Publicado en Reflexiones

Pretende:

Volviste a sentirlo. Otra vez. No pudiste controlarlo y empezaste a notar cómo se apoderaba de ti, cómo te hablaba y te hacía sentir pequeña. Sentada en la silla, sentiste que tenías ganas de vomitar y notaste tus manos temblar. Así que, fuiste al baño corriendo, pensabas que ibas a echar hasta el desayuno pero, no fue así, solo fue una falsa alarma o, al menos, eso era lo que deseabas que fuera.

Con ambas manos en el váter, empezaste a notar que te dolía el pecho. Las primeras gotas de sudor tras los sofocos incómodos. Cambiaste de lugar, esta vez, pasaste al lavabo, pensaste que lavándote la cara te repondrías, pero tampoco fue así. Te cogiste el pecho, cuando la respiración empezaba a hacerse pesada, como si no entrara suficiente aire en tus pulmones, mientras tu corazón empezaba a palpitar rápido, notaste cómo golpeaba contra tu pecho fuertemente, cómo no podías pararlo. Empezaste a marearte. Te cogiste con firmeza al lavabo, con ambas manos en los bordes, todo te daba vueltas. Seguías intentando respirar, pero no podías, no te llegaba el aire, te estabas asfixiando. Decidiste soltar la mano derecha del lavabo para buscar tu móvil pero lo habías dejado en la cocina, y no estabas segura de que pudieses llegar allí fácilmente, te empezaban a temblar las piernas.

Notabas como si algo se hubiese apoderado de tu cuerpo, como si hubiera algo más ocupándolo, haciéndote prisionera. Tus párpados se unieron al vals, también empezaron a temblar, incontroladamente. Los cerraste, te molestaban. Apretaste los dientes, notabas como si tiritaras y no querías morderte la lengua. No podías moverte, estabas enganchada al lavabo, los músculos de tus brazos eran los que aguantaban los movimientos algo frenéticos que tu cuerpo daba, se movía como si tuviese un ataque de epilepsia, pero tú sabías que nunca habías sufrido de epilepsia. ¿Qué estaba pasando? Te preguntaste más de una vez, aterrada. Hasta que recordaste algo, viste la cara de una mujer que te decía que debías respirar con ocho años, antes de tu miedo escénico al hacer una obra de teatro, te puso la mano en el pecho y te dijo «RESPIRA, aunque parezca que no puedes o no te llegue el aire. RESPIRA profundamente, verás cómo te relajas y puedes subir al escenario». La viste delante de ti, como si fuera real, pero sabías que no lo era. Respiraste. Profundamente, aunque no pudieras.

Primera respiración. Tus brazos se relajaron poco a poco. Segunda respiración. La garganta se abrió y el aire empezó a entrar más fácilmente. Tercera respiración. Las piernas y el resto del cuerpo dejaba de moverse y tenías un mayor control sobre tu cuerpo. Cuarta respiración. El cuarto de baño dejó de girar y pudiste mirarte al espejo, toda sudada y con los ojos cansados, sin más temblores. Quinta respiración. Te dolía la mandíbula pero dejabas de apretar los dientes, habías dejado de tiritar. Sexta respiración. Tu dolor de pecho había desaparecido. Y te soltaste del lavabo, exhausta. Respiraste hondo una última vez. Tu cuerpo había vuelto a la normalidad. O, al menos, a algo que se parecía a ella. Por ahora. Sabías que aquello no había terminado, nunca terminaba.

Miraste tu reloj, ya era tarde. Te pusiste la chaqueta, cogiste el bolso y te enfundaste los tacones, tenías que llegar al trabajo a tiempo. Bajaste las escaleras a toda prisa, subiste al coche y arrancaste, dirigiéndote a la oficina. Te centraste. Tenías que pasar el día, un nuevo día. No habías tenido ningún ataque esta mañana, no te has sentido mal, el estrés no está pudiendo contigo. Estás bien. Estás sana. Estás centrada. Y tienes que creerlo para que los demás lo crean. Y así lo hiciste. Entraste en la oficina y empezaste tu trabajo, como cada mañana. Como si nada hubiera pasado. Como si hubiera sido un día cualquiera, con una sonrisa fingida dibujada en los labios y con los ojos fijos en el papeleo, nada iba a pararte. Ni siquiera el mareo que empezabas a sentir. «Otra vez no», pensaste. Tenías que seguir. Sabías que debías hacerlo.


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Pretend:

You felt it again. Once again. You couldn’t control it and you started to notice how it took hold of you, how it talked to you and made you feel small. Sitting in the chair, you felt like you wanted to vomit and you noticed your hands shaking. So, you went to the bathroom running, you thought you were going to puke breakfast but, you weren’t, it was just a false alarm or, at least, that was what you wanted it to be.

With both hands on the toilet, you began to notice that your chest hurt. The first drops of sweat after uncomfortable hot flashes. You changed the place, this time, you went to the sink, you thought that washing your face would make everything went away, but it was not like that either. You caught your chest, when the breathing began to become heavy, as if not enough air entered your lungs, while your heart began to beat fast, you noticed how it hit your chest hard, how you could not stop it. You started to get dizzy. You held firmly to the sink, with both hands on the edges, everything was spinning. You kept trying to breathe, but you couldn’t, you couldn’t breath the air, you were suffocating. You decided to release your right hand from the sink to find your phone but you had left it in the kitchen, and you were not sure that you could get there easily, your legs began to tremble.

You noticed as if something had taken over your body, as if there was something else occupying it, making you a prisoner. Your eyelids joined the waltz, they also began to tremble, uncontrollably. You closed them, they bothered you. You gritted your teeth, you noticed as if you shivered, and you didn’t want to bite your tongue. You could not move, you were hooked to the sink, the muscles of your arms were the ones that endured the somewhat frantic movements that your body gave, it moved as if it had a seizure of epilepsy, but you knew that you had never suffered from epilepsy. What was going on? You wondered more than once, terrified. Until you remembered something, you saw the face of a woman who told you that you should breathe at the age of eight, before your stage fright when doing a play, she put her hand on your chest and said «BREATHE, even if it seems that you can not or don’t feel the air inside your lungs. BREATHE deeply, you will see how you relax and you can get on stage.» You saw her in front of you, as if she was real, but you knew it wasn’t. You breathed. Deeply, even if you couldn’t.

First breath. Your arms relaxed slowly. Second breath. The throat opened and air began to enter more easily. Third breath. Your legs and the rest of your body stopped moving and you had more control over your body. Fourth breath. The bathroom stopped spinning and you could look in the mirror, you looked all sweaty and with tired eyes, without further tremors. Fifth breath. Your jaw hurt but you stopped gritting your teeth, you had stopped shivering. Sixth breath. Your chest pain was gone. And you let go of the sink, exhausted. You took a deep breath one last time. Your body was back to normal. Or, at least, something that looked like it. For now. You knew it wasn’t over, it would never ended.

You looked at your watch, it was already late. You put on your jacket, you took your bag and you put on your heels, you had to get to work on time. You hurried downstairs, got in the car and started it, heading to the office. You focused. You had to get through the day, a new day. You hadn’t had any attacks this morning, you haven’t felt bad, stress isn’t going to be with you. You are ok. You are healthy. You’re focused. And you have to believe it for others to believe it. And so you did. You walked into the office and started your work, like every morning. As if nothing had happened. As if it had been any given day, with a fake smile drawn on your lips and your eyes fixed on the paperwork, nothing was going to stop you. Not even the dizziness you were starting to feel. «Not again,» you thought. You had to keep going. You knew you had to do it.


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