Publicado en Reflexiones

Fiel Observadora:

Al principio son amables, atentos contigo, te ayudan en todo. Te dices: «podría empezar a confiar», pero ahí es cuando también empiezas a errar. Tras sentirte en el pedestal en el que te llevan poniendo desde que entraste en ese lugar, te sientes viva, útil, que sirves para hacer el trabajo encomendado, le echas horas, tiempo, dedicación y le restas a otras cosas importantes. Por todo lo que implica. Por ellos.

Tras hablar con él, sientes que vuelas. Te hace sentir bien porque es encantador, coincide en muchas cosas contigo, casi como si las hubiera investigado, lo cual, es raro, pero quizá seas tú una desconfiada. Las conversaciones son interesantes, llevaderas, te ves capaz de relacionarte nuevamente, sonríes, formas parte de algo por fin. Mientras oyes una risa, una pregunta con doble intención y alguien te insulta de forma indirecta. Pero prefieres mirar hacia otro lado, porque ese lugar es todo lo que tienes aquí y ahora. No hay más, y más te vale no fallar.

Sigues trabajando y escuchando, no terminas de creerte que todo vaya tan bien, que te sientas tan arropada, no puede ser que recibas todo ese amor ajeno de repente y sea tan perfecto. Algo debe de ocurrir, dentro de ti lo sabes, es ese instinto que quiere protegerte, OTRA VEZ. Notas que el ambiente no es el mismo, escuchas comentarios, a veces, te hacen el vacío. Vuelves a sentirte tú contra el mundo pero no puedes decírselo a nadie, es mejor dejarlo correr. Aquí es dónde cometes el segundo error, en aguantar. Empiezan a explotarte, siguen los insultos de forma indirecta, los comentarios lascivos, e intentan meterse contigo dándote más trabajo del que deberías o en revolver lo que ya hiciste para que lo vuelvas a hacer y hagas horas extras que no van a pagarte. Pones los ojos en blanco. Otra vez, no. Por favor, piensas. Pero sí, está ocurriendo otra vez.

Respiras hondo y tratas de ocultar tus emociones, lo que sientes al fin y al cabo, no importa. Gritas por dentro, pero nadie va a escucharte y tienes que aceptarlo. Sigues adelante. Empiezan los dolores de cabeza. Denotas que quieren echarte del grupo, quieren excluirte, no encajas y eso es lo que quieren. Han empezado una campaña de difamación contra ti que ni siquiera esperabas y te pilla con los pantalones bajados. En cuanto te das cuenta de qué pasa, te han echado, estás en el banquillo. Te sientas en las escaleras y te echas a llorar. Vaya racha. Te preguntas por qué no encajas pero la única respuesta que consigues encontrar es porque no eres como ellos. Y no debes serlo.

Empezaron las palpitaciones al llegar a casa, pensabas que se te salía el corazón del pecho. Empezaron a temblarte las manos casi cada noche. Sentías que la habitación giraba a tu alrededor y que tu tripa se revolvía. Pensabas constantemente en lo tonta que habías sido por confiar en ellos, por intentar tener relaciones normales. De una joven decente que solo buscaba un trabajo estable, te encuentras con que eres una puta que solo quieres acostarte con todos los empleados solo por hablar con ellos. Frustrante. Seguías sin comprenderlo. Y se te volvía a revolver la tripa. Cada mañana la cogías como si de un bebé en el vientre se tratara, evitando las náuseas y tratando de olvidarlo dando un paseo o haciendo ejercicio hasta reventar, pero el hecho estaba en que te sentías débil, incapaz.

Quizá ellos querían que te sintieras así. Indefensa. Cohibida. Inútil. Porque en realidad, eras competitiva, trabajadora, atenta con los clientes, amable, divertida, fuerte y consciente de todo lo que ocurría. No todo el mundo ve a una persona así y le aplaude, a muchos les explota la cabeza. Es una proyección de ellos mismos, de sus inseguridades, de sus miedos, se burlan de sí mismos porque no tienen otra cosa de la que alimentarse. Perturbados que viven de causar desastres. Los que tú no provocas. Respiraste hondo, ¿verdad? Y seguiste adelante. Buscaste otro trabajo como loca, aún con lágrimas en los ojos y heridas abiertas. Lo conseguiste porque, ahí estás tú, luchando de nuevo. Como fiel observadora.


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As a Faithful Observer:

At first they are kind, attentive to you, they help you in everything. You tell yourself, «I could start to trust,» but that’s when you also start to make mistakes. After feeling on the pedestal on which you have been put since you entered that place, you feel alive, useful, that you serve to do the work entrusted, you throw hours, time, dedication and subtract from other important things. For all that it implies. For them.

After talking to him, you feel like you’re flying. It makes you feel good because he is charming, he coincides in many things with you, almost as if he had investigated them, which is rare, but maybe you are a distrustful person. Conversations are interesting, bearable, you see yourself able to relate again, you smile, you are part of something at last. While you hear a laugh, a question with double intent and someone insults you indirectly. But you prefer to look the other way, because that place is all you have here and now. There is no more, and you better not fail.

You keep working and listening, you do not finish believing that everything is going so well, that you feel so wrapped up, it cannot be that you receive all that love from others suddenly and it is so perfect. Something must happen, inside you know it, it is that instinct that wants to protect you, AGAIN. You notice that the atmosphere is not the same, you hear comments, sometimes, they start to ignore you. You feel yourself against the world again but you can’t tell anyone, it’s better to let it run. This is where you make the second mistake, in holding on. They start exploiting you, they continue with the indirect insults, the lewd comments, and they try to mess with you by giving you more work than you should or in stirring up what you already did so that you do it again and do overtime that they are not going to pay you. You roll your eyes. Again, no. Please, you think. But yes, it’s happening again.

You take a deep breath and try to hide your emotions, what you feel after all, it doesn’t matter. You scream inside, but no one is going to listen to you and you have to accept it. You keep going. Headaches begin. You denote that they want to kick you out of the group, they want to exclude you, you don’t fit in and that’s what they want. They have started a smear campaign against you that you didn’t even expect and it caught you up with your pants down. As soon as you realize what’s wrong, you’ve been kicked out, you’re on the bench. You sit on the stairs and burst into tears. What a mess. You wonder why you don’t fit in but the only answer you can find is because you’re not like them. And you shouldn’t be.

The palpitations started when you got home, you thought your heart was coming out of your chest. Your hands began to shake almost every night. You felt like the room was spinning around you and your gut was really upset. You constantly thought about how silly you had been for trusting them, for trying to have normal relationships. From a decent young woman who was just looking for a steady job, you find that you are a whore who just wants to sleep with all the employees just for talking to them. Frustrating. You still didn’t understand it. And your gut was upset again. Every morning you took it as if it were a baby in the womb, avoiding nausea and trying to forget it by taking a walk or exercising until it burst, but the fact was that you felt weak, incapable.

Maybe they wanted you to feel that way. Helpless. Self-conscious. Useless. Because in reality, you were competitive, hardworking, attentive to customers, kind, funny, strong and aware of everything that happened. Not everyone sees such a person and applauds him, many have their heads exploded. It is a projection of themselves, of their insecurities, of their fears, they make fun of themselves because they have nothing else to feed on. Disturbed who live by causing disasters. The ones you don’t provoke. You took a deep breath, right? And you kept going. You looked for another job like crazy, still with tears in your eyes and open wounds. You got it because, there you are, fighting again. As a faithful observer.


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Publicado en Relatos

Todo en su Lugar:

Se había movido. Alguien había movido el jarrón del centro de la mesa. Empezó a sentirse nervioso, inquieto. Trató de seguir andando, las bolsas del supermercado le pesaban y no podía estar mucho tiempo de pie con ellas en las manos, observando el jarrón. Mientras sacaba la comida de las bolsas para ordenarla en la cocina, algo en su mente se activó para recordarle que el jarrón no estaba en su sitio. Quiso olvidarlo con todas sus fuerzas, pero no lo consiguió y tuvo que ir al salón. Primero cogió el metro que tenía guardado en el tercer cajón del mueble de la sala de estar y midió el espacio que tenía entre el jarrón y el borde para ponerlo exactamente igual a cómo estaba, ni un centímetro más ni uno menos, tenía que estar en su sitio.

Una sensación de tranquilidad le invadió tras recolocar el objeto, lo miró de lejos y pudo confirmar que así era, ya no le molestaba a la vista, estaba perfecto. Así que, podía volver a la cocina a organizar la comida. Todo debía estar dentro de las cajas que tenía dentro de la nevera, organizado por colores y en orden alfabético, como lo había hecho con todos sus libros de texto de su habitación y con las novelas que tenía en la estantería del pasillo, todo debía tener ese orden específico en su casa. Abrió y cerró la nevera tres veces para decirse que ya había terminado de colocarlo todo, si no lo hacía se ponía nervioso.

Subió a su cuarto a cambiarse de ropa. Cada prenda la dejaba meticulosamente doblada sobre la cama, luego la colocaba en el cajón que le pertenecía según el color y el tejido. A veces, creía que era un robot pero no podía evitar sentirse relajado cuando lo organizaba todo con esa pulcritud, es más, había recordado que no se había lavado las manos al entrar a casa tras salir a comprar. Podría tener gérmenes de otras personas. Y había tocado su ropa con ellos. También tenía que lavarla. Cogió toda la ropa de ese cajón y la echó a la lavadora, hasta que no empezó a lavarse no conseguía dejar de pensar en ello. Fue corriendo al lavabo para lavarse las manos con jabón, bastante. Siempre lo hacía dos veces, se sentía más seguro. Una sonrisa se dibujó en su cara, estaba limpio.

