Publicado en Personajes

Adel: La del Salto del Ángel

Relato procedente: «Imprevisto«. Edad: 38 años.

Ciudad: Nueva York. Profesión: Abogada.

Descripción física:

Mi cabello es de un tono rojizo, bastante intenso gracias al tinte, ya lo tengo demasiado canoso para tolerar el mirarlo así al espejo. Mis ojos son verdosos, con una mirada sencilla, no muy maquillados, lo suficiente para enmascarar mis ojeras. La zona de la nariz y los pómulos está repleta de pequeñas pecas claras, mi piel es blanca, siempre esperando viajar a algún lugar donde haga mucho sol para conseguir un tono un tanto más oscuro. Estoy bastante delgada debido al estrés, no consigo subir de peso ni aunque me coma mi peso en alitas de pollo, lo veo imposible pero sobrevivo. Suelo vestir bastante elegante, por lo general, siempre estoy en el trabajo, el traje suele ser lo que más utilizo pero también camisetas algo más ceñidas de colores suaves con botones, algunas veces utilizo vaqueros, pero solo cuando no tengo citas ni reuniones, lo cual, es algo complicado.

Descripción de la personalidad:

Hay gente que me describe como decidida, correcta y leal, otras me encasillan más en el rango profesional de despiadada. No sabría cuál de las dos elegir pero me alegra de que, al menos, dé a la gente algo de lo que hablar. Me empeño en las tareas que debo hacer, soy estricta con mis empleados porque busco que el cliente esté satisfecho y para ello, necesitamos perfección y un poco de suerte, si es que, existe. En el trabajo sé que he de hacer en todo momento y cómo estar en cada situación, me gusta dar buena impresión y mostrar que estoy calmada y segura en el caso que nos ocupa, pero no suelo tener la misma suerte en casa, allí no sé ser como soy yo, no sé ni siquiera cómo ser en familia, cómo no ser estricta o perfeccionista, siempre estoy trabajando y puede que mi marido me haya descrito algunas veces como «madre ausente» y alguien «sin mucha responsabilidad», adicta al trabajo, prefiero estar en otra parte porque no sé cómo estar en familia o, a veces, parece que no sepa quién soy cuando estoy con ellos.

Una infancia estricta:

Siempre me consideré una niña fuerte, con carácter y mis padres supieron cómo aprovechar eso. Todas las tareas se debían hacer en su debido tiempo, se debía marcar cuánto tardaba en hacer cada tarea y no solía jugar con muchos niños, me encerraba en mi cuarto y me ponía a hacer deberes, mi madre me preguntaría la lección tras terminarlos, como cada día. Hasta que no decía las palabras exactas, no me dejaba despegar los ojos del libro, tenía que estudiar sin parar hasta que demostrara que sabía qué me preguntaba. Puede que haya gente a la que le parezca exagerado pero me enseñó a estudiar y a cómo encarar cada tema para darle el máximo provecho, algo que me ayudó mucho al estudiar Derecho, la carrera que pertenecía a nuestra familia desde hacía generaciones, no había habido ninguno de nosotros que hubiera querido o le hubieran permitido hacer otra cosa.

Me prepararon desde pequeña a estudiar, a aplicarme, a encontrar los pequeños detalles y a ser disciplinada, implacable con los debates en el colegio, en estos era en los que más destacaba y sabía cómo utilizar las palabras para que quedaran mejor en los exámenes y en los trabajos. Quizá mi día a día pudiera ser un tanto agotador mentalmente hablando, pero mis padres siempre dieron por sentado que iba a ser una gran abogada, ni siquiera pensé en hacer otra cosa, cuando fui a la Universidad, les pedí apuntarme a Derecho, sin mirar otros grados o pensar si me iba a poder gustar o atraer otra cosa. Era como un robot con patas, lo reconozco.

Una adolescencia intensa:

Sí que es verdad que, en esa etapa adolescente por la que todos pasamos sin excepción, fue en la que peor me sentí anímicamente hablando. Me sentía frustrada y algo desanimada, veía que las otras chicas salían con sus amigas a tomar helado, al cine, al parque a mirar a chicos mayores y guapos, cuchicheaban y bromeaban, se lo pasaban bien, en general. Pero yo, debía seguir mi camino, el mismo que había seguido desde que tenía uso de razón. Entrar en la mejor Universidad y entrar en Derecho con la mejor nota. No recordaba la última vez que lo pasé bien o que tuve un rato libre, estaba claro que había nacido para ser abogada y toda la familia me apoyaba, estaban conmigo en todo y tenían expectativas muy altas sobre mí, mis primos, mis tíos y los abuelos se interesaban mucho por mis notas, se mantenían informados siempre que podían y ya bromeábamos con jerga de abogados. Pero yo solo tenía dieciséis años y parecía que tuviera treinta, mi vida estaba planificada hasta el mínimo detalle, parecía de locos.

Solía llevar las notas a casa, todo dieces. Pero ya no entusiasmaba, solo eran notas. Me había esforzado, por supuesto, era todo un honor y un mérito enorme, eso quería decir que el Bachillerato y la Universidad serían pan comido si mantenía mis notas. Todos estaban contentos y lo celebraban, mientras yo miraba a las chicas del instituto sentadas en un banco riéndose leyendo una revista de cotilleos. Recuerdo que me gustaron varios chicos durante ese periodo y tan solo pude evitarlos aunque hubiese querido intercambiar ideas con ellos, eran inteligentes y bastante interesantes pero mi madre repartía mis horarios con una perfección tan desmesurada que no podía retrasarme. Creo que fue el periodo de mi vida dónde más presión sentí y donde tuve que decir adiós a divertirme o a hacer amigas, sabía que ya no iba a tener esa oportunidad, ni en ese momento, ni más tarde. Lo confirmé cuando empecé con el bufete.

El bufete y mis esclavos:

Bordé mis notas, bordé mis finales y la tesis. Todo dieces desde primaria, era esperable. Desde Bachillerato había empezado a maquillarme para esconder las ojeras y, en la Universidad, aprendí a hacer que mi vestuario llamara más la atención que mi cara seria y sin entusiasmo que me caracterizaba. Estaba cansada antes de empezar con una nueva empresa, la empresa de mi padre. Otra sucursal con el mismo nombre, quería que fuese una de las mejores de Nueva York, iba a dirigirla, mi padre tenía a los clientes y solo debía hacerlo bien, como me habían instruido. Ya habían cogido a los empleados que estarían bajo mis órdenes, la recepcionista era un tanto despistada pero eficiente. Mi ayudante personal era joven, era muy activo, con tanto café encima como fuera posible o, al menos, ese era su lema. Tenía a cuatro abogados más a mi servicio, a la espera de conseguir un par más para que el bufete fuera un tanto más completo y nos pudiéramos repartir el trabajo.

