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Elfrom: El que Entristece

Relato procedente: «En Persona«. Edad: 38 años.

Ciudad: Columbus. Profesión: Recepcionista.

Descripción física:

Mi cabello es negro, por los costados y por detrás bastante corto y por arriba en forma de tupé bien peinado y cuidado, con una barba algo poblada y con zonas canosas. Mis ojos son de un tono azul claro, aunque si no les da mucho la luz pueden volverse de un color más intenso. Mis labios son finos y mi tez un tanto morena. Siempre me ha gustado vestirme de forma informal, exceptuando cuando voy al trabajo que es el único momento donde soy capaz de llevar traje y corbata.

Descripción de la personalidad:

Desde que era pequeño, me han comentado que tengo bastantes problemas a la hora de exteriorizar emociones, no me gustan mucho los conflictos y rehúyo de personas que sé que me van a traer problemas. Soy bastante callado e introvertido, desde siempre he estado en mi cabeza, hablando conmigo mismo, reflexionando, sintiendo como si no perteneciera al mundo, con una tristeza inexplicable. Sí que es verdad que, como todo el mundo creo, tengo la habilidad natural de pretender que soy como los demás para hacerles creer que encajo y me siento genial en el entorno, cuando la realidad es que no tengo ni idea de qué están hablando.

Una infancia bastante aislada:

Creo que siempre fui ese típico niño rechazado que vivía en su cabeza, soñando e imaginando mundos propios en los que poder caracterizar personajes, no solía hablar demasiado y no me gustaba el colegio, sacaba las notas justas para pasar de curso porque no me interesaban los temas de los que hablaban y no encajaba muy bien en mis entornos. Con mis padres siempre sonreía y asentía con la cabeza pero me sentí solo casi todo el tiempo, no entendían el porqué de mi aislamiento, por qué quedarme en casa encerrado leyendo y no tenía amigos. No me interesaba y eso, simplemente, no podía fingirlo.

Me gustaban los juegos de mesa, los puzzles, las sopas de letras y todo tipo de juegos que solo hiciese falta una persona para jugar. Era un niño muy introvertido y no me gustaba causar problemas, era calmado y no me importaba demasiado lo que pudieran pensar los demás de mí, muchos me comparaban con un robot. Era inteligente pero no tenía el menor interés en demostrarlo, era como esforzarse para nada, sabía que los demás no valorarían ninguna cosa de la que hiciera, solo se quejaban de dinero y de la cantidad de facturas que llegaban a casa, aparte de discutir delante de mí por cosas que no me concernían ni lo más mínimo. Ellos tenían sus cosas, yo era un cero a la izquierda y estaba cómodo en esa zona de confort.

No hice lo que se esperaba de mí:

De hecho, nunca lo hice. Desde pequeño, de adolescente y adulto, no hacía lo que se esperaba de mí en ningún ámbito de mi vida. No escuchaba a nadie, estaba decidido a andar por mi cuenta. Mis padres se empeñaban en que entrara en la Universidad a estudiar medicina, según ellos era un chico listo y seguro que lo sacaba, igual que lo hizo el abuelo, ganaba bien y la familia pudo echar hacia adelante. Mi padre le admiraba, yo no, y no tenía ningún interés en ser como él, no me interesaba ser médico. Luego quisieron que me apuntara a Derecho, mi respuesta fue la misma, que no. Tampoco me apunté a la de Negocios, la de Turismo o la de Administración de Empresas.

Así que, decidieron elegir ellos por mí. Porque claro, era lo mejor. No llegaban a final de mes pero debían presumir de hijo inteligente que estaba estudiando una carrera como los demás del barrio. Tardé dos semanas en anular la suscripción, aquello era absurdo, yo no quería ir a ninguna Universidad, lo que quería era encontrar un trabajo y salir de casa, empezar a pensar en salir del nido, se volvió la cosa más importante de todas. Lo mejor que pude encontrar fue de recepcionista en un dentista, empecé a los veinte y hasta hoy sigo estando allí, ganando el salario mínimo, viviendo en un pequeño pisito en el centro y sin más responsabilidades que hacer la comida y llegar a tiempo al trabajo, el sueño de cualquiera.

Nunca fui feliz:

Mucha gente habla de felicidad, de qué se siente en esos pequeños momentos que todos tenemos, que nos hacen reír a carcajadas y nos hacen sentir increíbles. Yo, por otro lado, nunca llegué a sentir algo así, es más, todo lo contrario. Siempre sentí una tristeza permanente, que no se iba por nada. Estaba ahí, mirándome, esperando. Durante mucho tiempo, quise saber por qué y empecé a acudir a terapeutas por toda la ciudad, para conseguir respuestas, al parecer, tenía depresión crónica. Esa tristeza que apenas notaba al principio, cada año que pasaba iba magnificándose más y más hasta hacerse a veces profunda y otras, calmada y equilibrada. Tenía bastantes altibajos y empezó a afectar a mi día a día.

La verdad es que no recuerdo ni una sola vez en la que realmente me hubiera sentido pleno, lleno de vida, de júbilo y de alegría, ni siquiera de niño solía sonreír o reírme demasiado, no me gustaban mucho las bromas y aborrecía los chistes. Además, me incomodaba la gente, algunas muestras de cariño y que trataran de hacerme reír, no me apetecía nada. Muchas personas en la oficina pensaban que yo era aburrido, que no tenía nada que ofrecer y era uno más, pero creo que nunca sabrán lo que hay detrás de unos ojos tristes, ¿verdad?

Las reuniones:

Aquí fue cuando empezaron las terapias de hipnosis. Iba dos días a la semana y el terapeuta solía decirme hacia dónde ir. Normalmente, bajaba unas escaleras y me topaba con varias habitaciones en lo que parecía un sótano un tanto oscuro, sin ventanas. Una de las habitaciones, la que parecía más grande, era la que siempre me atraía hacia ella para que la abriera, como si quisiera decirme algo. Cuando lo hacía, me encontraba en una habitación de cuatro paredes, con dos sillas, una frente a la otra y con alguien ya sentado en una de ellas. Y era así de sencillo, era como hablar conmigo mismo, porque teníamos el mismo aspecto exacto, lo único que nos diferenciaba es que él tenía la costumbre de no llevar camiseta.

Pero él no era yo, ni mucho menos, mi «yo subconsciente» estaba en otra habitación que a veces, solía visitar para reflexionar sobre algunas cosas. Ese que se sentaba frente a mí, con tal perfecta similitud, era mi tristeza en sí misma. Esto puede ser chocante pero, a la vez, muy útil. Siempre traté de llegar a un acuerdo con ella, siempre quise que nos lleváramos bien pero no era muy sencillo hablar las cosas, era bastante pasota, tozuda, egoísta, sarcástica, y de lo más irritante. Cada vez que salía por esa puerta, me sentía más frustrado y desesperado, no quería darme un respiro. La invitaba a irse, incluso, le dejé la puerta abierta varias veces para que pudiera ser libre, ya no iba a retenerla más, pero ella nunca quiso cruzarla. Pensé que era ella que no quería irse, pero años después, me di cuenta de que quizá era yo quién no quería deshacerme de ella porque formaba parte de mí y no quería estar solo. Una melancolía un tanto tóxica, sí…

Un futuro aislado:

La depresión nunca termina de superarse, imagino. Mejora, por supuesto, y depende de días. La última vez que la visité, me dijo lo mismo que la última vez, seguía distante, no fui capaz de asustarla ni un poco, no pestañeó ni un segundo, desvió la miraba fríamente y cortó tajante la conversación. Estaba dispuesto a volver en un año o dos quizá, puede que le dejara un poco de espacio o quizá dejara de empeñarme en que se fuera y tratara de aceptarla, tal como ella dijo. Fueron muchas las cosas que me han llevado a este punto exacto, a este sentimiento intenso que cruza mi pecho tantas veces, así que, quizá entiendo por qué está ahí conmigo. Aunque le cueste reconocerlo, le da tanto miedo salir de esa habitación como miedo me da a mí de que salga, puede que tengamos ese tipo de relaciones posesivas-obsesivas donde no podemos dejar de tirarnos cosas y discutir pero donde necesitamos al otro tanto que no le dejamos escapar.

Supongo que vivir con ello es lo único que he hecho hasta este momento y será lo único que pueda hacer para tratar de seguir caminando, pase lo que pase o hasta que quiera descansar de una vez, desaparecer o dejar de sentir. Pero hasta ahora siento que no debería rendirme, aunque siga teniendo días muy malos y tenga que hacer un esfuerzo por seguir de pie. Creo que ser compasivo conmigo mismo es lo que me salva de seguir frustrado y roto por dentro.


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Gale: El que Enfrenta una Pérdida

Relato procedente: «Una Vida sin Ti«. Edad: 43 años.

Ciudad: Boston. Profesión: Empresario.

Descripción física:

Mi cabello es de color negro con algunas canas en los costados, mis ojos son castaño claro y mis labios finos. Mi tez siempre ha sido pálida pero en los últimos años, ha ido haciéndose un poco más morena, digamos que ligeramente. He cogido unos cuatro kilos de más aquí y allá debido al estrés, me da por comer los pastelitos que hacen en la cafetería dos bloques más allá de mi casa. Suelo vestir de traje y corbata de lunes a viernes, los fines de semana, me gusta más llevar vaqueros y camisa si voy a salir pero cuando no, me aficiono a estar en casa en pijama.

