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Aiden: El Malvado

Relato procedente: «Malvado«. Edad: 32 años.

Ciudad: Seattle. Profesión: Desconocida.

Descripción física:

La verdad es que estoy muy bueno, ya sabes. Hago ejercicio, me mantengo en forma, imagínate al típico tío de cabello negro intenso, con ojos verdosos, labios finos y atrayentes, con una mandíbula algo marcada y piel suave, aromática, siempre con algo de fragancia en mi cuello y vestido con ropa algo ajustada y una chaqueta con capucha que suelo ponerme cuando empieza a hacer más frío o viento. Me gusta que se marquen mis mayores atributos, tengo un trasero perfecto y unas manos que a nadie le gustaría que se las quitara de encima.

Descripción de la personalidad:

Según mi hermana, soy bastante inmaduro, egocéntrico y egoísta a morir, ¿por qué no? No me gusta asumir responsabilidades, mucho menos, de otros y tampoco tratar de convencer a los demás de algo que no soy, cambiar para ser otra persona está sobrevalorado y es un cliché que no va conmigo. Me gusta flirtear con cualquier chica, pasarlo bien, levantarme tarde, tomar tanto café como puedo, dejar las cosas para mañana siempre y molestar cuanto pueda a mi hermana, ha sido muy pelma. Adoro el sexo, las mujeres y no me gusta mucho el rock, prefiero el punk, odio bailar y tengo debilidad por los calcetines altos, no preguntéis por qué, creo que es una manía que que traigo de niño, nunca me verás llevar calcetines cortos o de deportista, son incómodos, me pican y no parece que lleves calcetines.

Una infancia tortuosa:

No me gusta recordar esta parte de mi vida, creo que lo he intentado tantas veces que, por ello, cada vez que vuelvo a esta noto que debo hacer un mayor esfuerzo porque viene a mí entre borroso y poco esclarecedor. Mis padres murieron en un accidente de coche cuando yo tenía unos doce años, nos mudamos a casa de mis abuelos y estuvimos allí un tiempo, en el cual, me pasaba la mayor parte de los días mirando por la ventana de mi habitación de pie, justo en medio de la habitación, a veces, me sentaba pero no me apetecía demasiado. Era como si estuviera hipnotizado, como si fuera en busca de algo o alguien y no pudiera encontrarlo de ninguna forma, sabía que no iba a verle o saber de él, pero allí estaba, de pie mirando a la nada.

Cuando murieron nuestros abuelos a la edad de 21 años, empecé a trabajar para llevar la casa hacia adelante, tenía unos 4 trabajos, mientras mi hermana iba al instituto. Seguíamos viviendo en casa de nuestros abuelos y tratando de hacerlo lo mejor posible, no mentiré, esa vida era una mierda y sigo pensándolo. Caí en las drogas porque necesitaba mantenerme despierto, concentrado, era mi responsabilidad que mi hermana y yo tuviéramos lo suficiente, al menos, para alimentarnos ya que nadie iba a hacerlo por nosotros. Primero fueron unas pastillas que me despejaban increíblemente, a decir verdad, las he echado de menos, luego lo alternaba con cocaína, para mí era suficiente y estaba más que justificado el por qué lo hacía.

Grandes caídas:

Mi hermana decidió ir a la Universidad, así que, ella empezó a trabajar en una tiendecita de dulces cerca de casa de nuestros abuelos, mientras yo seguía con los 4 trabajos, ahogado y atado de pies y manos. Dormía poco, comía rápido, no hablaba casi nada y tenía unas ojeras que podía espantar a un gato. Ahorré muchísimo y gasté otro poco en drogas, por supuesto, se creó una fraternización con ellas, empecé a verlas como algo necesario para hacer frente al día y estar despejado. Recuerdo que, a los 28, mi hermana llegó a casa de trabajar y me vio tirado en el suelo, llamó a urgencias y me dijeron que había sufrido un infarto, debido a las dosis de porquería que me estaba metiendo y durante tanto tiempo. Por lo que, no tuve más remedio que meterme en rehabilitación y dejar los trabajos por completo, ya no podía seguir haciendo dinero y manteniendo la casa, así que, le tocó a ella hacerlo por los dos.

