Publicado en Personajes

El Monstruo: La Parte Oscura

Relato procedente: «El Monstruo«. Edad: 30 años.

Ciudad: La Mente. Profesión: Desconocida.

Descripción física:

Mi cabello es de color negro, al igual que mis ojos, bastante profundos y, a veces,, con una mirada fija en la nada, tiendo a aburrirme con facilidad. Mis labios son gruesos y normalmente pintados de negro, me encanta el color y lo que representa. Mi tez es pálida y mi cuerpo esbelto. Llevo un vestido de color negro que me llega hasta el suelo, liso, sencillo y con tirantes, además de unas converse debajo que nunca se ven pero que son realmente cómodas.

Descripción de la personalidad:

Digamos que soy una parte y no un todo. Suelo mostrar emociones oscuras como la rabia, la destrucción personal o hacia el exterior, me muevo por la ira y el ego, el enfado constante, la injusticia y el odio. Dicen que soy molesta, que embauco con pensamientos negativos, que me gusta el mal y lo promuevo, que han de mantenerme encerrada para no dejarme llevar por la maldad. Lo dicen pero creo que es verdad, y me gusta, no debería sentirme mal por ello, ¿no? Aunque tampoco sabría cómo sentirme mal, solo soy. Y solo existo.

El momento en que nací:

Todos los seres humanos tienen esa parte escondida, esa que no quieren contar a nadie, esa en la que yo me convierto en la protagonista de sus vidas. Supongo que soy quién les dice la verdad sobre ellos mismos y lo que son capaces de hacer pero no quieren escuchar. Yo también tengo a mi propio ser humano, crecía en alguna parte de su mente, en total y absoluta libertad. Todavía puedo recordar qué se siente notando la lluvia caer sobre mi cara, al mismo tiempo que ella también lo siente, es una sensación que nunca se olvida, ¿verdad?

Fui haciéndome un poquito más mayor y, a la vez, más fuerte a su lado, tras cada herida abierta, tras cada herida incapaz de cicatrizar. Esos momentos de soledad me dejaban una puerta abierta para empezar a hurgar entre todo lo bueno y para encontrar un lugar calentito y agradable donde pasar los días de luz, entre sus sábanas de alegría y de diversión, para volverlos grises y tenues. Quizá para ella no fuera del todo bueno pero estaba enseñándole cómo sería el mundo antes de que fuera capaz de entenderlo. Conmigo a su lado, sobreviviría.

Crecí a pasos agigantados:

Creo que yo fui la que más se sorprendió de lo rápido que iba creciendo, y de lo fuerte que empezaba a ser su rabia. Supongo que empezó en el colegio con todo ese bullying, con esos empujones, patadas, heridas que no pudo olvidar pero sí disimular a simple vista. Pretendía que todo iba bien pero lloraba por dentro, estaba tan enfadada que notaba cómo las paredes temblaban dentro de ella, podía escuchar sus dudas, su inseguridad, su miedo, su tristeza. Sus gritos no me dejaban descansar, eran como llamadas de auxilio, como si necesitara ayuda. Sabía que nadie iba a ayudarla, así que, cada vez que alguien se metía con ella, yo salía para defenderla a modo de violencia desmedida. La hacía sentir satisfecha cuando veía al otro chico que la había molestado en el suelo, una sonrisa ahora se apropiaba de su cara, yo también me sentía bien, la había protegido.

Lo que no imaginé fue que su familia también la maltrataba, era horrible ver todo aquello a través de sus ojos y no poder moverme. Pero ella me dio el poder de hacerlo con solo nueve años. Empecé a notar una electricidad por todo mi cuerpo y crecí, de niña me volví adolescente y cada vez me envolvía de más oscuridad, cada vez tenía más poder sobre ella, más voluntad para moverme entre sus pensamientos y para defenderla en los momentos en los que lo necesitara, a veces, a través de enfados, otras en ataques de ira desmedidos, y otras veces, con golpes en las paredes, empezaba a ser incapaz de controlarse pero no fue hasta la adolescencia cuando supo lo que era realmente caer en el pozo.

El abismo:

La depresión, una amiga bastante cruel. La conocí una vez, pero no era muy amigable. Intenté cogerla de la mano, pero tenía sus propios planes. Llevaba a la muchacha por pensamientos lúgubres y tormentosos, os aseguro que me empezó a caer bien, pero no hasta el punto de someterla a una desesperación constante en la que no podía ni levantarse de la cama, era horrible. Tenía que hacer algo. Así que, transformé esa tristeza y ese dolor en injusticia, en rabia y una constante defensa en contra de la misma humanidad, necesitaba darle algo por dónde empezar, por dónde hacerle sentir que debía de ir contra todo, contra el mundo entero si hacía falta porque era imparable.