Descripción de la personalidad:

Me considero trabajador y me suelo conformar con poco. Por lo general, tengo energía pero en mis días libres, cae en picado por lo que soy un solitario adicto a las películas de terror y a las palomitas. No soy para nada lo que aparento, puedo parecer elegante, caballeroso, entregado, atento y muy servicial pero en cuanto cruzo la puerta de salida del trabajo, soy un tipo normal que preferiría pasarse la tarde leyendo cómics y recordando buenos tiempos con amigos, soy bastante nostálgico y me encanta la cerveza, las tabernas son mi segundo lugar favorito, como un refugio o un segundo hogar.

Lazos importantes:

No recuerdo haber tenido momentos de infancia del todo agradables, lo único que me gustaba era leer y esconderme debajo de la cama, corretear después de las clases por el parque que había frente al colegio y comprarme chucherías en la tienda que había calle abajo de casa de mis padres. Era una rutina que me hacía sentir medianamente feliz dentro de mi miseria. Lo único que podía oír en casa eran gritos, mis padres discutían por cualquier cosa, cada día se aguantaban menos y solían evitarse bastante. Ni siquiera se daban cuenta de cuándo me iba y tampoco de cuándo volvía, y empecé a los ocho años después de escuchar una pelea horrible entre ellos donde oí un fuerte golpe contra la pared de su habitación. Pensé en lo más terrible que alguien podría imaginarse y, me dio tanto miedo que salí corriendo. Ahí es cuando me di cuenta de que huir no era una idea tan mala.

Empecé a salir cada noche, me sentaba en un banco cerca de casa y abría las páginas de un nuevo cómic, se convirtió en un ritual. Una de estas noches, otro niño de mi misma edad, se sentó a mi lado. Se llamaba Michael. Ambos nos sonreímos y nos sorprendimos al saber que íbamos al mismo colegio pero no nos habíamos visto. Pareció pura casualidad pero años después, creí firmemente que fue el destino porque, a partir de ese momento, fuimos inseparables. Él no solía hablar mucho, menos de sus sentimientos, pero supe que algo pasaba en su casa, a veces, se pasaba noches enteras sin dormir sentado en un banco sin poder volver. Algunas de estas noches, le invitaba a dormir en casa sin que mis padres se enteraran, a primera hora solía salir por la ventana y volver a la suya.

Lealtad y respeto:

A pesar del paso de los años, nuestra amistad siempre se basó en lealtad y respeto. Íbamos a todas partes juntos, él era el fuerte y el que solía enterrar sus emociones, mientras que yo era más expresivo y solía decir lo que pensaba. Nos complementamos. En situaciones difíciles, solíamos llamarnos a medianoche para vernos, despejar nuestra mente con un juego de ajedrez, de rol, un cómic o puede que un paseo a la luz de la luna. Recuerdo que muchos de los abusones del colegio le tenían miedo, no se acercaban a mí porque él estaba allí, solía tener temperamento, pero solamente le vi enfadado unas cinco o seis veces en la vida.

Incluso cuando ambos nos casamos, solíamos vernos para cenar y tomarnos unas cervezas, comentar anécdotas y, por supuesto, hablar de cómo iba en el trabajo. Recuerdo que me despidieron y yo estaba desesperado, le llamé para pedirle consejo y, al día siguiente, Michael me dijo que fuera a su compañía que tenía empleo para mí. ¿La verdad? No sé qué hubiera hecho sin él. No he tenido hijos y él tampoco pensaba tenerlos, amábamos a nuestras mujeres pero no hasta ese punto, supimos que teníamos la fecha de caducidad pegada al culo cuando nos negamos los dos. Fueron decisiones difíciles, dos divorcios juntos y un montón de deudas que pagar y mierdas emocionales que superar pero siempre quedábamos, no había un solo día que no fuéramos juntos a tomar algo al salir del trabajo. Me gustaba eso, me encantaba que esos lazos no se disiparan nunca.

Actitudes extrañas:

Pero, como sabemos, todo lo que empieza también acaba, ¿verdad? Nuestra amistad no fue, estoy seguro. Había algo en él que no era lo mismo, empezó a actuar diferente. Faltaba a las reuniones del trabajo, no venía a la empresa días seguidos, no respondía a las llamadas ni a los mensajes, cuando respondía era para decir algo rápido y colgar, ya no venía a tomarse una cerveza con los compañeros de trabajo o a cenar con los amigos comunes, e incluso, su madre me llamó para preguntarme qué ocurría con Michael. Eso sí me preocupó. Sabía que con su padre no había tenido nunca muy buena relación, pero con su madre tenía una especie de amistad especial como él la llamaba y todos los días hablaban por teléfono.

Sabía que algo pasaba, ni siquiera su ex mujer sabía nada de él. Se separaron pero en buenos términos, nada de garras, sangre y destrucción, más bien fue algo pacífico, sabía que quedaban para hablar de vez en cuando pero ella ya hacía meses que tampoco sabía nada de él. Y, por si fuera poco, no le abría la puerta de casa a nadie, se quedaba dentro y no había forma de sacarle. Continué preocupado, por supuesto pero, ¿qué más podía hacer yo? Le di un poco de espacio, incluso, analicé si le había hecho algo de forma personal que no recordaba y que podría haberle herido pero no se me ocurrió nada, así que, desistí. Al final, pensé que estaría pasando por una fase, la verdad, ya no sabía qué pensar, me faltaban ideas.

La llamada:

Michael me llamó minutos antes de morir. Su voz era temblorosa, tartamudeaba un poco, sollozaba de vez en cuando y no sabía muy bien qué decirme. A decir verdad, me dio la sensación de que yo fui su «última llamada». Sonó como si se despidiera, no le entendí muy bien, trataba de poner más atención, de subirle el volumen al teléfono pero, no podía terminar de entenderle bien y, a veces, se cortaba la señal. Después de un par de minutos muy rápidos y cortos al teléfono, colgó sin despedirse. Supongo que, solo oír su voz ya era en definitiva, una despedida.

Entonces me pregunté varias cosas. ¿Por qué me llamaría después de tantos meses sin casi hablar ni responder a las llamadas? ¿Por qué justo en ese momento? ¿Estaba en apuros? ¿Necesitaba ayuda? ¿Dónde iría si así fuera? ¿Esa llamada era una especie de mensaje para mí que yo debía entender para saber dónde buscarle? No sé, mi mente iba a tres mil por hora, ni siquiera sé por qué me dirigí justo a ese puente, no sé si fue una especie de intuición, el destino o su esperanza que me acompañaba. La cuestión fue que llegué. Corrí por todo el puente, le llamé. Estaba desierto a las dos de la madrugada, por supuesto, a penas pasaban dos o tres coches por allí. Me asomé por todos los rincones, hasta que le vi. Le vi tirado en unas rocas, había sangre en ellas y su cabeza estaba abierta, su cuerpo inerte, sus ojos me miraban y su piel se había vuelto pálida. Grité. Grité de dolor, lloré y le di golpes al puñetero puente. No iba a conseguir nada porque él seguía muerto. Incluso, diciéndolo ahora sigue pareciendo mentira. Llamé a la policía y a la ambulancia, pasé por interrogatorios donde me tuvieron toda la noche. Llegué a casa al día siguiente, exhausto y agotado.

El funeral:

Dos horas antes, no quería ir. Estaba harto de pensar en él todo el tiempo, quería que volviese, no quería decir unas palabras en su funeral, eso sería una admisión de que estaba muerto. Me arrastré a mí mismo allí, tratando de calmar a sus padres, hacía pocas horas de que se habían enterado de que Michael se había suicidado. Mi mente no dejaba de darle vueltas al por qué. Su vida había continuado exactamente igual, ¿qué había cambiado? Seguía preguntándome si alguien le podría haber amenazado con algo, si alguien podría haberle manipulado para que lo hiciera, nunca he creído que él mismo se tirara sin razón, por teléfono parecía muy angustiado, como si tuviera que hacer algo que no quisiera hacer. No le entendí muy bien pero, tuve esa sensación en mis entrañas desde esa llamada y era algo que no pensaba ignorar.

Traté de ser lo más conciso y específico en respecto a nuestra amistad entre esas palabras que dije a los presentes en el funeral, traté de ser quién él hubiera querido y no el pesado que no dejaba de hablar de gilipolleces sentimentalistas. Sabía que odiaba todo eso y sabía que hasta odiaría las flores que su madre había comprado, incluso el ataúd. Él siempre había querido que lo quemaran, quería desaparecer del mundo, no quería dejar rastro, nos reíamos pero le creí por alguna extraña razón. Su ex mujer no quiso estar más de lo necesario, no pudo hablar durante todo el tiempo que duró el funeral ni siquiera con los padres de Michael, ni siquiera conmigo.

Un futuro sin él:

Supongo que a todo hay que acostumbrarse. Quizá él ya no esté y esas cervezas que tomábamos ya no vuelvan a suceder pero el agujero que estaba empezando a sentir dentro de mí se agrandaba por momentos, quería llorar todo el tiempo. Empecé a estar furioso desde la noche que le encontré, impotente desde su llamada, confuso desde que empezó a aislarse y no sabía de él, triste desde que se empezaba a aceptar que se había ido. Me había prometido que seguiría investigando por mi cuenta qué podría haber sucedido, seguía creyendo que era imposible que se suicidara, no había motivos y lo sabía mejor que nadie porque le conocía.