Bajó al salón a ver la televisión. Se sentó erguido, no le gustaba moverse mucho y tampoco sentir como si cayera dentro del sofá, le inquietaba y se sentía incómodo. Estuvo cambiando canales hasta que encontró el programa que hacían justo a las seis de la tarde, el canal Ciencia que no se perdía por nada del mundo, todos los días debía estar allí para verlo. Parecía hipnotizado, eclipsado por lo que ocurría en la pantalla, hasta que uno de los cristales del salón se rompió. Se giró bruscamente y vio que había caído una piedra dentro de casa desde fuera y que los niños habían estado jugando fuera con ella. Se levantó del sofá mirando la piedra y mirando a los niños que le observaban acercándose cada vez más a la casa. El ojo izquierdo le empezó a temblar, el labio inferior le temblaba también y notaba que el corazón empezaba a palpitarle rápido. Le habían roto el cristal. Y esa piedra estaba llena de barro, había dejado un pequeño camino por la parte derecha de su sofá… Tenía que limpiarlo. Ahora mismo.

Pero el timbre le interrumpió. Su cuerpo empezó a temblar un poco más, le castañeaban los dientes. ¿Quién le molestaba a las seis y diez de la tarde? Se estaba perdiendo el canal Ciencia. Abrió la puerta con fiereza. Los tres niños que habían tirado la piedra y le habían roto el cristal, venían a disculparse. Pero a Greg siguió sin gustarle. Aquello le había interrumpido su tarde de televisión y no podía tolerarlo. Los niños querían ayudarle a arreglarlo, pero él había dejado de oírles. Había cogido la piedra y les pegó con ella, varias veces. Solo quería oír la televisión. Y limpiar el sofá. Y arreglar el cristal. Y lavarse las manos. Por fin se callaron. Se dio cuenta de que la sangre salía de sus pequeños cuerpos, algo que le hizo expirar aliviado porque no volvería a oír más voces en su casa. Pero debía darse prisa o la sangre mancharía la alfombra. La ansiedad empezó de nuevo a aparecer, aumentando cada vez más.


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Everything in its Place:

It had been moved. Someone had moved the vase from the center of the table. He began to feel nervous, restless. He tried to keep walking, the bags in the supermarket weighed on him and he couldn’t stand long with them in his hands, watching the vase. As he took the food out of the bags to sort it out in the kitchen, something in his mind was activated to remind him that the vase was not in place. He wanted to forget it with all his might, but he didn’t get it and had to go to the living room. First he took the meter he had stored in the third drawer of the furniture in the living room and measured the space he had between the vase and the edge to put it exactly as it was, not one centimeter more or one less, it had to be in place.

A sense of tranquility invaded him after repositioning the object, he looked at it from afar and could confirm that it was, it no longer bothered his eyes, it was perfect. So, he could go back to the kitchen to organize the food. Everything had to be inside the boxes he had inside the fridge, organized by colors and in alphabetical order, as he had done with all his textbooks in his room and with the novels he had on the shelf in the hallway, everything had to have that specific order in his house. He opened and closed the fridge three times to tell himself that he had finished putting everything on, if he didn’t he would get nervous.

He went up to his room to change his clothes. Each garment was meticulously folded on the bed, then placed in the drawer that belonged to it according to the color and fabric. Sometimes, he thought he was a robot but he couldn’t help but feel relaxed when he organized everything with that neatness, moreover, he had remembered that he had not washed his hands when entering the house after going out to buy the food. He could have germs from other people. And he had touched his clothes with them. He also had to wash them. He took all the clothes from that drawer and threw them into the washing machine, until it started washing he couldn’t stop thinking about it. He ran to the sink to wash his hands with soap, quite a lot. He always did it twice, he felt safer. A smile was drawn on his face, he was clean.

He went down to the living room to watch TV. He sat upright, didn’t like to move around much, and he didn’t like to feel like he was falling on the couch, he was uneasy and uncomfortable. He was changing channels until he found the program he liked just at six in the afternoon, the Science channel that he was not miss for anything in the world, every day he had to be there to see it. He looked mesmerized, overshadowed by what was happening on the screen, until one of the windows in the living room broke. He turned sharply and saw that a stone had fallen inside the house from outside and that the children had been playing outside with it. He got up from the sofa looking at the stone and looking at the children who watched him getting closer and closer to the house. His left eye began to tremble, his lower lip was also shaking and he noticed that his heart was beginning to beat fast. His glass had been broken. And that stone was full of mud, it had left a small path on the right side of his sofa… He had to clean it up. Right now.

But the doorbell interrupted him. His body began to tremble a little more, his teeth were browning. Who bothered him at six and ten in the afternoon? He was missing the Cience channel. He opened the door fiercely. The three children who had thrown the stone and broken the glass, came to apologize. But Greg still didn’t like it. That had interrupted his television afternoon and he could not tolerate it. The children wanted to help him fix it, but he had stopped listening to them. He had taken the stone and hit them with it, several times. He just wanted to hear the TV. And clean the sofa. And fix the glass. And wash his hands. They finally shut up. He noticed that blood was coming out of their small bodies, something that made him expire relieved that he would not hear more voices in his house. But he had to hurry up or blood would stain the carpet. Anxiety started again, rising.


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Publicado en Personajes

Anette: La Prisionera

Relato procedente: «La Prisionera«. Edad: 25 años.

Ciudad: Virginia. Profesión: Estudiante.

Descripción física:

Mi cabello es castaño oscuro, ondulado, me llega hasta los hombros, suave y sedoso, tanto que me pasaría horas tocándolo sin razón. Mis ojos son del mismo color que el cabello, penetrantes y sinceros. Mi tez está algo bronceada pero, por lo general, suele ser pálida. Mi delgadez, a veces, ha causado cierta sensación pero para mí siempre ha sido normal pesar unos 43 kilos, toda la ropa me viene al dedillo aunque es una faena tener que encontrar la talla XS, es la que primero se agota en las tiendas. Suelo vestir con camisetas de cualquier color, vaqueros y converse, nunca me he preocupado mucho por la moda.

Descripción de la personalidad:

Me dicen que soy introvertida e insegura, a veces. Dulce, algo complaciente y que no puede recibir un «no» por respuesta, soy persistente y perseverante. Suelen decir que soy simpática en cuanto cojo confianza pero, por lo general, soy bastante seria, suelo estar en mis cosas, tiendo a desconcentrarme con facilidad y soy un tanto despistada, pero me gusta ser organizada y ocuparme yo de mis cosas, otros no sabrían hacerlo igual y eso no me da sensación de control. Supongo que soy algo más fuerte de lo que aparento y no me gusta mostrarme como soy a diario, me gusta mostrar una cara diferente a la que todos les guste, me incomodan las críticas y soy una innegable fan de Doctor Who.

Una infancia severa:

Mis padres estaban decididos a tener a una hija perfecta, por lo que, se esmeraron para que lo fuera. Tenía horarios para todo, mi madre era extremadamente ordenada, casi podría haberse hecho pasar por obsesiva-compulsiva aunque no me gusta utilizar trastornos para definir a alguien que solo era exigente. No podía salir si no hacía los deberes, no podía ser yo misma por qué podrían decir los demás, no debía levantar la voz por si los vecinos sabían qué hablábamos, no debía ir al colegio sin el uniforme si no quería que hablaran mal de mí y tenía que estar en casa siempre a la misma hora, a veces, era agotador.

Quizá penséis que mi padre era diferente, pero nada más lejos de la realidad. Ambos se complementaban muy bien, demasiado. Observaban si me sentaba bien en la mesa, si me iba a acostar a las diez en punto, si tomaba demasiado azúcar, si enchufaba la televisión, si comía de más o a la hora en la que volvía del colegio. Vivía tensa, siempre corría y debía traer siempre buenas notas, preguntar a otros qué habían sacado y tratar de mejorarles porque así es como debía uno ser para mejorar. Yo no lo entendía pero me obligaba a hacerlo, no había otra alternativa.

Una adolescencia de sobreprotección:

Si iba a los bailes, no les gustaba. Solo de pensarlo, ya hacían mala cara, querían que pasara el mayor tiempo posible en casa, con ellos. No podía hacer nada sin que ellos se enteraran, era muy agobiante pero seguían sin darse cuenta, seguían y seguían empecinados en observar mis pasos. Tuve un par de novios y tuve que dejarlos, controlaban mi vida con ellos y empezaron a controlar también la de ellos, sabían sus horarios, de repente, conocían a sus padres y ya les habían avisado de que no podían tocarme a no ser que fuera necesario. Ambos se asustaron, así que, les alejé, no era bueno que se envolvieran de ese ambiente tan tóxico.

Me volví un tanto depresiva, empecé a ponerme los auriculares con la música bien alta, a fumar marihuana dos calles más abajo cuando oía que se acostaban, me saltaba clases y me morreaba con chicos al azar a las horas de recreo, me vestía un poco más provocativa y en casa dejé de hablar, solo decía lo justo y cuando abría la boca lo hacía de una manera cortante, sencilla y sin dar importancia a nada que se dijese, cumplía los horarios y solamente soñaba con el día en que saldría de ese infierno.

Represión y prisión:

Conforme pasaban los años, empezaba a notarme más y más presionada. Sentía que no podía respirar pero yo seguía obligándome a seguir, quería salir de aquella casa. Bachillerato me fue bastante bien, estudié días y días, noches enteras para conseguir la nota que me pedían y conseguí entrar en la Universidad. Querían que estudiase para abogada, periodismo, administración o empresariales, pero no me interesaba nada de eso, quería matricularme en algo que tuviera que ver conmigo. Me apunté a Artes sin decírselo a ellos, durante toda la carrera creyeron que estaba en Periodismo y que pensaba meterme en Derecho también, pero no lo hice. Evitaba que vinieran al campus y trataba de no pasar muchos fines de semana en su casa, eso era lo más próximo a la libertad que podía obtener.

Pasaba un año y otro y otro. Las cosas iban bien pero mis emociones se iban colapsando. Cada vez me sentía más irritable, enfadada, intensa, con pensamientos acelerados, cada vez más negativa… tanto que empecé a verme en una cárcel. Era tan real, que no pude sino, quedarme allí. Aunque, siendo sincera, me daba la sensación de que no podía salir, bajo ningún concepto. Me metí en peleas, notaba cada puñetazo como si fuera real, cada insulto me afectaba como los primeros que me dijeron en edades tempranas y cada vez que cerraban la celda era como estar en casa de mis padres, como si jamás me hubiese ido. Ahí me di cuenta de que no estaba preparada para salir, tenía miedo de volver.