No estuve en casa durante unos 3 años, puedo decir que dejé de ser el mismo, me notaba diferente, más callado, cabizbajo, metido en mis cosas y bastante pasota, me volví egoísta y poco auto crítico. Según qué persona, la cercanía a la muerte se la toma de una manera y la mía no fue para nada reveladora o enriquecedora, ni siquiera me animó a ser más activo, tener una vida más saludable y comer vegetales a dos manos, sino a todo lo contrario. Me dejó hecho polvo y sin capacidad de organización, no tenía otra cosa mejor que hacer que ver a mi hermana graduarse, empezar a formarse una vida propia y tirar de mí mientras me revolvía entre las colchas de pesadilla en pesadilla. «El pobre Aiden», podría estar pensando y no quería ni que se le pasara por la cabeza, no quería darle lástima, odiaba dar lástima. Y siempre lo notaba cuando me miraba, movía la cabeza en señal de tristeza, como si mirara a un fracasado.

Decidí empezar a entrenar, era lo mejor que podía hacer para que mi cuerpo volviera a la normalidad, al menos, un poco. Mi hermana se sacó su título de Medicina y me dejó un poco en paz porque veía que hacía algo. Quería que trabajara, que rehiciera mi vida pero yo, por alguna razón, nunca he querido volver a hacerlo, quizá por miedo a a recaer o puede que por evitar volver a ese lugar donde dicen que van a hacer que vuelvas a ser un hombre renovado y derecho, sano y con mirada hacia el futuro, esas chorradas no había quién se las tragase…

Un ser malvado:

No sé qué me impulsa a ser así, a comportarme de la forma en la que lo hago. Mi hermana siempre me decía que aquel infarto y el consumo de drogas exagerado hizo que se me friera el cerebro y el corazón, que puede que ya empezara a cambiar en el momento en que me tomé la primera pastilla para despertarme, quizá fuera eso, quizá tuviera razón. Había algo dentro de mí indescriptible que me empujaba a molestarla, a querer ahogarla en un estanque, a desear que se callara para siempre y no volver a escuchar su voz nunca más. Pero, era mi hermanita… No podría hacerle eso, ¿verdad? A veces, dudaba de mis impulsos, llevaba un tiempo teniendo lagunas, especialmente, desde que volví un año antes de rehabilitación pero ningún médico encontró nada que pudiera corroborar que me pasaba algo, ni físico ni psicológico.

Una mañana, tras una estúpida discusión con mi hermana donde quise de verdad que dejara sus mierdas para otro momento, mi cabeza se cayó hacia atrás y caí en una especie de trance extraño, parecía como si me hubiese dormido por completo, sin darme cuenta. Lo curioso fue que, al despertar, no oí a nadie en casa, muy raro un día en fin de semana, ella siempre tenía algo que hacer ya fuese poner la lavadora, doblar la ropa o regañarme porque no había preparado la comida. El silencio era atosigante, ensordecedor, casi importante. Al llamarla por el pasillo y no obtener respuesta, fui directo a su habitación con el corazón en un puño, conteniendo la respiración hasta llegar a lo que me pareció la peor y mejor escena gore de la historia. Las colchas y las paredes estaban salpicadas de sangre, ella yacía innerte sobre la cama con el cuello desgarrado y con la mirada vacía. No podía recordar que había ocurrido en las últimas… ¿3 horas?

Un futuro de huida:

No sabía si había sido yo o no, pero solo estábamos nosotros en la casa, ¿verdad? Mi corazón me martilleaba en el pecho, ansioso, desesperado, queriendo responder a una pregunta que me volvía loco, ¿esto lo había hecho yo? Si así fuera, debía irme, alejarme lo máximo posible, la policía se enteraría de que había un cuerpo allí, en unas horas empezaría a oler y alguien les avisaría. Corrí hacia mi habitación y recogí la ropa que pude, sin pensarlo demasiado, cogí toda la comida que había en la despensa y lo cargué todo en el coche sin tener ni la menor idea de hacia dónde dirigirme, a las afueras de la ciudad seguro, sin descanso.

No sabía qué esperarme por ahí afuera, tenía algo de dinero en efectivo que mi hermana estaba ahorrando para un viaje, habría suficiente para unos meses hasta que pudiera ubicarme en algún sitio donde no pudiera ser reconocido ni buscado. Pero, era curioso, no sentía nada. Ni sorpresa, tampoco tristeza o enojo, impotencia u odio hacia mí mismo, ni un solo recuerdo me ataba a ella o me hacía sentir que ya no estaba. Si lo había hecho yo, no me importaba. Si lo había hecho otro aprovechando que estaba durmiendo para inculparme de alguna forma, tampoco me importaba, mucho menos si esa casa donde siempre habíamos vivido explotaba, no sentía ni un ápice de melancolía. Absolutamente nada. Me metí una pastilla en la boca para estar despierto en la carretera y una media sonrisa se dibujó en mis labios.


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