Publicado en Reflexiones

Lucha Constante:

Abro los ojos un día más. Las sábanas pesan, sobre mi cuerpo desnudo. Supongo que aún me cuesta acostumbrarme. Me revuelvo en la cama durante unos minutos, miro el móvil un par de veces y vuelvo a revolverme, no veo el momento de levantarme. Otro día más sin tener una razón, pero tratando de encontrarla. Me incorporo, después de  media hora indeciso. Respiro hondo, todo mi cuerpo duele. Un día más. Tras resoplar un par de veces, intento acostumbrarme a la luz que entra por la ventana, el sol está fuera, iluminando la habitación. Mi cabeza me empieza a doler un poco, mi espalda cruje.

Me levanto y voy directo al baño, me lavo la cara y me pongo un pijama limpio. Me miro al espejo y, un día más, veo ese cansancio en mis ojos, escondido entre mis ojeras. No suelo dormir bien. Pero qué importa, es un nuevo día que enfrentar. Observo que mi cabello está por recortar, pero nunca encuentro el momento o las ganas de ir al peluquero, sé que debería hacerlo pero me da pereza. Es curioso, nunca había tenido pereza de nada en mi vida hasta estos momentos.

Preparo el desayuno. Mi alrededor está sumido en el silencio a las siete y media de la mañana, una buena hora para levantarse pero no para mí, demasiado pronto. Mis manos empiezan a temblar, trato de no derramar la leche de la taza, aun así no lo consigo. Aprieto los dientes, otra vez. Llevo tiempo sintiéndome inadecuado, incapaz, y esto solo es otro recordatorio de ello. Después del desayuno, tengo que salir a correr. Y sí, la palabra correcta es “tengo” porque mi cuerpo empieza a temblar incontroladamente, me siento nervioso, con angustia, quiero llorar y no puedo estarme quieto. Correr me está sentando bien, al menos.

Me pongo los auriculares y dejo que la música me envuelva. Con ello, un montón de situaciones me vienen a la cabeza. Trabajo. Esa familia que no tengo. Esa novia que no tengo. Las explicaciones que he de dar a los que me conocen de por qué no salgo o no me rodeo de mucha gente. Mi agonía, mi tristeza. Las constantes miradas de la gente, mi incomodidad. Calculando cada conversación que debo controlar durante el día, de lo que hablaré con mis compañeros en el trabajo y cómo solucionar los problemas pendientes. Esto me deja sin aire. Pero corro más rápido. Al igual que mis pensamientos ahora, es una especie de competición absurda que aun no entiendo muy bien.

Después de diez kilómetros recorridos, un nuevo récord, mis pies empiezan a frenar, noto mi cuerpo relajado, incluso, pesado por fin. Dejo de estar inquieto, pero siento mi cabeza hirviendo, a punto de explotar. Los pensamientos fluyen más rápido: “cuando veas a tu jefe le dices que está todo controlado”, “la secretaria de la oficina necesita toda la nueva información del caso”, “debería instalarme una app de citas”, “o mejor no, soy demasiado raro”, “mucha responsabilidad”…

La ducha se vuelve tediosa con todo ese cúmulo de pensamientos. Me cuesta respirar, pero trato de sentir el agua caliente rozar todo mi cuerpo, despacio. Intento focalizar mi atención en ello, aunque mi mente tenga planeadas otras muchas cosas. Me visto, me arreglo un poco el cabello y cojo el coche para ir a trabajar. “Puede que llegues tarde, hay bastante tráfico”. Pongo los ojos en blanco, respiro hondo mientras sigo conduciendo. “Nadie te hará caso, eres un don nadie”, “no importas”. Hoy va a ser un día pesado, lo veo venir.

Los compañeros de trabajo siguen hablando entre horas, pasando información, yo continúo con lo mío, tecleando rápido y tratando de no ser el centro de atención, me gusta controlar mis emails y hacerlo todo desde ahí, ni siquiera me atrae la idea de poner mi nombre en ningún documento, no soy importante. Las horas pasan lentamente, mi mente sigue susurrando, ahora se convierten en dos fieras dominantes que quieren mantener el control. “Deberías dejar el trabajo, no te gusta nada”, “es lo único que tienes, no lo dejes o te quedarás en la calle”, “nunca valorarán tu trabajo, vas a terminar hasta los cojones”, “hay cosas mejores que podrías estar haciendo ahora mismo y mírate, eres otro esclavo de la sociedad”.

Mi cabeza está a punto de explotar, pero salgo del trabajo vivo. Esta vez, a las 19:00pm, pude salir antes. El dolor de cabeza aumenta, siento cierta niebla mental y mis manos empiezan a temblar, otra vez, mientras cojo el volante con las dos manos. Respiro hondo, tirando la cabeza hacia atrás, tratando de calmarme, nuevamente. “Nadie quiere conocerte porque eres un perdedor”. Lo sé, no es verdad. Pero estoy tan cansado que paso de responder. No importa. No todo lo que dice la mente es cierto, pero a veces, te cansas de seguir luchando y la dejas hacer. Enciendo el motor y vuelvo a casa, conduciendo con cuidado, las dos fieras siguen peleando. “Conduces muy despacio”, “así es como debes hacerlo, no sea que te casquen tres cientos euros por conducción temeraria”.

Me preparo la cena y me siento un rato delante del ordenador. Lo único que me saca de mi mente es escribir un rato. A veces, no tengo ni idea de las palabras que utilizo pero es suficiente para sacarme del hoyo, es el único momento donde no tengo esa charla constante dentro de mí. A veces, solo quiero quedarme metido en la cama y no salir, quedarme en mi refugio, no tener contacto para no perder el control, para no tener que soportar otro día más arrepentido por lo que digo o por lo que no digo, enfurruñado porque nada ha salido como esperaba y porque mi mente no se calla ni un minuto. Lo cierto es que sé que nunca lo hará.

