Publicado en Relatos

Imprevisto:

Cuando bajé las escaleras y subí al coche, me di cuenta de que se me había olvidado el móvil en la oficina, dios qué cabeza la mía… Ahora tenía que volver a subir nueve pisos, menos mal que teníamos ascensor. Puse los ojos en blanco, salí del coche, entré en el portal y me dispuse a subir por el ascensor hasta la oficina, otra vez, justo como hice por la mañana. Pensé en que tenía poco tiempo, creo que eso fue lo único en lo que podía centrarme, siempre llegaba tarde a las cenas con los niños y mi marido siempre lo aprovechaba para restregármelo por la cara, así que, hoy no podía llegar tarde.

Al fin llegué. Corrí por el corto pasillo hasta la puerta, saqué la llave y la introduje en la cerradura. Ella sola se abrió solo empujándola un poco. Sorprendida, volví a guardarme la llave y entré poco a poco, llamando a Margaret, la recepcionista que solía quedarse la última ordenando papeles, pero no obtuve respuesta, ¿se había ido ya? Me pareció raro, normalmente, estaba yéndose a las nueve de la noche, y eran solo las seis. Lo dejé estar, solamente quería encontrar mi teléfono y largarme de allí, en casa me estarían esperando y no podía faltar, hoy no. Le di al interruptor que había en la entrada pero no se encendieron las luces. Le volví a dar un par de veces y tampoco lo hicieron. ¿Qué había pasado desde que me había ido? Tendría que llamar al electricista mañana, pensé.

Me encogí de hombros, conformándome con la luz que entraba por los ventanales, podía buscar el móvil así, quizá no me harían falta las luces. Me dispuse a buscarlo en la sala de espera nada más entrar pero allí no estaban, tampoco en la mesa de recepción, ¿dónde pude haberlo dejado? Un día me iba a olvidar la cabeza en el maletero de mi coche… Entré por fin en mi despacho, era el único donde podría estar y la cara de Margaret me dejó helada, fue lo primero que vi. Estaba sentada en la silla del escritorio, un tanto escurrida, blanca como la cera y con una bala en el centro de su frente con sangre que emanaba de ella, mientras permanecía totalmente inmóvil. Empecé a temblar. No sabía si aquello había sido una buena idea, tenía que salir de allí, tenía un mal presentimiento, uno muy pero que muy malo.

El sonido de mi teléfono me sobresaltó. Me acerqué al escritorio, justo al lado de la silla y allí estaba. Mi marido me llamaba, estaría cansado de esperarme. Estuve a punto de cogerlo para pedir ayuda pero, cuando volví a erguirme, un «click» justo detrás de mí, tocándome la cabeza, me frenó en seco.

– Suelte el teléfono – dijo una voz serena, pausada y determinante – Ahora.

Tragué saliva, sin decir una palabra y tiré el móvil al suelo mientras seguía sonando. Greg iba a matarme, una vez más, no iba a llegar a tiempo a la cena. Hice ademán de darme la vuelta para saber quién me estaba apuntando, pero pareció leerme la mente, cuando dijo:

– Ni se le ocurra darse la vuelta – mi corazón palpitaba muy rápido y notaba cómo mi garganta se secaba, así que, decidí hacer lo que me pedía, no me di la vuelta – Quiero que se dirija poco a poco hacia esa ventana con las manos en alto, si no quiere que le dispare. ¿Me ha entendido?

Asentí con la cabeza, ni siquiera podía mediar palabra. Con las piernas temblándome, fui caminando poco a poco hacia la ventana que había justo al lado del escritorio, por la que entraba más luz de toda la oficina. Un paso detrás de otro, sin hacer ruido y con aquel hombre justo detrás de mí, con su arma preparada.

– Muy bien. Ahora abra la ventana y quédese muy quieta – ordenó el desconocido -.

Seguí sus instrucciones al pie de la letra, eran sencillas pero no podía controlar mis tics nerviosos en los ojos y los labios, no dejaban de temblarme, ya había empezado a sudar. Como dijo, la ventana estaba abierta y yo volví a levantar ambas manos, justo como al principio.

