Publicado en Relatos

El Filo del Cuchillo:

Abrí los ojos, pesaban. Estaba sudando, no podía moverme. Mi cuerpo estaba engarrotado, pero logré mirar a ambos lados. Las paredes, el techo y el suelo, tenían restos de sangre seca, olía a rancio pero no conseguía diferenciar exactamente qué era. Me encontraba sobre una camilla, fría, dura, atada de pies y manos, mi cabeza se mantenía recta debido a la banda de cuero que la sujetaba a la camilla. Traté de zafarme varias veces, pero no lo conseguí. No podía gritar porque la cinta americana que cubría mi boca me lo impedía. Lo peor fue notar mi cuerpo desnudo sobre el metal, cómo todo el vello se me erizaba, no había luz, tampoco brisa. Noté mi corazón palpitar más rápido, el sudor caer desde mi frente, empezar a moverme sin sentido, sabiendo que no iba a escapar para tratar de hacerle frente al pánico.

Oí abrirse una puerta no muy lejos de mí, sonaba pesada, se cerró de inmediato, las llaves rodaron en la cerradura, oí a alguien bajar por las escaleras, sus pasos resonaban por toda la habitación. Empezaba a estar segura de que estaba en un sótano. Se tomó su tiempo para llegar. Miré de reojo a mi izquierda y vi a un hombre corpulento, de 1’80, con el cabello negro y ojos profundos del mismo color, esbelto, vestido con ropa de carnicero quizá, con restos de sangre seca por el peto vaquero que llevaba. No dijo nada, solo dio vueltas alrededor de la camilla. Sus ojos mostraban poder, control, saboreando la comida antes de comerla. Volví a zarandearme, nerviosa, incapaz de parar. Su ligera sonrisa me evocó una sensación incómoda, sabía que no iba a salir de allí, que no iba a estar a salvo.

Cogió un machete que tenía encima de una mesa de madera, su filo parecía bien afilado, reluciente, dispuesto a ser usado. Tragué saliva, asustada. Pasó el machete por la camilla, provocando un ruido incómodo para mis oídos, mientras seguía sonriendo con malicia. Mis ojos se ensancharon cuando empezó a pasar el filo de ese machete por mi cuerpo, al mismo tiempo que se acercaba a mi cara, me olía y seguía mirándome con intensidad. No llegó a cortarme, pero sentía que iba a ocurrir en cualquier momento. Mi cuerpo temblaba incontroladamente, empezaba a sentir que ya no tenía control sobre él. El filo tocó mi cuello un poco más intenso hasta el punto en el que noté un corte, me escoció, mientras no dejaba de sollozar, aterrorizada. Se acercó a mi cuello y lamió el cuerpo, cerró los ojos mientras saboreaba la sangre, me creó una repulsión indescriptible. Siguió pasando el filo por mis mejillas, por la frente y seguía otra vez con los brazos. Llegué a desear que me matara en aquel momento, solo quería que terminara con aquello para dejar de sentir ese pánico.

Llegó a los pies finalmente, levantó el cuchillo y lo clavó en el izquierdo con fuerza. Sentí un dolor profundo, grité en silencio, los ojos se me abrieron de par en par y lágrimas salieron de ellos sin control, solo quería morir. Él no dejaba de observar mi expresión. Se quedó parado en un rincón junto a la mesa donde supuse que tendría más de sus cuchillos y siguió mirándome con atención. Empecé a notar un picazón donde el filo del cuchillo estaba clavado, ese picazón se hizo más fuerte, más intenso hasta el punto de sentir que quemaba, lo notaba en todo el pie y subía hacia las piernas, las caderas, el abdomen, mi pecho, el cuello y la cara, sentía que iba a explotar, la temperatura aumentaba, al igual que su risa que ya escuchaba a lo lejos, como un echo inaudible. Mis ojos se abrieron al ver que empezaba a salir humo de mi cuerpo, unas pequeñas zonas donde se veía fuego, no demasiado, pero el dolor era insoportable. Me revolví en la camilla, no podía respirar.

