Publicado en Reflexiones

Palabras sin Nombre:

No te gusta la gente, tienes que reconocerlo. No sabes hablar con ellos. No sabes qué decir o que se supone que queda bien, así que, te quedas en silencio. A veces, te resbalas y dices lo que no debes, te arrepientes y vuelves a actuar como si no pasara nada, lo reprimes y te dejas llevar, le quitas importancia y deseas que un día más trascurra sin incidentes. No puedes hablarlo, no puedes decirlo. Estás loca. Claro, esa sería la palabra clave. Y ya te miran bastante raro. No es conveniente poner nombres, etiquetar las relaciones, las palabras.

No te gusta salir mucho. No encajas. No te sientes parte de algo y puede que nunca lo hagas, está más que aceptado porque no ha empezado hoy, ya lleva tiempo. Notas la distancia, el vacío entre nosotros, somos extraños que pretendemos ser otros. Debes ponerte una máscara en cada situación. Tus amigas dicen serlo pero no te han llamado desde hace semanas, tú tampoco a ellas. Suelen decir que eres una pasota y una dejada, que no te las mereces, pero son ellas las que no te merecen a ti, ya demasiado haces. Solo las aguantas, las escuchas porque tienes que hacerlo. Les das cualquier respuesta estándar que se te ocurre y cierras el trato de una amistad rota. Otra más.

El último tío con el que saliste era un idiota. Con el que sales ahora, bueno, sabes que no tiene nada especial pero te acuestas con él por obligación, no es más que otra persona programada para tener una vida normal y corriente, casándose, teniendo hijos e imaginándose un mundo mágico que no existe. Tú sabes la verdad y no es para nada mágica. No te identificas con nada de eso y tienes pánico de que llegue «la conversación», o más bien un múltiplo de ellas. Primero, viene la pregunta de si sois pareja, luego viene la siguiente de si algún día te gustaría casarte, puede que un poco más cerca, empiece a plantearte el vivir juntos y, lo más seguro es que te pregunte si quieres tener hijos. En tu cabeza, lo niegas todo, no quieres nada de eso, ya bastantes problemas tienes. Él insiste una y otra vez, necesita convencerte, necesita que quieras lo mismo que él quiere para seguir dependiendo de ti, para seguir juntos y darle lo que más desea. Le dejas, esa es tu única salida. La salida en cada una de las relaciones que empiezan a nombrarse por sí mismas, es aburrido.

Te gustan las películas, adoras el cine y te apetece ir. ¿Vas sola? Quizá sea la mejor idea, dado que tu supuesto y etiquetado «novio» ya no existe. Disfrutas la película y decides acercarte a un bar a tomar algo para refrescarte un poco. Y, por supuesto, se acerca el baboso. «Oh dios, no», piensas víctima del pánico. Tratas de levantarte pero ya te ha cazado con una de las historias que la mayoría de tíos inventan para mostrarte lo buenos y cariñosos que son, lo geniales que son en la cama y lo bien que te van a cuidar, cuando sabes que solo quiere un revolcón. Típico y aburrido. Te levantas, dejando la copa tras de ti y al tipo con la palabra en la boca. Ni siquiera puedes ir a un bar sin tener que hablar con alguien.

Llegas a casa, tu espacio seguro. El único lugar donde puedes ser tú misma, donde puedes respirar y evadirte del exterior. Te pones el pijama y enciendes la tele, el silencio te invade y notas una sensación de tranquilidad indescriptible. Hasta que se interrumpe porque tienes a tu madre al teléfono, llevaba días sin llamar. Necesita que la acompañes a comprarse ropa para el siguiente evento familiar, ese que solo de recordar te da ganas de vomitar, irá demasiada gente, gente que odias. Tratas de sonreír y ser amable, seguro que es lo que ella quiere oír, lo agradecerá aunque tengas unas ganas locas de desaparecer. Seguramente, tengas que soportar a la idiota de su amiga, la gritona, la que parece que vaya a reventarte los tímpanos. También quiere comprarte un vestido, estás soltera y deberías encontrar a tu media naranja en ese evento tan espléndido, van a ir jóvenes muy acaudalados. Tan rápido como puedes, cuelgas. Gilipolleces.

