Publicado en Personajes

Dana: La que Recuerda

Relato procedente:Espacio Olvidado“. Edad: 32 años.

Ciudad: Londres. Profesión: Periodista.

Descripción física:

Mi cabello castaño es liso hasta un poco más abajo de los hombros, lacio, bien cuidado, casi nunca lo llevo ondulado, podría levantarme de la cama y que pareciera que me hubiera acabado de peinar. Mis ojos son de un color gris intenso, me gusta ponerme un poco de sombra a veces, pero muy sutil o para que a penas se note que estoy maquillada. Mi tez es pálida, aunque intento ir todos los veranos a lugares soleados para broncearme un poco, dado que, en Londres no tenemos mucho sol a nuestra disposición. Muchos comentan sobre mi delgadez y estatura, otros simplemente, la conocen y saben que, simplemente, soy así y no tengo ningún problema físico que destacar. Suelo vestirme con unos pantalones algo anchos pero elegantes para ir a la oficina, una blusa que sea de tacto suave metida en los pantalones, normalmente de tonos pastel o blancos y llevo tacones, SIEMPRE llevo tacones.

Descripción de la personalidad:

Suelo mostrarme a los demás como una persona muy seria con su trabajo, aplicada, responsable y con los pies en el suelo, inteligente, perfeccionista y muy atenta a los detalles pero, en realidad, soy un desastre. Dentro de mí soy un torrente de emociones imparables que he de reprimir en ambientes de trabajo, soy una persona muy dulce, sensible, interesada en películas de terror y fantasía, me encanta el rock e ir a retiros espirituales donde la paz interior es lo más importante. No lo aparento ni hablo sobre ello, tan solo doy la imagen que otros esperan ver, culturalmente, es lo correcto, aunque creo que me daría vergüenza que otros supieran de mis aficiones, sería criticada al instante, por ello, me gusta mantener estas cosas a nivel personal, dentro de mi casa, un pisito en el centro increíblemente mono y que me trae tanta paz… que no dejo que entre nadie.

Una infancia llena de lujos:

Mi hermana mayor Cindy y yo siempre nos hemos rodeado de los lujos que mis padres tenían, habían heredado la riqueza de sus padres y ellos nos la proporcionaban a nosotros, aunque parecía que yo era la única que no la quería. Cindy recibía con los brazos abiertos todo el dinero que mis padres podían darle, empezó a ser un tanto arrogante, a mirar a otros por encima del hombro y a mostrarse como la más lista y con más elegancia del lugar, dejó de ser una hermana cariñosa para convertirse en una narcisista insoportable. Y le gustaba que otros se dieran cuenta y supieran quién era ella. A edades tempranas ya sabía muy bien a quién no quería parecerme y tampoco que la gente supiera quién era yo, solo quería ser normal como cualquier otro compañero de instituto, de hecho, me gustaban muchas cosas que mis padres nunca aprobarían y las he llevado en secreto hasta este momento.

Mi vida se resumía en tener modales y ser perfecta día a día, no podía sentarme sin cruzar las piernas como una señorita o llevar vestidos horrorosos con volantes y que picaban tanto que solo quería arrancármelos. Debía decir las palabras correctas para ser educada y mostrar respeto a mis superiores, tenía que limpiarme la boca cada vez que le daba un bocado a la comida y debía ir a los institutos privados a los que mis padres se empeñaron en enviarme, pijos y llenos de imbéciles, pero suficientes para llevarme a la Universidad e independizarme, era lo único que buscaba y deseaba, una vida propia al margen de todas aquellas normas incómodas y limitantes.

Estudios y prácticas:

Fue duro llegar a la Universidad sin un rasguño. Muchas horas delante de un montón de papeles, temario que no se acababa, agobiada por pasar los finales con notas aceptables para entrar y teniendo a mis padres pisándome los talones para que mis notas mostraran la perfección que reinaba en nuestra familia, su único objetivo era aparentar. Mi hermana entró en la Universidad con notas espectaculares, las mías debían ser parecidas o, al menos, acercarme un poco a ellas, tuve tanta ansiedad en depende de qué etapas, que salía de clase corriendo al baño a vomitar porque no podía con ello. Pero seguí, solo quería irme de aquella mansión de locos. Como esperaba, mis notas no fueron exactamente lo que esperaba, pero pasé sin problemas y decidí estudiar periodismo, una de las carreras no vetadas por mis padres, eso era importante.

Empecé a vivir en el campus y ya notaba cierta libertad, mucho más al saber que no iban a mandarme a Oxford como a Cindy, sino a Stanford. Nadie podía saber qué me gustaba o qué hacía en mis ratos libres, mis formas de estudiar o de hablar o de sentarme en una silla, no iba a tener un guardia de seguridad armado observando todos mis movimientos. Así que, decidí ir a por todas dentro de ese cuartito privado que mis padres pagaban, no querían que tuviera compañera, a saber qué niña pobre de estrato más bajo que el de ellos iban a adjudicarme… Odiaba esos comentarios pero, al fin, era libre, después de tanto tiempo callada y llevando a cabo las normas sin rechistar.

