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Futuro Roto:

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Miraba por la ventana a aquel sol que se estaba volviendo rojo tras el dolor de una raza, casi podía oírle llorar, desgarrarse por dentro al presenciar tal masacre. Tras aquella rivalidad entre hombres lobo y vampiros, nadie pudo evitar una guerra como esta llena de dolor y sangre, todos vimos a nuestros allegados morir. Ni siquiera sabía qué podía esperar ahora, después de haber pertenecido a una familia de lobos durante tanto tiempo, quedándome sola en aquella casita de campo en medio de la nada, escondida por si los vampiros volvían a aparecer, asegurándose de que cualquier raza que no fuera la suya pereciera.

Hacía un tiempo veía un futuro para mí. Podía ver ante mis ojos la cantidad de kilómetros que podría recorrer con la manada, lo mucho que podría llegar a aprender con ellos, el legado que dejaban a sus hijos, las ceremonias, el apoyo mutuo… Tenía a mi familia justo delante de mí, apoyándonos los unos a los otros, todos éramos uno y veíamos el futuro de nuestra especie tan real como lo era el mar. Todavía podía recordar sus fiestas bajo la luz de las estrellas, cantándoles a los árboles, aullándole a la luna, haciendo fogatas y contando sus más antiguas historias… Nada iba a ser lo mismo, ¿verdad? Mis pensamientos se debatían de forma constante, no podía negar simplemente la rabia que sentía dentro de mí, ese deseo de erradicar la especie vampírica de la faz de la tierra. No muchos sabían de su existencia, de su forma de matar a los indefensos, de su sed de sangre y la necesidad de ser la raza que permaneciera viva.

Ser la única de mi especie me hace sentir frágil, casi desechable, sin poder de movimiento… Tengo a la luna de mi parte pero ni siquiera ella me da las respuestas que busco, creo que nadie tendría las adecuadas para este momento. Todavía puedo ver sus cuerpos en la hierba, desangrados, descompuestos, muertos… cerca de la casa. El futuro de la especie yacía roto, resquebrajado, desencajado y quizá, esperanzado en que yo pudiera hacer algo para traer de vuelta a mi especie.

Empiezo a ver toda una responsabilidad sobre mis hombros al presenciar aquella sangrienta y absurda guerra entre dos razas constantemente enfrentadas, puedo ver cómo soy la única que puede hacer algo por cambiar mi «status», por tratar de hacer algo para que dejemos de ser siempre los que mueren y permanecen indefensos a las amenazas de los vampiros. Siempre hemos sido fuertes, pero también compasivos, defendiendo a nuestras familias pero sin demasiada convicción, nos han pillado desprevenidos muchas veces, hemos vivido ajenos al terror, al miedo, a la sangre y a la rabia, hemos sido esclavos voluntarios de la naturaleza, aquella que nos mira mientras nos transformamos y completamos nuestro ser.

Ni siquiera puedo ver a mis padres cerca del río, inertes, inmóviles, sin voluntad de levantarse. Me protegieron antes de morir a manos de los que creen en sus locos ideales, los que no tienen humanidad y luchan por una causa vacía, clavando sus colmillos a todo aquel que no es como ellos. Murieron delante de mí, no tuvieron piedad con ellos, fueron dos más del montón que habían pasado al otro lado, dos lobos más sin importancia… Llevo tres días siendo huérfana y ni siquiera sé cómo sobrellevarlo, me vendría muy bien el consejo de algún miembro de la manada que, con sus amables palabras, llegase a mi corazón y consiguiese que me sintiera mejor tras aquel desastre. Un «todo va a salir bien» sería tranquilizador, incluso una sonrisa cambiaría las cosas…

Con lágrimas en los ojos y con el corazón en mil pedazos, empiezo a cavar en la tierra para poder enterrarles. Cada vez se hace más difícil, sus ojos no van a volver a abrirse, sus sonrisas se han desvanecido y tampoco pueden sentir la naturaleza bajo sus pies, tampoco el viento azotar su cara en cada transformación, nada. A mis padres los enterré cerca del río, el agua siempre fue su fuerza, pasaban la mayor parte del tiempo cerca de él, así que, lo consideré adecuado; los demás, forman parte del bosque ahora. Recé varias de las oraciones que me enseñaron desde que nací, para honrarles, para hacer que se fueran en paz y con una mochila, emprendí el viaje en busca de otros hombres lobo que se uniesen a mí para construir un nuevo hogar, una nueva familia y una nueva manada, aunque la anterior fuera irreemplazable, sería lo que ellos hubieran querido.