– Lo está haciendo muy bien. Lo que quiero ahora es que se suba al borde, con cuidado y sin girarse. Muy despacio.

Eso sí que no me lo esperaba. ¿Que me subiera al borde? Quería que me tirara, ¿verdad? Estaba segura de que este tío era el que había matado a Margaret y ahora pretendía hacerme desaparecer, aunque no le hubiese visto la cara. Antes de poner un pie sobre el borde de la ventana, me aventuré a preguntárselo:

– ¿Quiere usted que me…? ¿Quiere que me tire? – mi voz temblaba, insegura -.

– Quiero que haga lo que le digo.

– Usted ha matado a Margaret, ¿no es así?

– Súbase al borde y deje de hacer preguntas.

No iba a decirme nada, ¿quién era yo, de todas formas? Asentí con la cabeza, haciendo lo que me pidió, me subí al borde de la ventana del despacho de la oficina donde había estado trabajando durante once años con dedicación y cariño, echa un flan, con las piernas temblándome y tratando de no caer. Me cogí de las paredes que tenía a ambos lados, notando el aire chocar contra mi cara. Miré hacia abajo y, de repente, me sentí mareada, no podría haber elegido una oficina más cercana al suelo cuando decidí abrir el bufete, ¿verdad? Elegí un noveno piso… Dios.

– No se coja de ningún sitio. Cuando esté preparada y le haya rezado a quién sea que usted le rece, quiero que se tire.

– ¿Cómo?

– Es sencillo. Solo tiene que poner un pie fuera del borde y caerá en seguida, no se apure, seguro que lo hace bien y todos sus problemas, se evaporarán.

– ¿Mis problemas? ¿Quién narices es usted? ¿Y qué quiere de mí? Ya estoy asustada, ¿qué más quiere ver?

– Solo que se tire, ya se lo he dicho.

No lo hice porque eso hubiese sido muy sencillo. Para él. Insistía tanto en que me tirase porque no quería otra bala metida en el cráneo de otro cadáver, quería que pareciera un suicidio. Y no quería ponérselo fácil aunque fuera lo último que hiciera. Así que, como pude y con las piernas aún temblando, me agarré de la ventana, sabiendo que él seguía apuntándome, gritando que me tirara, que lo hiciera ahora mismo, estaba cabreado, sonaba cabreado. Fui girándome como pude, poco a poco para ver la cara a ese hijo de puta.

En cuanto le vi los ojos lo supe. La bala salió de su pistola y fue a parar al centro de mi frente, haciéndome caer al vacío. Todo se volvió negro y mi cuerpo se estampó sobre un coche verde, dejándole el techo abollado. Esto serviría como excusa para no ir a casa temprano, ¿verdad?


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Unexpected:

When I went downstairs and got in the car, I realized that I had forgotten my mobile phone in the office, god what a head of mine… Now I had to go back up nine floors, thank goodness we had an elevator. I rolled my eyes, got out of the car, entered the entrance hall and set out to go up the elevator to the office, again, just as I did in the morning. I thought I had little time, I think that was the only thing I could focus on, I was always late for dinners with the kids and my husband who always took advantage of it to rub it in my face, so today I couldn’t be late.

I finally arrived. I ran down the short hallway to the door, took out the key and put it in the lock. It opened up by just pushing it a little. Surprised, I put the key back in and walked in slowly, calling Margaret, the receptionist who used to stay the last one sorting papers, but I got no answer, was she gone yet? I found it weird, normally, she was leaving at nine o’clock at night, and it was only six o’clock. I let it be, I just wanted to find my phone and get out of there, at home they would be waiting for me and I could not miss, not today. I hit the switch at the entrance but the lights didn’t come on. I did it again a couple of times and it didn’t either. What had happened since I had left? I would have to call the electrician tomorrow, I thought.