Odias los vestidos. Los has odiado siempre pero ella no lo sabe, es mejor así. Te da lo mismo la ropa, te pones cualquier cosa que ves en el armario pero, cuando sales debes parecer otra persona, utilizas cualquier disfraz pero, para ver a mamá seguramente, el rojo oscuro sea el más potente, puede que denote poder y no fracaso, alegría y no pesadez, viveza y no agotamiento. Es curioso lo lento que pasa el tiempo cuando haces algo que te importa menos que un bicho en la carretera. Solo tienes ganas de llegar a casa y echarte, olvidar que el mundo existe. Pero, no le pongas nombre, no lo digas en voz alta, pensarán que eres una antisocial de primera clase y no queremos eso, ¿verdad? Queremos que piensen que somos santas. No te gusta ningún vestido pero eliges el morado, justo el que había señalado tu madre, cuánto más le guste a ella menos se quejará, ¿no? Y más rápido os iréis de ese antro.

Te pide ir a la cafetería de enfrente, necesita un café y una tarta. Pensabas que estaba a dieta, al menos, eso es lo que dijo pero sabes que las personas suelen mentir más que hablar. Bueno, eso tú también lo haces, pero nadie puede juzgarte, ¿no? Tratas de mirar la hora sin que ella lo note, tienes ganas de salir de allí, notas que tu corazón se acelera y tu respiración se entrecorta, no soportas oírla hablar así de sus amigas, te da la sensación de que se ha convertido en una persona horrible, ni siquiera es como la recuerdas cuando eras pequeña. Sigues asintiendo mientras le das sorbos a tu té, repites algunas de sus palabras para que note que estás de su parte pero sin animar demasiado la conversación, no quieres quedarte diez horas más. Te terminas el té y tu madre el café, pero ha pasado más de una hora y no parece que quiera levantar el culo de la silla. Está claro, debes hacerlo. Finges que te llaman del trabajo, te excusas con ella y te vas. Inteligente plan, nunca falla.

En casa de nuevo, pero esta vez, no cometes el mismo error. Desconectas todos los aparatos electrónicos y te echas en el sofá. Por fin has vuelto a respirar bien. Poco a poco, vas cerrando los ojos y empiezas a soñar en un mundo que no tiene nada que ver con este, uno en el que te gustaría estar, uno que solo tú has creado.


Words Without a Name:

You don’t like people, you have to acknowledge it. You don’t know how to talk to them. You don’t know what to say or what’s supposed to look good, so you’re silent. Sometimes, you slip and say what you shouldn’t, you regret it and you act again as if nothing happens, you repress it and let yourself go, you downplay it and you wish that one more day would pass without an incident. You can’t talk about it, you can’t say it. You are crazy. Sure, that would be the key word. And they already look at you quite weird. It is not convenient to put names, label relationships, words.

You don’t like to go out much. You don’t fit in. You do not feel part of something and you may never do it, you accepted it because it has not started today, it has been a long time. You notice the distance, the emptiness between us, we are strangers pretending to be others. You must put on a mask in every situation. Your friends say they are good but they haven’t called you for weeks, neither have you. They usually say that you don’t care much about nothing, that you do not deserve them, but they are the ones who do not deserve you, you already do too much for them. You just put up with them, you listen to them because you have to. You give them any standard answer you can think of and close the deal of a broken friendship. Another one.