Caminaba pero todavía me sentía como si estuviera sentada en la ventana observando el sol, llorando la pérdida y preguntándome si él también creería en que todos los lobos permanecieran juntos o si era mejor esconderse y esperar a que los vampiros se cansasen de cazarnos. Es más, ¿alguien vendría conmigo?

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La Escritora de Varias Realidades: Marie

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Relato procedente: «DIVINA JUVENTUD»

Nombre: Marie                                            Edad: 40 años

Ciudad Natal: Melburne        Estado Actual: Vive en el interior del libro que escribió

 

Descripción física:

Hace algún tiempo, mi cabello era castaño, tenía mucho volumen y podía manejarlo a mi antojo, nunca he entendido a esas personas que siempre se han quejado de su color o de tener un cabello como el mío, se supone que son difíciles pero he podido jugar con ello cuando lo he requerido; ahora son de color negro, mi cabello es mucho más fino y largo. Mis ojos castaños, ahora eran de un verdoso intenso, seguían siendo penetrantes pero algo más fieros que antes, nunca había visto una mirada tan perdida como la mía tras empezar a entender lo que estaba ocurriéndome por mucho que mi mente me dijese que era una completa locura. Mi cara empezaba a ser mucho más fina que antes, las arrugas desaparecían por completo conforme escribía con la pluma que me regaló mi abuelo. Pesaba unos tres kilos más pero seguía sintiéndome bien, me alegraba de no haber creado a un personaje con sobrepeso, fue un verdadero acierto…

Descripción de la personalidad:

Siempre he sido una persona muy sensible, a la vez, algo encerrada en mí misma, me ha encantado crear mi propio espacio con mis historias y personajes. Me ha gustado compartir todo pero, no he podido evitar ser desconfiada con aquellos que no he conocido lo suficiente como para mantener amistad o una simple conversación. No me gustan los silencios incómodos, tampoco la soberbia, la soledad fue mi enemiga durante mucho tiempo, ahora no puedo seguir adelante teniéndola a mi lado cada mañana aliándose a mis estados de ánimo. Al menos, no ha cambiado mi personalidad junto con mi físico y mi edad…

De hobbie a carrera:

Heredé el amor por la escritura de mi abuelo por parte de mi madre, era un hombre tierno, dedicado a lo que le apasionaba y nunca le vi dejar su máquina de escribir, tampoco aquellos ojos llenos de entusiasmo al terminar una historia. Empecé a interesarme por ello al ver lo que él veía en las palabras, era como un juego, era imaginación en estado puro y me gustaba experimentar con cualquier cosa que se me ocurría. Era una niña bastante insegura, así que, sentía esa confianza en mí misma que me faltaba en la vida real. era como si pudiera cambiar lo que quisiera de mi alrededor, sumergirme en una historia que yo misma había creado sin demasiada dificultad, controlaba esa parte de mi vida y eso me gustaba.

Desde que publiqué mi primer libro a los 20 años, no dejé de hacerlo, pasó de ser un hobbie para convertirse en aquello a lo que quería dedicar mi vida, justo como lo hizo mi abuelo cuando vivía, supongo que he continuado con su legado… Mi alrededor mejoraba porque a la gente le gustaban mis libros, disfrutaban con ellos, empezaba a formar parte de una sociedad de la que me escondía debido a mis inseguridades. Me sorprendí a mí misma siguiendo con mi pasión, sin parar de escribir, sin parar de imaginar…

Tiempo sin palabras:

Durante años, no conseguía escribir una sola frase sin atascarme. Había sacado a la venta unos veinte libros, mis escritos habían tenido mucho éxito pero, lo que no esperaba era que la inspiración empezara a esfumarse de una manera tan nefasta, de hecho, dejé de publicar a los 34 años, una edad demasiado temprana para dejar la carrera de escritora, a mi parecer. Dejé todo esto atrás, muy a mi pesar, traté de aceptarlo aunque, de igual forma, no desaparecía de mi mente.

