Publicado en Relatos

Malvado:

No podía oírla aunque hablase, aunque volviera a decírmelo mil veces. No me importaba nada. Sus palabras eran flechas que no llegaban a tocarme, estaba hecho de hierro, muchos creían que era sensible, quizá es así como me expreso pero, lo cierto es, que no creo que pueda sentir aunque, no lo malinterpretéis, lo he intentado mil veces. Observo a menudo a mi hermana, una mujer pudiente, enfermera, trabaja como una mula y solo espera que yo, su hermano, haga lo que debo, me empuja a llevar una vida, incluso, a limpiarle las bragas. Veo cómo se desespera y se pone las manos a la cabeza cuando no están las cosas ordenadas o como a ella le gustan, me atrevería a decir que le sangran los ojos cada vez que ve cómo he dejado la cocina de sucia. Pero, no me importa.

Esta mañana es una paella que no he lavado. Su voz parece elevada a simple vista, pero no la escucho. Soy incapaz de oírla, incluso, viendo sus ojos desorbitados y sus ademanes nerviosos. Quiero preocuparme de ella, de su bienestar, soy su hermano mayor y debería, pero no puedo. No quiero. Me fijo en cómo se mueve su cabello, cómo se coge la cabeza, sufre de migrañas, al parecer se las provoca el estrés, mientras no puedo evitar esbozar una media sonrisa, me hace gracia que no se pueda contener, que vaya a explotar, que diga cualquier cosa que no considere como amenazante. Pero, así es Lizzie, ¿verdad? La hija pequeña perfecta, la que consigue todo lo que nuestros padres quisieron conseguir cuando eran jóvenes y, de todo menos amenazante.

Mientras sigue gritando, me pongo los auriculares y elijo poner Northlane a todo volumen, casi tan alto como para reventarme los tímpanos. Cierro los ojos y me dejo llevar tanto como para dejar colgando mi cabeza hacia atrás, como si estuviera colocado. Espera, ¿lo estaba? La oscuridad me posee, me deja pensar, me invade una sensación de libertad indescriptible mientras empiezan a intercalarse flashes en mi mente, donde puedo verme a mí mismo cortándole el cuello a Lizzie con un cuchillo súper afilado, dejándola caer al suelo y riendo estridentemente, tanto como para hacerme despertar y descubrir que mi hermana se había ido. Me quito los auriculares de los oídos y me levanto de la silla, el silencio se había apoderado de la casa, ¿dónde iba a ir un domingo por la mañana? Normalmente, no salía. Espera, esto que estaba sintiendo… ¿era una especie de preocupación? Nah, yo no siento eso.

Abrí la puerta de su cuarto y, allí estaba Lizze, con el cuello desgarrado, sangre salpicada por las paredes y esparcida por la colcha donde ella estaba postrada, inerte, sin vida.


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Evil:

I couldn’t hear her even if she spoke, even if she told me again a thousand times something important for her. I didn’t care about anything. Her words were arrows that did not touch me, I was made of iron, many believed that I’m sensitive, maybe that’s how I express myself but, the truth is, I don’t think I can feel although, but do not misunderstood me, I have tried a thousand times. I often observe my sister, a wealthy woman, a nurse, she works like a mule and only expects me, her brother, to do what I should, she pushes me to lead a life, even to clean her panties. I see how she despairs and puts her hands to her head when things are not orderly or as she likes them, I would dare to say that her eyes bleed every time she sees how I have left the kitchen dirty. But, I don’t care, as usual.

This morning is a pan that I have not washed. Her voice seems raised to the naked eye, but I don’t hear it. I am unable to hear her, even seeing her exorbitant eyes and nervous gestures. I want to take care of her, her well-being, I’m her big brother and I should, but I can’t. I don’t want to. I look at how her hair moves, how she catches her head, suffers from migraines, apparently they are caused by stress, while I can’t help but sketch a half smile, it makes me funny that she can’t contain herself, that she’s going to explode, that she says anything I can consider threatening. But, that’s Lizzie, right? The perfect little daughter, the one who gets everything our parents wanted to achieve when they were young and anything but threatening.

As he keeps screaming, I put on my headphones and choose to turn Northlane on loud, almost so high as to burst my eardrums. I close my eyes and let myself be carried away so much that I leave my head hanging back, as if I were high. Wait, was I? Darkness possesses me, lets me think, invades me with a sense of indescribable freedom as flashes begin to intersperse in my mind, where I can see myself cutting Lizzie’s neck with a super sharp knife, dropping her to the ground and laughing stridently, so much so as to make me wake up and discover that my sister was gone. I take my headphones off my ears and get up from the chair, silence had taken over the house, where was she going on a Sunday morning? Normally, She didn’t go out. Wait, this thing I was feeling… was it some kind of a concern? Nah, I don’t feel that.

I opened the door of her room and, there was Lizzie, with her neck torn, blood splattered on the walls and scattered by the quilt where she was prostrate, inert, lifeless.


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