Debía ser competente, no podía decepcionar a mi padre y creo que ha sido así desde entonces. Desde pequeña con ese piloto automático activado y bueno, salida de la Universidad con trabajo asegurado, una empresa que llevar y con dinero que manejar… eran muchas responsabilidades. En cierto momento, creí que podría con más, empecé una relación, nos casamos y tuvimos dos niños preciosos. Nunca dejé de ir a trabajar, ni siquiera embarazada, fue una gran carrera que no podía dejar pasar, incluso, en el hospital atendía el teléfono a la vez que daba de mamar a mis hijos, las dos veces, sí. Creí que dejaría de estar tanto en el trabajo, que podría delegar un poco más en mis compañeros y que podría disfrutar un poco más de mis hijos, en casa, pero no fue así para nada, todo lo contrario, donde más rendía era en el trabajo y como madre era un desastre absoluto.

Problemas en el matrimonio:

En cuanto me quise dar cuenta, el bufete ganaba prestigio y los clientes salían de allí tan contentos que lo recomendaban a sus amigos, familiares o a cualquiera que les comentaba que tenían un problema legal. Llegué a no tener horarios en el trabajo, podía terminar a las dos de la mañana cuando tenía un caso importante o debía prepararme para un juicio, para mí lo era todo y mi padre siempre llamaba para saber cómo iba, quería estar al tanto como jefe de la compañía. Estaba bajo mucha presión y sabía cómo actuar cuando las cosas se descontrolaban o había periodos de más estrés, era cuestión de tiempo que hubieran bajones y pudiéramos descansar un poco más.

Llegó un punto en el que hacía promesas que no podía cumplir, pasaba días sin ver a los niños y Steve y yo hacía tiempo que no teníamos una cena tranquila juntos en algún restaurante romántico, se me olvidaba que tenía una vida después del trabajo. Acababa tan agotada que solo tenía ganas de dormir. Él se estaba hartando. Y poco a poco, todo fue a peor. Por mí, supongo. Dejé de saber cómo actuar en casa, solo delegaba en el trabajo y ya no sabía muy bien cómo compartir mi tiempo con ellos, los vínculos que creamos en un principio, se fueron desatando, sin importar muy bien por qué. Le colgaba a menudo, como si hubiera perdido el interés y él casi nunca me cogía las llamadas. Nos volvimos como dos extraños que solo hablábamos para comentar cosas de nuestros hijos. Lo dejamos verbalmente hablando. Aunque jamás firmamos los papeles del divorcio, seguiríamos viviendo juntos por nuestros hijos, quizá cuando fueran más mayores y comenzaran a entender qué ocurría, cada uno podría irse por su lado. Cuántos más casos ganaba y mejor iba en el trabajo, más decepcionaba a mi familia, era agotador, pero me seguía decantando por el bufete, a veces, no entendía por qué. Lo que sí sabía era que nadie debía enterarse, siempre lo guardé en secreto.

Aquel día horrible:

Supongo que nada hubiera pasado si no me hubiera dejado las llaves en la oficina y si no me hubiera empeñado en quedarme una hora más. Tenía una cena con Steve y los niños que no quería perderme pero no podría abrir la puerta y entrar si no tenía las llaves, quería dejar de ser un desastre y recuperarlos. Subí a la oficina y busqué las llaves por todas partes, las encontré cerca de mi escritorio donde la recepcionista que mi padre contrató yacía muerta. Me asusté. Antes de darme la vuelta oí que había alguien más en la habitación que me obligaba a acercarme a la ventana, a abrirla y a subirme al borde sin girarme. Solo podía diferenciar su voz, pude saber que era serena, determinante, segura y no muy gruesa, me daba la sensación de que, aunque aquello hubiera sido un imprevisto para él porque no esperaba a nadie, sabía cómo llevar la situación y cómo quitarse de encima los problemas.

Y yo era uno. Oí cómo cargó la pistola, oí ese «click» detrás de mí. Estaba temblando por dentro, aunque queriendo mantener la compostura. Con los pies en el borde de la ventana, le pregunté por qué hacía aquello pero no obtuve la respuesta que estaba buscando. De alguna forma, esperé lo que me pidió poco tiempo después: que me tirara al vacío. Sin más preguntas. No sabía cómo entretenerle o hacerle cambiar de opinión, algo en mi interior me dijo que no podría, solo pensaba en que otra vez había fallado en mi promesa de cenar con ellos, Steve estaría furioso, pero suponía que esta sería una buena excusa, ¿verdad? Me giré para mirarle a los ojos mientras lo hacía. Recibí un tiro en el centro de la frente, sin más. Él no mostro ni una sola emoción mientras lo hacía, aunque solo le hubiese mirado por un instante.

Un futuro de promesas rotas:

Supongo que sí. Me fui siendo una mentirosa y rompiendo promesas. Y sí, era una adicta al trabajo, pero así era como me habían criado. Era infalible, ambiciosa, no quería fallar en ningún caso, para mí siempre había una salida para ganarlo, siempre. Y me conformé con verles acostados nada más llegar, en darles un beso en la frente y acostarme al lado de Steve en la cama mientras él dormía, sabiendo que estaría enfadado y al día siguiente empezaría una discusión desagradable por haber estado ausente un día más.

Ahora se debía de encargar de ellos solo. Aunque lo había hecho todo este tiempo. Lo único de lo que me arrepiento es de haberme ido estando enfadados, que esa mañana hubiera entre nosotros una muralla enorme y fuerte llamada ultimátum. Supongo que la oportunidad de hacerlo bien se había disipado ante mis ojos, aún queriendo hacerlo bien esa noche. No sabía si me harían una buena despedida, si llorarían en el entierro o si se sentirían aliviados de no tener que esperarme más. Es triste. Pero hacia donde voy ya no hay más compromisos ni preguntas que responder.


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Publicado en Recomendaciones

Comentando «Committed» – Elizabeth Gilbert

Al final de su anterior título, Come, reza, ama, Elisabeth se enamora de un brasileño, Felipe, un hombre de nacionalidad australiana que vivía en Indonesia cuando se conocieron. Ahora ambos se asentarán en EE.UU como pareja, prometiéndose el uno al otro fidelidad eterna, pero bajo una condición: no contraer matrimonio.