Cárcel mental:

En la realidad, me había quedado sentada en la cama, como hipnotizada, metida en mi propia mente, sin poder moverme, supongo que estuve así durante unos minutos porque mi compañera de cuarto no me vio en este estado y jamás se lo conté. Allí, parecieron años, estaba cansada, me dolían los pies, tenía hematomas por el cuerpo y una sequedad en la boca increíble y obligada a ir al psicólogo. Me llevé tantas palizas sin razón que no las podría haber contado, pero si las sentí como si hubieran ocurrido, como si de verdad estuviera encerrada y como si no quisiera salir, como si me lo mereciera. ¿Acaso creía que debía castigarme a mí misma? ¿Por qué?

Ese psicólogo imaginario al que vi, moreno de ojos azules, guapo, sexy y con un cuerpo de diez, me dijo que no había transmutado mis emociones, que estaba colapsada y que necesitaba decidir, tenía que saber qué hacer con mi vida. Tenía miedo, creo que eso era todo. Era mi último año y mis padres seguían creyendo que yo había hecho otra carrera, me habían pagado algo que no creían que me fuera a servir, es más, me hubiesen obligado a cancelar la matrícula porque no me iba a servir para nada y si se enteraban de lo que había hecho (que se iban a enterar el día de la graduación), me iban a matar. No volverían a hablarme. Pero allí, en aquella cama mugrienta y con ese dolor de pies, me empecé a preguntar si no sería mejor que no lo hicieran, que dejaran de considerarme su hija para poder liberarme de las cadenas que me aprisionaban.

Ya entendía lo que debía hacer. Respirar hondo y aceptar lo que había hecho, solo tenía que esperar a que aquello explotara solo, sin prisa porque, de todas maneras, iban a enterarse y yo no podría hacer nada para evitarlo, fue mi decisión. Esa celda me sirvió para hacerme más fuerte, para recluirme y poder pensar con claridad, para pensar en mi seguridad en vez de pensar en los demás, para tratar de quitarme a la gorda de Nancy de encima aprendiendo a pelear por lo que merecía que era la libertad que de niña no había tenido, solo había estado sobreviviendo a su infierno y a su locura. Y, por fin, volví en mí al comprenderlo. Era mi primer día del último año. Ignoré la llamada de mi madre, dejé el teléfono sobre la mesilla de noche y me dirigí hacia la puerta con los libros bajo el brazo, ¡me sentía orgullosa por fin!

Un futuro sin papá y mamá:

De alguna forma, ya iba asimilando lo que iba a suceder y dejaba de preguntarme qué ocurriría, si sería tan malo como lo imaginaba y sabía que sí, aquello se lo tomarían como una traición pero no podía estar estresada y preocupada por esto en mi último año, tenía que disfrutarlo, así que, ese sería el futuro que me esperaba. Tarde o temprano, mis padres dejarían de estar cerca, lo sabía y debía de hacerme a la idea, no iba a ocurrir de la mejor manera pero sí de la más eficaz, de alguna forma, lo supe en mi interior cuando me matriculé, sabía que les molestaría cuando no vieran «Periodismo» en el título del Grado, sino «Artes», no podía si no sonreír.

He comprendido que ese miedo y esa ansiedad, ese aislamiento mental que necesitaba experimentar, ocurrió porque mis padres habían tenido una gran influencia en mí durante toda mi vida, ellos habían formado cada engranaje y estaban presentes cada día, en cada llamada, nunca había sabido qué era vivir sin ellos y eso me aterraba. Pero he sabido que no pasará nada porque sé cuidarme sola, lo he hecho después de cada discusión, de cada grito sin razón, de cada cosa obligada que debía hacer, de cada horario absurdo que cumplir, de cada bofetada cuando no hacía algo bien. Sabía que ellos debían irse.


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Publicado en Recomendaciones

Comentando libro «Rebeldes» – Susan E. Hinton:

«Rebeldes» es una de las primeras novelas que en los tiempos actuales trata sin tapujos la cuestión de la delincuencia juvenil. Escrita cuando la autora contaba tan sólo dieciséis años y llevada al cine por Francis Ford Coppola, relata la aventura en que se ven envueltos un par de adolescentes de los suburbios de Nueva York a causa de la enemistad entre bandas.

A raíz de una pelea cuyos motivos haría que detectar en las diferencias sociales y económicas, Ponyboy y Johnny tienen que huir sin ser verdaderamente culpables.

Este libro llegó a mis manos de improviso, de hecho, me lo recomendaron y, al ser cortito, no parecía nada denso y al hablar sobre delincuencia juvenil, me dije: «¿por qué no intercalar este libro entre los que tenía en mente? Solo son 192 páginas». Lo hice y, hasta hoy no me arrepiento porque podría decir que se ha convertido en uno de mis favoritos. Hicieron una película basada en este libro en el ’96 donde escenificaban cada momento del libro, además de encontrarme con que Tom Cruise estaba entre los actores, recordé lo joven que era y pude ver desde dónde empezó y me ha hecho incluso sentirme un poco más ligada a la historia de cierta manera.

En el libro se diferencia a las bandas. Los «socs» son los niños ricos y con dinero que llevan ropa cara y conducen buenos coches. Los «greasers» son chicos de cabello largo que siempre se meten en problemas, son pobres, gamberros y les encanta meterse en peleas. No hay termino medio, al menos, no en esta historia. El joven de 14 años Ponyboy nos abre las puertas de lo que ocurrió en cierto momento de su vida a través del papel, la cual, más adelante, se termina convirtiendo en una redacción para el colegio, la que llevaba tanto tiempo retrasando. Sodapop es el hermano mediano con el que Ponyboy se lleva tan bien y Darry el hermano mayor de ambos, el que trabaja horas y horas para que los tres puedan comer y permitirse tener un techo. El chico nos presenta también al resto de chicos de la banda y algunas chicas socs que conocieron en un cine, la autora te mete tanto en la historia que te ves envuelta en su mundo y ambiente, raramente te permites escapar.

La historia es bastante dura. De hecho, la historia de cada uno de ellos lo es. Algunos de esos chicos son maltratados en sus casas y se pasan noches frías durmiendo en la calle, como Johnny, uno de los personajes que más me ha atraído. Te cuenta cómo han sentido las peleas, los problemas familiares, cómo de unidos se sienten entre ellos y cómo se ayudan cuando se necesitan. Son jóvenes, muy jóvenes, pero llevan navajas para defenderse, tienen que hacerlo si no quieren morir ahogados en una fuente a manos de un «soc», cuando lo único que quieren es irse a un lugar donde no sean diferenciados por «socs» o por «greasers». La muerte de un chico a manos de Johnny hace que toda la historia vaya teniendo una trayectoria y un ritmo más intenso y singular, cómo Ponyboy se escapa con él para apoyarle y no dejarle solo muestra esa lealtad que no muchos poseen. Dallas, uno de sus colegas más cercanos y leales, tampoco les deja tirados, les da una pistola, comida y una de sus reflexiones de chaval que ha estado en la cárcel varias veces.

Susan E. Hinton nos muestra a Darry como un chico que ha hecho el papel de padre y madre a la vez con sus hermanos, es el protector, el que les suelta la bronca cuando se saltan los horarios o no hacen lo que les ha dicho. Nunca muestra sus sentimientos y menos hacia Ponyboy, lo cual, hace que se sienta inferior y crea que su hermano mayor no le quiere. Verse en el hospital, después de una explosión en la iglesia (que no voy a contar porque fastidiaría el libro), vemos a ese Darry realmente preocupado, mostrando lo que realmente siente por su hermano y no es nada de lo que Ponyboy se imaginaba, vemos a alguien que no quiere perder a nadie más y está aterrado con solo pensarlo. Y esto es algo buenísimo de este libro y es que puedes ver las entrañas de cada personaje, desde los momentos donde se hace el fuerte hasta donde se ve realmente vulnerable y tal cual es.

Creo que muestra realidades muy crudas, intensas y que puede que no mucha gente comente. La delincuencia juvenil se suele dar en zonas donde hay pobreza y una gran rivalidad entre bandas, es algo aprendido y que llevan generaciones pasando, viven esa vida sin tener más opciones, sin saber si quiera si hay salidas, tan solo saben dónde dormirán esta noche y si será sobre una cama o sobre el suelo. Me ha hecho llorar, en muchas ocasiones, sobre todo, porque la autora tiene esa capacidad de meterse dentro de ti al mostrarte una situación que se ve simple, pero también difícil y angustiosa, te invita a empatizar con ellos, con lo que sufren cada día y nos deja ver que el estar unidos es el único medio que tienen para sobrevivir.

Dejo por aquí el tráiler de la película, es muy antigua pero sucede exactamente lo mismo que en el libro (está en inglés, no he podido conseguirlo en español o subtitulado). Espero que decidáis leerlo 🙂


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Commenting «The Outsiders» book Written by Susan E. Hinton:

«Rebels» is one of the first novels that in current times deals openly with the issue of juvenile delinquency. Written when the author was only sixteen years old and taken to the cinema by Francis Ford Coppola, it tells the adventure in which a couple of teenagers from the suburbs of New York are involved because of the enmity between gangs.

In the wake of a fight whose motives would have to be detected in social and economic differences, Ponyboy and Johnny have to flee without being truly guilty.

This book came into my hands unexpectedly, in fact, it was a recommendation and, being short, it didn’t seem like anything dense and it talks about juvenile delinquency, I said to myself: «Why not intersperse this book among those I had in mind? It’s only 192 pages.» I did it and, to this day I don’t regret it because I could say that it has become one of my favorites. They made a movie based on this book in 96th where they staged every moment of the book, in addition to finding that Tom Cruise was among the actors, I remembered how young he was and I could see where he started from and it has even made me feel a little more linked to the story in a certain way.

In the book the bands are differentiated. The «socs» are the money-rich kids who wear expensive clothes and drive good cars. «Greasers» are long-haired guys who always get into trouble, are poor, hooligans and love to get into fights. There is no middle ground, at least, not in this story. The 14-year-old Ponyboy opens the doors of what happened at a certain point in his life through paper, which, later, ends up becoming an essay for the school, which had been delayed for so long. Sodapop is the middle brother that Ponyboy gets along with so well and Darry the older brother of both, the one who works hours and hours so that the three of them can eat and afford to have a roof. The boy also introduces us to the rest of the boys in the band and some «socs» girls they met in a cinema, the author gets you so into the story that you are involved in their world and environment, you rarely allow yourself to escape from it.