Las palabras tan solo dejaron de acompañarme, de ser parte de mi día a día, dejaron de existir sin más razón que la no aparición. Me pasaba los días nerviosa e inquieta, preguntándome si la razón por la que no aparecían era yo, mi poca disciplina, por negarme a exigirme demasiado a mí misma, por no estar atenta a los detalles… Poco a poco, fui perdiendo esa fama que había tenido entre los mejores escritores, era joven y recordaba tanto aquellos tiempos que no podía evitar pensar en ellos. Me había abandonado el sentido de la expresión, preguntándome una y mil veces si me estaba haciendo demasiado vieja como para sentir lo que sentía cuando era joven, eran cuestiones tan complejas que no tenía ni idea de cómo manejarlas, me sentí perdida durante todo ese tiempo.

La pluma que lo cambió todo:

Todo cambió por completo en cuanto cogí aquella pluma, la que me regaló mi abuelo cuando era pequeña, mientras me decía que la utilizara tan solo cuando me hiciese falta, cuando se gastaran totalmente mis palabras y no supiera muy bien cómo continuar. Supongo que, mi propia desesperación me llevó a coger aquella pluma delicada, diseñada para convertir la vida del escritor en algo diferente, a provocar su inmersión en el libro que escribe. Así ocurrió.

Al principio, empecé a coger la pluma de forma automática mientras hacía algunos cambios a mano en el libro que tenía entre manos sin darme cuenta de cómo me llamaba, cómo me gritaba para formar parte de mi escritura, sin ver el ansia de mi personaje por salir de las páginas sintiéndolo tan real dentro de mí tanto física como psicológicamente que no me daba cuenta de lo profundo que se estaba volviendo.

La pluma tenía inscrito en uno de los lados «Divina Juventud», no sabía lo que significaba hasta mucho después, cuando lo leí detenidamente y me paré un minuto a pensarlo. Me estaba convirtiendo en el personaje de mi libro, la cual, era mucho más joven que yo, tenía 28 años de edad y, simplemente, me volví ella y empecé a vivir entre las páginas de mi propia historia. Tenía miedo, no sabía dónde iba a terminar…

Un libro especial:

Siempre había querido escribir un libro de fantasía donde todo pudiese volverse realidad, que todo se pudiera tocar, que las dimensiones estuvieran pegadas, que pudiéramos andar entre recuerdos pudiendo cambiar las cosas que quisiéramos. Quería que mi personaje viviese una aventura como esa, el problema era que no había escrito un personaje adicional que la acompañara y, sin mi pluma era difícil volver a mi despacho para crearlo. No tenía ni idea cuánto tiempo iba a estar aquí, había desaparecido por completo de mi realidad y parecía que fuera a formar parte de mis propias letras los próximos meses, quizá años, quizá… para siempre.

Me encontraba en una realidad paralela bastante curiosa. Era un lugar en el que siempre había temido estar, un lugar que jamás pensé que visitaría, un lugar que puede que me rompa el corazón… Es una realidad sin éxito, una realidad sin palabras, sin inspiración, sin aquellos libros que había escrito publicados… Mi protagonista era como yo en muchos aspectos de mi vida y también era escritora… Entre esas páginas había creado maravillas pero también se encontraban mis peores pesadillas y no tenía ni idea de cómo sentirme respecto a ello. A veces quería explorar aquel pequeño mundo que había formado, aquella ciudad perfecta donde podías ver dos lunas en el cielo, donde la gente era agradable, donde no sentía todas las miradas de los demás puestas en mí porque nadie me conocía… porque no había escrito nada.