En cuanto supe que el libro «Come, Reza, Ama» tenía una continuación, fui corriendo a buscarlo, nadie me había comentado nada de esto, ni siquiera lo había leído en ningún sitio, me apareció en Amazon y no pude sino darle a comprar y añadirlo al carrito, en inglés, al igual que el primero. Tenía ansias por saber qué nueva aventura nos traía Elizabeth Gilbert con este nuevo libro que le costó dos años de escribir y que implicó a tantas personas para su pequeña investigación. Al igual que el primero, muestra mucho y muy bien la esencia de Liz, su carácter, su soltura y naturalidad, sus dudas e inquietudes y te permite ver un pedacito de su pasado un poco más de cerca. Con este libro demuestra que es una mujer ávida de información y curiosidad por aquello otros ven como algo normal, nos deja ver a esa mujer fuerte y consciente de la decisión que va a tomar dentro de muy poco y que nos explica muy bien en el libro.

¿Y cuál es esa decisión? Como bien sabemos del primer libro, Liz termina manteniendo una relación sentimental con Felipe al final de la historia y nos deja imaginarlo como nosotros queramos, conformándonos con ello porque no nos lo muestran con palabras o en pantalla, pero en este segundo libro sí lo hacen. Muestra muchas de las conversaciones que tiene con Felipe, cómo es su relación viviendo juntos, por separado y qué vida tiene cada uno cuando el otro no está cerca, muestran que todo fue bien desde que se conocieron en Bali hasta que vivían de forma intermitente en Estados Unidos donde Felipe solo se ausentaba un par de semanas. Ambos hicieron la promesa de no volver a casarse, ambos salían de matrimonios tóxicos y divorcios dañinos y no querían entrar en esa dinámica de nuevo, manteniendo esa palabra lo más alejada de su sana y llevadera relación como fuera posible, ellos estaban bien así, disfrutaban y eran felices, no necesitaban más que lo que tenían.

Pero algo ocurre en medio de todo esto, algo imprevisto, algo que nadie podría haber sospechado y Felipe acaba siendo ex patriado de Estados Unidos, ni siquiera Liz podía hacer nada por él, solo esperar a que las aguas se calmaran. Pero, ¿acaso podían calmarse? Felipe no podía volver a Estados Unidos y la única forma de vivir nuevamente ahí con ella, era que se casaran, algo que ambos habían renunciado por completo. Esto dejó en la mente de Liz una vorágine de dudas que no podría contestar enseguida, de miedos, y una sensación de injusticia por parte del universo. Esta vez, no solo debía enfrentarse a vivir con Felipe fuera durante un tiempo, era lo único de lo que estaba segura por el momento, sino que también, debía hacer frente a todos los miedos que le provocaba tanto la palabra «matrimonio» como lo que podría significar en su totalidad entre una pareja. Todo este segundo libro va de esto, de la institución del matrimonio y de cómo afecta este en sí mismo a la pareja.

Durante ese periodo, ella pregunta a mujeres y esposas, incluso, a viudas que han llevado mucho tiempo casadas con sus maridos o, al menos, que lo estuvieron en el pueblo de Luang Prabang donde vivieron durante un tiempo esperando. Por supuesto, todos habían tenido una experiencia y había mujeres que ni siquiera le daban importancia a esto, otras decían que su marido era todo para ellas y un pilar importante en sus vidas, muchas otras, reían a carcajadas tras oír sus absurdas preguntas. También quiso saber más sobre el matrimonio de su madre con su padre y conocer los sacrificios que tuvo que hacer para seguir casada y mantener a sus hijas; habló con su hermana sobre ello para entender un poco más cómo era posible que su matrimonio durara tanto tiempo, qué era lo que hacía diferente que lo seguía haciendo interesante y duradero. Ese periodo lo dedicó totalmente a leer libros sobre matrimonios, era casi como una obsesión para ella, de hecho, llegó a idolatrar a muchas de ellas en el libro por sus palabras y cercanía.

Pero, pasado un tiempo, Felipe había dejado de ser el mismo. Nada le hacía feliz, ni siquiera las bromas que ella hacía para tratar de que sonriera o los viajes que planeaba por las afueras de Luang Prabang para hacer algo diferente mientras esperaban noticias del consulado de Estados Unidos. Le respondía de forma ruda, discutían a menudo y parecía tener el orgullo herido, quería darle mucho más a Liz de lo que le estaba dando, quería ser el hombre que le proporcionara todo lo que ella necesitaba y deseaba pero era incapaz, así que, Liz pensó en una solución sencilla y que sabía a Felipe le iba a encantar. Bali vuelve a traernos la melancolía, porque ambos se conocieron allí en el primer libro, nos acerca nuevamente a esa experiencia tan personal que Liz compartió con él allí cuando tenía miedo de enamorarse otra vez. Se dio cuenta de que ambos eran muy diferentes y de que tenían cosas que eran molestas el uno hacia el otro, que ni ellos mismos se las aguantaban pero que formaban parte de ellos y que el otro debía tolerarlas si querían mantenerse unidos. Creo que fue un detalle muy bonito, porque nos muestra esto que siempre se dice: también hay que tolerar cómo es el otro y lo que le gusta, dos personas no son iguales.

Empiezas a ver a través de las páginas lo que de verdad es una unión significativa entre dos personas y no suele ser lo que te venden en las películas como amor verdadero. Te muestra la importancia de una relación sólida, sana y comprometida, cómo seguir adelante a pesar de las dudas a través de su experiencia personal, incluso, llegando al final, te enseña un poco de lo que ocurrió en su boda. Siempre me ha gustado Elizabeth Gilbert, la dulzura con la que escribe y la importancia que le da a las cosas que realmente la tienen, ha mostrado todos sus cambios e inseguridades, las ha plasmado en papel hasta darse cuenta de que solo tenía que tirarse de cabeza y que encontraría la respuesta que buscaba a todo una vez se dejara llevar cogiéndose del brazo de Felipe y dirigiéndose hacia su nueva vida juntos. Sin más preguntas.

Ha sido un libro precioso que recomiendo al 100%. Me encantaría que hicieran una película para ver mejor en pantalla por todo lo que pasó y lo que pensó Liz de una forma un poco más real durante todo ese periodo de incertidumbre donde extrajo toda la información que pudo para entender qué era de verdad la institución del matrimonio. Pero, hasta el momento, me conformo con el libro 🙂


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Commenting «Committed» book Written by Elizabeth Gilbert:

At the end of her previous title, Eat, Pray, Love, Elisabeth falls in love with a Brazilian, Felipe, a man of Australian nationality who was living in Indonesia when they met. Now both will settle in the U.S. They were committed to each other eternal fidelity, but under one condition: not to marry.