The story is pretty tough. In fact, the story of each of them is. Some of those guys are mistreated in their homes and spend cold nights sleeping on the street, like Johnny, one of the characters that has attracted me the most. The author tells you how they have felt the fights, the family problems, how close they feel to each other and how they help each other when they are needed. They are young, very young, but they carry knives to defend themselves, they have to do it if they do not want to drown in a fountain at the hands of a «soc», when all they want is to go to a place where they are not differentiated by «socs» or by «greasers». The death of a boy at the hands of Johnny makes the whole story have a trajectory and a more intense and unique rhythm, how Ponyboy escapes with him to support him and not leave him alone shows that loyalty that not many possess. Dallas, one of his closest and most loyal friends they have, also does not leave them lying down, he gives them a gun, food and one of his reflections as a someone who has been in jail several times.

Susan E. Hinton shows us Darry as a boy who has played the role of father and mother at the same time with his brothers, is the protector, the one who releases the anger when they skip the schedules or do not do what he has told them. He never shows his feelings and less towards Ponyboy, which makes him feel inferior and believe that his older brother does not love him. Seeing himself in the hospital, after an explosion in the church (which I will not tell you because I would discover the main story in the book), we see that really worried Darry, showing how he really feels about his brother and it’s nothing Ponyboy imagined, we see someone who doesn’t want to lose anyone else and is terrified just thinking about it. And this is a great thing about this book, you can see the bowels of each character, from the moments where they pretend to be strong to where they look really vulnerable and as they are.

I think it shows a very raw, intense realities that may not be many people commenting on. Juvenile delinquency usually occurs in areas where there is poverty and a great rivalry between gangs, it is something learned and that they have been going through for generations, they live that life without having more options, without even knowing if they have a way out, they only know where they will sleep tonight and if it will be on a bed or on the floor. It has made me cry, on many occasions, especially because the author has that ability to get inside you by showing you a situation that looks simple, but also difficult and distressing, invites you to empathize with them, with what they suffer every day and lets us see that being united is the only way they have to survive.

I left on the spanish version the trailer of the film, it is very old but it happens exactly the same as in the book (it is in English, I have not been able to get it in Spanish or subtitled). I hope you decide to read it, finally 🙂


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Publicado en Reflexiones

Prisionera:

Te despertaste una vez más, confusa, adormilada y un tanto molesta por el ruido. Notabas tus ojos un poco apretados, como si todavía tuvieras sueño o como si no hubieras dormido en toda la noche. Te das cuenta de dónde estás. Piensas qué pudiste hacer tan horrible como para que vivas entre barrotes, sin intimidad y con una compañera a la que el aliento le huele a rata de alcantarilla. Miras a tu alrededor, resoplas y te levantas. No es la primera vez que sobrevives a algo así, esto no es nada comparado con lo que pasaste. Sigues repitiéndote que no es nada.

Esperas a que abran las jaulas para salir a comer esa especie de comida que sirven, parece echa de hormigón. Tratas de disimular tu incomodidad, tu psicóloga cree que te estás adaptando pero esta es otra pesadilla de la que te gustaría despertar ya mismo, sin descansos. Eres una más, no eres nada especial, nadie especial. Eso es lo que te dices para no llamar la atención, no quieres que se fijen en ti y vean tu vulnerabilidad, no podrías con ello. Sales de la jaula con la barbilla bien alta, con pinta de chula y con los ojos puestos en cada reclusa de aquel antro, no quieres que sospechen, así estarás segura. Porque nadie va a buscarte, y lo sabes, ¿verdad?

Bajas a desayunar. Miras a tu alrededor con la bandeja de comida entre tus manos, eligiendo el sitio más aislado en el que comer pero no lo suficiente para que no crean que escapas de alguien, algo o crean que estás asustada, vives en constante alerta. Respiras hondo y escoges la mesa de tu compañera, aunque hoy no hace cara de buenos amigos, pero recuerda no comentárselo si no quieres que te hunda en una pared con esa fuerza bruta que tiene. Os miráis. Oyes una palabra. Solo una, que procede de su boca: «puta», mientras empiezas a recordar qué narices le hiciste para que te diga eso. Pero no te da tiempo, se abalanza sobre ti como una fiera, sin pestañear, sin dudarlo, mientras tu forcejeas debajo de ella para que te deje libre. Hay momentos que se nublan a tu alrededor y empiezas a ver a tus padres recogiéndote en la Universidad antes de las vacaciones de Navidad, es como un disco rallado que no puedes escuchar bien porque hay alguien que no te deja. ¿O es ese alguien quién lo está provocando? ¿O es la pelea en sí?

Los recuerdos llegan como latigazos. Te volviste prisionera de ti, de tus pensamientos, de las presiones, de la perfección. Eras una reclusa de tus propias emociones, de tus posibles debilidades y tus inseguridades te aprisionaban el cuello, justo como Nancy hacía contigo en ese momento. No pudiste hacer otra cosa que no fuera escapar, escapar de todo, recluirte en tu prisión mental, comer esa basura de comida y caminar como un zombie por los pasillos para poder seguir adelante, para protegerte de ti misma. Todo daba vueltas, mientras te resistías a volver, mientras no te permitías olvidar, volver a sentirte, a tenerte presente y saber qué necesitabas. Cuanto más lo bloqueabas, Nancy apretaba más y más sus manos en tu cuello, tu cara tenía un color azulado, te quedabas sin oxígeno y no creías durar mucho tiempo más.

Pero algo en tu interior se sacudió. Fue algo que nunca antes sentiste, algo desconocido que venía con energía, volvía la superviviente con fuerza. Abriste los ojos y, a pesar de lo ahogada que te sentías, le diste dos puñetazos en los costados a la monstruosa Nancy, su culo pesaba más que su barriga, pero conseguiste que te soltara y echarla a un lado, a la vez que entraba aire en tus pulmones otra vez. Sonreíste. Supiste que ese era el momento. El momento de volver. Dejaste tu prisión y volviste a despertar. Esta vez, en tu último año de Universidad. No podías llegar tarde en tu primer día, ¿verdad?


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Prisoned:

You woke up once again, confused, sleepy and somewhat annoyed by the noise. You noticed your eyes a little tight, as if you were still sleepy or as if you hadn’t slept all night. You realize where you are. You think about what you could do so horrible that you live between bars, without intimacy and with a companion whose breath smells like a sewer rat. You look around, snort and get up. It’s not the first time you’ve survived something like this, this is nothing compared to what you went through. You keep repeating to yourself that it’s nothing.

You wait for the cages to open to go out and eat that kind of food they serve, it seems to be concrete. You try to hide your discomfort, your psychologist thinks you are adapting but this is another nightmare from which you would like to wake up right now, without breaks. You are one more, you are nothing special, no one special. That’s what you tell yourself so as not to attract attention, you don’t want them to look at you and see your vulnerability, you couldn’t do it. You leave the cage with your chin held high, looking cool and with your eyes on each inmate of that den, you do not want them to suspect, so you will be safe. Because no one is going to look for you, and you know it, right?

You go down for breakfast. You look around with the tray of food in your hands, choosing the most isolated place to eat but not enough so that they do not believe that you escape from someone, something or believe that you are scared, you live in constant alert. You take a deep breath and choose your partner’s table, although today she does not make the face of good friends, but remember not to tell her if you do not want her to sink you into a wall with that brute force she has. You look at each other. You hear a word. Just one, which comes from her mouth: «whore», while you begin to remember what the hell you made her to tell you that. But she does not give you time, she pounces on you like a beast, without blinking, without hesitation, while you struggle under her to leave you free. There are moments that get cloudy around you and you start to see your parents picking you up at the University before the Christmas holidays, it’s like a grated remember that you can’t listen too well because there’s someone who won’t let you. Or is that someone who is provoking it? Or is it the fight itself?

Memories come like lashes. You became a prisoner of yourself, of your thoughts, of pressures, of perfection. You were a recluse of your own emotions, your possible weaknesses and your insecurities imprisoned your neck, just as Nancy did with you at that time. You couldn’t do anything other than escape, escape from it all, seclude yourself in your mental prison, eat that food junk, and walk like a zombie through the halls so you can move on, to protect yourself. Everything went around, while you resisted coming back, while you did not allow yourself to forget, to feel again, to keep yourself in mind and know what you needed. The more you blocked it, Nancy squeezed her hands more and more on your neck, your face was bluish, you ran out of oxygen, and you didn’t think it would last much longer.

But something inside you shook. It was something you never felt before, something unknown that came with energy, the survivor came back strongly. You opened your eyes and, as choked as you felt, you punched the monstrous Nancy twice in the sides. her ass weighed more than her belly, but you got her to let go and push her aside, while air entered your lungs again. You smiled. You knew that was the time. The time to go back. You left your prison and woke up again. This time, in your last year of university. You couldn’t be late on your first day, right?


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Publicado en Relatos

Sobre el Agua:

Lo dejé con respeto sobre la superficie y yació allí, sin más. Aprendí a no pensar en ello, a dejar que el tiempo pasara, a entenderlo y transmutarlo, resguardado del frío y silenciado. Nadie podría decir nada si no lo sabía, a nadie le daría lástima, no sería una víctima, actuaría como si no hubiera pasado y, entre las sábanas, haría lo posible por reconciliarme con ello. Y así, sin más lo hice.

Fue como escribir en un papel en blanco y posarlo sobre el agua, con delicadeza, lentamente, sin ímpetu, soltándolo poco a poco, con cuidado. Nadie lo escucharía caer, porque era agua y nadie la oiría si no prestaban atención. Las palabras no se mojaron, el papel solo se humedeció. Había poca luz allí, en esa zona. Solo iluminaba la superficie, para que el papel respirara, para que las palabras no se olvidaran y no pasar otro día pretendiendo que no había pasado.

