Publicado en Relatos

Una Espera Eterna:

Por fin habíamos quedado, después de tanto tiempo. Estaba temblando, allí de pie, en la parada del autobús donde nos conocimos. Lo recuerdo muy bien. Empezamos preguntando la hora, luego soltamos un chiste estúpido sobre algo que ocurría alrededor y, más tarde, hablamos como si nos conociéramos de toda la vida. Fue un flechazo, al menos, para mí. Nunca supe si para él lo fue. Nunca me lo dijo. Y yo nunca hablé de ello. Ahora miraba el móvil cada tres minutos, mientras movía la pierna izquierda. La paciencia no era mi fuerte, estaba claro.

Empecé a preguntarme cómo sería. ¿Habría cambiado mucho? ¿Le seguiría pareciendo igual de maja que hace tantos años? ¿Se acordaría de lo que hablamos? ¿Sería ahora un chico más guapo y fuerte que antes? Esperaba que sí. Pasaban cinco minutos de las diez. ¿Por qué tardaba tanto? Se me empezó a secar la boca, así que, bebí un par de sorbos de agua de la botella que llevaba en el bolso. ¿Vestía suficientemente elegante? ¿Le gustaría lo que llevaba puesto? No era propio de mí dudar tanto, ¿por qué me estaba sintiendo tan insegura con esto? Lo único que esperaba es que no tuviese mujer. Oh, dios. No se lo había preguntado. ¿Y si tenía mujer?

Pasaban diez minutos de las diez. No iba a venir. Seguro que no vendría. Mejor, quizá me estaba haciendo ilusiones absurdas. Hacía años que no le veía y bueno, no podría pensar que esto sería tan importante para él como lo era para mí que había cancelado una comida de trabajo por aquello. En fin, sí. Era lo mejor. Me giré y empecé a andar hacia abajo por la calle principal, algo decepcionada, un poco angustiada y algo triste. No podía evitarlo. No había podido olvidarle aunque solo fue una amistad pasajera y que, al parecer, no había sido tan importante como parecía. La gente pasaba por mi lado hablando, sonriendo, otros hablando por teléfono y varios discutiendo cerca de un restaurante, todos tenían su mundo, su momento. Y yo tenía el mío, la vida no se paraba por un plantón, ¿no?. Tenía que ir a casa, así que, pedí un taxi.

Oí una voz. Alguien que me llamaba a lo lejos. Me giré esperanzada pero no vi a nadie, así que, bajé la mirada y abrí la puerta del taxi. Pero noté que alguien me cogía del brazo. Era él. Era Sam. Le miré con una extrañeza que fui incapaz de disimular. Iba en silla de ruedas, por eso no le había visto a lo lejos y alguien venía corriendo tras él, era una mujer muy guapa, sonriente y sin aliento. Al parecer, se le había escapado. No supe que cara poner.

– ¡Hola! Sentimos llegar tarde, había mucho tráfico – dijo, divertida – Dios, casi te he perdido, eres muy rápido y no me gusta nada – le dijo a Sam, doblándose un poco para recuperarse de la carrera -.

– Deberías hacer más ejercicio – le respondió él, sonriendo como si la conversación fuese solo de ambos y yo no estuviera – Perdona, esta es Elissa, mi mujer. Elissa, esta es Pam, una amiga de hace tiempo.

– Oh, Sam me ha hablado mucho de ti. «La chica del bus», te llama – nos tendimos la mano, yo aún estaba en shock -.

Nos fuimos a tomar café. Me enteré de toda su historia de amor, desde las rosas rojas en el despacho de Elissa hasta el primer beso en el porche. No podía creer lo que estaba pasando, casi ni hablé. Comentaban tantas cosas y parecían tan felices que no quería si quiera interrumpirlos. Lo cierto era que había estado echando de menos un rostro que a penas recordaba, las ilusiones de volver a verle se habían intensificando a raíz de algo que había sido una mentira, algo que yo había imaginado pero que él no, solo fuimos amigos. Solo había sido una amiga de hacía tiempo.

Tragué saliva mientras me terminaba el café. No podía estar allí. Tenía que irme, tenía que meter mi cabeza en un cubo lleno de hielo y no volverme a despertar hasta de aquí unos años. Me levanté de la silla con una sonrisa queda y me despedí. Sam me siguió con la mirada durante unos segundos hasta que salí de la cafetería, con los ojos humedecidos, intentando aguantar las lágrimas hasta llegar a casa. Tenía que coger un taxi ya. Esperé en la parada, cogiendo el bolso fuertemente por el asa mientras sentía un nudo en el estómago.

– ¡Eh, Pam! Espera… – volví a oír su voz, así que me giré tratando de que no viera mi disgusto – ¿Te has sentido incómoda? ¿Hemos dicho algo que te haya molestado? Porque creía que…

– No, por supuesto que no. Solo que se me ha hecho tarde y he de irme.

– Pensaba que volvería a verte pero no ocurrió, así que, seguí mi vida. De verdad, que no te olvidé.

