Publicado en Personajes

Gerd: El del Cuchillo

Relato procedente: «El Filo del Cuchillo» Edad: 32 años.

Ciudad: Höfn Profesión: Cuchillero.

Descripción física:

Mi cabello es negro, al igual que mis ojos. Lo peino hacia atrás, siempre me ha dado más seguridad, aunque las arrugas de mi rostro me sigan persiguiendo. Mis labios son gruesos, la barba que los abraza es poblada, con unas pocas canas, pero bien cuidada. Mi tez es un tanto morena, con algunas impurezas y la piel bastante seca. Tiendo a la delgadez, pero considero que estoy bastante tonificado, me gusta comprarme camisetas ajustadas. Suelo vestirme de traje y corbata, otras veces, con vaqueros, normalmente, de color negro.

Descripción de la personalidad:

La pulcritud y educación me preceden, no suelo cambiar mucho de expresión, pero sonrío para mostrar calidez, pero lo único que siento en mi interior es frialdad. No me responsabilizo de mis actos, trato de ponerme una máscara que muestre que soy como los demás, mientras me escondo a simple vista. Mis recuerdos no son agradables, pero le cuento a todo el mundo lo que quieren oír, les escucho pensar, sé lo que dicen, la humanidad agoniza y a mí me gusta jugar con ella. Atraigo a gente de todo tipo para deshacerme de su sonrisa, mientras permanezco callado y les quito la vida como me place. Eso me hace muy feliz.

Una infancia poco común:

Mi padre era cuchillero, lo aprendí todo de él. Aunque me pegara, repetidamente. Cuando estaba borracho y sin estarlo, era una mierda de padre. Mi madre estaba un poco enganchada a la coca, se pasaba gran parte del tiempo deambulando por la calle, hasta que papá iba a recogerla de algún banco de la calle donde había empezado a gritar o quizá a quedarse dormida. La verdad, no se llevaban muy bien, discutían sin parar. Yo solía quedarme en mi cuarto, leyendo. Les oía, muy alto, pero jamás me importó. Creo que jamás me importó nada o nadie. Los otros niños me apartaban, pero no me sentía así, tampoco sabía qué era la soledad o estar feliz por algo, no encontraba esa satisfacción que ellos sí tenían, solo era otra máquina que esperaba ser conducida, aunque estuviera algo rota.

Vivíamos en una casa de campo con lo necesario para que todo funcionara. Lo único que me gustaba hacer era tallar cuchillos, afilarlos de vez en cuando. Era lo único que papá y yo hacíamos juntos, en silencio. Me daba igual que fuéramos distintos, no me importaba que me tratara como un despojo, simplemente, era algo más que ocupaba el día, ya se pasaría. Cada día era diferente, tenía que curarme esas heridas por mí mismo, porque aunque mis padres las vieran no hacían preguntas o trataban de ayudarme, tan solo lo hacía sin más, sabía que no acabarían tan pronto. Tenía ganas de ser mayor. No verían venir lo que les esperaba. Ese pensamiento siempre me hacía sonreír.

Una adolescencia poco sentida:

La adolescencia para nadie es agradable, pero yo no sentí nada. No estuve para nada hormonado o sentí curiosidad por el sexo opuesto, ni siquiera un poquito. Lo único que me resultaba llamativo eran sus cuellos desnudos, sus piernas perfectas y mis cuchillos cortándolas. Soñaba con ello cada día, y no era una pesadilla, era como un deseo que quería que se volviera realidad, incluso, me empezaba a obsesionar. Tenía ciertos impulsos que no contenía muy bien, maté a un par de gatos, les clavé un chuchillo en sus tripas y eso me produjo placer, un placer que jamás había experimentado, hasta conseguí excitarme un poco. Esa necesidad fue en aumento, pero solo la dejé flotar, debía ser precavido, no hacerme público.

Y sí, tenía ganas de seguir creciendo. Mi madre se había vuelto adicta y mi padre se pasaba borracho en el bar la mayor parte del tiempo, las palizas nunca cesaron, se hacían cada vez más fuertes y ya le dejó de importar que los demás vieran los moretones o las cicatrices, a veces, utilizaba una navaja para cortarme en la mejilla o en las manos, le gustaba hacerme sufrir, siempre le había gustado. Alguna vez llegué a pensar que papá tenía algo oscuro en él, al igual que yo, y puede que lo heredara. Jamás dije que no me gustara, estaba en paz con ello.

