Publicado en Personajes

Anette: La Prisionera

Relato procedente: «La Prisionera«. Edad: 25 años.

Ciudad: Virginia. Profesión: Estudiante.

Descripción física:

Mi cabello es castaño oscuro, ondulado, me llega hasta los hombros, suave y sedoso, tanto que me pasaría horas tocándolo sin razón. Mis ojos son del mismo color que el cabello, penetrantes y sinceros. Mi tez está algo bronceada pero, por lo general, suele ser pálida. Mi delgadez, a veces, ha causado cierta sensación pero para mí siempre ha sido normal pesar unos 43 kilos, toda la ropa me viene al dedillo aunque es una faena tener que encontrar la talla XS, es la que primero se agota en las tiendas. Suelo vestir con camisetas de cualquier color, vaqueros y converse, nunca me he preocupado mucho por la moda.

Descripción de la personalidad:

Me dicen que soy introvertida e insegura, a veces. Dulce, algo complaciente y que no puede recibir un «no» por respuesta, soy persistente y perseverante. Suelen decir que soy simpática en cuanto cojo confianza pero, por lo general, soy bastante seria, suelo estar en mis cosas, tiendo a desconcentrarme con facilidad y soy un tanto despistada, pero me gusta ser organizada y ocuparme yo de mis cosas, otros no sabrían hacerlo igual y eso no me da sensación de control. Supongo que soy algo más fuerte de lo que aparento y no me gusta mostrarme como soy a diario, me gusta mostrar una cara diferente a la que todos les guste, me incomodan las críticas y soy una innegable fan de Doctor Who.

Una infancia severa:

Mis padres estaban decididos a tener a una hija perfecta, por lo que, se esmeraron para que lo fuera. Tenía horarios para todo, mi madre era extremadamente ordenada, casi podría haberse hecho pasar por obsesiva-compulsiva aunque no me gusta utilizar trastornos para definir a alguien que solo era exigente. No podía salir si no hacía los deberes, no podía ser yo misma por qué podrían decir los demás, no debía levantar la voz por si los vecinos sabían qué hablábamos, no debía ir al colegio sin el uniforme si no quería que hablaran mal de mí y tenía que estar en casa siempre a la misma hora, a veces, era agotador.

Quizá penséis que mi padre era diferente, pero nada más lejos de la realidad. Ambos se complementaban muy bien, demasiado. Observaban si me sentaba bien en la mesa, si me iba a acostar a las diez en punto, si tomaba demasiado azúcar, si enchufaba la televisión, si comía de más o a la hora en la que volvía del colegio. Vivía tensa, siempre corría y debía traer siempre buenas notas, preguntar a otros qué habían sacado y tratar de mejorarles porque así es como debía uno ser para mejorar. Yo no lo entendía pero me obligaba a hacerlo, no había otra alternativa.

Una adolescencia de sobreprotección:

Si iba a los bailes, no les gustaba. Solo de pensarlo, ya hacían mala cara, querían que pasara el mayor tiempo posible en casa, con ellos. No podía hacer nada sin que ellos se enteraran, era muy agobiante pero seguían sin darse cuenta, seguían y seguían empecinados en observar mis pasos. Tuve un par de novios y tuve que dejarlos, controlaban mi vida con ellos y empezaron a controlar también la de ellos, sabían sus horarios, de repente, conocían a sus padres y ya les habían avisado de que no podían tocarme a no ser que fuera necesario. Ambos se asustaron, así que, les alejé, no era bueno que se envolvieran de ese ambiente tan tóxico.

Me volví un tanto depresiva, empecé a ponerme los auriculares con la música bien alta, a fumar marihuana dos calles más abajo cuando oía que se acostaban, me saltaba clases y me morreaba con chicos al azar a las horas de recreo, me vestía un poco más provocativa y en casa dejé de hablar, solo decía lo justo y cuando abría la boca lo hacía de una manera cortante, sencilla y sin dar importancia a nada que se dijese, cumplía los horarios y solamente soñaba con el día en que saldría de ese infierno.

Represión y prisión:

Conforme pasaban los años, empezaba a notarme más y más presionada. Sentía que no podía respirar pero yo seguía obligándome a seguir, quería salir de aquella casa. Bachillerato me fue bastante bien, estudié días y días, noches enteras para conseguir la nota que me pedían y conseguí entrar en la Universidad. Querían que estudiase para abogada, periodismo, administración o empresariales, pero no me interesaba nada de eso, quería matricularme en algo que tuviera que ver conmigo. Me apunté a Artes sin decírselo a ellos, durante toda la carrera creyeron que estaba en Periodismo y que pensaba meterme en Derecho también, pero no lo hice. Evitaba que vinieran al campus y trataba de no pasar muchos fines de semana en su casa, eso era lo más próximo a la libertad que podía obtener.