Ver claramente un futuro sin él iba a ser difícil, pero no me estaba permitiendo demasiado pensar en ello, aunque le estaba recordando a cada sitio al que iba, era como si caminara junto a mí aunque no pudiese verlo. Espera, ¿lo hacía? Ojalá pudiera saberlo. Iba a tratar de levantarme por las mañanas y seguir adelante, por él.


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Jed: Sed de Venganza

Relato procedente: «Una Elección«. Edad: 41 años.

Ciudad: Memphis. Profesión: Vigilante de seguridad.

Descripción física:

Soy un tipo alto, con cabello castaño y corto, con piel un tanto morena y que siempre viste de negro, creo que es el color más básico y el más simple de combinar. Mis labios son algo gruesos y mis ojos de un color miel. Me suelen gustar los vaqueros y los zapatos cómodos, odio ir de formal, solo cuando me tengo que vestir con el uniforme del trabajo pero jamás para salir.

Descripción de la personalidad:

Supongo que soy alguien con quién se puede confiar, no hago preguntas y tampoco favores, siempre he estado metido en mis cosas, no me gusta molestar a otros. Soy reservado, cariñoso pero también algo frío, depende del contexto, no suelo confiar en los demás, solo en los más cercanos, odio las decepciones y esperar algo que nunca va a llegar. Hablo lo justo y necesario, cuando se me mete algo en la cabeza he de hacerlo, sino me vuelvo loco. Quizá me vean como a alguien distante o cortante, supongo que puedo considerarme algo así pero puede que no me conozcan muy bien.

Una infancia violenta:

Mamá tenía problemas y muchos, de esos de los que no quería hablar. Sus cambios de humor eran continuos y no conseguía mantenerse en pie ni un día, podía ser una madre cariñosa y, al día siguiente, empezar a tirar platos a quién fuera que le estuviera hablando, creaba situaciones realmente malas. Creo que la mayor parte de mi infancia me la pasé refugiado en mi cuarto, escribiendo historias, a veces leyendo o saliendo a probar el skate que mi padre me regaló por mi cumpleaños.

Mi padre estaba preocupado. No quería demostrarlo delante de mí pero ciertamente, lo estaba. Les veía pelear, gritarse, volverse locos de atar. Papá la llevó a un psiquiatra y le aconsejaron que debería llevarla a una institución de salud mental. Lo necesitaba de forma urgente, no estaba nada bien. Supongo que ahí fue cuando la violencia terminó para mí, a veces, iba con moretones al colegio y no podía evitar que los profesores preguntaran. Sabía que mamá estaba enferma y debía protegerla, pero me resultaba doloroso e incómodo. Después de internarla, nos quedamos solos papá y yo y todo fue mejorando poco a poco sin darnos cuenta.

Unos años complicados:

Supongo que para todos, la adolescencia ha sido una etapa complicada pero se hace aún peor cuando eres invisible o, al menos, pretendes serlo. Me tiraban los libros, me empujaban por los pasillos y era el principal objetivo de un matón que lo único que quería y necesitaba cada día era mi almuerzo. Nunca comía en el recreo, ni siquiera tenía ganas de salir fuera, sabía que él estaría allí y que todos se reirían porque había vuelto a ganar. Era un idiota pero no podía contárselo a nadie. Mi padre nunca lo supo. Era mayor para guardarme mis cosas, para manejarlo como podía,

Empecé a ir a clases de defensa personal, lo creí necesario. Esas clases se llamaban «me voy al fútbol, papá. Vengo en un rato». Quería ser fuerte, quería saber defenderme y poder contraatacar, plantarles cara, quería saber de disciplina y auto control, quería dejar de tener miedo todo el tiempo. Me ayudó mucho a reestablecer mi auto estima, a entenderme y a saber encontrar un balance entre mi mente y mi cuerpo. Fue una etapa realmente esclarecedora que no compartí con nadie más que conmigo mismo.

Marlene, una brisa agradable sobre la piel:

La conocí en la tienda de discos a la que solía ir. No fue un momento especial ni nada por el estilo, simplemente, estábamos en la misma fila mirando algunos grupos de rock y ella decidió empezar la conversación con una broma que ya ni recuerdo. Sonreí y continué con la broma. Al girarme vi esos ojos azules, esa sonrisa, un cabello dorado que embriagaba y un gusto para vestir muy parecido al mío, quizá cogió lo primero que vio para bajar a esa tienda pero, digamos que fue lo que más me llamó la atención. Nos encontramos un par de veces más en el mismo lugar y entablamos alguna conversación sobre música y trasladamos esa conversación a una cafetería, mientras reíamos entre café y café.

No decidí que me gustaba en ese momento, ni siquiera en los más de siete u ocho meses después en los que entablamos amistad, tampoco en esa época de auto descubrimiento que pretendía empezar. La verdad es que con papá estaba bien y no pensaba para nada en chicas o en relaciones, siempre estaba ocupado. Pero, simplemente, sucedió. Fuimos a un cine donde podíamos ver la película en el coche y sacamos todo tipo de dulces y porquerías que se nos ocurrió, solo para reírnos y pasar el rato. Nos aburrimos un poco de la película, pero seguimos allí, hablando de nuestras cosas. La conversación se empezó a volver cada vez más seria, más profunda, distinta de las que solíamos tener, interesante y hasta atrayente. Nos besamos. Y justo en ese momento, empecé a verla de otra manera. Supongo que ambos lo hicimos.

La vida perfecta:

Así lo pensé, desde el primer momento en el que decidimos darnos una oportunidad. Conectábamos muy bien y estábamos dispuestos a apoyarnos que, en sí, era lo más importante. Nos fuimos a vivir juntos unos cinco o seis años después de empezar nuestra relación. Ambos estábamos ocupados y nunca veíamos el momento de sacar el tema. Recuerdo que papá estaba muy contento y me pidió que no la dejara escapar, que habíamos sido muy pacientes.

Nos compramos una casa a las afueras, rodeada de naturaleza donde decidimos casarnos. Supongo que, cuando todo va bien y sigue como está planeado, parece que tu vida no va a parar de brillar y de ser perfecta. Como vigilante de seguridad tenía un buen sueldo y estaba bastante bien posicionado, mientras que Marlene trabajaba en una empresa que reparaba ordenadores. No era lo que siempre hubiera querido pero le daba para pasar el mes, era lo que quería, nada complicado. A veces, alternaba con otros trabajos y, a veces, simplemente se dejaba llevar.

La noche del robo:

Recuerdo esa noche porque estuve trabajando. Fue una de esas noches donde quieres irte a casa, que el reloj adelante las horas lo más rápido posible para volver a tu vida y seguir viviéndola como hasta el momento. Pero una alarma de mi teléfono sonó sin parar. Me mostraba mi casa, nuestra casa. Alguien había entrado y Marlene no se había percatado todavía. La llamé varias veces pero no respondió. Cogí el coche lo más rápido que pude y me dirigí a allí. La puerta estaba abierta, la alarma había dejado de sonar, las luces estaban apagadas, había ropa por el suelo, platos, cubiertos, como si hubiera habido una pelea. Llamé a Marlene varias veces pero no respondió. Me esperé lo peor.

Encendí las luces del salón y subí las escaleras, toda la casa estaba patas arriba. No había un solo cajón en el que no hubiera rebuscado. Las joyas habían desaparecido, la televisión, el tocadiscos, muchas cosas de valor. Tuve una sensación, de las malas, así que, me dirigí hacia el baño de nuestro dormitorio. Vi a Marlene en la bañera, con sangre por todas partes. Me quedé de piedra. No podía respirar. Me dolía el pecho, me temblaban las manos. «Joder, ahora no», pensé. Saqué el teléfono para poder ver las grabaciones, para ver si podía ver la cara del cabrón que había entrado. Iba a ir a por él.

Sed de venganza:

No volví a pisar esa casa nunca más, la dejé tal como la encontré y empecé a buscarle. Le había identificado, sabía su nombre y dónde solía esconderse después de meses de perseguirle, era listo, muy listo. No dejaba rastro. Mi padre se encargó del funeral, de escribir algo bonito para ella, de llevar las flores, de presentarse allí… yo no podía. No hasta que él estuviera muerto. Fui a los barrios más problemáticos de la ciudad para conseguir un arma, eso era lo que quería, eso era lo que me mantenía despierto y me obsesionaba, ir a la tumba de mi mujer podía esperar.

Lo gracioso es que le cogí, le tenía en un callejón, atrapado. Me juró que no había hecho nada, por supuesto, no le creí y estuve a punto de apretar el gatillo cuando alguien me dio un disparo en la pierna. El chico de la capucha salió corriendo y desapareció, mientras el nuevo cabronazo me confesaba que había matado a mi mujer y que había estado robando en mi casa con detalles muy específicos. Me tenía tirado en el suelo sin oportunidad de defenderme, se me había caído la pistola y la pierna me sangraba demasiado como para intentar ponerme de pie. Me apuntó con su arma y sonrió, le gustó haber ganado la partida. Cuando creía que yo le tenía, era él quién me tenía a mí. Me disparó sin remordimiento, sin pensarlo.

Ningún futuro a la espera:

Supongo que papá me lo advirtió, tenía razón y odiaba cuando tenía razón. Olvidé describirme como un cabezota cuando hablaba de mi personalidad, y por supuesto, mi padre no lo olvidaría y se culparía por ello, por no pararme a tiempo. Le conozco, era como si le estuviera viendo. No podría con el dolor de tanta pérdida, ya lo pasó con mamá y no salió bien, tuvo que ir a terapia porque no soportaba estar sin ella y porque ya no conocía a la mujer que iba a visitar una vez a la semana.