Cada año que pasaba, era algo más sencillo. Le escribía una carta que jamás le enviaba, pero que se quedaba conmigo. Quería hacer las paces, quería que me escuchara y supiera que no le había olvidado, aunque todos lo hubieran hecho, aunque dijeran en voz alta que no había existido. No quería crear un vacío, así que, seguía hacia adelante, sin hablar de ello, ya no hacía falta. Sabía que nadie lo entendería. Aquello se había vuelto intocable, no dejaba a nadie que observara ese papel, que reviviera emociones que había acallado, que había entendido pero que prefería dejar atrás para mirar hacia adelante. El tiempo lo cura todo, pero la memoria siempre está presente.

Cada año, ese mismo día, hacía un homenaje, como un cumpleaños, nunca como una tragedia. Le daba las gracias por lo que había aprendido, le contaba que había estado haciendo y le hacía sentir partícipe por un día de mi vida. Quizá debiera de hacerlo más pero no tenía demasiado tiempo, trataba de que ese día no se me olvidara, quería de alguna manera, que fuera especial. No para llorarle, tampoco para sentir lástima por mí o por él, ni mucho menos, por hacer de esa situación un drama. Lo único que quería con ello era sanarlo, así era como iba a salir de ello. SOLA.

Identifiqué cada emoción, me acompañé en el proceso y decidí no olvidarlo. Por ello, permanecía en la superficie del agua, a veces, la oía chapotear, otras la escuchaba moverse tranquila y, muchas otras, como si jamás hubiera estado ahí. Intensa pero, a la vez, solitaria, respetando un papel, una situación sobre ella que valoraba y, a la vez, amaba. Sin objeciones. Sin tristeza. Surrealista. Pero nunca angustiosa. Así es como un trauma se transmuta. Con respeto. Sobre el agua.


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Above the Water:

I respectfully left it on the surface and it lays there, without further ado. I learned not to think about it, to let time pass, to understand and transmute it, sheltered from the cold and silenced. No one could say anything if they didn’t know, no one would feel sorry, I wouldn’t be a victim, I would act like it didn’t happen, and I would do my best to reconcile with it. And so, without further ado, I did.

It was like writing on a blank piece of paper and posing it on the water, delicately, slowly, without impetus, releasing it little by little, carefully. No one would hear it fall, because it was water and no one would hear it if they didn’t pay attention. The words did not get wet, the paper only moistened. There was little light there, in that area. It only lits up the surface, so that the paper would breathe, so that the words would not be forgotten and not spend another day pretending that it had not happened.

Every year that passed, it was something simpler. I would write him a letter that I never sent him, but he would stay with me. I wanted to make peace, I wanted him to listen to me and know that I had not forgotten him, even though everyone had, even if they said out loud that he had not existed. I didn’t want to create a void, so I kept going, not talking about it, it wasn’t necessary anymore. I knew that no one would understand. That had become untouchable, it left no one to observe that role, to revive emotions that I had silenced, that I had understood but preferred to leave behind to move forward. Time heals everything, but memory is always present.

Every year, that same day, I paid tribute, like a birthday, never like a tragedy. I thanked him for what I had learned, told him what I had been doing and made him feel involved for a day in my life. Maybe I should do it more but I didn’t have too much time, I tried not to forget that day, I wanted in some way, to be special. Not to mourn him, nor to feel sorry for me or for him, far from it, for making that situation a drama. All I wanted with it was to heal it, that’s how I was going to get out of it. ALONE.

I identified each emotion, accompanied myself in the process and decided not to forget it. Therefore, it remained on the surface of the water, sometimes, I heard it splashing, others I heard it move calmly and, many others, as if it had never been there. Intense but, at the same time, lonely, respecting a role, a situation about it that is valued and, at the same time, loved. No objection. No sadness. Surrealist. But never distressing. This is how a trauma is transmuted. With respect. On the water.


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Publicado en Personajes

Pam: La que Esperó

Relato procedente: «Una Espera Eterna«. Edad: 34 años.

Ciudad: Seattle. Profesión: Psicóloga.

Descripción física:

Mi cabello negro es sedoso y largo, hasta más abajo de los hombros y los pechos, con flequillo y una diadema roja en el centro de la cabeza, me encantan los detalles. Mis ojos castaños son un poco rasgados, quizá algo inocentes. Mis labios son gruesos pintados con un color rosa apagado que no llama mucho la atención. Mi tez es un tanto morena pero más blanca en invierno. Estoy delgada, mido 1,75 y suelo vestirme con blusas de tonos claros y vaqueros, a veces, me pongo tacones, aunque otras veces, prefiero ir con bailarinas o converse.

Descripción de la personalidad:

Dicen que soy bastante optimista, un tanto seria cuando no conozco mucho a alguien, me gusta socializar y saber un poco más de la gente que me rodea y me crea cierta curiosidad. Estoy llena de vitalidad, me gusta hacer cosas y, sobre todo, aprovechar el tiempo, siempre he creído que ser productivo es algo que puede motivar a cualquiera y animarte a seguir adelante. Soy bastante dulce, sobre todo con mis pacientes, muy empática y abierta, estoy dispuesta a escuchar siempre y a compartir mis ideas, me gusta sobre todo mi asertividad y cómo afronto las cosas aunque sean difíciles, soy coherente e invito a los que me rodean a pensar un poco más en cómo son sus vidas y si realmente es eso lo que quieren. Me animo a ser feliz siempre.

Buenos tiempos:

Mi infancia fue realmente buena, no recuerdo ningún acontecimiento que me afectara de manera negativa, siempre fui una niña feliz, hasta donde yo sé. Mi adolescencia fue algo diferente, un tanto rara, quizá por un sentimiento de soledad descontrolado o que creía que nadie me entendía como yo quería. Fue increíble encontrarme con Sam justo en ese momento, cuando me disponía a dejar atrás toda esperanza por conocer a alguien nuevo y a alguien que me entendiera, aunque fuera un poco.

Siempre tuvimos cierta química, no sabría cómo explicarlo, quizá había algo en su mirada que me hacía captarlo, o quizá era solo una sensación pasajera en un momento olvidado. Pero cuando le miraba, era como entrar en otro Universo, pero jamás me atreví a decírselo. Puede que fuese tan joven y orgullosa que no me atreviese a dar el paso o quizá era simple vergüenza, esa que no tenía con otras personas pero que con él sí. Nos lo pasábamos bien y nos veíamos casi cada día, en el instituto nos sentábamos juntos y él siempre me acompañaba a casa cuando salíamos.

Fueron unos buenos tiempos. Bonitos, incluso. No había problemas, tampoco responsabilidades, solo éramos un par de niños que se veían. Éramos buenos amigos, pero eso fue todo. Lo esperé durante un tiempo, pero supe que empezó a salir con una chica de un curso inferior, al parecer, se gustaban mucho. No me dijo nada, ni siquiera cuando sabía que los rumores habían llegado a mis oídos, lo compartió conmigo, tampoco me dijo si alguna vez sintió algo. Nos separamos en cuanto fuimos a Bachillerato. Dejamos de llamarnos y de vernos. Se fue a otra ciudad y yo me quedé aquí. Lloré durante semanas y el corazón se me rompió incluso tratando de no romperlo.

Buena en los Estudios y un Trabajo Genial:

Escogí Psicología. Mis padres esperaron ansiosos a saber qué era lo que había elegido, me lo guardaba para mí porque lo consideraba personal y mi elección. Se me daban bien las personas, comunicarme, escuchar y era bastante empática, quería hacer algo para influir en los demás y mantenerme un poco más unida a la sociedad, así que, todos celebramos esa bonita decisión. Fueron 4 años inolvidables, me encantó la Universidad, conocí a gente muy interesante, no fui a demasiadas fiestas o conocí a muchos chicos como mis compañeras de residencia hicieron, pero sí aprendí mucho y me divertí haciendo talleres y asistiendo a seminarios, creo que fue el periodo donde más conocimientos quise recabar.

Mi padre tenía un amigo muy cercano que era psiquiatra y que había montado una clínica donde también trabajaban psicólogos con varias especialidades, así que, me dijo que justo en ese momento tenía un puesto vacante para ocupar. ¡Y fue una suerte! Me enrolé en esa clínica y llevo allí desde entonces, muy a gusto, cobrando bastante bien y haciendo lo que puedo por mis pacientes. Creo que es la idea de vida que siempre soñé tener. Aunque Sam no estuviera allí. No había día que no me viniese a la cabeza, incluso, me preguntaba si ocurriría lo mismo al revés, si él pensaría en mí en algún momento.

Una mañana, me llegó una llamada. Al principio, no me atreví a coger el teléfono porque era un número que desconocía, pero resultó tan insistente, que respondí un tanto molesta. Era su voz. Mi corazón dio un respingo y se me erizó el vello de los brazos, no me podía creer que fuera Sam después de tanto tiempo, al parecer quería verme. ¿Era una cita? Tenía muchas preguntas en mi mente y no podía responder a ninguna hasta que no le viera. Y me ansiaba, me irritaba no saber más de lo que sabía que, a decir verdad, era lo mismo que nada. Intenté vestirme formal pero no demasiado, algo elegante pero sin pasarse, un tanto maquillada pero sin hacerlo muy exagerado para que no pensara que era una cita porque no lo era, ¿verdad? ¿O si lo era? Se notaba que me sentía confusa.

La supuesta No-Cita:

Le esperé en la parada de autobús donde nos conocimos, de hecho, quedamos allí. Me alegré de que lo recordara, era señal de que había pensado en ello, ¿verdad? Me sentía muy insegura y más poniendo los ojos en el reloj a cada rato, no podía sino mover la pierna nerviosamente, hacerme bucles en el pelo con la mano y morderme las uñas de vez en cuando. No había estado tan nerviosa en una no-cita en mi vida, en serio. Pero se pasaba de la hora y no parecía que fuera a venir, me sentí decepcionada, triste y desalentada, supuse que para él esta especie de reunión no sería tan importante para él como lo era para mí, de hecho, cancelé una comida de trabajo por esto.

