Publicado en Reflexiones

Fiel Observadora:

Al principio son amables, atentos contigo, te ayudan en todo. Te dices: «podría empezar a confiar», pero ahí es cuando también empiezas a errar. Tras sentirte en el pedestal en el que te llevan poniendo desde que entraste en ese lugar, te sientes viva, útil, que sirves para hacer el trabajo encomendado, le echas horas, tiempo, dedicación y le restas a otras cosas importantes. Por todo lo que implica. Por ellos.

Tras hablar con él, sientes que vuelas. Te hace sentir bien porque es encantador, coincide en muchas cosas contigo, casi como si las hubiera investigado, lo cual, es raro, pero quizá seas tú una desconfiada. Las conversaciones son interesantes, llevaderas, te ves capaz de relacionarte nuevamente, sonríes, formas parte de algo por fin. Mientras oyes una risa, una pregunta con doble intención y alguien te insulta de forma indirecta. Pero prefieres mirar hacia otro lado, porque ese lugar es todo lo que tienes aquí y ahora. No hay más, y más te vale no fallar.

Sigues trabajando y escuchando, no terminas de creerte que todo vaya tan bien, que te sientas tan arropada, no puede ser que recibas todo ese amor ajeno de repente y sea tan perfecto. Algo debe de ocurrir, dentro de ti lo sabes, es ese instinto que quiere protegerte, OTRA VEZ. Notas que el ambiente no es el mismo, escuchas comentarios, a veces, te hacen el vacío. Vuelves a sentirte tú contra el mundo pero no puedes decírselo a nadie, es mejor dejarlo correr. Aquí es dónde cometes el segundo error, en aguantar. Empiezan a explotarte, siguen los insultos de forma indirecta, los comentarios lascivos, e intentan meterse contigo dándote más trabajo del que deberías o en revolver lo que ya hiciste para que lo vuelvas a hacer y hagas horas extras que no van a pagarte. Pones los ojos en blanco. Otra vez, no. Por favor, piensas. Pero sí, está ocurriendo otra vez.

Respiras hondo y tratas de ocultar tus emociones, lo que sientes al fin y al cabo, no importa. Gritas por dentro, pero nadie va a escucharte y tienes que aceptarlo. Sigues adelante. Empiezan los dolores de cabeza. Denotas que quieren echarte del grupo, quieren excluirte, no encajas y eso es lo que quieren. Han empezado una campaña de difamación contra ti que ni siquiera esperabas y te pilla con los pantalones bajados. En cuanto te das cuenta de qué pasa, te han echado, estás en el banquillo. Te sientas en las escaleras y te echas a llorar. Vaya racha. Te preguntas por qué no encajas pero la única respuesta que consigues encontrar es porque no eres como ellos. Y no debes serlo.

Empezaron las palpitaciones al llegar a casa, pensabas que se te salía el corazón del pecho. Empezaron a temblarte las manos casi cada noche. Sentías que la habitación giraba a tu alrededor y que tu tripa se revolvía. Pensabas constantemente en lo tonta que habías sido por confiar en ellos, por intentar tener relaciones normales. De una joven decente que solo buscaba un trabajo estable, te encuentras con que eres una puta que solo quieres acostarte con todos los empleados solo por hablar con ellos. Frustrante. Seguías sin comprenderlo. Y se te volvía a revolver la tripa. Cada mañana la cogías como si de un bebé en el vientre se tratara, evitando las náuseas y tratando de olvidarlo dando un paseo o haciendo ejercicio hasta reventar, pero el hecho estaba en que te sentías débil, incapaz.

Quizá ellos querían que te sintieras así. Indefensa. Cohibida. Inútil. Porque en realidad, eras competitiva, trabajadora, atenta con los clientes, amable, divertida, fuerte y consciente de todo lo que ocurría. No todo el mundo ve a una persona así y le aplaude, a muchos les explota la cabeza. Es una proyección de ellos mismos, de sus inseguridades, de sus miedos, se burlan de sí mismos porque no tienen otra cosa de la que alimentarse. Perturbados que viven de causar desastres. Los que tú no provocas. Respiraste hondo, ¿verdad? Y seguiste adelante. Buscaste otro trabajo como loca, aún con lágrimas en los ojos y heridas abiertas. Lo conseguiste porque, ahí estás tú, luchando de nuevo. Como fiel observadora.


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As a Faithful Observer:

At first they are kind, attentive to you, they help you in everything. You tell yourself, «I could start to trust,» but that’s when you also start to make mistakes. After feeling on the pedestal on which you have been put since you entered that place, you feel alive, useful, that you serve to do the work entrusted, you throw hours, time, dedication and subtract from other important things. For all that it implies. For them.

After talking to him, you feel like you’re flying. It makes you feel good because he is charming, he coincides in many things with you, almost as if he had investigated them, which is rare, but maybe you are a distrustful person. Conversations are interesting, bearable, you see yourself able to relate again, you smile, you are part of something at last. While you hear a laugh, a question with double intent and someone insults you indirectly. But you prefer to look the other way, because that place is all you have here and now. There is no more, and you better not fail.

You keep working and listening, you do not finish believing that everything is going so well, that you feel so wrapped up, it cannot be that you receive all that love from others suddenly and it is so perfect. Something must happen, inside you know it, it is that instinct that wants to protect you, AGAIN. You notice that the atmosphere is not the same, you hear comments, sometimes, they start to ignore you. You feel yourself against the world again but you can’t tell anyone, it’s better to let it run. This is where you make the second mistake, in holding on. They start exploiting you, they continue with the indirect insults, the lewd comments, and they try to mess with you by giving you more work than you should or in stirring up what you already did so that you do it again and do overtime that they are not going to pay you. You roll your eyes. Again, no. Please, you think. But yes, it’s happening again.

You take a deep breath and try to hide your emotions, what you feel after all, it doesn’t matter. You scream inside, but no one is going to listen to you and you have to accept it. You keep going. Headaches begin. You denote that they want to kick you out of the group, they want to exclude you, you don’t fit in and that’s what they want. They have started a smear campaign against you that you didn’t even expect and it caught you up with your pants down. As soon as you realize what’s wrong, you’ve been kicked out, you’re on the bench. You sit on the stairs and burst into tears. What a mess. You wonder why you don’t fit in but the only answer you can find is because you’re not like them. And you shouldn’t be.

The palpitations started when you got home, you thought your heart was coming out of your chest. Your hands began to shake almost every night. You felt like the room was spinning around you and your gut was really upset. You constantly thought about how silly you had been for trusting them, for trying to have normal relationships. From a decent young woman who was just looking for a steady job, you find that you are a whore who just wants to sleep with all the employees just for talking to them. Frustrating. You still didn’t understand it. And your gut was upset again. Every morning you took it as if it were a baby in the womb, avoiding nausea and trying to forget it by taking a walk or exercising until it burst, but the fact was that you felt weak, incapable.

Maybe they wanted you to feel that way. Helpless. Self-conscious. Useless. Because in reality, you were competitive, hardworking, attentive to customers, kind, funny, strong and aware of everything that happened. Not everyone sees such a person and applauds him, many have their heads exploded. It is a projection of themselves, of their insecurities, of their fears, they make fun of themselves because they have nothing else to feed on. Disturbed who live by causing disasters. The ones you don’t provoke. You took a deep breath, right? And you kept going. You looked for another job like crazy, still with tears in your eyes and open wounds. You got it because, there you are, fighting again. As a faithful observer.


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