Publicado en Personajes

Pam: La que Esperó

Relato procedente: «Una Espera Eterna«. Edad: 34 años.

Ciudad: Seattle. Profesión: Psicóloga.

Descripción física:

Mi cabello negro es sedoso y largo, hasta más abajo de los hombros y los pechos, con flequillo y una diadema roja en el centro de la cabeza, me encantan los detalles. Mis ojos castaños son un poco rasgados, quizá algo inocentes. Mis labios son gruesos pintados con un color rosa apagado que no llama mucho la atención. Mi tez es un tanto morena pero más blanca en invierno. Estoy delgada, mido 1,75 y suelo vestirme con blusas de tonos claros y vaqueros, a veces, me pongo tacones, aunque otras veces, prefiero ir con bailarinas o converse.

Descripción de la personalidad:

Dicen que soy bastante optimista, un tanto seria cuando no conozco mucho a alguien, me gusta socializar y saber un poco más de la gente que me rodea y me crea cierta curiosidad. Estoy llena de vitalidad, me gusta hacer cosas y, sobre todo, aprovechar el tiempo, siempre he creído que ser productivo es algo que puede motivar a cualquiera y animarte a seguir adelante. Soy bastante dulce, sobre todo con mis pacientes, muy empática y abierta, estoy dispuesta a escuchar siempre y a compartir mis ideas, me gusta sobre todo mi asertividad y cómo afronto las cosas aunque sean difíciles, soy coherente e invito a los que me rodean a pensar un poco más en cómo son sus vidas y si realmente es eso lo que quieren. Me animo a ser feliz siempre.

Buenos tiempos:

Mi infancia fue realmente buena, no recuerdo ningún acontecimiento que me afectara de manera negativa, siempre fui una niña feliz, hasta donde yo sé. Mi adolescencia fue algo diferente, un tanto rara, quizá por un sentimiento de soledad descontrolado o que creía que nadie me entendía como yo quería. Fue increíble encontrarme con Sam justo en ese momento, cuando me disponía a dejar atrás toda esperanza por conocer a alguien nuevo y a alguien que me entendiera, aunque fuera un poco.

Siempre tuvimos cierta química, no sabría cómo explicarlo, quizá había algo en su mirada que me hacía captarlo, o quizá era solo una sensación pasajera en un momento olvidado. Pero cuando le miraba, era como entrar en otro Universo, pero jamás me atreví a decírselo. Puede que fuese tan joven y orgullosa que no me atreviese a dar el paso o quizá era simple vergüenza, esa que no tenía con otras personas pero que con él sí. Nos lo pasábamos bien y nos veíamos casi cada día, en el instituto nos sentábamos juntos y él siempre me acompañaba a casa cuando salíamos.

Fueron unos buenos tiempos. Bonitos, incluso. No había problemas, tampoco responsabilidades, solo éramos un par de niños que se veían. Éramos buenos amigos, pero eso fue todo. Lo esperé durante un tiempo, pero supe que empezó a salir con una chica de un curso inferior, al parecer, se gustaban mucho. No me dijo nada, ni siquiera cuando sabía que los rumores habían llegado a mis oídos, lo compartió conmigo, tampoco me dijo si alguna vez sintió algo. Nos separamos en cuanto fuimos a Bachillerato. Dejamos de llamarnos y de vernos. Se fue a otra ciudad y yo me quedé aquí. Lloré durante semanas y el corazón se me rompió incluso tratando de no romperlo.

Buena en los Estudios y un Trabajo Genial:

Escogí Psicología. Mis padres esperaron ansiosos a saber qué era lo que había elegido, me lo guardaba para mí porque lo consideraba personal y mi elección. Se me daban bien las personas, comunicarme, escuchar y era bastante empática, quería hacer algo para influir en los demás y mantenerme un poco más unida a la sociedad, así que, todos celebramos esa bonita decisión. Fueron 4 años inolvidables, me encantó la Universidad, conocí a gente muy interesante, no fui a demasiadas fiestas o conocí a muchos chicos como mis compañeras de residencia hicieron, pero sí aprendí mucho y me divertí haciendo talleres y asistiendo a seminarios, creo que fue el periodo donde más conocimientos quise recabar.

Mi padre tenía un amigo muy cercano que era psiquiatra y que había montado una clínica donde también trabajaban psicólogos con varias especialidades, así que, me dijo que justo en ese momento tenía un puesto vacante para ocupar. ¡Y fue una suerte! Me enrolé en esa clínica y llevo allí desde entonces, muy a gusto, cobrando bastante bien y haciendo lo que puedo por mis pacientes. Creo que es la idea de vida que siempre soñé tener. Aunque Sam no estuviera allí. No había día que no me viniese a la cabeza, incluso, me preguntaba si ocurriría lo mismo al revés, si él pensaría en mí en algún momento.