Me recompuse como pude, elevé el mentón y con la mirada bien alta, me dirigí calle abajo, digiriendo la noticia de que no iba a venir y que debía aceptar que Sam ya no era quién había conocido, siempre venía cuando quedábamos. Pero oí su voz a lo lejos, me giré de repente pero no vi a nadie, así que, pedí un taxi para que me llevara de vuelta al trabajo. Noté que alguien me cogía del brazo, era Sam. Una sonrisa se dibujó en mi cara al verle, aunque no me alegré de que fuera en silla de ruedas. Conforme lo pensaba, llegaba una joven detrás de él bastante guapa y que, al parecer, era su mujer. Se me cayó el mundo encima. Me había hecho ilusiones de un reencuentro o de una especie de velada romántica donde no la había, pero de todas maneras, traté de no ser descortés, saludé a la chica y fuimos a una cafetería a tomar un café, se confirmaba que aquello era, sin duda, una no-cita.

Escuché todas sus etapas amorosas, desde la primera vez que se vieron y sus ojos se encontraron, hasta el primer beso, el preciso instante donde ella supo que era él el único, su primera vez en la cama, algunas de sus experiencias sexuales, el día de su maravillosa boda y su divertida luna de miel. Quise vomitar allí mismo. Me terminé el café y me despedí tan pronto como me fue posible, inventándome una excusa, tenía que ir a casa a llorar todo lo que pudiera y más, me esperaba un helado de chocolate y me tentaba solo de pensarlo, iba a olvidarme de la dieta por una noche, estaba justificado. Pero Sam fue tras de mí, me paró en seco, disculpándose por si me habían ofendido en algo pero, ese era el caso, no lo hicieron.

No sé si me molestó más que no me invitasen a la boda, no saber nada de él en años o que me restregaran todo eso en la cara después de decirme que él siempre había querido estar conmigo pero que no fue capaz de decírmelo nunca. La frustración se apoderó de mí tanto y tan fuerte que me subí al taxi, le cerré la puerta en las narices y me fui a casa sin mirar atrás. El móvil me sonó varias veces, era Sam, pero lo apagué. Siguió durante días sonando a todas horas, pero no le cogí el teléfono, incluso nuestra amistad, se había roto. El helado me alivió un poco pero los tres días siguientes los recordaré siempre como los que un buen amigo me rompió el corazón en mil pedazos.

Un futuro sin Sam:

Podría decir que le idealicé por completo desde el principio. Había tenido esa imagen de cuando éramos dos adolescentes algo inocentes y con mariposas en la tripa con las hormonas a tope y esperaba que tuviéramos esa sensación siendo adultos. Creo que me quité un peso de encima sin saberlo, habría seguido enamorada de un fantasma, de alguien que ya no me esperaba, que ni siquiera me consideraba tan amiga suya si no me había invitado al momento más importante de su vida. No merecía la pena. Ahora tenía que aprender a vivir sin ese recuerdo, sin tenerlo en la cabeza día sí y día también, cada vez que me pasaba algo emocionante imaginando qué diría. Supongo que es un adiós sin decirlo en voz alta, es focalizar tu atención en otras cosas y no volver la vista atrás.

Descubriré qué significa vivir sin Sam, sin su imagen, sin su recuerdo, sin el deseo de reencontrarnos algún día y sin la esperanza de volver a reírnos mientras metíamos los pies en el lago cerca de casa de sus abuelos. Descubriré qué significa no pensar nunca más en su familia, distanciarme de amigos que teníamos en común y que tampoco han llamado. Descubriré qué es ser yo misma sin la influencia de tantos recuerdos y deseos imaginarios que no se materializarán jamás.


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Publicado en Recomendaciones

Comentando libro «El Monje que Vendió su Ferrari» – Robin Sharma:

Esta es la increíble historia de Julian Mantle, un abogado súper estrella que un estilo de vida desequilibrado le lleva a acercarse a un fatal ataque al corazón. Este colapso, le hace abrirse a una crisis espiritual, forzándole a encontrar respuestas a las preguntas más importantes de la vida.

Esperando encontrar felicidad y plenitud, se embarca en una extraordinaria odisea de una cultura antigua, donde descubre un sistema poderoso para fluir el potencial de su mente, cuerpo y alma, y aprende a vivir con mayor pasión, propósito y paz.

Con la combinación de la brillante y eterna sabiduría espiritual del este y los avanzados principios del éxito del oeste, esta fábula verdadera e inspiradora ha mostrado a miles de personas alrededor del mundo, a cómo vivir con un mayor coraje, equilibrio, abundancia y disfrute.

Este era un libro muy pendiente, de hecho, pensé en leérmelo definitivamente, este año sin falta. He de reconocer que puede que no esté en este punto de descubrimiento espiritual tan increíble e impactante que muestra Robin Sharma que tuvo su amigo y maestro de la abogacía Julian Mantle, pero sí que he de decir que lo he disfrutado mucho y me ha confirmado algunas de las cosas que he leído anteriormente, he aprendido ya y que he estado practicando. Me ha parecido muy curiosa la forma en la que está relatado el libro, está claro que es una fábula donde durante un periodo corto de tiempo ambos interlocutores hablan sobre la sabiduría espiritual que Jualian ha aprendido durante el tiempo que ha estado con los monjes de Sivana, nunca había leído un libro así, con ese diálogo tan directo entre ambos, me ha dado la sensación de que alguien más estaba en la habitación tecleando en un ordenador lo que ambos decían o compartían.

Creo que se ha expresado muy bien ese principio donde se expone la vida desequilibrada que vivía Julian en un principio, que es básicamente cómo la vivimos o la hemos vivido la mayoría, de una forma apresurada, con estrés, en modo automático y sin sentirnos de verdad, solo haciendo lo que debemos hacer sin darnos un respiro. Su decisión de cambiar su vida por completo y deshacerse de todo lo que tiene, tras darse cuenta de que esto no le aportaba ningún tipo de felicidad, fue realmente sorprendente y, a la vez, surrealista de creer, no mucha gente haría esto y se desapegaría de cosas tan increíbles como lo es un Ferrari y que él sí hizo, decidido a irse lejos, a encontrar respuestas a preguntas que Jualian se iba haciendo sobre la vida y que no muchos se hacen, supongo que los más especiales o más atentos a los detalles del día a día y cómo nos pueden afectar son los que tienden a tener este tipo de inquietudes.

Es sorprendente cómo los monjes han aprendido durante miles de años a vivir con lo básico, como le explica Julian Mantle a su amigo Robin Sharma, cómo hacen que cada detalle cuente y que pongan atención a lo que está ocurriendo en ese preciso momento, en ese presente que todos damos por sentado porque ya pensamos en un futuro que aún no ha llegado y que percibimos como certero sin saber qué ocurrirá. Se centran en lo importante, en ellos mismos, en su alimentación, sus meditaciones, sus agradables conversaciones, sus caminatas diarias para mantenerse en forma y saludables. Siguen muchas pautas y principios que ellos han creado y han visto progresos, al igual que Jualian practicó y con los que vio resultados favorables en él mismo, desde su estado físico, al mental y al espiritual.

Nos lo hace fácil este Julian, porque podemos llevar a cabo esos 7 principios que los monjes de Sivana practican teniendo la misma vida pero con un ritmo menos frenético, escuchándonos y preguntándonos de vez en cuándo qué queremos. Estos principios te ayudan a dominar tu mente, a perseguir tu propósito, a practicar el kaizen, a vivir con disciplina, a respetar tu tiempo, a servir a otros desinteresadamente y a abrazar el presente. Solo hay que tener unos minutos disponibles para realizar cada principio, tal como lo transmitía Julian, para tener una vida más placentera y plena. Este libro te hace preguntarte a qué no prestas atención en ti, qué haces en tu día a día que te estresa, qué ritmo acelerado estás llevando y por qué lo haces, a preguntarte qué te gustaría estar haciendo ahora mismo en tu vida o a qué dedicarías tu tiempo, qué tipo de pensamientos estás teniendo últimamente y cómo podrías transmutarlos para respetarte un poco más y dejar de ser tan duro/a contigo mismo/a y a cómo ser disciplinado con aquello que deseas hacer para mejorar día a día. No son cosas complicadas de aplicar en tu vida diaria, simplemente, hay que dedicarle un tiempo para empezar a notar los cambios y sentirte mejor contigo mismo.

Creo que es un libro con el que muchos podrían empatizar y reflexionar, tanto por el entorno que a todos nos ahoga o agobia cada día en el trabajo, en casa o en cualquier otro ámbito, a cómo interpretar nuestra vida y encontrar exactamente qué queremos hacer para ser un poco más felices. Me ha parecido precioso, de principio a fin, sobre todo, por esa naturalidad en la expresión, en la conversación tan amena entre dos amigos que se conocen desde hace algún tiempo y que vuelven a sus inicios siendo maestro y aprendiz y en un espacio donde pueden aprender el uno del otro. Nos enseña a cómo los monjes son capaces de vivir con muchas menos cosas que nosotros y que viven mejor, escuchándose, contemplando lo que les rodea y alimentándose de una forma adecuada. Es una pequeñita guía para estar un poco más contigo y entenderte, lo recomiendo al 100% para aquellos que necesiten un buen cambio, todos nos agotamos y podemos utilizar este tipo de enseñanzas para inspirarnos y ver que hay más caminos por recorrer y soluciones para sentirnos mejor.


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Commenting «The Monk who Sold his Ferrari» book Written by Robin Sharma:

This is the incredible story of Julian Mantle, a superstar lawyer whose out-of-balance lifestyle leads him to a near fatal heart attack in packed courtroom. His collapse brings on a spiritual crisis, forcing him to seek answers to life’s most important questions.

Hoping to find happiness and fulfilment, he embarks upon an extraordinary odyssey to an ancient culture, where he discovers a powerful system to release the potential of his mind, body and soul, and learns to live with greater passion, purpose and peace.

Brilliantly blending the timeless spiritual wisdom of the East with the cutting-edge success principles of the West, this truly inspiring tale has shown millions of people around the world how to live with greater courage, balance and joy.