Y llega el momento que llevo esperando durante todo el día. Me lavo los dientes, me quito los calcetines, me meto en la cama y me quedo un rato mirando el techo. Es curioso que este sea el momento que más anhelo durante el día. Y el que más odio. Es una noche más en la que no sé si dormiré tranquilo o si me despertaré en mitad de ella, horrorizado tras una pesadilla o con un ataque de nervios que acontece mientras duermo y sigo sin entender muy bien qué lo provoca.

Cada día una nueva lucha espera. Cada noche, una nueva lucha que te desvela. Nunca cambia, siempre permanece.


Constant Fight:

I open my eyes one more day. The sheets are heavy, on my naked body. I guess I’m still having a hard time getting used to it. I toss and turn in bed for a few minutes, I look at my phone a couple of times and I toss and turn again, I don’t see the moment of getting up. Another day without having a reason, but trying to find it. I sit up, after half an hour, undecided. I take a deep breath, my whole body aches. One more day. After puffing a few times, I try to get used to the light coming in through the window, the sun is out, illuminating the room. My head starts to hurt a little, my back creaks.

I get up and go straight to the bathroom, wash my face and put on clean pajamas. I look in the mirror and, one more day, I see that tiredness in my eyes, hidden between my dark circles. I don’t usually sleep well. But what does it matter, it’s a new day to face. I see that my hair needs to be trimmed, but I never find the time or the desire to go to the hairdresser, I know I should but I’m lazy. It’s funny, I had never been lazy about anything in my life until now.

I prepare my breakfast. Silence intoxicates my surroundings at seven-thirty in the morning, a good time to get up but too early for me. My hands start to shake, I try not to spill the milk out of the cup, but I still can’t. I grit my teeth, again. I’ve been feeling inadequate, incapable for a long time, and this is just another reminder of it. After breakfast, I have to go for a run. And yes, the correct words are «I have» because my body begins to shake uncontrollably, I feel nervous, anguished, I want to cry and I can’t sit still. Running is making me feel good, at least.

I put my headphones on and let the music wash over me. With this, a lot of situations come to mind. Job. That family I don’t have. That girlfriend I don’t have. The explanations that I have to give to those who know me as to why I don’t go out or surround myself with many people. My agony, my sadness. The constant stares from people, my discomfort. Calculating each conversation that I have to control during the day, what I will talk about with my colleagues at work and how to solve pending problems. This leaves me breathless. But I run faster. Just like my thoughts now, it’s some kind of absurd competition that I still don’t quite understand.

After ten kilometers covered, a new record, my feet begin to slow down, I feel my body relaxed, even heavy at last. I stop being restless, but I feel my head boiling, about to explode. Thoughts flow faster: “when you see your boss, tell him that everything is under control,” “the office secretary needs all the new information on the case,” “I should install a dating app,” “or better not, I’m too weird,” “a lot of responsibility involved…

The shower becomes tedious with all that accumulation of thoughts. It’s hard for me to breathe, but I try to feel the hot water brush all over my body, slowly. I try to focus my attention on it, even though my mind has many other things planned. I get dressed, fix my hair a bit and take the car to go to work. «You may be late, there is quite a bit of traffic.» I roll my eyes and take a deep breath as I keep driving. «No one will listen to you, you are nobody,» «you don’t matter.» Today is going to be a heavy day, I see it coming.

The coworkers keep talking between hours, passing information, I continue with my business, typing fast and trying not to be the center of attention, I like to check my emails and do everything from there, I don’t even like the idea of ​​putting my name in any document, I am not important. The hours pass slowly, my mind keeps whispering, now they become two dominant beasts that want to maintain control. «You should quit your job, you don’t like it at all,» «it’s the only thing you have, don’t quit or you’ll be living on the street,» «they’ll never value your work, you’re going to be burnt out,» «there are better things you could be doing right now and look at you, you are another slave of society.

My head is about to explode, but I get out of work alive. This time, at 7:00 p.m., I was able to leave earlier. The headache increases, I feel a certain mental fog and my hands start to shake, again, as I grab the wheel with both hands. I take a deep breath, throwing my head back, trying to calm down again. «Nobody wants to meet you because you’re a loser.» I know, it’s not true. But I’m so tired that I stop answering. It doesn’t matter. Not everything the mind says is true, but sometimes you get tired of fighting and let it go. I start the engine and go home, driving carefully, the two beasts continue to fight. “You drive too slow,” “this is how you should do it or you’ll pay an expensive fine for reckless driving,

I prepare dinner and sit for a while in front of the computer. The only thing that gets me out of my mind is writing for a while. Sometimes, I have no idea what words I use but it’s enough to pull me out of the hole, it’s the only time I don’t have that constant chatter inside my head. The mayority of the time, I just want to stay in bed and not come out, stay in my shelter, have no contact so I don’t lose control, so I don’t have to endure another day of regret for what I say or don’t say, sulking because nothing has gone as expected and because my mind does not shut up for a minute. The truth is that I know it never will.

And then comes the moment I’ve been waiting for all day long. I brush my teeth, take off my socks, get into bed and stare at the ceiling for a while. It’s funny that this is the time I’ve wanted to have during the day. And the one I hate the most. It’s one more night in which I don’t know if I’ll sleep peacefully or if I’ll wake up in the middle of it, horrified after a nightmare or with a nervous breakdown that happens while I’m sleeping and still don’t quite understand what causes it.

Every day a new fight awaits. Every night, a new fight that keeps me awake. It never changes, it always remains.