A veces, deseaba volver. Otras, necesitaba explorar mi entorno por si alguna vez volvía y podía cambiar algo de la historia para que les gustara más a mis editores pero, cada vez, parecía que me alejara más de ella, como si la soledad fuera a colapsarme de un momento a otro, como si el silencio también se hubiera vuelto real…

Un futuro en otra realidad:

Esperaba que las cosas cambiasen, de verdad que lo esperaba. Cada día que pasa estoy en una realidad distinta donde puedo ver cada uno de mis miedos, donde me siento algo más retraída que de costumbre, donde no puedo ver más que gente pasar a mi lado sin tener la menor idea de quién era yo en realidad. ¿Las cosas podían cambiar? ¿Iba a quedarme aquí para siempre? Si era así… ¿qué iba a hacer?

Tan solo soy un personaje que camina entre páginas, que se empapa de su alrededor y que quizá, a veces, se siente como una marioneta. ¿Encontraría la llave para salir? ¿De verdad quería salir o me sentía más cómoda sin que nadie conociera mi identidad? ¿Alguna vez me había gustado el anonimato? Hay muchas cosas inconclusas que resolver, muchas preguntas que responder y sin tener la menor idea de cómo volver a una realidad que quizá, tampoco es la mía…

 

 

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Divina Juventud:

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Escribía una historia que no esperaba que se volviera tan real, escribía una historia que no esperaba que cambiase mi vida para siempre, tampoco pensaba que se volvería tan rara, tan inimaginable. Hacía mucho tiempo que mi inspiración se había vuelto nula, casi nunca tenía ganas de escribir pero, la pluma que había en la mesa de mi abuelo me llamaba, era como si quisiera ser mía durante aquellos momentos de frustración por no poder escribir una sola frase sin dejarlo. Mi abuelo me la regaló antes de su muerte, quiso que siempre la tuviese conmigo para animarme a escribir, aunque me viera obligada a saltar mil barreras para conseguirlo. Hasta aquel momento no la necesité pero ahora, parecía el momento adecuado.

Empecé a escribir. Normalmente, es más fácil hablar sobre ti en una versión mucho más joven, más atractiva, quizá cómo te gustaría verte a ti misma, sin esos defectillos tontos que todos tenemos y que casi nunca apreciamos. Sentí esa punzada al encontrar la inspiración, al ver que todo seguía su camino, que volvía a tener esa motivación que creía perdida… Me quedé dormida encima del teclado, me sorprendió no haber escrito un montón de palabras ininteligibles pero, lo que me dejó helada fue mi aspecto al mirarme al espejo: había dejado de tener ojeras, mi ojos marrones ahora eran de un color verdoso, mi cabello castaño era casi negro, pesaba un par de kilos más y tenía la piel aterciopelada, suave, sin demasiadas arrugas… Seguía teniendo cuarenta años, ¿verdad? Seguí observándome en el espejo. Parecía tener cuatro o cinco años menos…

Contrariada, me fui a desayunar, mirando la pluma por el rabillo del ojo. Quizá había algo que no me cuadraba, quizá había algo en ella que empezaba a hechizarme, a camelarme, a sentir que pertenecía a ella. No pude evitar escribir tras unas horas sin hacerlo, era increíble cómo fluían las palabras con aquella pluma en la mano, estaba centrada por primera vez, empezaba a rememorar aquellos años de juventud en los que mis pensamientos fluían, donde los recuerdos no se rompían. Tras abalanzarme sobre las palabras como si me fuese la vida en ello, me puse las manos en la cara para despejarme y noté que tenía la piel mucho más fina, como si las arrugas hubieran desaparecido. Me miré al espejo, curiosa, deseosa de comprender aquella tomadura de pelo, pero no era nada parecido a ello: era diez años más joven que ayer.

