Publicado en Relatos

En Persona:

Era un sitio apartado, muy oscuro. Nadie sabía de él, yo era el único. No dejaba que nadie viera esa parte escondida, ese resquicio de oscuridad que se cernía en esa habitación cuadrada con solo una simple lámpara en el techo que alumbraba el centro, donde había dos sillas, una frente a la otra. Siempre habían estado allí pero yo nunca me había sentado en ninguna de ellas. Sí, había tenido miedo de hacerlo, ¿qué esperabas? Pero él siempre estaba allí. Permanente. En más de una ocasión, pensativo, seguro, erguido en su silla, esperando.

Ahora era el momento de hablar, era el momento de afrontar la realidad y afrontarla, fuera cuál fuera. Abrí la puerta poco a poco, la cerré tras de mí sin hacer demasiado ruido, caminé suavemente hasta la silla que había frente a él pasando por detrás. Él ni siquiera se inmutó. No me sorprendió. Era alguien que no se inquietaba con nada, mucho menos, con mi presencia. Había permanecido allí olvidado por mucho tiempo, aunque le sentía cada día, hurgando entre emociones. Me senté en la silla, frente a él. No dijimos ni una palabra durante un buen rato, el silencio era embriagador, incluso incómodo, pero solo para mí, él parecía más que acostumbrado.

Le miré fijamente, escudriñé cada pequeño detalle de su físico: cabello negro, ojos azul claro, labios finos, piel un tanto pálida, sin camiseta, con un cuerpo bastante tonificado, esbelto y con semblante serio. El parecido era asombroso. Iba a tener una conversación conmigo mismo, o al menos, algo similar. Esperaba que yo empezara a hablar, no iba a dar el primer paso, era yo quién quería algo y él lo sabía. Era más listo que yo, qué sorpresa.

– Tenemos que hablar.

– Lo he supuesto. Estás aquí y no sueles bajar – sus ojos se posaron en los míos con atención, no se sorprendía de verme – ¿Qué es lo que ocurre?

– Tú eres lo que me ocurre.

– Me encanta que seas tan específico, cada día superas el anterior.

– Déjate de bromas, creo que sabes de lo que hablo.

– Si lo supiera no lo preguntaría – era asombroso lo idénticos que éramos y lo fría que sonaba cada una de sus palabras, a veces, me parecía curioso estar hablando así -.

– ¿Me tomas el pelo? – mi voz aumentó, he de admitir que me cabreaba su actitud -.

– Que yo sepa, no.

Apreté la mandíbula. Cerré los ojos para intentar relajarme, había bajado allí por una razón e iba a obtener las respuestas que buscaba de una forma u otra. Y sí, lo sé, estaba siendo un capullo pero no ha sido ni la primera ni la última en la que se ha comportado así. Irritable y pasota. Son dos de los adjetivos que mejor le podríamos aplicar. Hacía unos cuatro años que no bajaba allí y bueno, ya había dejado de recordar lo fría que era aquella habitación, para él estar sin camiseta era cómodo, a mí empezaba a inquietarme.

– No deberías estar aquí – le dije con suavidad – Te dejé libre, te dije que podías irte.

– No es tan sencillo, lo sabes.

– Asentiste con la cabeza, pero sigo sintiéndote aquí con más fuerza. ¿Puedes explicármelo?

– ¿Olvidas que he vivido aquí durante un tiempo y sé cómo funcionas?

– No, no lo he olvidado – dije, casi con un susurro -.

– Que digas en voz alta que me dejas libre, que dejas todas las situaciones dolorosas atrás, que no te definen y que vas a seguir adelante desde cero, no significa que lo sientas así, no significa que yo me haya ido por arte de magia. Sigo en este cuartucho porque sigues queriendo que yo esté aquí, esto no es cosa mía.

– Ese es el caso. ¡No quiero que estés aquí más! ¡Quiero que te vayas! – admito que me desquicié un poco, puede que te sorprenda que a él no – Vete, por favor.

– No es suficiente. Sabes que no funciona así.

– Pues tendré que obligarte, ¿verdad?

Negó con la cabeza y miró al suelo, como si nuestra conversación dejara de ser importante. Para él quizá, pero para mí lo era todo, estaba desesperado. Me levanté, le cogí del cuello y lo estampé contra la pared del fondo, la silla donde estaba sentado, se cayó. Le miré con rabia, quería asustarle de verdad pero ni siquiera pestañeó, no me tenía miedo y sabía que aquella conversación iba a producirse.

– No te mientas a ti mismo. Sabes lo que pasa, sabes lo que sientes y por qué lo sientes, desde cuándo hace que estoy aquí y sabes muy bien qué es lo que pasará conmigo. Acéptalo. Acéptame como parte de ti en vez de hacer una escena tan estúpida e inservible como esta.

– ¡No quiero aceptarlo!

– Entonces, seguirás enfadado y yo no podré hacer nada por ayudarte.

Solté su cuello. Tenía razón. El muy idiota tenía razón, estaba perdiendo el tiempo. Se tocó el cuello, carraspeó y me miró fijamente. Sus ojos me penetraron por dentro, como agujas en la espalda. Su voz era pesada pero suave, tierna y comprensiva, incluso, pero su semblante serio no cambió ni un ápice.

– A veces, hay heridas que no se cierran del todo y crean emociones permanentes, tienes que vivir con ello, aceptarlo y seguir conmigo hacia adelante, pase lo que pase, así es la vida, así eres tú. Soy parte de ti, no puedes evitarlo ni negarlo. Te lo dijeron en terapia, ¿no?

– Sí, así es.

– Y aún así has vuelto ha intentar lo imposible.

– Estoy desesperado.

– Pues tómate una cerveza, no te desquites conmigo, no puedo hacer nada, no puedo irme porque me lo pidas.