As soon as I knew that the book «Come, Pray, Love» had a continuation, I ran to get it, no one had told me anything about this, I had not even read it anywhere, it appeared on Amazon and I could not help but buy and add it to the cart, in English, just like the first one. I was eager to know what new adventure Elizabeth Gilbert brought us with this new book that took her two years to write and that involved so many people for her little research. Like the first, it shows a lot and very well the essence of Liz, her character, her ease and naturalness, her doubts and concerns and allows you to see a little piece of her past a little closer. With this book she shows that she is a woman eager for information and curiosity about what others see as something normal, she lets us see that strong woman and aware of the decision she is going to make very soon and that she explains us very well in the book.

And what is that decision? As we know from the first book, Liz ends up having a sentimental relationship with Felipe at the end of the story and lets us imagine it as we want, settling for it because they do not show it to us with words or on the screen, but in this second book they do. It shows many of the conversations she has with Felipe, what their relationship is like living together, separately and what life each has when the other is not around, they show that everything went well from when they met in Bali until they lived intermittently in the United States where Felipe was only absent for a couple of weeks. Both made a promise not to remarry, both came out of toxic marriages and harmful divorces and did not want to enter that dynamic again, keeping that word as far away from their healthy and bearable relationship as possible, they were fine like that, they enjoyed and were happy, they did not need more than what they had.

But something happens in the middle of all this, something unforeseen, something that nobody could have suspected and Felipe ends up being a former homeland of the United States, not even Liz could do anything for him, just wait for the waters to calm down. But could they calm down? Felipe could not return to the United States and the only way to live there again with her was for them to marry, something they had both completely renounced. This left in Liz’s mind a maelstrom of doubts that she could not answer right away, of fears, and a sense of injustice on the part of the universe. This time, not only did she have to face living with Felipe outside for a while, it was the only thing she was sure of for the time being, but she also had to face all the fears caused by both the word «marriage» and what it could mean in its entirety between a couple. This whole second book is about this, about the institution of marriage and how it affects the couple itself.

During that period, she asks women and wives, including widows who have long been married to their husbands or, at least, who were married in the village of Luang Prabang where they lived for a while waiting. Of course, everyone had had an experience and there were women who did not even give importance to this, others said that their husband was everything to them and an important pillar in their lives, many others, laughed out loud after hearing their absurd questions. She also wanted to know more about her mother’s marriage to her father and to know the sacrifices she had to make to stay married and support her daughters; she talked to her sister about it to understand a little more how it was possible for their marriage to last so long, what made it different that kept making it interesting and lasting. That period was totally dedicated to reading books about marriages, it was almost like an obsession for her, in fact, she came to idolize many of them in the book for their words and closeness.

But, after a while, Felipe had ceased to be the same. Nothing made him happy, not even the jokes she made to try to make him smile or the trips she planned on the outskirts of Luang Prabang to do something different while waiting for news from the U.S. consulate. He would respond rudely, they would argue often and he seemed to have wounded pride, he wanted to give Liz a lot more than he was giving her, he wanted to be the man who provided everything she needed and wanted but was incapable, so Liz thought of a simple solution and that she knew Felipe was going to love it. Bali brings us melancholy again, because they both met there in the first book, brings us back to that very personal experience that Liz shared with him there when she was afraid of falling in love again. She realized that they were both very different and that they had things that were annoying towards each other, that they did not put up with them but that they were part of them and that the other had to tolerate them if they wanted to stay together. I think it was a very nice detail, because it shows us this thing that is always said: you also have to tolerate how the other is and what he/she likes, two people are not the same.

You start to see through the pages what is really a meaningful union between two people and is not usually what they sell you in the movies as true love. It shows you the importance of a solid, healthy and committed relationship, how to move forward despite doubts through her personal experience, even reaching the end, teaches you a little of what happened at her wedding. I have always liked Elizabeth Gilbert, the sweetness with which she writes and the importance she gives to the things that really are important, she has shown all her changes and insecurities, she has captured them on paper until she realized that she only had to throw herself headlong and that she would find the answer she was looking for to everything once she let herself be carried away by holding Felipe’s arm and heading towards their new life together. No further questions.

It has been a beautiful book that I recommend 100%. I would love for them to make a movie to see better on screen for everything that happened and what Liz thought in a slightly more real way during that whole period of uncertainty where she extracted all the information she could to understand what the institution of marriage really was. But, so far, I settle for the book 🙂


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Publicado en Reflexiones

Un Respiro:

Sentarte en el sofá y tomarte un café que calienta tus manos, es realmente reconfortante, lo llevas sabiendo desde hace más de un año. Miras alrededor y sabes, una vez más, que todo lo que tienes no es gracias a ti, sino de alguien más que se ocupa de ello pero no puedes si no esperar a una respuesta. Piensas en darte tiempo, en pasar esos momentos a solas, en saber a dónde te diriges o en desconectar después de tanto tiempo con una mente tan activa, pero no dejas de darle vueltas.

Hay días y días, momentos en los que puedes sentirte bien y simplemente, te sientes bien, pero en otros, no haces más que preguntarte y reflexionar por qué no puedes tener la misma suerte que tu vecina, es muy tonta y, aún así, tiene una carrera, un marido amable y cariñoso, dos hijos guapísimos y está fija en un trabajo de ensueño, te preguntas: ¿qué has podido hacer mal? Has sido la hija modelo, la hermana perfecta, la buena y tierna novia de todos tus novios, la idiota que se ha tragado las excusas de tus antiguos compañeros de trabajo, la que siempre tiende la mano y es complaciente con sus amigos y la que sirve como el hombro en el que llorar de cualquiera que haya tenido un mal día pero, ¿qué ganas tú?

Le das un par de sorbos al café, está amargo, justo como a ti te gusta, oyendo el silencio a tu alrededor. Siempre te ha gustado, te ha hecho agazaparte en el sofá, con una manta y un libro entre tus manos, tratando de averiguar el siguiente misterio del mismísimo Sherlock Holmes, una de tus sagas favoritas, siempre preguntándote por qué decidiste no dedicarte a algo que tuviera que ver con el tema criminal pero, ¿acaso serías buena o solo es otro hobbie absurdo que te hace soñar demasiado? Ni siquiera te das tiempo para salir a tomarte unas copas o para conocer a algún chico guapo, o quizá es que quieres fastidiar a tus padres la idea de casarte y tener hijos porque tu hermana ya lo ha hecho.