This was a very pending book, in fact, I thought I would read it definitively, this year without fail. I have to admit that I may not be at this point of spiritual discovery so incredible and shocking that Robin Sharma shows that his friend and teacher of the legal profession Julian Mantle had, but I have to say that I have enjoyed it very much and it has confirmed some of the things that I have read before, I have already learned and I have been practicing. I found very curious the way in which the book is related, it is clear that it is a fable where for a short period of time both interlocutors talk about the spiritual wisdom that Jualian has learned during the time he has been with the sages of Sivana, I had never read such a book like this one, with that dialogue so direct between the two, it has given me the feeling that someone else was in the room typing on a computer what they both said or shared.

I think that principle has been expressed very well where the unbalanced life that Julian lived in the beginning is exposed, which is basically how we live it or have lived it most of us, in a hurried way, with stress, in automatic mode and without feeling real, just doing what we should do without giving ourselves a break. His decision to change his life completely and get rid of everything he has, after realizing that this did not bring him any kind of happiness, was really surprising and, at the same time, surreal to believe, not many people would do this and would detach themselves from things as incredible as a Ferrari and which he did, determined to go far, to find answers to questions that Jualian was asking himself about life and that not many are asking, I suppose that the most special or most attentive to the details of the day to day and how they can affect us are those who tend to have this type of concerns.

It is amazing how the sages have learned for thousands of years to live with the basics, as Julian Mantle explains to his friend Robin Sharma, how they make every detail count and pay attention to what is happening at that precise moment, in that present that we all take for granted because we already think of a future that has not yet arrived and that we perceive as certain without knowing what will happen. They focus on what’s important, on themselves, on their diet, their meditations, their pleasant conversations, their daily walks to stay fit and healthy. They follow many guidelines and principles that they have created and have seen progress, just as Jualian practiced and with which he saw favorable results in himself, from his physical, mental and spiritual state.

This Julian makes it easy for us, because we can carry out those 7 principles that the sages of Sivana practice having the same life but with a less frenetic pace, listening to each other and asking ourselves from time to time what we want. These principles help you master your mind, pursue your purpose, practice kaizen, live with discipline, respect your time, serve others selflessly, and embrace the present. You only have to have a few minutes available to perform each principle, as Julian transmitted it, to have a more pleasant and fulfilling life. This book makes you wonder what you do not pay attention to, what you do in your day to day that stresses you, what fast pace you are taking and why you do it, to ask yourself what you would like to be doing right now in your life or what you would dedicate your time to, what kind of thoughts you are having lately and how you could transmute them to respect yourself a little more and how to be disciplined with what you want to do to improve day by day. They are not complicated things to apply in your daily life, simply, you have to dedicate some time to start noticing the changes and feel better about yourself.

I think it is a book that many could empathize with and reflect on, both for the environment that drowns or overwhelms us every day at work, at home or in any other area, how to interpret our life and find exactly what we want to do or feel a little happier. I found it beautiful, from beginning to end, above all, because of that naturalness in the expression, in the pleasant conversation between two friends who have known each other for some time and who return to their beginnings as a teacher and apprentice and in a space where they can learn from each other. It teaches us how sages are able to live with much less than us and live better, listening to each other, contemplating their surroundings and feeding themselves in an appropriate way. It is a small guide to be a little more with you and understand you, I recommend it 100% for those who need a good change, we are all exhausted and we can use this type of teaching to inspire us and see that there are more ways to go and solutions to feel better.


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Publicado en Reflexiones

Pretende:

Volviste a sentirlo. Otra vez. No pudiste controlarlo y empezaste a notar cómo se apoderaba de ti, cómo te hablaba y te hacía sentir pequeña. Sentada en la silla, sentiste que tenías ganas de vomitar y notaste tus manos temblar. Así que, fuiste al baño corriendo, pensabas que ibas a echar hasta el desayuno pero, no fue así, solo fue una falsa alarma o, al menos, eso era lo que deseabas que fuera.

Con ambas manos en el váter, empezaste a notar que te dolía el pecho. Las primeras gotas de sudor tras los sofocos incómodos. Cambiaste de lugar, esta vez, pasaste al lavabo, pensaste que lavándote la cara te repondrías, pero tampoco fue así. Te cogiste el pecho, cuando la respiración empezaba a hacerse pesada, como si no entrara suficiente aire en tus pulmones, mientras tu corazón empezaba a palpitar rápido, notaste cómo golpeaba contra tu pecho fuertemente, cómo no podías pararlo. Empezaste a marearte. Te cogiste con firmeza al lavabo, con ambas manos en los bordes, todo te daba vueltas. Seguías intentando respirar, pero no podías, no te llegaba el aire, te estabas asfixiando. Decidiste soltar la mano derecha del lavabo para buscar tu móvil pero lo habías dejado en la cocina, y no estabas segura de que pudieses llegar allí fácilmente, te empezaban a temblar las piernas.

Notabas como si algo se hubiese apoderado de tu cuerpo, como si hubiera algo más ocupándolo, haciéndote prisionera. Tus párpados se unieron al vals, también empezaron a temblar, incontroladamente. Los cerraste, te molestaban. Apretaste los dientes, notabas como si tiritaras y no querías morderte la lengua. No podías moverte, estabas enganchada al lavabo, los músculos de tus brazos eran los que aguantaban los movimientos algo frenéticos que tu cuerpo daba, se movía como si tuviese un ataque de epilepsia, pero tú sabías que nunca habías sufrido de epilepsia. ¿Qué estaba pasando? Te preguntaste más de una vez, aterrada. Hasta que recordaste algo, viste la cara de una mujer que te decía que debías respirar con ocho años, antes de tu miedo escénico al hacer una obra de teatro, te puso la mano en el pecho y te dijo «RESPIRA, aunque parezca que no puedes o no te llegue el aire. RESPIRA profundamente, verás cómo te relajas y puedes subir al escenario». La viste delante de ti, como si fuera real, pero sabías que no lo era. Respiraste. Profundamente, aunque no pudieras.

Primera respiración. Tus brazos se relajaron poco a poco. Segunda respiración. La garganta se abrió y el aire empezó a entrar más fácilmente. Tercera respiración. Las piernas y el resto del cuerpo dejaba de moverse y tenías un mayor control sobre tu cuerpo. Cuarta respiración. El cuarto de baño dejó de girar y pudiste mirarte al espejo, toda sudada y con los ojos cansados, sin más temblores. Quinta respiración. Te dolía la mandíbula pero dejabas de apretar los dientes, habías dejado de tiritar. Sexta respiración. Tu dolor de pecho había desaparecido. Y te soltaste del lavabo, exhausta. Respiraste hondo una última vez. Tu cuerpo había vuelto a la normalidad. O, al menos, a algo que se parecía a ella. Por ahora. Sabías que aquello no había terminado, nunca terminaba.

Miraste tu reloj, ya era tarde. Te pusiste la chaqueta, cogiste el bolso y te enfundaste los tacones, tenías que llegar al trabajo a tiempo. Bajaste las escaleras a toda prisa, subiste al coche y arrancaste, dirigiéndote a la oficina. Te centraste. Tenías que pasar el día, un nuevo día. No habías tenido ningún ataque esta mañana, no te has sentido mal, el estrés no está pudiendo contigo. Estás bien. Estás sana. Estás centrada. Y tienes que creerlo para que los demás lo crean. Y así lo hiciste. Entraste en la oficina y empezaste tu trabajo, como cada mañana. Como si nada hubiera pasado. Como si hubiera sido un día cualquiera, con una sonrisa fingida dibujada en los labios y con los ojos fijos en el papeleo, nada iba a pararte. Ni siquiera el mareo que empezabas a sentir. «Otra vez no», pensaste. Tenías que seguir. Sabías que debías hacerlo.


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Pretend:

You felt it again. Once again. You couldn’t control it and you started to notice how it took hold of you, how it talked to you and made you feel small. Sitting in the chair, you felt like you wanted to vomit and you noticed your hands shaking. So, you went to the bathroom running, you thought you were going to puke breakfast but, you weren’t, it was just a false alarm or, at least, that was what you wanted it to be.

With both hands on the toilet, you began to notice that your chest hurt. The first drops of sweat after uncomfortable hot flashes. You changed the place, this time, you went to the sink, you thought that washing your face would make everything went away, but it was not like that either. You caught your chest, when the breathing began to become heavy, as if not enough air entered your lungs, while your heart began to beat fast, you noticed how it hit your chest hard, how you could not stop it. You started to get dizzy. You held firmly to the sink, with both hands on the edges, everything was spinning. You kept trying to breathe, but you couldn’t, you couldn’t breath the air, you were suffocating. You decided to release your right hand from the sink to find your phone but you had left it in the kitchen, and you were not sure that you could get there easily, your legs began to tremble.

You noticed as if something had taken over your body, as if there was something else occupying it, making you a prisoner. Your eyelids joined the waltz, they also began to tremble, uncontrollably. You closed them, they bothered you. You gritted your teeth, you noticed as if you shivered, and you didn’t want to bite your tongue. You could not move, you were hooked to the sink, the muscles of your arms were the ones that endured the somewhat frantic movements that your body gave, it moved as if it had a seizure of epilepsy, but you knew that you had never suffered from epilepsy. What was going on? You wondered more than once, terrified. Until you remembered something, you saw the face of a woman who told you that you should breathe at the age of eight, before your stage fright when doing a play, she put her hand on your chest and said «BREATHE, even if it seems that you can not or don’t feel the air inside your lungs. BREATHE deeply, you will see how you relax and you can get on stage.» You saw her in front of you, as if she was real, but you knew it wasn’t. You breathed. Deeply, even if you couldn’t.

First breath. Your arms relaxed slowly. Second breath. The throat opened and air began to enter more easily. Third breath. Your legs and the rest of your body stopped moving and you had more control over your body. Fourth breath. The bathroom stopped spinning and you could look in the mirror, you looked all sweaty and with tired eyes, without further tremors. Fifth breath. Your jaw hurt but you stopped gritting your teeth, you had stopped shivering. Sixth breath. Your chest pain was gone. And you let go of the sink, exhausted. You took a deep breath one last time. Your body was back to normal. Or, at least, something that looked like it. For now. You knew it wasn’t over, it would never ended.