– Amiga de hace tiempo, ¿verdad? Solo fui eso.

– No fuimos nada más, Pam. Lo quise.

– Tengo que… tengo que irme – las lágrimas ya empezaron a rozar mis mejillas justo cuando el taxi paró a mi lado, así que, me subí de inmediato, cerrando la puerta justo delante de Sam -.

No volví a mirarle. Apagué el teléfono y ahogué mis penas en helado de chocolate durante tres días, los tres días más deprimentes de mí vida, los siguientes solo traté de pretender que no me habían roto el corazón en mil pedazos.


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An Eternal Waiting:

We had finally planned to meet, after so long. I was shaking, standing there, at the bus stop where we met. I remember it very well. We started by asking the time, then dropped a stupid joke about something going on around, and then talked as if we had known each other all our lives. It was a crush, at least, for me. I never knew if I was for him. He never told me. And I never talked about it. Now I looked at the phone every three minutes, while moving my left leg. Patience was never my thing, really.

I began to wonder how he would be like. Would he have changed? Would he still look as nice as he did so many years ago? Would he remember what we were talking about? Would he be a more handsome and strong guy now than before? I hoped so. Five minutes passed from ten o’clock. Why did it take so long? My mouth started to dry out, so I drank a couple of sips of water from the bottle I had in my bag. Did I dress elegant enough? Would he like what I was wearing? It wasn’t me to hesitate so much, why was I feeling so insecure about this? The only thing I expected was that he didn’t have a woman. Oh, God. I hadn’t asked him. What if he had a wife?

Ten minutes passed from ten o’clock. He wasn’t coming. Surely it would not come. Better, maybe I was having absurd illusions. I hadn’t seen him for years and well, I couldn’t think this would be as important to him as it was to me that I had canceled a work meal for that. Anyway, yes. It was the best. I turned around and started walking down the main street, somewhat disappointed, a little distressed and somewhat sad. I couldn’t help it. I had not been able to forget him although it was only a passing friendship and that, apparently, had not been as important as it seemed. People passed by me talking, smiling, others talking on the phone and several arguing near a restaurant, they all had their world, their moment. And I had mine, life was not stopped by a sit-in, right? I had to go home, so I ordered a taxi.

I heard a voice. Someone who called me in the distance. I turned hopeful but didn’t see anyone, so I looked down and opened the taxi door. But I noticed someone grabbing my arm. It was him. It was Sam. I looked at him with a strangeness that I was unable to disguise. He was in a wheelchair, so I had not seen him in the distance and someone was running after him, she was a very beautiful woman, smiling and breathless. Apparently, he escaped from her. I didn’t know what face to put on.

– Hello! We felt we were late, there was a lot of traffic – she said, funny – God, I almost lost you, you are very fast and I don’t like it at all – she told Sam, bending a little to recover from the race -.

– You should exercise more – he replied, smiling as if the conversation was just about both of them and I wasn’t there – Sorry, this is Elissa, my wife. Elissa, this is Pam, a longtime friend.

– Oh, Sam has told me a lot about you. «The girl on the bus», he calls you – we shaked our hands, I was still in shock -.

We went for coffee. I found out about their entire love story, from the red roses in Elissa’s office to the first kiss on the porch. I couldn’t believe what was going on, I almost didn’t even speak. They were talking about so many things and seemed so happy that I didn’t even want to interrupt them. The truth was that I have been missing a face that I barely remembered, the illusions of seeing him again had intensified as a result of something that had been a lie, something that I had imagined but that he had not, we were just friends. He had only been a long-time friend.

I swallowed as I finished my coffee. I couldn’t be there. I had to leave, I had to stick my head in a bucket full of ice and not wake up again until a few years from now. I got up from the chair with a smile and said goodbye. Sam followed me with his gaze for a few seconds until I left the cafeteria, my eyes moistened, trying to hold back tears until I got home. I had to take a taxi now. I waited at the stop, grabbing the bag tightly by the handle while feeling a knot in my stomach.

– Hey, Pam! Wait… – I heard his voice again, so I turned around trying not to see my disgust – Have you ever felt uncomfortable? Have we said anything that bothered you? Because I believed that…

– No, of course not. Only it has become too late and I have to leave.

– I thought I would see you again but it didn’t happen, so I went on with my life. Really, I didn’t forget you.

– Long-time friend, right? I was just that.

– We were nothing else, Pam. I loved it to.

– I have to… I have to leave – tears already started rubbing against my cheeks just as the taxi stopped next to me, so I got on immediately, closing the door right in front of Sam -.

I didn’t look at him again. I turned off the phone and drowned my sorrows in chocolate ice cream for three days, the most depressing three days of my life, the next few days I just tried to pretend that my heart hadn’t been broken into a thousand pieces.


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Autor:

Escritora. Estudiante de la vida y apasionada por la lectura y el aprendizaje. Siempre activa, esperando crear una nueva historia o personaje. La dominación de las palabras forma su existencia y la música un componente fundamental para una mente creativa.

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