Publicado en Reflexiones

Nombre:

Tenías un nombre, había una fecha, un momento en el que todo se volvía claro. Solo formaba una palabra, la manera en que lo decía, en que pronunciaba tu nombre quizá te gustara. No era más que otra forma de tenerme entre tus brazos para no soltarme. Quise olvidarlo tantas veces, dejar que el pasado lidiara con ese nombre, que lo erradicara de mi cabeza, de mi existencia misma, pero ni siquiera eso podía salir bien. Cada vez que lo escuchaba, no podía evitar esbozar una sonrisa, emitir un leve grito de entusiasmo, incluso, podía sonrojarme con solo pensarlo. Era patético. Quizá yo lo fui.

No podía olvidarte. No podía olvidarlo. Era solo un nombre de alguien que se fue, que no debió de dejar huella, que debió de desaparecer. Me hacía recordar un cabello castaño, unos ojos negros, unos labios gruesos, brazos fuertes, suaves manos y esa vibración de protección que emanabas provenía de otro planeta. Trataba de dejarlo atrás, pero las palabras tienen poder sobre la vida y tu nombre era una palabra. Lo echaba de menos en cada cena, sentada a la mesa que antes compartimos, aún seguía encendiendo una vela, como si fuéramos a participar en un momento privado, romántico. Tu plato seguía allí, frente al mío. Vacío, pero al menos, podía imaginarte. Se había convertido en una obsesión que no le contaba a nadie.

Todos creían que te había olvidado. Que nuestras discusiones no seguía escuchándolas en mi cabeza, que no rebobinaba nuestras conversaciones en la cama antes de hacer el amor y no las volvía a escuchar cada vez que me iba a dormir. Evitaba hablar de mi insomnio, ni siquiera mi médico lo sabía, echaba de menos tenerte justo al lado. Cuando no podías pegar ojo, sabía que observabas como dormía, te parecía romántico, a mí un tanto siniestro. Nos reíamos. Todo parecía sencillo, hasta que otro huracán venía a arrasarlo todo, una nueva conversación en la que no encajábamos las ideas. Tras cada grito frustrado, nos abrazábamos. Tras cada bofetada, nos besábamos. Tras cada momento de celos, nos mirábamos de esa manera que hacía que los planetas dejaran de girar.

Éramos tóxicos. Volátiles, imperfectos. Todo se volvió complicado, demasiado como para quedarnos, como para seguir compartiéndonos. Dejamos de entendernos. Pero seguíamos teniendo sexo. Dejamos de acariciarnos con cariño. Pero seguíamos cogiéndonos de la mano mientras veíamos una película. Dejamos de querer vernos. Pero seguíamos haciéndolo a escondidas. Lo nuestro era una historia de nunca acabar. Quería apartarte de mí, pero tenerte al lado. Decirte que te odiaba, pero que te quería demasiado como para dejarte ir. Te daría el mundo entero, pero también lo alejaría para que no pudieras deshacerlo de un soplo. Nos llegamos a odiar tanto que dolía y nos llegamos a querer tanto que nos dolía.

Saliste por la puerta con una maleta, dejando tu nombre escrito en la pared. Lo hiciste con la navaja. Esa navaja que utilizamos cuando éramos unos niñatos y escribimos nuestros nombres en las literas en las que dormimos en casa de tus padres. He pensado tantas veces en borrarlo, pero nunca lo he hecho. Esta casa sigue oliendo a ti, a tu colonia. Al igual que los cojines, las sábanas, incluso, las mantas del sofá. A veces, creo que no puedo respirar, quiero coger el teléfono y pedirte que vuelvas, hacer el amor hasta el amanecer y contarnos todo lo que nos hemos perdido estando separados. Pero aún recuerdo la última vez que discutimos. Sigue presente, todavía tengo pesadillas. Me empujaste tan fuerte que me di contra el canto de la mesa de té, mi nariz no paraba de sangrar. No dejaste que me moviera del rincón, seguías gritando. Seguías rompiendo cuadros, cualquier cosa que pillabas. Te habías vuelto loco de ira. El salón estaba echo un desastre. Yo estaba echa un desastre. Y ya había dejado de conocerte, tu nombre ya no significaba nada.

Sigo tratando de salir adelante, con tristeza o sin ella. Con melancolía o sin ella, tratando de aclarar mis pensamientos. Aunque tu nombre siga en la pared, en mi memoria, en mi corazón.


Name:

You had a name, there was a date, a moment when everything became clear. It only formed a word, the way I said it, the way I pronounced your name, you might like it. It was just another way of holding me in your arms so you wouldn’t let me go. I wanted to forget you so many times, to let the past deal with that name, to eradicate it from my head, from my very existence, but even that couldn’t work out. Every time I heard it, I couldn’t help but smile, emit a slight cry of enthusiasm, I could even blush just thinking about it. It was pathetic. Maybe I was.

I couldn’t forget you. I couldn’t forget it. It was just a name of someone who left, who must not have left a trace, who must have disappeared. It reminded me of that brown hair, black eyes, thick lips, strong arms, soft hands and that vibration of protection that you emanated from another planet. I was trying to put it behind me, but words have power over life and your name was a word. I missed you at every dinner, sitting at the table we shared before, still lighting a candle, as if we were going to participate in a private, romantic moment. Your plate was still there, in front of mine. Empty, but at least, I could picture you. It had become an obsession that I told no one.

Everyone thought that I had forgotten you. That I didn’t keep hearing our arguments in my head, that I didn’t rewind our conversations in bed before we made love and didn’t listen to them every time I went to sleep. I avoided talking about my insomnia, not even my doctor knew, I missed having you right by my side. When you couldn’t sleep a wink, I knew you were watching me sleep, it seemed romantic to you, a bit creepy for me. We laughed. Everything seemed simple, until another hurricane came to destroy everything, a new conversation in which we did not fit the ideas. After each frustrated scream, we hugged each other. After each slap, we kissed. After every moment of jealousy, we’d look at each other in that way that made the planets stop spinning.

We were toxic. Volatile, imperfect. Everything became complicated, too much to stay, to continue sharing. We stop understanding each other. But we still had sex. We stop caressing each other affectionately. But we kept holding hands while watching a movie. We stop wanting to see each other. But we kept doing it secretly. Ours was a never ending story. I wanted to take you away from me, but have you by my side. Tell you that I hated you, but that I loved you too much to let you go. I’d give you the whole world, but I’d also push it away so you couldn’t blow it away. We came to hate each other so much that it hurt and we came to love each other so much that it hurt.

You walked out the door with a suitcase, leaving your name written on the wall. You did it with the razor. That knife we ​​used when we were kids and wrote our names on the bunk beds we slept in at your parents’ house. I have thought so many times about erasing it, but I have never done it. This house still smells like you, your cologne. Like the cushions, the sheets, even the blankets on the sofa. Sometimes I think I can’t breathe, I want to pick up the phone and ask you to come back, make love until dawn and tell us everything we’ve missed being apart. But I still remember the last time we argued. It’s still present, I still have nightmares. You pushed me so hard that I hit the edge of the tea table, my nose wouldn’t stop bleeding. You didn’t let me move from the corner, you kept yelling. You kept breaking pictures, whatever you caught. You had gone mad with anger. The living room was a mess. I was a mess. And I had stopped knowing you, your name no longer meant anything.

I keep trying to get by, sad or not. Melancholy or not, trying to clear my thoughts. Although your name is still on the wall, in my memory, in my heart.