Los cuatro años pasaron bastante rápido, más de lo que hubiera deseado, los disfruté como una enana. Empecé a hacer prácticas en un periódico bastante importante de la ciudad gracias a algunas conexiones que tenía mi padre, quise dar lo máximo de mí, aún sabiendo que la encargada de la editorial sería Melinda Gaiman, decían en la oficina que era una mujer ruin, gritona, criticaba a todo el mundo, destrozaba la autoestima personal y conseguía que tuvieras ganas de pegarte un tiro en la sien. Creo que trabajé tres años para ella y así fue, pero nunca me rendía, quería que viera que era buena en mi trabajo, que había aprendido mucho en la Universidad y que iba a serle de utilidad. Había sobrevivido viviendo con mi madre, ¿por qué no iba a poder manejar a aquella mujer amargada y con necesidades incesantes de menospreciar a los demás?

Melinda Gaiman era una periodista exquisita, había salido en todo tipo de canales de televisión y había hecho una carrera impecable con su trabajo, era muy reconocida pero todo el mundo la odiaba, todos hablaban de ella en los pasillos, inventaban rumores, se reían de su físico a sus espaldas y creían que no se había acostado con un hombre en su vida. Por supuesto, yo no quería formar parte de esas habladurías, había terminado la Universidad y me habían enseñado a ser educada y a respetar a gente que fuera superior a mí, así que, tan solo me dedicaba a lo que debía hacer y creo que eso fue lo que hizo que tuviera algo de confianza conmigo, me mandaba trabajos privados y que ella consideraba de relevancia, dejó de levantarme la voz o insultarme, empezó a respetarme de la misma forma que yo la había respetado siempre, menos cuando había gente alrededor, la arpía volvía a atacar de nuevo. Pero dios sabe, lo que amé a esa mujer y a su trabajo, era excelente, no hubiera trabajado con nadie más que no fuera ella, a pesar de su maltrato.

La muerte de Melinda Gaiman:

Todo el mundo oyó hablar de ello en la televisión: Melinda Gaiman había muerto en un accidente de coche. No había sido culpa suya, sino de un borracho que había cogido el coche después de una fiesta. Ese día me enteré de que Melinda no tenía familia o amigos, nadie lloraba su pérdida, ni siquiera en la oficina. Le hicieron un pequeño homenaje público en los periódicos donde ella había trabajado pero, al día siguiente, ya se habían olvidado del tema, su despacho se volvió una nube de polvo y una carrera dejada en el olvido. De alguna forma, Melinda fue alejándose de nuestra mente, de nuestros recuerdos, al igual que aquel despacho que, de repente, ya no sabíamos si estaba vacío o no, o si era otra habitación adherida a ese pasillo. Nadie volvió a entrar ahí, nadie volvió a nombrarla o a referirse a ella, ni siquiera en pequeñas historias, nadie mostraba ni siquiera odio hacia un recuerdo o un pensamiento, era como si Melinda Gaiman jamás hubiera tenido un lugar en este mundo, como si nunca hubiera existido.

He de decir que yo también lo sentí así. Durante mucho tiempo, creo. Pero, una mañana una vibración invisible y extraña me atrajo a esa puerta, a preguntarme qué hacía esa habitación en el pasillo si nadie había entrado en ella. Pero, lo cierto era que, una vez dentro, todos los recuerdos de Melinda volvieron a mí como una ráfaga de viento. Pude ver su paraguas aún en su balcón, ese que nunca recordaba coger aunque estuviera lloviendo y que le molestaba para llevar el café, su oficina, de repente, volvió a tener forma en mi mente, dejó de ser un pensamiento ligero e invisible y empezó a ser importante. ¿Cómo podía haberme olvidado así de ella? Pero, cuando decidí salir de allí, tras toda aquella melancolía, cerré la puerta y volví a preguntarme qué hacía allí, parada en el pasillo en vez de seguir con el trabajo, en aquella habitación no había nada, de hecho, no había ninguna habitación. Seguí con mi día a día, mi rutina y mi vida entre rock and roll y películas de “Star Wars” con palomitas y batidos de chocolate.

Un futuro con significado:

¿Recordáis ese momento en el que se os olvida algo en casa pero no sabéis exactamente lo que es, está en la punta de vuestra lengua, casi en la mente para ir a por ello pero no tenéis ni idea de qué os habéis dejado? Esa era mi sensación. Cada día. Al caminar por el pasillo de una sala de oficinas a otra. Era increíble lo mucho que me dolían los pies, pero adoraba mis tacones, tenía muchos más que una docena… Tenía un recuerdo que quería recuperar, quería mostrarse pero no lograba saber cuál era, así que, cada día, voy a intentar prestarle la suficiente atención como para darle un significado, de saber qué es lo que estoy perdiendo o no estoy encajando en mi mente, no puede ser que se me olvide algo y no sepa qué.

Mientras tanto, todo seguirá igual.


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Autor:

Escritora. Estudiante de la vida y apasionada por la lectura y el aprendizaje. Siempre activa, esperando crear una nueva historia o personaje. La dominación de las palabras forma su existencia y la música un componente fundamental para una mente creativa.

2 comentarios sobre “Dana: La que Recuerda

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