Una mañana, me llegó una llamada. Al principio, no me atreví a coger el teléfono porque era un número que desconocía, pero resultó tan insistente, que respondí un tanto molesta. Era su voz. Mi corazón dio un respingo y se me erizó el vello de los brazos, no me podía creer que fuera Sam después de tanto tiempo, al parecer quería verme. ¿Era una cita? Tenía muchas preguntas en mi mente y no podía responder a ninguna hasta que no le viera. Y me ansiaba, me irritaba no saber más de lo que sabía que, a decir verdad, era lo mismo que nada. Intenté vestirme formal pero no demasiado, algo elegante pero sin pasarse, un tanto maquillada pero sin hacerlo muy exagerado para que no pensara que era una cita porque no lo era, ¿verdad? ¿O si lo era? Se notaba que me sentía confusa.

La supuesta No-Cita:

Le esperé en la parada de autobús donde nos conocimos, de hecho, quedamos allí. Me alegré de que lo recordara, era señal de que había pensado en ello, ¿verdad? Me sentía muy insegura y más poniendo los ojos en el reloj a cada rato, no podía sino mover la pierna nerviosamente, hacerme bucles en el pelo con la mano y morderme las uñas de vez en cuando. No había estado tan nerviosa en una no-cita en mi vida, en serio. Pero se pasaba de la hora y no parecía que fuera a venir, me sentí decepcionada, triste y desalentada, supuse que para él esta especie de reunión no sería tan importante para él como lo era para mí, de hecho, cancelé una comida de trabajo por esto.

Me recompuse como pude, elevé el mentón y con la mirada bien alta, me dirigí calle abajo, digiriendo la noticia de que no iba a venir y que debía aceptar que Sam ya no era quién había conocido, siempre venía cuando quedábamos. Pero oí su voz a lo lejos, me giré de repente pero no vi a nadie, así que, pedí un taxi para que me llevara de vuelta al trabajo. Noté que alguien me cogía del brazo, era Sam. Una sonrisa se dibujó en mi cara al verle, aunque no me alegré de que fuera en silla de ruedas. Conforme lo pensaba, llegaba una joven detrás de él bastante guapa y que, al parecer, era su mujer. Se me cayó el mundo encima. Me había hecho ilusiones de un reencuentro o de una especie de velada romántica donde no la había, pero de todas maneras, traté de no ser descortés, saludé a la chica y fuimos a una cafetería a tomar un café, se confirmaba que aquello era, sin duda, una no-cita.

Escuché todas sus etapas amorosas, desde la primera vez que se vieron y sus ojos se encontraron, hasta el primer beso, el preciso instante donde ella supo que era él el único, su primera vez en la cama, algunas de sus experiencias sexuales, el día de su maravillosa boda y su divertida luna de miel. Quise vomitar allí mismo. Me terminé el café y me despedí tan pronto como me fue posible, inventándome una excusa, tenía que ir a casa a llorar todo lo que pudiera y más, me esperaba un helado de chocolate y me tentaba solo de pensarlo, iba a olvidarme de la dieta por una noche, estaba justificado. Pero Sam fue tras de mí, me paró en seco, disculpándose por si me habían ofendido en algo pero, ese era el caso, no lo hicieron.

No sé si me molestó más que no me invitasen a la boda, no saber nada de él en años o que me restregaran todo eso en la cara después de decirme que él siempre había querido estar conmigo pero que no fue capaz de decírmelo nunca. La frustración se apoderó de mí tanto y tan fuerte que me subí al taxi, le cerré la puerta en las narices y me fui a casa sin mirar atrás. El móvil me sonó varias veces, era Sam, pero lo apagué. Siguió durante días sonando a todas horas, pero no le cogí el teléfono, incluso nuestra amistad, se había roto. El helado me alivió un poco pero los tres días siguientes los recordaré siempre como los que un buen amigo me rompió el corazón en mil pedazos.

Un futuro sin Sam:

Podría decir que le idealicé por completo desde el principio. Había tenido esa imagen de cuando éramos dos adolescentes algo inocentes y con mariposas en la tripa con las hormonas a tope y esperaba que tuviéramos esa sensación siendo adultos. Creo que me quité un peso de encima sin saberlo, habría seguido enamorada de un fantasma, de alguien que ya no me esperaba, que ni siquiera me consideraba tan amiga suya si no me había invitado al momento más importante de su vida. No merecía la pena. Ahora tenía que aprender a vivir sin ese recuerdo, sin tenerlo en la cabeza día sí y día también, cada vez que me pasaba algo emocionante imaginando qué diría. Supongo que es un adiós sin decirlo en voz alta, es focalizar tu atención en otras cosas y no volver la vista atrás.

Descubriré qué significa vivir sin Sam, sin su imagen, sin su recuerdo, sin el deseo de reencontrarnos algún día y sin la esperanza de volver a reírnos mientras metíamos los pies en el lago cerca de casa de sus abuelos. Descubriré qué significa no pensar nunca más en su familia, distanciarme de amigos que teníamos en común y que tampoco han llamado. Descubriré qué es ser yo misma sin la influencia de tantos recuerdos y deseos imaginarios que no se materializarán jamás.


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Autor:

Escritora. Estudiante de la vida y apasionada por la lectura y el aprendizaje. Siempre activa, esperando crear una nueva historia o personaje. La dominación de las palabras forma su existencia y la música un componente fundamental para una mente creativa.

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