Pasaba un año y otro y otro. Las cosas iban bien pero mis emociones se iban colapsando. Cada vez me sentía más irritable, enfadada, intensa, con pensamientos acelerados, cada vez más negativa… tanto que empecé a verme en una cárcel. Era tan real, que no pude sino, quedarme allí. Aunque, siendo sincera, me daba la sensación de que no podía salir, bajo ningún concepto. Me metí en peleas, notaba cada puñetazo como si fuera real, cada insulto me afectaba como los primeros que me dijeron en edades tempranas y cada vez que cerraban la celda era como estar en casa de mis padres, como si jamás me hubiese ido. Ahí me di cuenta de que no estaba preparada para salir, tenía miedo de volver.

Cárcel mental:

En la realidad, me había quedado sentada en la cama, como hipnotizada, metida en mi propia mente, sin poder moverme, supongo que estuve así durante unos minutos porque mi compañera de cuarto no me vio en este estado y jamás se lo conté. Allí, parecieron años, estaba cansada, me dolían los pies, tenía hematomas por el cuerpo y una sequedad en la boca increíble y obligada a ir al psicólogo. Me llevé tantas palizas sin razón que no las podría haber contado, pero si las sentí como si hubieran ocurrido, como si de verdad estuviera encerrada y como si no quisiera salir, como si me lo mereciera. ¿Acaso creía que debía castigarme a mí misma? ¿Por qué?

Ese psicólogo imaginario al que vi, moreno de ojos azules, guapo, sexy y con un cuerpo de diez, me dijo que no había transmutado mis emociones, que estaba colapsada y que necesitaba decidir, tenía que saber qué hacer con mi vida. Tenía miedo, creo que eso era todo. Era mi último año y mis padres seguían creyendo que yo había hecho otra carrera, me habían pagado algo que no creían que me fuera a servir, es más, me hubiesen obligado a cancelar la matrícula porque no me iba a servir para nada y si se enteraban de lo que había hecho (que se iban a enterar el día de la graduación), me iban a matar. No volverían a hablarme. Pero allí, en aquella cama mugrienta y con ese dolor de pies, me empecé a preguntar si no sería mejor que no lo hicieran, que dejaran de considerarme su hija para poder liberarme de las cadenas que me aprisionaban.

Ya entendía lo que debía hacer. Respirar hondo y aceptar lo que había hecho, solo tenía que esperar a que aquello explotara solo, sin prisa porque, de todas maneras, iban a enterarse y yo no podría hacer nada para evitarlo, fue mi decisión. Esa celda me sirvió para hacerme más fuerte, para recluirme y poder pensar con claridad, para pensar en mi seguridad en vez de pensar en los demás, para tratar de quitarme a la gorda de Nancy de encima aprendiendo a pelear por lo que merecía que era la libertad que de niña no había tenido, solo había estado sobreviviendo a su infierno y a su locura. Y, por fin, volví en mí al comprenderlo. Era mi primer día del último año. Ignoré la llamada de mi madre, dejé el teléfono sobre la mesilla de noche y me dirigí hacia la puerta con los libros bajo el brazo, ¡me sentía orgullosa por fin!

Un futuro sin papá y mamá:

De alguna forma, ya iba asimilando lo que iba a suceder y dejaba de preguntarme qué ocurriría, si sería tan malo como lo imaginaba y sabía que sí, aquello se lo tomarían como una traición pero no podía estar estresada y preocupada por esto en mi último año, tenía que disfrutarlo, así que, ese sería el futuro que me esperaba. Tarde o temprano, mis padres dejarían de estar cerca, lo sabía y debía de hacerme a la idea, no iba a ocurrir de la mejor manera pero sí de la más eficaz, de alguna forma, lo supe en mi interior cuando me matriculé, sabía que les molestaría cuando no vieran «Periodismo» en el título del Grado, sino «Artes», no podía si no sonreír.

He comprendido que ese miedo y esa ansiedad, ese aislamiento mental que necesitaba experimentar, ocurrió porque mis padres habían tenido una gran influencia en mí durante toda mi vida, ellos habían formado cada engranaje y estaban presentes cada día, en cada llamada, nunca había sabido qué era vivir sin ellos y eso me aterraba. Pero he sabido que no pasará nada porque sé cuidarme sola, lo he hecho después de cada discusión, de cada grito sin razón, de cada cosa obligada que debía hacer, de cada horario absurdo que cumplir, de cada bofetada cuando no hacía algo bien. Sabía que ellos debían irse.


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Autor:

Escritora. Estudiante de la vida y apasionada por la lectura y el aprendizaje. Siempre activa, esperando crear una nueva historia o personaje. La dominación de las palabras forma su existencia y la música un componente fundamental para una mente creativa.

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