Será diferente conmigo, yo me he ido por completo. Ha sido mi elección, para nada es su culpa, pero odio que vaya a hacerse daño por una equivocación que ha sido solo mía. Las obsesiones y los impulsos siempre han sido mi kriptonita, lo que más he debido controlar pero esa confianza de tener la vida perfecta, me cegó por completo, nadie te da nada a cambio de nada. ¿Verdad que no?


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Clarise: La Oveja Negra

Relato procedente: «En Silencio«. Edad: 28 años.

Ciudad: Brighton. Profesión: Dependienta de tienda.

Descripción física:

Mi cabello castaño claro me llega un poco más abajo de los hombros, tengo zonas algo más rubias que realzan mi expresión. Mis ojos son de un tono verde oscuro y mis labios son finos. Mi tez es bastante pálida, no suelo tomar el sol, no me gustan las zonas cálidas. Soy una chica bastante esbelta, aunque como mucho y me encanta vestir con ropa sencilla, un poco ancha y de telas lo más naturales posible, no me gusta el roce de ciertos tejidos y me acoplo a lo básico.

Descripción de la personalidad:

Muchos me califican como rebelde, otros muchos como alguien inteligente y muy trabajadora, diría que soy un poco de todo, pero creo que soy más bien luchadora y una solitaria, por lo que a mí respecta, me encantan los silencios y la lectura, puedo tirarme horas leyendo sin parar. Pretendo mucho, quizá demasiado, me gusta mantener mi privacidad, no me agrada hablar de sentimientos, prefiero guardarlos para mí y seguir caminando por donde todos caminan o, al menos, eso es lo que espero de mí cuando convivo con otros, soy educada y considerada con los demás, aunque en mi casa no hay nadie que me pida que lo sea.

La oveja negra:

Ya desde muy pequeña lo era. Mis hermanos siempre lo han comentado con mis padres, yo era algo así como «la traviesa» de la familia, un poco rebelde y gritona, no me gustaba que me mandaran o que mis hermanos se quedaran en casa a cuidarme mientras nuestros padres se iban de cena, de alguna forma, todas las conversaciones, terminaban en pelea y, casualmente, la culpa siempre era mía porque Martha era perfecta, siempre estudiando y siendo lo más parecido a una mosquita muerta. Eddie siempre había sido peor que yo pero le cuidaron bien, le llevaron a todo tipo de centros de rehabilitación, le apoyaron y le tuvieron en un pedestal, mientras lo tenían todo cerrado a cal y canto para que ningún vecino conociese lo que de verdad ocurría con nuestra familia.

Hasta que Greta llegó, fui la que más discusiones oyó en casa, principalmente, por los problemas de Eddie con las drogas, pero también por la falta de dinero, cuando despidieron a papá y mamá tuvo que mantenernos y no llegábamos a fin de mes… Los gritos los sigo oyendo cada vez que lo recuerdo, llegué a creer que se odiaban de verdad y que se iban a separar. Hubo un tiempo en el que nos lo pasamos callados cada vez que nos sentábamos a comer y, a veces, Greg no aparecía, le veía molesto por algo pero nunca decía por qué, había una falta de comunicación en aquella casa y yo no entendía nada. Siempre pensé que Greta fue un milagro de la naturaleza para estabilizar aquella casa, ahora creo que simplemente, fue un parche para evitar lo inevitable. Mis padres creyeron que trayendo otro hijo al mundo iban a resolver sus problemas pero fueron a peor. Papá empezó con la bebida y todo se fue al garete, otra vez.

Una oportunidad de salir:

Nuestro hermano mayor Greg, fue el primero en salir cuando conoció a Melissa y se fueron a vivir juntos. Eddie quería hacerlo pero no conseguía vencer al miedo de volverse adicto de nuevo tras dos años limpio, así que, siempre se quedaba por allí. Martha iba a la Universidad, así que, solía vivir en la residencia entre semana y los fines de semana traía la ropa sucia para que mamá la limpiara y fuéramos donde ella quisiera como premio porque estaba estudiando mucho. Greta aún era bastante pequeña pero todos estaban pendientes de ella, así que, solo quedaba yo, la única que creía de verdad que tenía que salir de allí.

Cuanto más bebía mi padre, más discusiones había. No me tomé mis estudios en serio hasta ese momento donde de verdad creía que debía hacer algo para irme lo más pronto posible. Me puse las pilas para terminar la secundaria y, mientras mostraban su orgullo por lo bien que lo hacía Martha y lo agradecidos que estaban al conocer a alguien tan dulce como Melissa, yo me dedicaba a buscar trabajo y un piso que pudiese pagar, aunque fuese en un lugar conflictivo. Papá cada vez estaba peor y no quería tener que ver cómo empeoraría todo, no quería volver a la era donde no estaba Greta. Espabilé y encontré trabajo antes de terminar las clases. Empecé de camarera en un restaurante y seguí de dependienta en una tienda de ropa, he ido saltando de empleo de un sitio a otro desde entonces.

Algo roto:

Por aquel entonces, era con Eddie con quién me sentía más cercana o era con quién me llevaba mejor, a veces, me protegía de las casi agresiones de papá cuando estaba bebido, no era su intención y yo lo sabía pero, me gustaba sentirme protegida en los brazos de mi hermano. Fue al primero que le dije que me iba para siempre, que iba a cruzar esa puerta y que iba a desaparecer. Avanzo que no se lo tomó muy bien, intentó persuadirme varias veces y el último abrazo que nos dimos antes de que me fuera lo dijo todo. Desde aquel momento, ya no hemos vuelto a hablar como antes, nunca me ha llamado a casa o ha venido de visita, siempre he creído que él pensó que le abandoné allí, en esa casa en la que se sentía atrapado. Pero nunca me lo dijo.

Al enterarse, Greg no dijo nada, se mantuvo callado todo el tiempo, incluso, se encogió de hombros, como si no le importara. Por supuesto, Martha no mostró el menor interés, éramos como el agua y el aceite. Y bueno, me dio pena dejar a Greta atrás, pero creo que ella dejaría de recordarme como yo la recordaba cuando era más pequeña, estaba segura de que al crecer mucho más, ni siquiera me conocería, de hecho, tampoco recibí llamadas, solo nos vemos en las cenas familiares como en Navidad. Algo, definitivamente, se rompió entre nosotros. Siempre había sido alguien invisible, un poco rebelde, no prestaba atención a nada y prefería quedarme quieta leyendo cómics o escuchando música mientras todo el mundo me gritaba que bajara a cenar, pero lo cierto fue que, en cuanto me fui, pareció que sí era visible y que sentían que me fuera más de lo que había creído.

Mi madre se volvió un tanto más fría, de hecho, lo sigue siendo. No recuerdo haber escuchado de ella ni una sola palabra de aliento, de motivación, de alegría o apoyo hacia mí, me llama un par de veces al mes y las llamadas duran unos cinco minutos, lo cual, me recuerda lo rotos que estamos y lo vacía que me he sentido siempre. Papá nunca llama y en las cenas familiares siempre está tirado en el sofá bebiendo y viendo el partido de fútbol. Ha bajado el consumo de alcohol, al parecer, el médico se lo ha aconsejado al tener un principio de cirrosis. Nunca he preguntado por ello. Me siento como una extraña cada vez que vuelvo a allí, como si les debiese algo, como si debiese arrepentirme por irme tan pronto y abandonar a mis hermanos, porque eso fue lo que pareció.

La cena de Navidad:

Mamá llamó dos días antes de Navidad, como hace cada año, para recordarme que debo ir a la cena. Suena algo acongojada, apagada, seca y dura, así es como oigo su voz a través del teléfono. No sabía quién iba a ir, cada uno tiene su vida y prácticamente todos estamos fuera de casa, incluso, Eddie ha podido hacer una vida propia y Greta está saboreando la vida en la Universidad. Supe quién estaba al aparcar el coche fuera de la casa, pero no tenía ganas de ir, lo hacía por obligación, no porque no los quisiera sino por la forma en la que me miraban. Suelo ser amable y no digo la mayoría de las cosas que pienso, supongo que mis problemas son solo míos y no quiero que mi familia sepa nada de ellos, soy algo así como una perdedora a sus ojos y los vecinos no podrían tolerar ver o escuchar de alguien así en el vecindario, siempre fueron unos cotillas criticones y siempre lo serán.

Fue extraño volverles a ver después de un año. Todos hablaron de lo bien que les iba y bueno, no pude hacer otra cosa que seguir mintiendo, como cada vez que les veía. Estaba claro que mi vida amorosa no había sido lo que esperaba aunque había conocido a alguien que por fin me parecía interesante no creía que pudiera hacer frente a algo así en ese momento, pero no me atrevía a compartirlo con ellos, para mi familia, tenía algo serio con alguien a quién no conocían y que trabajaba mucho, por eso no iba a las cenas familiares y todavía no se lo había presentado. No podrían aceptar nada de lo que pudiera contarles. He estado trabajando de dependienta en una tienda dos calles más abajo del apartamento alquilado, pequeño y un tanto mohoso en el que vivo. Ni me imagino qué diría mi madre después de saberlo, así que, todo estaba bien así, como debía de estar, al parecer, era redactora de una revista no muy importante donde me pagaban bien y ya me había comprado una casa a las afueras donde me sentía a gusto y, a la cual, no les había invitado, no sabía cuántas excusas había formulado ya pero ayudaba el hecho de que mi madre solo me llamara dos veces al mes.