Primeras muertes:

Lo decidí de un día para otro, fue un impulso, fuerte, intenso. Me dejé llevar. Cogí un machete y les corté la cabeza a mis padres, así sin más. Me provocó un placer indescriptible. Lo hice a mis dieciocho, un buen momento para madurar. Quemé sus cuerpos y pasé a otra cosa. No sentí nada. Sigo sin sentirlo, ni siquiera sé qué es echar de menos a alguien. Seguí con chicas de mi edad, una tras otra. Utilizaba mi cuerpo para llegar a ellas, era sencillo, me gustaba jugar. Esas primeras muertes quizá fueron imperfectas, llevadas por el impulso, sin demasiada personalidad quizá, sin una marca. Sin mi marca. Me fui adaptando, sus gritos resonaban en mis oídos, eran música, podía inhalar su dolor, ese constante miedo a morir, a no saber qué esperar de mí, mientras rozaba el cuchillo por todo su cuerpo.

No conseguía definirme por el cuchillo perfecto. Seguía llevando el negocio de cuchillos de mi padre, llegué a fabricar muchos pero ninguno se ajustaba a mi estilo. Hasta que hice uno con mi esencia, contenía una parte de mí indescriptible. Se selló con un hechizo que encontré en algunos de los libros negros que solía leer mi padre, siempre había sido un tipo muy raro. Solo tenías que decir unas palabras para bendecirlo y para que se convirtiese en un arma poderosa. Y así fue. Podía convertir a quién quisiera en cenizas clavando el cuchillo en cualquier parte del cuerpo que deseara mientras me quedaba detrás, viendo el espectáculo. Era mágico.

El cuchillo y la muerte:

Nos convertimos en uno, en una misma persona. Él formaba parte de mí como yo formaba parte de él, a veces, lo sentía en mi mano, cómo ardía, cómo deseaba que lo utilizara, que matara con él, estaba excitado como lo estaba yo. Fluíamos juntos, nos entendíamos, formábamos parte de la misma energía. Esa joven rubia, con ojos verdes, estaba aterrada, fue una de las últimas. Su terror me hizo sonreír, no pude controlarlo, su cuerpo desnudo me excitaba pero solo un poco, lo que me gustaba era pasar el cuchillo por toda ella hasta que comprendiese finalmente cuál iba a ser su final, que no había espacio para la salvación, quería que supiese que era solo mía.

Estábamos conectados por la muerte, éramos la causa. Por fin, tenía un propósito. Jamás tuve uno. Eso me creaba tranquilidad, sabía que había hecho el trabajo encomendado y que el cuchillo y yo habíamos enviado a más gente a la muerte, nuestro único jefe. Me gustaba que las víctimas vieran los restos de sangre en las paredes, por todos lados a su alrededor, en mi peto, para que supieran a qué iban a enfrentarse. Y siempre, me gustaba ir de etiqueta, era como ir a una cita. La única diferencia era que la cita tenía lugar en el sótano de la casa de mis padres y el amor de mi vida era un cuchillo con poderes para quemar a quién quisiéramos. Éramos la pareja perfecta.

Un futuro claro:

Seguiremos sin parar. Una noche tras otra, un día tras otro. Afilando cuchillos, matando sin piedad, convirtiéndonos en Muerte por un rato, disfrutándolo, saboreándolo. Amable, sincero, considerado, empático en el exterior, desgarrador en el interior. Supongo que ser cuidadoso tiene que ver con una parte de mi piel que no cambia, que se mantiene viva, latente. Nunca me pillarán, nunca sabrán qué pasa porque les gusta mi sonrisa, mis bromas, las amables preguntas, unos ojos sin sospecha, la completa sociabilidad, la cercanía, la encubierta empatía, lejos de ser honesta y verdadera.

Supongo que nada termina donde esperamos. Los comienzos no son perfectos, pero el viaje hace que todo se vuelva más dulce y correcto.


Autor:

Escritora. Estudiante de la vida y apasionada por la lectura y el aprendizaje. Siempre activa, esperando crear una nueva historia o personaje. La dominación de las palabras forma su existencia y la música un componente fundamental para una mente creativa.

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