Mi cuerpo se envolvió en llamas, salía fuego por cada pequeño centímetro. Me estaba quemando viva sin saber cómo había ocurrido. Sentía cómo me deshacía lentamente, cómo me iba apagando, mi mente dejando mi cuerpo sin más, dejando polvo donde segundos antes estaba mi cuerpo desnudo tratando de sobrevivir. Recogió las cenizas y las metió un bote de cristal. Las puso junto con las demás, había treinta y siete en esa organizada estantería. Un número preciso, aterrador. Su sonrisa nunca desapareció de su cara. Subió las escaleras de nuevo con pasos pesados y lentos, cerró la puerta tras de sí y salió a buscar a la víctima número treinta y ocho.


The Edge of the Knife:

I opened my eyes, they weighed. I was sweating, I couldn’t move. My body was crimped, but I managed to look both ways. The walls, the ceiling and the floor, had traces of dried blood, it smelled stale but I could not differentiate exactly what it was. I was on a stretcher, cold, hard, tied up on hands and foot, my head kept straight because of the leather band attached to the stretcher. I tried to get out several times, but I didn’t succeed. I couldn’t scream because the American tape that covered my mouth prevented me from doing so. The worst thing was to notice my naked body on the metal, how I had goose flesh, there was no light, no breeze. I noticed my heart beating faster, the sweat falling from my forehead, starting to move senselessly, knowing I wasn’t going to run away to try to cope with the panic.

I heard a door open not far from me, it sounded heavy, it closed immediately, the keys rolled into the lock, I heard someone coming down the stairs, the footsteps echoed throughout the room. I was beginning to be sure I was in a basement. He took his time to get there. I looked sideways to my left and saw a burly man, 1’80 heigh, with black hair and deep eyes of the same color, slender, dressed in butcher clothes perhaps, with traces of dried blood from the cowboy breastplate he wore. He didn’t say anything, just circled around the stretcher. His eyes showed power, control, savoring the food before eating it. I shook again, nervous, unable to stop. His slight smile evoked an uncomfortable feeling to me, I knew I wasn’t going to get out of there, that I wasn’t going to be safe.

He picked up a knife he had on a wooden table, its edge seemed sharp, gleaming, ready to be used. I swallowed, scared. He ran the big knife over the stretcher, causing an uncomfortable noise to my ears, while still smiling maliciously. My eyes widened as the edge of that knife began to run through my body, at the same time that he approached to my face, smelled me and continued to look at me with intensity. He didn’t cut me, but I felt like it was going to happen at any moment. My body was shaking uncontrollably, I was starting to feel like I no longer had control over it. The edge touched my neck a little more intense to the point where I noticed a cut, it stinged me, as I kept sobbing, terrified. He approached to my neck and licked the cut, closed his eyes while tasting the blood, which made me feel an indescribable repulsion. He kept running the edge down my cheeks, down my forehead and continued again with my arms. I wished that he would kill me at that moment, I just wanted him to end it to stop feeling that panic.

He reached the feet finally, raised the knife, and stuck it in the left hard. I felt deep pain, I screamed silently, my eyes widened, and tears poured out of them uncontrollably, I just wanted to die. He kept watching my expression. He stood in a corner by the table where I assumed he had more of his knives and kept looking at me intently. I began to notice an itch where the edge of the knife was nailed, that itching became stronger, more intense to the point of feeling that it burnt, I felt it all over the foot and went up to the legs, hips, abdomen, my chest, neck and face, I felt that it was going to explode, the temperature increased, like his laughter that I already heard in the distance, like an inaudible echo. My eyes widened when I saw smoke starting to come out from my body, small areas where you could see fire, not too much, but the pain was unbearable. I stirred on the stretcher, I couldn’t breathe.

My body was engulfed in flames, fire came out from every little inch. I was burning alive without knowing how it had happened. I felt how I slowly melted away, how I was shutting down, my mind leaving my body, leaving dust where seconds before my naked body was trying to survive. He collected the ashes and put them in a glass jar. He put them along with the others in a tidy shelf, there were thirty-seven. An accurate, frightening number. His smile never disappeared from his face. He climbed the stairs again with heavy and slow steps, closed the door behind him and went out to find the thirty-eighth victim.


Autor:

Escritora. Estudiante de la vida y apasionada por la lectura y el aprendizaje. Siempre activa, esperando crear una nueva historia o personaje. La dominación de las palabras forma su existencia y la música un componente fundamental para una mente creativa.

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