Asentí tanto como pude, sonreí, me comporté como una señorita debe hacerlo y le di todos los cumplidos que pude darle a mi madre tanto por la comida como por el vestido que llevaba. No me gustaban ambas cosas pero ser agradable no cuesta nada. Me senté con ellos en el sofá tras la cena y vi cómo seguían adornando el árbol, no sé por qué razón me sentí idiota pero sí, tragué saliva y me excusé para irme de allí, ya había cumplido y habían dejado de hablarme directamente, así que, me llevé los chocolates que me dio mi madre y volví a mi vida. No era tan glamurosa como la de ellos, pero me sentí orgullosa de haberla abandonado para tener una propia.

Un futuro en el que sobrevivir:

No he tenido nunca mucho dinero pero siempre me las he apañado para vivir, al igual que ahora, tengo lo justo para sobrevivir y para seguir adelante. Los gastos de casa y la comida son caros y a veces, es duro poner un pie delante del otro para no tropezarte con un nuevo problema pero lo que me hace levantar la cabeza es no tener que llamarles para pedirles dinero, para que sean mis niñeras o para volver a sentirme miserable. Eso es por lo que tengo un trabajo de mierda al que voy diariamente y eso es justo lo que hace que me levante de la cama, moverme a mi ritmo y salir victoriosa de otro día pesado y difícil.

He aprendido a mirar por mí y para mí, no tengo muchos planes para el futuro pero sí sé que puedo hacer lo que sea para seguir adelante sin ayuda y que puedo hacer lo que debo sin buscar la aprobación de mis padres. La oveja negra ya ha dejado de correr.


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Nessa: Hermana Querida

Relato procedente: «La Llamada«. Edad: 15 años.

Ciudad: Belfast. Profesión: Estudiante.

Descripción física:

Mi cabello es bastante corto, aunque la zona del flequillo es algo más largo y me gusta llevarlo un poco deshecho, creo que es como me queda mejor, es de color castaño-rojizo y suele ser bastante fácil de llevar. Mis ojos son de un tono azul oscuro y mis labios gruesos, normalmente pintados de color rosa pálido. Mi piel es muy blanca, tengo pecas en el puente de la nariz y sobre mis pómulos, siempre he sido una chica delgada y suelo vestir con unos vaqueros y cualquier camiseta es suficiente para ir al colegio, nunca he ido a la moda o he escapado de ella, mi madre me compra lo que le apetece, lo veo solo como ropa y nada más.

Descripción de la personalidad:

Quizá soy más madura de lo que dicen, de hecho, incluso físicamente puedo parecerlo. Soy una persona bastante seria, me gusta estar en silencio aunque tampoco me desagrada el bullicio, soy selectiva con amistades y gustos y sé lo que me va bien. La sencillez creo que es una de las cosas que me define, me paso la mayor parte del tiempo que tengo libre leyendo, soy alguien muy curiosa. No hablo mucho pero me encanta observar a mi alrededor para adaptarme a lo que veo y escuchar a otros hablar, siempre bromeo con eso de que las voces de los demás me relajan, aunque lo que más me gusta es olvidar lo que me han contado al día siguiente, ese es mi gran secreto a la hora de salvaguardar las intimidades ajenas.

Niños traviesos:

Sí, supongo que Eddie y yo siempre lo fuimos. Le encantaba ir detrás de mí con un palo, con una máscara terrorífica puesta en la cara para asustarme y recuerdo gritar en el jardín hasta quedarme sin voz. Odiaba reconocerlo pero me gustaba que mi hermano me prestara atención, aunque siempre fuera haciéndome putadas. Le gustaba torturarme con cosas que no habían ni ocurrido, yo siempre fui una niña muy crédula. Mis padres iban detrás de él para que hiciera los deberes y detrás de mí para que hiciera el favor de sentarme bien en la silla para comer. ¿Adivináis qué? Nunca hacíamos caso. Cada noche a la hora de cenar, nos peleábamos por algo diferente y un «te odio» salía de mi boca sin siquiera pensar mucho en ello, Eddie reía y se iba a la cama sin terminarse la cena, mientras mamá fregaba los platos y se quejaba por la mala relación que teníamos a regañadientes.

Eso es algo que mamá siempre ha tenido. Dentro de ella, todo se veía oscuro, incluso fuera, pero no era capaz de decirlo en voz alta o arreglarlo, susurrar era su mejor método para solucionar un problema. Mi padre era de esos hombres que son adictos al trabajo y que llegan por la noche cuando los niños ya están dormidos para darle un beso en la frente de buenas noches para no sentirse mal por no haber estado. Por lo que, teníamos más a mamá y con ella seguíamos gritando y corriendo por el salón, peleándonos, siempre había una excusa o motivo para ello.

La conexión:

Quizá empezó aquella noche, en el granero del vecino. Como dije antes, Eddie y yo éramos muy traviesos y bastante cotillas, nos gustaba meternos en casas ajenas, sí señor y nos gustaba más que nada en el mundo, pelearnos por cualquier tontería en cualquiera en la que estuviéramos aunque el peligro se hiciera presente. Por alguna razón, yo salí corriendo de allí, supongo que hizo una de sus bromas pesadas y me asusté, tanto que no pude parar hasta llegar a la puerta de casa, de hecho, decidí esperarle en las escaleras, y ni siquiera sé por qué le esperé, teníamos una especie de amor-odio muy raro, me quería asegurar de que no se quedaba allí o le pillaban.

Recuerdo haber oído su voz en mi cabeza, tras unos segundos de esperarle. Sonaba como: «Me he quedado atascado, Nessa. Venga, ven y ayúdame». Me sentí tentada, pero supuse que eran imaginaciones mías porque empezaba a estar preocupada, tardaba demasiado en volver. Pero siguió diciendo: «vamos, no seas rencorosa. Pero si estás muy mona enfadada, eres mi hermanita favorita. Ven a ayudarme, vamos». Un tintineo sonó después de eso, era como si me arrastrara otra vez hacia ese granero, donde vi a Eddie con la pierna doblada. No sabía lo que había hecho o dónde se había metido pero supe que tenía que sacarle de allí. Le ayudé a salir, nos miramos por unos segundos a los ojos, muy intensamente y no volvimos a hablar de ello. Fue extraño. Muy extraño. Quise sacar el tema días después pero no quiso comentarme nada.

Pero una tarde, me oyó llorar desde mi habitación. Llamó a la puerta, abrió e hizo una broma estúpida sobre mi pelo, la cual, no escuché, seguía sumida en mi día de mierda. Le recuerdo acercándome a él, algo bastante raro porque no solía ser amable conmigo en ningún aspecto, y me dio un beso en la frente mientras decía: «¿sabes que nosotros tenemos una conexión tan fuerte que nos oímos a kilómetros? Siempre nos unirá eso, pase lo que pase, y es más fuerte que las conexiones que tienen los gemelos, no son nada en comparación. Somos fuertes, tú eres fuerte». No sé por qué pero esa tontería de frase, me hizo sonreír. Pero, como siempre, esa misma noche nos acabamos peleando por un trozo de pan a la hora de la cena, le encantaba torturarme.

La llamada:

Fuimos creciendo ambos, mientras Eddie se distanciaba más. Empezó en el ejército y casi no llamaba, tampoco enviaba cartas y, mucho menos, nos visitaba. Estaba lejos, supongo y estaría ocupado, y yo estaba enfadada de que fuera así porque la casa estaba muy silenciosa. De cierta manera, echaba de menos a mi hermano y odiaba reconocerlo, no entendía por qué ocurría si había sido siempre horrible conmigo, casi había rezado para que se fuese pronto pero, muy dentro de mí, sabía que algo nos unía de alguna manera.

Llevaba un par de años sin saber de él, fue duro, raro, un poco extraño pero todos seguíamos nuestra rutina y yo, como cada tarde, tenía que hacer los deberes, mientras mamá hacía unos recados y papá seguía en el trabajo. Pude oír su voz pidiéndome ayuda, varias veces. La reconocí al instante. Pero no venía de ningún lugar de la casa, venía de fuera, venía del bosque del que mi madre me había prohibido por completo entrar o husmear. Ese bosque fue justo en el que más nos estirábamos de los pelos Eddie y yo, ese claro era casi nuestro lugar favorito. Tras cada pelea, nos sentábamos a ver el anochecer, a veces, en silencio, otras veces, hablábamos de tonterías que ni venían a cuento.

Siguiendo su voz y el tintineo, tal como ocurrió en el granero la primera vez, le encontré apoyado a un árbol en ese mismo claro, con una herida enorme en la zona baja del estómago, había un montón de sangre y yo no sabía qué hacer. Me había quedado petrificada, pero él me miraba de cierta manera, de una forma que no me había mirado nunca, puede que fuera ternura o cariño, tratándome como su hermana, sin desprecio, sin pelea, con una voz suave, casi tenue y muy cálida conmigo. Y nunca lo había sido conmigo, ni una sola vez había sido amable y, si lo había sido, había algo detrás de ello, una broma pesada o un insulto enmascarado. Pero esa vez, no ocurrió nada de eso, era como si se estuviera despidiendo. Dijo que estaba orgulloso de mí. No podría olvidar esas palabras ni aunque quisiera, tampoco su rostro mientras su vida se disipaba y, mucho menos, olvidaría lo que escribió en la carta, como si supiera de alguna forma, que iba a morir esa noche.