En su adolescencia, nadé entre abismos de corazones rotos, lágrimas y más lágrimas, entre su desesperante necesidad de validación y su completa falta de auto estima, pero empezaba a saber cómo manejar su ira, trataba de controlarlo, es decir, que ya estaba entendiendo algo más, ya comenzaba a escucharme, se había dado cuenta de que estaba ahí. Cada vez que yo intentaba salir, ella simplemente, respiraba profundo e intentaba pensar antes de actuar. Reconozco que no me gustó demasiado, fue la primera vez que me negó salir de ella, tener libertad de movimiento.

Cazada y atormentada:

Supongo que me excedí demasiado, me dejé llevar y me confié en que ella no se daría cuenta. Sí lo hizo. Una tarde se enfadó muchísimo, se sentía fuera de lugar, incomprendida, agobiada con tantas emociones al mismo tiempo, quería entender y empezaba a aprender sobre qué estaba ocurriendo. La ansiedad se apoderaba de nosotras de una forma que no podría haber previsto antes, así que, me asusté y la impulsé para que consiguiera salir de ello, con arranques de odio combinados con rabia incontenible y explotó, sin previo aviso. Supo que era yo, que había dejado de ser ella misma por unos instantes y que por ello su ansiedad se había elevado a niveles preocupantes, ni siquiera dormía.

Así que, mientras yo estaba descansando en una zona oscura de su mente, aprovechó el momento para cogerme en brazos en una de sus habituales meditaciones y llevarme al sótano, a ese desolado, oscuro y apestoso sótano donde llevo residiendo años sin que me diese cuenta de dónde me llevaba. Cuando desperté, estaba encerrada. Intenté salir pero no pude. Ella es quién me dice cuándo salir, pero raramente lo hago, solo soy un mero método de defensa, bastante efectivo. Me quitó gran parte de mi poder después de dejar de utilizarme, así que, ya ni siquiera tengo fuerza para golpear la enorme puerta que me separa de mi libertad. Es difícil pensar con claridad. Pero tengo compañía, no soy la única que está encerrada aquí abajo, ¿sabéis? Lo peor de lo peor se deja apartado abajo, mientras lo bueno se encuentra en el piso de arriba.

Aferrarse:

Aunque no pueda actuar con libertad y esté encadenada a una pared gruesa y hecha especialmente para mí, puedo oírla. Sé que se aferra a lo que más le apasiona, a su creatividad, a su vida alejada de nosotros, los pequeños monstruos que mantiene en el piso de abajo. Lo sé todo sobre sus máscaras, sus personajes cambiantes, todos sus disfraces y sus encubrimientos, se ha vuelto experta en pretender y he de reconocer que estoy impresionada, ha logrado defenderse y protegerse sin necesitarme del todo. Su auto control siendo adulta es exquisito, mantiene cada habitación de su mente limpia y su biblioteca no tiene ni una mota de polvo, la oigo caminar entre sus paredes, leyendo viejas historias, escribiendo nuevas.

Se aferra a cualquier cosa que la mantenga viva, no es que haya tenido buenas experiencias en general, en cierto modo, se comprende. También sé que la resiliencia anda entre sus pasillos, la muy puta. A veces, hay que sacar un poco de carácter, no todo es pasividad, amor y comprensión, un poquito de oscuridad puede animar un poco las cosas, ¿no creéis?

Un futuro similar:

Aprende rápido, más que cualquier otra persona que pudiera conocer, así que, sabiendo lo que sé de ella, de su cabezonería y de su entendimiento por sus emociones, es decir, que me ve llegar a una legua de distancia si es el caso, no creo que consiga convencerla de que me necesita, como mucho pedirá un poquito de mi esencia si quiere sobrevivir a algo pero no me dejará salir, no pondrá en peligro a nadie, mucho menos, estará conforme con intoxicar su mente con la toxicidad que yo albergo, así que, no tengo muchas esperanzas.

A veces, se pasea por los pasillos del sótano a comprobar las cerraduras, su seguridad es asombrosa y su interés por que nada salga mal es por lo que todo funciona tan bien, lo sabe todo de nosotros. Es imposible salir. Se reúne con algunos de los peces gordos que se mantienen aquí por voluntad propia pero que no están encerrados porque no son un peligro, con nosotros no es habitual, mucho menos que habitual, la palabra «nunca» es la que importa. Supongo que seguiré respirando mientras ella quiera y esperaré a poder rescatarla si se ve en una mala situación, mientras tanto, estas cuatro paredes son las que me merezco.