Suena el teléfono, piensas si cogerlo o no. Quizá es el médico recordándote la cita de la próxima semana, o puede que sea tu amiga, la que le ha dejado el novio por otra más alta, pechugona y borde, desconsolada porque se siente sola, o quizá sea tu madre para recordarte la fiesta del fin de semana, necesita que vayas para presentarte a tu cita a ciegas, te muerdes el labio, solo de pensarlo te entran arcadas, ella siempre ha tenido muy mal gusto eligiéndote novios. Decides dejar que suene el contestador, no quieres soltar el café, está muy caliente y notas cómo te va despejando, además, no estás de humor para una conversación. El pitido suena y ahí entra su voz, desgarrada, arrastrando palabras al hablar, casi inentendibles, pidiéndote por favor que cojas el teléfono, está desesperada porque su ex novio ya se ha olvidado de ella. Otra chorrada de conversación que puede, no quieras oír. Y no, no quieres.

Estás tentada de coger el teléfono, notas esa inconfundible y audible voz que te grita en tu interior para ayudar a alguien que te necesita, que te ha llamado porque busca tu consuelo, ese que, por descontado y sin ninguna duda, quieres darle, con todas tus fuerzas. Es una amiga de la infancia, con la que has tenido buena relación aunque solo quiera ir a comer a restaurantes caros y quiera que le regales ropa de última moda para estar en su lista de cumpleaños cada año, es insoportable pero la quieres. El problema es que estás a gusto, en tu silencio, con tu café, en el sofá, aún sintiéndote culpable por no hacer nada más que eso, pero a la vez, agradeciendo el tener un respiro después de tanto tiempo, un respiro bien merecido y que puede que no muchos entiendan. ¿Quieres complacer a tu amiga? ¿Escuchar sus lloriqueos y problemas sin importancia durante horas? ¿Perder el tiempo que ahora tienes para ti misma, en este preciso instante? ¿Quieres dejar de disfrutarlo? No, por descontado que no. Así que, por primera vez, la dejas hablar a través del contestador y no respondes, no estás allí para ella cuando quiere y le interesa, dejas que se desahogue y piensas en llamarla en otro momento porque no pasa nada, ¿verdad? No tienes dudas…

Y no, no las tienes porque sabes que has tomado la decisión correcta. Por primera vez, te has dado el respiro que necesitas y mereces.


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A Break:

Sitting on the couch and having a coffee that warms your hands, is really comforting, you’ve known for more than a year. You look around and you know, once again, that everything you have is not thanks to you, but from someone else who takes care of it but you can’t wait for an answer. You think about giving yourself time, spending those moments alone, knowing where you are going or disconnecting after so long with such an active mind, but you do not stop thinking about it.

There are days and days, moments when you can feel good and simply, you feel good, but in others, you do nothing but wonder and reflect on why you can not have the same luck as your neighbor, she is very silly and, even so, she has a career, a kind and affectionate husband, two beautiful children and is fixed in a dream job, you wonder: what could you have done wrong? You’ve been the model daughter, the perfect sister, the good and tender girlfriend of all your boyfriends, the idiot who has swallowed the excuses of your former co-workers, the one who always reaches out and is pleasant to her friends and the one who serves as the shoulder on which to cry of anyone who has had a bad day but, what do you gain?

You take a couple of sips of the coffee, it’s bitter, just like you like it, hearing the silence around you. You have always liked it, it has made you crouch on the sofa, with a blanket and a book in your hands, trying to find out the next mystery of Sherlock Holmes himself, one of your favorite sagas, always wondering why you decided not to dedicate yourself to something that had to do with the criminal issue but, would you be good or is it just another absurd hobby that makes you dream too much? You don’t even have time to go out for a few drinks or to meet some handsome guy, or maybe you want to annoy your parents with the idea of getting married and having children because your sister has already done it.

The phone rings, you think about whether to pick it up or not. Maybe it’s the doctor reminding you of next week’s appointment, or maybe it’s your friend, the one who has left the boyfriend for another taller, breast and edge, heartbroken because she feels alone, or maybe it’s your mother to remind you of the weekend party, she needs you to go to your blind date, you bite your lip, just thinking about it you get gags, she has always had very bad taste choosing you boyfriends. You decide to let the answering machine sound, you do not want to let go of the coffee, it is very hot and you notice how it is clearing you, in addition, you are not in the mood for a conversation. The beep sounds and there comes her voice, torn, slurred words when speaking, almost incomprehensible, asking you to please pick up the phone, she is desperate because her ex-boyfriend has already forgotten about her. Another bunch of conversation that maybe you don’t want to hear. And no, you don’t want to.

You are tempted to pick up the phone, you notice that unmistakable and audible voice that screams inside you to help someone who needs you, who has called you because he seeks your comfort, that which, of course and without any doubt, you want to give it, with all your strength. She is a childhood friend, with whom you have had a good relationship even if she just wants to go to eat at expensive restaurants and wants you to give her the latest fashionable clothes to be on her birthday list every year, it’s unbearable but you love her. The problem is that you are at ease, in your silence, with your coffee, on the sofa, still feeling guilty for doing nothing more than that, but at the same time, thanking for having a break after so long, a well-deserved break and that not many may understand. Do you want to please your friend? Listening to their whining and unimportant problems for hours? Wasting the time you now have for yourself, right now? Do you want to stop enjoying it? No, of course not. So, for the first time, you let her speak through the answering machine and you don’t answer, you’re not there for her when she wants and she’s interested, you let her vent and you think about calling her at another time because nothing happens, right? You have no doubts…

And no, you don’t have them because you know you’ve made the right decision. For the first time, you’ve given yourself the break you need and deserve.


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Publicado en Relatos

Imprevisto:

Cuando bajé las escaleras y subí al coche, me di cuenta de que se me había olvidado el móvil en la oficina, dios qué cabeza la mía… Ahora tenía que volver a subir nueve pisos, menos mal que teníamos ascensor. Puse los ojos en blanco, salí del coche, entré en el portal y me dispuse a subir por el ascensor hasta la oficina, otra vez, justo como hice por la mañana. Pensé en que tenía poco tiempo, creo que eso fue lo único en lo que podía centrarme, siempre llegaba tarde a las cenas con los niños y mi marido siempre lo aprovechaba para restregármelo por la cara, así que, hoy no podía llegar tarde.