La carta:

Vamos a dejar claro por un momento el hecho de que Eddie nunca, jamás, hablaba sobre sus sentimientos y menos a mí. A veces, pensaba que no sabía cómo demostrarlo pero sí lo hacía sin decirlo. Quería llamar mi atención con cada pelea, quería decir «te quiero» tras cada insulto, nunca había sabido cómo transformar esa rabia que sentía dentro en algo bueno que pudiera transmitirme, así que, lo hacía siendo molesto para que nunca dejara de recordarle, si era un poco malo, seguro que acababa dejando huella en mí, seguro que me volvía dura y fuerte.

Decía que éramos más parecidos de lo que creía, que siempre lo supo y que moriría sabiéndolo. Decía que venía cada noche a mi habitación a darme un beso en la frente, le encantaba verme dormir mientras él pasaba otro duro golpe de insomnio y contaba las horas para volver a meterse conmigo. Sabía que era una forma un tanto retorcida de demostrarme su cariño como hermano mayor, pero también le hacía gracia mi ceño fruncido cuando me enfadaba y mi nariz arrugada, cómo cruzaba los brazos y le miraba con desprecio, mientras él reía sabiendo que era perfecta y que no quería que cambiara nunca. Decía que sentía no habérmelo dicho o quizá ser un mejor hermano para mí mientras estaba vivo, puede que pudiera haberlo demostrado de muchas otras maneras. Creía que iba a ser grande, que aunque no hablase mucho, había una Nessa dentro, ambiciosa y cabezota, muerta por salir a la superficie y convertirse en alguien importante.

Quería que le recordase y que le perdonara por no haber llamado, sabía que estaba enfadada, por nuestra conexión, siempre me escuchó hablarle. Había tenido etapas duras pero las pasó recordando nuestras peleas, se volvía más sencillo y divertido, se metía dentro de su cabeza y recordaba los buenos momentos. Quería que yo también los recordase, así que, en el sobre había una fotografía de los dos frente a una cafetería donde me compró mi primer batido gigante de fresa, donde me dio un beso en la mejilla, que me extrañó y cuando me dio la primera patada en el culo, ¡como para olvidarlo! Era un rebelde. Ambos lo fuimos. Sonreí mientras las lágrimas corrían por mis mejillas, al lado de su cuerpo innerte y decidiendo no deshacerme jamás de su carta.

Un futuro sin Eddie:

Durante dos años no llegué a acostumbrarme a estar sin Eddie, sin verle corretear por casa detrás de mí como loco, intentando asustarme con cualquier teoría sobrenatural que se sacaba de la manga. Dudaba que ahora pudiera acostumbrarme. El silencio era abrumador. Ya no escuchaba la música al otro lado de la pared, la ponía tan alta que no me dejaba estudiar, resoplaba pero terminaba los deberes, no quería que él definiera mi vida, ni mi día a día, su muerte tampoco iba a definir nada, él estaba conmigo.

Llevaría su carta siempre. Allá a donde fuera, recordaría sus palabras. Cuando viera a mis padres, vería su cara en ellos. Entraría en su habitación para sentirme segura, aunque parezca una ironía, o cuando le echara de menos. Leería sus libros favoritos para saber qué misteriosas historias le pasaban por la cabeza y las historias que escribía y guardaba bajo la cama. Olería su ropa, me pondría alguna camiseta para sentir que estaba allí de alguna forma. Cuando nadie mirara, pondría un plato más en la mesa para fingir que Eddie vendría a cenar después de ver a sus amigos, me insultaría y me empujaría intentando tirarme de la silla. Le vería en cada rincón, como una sombra, como un fantasma que deambula sin rumbo, como un ángel de la guarda que protege, como un recuerdo que permanece y un alma que espera a otra para conectarse en su debido momento.


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Benjamin: El Obsesivo

Relato procedente: «Todo en su Lugar«. Edad: 39 años.

Ciudad: Manchester. Profesión: Analista de datos.

Descripción física:

Mi cabello negro es algo largo, peinado hacia atrás con un poco de gomina. Mis ojos son castaño oscuro y mis labios finos. Mi tez es bastante pálida, no me gusta mucho el sol y tampoco las enfermedades que puede traer consigo, soy bastante maniático. Estoy muy delgado pero siempre he sido así, suelo hacerme analíticas a diario y parece que todo está perfecto, mi delgadez es algo normal. Suelo vestir con unos pantalones de vestir, por lo general, oscuros ya sea grises, azules o negros, no me gusta otro color, unos zapatos simples parecidos a los mocasines pero no para vestir, una camisa de color oscuro también y un jersey encima un tanto más claro. Siempre me dicen que tengo pinta de profesor de Universidad pero nada más lejos.

Descripción de la personalidad:

Soy alguien bastante obsesivo, lo reconozco, me gusta que todo esté en el lugar exacto donde lo dejé y detesto que toqueteen mis cosas, mucho menos si es sin mi permiso, lo odio. Soy una persona metódica, para nada directa, solitaria y me encanta ver los documentales de las seis, no me pierdo ni uno, de hecho, me pongo una alarma. Soy un lector empedernido, las horas me pasan volando teniendo un libro entre las manos y los días que no trabajo son días de lectura obligatoria. Sufro de ansiedad a menudo, no soporto los imprevistos y se me cae el mundo encima si tengo que solucionar un problema en el mismo momento. No me relaciono mucho, no me atrae mucho la gente o las conversaciones, me aíslo bastante y me creo mi mundo, creo que siempre ha sido así. La gente me ve como alguien raro pero para mí, es algo normal, soy normal.

El niño prodigio:

Al parecer, yo era un niño prodigio o lo que también se llama un superdotado o un genio. Mis padres no se lo podían creer, era feíto, bajito y se metían mucho conmigo, seguro que no traería nada bueno, pero el destino les trajo otra cosa. Se pusieron muy contentos, tanto que se pusieron manos a la obra, querían que utilizara cada área de mi cerebro y que aprendiera nuevas habilidades que yo ni siquiera conocía, de hecho, fui conociendo muchas de las cosas que sé gracias a la lectura, pero no fue para nada por la obsesión que esto empezaba a crearle a mi madre, por descontado.

Se volvió extremadamente perfeccionista y obsesiva con mis horarios, desde las horas de dormir exactas que necesitaba el genio hasta llegar puntual a casa para hacer los deberes y leer libros sobre científicos que ni siquiera me importaban. Era como si quisiera que lo aprendiera todo en una noche y cosas que solo ella escogía, los profesores les dijeron que debían tomárselo con calma para que yo no me sintiera diferente pero era hijo único y todas sus atenciones caían sobre mí. Me atosigaban hasta el punto de la locura, a veces, mi madre no dormía total por planificar mi día, siempre debía ser lo más entretenido y didáctico posible, incluso, ya había pensado a qué Universidad iría.

Adolescencia privilegiada:

Mis padres eran abogados, llevaban una agencia juntos y siempre habían tenido sus ahorros para que tuviera una buena educación o, al menos, eso era lo que siempre decían a los invitados que solían venir a casa, porque a todos sus amigos les decían que tenían a un genio en casa que sabía más que sus hijos, me utilizaban para dárselas de importantes y destrozar la autoestima de más de un niño del barrio. En mi etapa adolescente, dejé de conocerlos por completo. Pero lo bueno fue que me llevaron a un instituto privado donde había más gente con talentos similares y tenían residencias, así que, de alguna forma, iba a ser un poco independiente, así que, les dejé hacer, era lo único que me ponía contento. Hasta ese punto, no sabía si ser un genio era una bendición o una maldición.

No me aburría en las clases, por fin iba a clases avanzadas, donde entendían de qué hablaba yo y qué llegaba a ver en mi mente, le sacaba partido a mis ideas y no me quedaba rezagado por falta de interés, me motivaba la exigencia de ese colegio y me ayudaba a retarme. Algo que mis padres esperaban y que les puso muy contentos, algo que odié. Aquí es cuando empezó mi etapa perfeccionista, supongo. Empezaba a tener mucho trabajo y quería que todo estuviese en su sitio, cada materia tenía sus submaterias y subtemas, todo el temario debía estar organizado en colores diferentes y estudiaba en base a esos colores para memorizar mejor. Tendí a la obsesión, tanto que pasaba noches en vela organizando y tratando de perfeccionar mis trabajos, hubo momentos en que odié los que hice, no veía nada de bueno en ellos cuando, en realidad, estaban por encima de la media pero para mí, no era suficiente.

Una adultez obsesiva-compulsiva:

Me hice analista de datos. Podréis pensar que no es nada especial, que debería haber elegido algo como científico, abogado como mis padres, físico-teórico… algo así que para un genio no sería difícil llegar, pero ser analista consistía en perfección, eficiencia, eficacia en el análisis y destreza para encontrar los datos que se buscan. Y yo era muy bueno encontrando cosas. Resulta que me independicé en salir de la Universidad y encontrar el trabajo donde llevo unos veinte años y que domino tanto que me asombro, siempre trato de buscar datos utilizando diferentes técnicas para tener algo con lo que entretener la mente. La informática nunca fue un misterio para mí, siempre supe jugar con los códigos y encontrar aquello que buscaba más pronto que los demás, así que, siempre he estado a gusto, esa oficina es como mi segundo hogar.

