Publicado en Personajes

Nessa: Hermana Querida

Relato procedente: «La Llamada«. Edad: 15 años.

Ciudad: Belfast. Profesión: Estudiante.

Descripción física:

Mi cabello es bastante corto, aunque la zona del flequillo es algo más largo y me gusta llevarlo un poco deshecho, creo que es como me queda mejor, es de color castaño-rojizo y suele ser bastante fácil de llevar. Mis ojos son de un tono azul oscuro y mis labios gruesos, normalmente pintados de color rosa pálido. Mi piel es muy blanca, tengo pecas en el puente de la nariz y sobre mis pómulos, siempre he sido una chica delgada y suelo vestir con unos vaqueros y cualquier camiseta es suficiente para ir al colegio, nunca he ido a la moda o he escapado de ella, mi madre me compra lo que le apetece, lo veo solo como ropa y nada más.

Descripción de la personalidad:

Quizá soy más madura de lo que dicen, de hecho, incluso físicamente puedo parecerlo. Soy una persona bastante seria, me gusta estar en silencio aunque tampoco me desagrada el bullicio, soy selectiva con amistades y gustos y sé lo que me va bien. La sencillez creo que es una de las cosas que me define, me paso la mayor parte del tiempo que tengo libre leyendo, soy alguien muy curiosa. No hablo mucho pero me encanta observar a mi alrededor para adaptarme a lo que veo y escuchar a otros hablar, siempre bromeo con eso de que las voces de los demás me relajan, aunque lo que más me gusta es olvidar lo que me han contado al día siguiente, ese es mi gran secreto a la hora de salvaguardar las intimidades ajenas.

Niños traviesos:

Sí, supongo que Eddie y yo siempre lo fuimos. Le encantaba ir detrás de mí con un palo, con una máscara terrorífica puesta en la cara para asustarme y recuerdo gritar en el jardín hasta quedarme sin voz. Odiaba reconocerlo pero me gustaba que mi hermano me prestara atención, aunque siempre fuera haciéndome putadas. Le gustaba torturarme con cosas que no habían ni ocurrido, yo siempre fui una niña muy crédula. Mis padres iban detrás de él para que hiciera los deberes y detrás de mí para que hiciera el favor de sentarme bien en la silla para comer. ¿Adivináis qué? Nunca hacíamos caso. Cada noche a la hora de cenar, nos peleábamos por algo diferente y un «te odio» salía de mi boca sin siquiera pensar mucho en ello, Eddie reía y se iba a la cama sin terminarse la cena, mientras mamá fregaba los platos y se quejaba por la mala relación que teníamos a regañadientes.

Eso es algo que mamá siempre ha tenido. Dentro de ella, todo se veía oscuro, incluso fuera, pero no era capaz de decirlo en voz alta o arreglarlo, susurrar era su mejor método para solucionar un problema. Mi padre era de esos hombres que son adictos al trabajo y que llegan por la noche cuando los niños ya están dormidos para darle un beso en la frente de buenas noches para no sentirse mal por no haber estado. Por lo que, teníamos más a mamá y con ella seguíamos gritando y corriendo por el salón, peleándonos, siempre había una excusa o motivo para ello.

La conexión:

Quizá empezó aquella noche, en el granero del vecino. Como dije antes, Eddie y yo éramos muy traviesos y bastante cotillas, nos gustaba meternos en casas ajenas, sí señor y nos gustaba más que nada en el mundo, pelearnos por cualquier tontería en cualquiera en la que estuviéramos aunque el peligro se hiciera presente. Por alguna razón, yo salí corriendo de allí, supongo que hizo una de sus bromas pesadas y me asusté, tanto que no pude parar hasta llegar a la puerta de casa, de hecho, decidí esperarle en las escaleras, y ni siquiera sé por qué le esperé, teníamos una especie de amor-odio muy raro, me quería asegurar de que no se quedaba allí o le pillaban.