Al fin llegué. Corrí por el corto pasillo hasta la puerta, saqué la llave y la introduje en la cerradura. Ella sola se abrió solo empujándola un poco. Sorprendida, volví a guardarme la llave y entré poco a poco, llamando a Margaret, la recepcionista que solía quedarse la última ordenando papeles, pero no obtuve respuesta, ¿se había ido ya? Me pareció raro, normalmente, estaba yéndose a las nueve de la noche, y eran solo las seis. Lo dejé estar, solamente quería encontrar mi teléfono y largarme de allí, en casa me estarían esperando y no podía faltar, hoy no. Le di al interruptor que había en la entrada pero no se encendieron las luces. Le volví a dar un par de veces y tampoco lo hicieron. ¿Qué había pasado desde que me había ido? Tendría que llamar al electricista mañana, pensé.

Me encogí de hombros, conformándome con la luz que entraba por los ventanales, podía buscar el móvil así, quizá no me harían falta las luces. Me dispuse a buscarlo en la sala de espera nada más entrar pero allí no estaban, tampoco en la mesa de recepción, ¿dónde pude haberlo dejado? Un día me iba a olvidar la cabeza en el maletero de mi coche… Entré por fin en mi despacho, era el único donde podría estar y la cara de Margaret me dejó helada, fue lo primero que vi. Estaba sentada en la silla del escritorio, un tanto escurrida, blanca como la cera y con una bala en el centro de su frente con sangre que emanaba de ella, mientras permanecía totalmente inmóvil. Empecé a temblar. No sabía si aquello había sido una buena idea, tenía que salir de allí, tenía un mal presentimiento, uno muy pero que muy malo.

El sonido de mi teléfono me sobresaltó. Me acerqué al escritorio, justo al lado de la silla y allí estaba. Mi marido me llamaba, estaría cansado de esperarme. Estuve a punto de cogerlo para pedir ayuda pero, cuando volví a erguirme, un «click» justo detrás de mí, tocándome la cabeza, me frenó en seco.

– Suelte el teléfono – dijo una voz serena, pausada y determinante – Ahora.

Tragué saliva, sin decir una palabra y tiré el móvil al suelo mientras seguía sonando. Greg iba a matarme, una vez más, no iba a llegar a tiempo a la cena. Hice ademán de darme la vuelta para saber quién me estaba apuntando, pero pareció leerme la mente, cuando dijo:

– Ni se le ocurra darse la vuelta – mi corazón palpitaba muy rápido y notaba cómo mi garganta se secaba, así que, decidí hacer lo que me pedía, no me di la vuelta – Quiero que se dirija poco a poco hacia esa ventana con las manos en alto, si no quiere que le dispare. ¿Me ha entendido?

Asentí con la cabeza, ni siquiera podía mediar palabra. Con las piernas temblándome, fui caminando poco a poco hacia la ventana que había justo al lado del escritorio, por la que entraba más luz de toda la oficina. Un paso detrás de otro, sin hacer ruido y con aquel hombre justo detrás de mí, con su arma preparada.

– Muy bien. Ahora abra la ventana y quédese muy quieta – ordenó el desconocido -.

Seguí sus instrucciones al pie de la letra, eran sencillas pero no podía controlar mis tics nerviosos en los ojos y los labios, no dejaban de temblarme, ya había empezado a sudar. Como dijo, la ventana estaba abierta y yo volví a levantar ambas manos, justo como al principio.

– Lo está haciendo muy bien. Lo que quiero ahora es que se suba al borde, con cuidado y sin girarse. Muy despacio.

Eso sí que no me lo esperaba. ¿Que me subiera al borde? Quería que me tirara, ¿verdad? Estaba segura de que este tío era el que había matado a Margaret y ahora pretendía hacerme desaparecer, aunque no le hubiese visto la cara. Antes de poner un pie sobre el borde de la ventana, me aventuré a preguntárselo:

– ¿Quiere usted que me…? ¿Quiere que me tire? – mi voz temblaba, insegura -.

– Quiero que haga lo que le digo.

– Usted ha matado a Margaret, ¿no es así?

– Súbase al borde y deje de hacer preguntas.

No iba a decirme nada, ¿quién era yo, de todas formas? Asentí con la cabeza, haciendo lo que me pidió, me subí al borde de la ventana del despacho de la oficina donde había estado trabajando durante once años con dedicación y cariño, echa un flan, con las piernas temblándome y tratando de no caer. Me cogí de las paredes que tenía a ambos lados, notando el aire chocar contra mi cara. Miré hacia abajo y, de repente, me sentí mareada, no podría haber elegido una oficina más cercana al suelo cuando decidí abrir el bufete, ¿verdad? Elegí un noveno piso… Dios.

– No se coja de ningún sitio. Cuando esté preparada y le haya rezado a quién sea que usted le rece, quiero que se tire.

– ¿Cómo?

– Es sencillo. Solo tiene que poner un pie fuera del borde y caerá en seguida, no se apure, seguro que lo hace bien y todos sus problemas, se evaporarán.

– ¿Mis problemas? ¿Quién narices es usted? ¿Y qué quiere de mí? Ya estoy asustada, ¿qué más quiere ver?

– Solo que se tire, ya se lo he dicho.

No lo hice porque eso hubiese sido muy sencillo. Para él. Insistía tanto en que me tirase porque no quería otra bala metida en el cráneo de otro cadáver, quería que pareciera un suicidio. Y no quería ponérselo fácil aunque fuera lo último que hiciera. Así que, como pude y con las piernas aún temblando, me agarré de la ventana, sabiendo que él seguía apuntándome, gritando que me tirara, que lo hiciera ahora mismo, estaba cabreado, sonaba cabreado. Fui girándome como pude, poco a poco para ver la cara a ese hijo de puta.

En cuanto le vi los ojos lo supe. La bala salió de su pistola y fue a parar al centro de mi frente, haciéndome caer al vacío. Todo se volvió negro y mi cuerpo se estampó sobre un coche verde, dejándole el techo abollado. Esto serviría como excusa para no ir a casa temprano, ¿verdad?


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Unexpected:

When I went downstairs and got in the car, I realized that I had forgotten my mobile phone in the office, god what a head of mine… Now I had to go back up nine floors, thank goodness we had an elevator. I rolled my eyes, got out of the car, entered the entrance hall and set out to go up the elevator to the office, again, just as I did in the morning. I thought I had little time, I think that was the only thing I could focus on, I was always late for dinners with the kids and my husband who always took advantage of it to rub it in my face, so today I couldn’t be late.

I finally arrived. I ran down the short hallway to the door, took out the key and put it in the lock. It opened up by just pushing it a little. Surprised, I put the key back in and walked in slowly, calling Margaret, the receptionist who used to stay the last one sorting papers, but I got no answer, was she gone yet? I found it weird, normally, she was leaving at nine o’clock at night, and it was only six o’clock. I let it be, I just wanted to find my phone and get out of there, at home they would be waiting for me and I could not miss, not today. I hit the switch at the entrance but the lights didn’t come on. I did it again a couple of times and it didn’t either. What had happened since I had left? I would have to call the electrician tomorrow, I thought.

