Publicado en Personajes

Nazel: Atrapada en la Melancolía

Relato procedente: «Melancolía«. Edad: 24

Ciudad: Manchester. Profesión: Bibliotecaria.

Descripción física:

Mi cabello negro y largo hasta más abajo de los hombros, es sedoso y muy fino, tanto que una goma o un gancho no pueden cogerlo demasiado bien y suele caer, así que, siempre lo llevo suelto. Mis ojos son de un tono verdoso, mi piel es bastante pálida y me gusta vestir con unos vaqueros rotos, unas converse, cualquier camiseta negra que encuentre por el armario (casi todas las que tengo son negras) y una chaqueta de cuero un poco desgastada ya pero que me abriga y me hace sentir segura. Siempre he tenido unos quilillos de más, me los quise quitar durante mucho tiempo, me minaban la autoestima y no me veía bien así pero, hará algunos meses que he adelgazado bastante y lo único que me gustaría recuperar serían esos quilillos.

Descripción de la personalidad:

Siempre me han considerado una chica bastante seria y reservada, amiga de sus amigos y que hace favores a quién necesite, lo cual, ha provocado que no me haya dedicado mucho tiempo a mí misma estos últimos años. Soy complaciente, sincera, leal y un tanto confiada, diría que demasiado, siempre me estafan o terminan burlándose de mí por algo. Pero creo que me he considerado una persona oscura en el sentido de tener una tristeza y melancolía impropias de mis primeros 15 años de vida, siendo risueña y casi siempre riendo. Una de las palabras que también utilizaría para definirme sería “lectora empedernida”, al ser bibliotecaria puedo tener acceso a todos los libros que quiera leer y eso me anima a leer todavía más, es un plus.

Una infancia feliz:

He tenido esa infancia propia de los niños, feliz, siempre jugando, sonriendo, haciendo unas cuantas gamberradas y persiguiendo a mis compañeros de clase, los cuales, muchos de ellos, se convirtieron en amigos para toda la vida, de hecho, aún mantengo contacto y muy buenos recuerdos. Mi vida siempre fue sencilla, creo que muy normal y mis padres siempre se llevaban bien, al menos, a mis ojos. No he tenido a nadie con quién pelearme por cogerme la ropa del armario o robarme los cepillos del pelo porque soy hija única y mis padres nunca pensaron en tener a otro hijo, lo cual, de cierta manera, me ha facilitado las cosas.

Sacaba buenas notas, mis cumpleaños eran de ensueño, jamás he odiado una festividad y siempre he creído que yo había nacido para ser grande, no sé si, en cierto modo, lo he conseguido. Diríamos que no ha habido nunca nada raro que pudiera afectarme excesivamente o que tuviera una razón de peso para estar triste o apesadumbrada, melancólica o distante, siempre he sido alguien bastante positiva y entregada a los demás.

Un adiós sincero:

Me ha gustado mucho conocer gente nueva y algunos del grupo de clase con los que solía ir, empezaron a salir con algunos de cuarto curso, se cayeron bien e iban a pubs juntos, incluso, se pasaban hierba alguna que otra vez, creo que esa fue la principal razón de todas las razones por las que decidieron hacerse amigos. Así es como conocí a Steve. Alto, cabello castaño, ojos penetrantes, sonrisa perfecta… bueno, ya sabéis cómo va. Tu mirada se posa en alguien y ya no te puedes olvidar. Fue una atracción casi instantánea, en el mismo momento en el que nos presentaron, unos meses después él también lo reconoció, mientras estábamos bajo las sábanas riendo por alguna estupidez que se le había ocurrido. La cuestión era que me lo pasaba muy bien con Steve, era amable, sincero, entregado y dotado de lealtad, pero lo más importante, respetaba a los demás, nunca le respondía mal a nadie, no tenía rencor ni odio por nadie, era muy tranquilo y eso me embriagaba de serenidad, algo que a veces, no lograba mantener a lo largo de la semana.

Creo que por eso, fue tan doloroso. Al parecer, no podía dormir, yo no lo sabía y ni siquiera lo había notado en él, estaba como siempre. Nunca había conocido una faceta en Steve donde tuviese que pretender estar bien porque siempre lo estaba, me equivoqué. Su madre me contó que fue al médico para que le recetara unas pastillas para dormir. Consiguió hacerlo, lo cual, alegró a sus padres pero no sabían el enganche que estas podían causar. Debía de tomar media cada noche pero empezó a tomarse una entera, luego una y media, después dos y se aumentaba la dosis, incluso, durante el día. Acabó tan enganchado que tenía lagunas, le fallaba la memoria a menudo y estaba muy despistado, a veces, se saltaba un par de horas de clase y luego aparecía algo atolondrado pero sonriente, como si no pasara nada porque nadie tenía ni idea, por eso nadie pudo ayudarle.

