicated me and the inactivity surprised me, that office had been a crossfire, a constant movement and a space where the word “I can’t” didn’t exist. Who wanted to be a good journalist, always had to go through this office, confront Melinda, take her clothes to the laundry and bring her coffee, put up with her insults and follow the routine until she began to appreciate you and teach you how to write an article or why an office bin was useless. She was very step-by-step in general but the words were the only ones with which she had some decorum and respect, she gave them importance and priority, it was the only thing she paid attention to. “People are expendable but words stay forever, so you have to know how to use them well,” she said. And so it was…

I began to walk to the door again, resisting that fear of never re-entering that office, of turning my back on that umbrella that lay forgotten, on that room separated from the rest as a void in the Universe, to forget it as many had already done. I lay at the door, looking at the room with sadness, as I decided to close it behind me. Suddenly, the memories dissipated. What was I doing there? That wasn’t my office! Oh, God. I was late, again. My feet began to move fast, with a part of me waiting to return to that place that I no longer remembered but that had occupied a small corner of my mind, although I tried, it wouldn’t come out of me, so I would let it be and get back to business with something until I stopped thinking about it and walked through the office hallway as if nothing had happened. Over and over again. As if every room had a sense, as if nothing had changed.


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