Recuerdo haber oído su voz en mi cabeza, tras unos segundos de esperarle. Sonaba como: «Me he quedado atascado, Nessa. Venga, ven y ayúdame». Me sentí tentada, pero supuse que eran imaginaciones mías porque empezaba a estar preocupada, tardaba demasiado en volver. Pero siguió diciendo: «vamos, no seas rencorosa. Pero si estás muy mona enfadada, eres mi hermanita favorita. Ven a ayudarme, vamos». Un tintineo sonó después de eso, era como si me arrastrara otra vez hacia ese granero, donde vi a Eddie con la pierna doblada. No sabía lo que había hecho o dónde se había metido pero supe que tenía que sacarle de allí. Le ayudé a salir, nos miramos por unos segundos a los ojos, muy intensamente y no volvimos a hablar de ello. Fue extraño. Muy extraño. Quise sacar el tema días después pero no quiso comentarme nada.

Pero una tarde, me oyó llorar desde mi habitación. Llamó a la puerta, abrió e hizo una broma estúpida sobre mi pelo, la cual, no escuché, seguía sumida en mi día de mierda. Le recuerdo acercándome a él, algo bastante raro porque no solía ser amable conmigo en ningún aspecto, y me dio un beso en la frente mientras decía: «¿sabes que nosotros tenemos una conexión tan fuerte que nos oímos a kilómetros? Siempre nos unirá eso, pase lo que pase, y es más fuerte que las conexiones que tienen los gemelos, no son nada en comparación. Somos fuertes, tú eres fuerte». No sé por qué pero esa tontería de frase, me hizo sonreír. Pero, como siempre, esa misma noche nos acabamos peleando por un trozo de pan a la hora de la cena, le encantaba torturarme.

La llamada:

Fuimos creciendo ambos, mientras Eddie se distanciaba más. Empezó en el ejército y casi no llamaba, tampoco enviaba cartas y, mucho menos, nos visitaba. Estaba lejos, supongo y estaría ocupado, y yo estaba enfadada de que fuera así porque la casa estaba muy silenciosa. De cierta manera, echaba de menos a mi hermano y odiaba reconocerlo, no entendía por qué ocurría si había sido siempre horrible conmigo, casi había rezado para que se fuese pronto pero, muy dentro de mí, sabía que algo nos unía de alguna manera.

Llevaba un par de años sin saber de él, fue duro, raro, un poco extraño pero todos seguíamos nuestra rutina y yo, como cada tarde, tenía que hacer los deberes, mientras mamá hacía unos recados y papá seguía en el trabajo. Pude oír su voz pidiéndome ayuda, varias veces. La reconocí al instante. Pero no venía de ningún lugar de la casa, venía de fuera, venía del bosque del que mi madre me había prohibido por completo entrar o husmear. Ese bosque fue justo en el que más nos estirábamos de los pelos Eddie y yo, ese claro era casi nuestro lugar favorito. Tras cada pelea, nos sentábamos a ver el anochecer, a veces, en silencio, otras veces, hablábamos de tonterías que ni venían a cuento.

Siguiendo su voz y el tintineo, tal como ocurrió en el granero la primera vez, le encontré apoyado a un árbol en ese mismo claro, con una herida enorme en la zona baja del estómago, había un montón de sangre y yo no sabía qué hacer. Me había quedado petrificada, pero él me miraba de cierta manera, de una forma que no me había mirado nunca, puede que fuera ternura o cariño, tratándome como su hermana, sin desprecio, sin pelea, con una voz suave, casi tenue y muy cálida conmigo. Y nunca lo había sido conmigo, ni una sola vez había sido amable y, si lo había sido, había algo detrás de ello, una broma pesada o un insulto enmascarado. Pero esa vez, no ocurrió nada de eso, era como si se estuviera despidiendo. Dijo que estaba orgulloso de mí. No podría olvidar esas palabras ni aunque quisiera, tampoco su rostro mientras su vida se disipaba y, mucho menos, olvidaría lo que escribió en la carta, como si supiera de alguna forma, que iba a morir esa noche.