Se acercó a la silla, la puso en pie en el mismo sitio, justo frente a la otra y se volvió a sentar, erguido. No se movió y el silencio volvió a hacerse presente en la habitación. Me acerqué hacia la puerta de entrada, cuando le oí decir algo más. Algo que me hizo recordar el gran capullo que era.

– Cuando salgas recuerda cerrar bien la puerta, no quiero tener que salir a patearte el culo otra vez, ¿vale? – vi cómo se le dibujaba una sonrisa en los labios, me irritó – Y no te quedes fuera mucho rato, oigo cómo respiras y me pones nervioso.

Puse los ojos en blanco y cerré la puerta tras de mí. Fui hacia las escaleras para ascender de nuevo, para salir de mi mente y rendirme a seguir sintiendo esa tristeza permanente, esa agonía fría y distante, esa irritabilidad que ya había sentido antes con una desmotivación inmensa. Tenía que vivir con ello, tenía que sobrevivir a ello. Quizá volvía a visitarle pasados unos años más, quizá podía hacerle cambiar de idea, pero quizá no fuera él quién quería estar por la fuerza, quizá era yo quién no le dejaba irse.


In Person:

It was a secluded place, very dark. No one knew about it, I was the only one. I didn’t let anyone see that hidden part, that crack of darkness that loomed in that square room with only a simple lamp on the ceiling that illuminated the center of it, where there were two chairs, facing each other. They had always been there but I had never sat in any of them. Yes, I had been afraid to do it, what did you expect? But he was always there. Permanent. On more than one occasion, thoughtful, confident, upright in his chair, waiting.

Now was the time to talk, it was time to face reality and comfront it, whatever it was. I opened the door slowly, closed it behind me without making too much noise, walked gently to the chair in front of him passing from behind. He didn’t even flinch. I wasn’t surprised. He was someone who didn’t bother with anything, much less by my presence. He had remained there forgotten for a long time, although I felt him every day, rummaging through emotions. I sat in the chair, in front of him. We didn’t say a word for a long time, the silence was intoxicating, even uncomfortable, but just for me, he seemed more than used to it.

I stared at him, scrutinized every little detail of his physique: black hair, light blue eyes, thin lips, somewhat pale skin, without a shirt, with a rather toned body, slender and with a serious countenance. The resemblance was striking. I was going to have a conversation with myself, or at least, something similar. He expected me to start talking, he wasn’t going to take the first step, it was me who wanted something and he knew it. He was smarter than me, what a surprise.

– We need to talk.

– I’ve assumed so. You’re here and you don’t usually come downtairs – his eyes fell on mine carefully, he wasn’t surprised to see me – What’s going on?

– You’re what’s going on.

– I love that you are so specific, each day you overcome the previous one.

– Stop joking, I think you know what I’m talking about.

– If I knew I wouldn’t ask – it was amazing how identical we were and how cold each of his words sounded, sometimes, I found it curious to be talking like that -.

– Are you kidding? – my voice increased, I have to admit that I was really annoyed by his attitude -.

– As far as I know, no.

I clenched my jaw. I closed my eyes to try to relax, I had gone down there for a reason and I was going to get the answers I was looking for one way or another. And yes, I know, he was being a dickhead but it was neither the first nor the last time in which he has behaved like this. Irritable and stepping. They are two of the adjectives that we could best apply to him at that point. It had been about four years since I went down there and well, I had already stopped remembering how cold that room was, for him to be shirtless was comfortable, but I was starting to get restless.

– You shouldn’t be here – I said softly – I set you free, I said you could leave.

– It’s not so simple, you know it.

– So, I should force you, right?

He shook his head and looked at the ground, as if our conversation ceased to be important. For him maybe, but for me it was everything, I was desperate. I got up, grabbed him by the neck and stamped him against the back wall, the chair where he was sitting, fell. I looked at him with rage, I really wanted to scare him but he didn’t even blink, he wasn’t afraid of me and he knew that this conversation was going to happen.

– Don’t lie to yourself. You know what’s going on, you know what you feel and why you’re feeling it, since when have I been here and you know very well what will happen to me. Accept it. Accept me as part of you instead of making a scene as stupid and useless as this.

– I don’t want to accept it!

– Then, you will still be angry and I will not be able to do anything to help you.

I let go of his neck. He was right. The very idiot was right, I was wasting our time. He touched his neck, scratched and stared at me. His eyes penetrated me inside, like needles in my back. His voice was heavy but soft, tender and understanding, when his serious countenance did not change one shred.

– Sometimes, there are wounds that do not close completely and create permanent emotions, you have to live with it, accept it and continue with me forward, no matter what happens, that’s life, that’s how you are. I am part of you, you cannot avoid it or deny it. They told you so in therapy, didn’t they?

– Yes, they did.

– And yet you’ve come back to try the impossible.

– I’m desperate.

– Well, drink a beer, don’t get even with me, I can’t do anything, I can’t leave because you ask me to.

He approached the chair, put it on its feet in the same place, right in front of the other, and sat down again, upright. He did not move, and silence was again present in the room. I walked towards the front door, when I heard him say something else. Something that made me remember what a big dickhead he was.

– When you go out remember to close the door well, I don’t want to have to go out and kick your ass again, okay? – I saw how a smile was drawn on his lips, he irritated me – And don’t stay out for a long time, I hear how you breathe and make me nervous.

I rolled my eyes and closed the door behind me. I went to the stairs to ascend again, to get out of my mind and surrender to continue feeling that permanent sadness, that cold and distant agony, that irritability that I had already felt before with immense demotivation. I had to live with it, I had to survive it. Maybe I would visit him again after a few more years, maybe I could make him change his mind, but maybe it wasn’t him who wanted to be by force, maybe it was me who wouldn’t let him go.