I shrugged, settling for the light that entered through the windows, I could look for the mobile like this, maybe I would not need the lights. I set out to look for it in the waiting room as soon as I entered but it was not there, nor at the reception table, where could I have left it? One day I was going to forget my head in the trunk of my car… I finally entered my office, it was the only place where it could be and Margaret’s face left me frozen, it was the first thing I saw when I came in. She was sitting in the desk chair, somewhat drained, white as wax and with a bullet in the center of her forehead with blood emanating from it while remaining totally motionless. I started shaking. I didn’t know if that had been a good idea, I had to get out of there, I had a bad feeling, a very, very bad one.

The sound of my phone startled me. I walked over to the desk, right next to the chair and there it was. My husband would call me, he would be tired of waiting for me. I was about to pick it up to ask for help but, when I stood up again, a «click» just behind me, touching my head, stopped me in my tracks.

-Let go of the phone – he said with a serene, leisurely and decisive voice – Now.

I swallowed, without saying a word and threw the phone on the ground while it kept ringing. Greg was going to kill me, again, I wasn’t going to make it to dinner on time. I made a gesture to turn around to find out who was targeting me, but he seemed to read my mind, when he said:

– Don’t even think about turning around – my heart was beating very fast and I could feel my throat drying out, so I decided to do what he asked me to, I didn’t turn around – I want you to slowly head towards that window with your hands up, if you don’t want me to shoot you. Have you understood me?

I nodded, I couldn’t even say a word. With my legs shaking, I walked slowly to the window right next to the desk, through which more light came in from the entire office. One step after another, without making a sound and with that man right behind me, with his gun ready.

– Very good. Now open the window and stay very still – the stranger ordered.

I followed his instructions carefully, they were simple but I could not control my nervous tics in my eyes and lips, they kept shaking, I had already started to sweat. As he said, the window was open and I raised both hands again, just like at the beginning.

– You are doing it very well. What I want now is for you to climb to the edge, carefully and without turning. Very slowly.

I didn’t expect that. That I climbed to the edge? He wanted me to throw away, right? I was sure that this guy was the one who had killed Margaret and now intended to make me disappear, even if I hadn’t seen his face. Before I set foot on the edge of the window, I ventured to ask him:

– Do you want me to…? Do you want me to throw myself away? – my voice trembled, insecure -.

– I want you to do what I say.

– You’ve killed Margaret, right?

– Get on the edge and stop asking questions.

He wasn’t going to tell me anything, who was I, anyway? I nodded, doing what he asked me, climbed on the edge of the window of the office where I had been working for eleven years with dedication and affection, I was like a flan, with my legs shaking and trying not to fall. I grabbed the walls on both sides, noticing the air crashing into my face. I looked down and suddenly felt dizzy, I couldn’t have chosen an office closer to the ground when I decided to open the firm, right? I chose a ninth floor… God.

– Do not take it from anywhere. When you are ready and you prayed to whoever you pray to, I want you to jump.

– What?

– It’s simple. Just put one foot off the edge of the window and you will fall right away, don’t hurry, I’m sure you’ll do it right and all your problems will evaporate.

– My problems? Who the hell are you? And what does you want from me? I’m already scared, what else do you want to see?

– I just want you to jump, as I said before.

I didn’t do it because that would have been very simple. For him. He was so insistent with me jumping because he didn’t want another bullet stuck in the skull of another corpse, he wanted it to look like a suicide. And I didn’t want to make it easy for him even if it was the last thing I did on this Earth. So, as I could and with my legs still shaking, I grabbed the window, knowing that he kept pointing at me with his gun, screaming to jump, to do it right now. I was turning as I could slowly, to see the face of that son of a bitch.

As soon as I saw his eyes I knew. The bullet came out of his gun and ended up in the center of my forehead, causing me to fall into the void. Everything turned black and my body was splattered on a green car, leaving the roof dented. This would serve as an excuse not to go home early, right?


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Publicado en Personajes

Mariela: La Amiga que se Queda Atrás

Relato procedente: «Un Hasta Pronto«. Edad: 31 años.

Ciudad: Nueva York. Profesión: Diseñadora.

Descripción física:

Mi cabello castaño me llega un poco más abajo de los hombros, ondulado y difícil de gestionar a veces, necesita muchos cuidados pero jamás me lo cortaría, por nada del mundo. Mis ojos son verdes y mis labios finos, tengo la zona de la nariz y los pómulos llena de pequeñitas pecas que hacen que mi rostro se vea un poco más interesante, al menos, a mí me lo parece. Mi tez es un tanto oscura, me encanta ir a la playa y tomar el sol en los meses de verano, me lo paso de miedo surfeando con amigos. Suelo vestir bastante formal, normalmente, con tonos azules, blancos, negros o magenta, los tonos claros no me van mucho, pero sí los tacones.

Descripción de la personalidad:

Dicen que soy una chica algo borde, que siempre persigue lo que quiere, presumida, atenta y poco cariñosa. He sido muy ligona, sobre todo, en la época del instituto, nunca me ha gustado mucho comprometerme, ir de flor en flor es lo que más se ha acercado a mi carácter. Me importan más las cosas de lo que la gente piensa, soy bastante nerviosa y suelo pretender que nada me afecta para parecer más dura de lo que realmente soy. No me definiría como una persona sensible, pero sí fuerte mentalmente, nunca he sido llorona y siempre he conseguido cualquier cosa que he deseado, soy cabezota y lista, me gusta ser temeraria cuando la situación lo requiere e improvisar es lo mío, sobre todo, cuando a planes para salir se refiere.

Una infancia unidas:

Angelina y yo nos conocimos en el colegio. Nos mirábamos con recelo al principio, ella era muy reservada y yo era más extrovertida, tanto que me gustaba picarla quitándole sus dibujos o tirándole los libros, me gustaba verla reír y rabiar a la vez. Un día, después de un castigo en la clase de Biología, donde estuvimos las dos de morros porque creíamos concienzudamente que la otra era la culpable de lo que había ocurrido, salimos juntas del colegio, una al lado de la otra, dirigiéndonos a nuestras casas por la misma calle. Ella habló primero, me pidió disculpas por lo que había pasado y no pude hacer otra cosa que sonreírle, siempre era buena con todo el mundo y fue una de las razones por las que decidí meterme con ella, en primer lugar.