Tenía los ojos tan abiertos que tenía miedo de que se me salieran de las órbitas, ¿cómo podía ser aquello posible? Las arrugas no habían desaparecido por completo pero mi aspecto era mucho más joven tras haber escrito con esa pluma, la que constantemente parecía susurrar mi nombre, la que me hacía sentir llena de vida al tocarla. Me sorprendí al volver a cogerla sin poder evitarlo, sintiendo esa necesidad de volver a mis orígenes, a mi divina juventud, a aquellos momentos en los que estaba en el punto más álgido de mi escritura. Seguía sintiéndome llena de vida, como si mi cuerpo fuera a explotar de un momento a otro, hasta darme cuenta de que mi aspecto y mi cuerpo era exactamente como el de la protagonista que había estado describiendo en mi libro.

Tragué saliva. Miré la pluma que había sobre la mesa y leí las letras que había en ella: «Divina Juventud». ¿Era posible que esta pluma me hubiese convertido en la protagonista de mi propia historia? Tras hacerme esa compleja pregunta y empezar a meditarla, empecé a entrar en las páginas que había escrito, entre mis mil ideas, mis locuras, entre los personajes que la acompañan… Todo se volvió real, sentía su espíritu, su eterna sintonía con la naturaleza, su total plenitud con ella misma, era todo lo que había querido ser y tener, era un personaje más de ficción que se conformaba por palabras, por experiencias ajenas y mil sueños que compartir…

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La Mujer Invisible: Dayene

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Relato Procedente: «OLVIDABLE»

Nombre: Dayene                                                            Edad: 22 años

Ciudad natal: Londres                                                Estado  Actual: Vida humana   

Descripción física:

Mi cabello castaño caía sobre mis hombros, sin flequillo, siempre los he odiado; mis ojos verdes han sido siempre lo que más me ha gustado de mí, de mi conexión con el exterior, no tengo ni idea de si a los demás les gustan, debido a la lejanía entre ellos y yo. Mi piel suave, siempre tan bien cuidada, tan refrescada por la lluvia y, a veces, atizada por el frío invierno, ha querido tener algún simple contacto con alguien, aunque fuesen unos segundos, pero no se vería tan sola, tan necesitada de aprecio. Mis labios son incapaces de mantener esa sonrisa que en un principio tuve, ahora permanecen tan prietos, tan encerrados en un conglomerado de palabras en silencio y mi cuerpo, tiembla al recordar que no voy a volver a mis orígenes.

Descripción de la personalidad:

Supongo que las circunstancias me han hecho ser algo individualista, no creo que haya llegado a egoísta pero sí he tenido un deje de negatividad a la hora de compartir. Siempre he sentido un anhelo, un vacío interior que me decía que me faltaba algo para seguir en aquella burbuja solitaria. No solía sonreír, tampoco hablaba, tan solo pensaba en un nuevo futuro, quizá con esperanzas o no pero, era algo que siempre estaba ahí. He sido muy reflexiva, interesada en esos sentimientos humanos, en el tacto, las miradas furtivas… Podría decir que siempre he sido alguien curioso que le gusta saber de aquello que no tiene o no conoce.

Pequeña burbuja:

Creada a mi alrededor con soltura, hecha para abrazarme entre su soledad sin poder tener contacto con el exterior, nadie puede verme, oírme o escucharme, formo parte de una pequeña zona de confort a la que nadie puede acceder. No me acuerdo cuándo fue el momento en el que me debatí entre permanecer con personas que me juzgaban y vivir en mi pequeña burbuja, donde nadie me molestase, donde a nadie se le ocurriese dirigirme la palabra. Estaba demasiado herida para pensar con cierto raciocinio, tendría cerca de ocho años y no entendía muy bien las relaciones humanas, era callada, vivía en mi mundo y tan solo quería que las cosas siguieran siendo así.

Recluida entre mis propios miedos, entre lágrimas derramadas, cicatrices que no se curaban del todo y un millar de palabras que me negaba a escuchar. Envidia que abría cada una de mis heridas, empezaba a necesitar de otros, sentir algo más que a mí misma, era difícil respirar el mismo aire y no poder comunicarme, no poder compartir mis anhelos con nadie más, tan solo podía pensar en encontrar algo de comprensión, aunque fuera ínfima, aunque pronto fuese a desaparecer, a desvanecerse entre un millar de preguntas.