Pero empezó a aflorar algo en mí que no sabía diferenciar muy bien, pero lo llamaban ansiedad. Supuse que vendría dado por el estrés, quizá tantas noches trabajando o días sin parar quieto, pero no fue por nada de eso. Necesitaba hacer compulsivamente cosas para calmar mi ansiedad, como asegurarme que todo estaba en su sitio o que abría la nevera de casa tres veces para coger algo, la cerraba otras tres veces para asegurarme de que la cerraba y así, me sentía bien. Mi madre lo observó un par de veces, incluso, mi empezada obsesión por lavarme las manos tantas veces, me las solía rascar hasta levantarme la piel si no me las lavaba dos veces, empezaba la ansiedad y no paraba de obsesionarme con que no me las había lavado. Empezó a afectarme mucho, así que, mi madre me acompañó a terapia y nos dijeron que sufría un trastorno obsesivo-compulsivo. En principio, no era grave pero iba a vivir con ello durante el resto de mi vida, así que, empecé con la terapia y la medicación que me fue bastante bien, aunque aún tenía compulsiones que no podía evitar como la limpieza de manos, la organización pulcra de la ropa, la posición de la decoración en casa, la organización de los libros en las estanterías o los horarios de los que se regía mi vida, no era tan intenso como al principio, así que, lo mantuve bastante bien.

Los niños y el Canal Ciencia:

Había niños jugando fuera cuando encendí la televisión a las seis en punto, justo cuando empezaba el programa de ciencia que veía cada tarde después de ir a la compra, ordenar la comida, lavarme las manos dos veces, cambiarme de ropa y merendar, era la rutina. Estaban jugando con unas piedras que habían encontrado en el jardín del vecino, casi ni me fijé en ellos porque no estaban muy cerca, así que, seguí viendo la tele, ya empezaban los créditos y el presentador decía unas palabras a su público más joven. No pude sino sonreír, me sentía identificado.

Un cristal del salón se rompió de repente, di un respingo y me levanté. Sorprendido como estaba, vi el cristal roto y que un poco de fango de la piedra había ensuciado parte del sofá. Recordé lo que dijo mi terapeuta de respirar hondo, de tratar de no sentirme abrumado en un momento así, en un momento donde no he planificado lo que iba a ocurrir. Llamaron los niños para disculparse y, sin pensar, abrí la puerta algo enfurecido, pero manteniendo la emoción retenida por unos momentos. No me dieron tiempo a tranquilizarme y todo lo que había acabado de pasar me abrumó, sobremanera, hablaban muy rápido y solo quería que aquello terminara. Quería mi salón exactamente como estaba, quería mi cristal sin romper, quería mi sofá limpio, que el canal ciencia parara allí mismo porque no lo estaba viendo y quería que no me interrumpieran mientras lo estaba viendo. Pero no fue así.

Fui obsesionándome con ello y, sin más ni menos, con la piedra en la mano, les di de golpes a aquellos tres niños que me miraban con ojos grandes y curiosos. Lamento decir que no sentí nada, estaba enfadado. Con lo único que pensaba era que esos estúpidos niños no ensuciaran mi alfombra, era delicada y hacía un par de días la había terminado de lavar con mucho jabón y cariño, me gustaba la pulcritud.

Un futuro no definido:

Llevaba días con incertidumbre, con bastante ansiedad y estaba algo desesperado, no podía estarme quieto, la verdad. Esperaba que la policía me llamase para declarar tras haber llamado y contarles lo que había ocurrido. Habían pedido hablar con mi terapeuta y mis padres primero, los cuales, no se podían creer que su hijito el genio de la familia hubiera sido el autor de tal atrocidad. Odiaba no tener las respuestas a la vista, no saber qué iba a ocurrir, quería planificarlo, cogerlo con mi mente y descifrarlo, como si fuese un código. Soy impaciente y siempre lo he sido, esperar no es lo mío y no tener un futuro definido, tampoco lo es. Soy metódico, si mis rutinas y lo que va a ocurrir, incluso, me obsesiono con ello y sé que debe ser así, pero temo que esto me vuelva loco y que la culpa por la muerte de esos niños me termine corroyendo por dentro.

¿Soy un hombre malo? ¿Mi trastorno es el malo? ¿Alguien podrá aceptarlo? ¿Iré a la cárcel? Solo podía agazaparme en la cama con pensamientos inundándome la mente, sin moverme, medicado para mi ansiedad y preguntándome por qué no siento lo que hice, por qué todavía no lloro por ello, por qué no siento nada. Debería sentirlo, ¿verdad?


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Anette: La Prisionera

Relato procedente: «La Prisionera«. Edad: 25 años.

Ciudad: Virginia. Profesión: Estudiante.

Descripción física:

Mi cabello es castaño oscuro, ondulado, me llega hasta los hombros, suave y sedoso, tanto que me pasaría horas tocándolo sin razón. Mis ojos son del mismo color que el cabello, penetrantes y sinceros. Mi tez está algo bronceada pero, por lo general, suele ser pálida. Mi delgadez, a veces, ha causado cierta sensación pero para mí siempre ha sido normal pesar unos 43 kilos, toda la ropa me viene al dedillo aunque es una faena tener que encontrar la talla XS, es la que primero se agota en las tiendas. Suelo vestir con camisetas de cualquier color, vaqueros y converse, nunca me he preocupado mucho por la moda.

Descripción de la personalidad:

Me dicen que soy introvertida e insegura, a veces. Dulce, algo complaciente y que no puede recibir un «no» por respuesta, soy persistente y perseverante. Suelen decir que soy simpática en cuanto cojo confianza pero, por lo general, soy bastante seria, suelo estar en mis cosas, tiendo a desconcentrarme con facilidad y soy un tanto despistada, pero me gusta ser organizada y ocuparme yo de mis cosas, otros no sabrían hacerlo igual y eso no me da sensación de control. Supongo que soy algo más fuerte de lo que aparento y no me gusta mostrarme como soy a diario, me gusta mostrar una cara diferente a la que todos les guste, me incomodan las críticas y soy una innegable fan de Doctor Who.

Una infancia severa:

Mis padres estaban decididos a tener a una hija perfecta, por lo que, se esmeraron para que lo fuera. Tenía horarios para todo, mi madre era extremadamente ordenada, casi podría haberse hecho pasar por obsesiva-compulsiva aunque no me gusta utilizar trastornos para definir a alguien que solo era exigente. No podía salir si no hacía los deberes, no podía ser yo misma por qué podrían decir los demás, no debía levantar la voz por si los vecinos sabían qué hablábamos, no debía ir al colegio sin el uniforme si no quería que hablaran mal de mí y tenía que estar en casa siempre a la misma hora, a veces, era agotador.

Quizá penséis que mi padre era diferente, pero nada más lejos de la realidad. Ambos se complementaban muy bien, demasiado. Observaban si me sentaba bien en la mesa, si me iba a acostar a las diez en punto, si tomaba demasiado azúcar, si enchufaba la televisión, si comía de más o a la hora en la que volvía del colegio. Vivía tensa, siempre corría y debía traer siempre buenas notas, preguntar a otros qué habían sacado y tratar de mejorarles porque así es como debía uno ser para mejorar. Yo no lo entendía pero me obligaba a hacerlo, no había otra alternativa.

Una adolescencia de sobreprotección:

Si iba a los bailes, no les gustaba. Solo de pensarlo, ya hacían mala cara, querían que pasara el mayor tiempo posible en casa, con ellos. No podía hacer nada sin que ellos se enteraran, era muy agobiante pero seguían sin darse cuenta, seguían y seguían empecinados en observar mis pasos. Tuve un par de novios y tuve que dejarlos, controlaban mi vida con ellos y empezaron a controlar también la de ellos, sabían sus horarios, de repente, conocían a sus padres y ya les habían avisado de que no podían tocarme a no ser que fuera necesario. Ambos se asustaron, así que, les alejé, no era bueno que se envolvieran de ese ambiente tan tóxico.

Me volví un tanto depresiva, empecé a ponerme los auriculares con la música bien alta, a fumar marihuana dos calles más abajo cuando oía que se acostaban, me saltaba clases y me morreaba con chicos al azar a las horas de recreo, me vestía un poco más provocativa y en casa dejé de hablar, solo decía lo justo y cuando abría la boca lo hacía de una manera cortante, sencilla y sin dar importancia a nada que se dijese, cumplía los horarios y solamente soñaba con el día en que saldría de ese infierno.

Represión y prisión:

Conforme pasaban los años, empezaba a notarme más y más presionada. Sentía que no podía respirar pero yo seguía obligándome a seguir, quería salir de aquella casa. Bachillerato me fue bastante bien, estudié días y días, noches enteras para conseguir la nota que me pedían y conseguí entrar en la Universidad. Querían que estudiase para abogada, periodismo, administración o empresariales, pero no me interesaba nada de eso, quería matricularme en algo que tuviera que ver conmigo. Me apunté a Artes sin decírselo a ellos, durante toda la carrera creyeron que estaba en Periodismo y que pensaba meterme en Derecho también, pero no lo hice. Evitaba que vinieran al campus y trataba de no pasar muchos fines de semana en su casa, eso era lo más próximo a la libertad que podía obtener.