Descubrí que vivíamos a dos manzanas de distancia la una de la otra, así que, empezamos a volver juntas a casa. Al principio, no hablábamos mucho pero luego, no dejábamos de hablar ni un minuto, a veces, mi madre la invitaba a casa a merendar o su padre hacía lo mismo conmigo, nos pasábamos algunas tardes juntas y nos llamábamos antes de acostarnos para contarnos las últimas novedades en casa. De odiarnos pasamos a caernos bien y a hablar más seguido y de ahí, a ser inseparables.

Amigas para siempre:

Pasaron los años y ahí estábamos, siempre juntas. Hicimos un pacto, en el cual, prometíamos no separarnos nunca, ni siquiera cuando nuestras hormonas hacían que mantuviéramos una rivalidad enfermiza cuando se trataba de chicos, nuestra adolescencia se formó de cotilleos, cuchicheos, de chicos guapos, revistas de moda y momentos en los que nos sentíamos las reinas, nos conocía bastante gente, aunque a Angelina no le hacía mucha gracia, a veces, le gustaba tener su espacio y luchaba bastante contra su timidez, yo era más lanzada.

Pasamos el bachillerato juntas, de hecho, estudiábamos cada tarde codo con codo para sacarnos la selectividad, éramos las mejores de clase con diferencia y lo único que queríamos era salvar y evitar que la otra tuviera un suspenso, estudiábamos mejor juntas y lo sabíamos todo de ambas, incluso, nuestras debilidades. Quizá esto es muy típico pero, es cierto que éramos como hermanas y no nos separábamos nunca. Nos fuimos a la Universidad, estudiamos lo mismo y nos fuimos a vivir juntas, por supuesto, no soportábamos pensar que a alguna de las dos la mandarían a una residencia diferente y no nos podríamos ver tan de seguido pero, no fue así para nada, mi madre tenía algunos contactos allí e hizo lo posible porque viviéramos en la misma residencia. Íbamos a las mismas fiestas, conocíamos al mismo tipo de gente y teníamos los mismos exámenes, no nos aburríamos de ser, simplemente, nosotras.

Después de esto, nuestras vidas puede que cambiaran un poco y, debido al trabajo y a las tareas domésticas, no nos viéramos o estuviéramos tanto tiempo juntas como solíamos estar o hacer, pero nos llamábamos cuando no podíamos vernos y era reconfortante poder escucharnos durante, al menos, una hora. Ella siempre había sido mi confidente y sabía que si algo iba mal, Angelina siempre iba a estar ahí. Pero las cosas cambiaron radicalmente, sin siquiera predecirlo una mañana que vino a tomar café…

Un hasta pronto:

Llegó a casa, nerviosa, más callada de lo habitual, retraída y muy despistada, como si solo estuviera metida en su cabeza. No seguía la conversación y trataba de sacarle algo de información para que habláramos de algo pero yo sabía que no estaba bien, estaba diferente, ni siquiera risueña y solo asentía con la cabeza porque oía mi voz y no sabía cómo decirme lo que estaba a punto de salir a través de sus labios. Le pregunté directamente y confesó que iba a irse a Italia con su madre, tenía que cuidarla porque se había puesto enferma, no sabía si iba a tener mucho tiempo para hablar o estar con otras personas, debía dedicarse a su madre por completo, al trabajo que encontrase y a las tareas de casa, ya que, su madre no tendría fuerzas para hacerlas.

No sabía cómo lo hacía pero, Angelina siempre ponía a todo el mundo delante de sus propias necesidades y deseos, de hecho, había dejado su empleo y todo por lo que había trabajado en Nueva York sin ver si quiera otras opciones, iba a tirarse encima del tigre sin analizar la situación y todo porque sus hermanos se habían negado en rotundo, poniendo a Angelina en un compromiso, como hacían siempre. Odiaba aquello, odiaba lo que decía, pero no podía comentarlo, al menos, no en voz alta, la haría sentirse culpable. Una voz en mi interior me decía que debía apoyar su decisión y hacerle saber que hacía lo correcto aunque no me gustara el resultado. Iba a estar lejos, muy lejos, y no podría tener acceso a ella, no sabría cómo estaba y eso me preocupaba desmesuradamente, pero Angelina tampoco debía saberlo, solo le pedí que fuese yo la que la llevara al aeropuerto y que me gustaría que nos despidiéramos allí. Ella accedió sin problema.

Hice todo lo posible para que no se preocupara, mucho menos, por mí o por cualquiera de su familia, aquello no era nada y seguro que saldría todo bien sin ninguna duda. Aunque yo, sinceramente, tenía muchas que no pensaba decir en voz alta. ¿Había sido una buena amiga ocultándole lo que sentía sobre lo que estaba haciendo? Me sentí horrible y su abrazo fue como un adiós, un adiós definitivo que quise enmascarar con ese susurro en mi oreja que decía «hasta pronto», quería creerla, de verdad quería hacerlo y pensar que iba a estar aquí antes de lo que yo creía, seguro que estaba siendo una escéptica, aunque mi corazón dijera lo contrario. Me olvidaría. Por eso, estuve allí hasta que vi cómo desaparecía el avión entre las nubes.

Un futuro de incertidumbre:

Mi vida ha seguido exactamente igual que siempre, con el ajetreo en el trabajo, con las comidas familiares de los domingos, las citas insignificantes, los nuevos diseños y creaciones en el estudio de mi casa… Todo sigue igual. Ni una llamada, ni un mensaje, ni siquiera una carta o un recado de su parte, nada. Últimamente, siempre la tengo en la cabeza, aunque no directamente o como tema principal de todo lo que he de pensar o planificar, pero sí está en un rinconcito, en ese que siempre elijo escuchar y que, algunas noches, no me deja dormir. ¿Estará bien? ¿Qué estará haciendo? ¿Le habrá ido bien? Odio no saber nada y lo seguiré odiando, posiblemente, hasta que sepa algo o de ella o de lo que sea que esté haciendo, siempre será un interrogante en mi mente.

Desde que se fue vivo con este vacío, como si una parte de mí se hubiese ido. Antes, solía contárselo todo, ahora no puedo hacerlo. Digo que todo sigue igual pero no esta parte de mi vida, Angelina era la torre que nunca se caía, era una pieza clave a la que sabía que siempre podía recurrir y que me apoyaría, pero ahora, cuando cojo el teléfono es para volverlo a bloquear y dejarlo sobre la mesa porque no sé a qué número llamar… Supongo que, ahora mismo, he de vivir con ello.


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