You looked at your watch, it was already late. You put on your jacket, you took your bag and you put on your heels, you had to get to work on time. You hurried downstairs, got in the car and started it, heading to the office. You focused. You had to get through the day, a new day. You hadn’t had any attacks this morning, you haven’t felt bad, stress isn’t going to be with you. You are ok. You are healthy. You’re focused. And you have to believe it for others to believe it. And so you did. You walked into the office and started your work, like every morning. As if nothing had happened. As if it had been any given day, with a fake smile drawn on your lips and your eyes fixed on the paperwork, nothing was going to stop you. Not even the dizziness you were starting to feel. «Not again,» you thought. You had to keep going. You knew you had to do it.


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Publicado en Relatos

Una Espera Eterna:

Por fin habíamos quedado, después de tanto tiempo. Estaba temblando, allí de pie, en la parada del autobús donde nos conocimos. Lo recuerdo muy bien. Empezamos preguntando la hora, luego soltamos un chiste estúpido sobre algo que ocurría alrededor y, más tarde, hablamos como si nos conociéramos de toda la vida. Fue un flechazo, al menos, para mí. Nunca supe si para él lo fue. Nunca me lo dijo. Y yo nunca hablé de ello. Ahora miraba el móvil cada tres minutos, mientras movía la pierna izquierda. La paciencia no era mi fuerte, estaba claro.

Empecé a preguntarme cómo sería. ¿Habría cambiado mucho? ¿Le seguiría pareciendo igual de maja que hace tantos años? ¿Se acordaría de lo que hablamos? ¿Sería ahora un chico más guapo y fuerte que antes? Esperaba que sí. Pasaban cinco minutos de las diez. ¿Por qué tardaba tanto? Se me empezó a secar la boca, así que, bebí un par de sorbos de agua de la botella que llevaba en el bolso. ¿Vestía suficientemente elegante? ¿Le gustaría lo que llevaba puesto? No era propio de mí dudar tanto, ¿por qué me estaba sintiendo tan insegura con esto? Lo único que esperaba es que no tuviese mujer. Oh, dios. No se lo había preguntado. ¿Y si tenía mujer?

Pasaban diez minutos de las diez. No iba a venir. Seguro que no vendría. Mejor, quizá me estaba haciendo ilusiones absurdas. Hacía años que no le veía y bueno, no podría pensar que esto sería tan importante para él como lo era para mí que había cancelado una comida de trabajo por aquello. En fin, sí. Era lo mejor. Me giré y empecé a andar hacia abajo por la calle principal, algo decepcionada, un poco angustiada y algo triste. No podía evitarlo. No había podido olvidarle aunque solo fue una amistad pasajera y que, al parecer, no había sido tan importante como parecía. La gente pasaba por mi lado hablando, sonriendo, otros hablando por teléfono y varios discutiendo cerca de un restaurante, todos tenían su mundo, su momento. Y yo tenía el mío, la vida no se paraba por un plantón, ¿no?. Tenía que ir a casa, así que, pedí un taxi.

Oí una voz. Alguien que me llamaba a lo lejos. Me giré esperanzada pero no vi a nadie, así que, bajé la mirada y abrí la puerta del taxi. Pero noté que alguien me cogía del brazo. Era él. Era Sam. Le miré con una extrañeza que fui incapaz de disimular. Iba en silla de ruedas, por eso no le había visto a lo lejos y alguien venía corriendo tras él, era una mujer muy guapa, sonriente y sin aliento. Al parecer, se le había escapado. No supe que cara poner.

– ¡Hola! Sentimos llegar tarde, había mucho tráfico – dijo, divertida – Dios, casi te he perdido, eres muy rápido y no me gusta nada – le dijo a Sam, doblándose un poco para recuperarse de la carrera -.

– Deberías hacer más ejercicio – le respondió él, sonriendo como si la conversación fuese solo de ambos y yo no estuviera – Perdona, esta es Elissa, mi mujer. Elissa, esta es Pam, una amiga de hace tiempo.

– Oh, Sam me ha hablado mucho de ti. «La chica del bus», te llama – nos tendimos la mano, yo aún estaba en shock -.

Nos fuimos a tomar café. Me enteré de toda su historia de amor, desde las rosas rojas en el despacho de Elissa hasta el primer beso en el porche. No podía creer lo que estaba pasando, casi ni hablé. Comentaban tantas cosas y parecían tan felices que no quería si quiera interrumpirlos. Lo cierto era que había estado echando de menos un rostro que a penas recordaba, las ilusiones de volver a verle se habían intensificando a raíz de algo que había sido una mentira, algo que yo había imaginado pero que él no, solo fuimos amigos. Solo había sido una amiga de hacía tiempo.

Tragué saliva mientras me terminaba el café. No podía estar allí. Tenía que irme, tenía que meter mi cabeza en un cubo lleno de hielo y no volverme a despertar hasta de aquí unos años. Me levanté de la silla con una sonrisa queda y me despedí. Sam me siguió con la mirada durante unos segundos hasta que salí de la cafetería, con los ojos humedecidos, intentando aguantar las lágrimas hasta llegar a casa. Tenía que coger un taxi ya. Esperé en la parada, cogiendo el bolso fuertemente por el asa mientras sentía un nudo en el estómago.

– ¡Eh, Pam! Espera… – volví a oír su voz, así que me giré tratando de que no viera mi disgusto – ¿Te has sentido incómoda? ¿Hemos dicho algo que te haya molestado? Porque creía que…

– No, por supuesto que no. Solo que se me ha hecho tarde y he de irme.

– Pensaba que volvería a verte pero no ocurrió, así que, seguí mi vida. De verdad, que no te olvidé.

– Amiga de hace tiempo, ¿verdad? Solo fui eso.

– No fuimos nada más, Pam. Lo quise.

– Tengo que… tengo que irme – las lágrimas ya empezaron a rozar mis mejillas justo cuando el taxi paró a mi lado, así que, me subí de inmediato, cerrando la puerta justo delante de Sam -.

No volví a mirarle. Apagué el teléfono y ahogué mis penas en helado de chocolate durante tres días, los tres días más deprimentes de mí vida, los siguientes solo traté de pretender que no me habían roto el corazón en mil pedazos.


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An Eternal Waiting:

We had finally planned to meet, after so long. I was shaking, standing there, at the bus stop where we met. I remember it very well. We started by asking the time, then dropped a stupid joke about something going on around, and then talked as if we had known each other all our lives. It was a crush, at least, for me. I never knew if I was for him. He never told me. And I never talked about it. Now I looked at the phone every three minutes, while moving my left leg. Patience was never my thing, really.

I began to wonder how he would be like. Would he have changed? Would he still look as nice as he did so many years ago? Would he remember what we were talking about? Would he be a more handsome and strong guy now than before? I hoped so. Five minutes passed from ten o’clock. Why did it take so long? My mouth started to dry out, so I drank a couple of sips of water from the bottle I had in my bag. Did I dress elegant enough? Would he like what I was wearing? It wasn’t me to hesitate so much, why was I feeling so insecure about this? The only thing I expected was that he didn’t have a woman. Oh, God. I hadn’t asked him. What if he had a wife?

Ten minutes passed from ten o’clock. He wasn’t coming. Surely it would not come. Better, maybe I was having absurd illusions. I hadn’t seen him for years and well, I couldn’t think this would be as important to him as it was to me that I had canceled a work meal for that. Anyway, yes. It was the best. I turned around and started walking down the main street, somewhat disappointed, a little distressed and somewhat sad. I couldn’t help it. I had not been able to forget him although it was only a passing friendship and that, apparently, had not been as important as it seemed. People passed by me talking, smiling, others talking on the phone and several arguing near a restaurant, they all had their world, their moment. And I had mine, life was not stopped by a sit-in, right? I had to go home, so I ordered a taxi.

I heard a voice. Someone who called me in the distance. I turned hopeful but didn’t see anyone, so I looked down and opened the taxi door. But I noticed someone grabbing my arm. It was him. It was Sam. I looked at him with a strangeness that I was unable to disguise. He was in a wheelchair, so I had not seen him in the distance and someone was running after him, she was a very beautiful woman, smiling and breathless. Apparently, he escaped from her. I didn’t know what face to put on.

– Hello! We felt we were late, there was a lot of traffic – she said, funny – God, I almost lost you, you are very fast and I don’t like it at all – she told Sam, bending a little to recover from the race -.

– You should exercise more – he replied, smiling as if the conversation was just about both of them and I wasn’t there – Sorry, this is Elissa, my wife. Elissa, this is Pam, a longtime friend.

– Oh, Sam has told me a lot about you. «The girl on the bus», he calls you – we shaked our hands, I was still in shock -.

We went for coffee. I found out about their entire love story, from the red roses in Elissa’s office to the first kiss on the porch. I couldn’t believe what was going on, I almost didn’t even speak. They were talking about so many things and seemed so happy that I didn’t even want to interrupt them. The truth was that I have been missing a face that I barely remembered, the illusions of seeing him again had intensified as a result of something that had been a lie, something that I had imagined but that he had not, we were just friends. He had only been a long-time friend.

I swallowed as I finished my coffee. I couldn’t be there. I had to leave, I had to stick my head in a bucket full of ice and not wake up again until a few years from now. I got up from the chair with a smile and said goodbye. Sam followed me with his gaze for a few seconds until I left the cafeteria, my eyes moistened, trying to hold back tears until I got home. I had to take a taxi now. I waited at the stop, grabbing the bag tightly by the handle while feeling a knot in my stomach.

– Hey, Pam! Wait… – I heard his voice again, so I turned around trying not to see my disgust – Have you ever felt uncomfortable? Have we said anything that bothered you? Because I believed that…

– No, of course not. Only it has become too late and I have to leave.

– I thought I would see you again but it didn’t happen, so I went on with my life. Really, I didn’t forget you.

– Long-time friend, right? I was just that.

– We were nothing else, Pam. I loved it to.

– I have to… I have to leave – tears already started rubbing against my cheeks just as the taxi stopped next to me, so I got on immediately, closing the door right in front of Sam -.

I didn’t look at him again. I turned off the phone and drowned my sorrows in chocolate ice cream for three days, the most depressing three days of my life, the next few days I just tried to pretend that my heart hadn’t been broken into a thousand pieces.


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