I shrugged, settling for the light that entered through the windows, I could look for the mobile like this, maybe I would not need the lights. I set out to look for it in the waiting room as soon as I entered but it was not there, nor at the reception table, where could I have left it? One day I was going to forget my head in the trunk of my car… I finally entered my office, it was the only place where it could be and Margaret’s face left me frozen, it was the first thing I saw when I came in. She was sitting in the desk chair, somewhat drained, white as wax and with a bullet in the center of her forehead with blood emanating from it while remaining totally motionless. I started shaking. I didn’t know if that had been a good idea, I had to get out of there, I had a bad feeling, a very, very bad one.

The sound of my phone startled me. I walked over to the desk, right next to the chair and there it was. My husband would call me, he would be tired of waiting for me. I was about to pick it up to ask for help but, when I stood up again, a «click» just behind me, touching my head, stopped me in my tracks.

-Let go of the phone – he said with a serene, leisurely and decisive voice – Now.

I swallowed, without saying a word and threw the phone on the ground while it kept ringing. Greg was going to kill me, again, I wasn’t going to make it to dinner on time. I made a gesture to turn around to find out who was targeting me, but he seemed to read my mind, when he said:

– Don’t even think about turning around – my heart was beating very fast and I could feel my throat drying out, so I decided to do what he asked me to, I didn’t turn around – I want you to slowly head towards that window with your hands up, if you don’t want me to shoot you. Have you understood me?

I nodded, I couldn’t even say a word. With my legs shaking, I walked slowly to the window right next to the desk, through which more light came in from the entire office. One step after another, without making a sound and with that man right behind me, with his gun ready.

– Very good. Now open the window and stay very still – the stranger ordered.

I followed his instructions carefully, they were simple but I could not control my nervous tics in my eyes and lips, they kept shaking, I had already started to sweat. As he said, the window was open and I raised both hands again, just like at the beginning.

– You are doing it very well. What I want now is for you to climb to the edge, carefully and without turning. Very slowly.

I didn’t expect that. That I climbed to the edge? He wanted me to throw away, right? I was sure that this guy was the one who had killed Margaret and now intended to make me disappear, even if I hadn’t seen his face. Before I set foot on the edge of the window, I ventured to ask him:

– Do you want me to…? Do you want me to throw myself away? – my voice trembled, insecure -.

– I want you to do what I say.

– You’ve killed Margaret, right?

– Get on the edge and stop asking questions.

He wasn’t going to tell me anything, who was I, anyway? I nodded, doing what he asked me, climbed on the edge of the window of the office where I had been working for eleven years with dedication and affection, I was like a flan, with my legs shaking and trying not to fall. I grabbed the walls on both sides, noticing the air crashing into my face. I looked down and suddenly felt dizzy, I couldn’t have chosen an office closer to the ground when I decided to open the firm, right? I chose a ninth floor… God.

– Do not take it from anywhere. When you are ready and you prayed to whoever you pray to, I want you to jump.

– What?

– It’s simple. Just put one foot off the edge of the window and you will fall right away, don’t hurry, I’m sure you’ll do it right and all your problems will evaporate.

– My problems? Who the hell are you? And what does you want from me? I’m already scared, what else do you want to see?

– I just want you to jump, as I said before.

I didn’t do it because that would have been very simple. For him. He was so insistent with me jumping because he didn’t want another bullet stuck in the skull of another corpse, he wanted it to look like a suicide. And I didn’t want to make it easy for him even if it was the last thing I did on this Earth. So, as I could and with my legs still shaking, I grabbed the window, knowing that he kept pointing at me with his gun, screaming to jump, to do it right now. I was turning as I could slowly, to see the face of that son of a bitch.

As soon as I saw his eyes I knew. The bullet came out of his gun and ended up in the center of my forehead, causing me to fall into the void. Everything turned black and my body was splattered on a green car, leaving the roof dented. This would serve as an excuse not to go home early, right?


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Autor:

Escritora. Estudiante de la vida y apasionada por la lectura y el aprendizaje. Siempre activa, esperando crear una nueva historia o personaje. La dominación de las palabras forma su existencia y la música un componente fundamental para una mente creativa.

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