The last guy you dated was an idiot. The one you date now, well, you know he has nothing special but you sleep with him out of obligation, he is just another person programmed to have an ordinary life, getting married, having children and imagining a magical world that does not exist. You know the truth and it is not at all magical. You don’t identify with any of that and you’re panicked that «the conversation» is coming, or rather a multiple of them. First, comes the question of whether you are a couple, then comes the next one of whether one day you would like to get married, maybe a little closer, start considering living together and, most likely, ask you if you want to have children. In your head, you deny everything, you don’t want any of that, you already have enough problems. He insists again and again, he needs to convince you, he needs you to want the same thing he wants to continue depending on you, to stay together and give him what he wants the most. You leave him, that’s your only way out. The way out in each of the relationships that begin to name themselves, it’s boring.

You like movies, you love movies and you feel like going. Are you going alone? Maybe it’s the best idea, given that your supposed, labeled «boyfriend» no longer exists. You enjoy the movie and decide to go to a bar to have a drink to refresh yourself a little. And, of course, the slug is approaching. «Oh god, no,» you think panicking. You try to get up but he has already hunted you down with one of the stories that most guys invent to show you how good and affectionate they are, how great they are in bed and how well they are going to take care of you, when you know he just wants to sleep with you. Typical and boring. You get up, leaving the cup behind you and the guy with the word in his mouth. You can’t even go to a bar without having to talk to someone.

You get home, your safe space. The only place where you can be yourself, where you can breathe and escape from the outside. You put on your pajamas and turn on the TV, the silence invades you and you notice an indescribable sense of peace. Until it is interrupted because you have your mother on the phone, she didn’t call you since a few days ago. She needs you to accompany her to buy clothes for the next family event, the one that just remembering it makes you want to vomit, too many people will go, people you hate. You try to smile and be kind, surely it is what she wants to hear, she will appreciate it even if you have a crazy desire to disappear. Surely, you have to endure the idiot of her friend, the screamer, the one who seems to burst your eardrums. She also wants to buy you a dress, you are single and you should find your better half at that splendid event, very wealthy young people are going to go. As fast as you can, you hang up. That’s bullshit.

You hate dresses. You’ve always hated them but she doesn’t know, it’s better that way. You don’t care about the clothes, you wear anything you see in the closet but, when you go out you must look like someone else, you use any costume but, to see mom surely, dark red is the most powerful, it may denote power and not failure, joy and not heaviness, liveliness and not exhaustion. It’s funny how slow time goes by when you do something you care less about than a bug on the road. You just want to get home and kick yourself out, forget that the world exists. But, don’t name it, don’t say it out loud, they’ll think you’re a first-class antisocial and we don’t want that, right? We want them to think we are saints. You don’t like any dress but you choose the purple one, just the one your mother had pointed out, the more she likes it the less she will complain, right? And faster you will leave that den.

She asks you to go to the cafeteria which is near, she needs a coffee and a cake. You thought she was on a diet, at least, that’s what she said but you know that people tend to lie more than talk. Well, you do that too, but no one can judge you, right? You try to look at the time without her noticing, you feel like getting out of there, you notice that your heart is racing and your breathing is short, you can’t stand hearing her talk like that about her friends, it gives you the feeling that she has become a horrible person, it’s not even how you remember her when you were little. You keep nodding as you sip your tea, repeat some of her words so that she notices that you are on her side but without animating the conversation too much, you do not want to stay ten more hours. You finish the tea and your mother the coffee, but it’s been more than an hour and she doesn’t seem to want to lift her ass out of the chair. It’s clear, you must do it. You pretend to be called from work, you excuse yourself with her and you leave. Smart plan, never fails.

At home again, but this time, you don’t make the same mistake. You disconnect all the electronics and lie on the sofa. You’re finally breathing well again. Slowly, you close your eyes and begin to dream in a world that has nothing to do with the real one, the one in which you would like to be, one that only you have created.


Autor:

Escritora. Estudiante de la vida y apasionada por la lectura y el aprendizaje. Siempre activa, esperando crear una nueva historia o personaje. La dominación de las palabras forma su existencia y la música un componente fundamental para una mente creativa.

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