Una mañana, sus padres encontraron a su hijo tirado en el suelo del baño con un bote de pastillas vacío en su mano. Los servicios médicos intentaron reanimarle pero fue tarde, al parecer, ya llevaba cuatro horas muerto. Nadie entendió por qué tomó todas esas pastillas, qué le vendría a la mente en aquel momento para hacer lo que hizo y seguimos sin saberlo, tan solo nos miramos cuando nos encontramos por la calle, sabiendo que nuestras vidas ya no van a ser las mismas sin Steve. Creo que después de siete años, todavía nos sentimos así. Le di un adiós sincero en su entierro, cuando todos nuestros amigos y familiares se fueron, pero no pude recuperar el aliento hasta pasado un año, en el cual, no quería comer, beber o salir de casa, solo quería estar durmiendo y despertar para volver a recordar que ya no estaba con nosotros. Fue un año duro. Mi madre insistió con que fuera a un psicólogo para poder recuperarme del trauma y así fue, sigo recordándole pero de otra manera.

Muerte sin avisar:

Pasados unos cinco años de esto, empecé a ir a unas clases para hacerme bibliotecaria, tenías que pasar unos exámenes algo complejos para poder estar rodeada de libros y en silencio todo el día. A mis padres les hubiese gustado que fuese a la Universidad y hubiera estudiado algo más interesante y que proporcionara una economía mejor, pero no me gustaba ninguna de las carreras que habían marcadas en ninguna de las universidades, así que, esta era la mejor opción para mí. Fue entonces cuando mi madre fue al médico a hacerse un análisis de sangre, recuerdo que llegaba tarde y que estaba algo nerviosa porque era una maniática de la puntualidad, esa mañana nos reímos de ella y con ella y luego se fue al centro médico. El día fue genial porque esa misma tarde fuimos al cine y a cenar unos burritos, fue una noche de diez.

Mi madre recibió la llamada una semana después de hacerse la prueba, el médico le dio la noticia de que tenía leucemia, que estaba muy avanzado y que no podían hacer nada por ella, los síntomas coincidían, así como las pruebas realizadas, no había ninguna duda, le dieron unos cuatro meses de vida, como mucho, podría ser antes o después de lo esperado. Nos dio la noticia y sentí todos esos sentimientos que me embriagaron con la muerte de Steve, todo ese vacío, esa tristeza desmesurada, esa melancolía que estaba a punto de volver a sentir, sabía que se acercaba a paso rápido y que no podría pararla, así que, me preparé como pude. Esperaba que se acostase y esperase a la muerte llamar a su puerta, pero dejó una nota antes de suicidarse diciendo que no iba a esperar, que se iba a ir ahora que podía y aún se sentía relativamente bien. De un día para otro, sin más. Con solo una nota, sin una despedida digna, al igual que pasó con Steve.

Atrapada en la melancolía:

Pude sentirla nuevamente, hacerse partícipe de mi cuerpo. Estaba segura de sí misma una vez más y quería formar parte de mis rutinas, forzándome a estar más tiempo en la cama que dando vueltas por casa, siendo acompañada por mi padre que, muchas veces, se quedaba dormido a mi lado por si volvía a entrarme otro ataque de pánico sin avisar. Mi cuerpo se sentía pesado, mi respiración se entrecortaba cada vez más, no podía controlar ese corazón acelerado y esa angustia que sentía en mi interior. Solo quería llorar, como si mi cuerpo no pudiese expresarse de otra forma, como si esa fuese la única salida que tenía para permanecer conectado.

Dos situaciones tristes, muy intensas, fuertes, creo que impactantes. Quizá hicieron que se carácter risueño se volviera más amargo, que esas sonrisas se volviesen mueca y que esas risas, lágrimas. Llamé a la psicóloga para volver a empezar la terapia, sintiéndome otra vez perdida y desplazada de quién soy.

Un futuro de superación:

Creo que me he dejado llevar aceptando que esa melancolía ahora forma parte de mí y puede que durante algún tiempo sea mi compañera. He de aprender a comunicarme con ella, a sentirla y dejarla fluir, a no rechazar lo que propone y saber que solo es una emoción que puedo sentir en un determinado momento, en el cual, no determina mi felicidad entera el resto de días. Supongo que, hay años que son más duros que otros y eso no está mal, debemos tener de todo en la vida para que tenga cierto significado y quizá, aprender algo en nuestra estancia aquí. No es mucho pero, es un avance en mi recuperación.

Supongo que aún me quedan cosas por asumir y que aceptar, dos vacíos así no se pueden llenar de la noche a la mañana y mucho menos, con cualquiera o cosas insignificantes, hay que saber convivir contigo mismo y con esos malos momentos que te hacen cambiar de humor o no sentirte del todo bien. Hay días y días, en cualquiera puedes ver a tu madre caer y otra, un sol brillar por la ventana y una energía que te permite hacer de todo y no parar. Todo es cuestión de perspectiva, ¿no?


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