Silencio ensordecedor:

Tras tanto tiempo en soledad, te vas dando cuenta de lo que es el silencio. Es como si, de repente, dejases de oír, flotaras entre el vacío y no volvieras a despertar. Estar lejos de los demás es diferente, es permanecer en la sombra, en la completa inexistencia, sin importar lo más mínimo, sin ser visto, sin ser oído. Al principio, podía oírles hablar, podía observar sus momentos, podía entender sus circunstancias pero ahora, todo se ha vuelto más tenue, más apagado, más lejano…

Es difícil comprenderlo pero forma parte de ti, de quién eres, sin poder cambiarlo. Una simple palabra que lo cambia todo, que termina por hacerte sentir diferente, alejado de toda humanidad. Puedo mirar a mi alrededor y recordar las palabras de alguien, cómo sonaban, cómo llegaba a entenderlas, cómo eran esas miradas compasivas. Todo eso, consiguió acallarse, volverse transparente, inexistente, olvidable, ni siquiera podía recordarlo…

Cambios radicales:

Una mañana en la que no quería ver a nadie, en la que quería refugiarme en mi tristeza, alguien me dio la oportunidad de salir de mi burbuja, brindándome un pequeño regalo tras haber deseado tanto formar parte de esa vida humana que tan lejos de mí se había quedado. Noté cómo una mujer chocó contra mí debido a un descuido, quizá ni siquiera me vio venir del «otro lado», puedo decir que fue increíble por notar ese tacto que tanto había anhelado. Sentí una alegría infinita que no podría describir con palabras, sentí que formaba parte de algo más grande que yo misma y lo echaba de menos desde mis ocho años de edad.

Tras las primeras semanas, todo fue perfecto, tenía curiosidad por todo lo que me rodeaba, estaba maravillada por todo lo que me iba a brindar la vida y estaba increíblemente agradecida por esa persona que me había dado la oportunidad de encontrar mi sitio, de volver a nacer. Nada es lo que parece, por supuesto. Tras el primer mes entre las personas que me rodeaban, pude presenciar el dolor que se puede infringir con tan solo una mirada, una frase, un susurro, una burla, una humillación… Pude sentir el dolor de todas las víctimas que habían sido maltratadas por alguien, pude denotar toda aquella vergüenza que, alguna vez, pudieron sentir muchas de ellas y no pude evitar llorar. Me di cuenta de mi equivocación, del terrible error que había cometido y, entendiendo perfectamente el por qué de mi decisión.

Un futuro encadenado:

No pude volver. Nadie quiso ni pudo ayudarme. Tras todas mis quejas y mis deseos de volver a este «mundo» donde todos pueden herirse sin ser culpados de nada, sin ser castigados, sintiéndome encadenada a esta continua circunstancia, a este continuo descontrol de sentimientos, a tantas dificultades y a un mundo desconocido para mí. Tenía que sobrevivir, hacer frente a las adversidades, a observar los continuos abusos a mis semejantes, por no aceptarme y quererme tal y como soy, por no aceptar que vivir en tu burbuja no es tan malo, es revelador, es diferente, es sentirte tú mismo.

Tras querer ser como los demás, formar parte de su mundo y ver que, para nada, es para mí, he podido comprender que eso no es lo importante. Cada uno debe ser compañero de sí mismo, con eso te vale, no hace falta ser quién no eres para demostrar nada, para sentir más de lo que ya sientes, para ser aceptado o llamar la atención, te bastas con ser tú y compartir la vida contigo mismo. Algunos lo llaman soledad, otros lo llamamos «liberación de una sociedad contaminada». ¿Tú cómo lo llamarías?

 

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Olvidable:

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Era invisible, era olvidable, un cúmulo de papeles en blanco que nunca serían escritos. Podía verles a mi alrededor, oírles hablar, gritarse, observar cada uno de sus momentos felices y tristes, podía mirar a través de ellos con absoluta libertad. No entendía muy bien cómo o por qué pero, era capaz de hacerlo sin demasiado esfuerzo, sin decir una palabra, dado que, nadie podía verme. Estaba encadenada a la soledad infinita, a un sinfín de sonrisas que jamás formarían parte de mis días, estaban cerca pero a la vez, tan lejos, no podía controlar mis emociones al no poder sentir el contacto con otra persona, al notar su mirada mientras me contaba cualquier anécdota divertida.