La carta:

Vamos a dejar claro por un momento el hecho de que Eddie nunca, jamás, hablaba sobre sus sentimientos y menos a mí. A veces, pensaba que no sabía cómo demostrarlo pero sí lo hacía sin decirlo. Quería llamar mi atención con cada pelea, quería decir «te quiero» tras cada insulto, nunca había sabido cómo transformar esa rabia que sentía dentro en algo bueno que pudiera transmitirme, así que, lo hacía siendo molesto para que nunca dejara de recordarle, si era un poco malo, seguro que acababa dejando huella en mí, seguro que me volvía dura y fuerte.

Decía que éramos más parecidos de lo que creía, que siempre lo supo y que moriría sabiéndolo. Decía que venía cada noche a mi habitación a darme un beso en la frente, le encantaba verme dormir mientras él pasaba otro duro golpe de insomnio y contaba las horas para volver a meterse conmigo. Sabía que era una forma un tanto retorcida de demostrarme su cariño como hermano mayor, pero también le hacía gracia mi ceño fruncido cuando me enfadaba y mi nariz arrugada, cómo cruzaba los brazos y le miraba con desprecio, mientras él reía sabiendo que era perfecta y que no quería que cambiara nunca. Decía que sentía no habérmelo dicho o quizá ser un mejor hermano para mí mientras estaba vivo, puede que pudiera haberlo demostrado de muchas otras maneras. Creía que iba a ser grande, que aunque no hablase mucho, había una Nessa dentro, ambiciosa y cabezota, muerta por salir a la superficie y convertirse en alguien importante.

Quería que le recordase y que le perdonara por no haber llamado, sabía que estaba enfadada, por nuestra conexión, siempre me escuchó hablarle. Había tenido etapas duras pero las pasó recordando nuestras peleas, se volvía más sencillo y divertido, se metía dentro de su cabeza y recordaba los buenos momentos. Quería que yo también los recordase, así que, en el sobre había una fotografía de los dos frente a una cafetería donde me compró mi primer batido gigante de fresa, donde me dio un beso en la mejilla, que me extrañó y cuando me dio la primera patada en el culo, ¡como para olvidarlo! Era un rebelde. Ambos lo fuimos. Sonreí mientras las lágrimas corrían por mis mejillas, al lado de su cuerpo innerte y decidiendo no deshacerme jamás de su carta.

Un futuro sin Eddie:

Durante dos años no llegué a acostumbrarme a estar sin Eddie, sin verle corretear por casa detrás de mí como loco, intentando asustarme con cualquier teoría sobrenatural que se sacaba de la manga. Dudaba que ahora pudiera acostumbrarme. El silencio era abrumador. Ya no escuchaba la música al otro lado de la pared, la ponía tan alta que no me dejaba estudiar, resoplaba pero terminaba los deberes, no quería que él definiera mi vida, ni mi día a día, su muerte tampoco iba a definir nada, él estaba conmigo.

Llevaría su carta siempre. Allá a donde fuera, recordaría sus palabras. Cuando viera a mis padres, vería su cara en ellos. Entraría en su habitación para sentirme segura, aunque parezca una ironía, o cuando le echara de menos. Leería sus libros favoritos para saber qué misteriosas historias le pasaban por la cabeza y las historias que escribía y guardaba bajo la cama. Olería su ropa, me pondría alguna camiseta para sentir que estaba allí de alguna forma. Cuando nadie mirara, pondría un plato más en la mesa para fingir que Eddie vendría a cenar después de ver a sus amigos, me insultaría y me empujaría intentando tirarme de la silla. Le vería en cada rincón, como una sombra, como un fantasma que deambula sin rumbo, como un ángel de la guarda que protege, como un recuerdo que permanece y un alma que espera a otra para conectarse en su debido momento.


Autor:

Escritora. Estudiante de la vida y apasionada por la lectura y el aprendizaje. Siempre activa, esperando crear una nueva historia o personaje. La dominación de las palabras forma su existencia y la música un componente fundamental para una mente creativa.

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