No soportaba verme tan vacía y, a la vez, tan acallada. Hacía mucho tiempo que no oía el sonido de mi voz, simplemente, el tiempo me había silenciado, no recordaba cómo era sonreír, ni siquiera me había acercado a un espejo porque no podía verme, era como mirar a través de un fantasma, estaba pero no era percibida. No sentía hambre, tampoco sed, ni esa necesidad de ir al baño tras demasiada cerveza, podía observar a mi alrededor, pero no parecía estar preparada para el mundo, ¿por qué no?

Era una mañana tranquila, alejada de aquellas personas que caminaban por la calle. Decidí evadirme de todo lo que pudiera hacerme sentir vacía, tenía envidia de ellos, muy en el fondo, había momentos en los que tan solo podía ahogarme entre mis propias lágrimas pero, aquella mañana, no iba a permitirlo. Permanecía agazapada entre una arboleda, respirando el aire fresco, notándolo chocar contra mi cara, cerraba los ojos y podía verme al otro lado, donde todos podían oír mis palabras, donde podía respirar libertad, donde no estaba aislada. Noté que alguien cogía mi mano y me llevaba consigo, era como si estuviera hipnotizada, como si trataran de que no abriera los ojos pero, cuando lo hice, me sorprendió ver que una mujer chocó contra mí en medio de una calle transitada, ¡aquello era maravilloso! Oí una voz que me susurró al oído, tenue, suave:

– Aquí tienes tu regalo, Dayene… Disfruta de la humanidad.

No entendí muy bien qué querían decir esas palabras hasta mucho después, en cuanto pude ver lo que brindaba el ser humano corriente. Los primeros días estuvieron llenos de alegría, de curiosidad por conocer «el otro mundo», con ganas de conocer a la gente que, durante mucho tiempo, observaba. Esa alegría se fue transformando en tristeza al ver a personas haciéndose daño mutuamente, en compasión por aquellos que han sido víctimas de maltrato, por odio hacia aquellos que les gusta y disfrutan del dolor ajeno, en decepción al ver lo que era capaz de hacer el ser humano por dinero, por egoísmo, por echar un polvo en la parte trasera de un coche y no poder hacer nada para cambiarlo.

Muy dentro de mí, empecé a necesitar esa quietud de la que formaba parte, había demasiada gente a mi alrededor, demasiado dolor, vidas complicadas, tan vacías y llenas de nostalgia… Empecé a desear que volvieran a olvidarme, quise dejar de existir, volver a ser invisible a ojos humanos, volver a esos orígenes que tan arraigados tenía para poder vivir de esa tranquilidad que me embriagaba mientras estaba en soledad, mirando a cualquier lugar y escuchando a los pájaros cantar. No podía ver a toda esa gente sufrir, gritarse, humillarse, criticarse, reírse de los demás, tratar de hacerles sentir pequeños, ridículos, insignificantes… La vida era más que eso, algo que siempre se olvida, algo que se disipa pero que debería permanecer, nadie está solo, se tiene a sí mismo.

Quise volver en cuanto sentí que no formaba parte de ese mundo, en cuanto me di cuenta de lo mucho que echaba de menos el silencio pero nadie me oía, era como si mis orígenes ya no esperaran mi llegada, como si el silencio fuera ruido y la tranquilidad se alejase. Arrepentida de haber odiado mi pequeño mundo alejada de todo, caminaba por las calles sin un lugar predeterminado, kilómetros en la nada, queriendo traspasar esa barrera que me separaba de aquello que conocía. Nadie llegó, nadie me ayudó a volver, teniendo que marchitarme en ese lugar de locos en el que no comprendía demasiado bien su funcionamiento, tampoco qué hacer para sobrevivir en lo desconocido, para construir desde la nada, para dejar de ser olvidable, invisible…