Pasaba un año y otro y otro. Las cosas iban bien pero mis emociones se iban colapsando. Cada vez me sentía más irritable, enfadada, intensa, con pensamientos acelerados, cada vez más negativa… tanto que empecé a verme en una cárcel. Era tan real, que no pude sino, quedarme allí. Aunque, siendo sincera, me daba la sensación de que no podía salir, bajo ningún concepto. Me metí en peleas, notaba cada puñetazo como si fuera real, cada insulto me afectaba como los primeros que me dijeron en edades tempranas y cada vez que cerraban la celda era como estar en casa de mis padres, como si jamás me hubiese ido. Ahí me di cuenta de que no estaba preparada para salir, tenía miedo de volver.

Cárcel mental:

En la realidad, me había quedado sentada en la cama, como hipnotizada, metida en mi propia mente, sin poder moverme, supongo que estuve así durante unos minutos porque mi compañera de cuarto no me vio en este estado y jamás se lo conté. Allí, parecieron años, estaba cansada, me dolían los pies, tenía hematomas por el cuerpo y una sequedad en la boca increíble y obligada a ir al psicólogo. Me llevé tantas palizas sin razón que no las podría haber contado, pero si las sentí como si hubieran ocurrido, como si de verdad estuviera encerrada y como si no quisiera salir, como si me lo mereciera. ¿Acaso creía que debía castigarme a mí misma? ¿Por qué?

Ese psicólogo imaginario al que vi, moreno de ojos azules, guapo, sexy y con un cuerpo de diez, me dijo que no había transmutado mis emociones, que estaba colapsada y que necesitaba decidir, tenía que saber qué hacer con mi vida. Tenía miedo, creo que eso era todo. Era mi último año y mis padres seguían creyendo que yo había hecho otra carrera, me habían pagado algo que no creían que me fuera a servir, es más, me hubiesen obligado a cancelar la matrícula porque no me iba a servir para nada y si se enteraban de lo que había hecho (que se iban a enterar el día de la graduación), me iban a matar. No volverían a hablarme. Pero allí, en aquella cama mugrienta y con ese dolor de pies, me empecé a preguntar si no sería mejor que no lo hicieran, que dejaran de considerarme su hija para poder liberarme de las cadenas que me aprisionaban.

Ya entendía lo que debía hacer. Respirar hondo y aceptar lo que había hecho, solo tenía que esperar a que aquello explotara solo, sin prisa porque, de todas maneras, iban a enterarse y yo no podría hacer nada para evitarlo, fue mi decisión. Esa celda me sirvió para hacerme más fuerte, para recluirme y poder pensar con claridad, para pensar en mi seguridad en vez de pensar en los demás, para tratar de quitarme a la gorda de Nancy de encima aprendiendo a pelear por lo que merecía que era la libertad que de niña no había tenido, solo había estado sobreviviendo a su infierno y a su locura. Y, por fin, volví en mí al comprenderlo. Era mi primer día del último año. Ignoré la llamada de mi madre, dejé el teléfono sobre la mesilla de noche y me dirigí hacia la puerta con los libros bajo el brazo, ¡me sentía orgullosa por fin!

Un futuro sin papá y mamá:

De alguna forma, ya iba asimilando lo que iba a suceder y dejaba de preguntarme qué ocurriría, si sería tan malo como lo imaginaba y sabía que sí, aquello se lo tomarían como una traición pero no podía estar estresada y preocupada por esto en mi último año, tenía que disfrutarlo, así que, ese sería el futuro que me esperaba. Tarde o temprano, mis padres dejarían de estar cerca, lo sabía y debía de hacerme a la idea, no iba a ocurrir de la mejor manera pero sí de la más eficaz, de alguna forma, lo supe en mi interior cuando me matriculé, sabía que les molestaría cuando no vieran «Periodismo» en el título del Grado, sino «Artes», no podía si no sonreír.

He comprendido que ese miedo y esa ansiedad, ese aislamiento mental que necesitaba experimentar, ocurrió porque mis padres habían tenido una gran influencia en mí durante toda mi vida, ellos habían formado cada engranaje y estaban presentes cada día, en cada llamada, nunca había sabido qué era vivir sin ellos y eso me aterraba. Pero he sabido que no pasará nada porque sé cuidarme sola, lo he hecho después de cada discusión, de cada grito sin razón, de cada cosa obligada que debía hacer, de cada horario absurdo que cumplir, de cada bofetada cuando no hacía algo bien. Sabía que ellos debían irse.


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Pam: La que Esperó

Relato procedente: «Una Espera Eterna«. Edad: 34 años.

Ciudad: Seattle. Profesión: Psicóloga.

Descripción física:

Mi cabello negro es sedoso y largo, hasta más abajo de los hombros y los pechos, con flequillo y una diadema roja en el centro de la cabeza, me encantan los detalles. Mis ojos castaños son un poco rasgados, quizá algo inocentes. Mis labios son gruesos pintados con un color rosa apagado que no llama mucho la atención. Mi tez es un tanto morena pero más blanca en invierno. Estoy delgada, mido 1,75 y suelo vestirme con blusas de tonos claros y vaqueros, a veces, me pongo tacones, aunque otras veces, prefiero ir con bailarinas o converse.

Descripción de la personalidad:

Dicen que soy bastante optimista, un tanto seria cuando no conozco mucho a alguien, me gusta socializar y saber un poco más de la gente que me rodea y me crea cierta curiosidad. Estoy llena de vitalidad, me gusta hacer cosas y, sobre todo, aprovechar el tiempo, siempre he creído que ser productivo es algo que puede motivar a cualquiera y animarte a seguir adelante. Soy bastante dulce, sobre todo con mis pacientes, muy empática y abierta, estoy dispuesta a escuchar siempre y a compartir mis ideas, me gusta sobre todo mi asertividad y cómo afronto las cosas aunque sean difíciles, soy coherente e invito a los que me rodean a pensar un poco más en cómo son sus vidas y si realmente es eso lo que quieren. Me animo a ser feliz siempre.

Buenos tiempos:

Mi infancia fue realmente buena, no recuerdo ningún acontecimiento que me afectara de manera negativa, siempre fui una niña feliz, hasta donde yo sé. Mi adolescencia fue algo diferente, un tanto rara, quizá por un sentimiento de soledad descontrolado o que creía que nadie me entendía como yo quería. Fue increíble encontrarme con Sam justo en ese momento, cuando me disponía a dejar atrás toda esperanza por conocer a alguien nuevo y a alguien que me entendiera, aunque fuera un poco.

Siempre tuvimos cierta química, no sabría cómo explicarlo, quizá había algo en su mirada que me hacía captarlo, o quizá era solo una sensación pasajera en un momento olvidado. Pero cuando le miraba, era como entrar en otro Universo, pero jamás me atreví a decírselo. Puede que fuese tan joven y orgullosa que no me atreviese a dar el paso o quizá era simple vergüenza, esa que no tenía con otras personas pero que con él sí. Nos lo pasábamos bien y nos veíamos casi cada día, en el instituto nos sentábamos juntos y él siempre me acompañaba a casa cuando salíamos.

Fueron unos buenos tiempos. Bonitos, incluso. No había problemas, tampoco responsabilidades, solo éramos un par de niños que se veían. Éramos buenos amigos, pero eso fue todo. Lo esperé durante un tiempo, pero supe que empezó a salir con una chica de un curso inferior, al parecer, se gustaban mucho. No me dijo nada, ni siquiera cuando sabía que los rumores habían llegado a mis oídos, lo compartió conmigo, tampoco me dijo si alguna vez sintió algo. Nos separamos en cuanto fuimos a Bachillerato. Dejamos de llamarnos y de vernos. Se fue a otra ciudad y yo me quedé aquí. Lloré durante semanas y el corazón se me rompió incluso tratando de no romperlo.

Buena en los Estudios y un Trabajo Genial:

Escogí Psicología. Mis padres esperaron ansiosos a saber qué era lo que había elegido, me lo guardaba para mí porque lo consideraba personal y mi elección. Se me daban bien las personas, comunicarme, escuchar y era bastante empática, quería hacer algo para influir en los demás y mantenerme un poco más unida a la sociedad, así que, todos celebramos esa bonita decisión. Fueron 4 años inolvidables, me encantó la Universidad, conocí a gente muy interesante, no fui a demasiadas fiestas o conocí a muchos chicos como mis compañeras de residencia hicieron, pero sí aprendí mucho y me divertí haciendo talleres y asistiendo a seminarios, creo que fue el periodo donde más conocimientos quise recabar.

Mi padre tenía un amigo muy cercano que era psiquiatra y que había montado una clínica donde también trabajaban psicólogos con varias especialidades, así que, me dijo que justo en ese momento tenía un puesto vacante para ocupar. ¡Y fue una suerte! Me enrolé en esa clínica y llevo allí desde entonces, muy a gusto, cobrando bastante bien y haciendo lo que puedo por mis pacientes. Creo que es la idea de vida que siempre soñé tener. Aunque Sam no estuviera allí. No había día que no me viniese a la cabeza, incluso, me preguntaba si ocurriría lo mismo al revés, si él pensaría en mí en algún momento.

Una mañana, me llegó una llamada. Al principio, no me atreví a coger el teléfono porque era un número que desconocía, pero resultó tan insistente, que respondí un tanto molesta. Era su voz. Mi corazón dio un respingo y se me erizó el vello de los brazos, no me podía creer que fuera Sam después de tanto tiempo, al parecer quería verme. ¿Era una cita? Tenía muchas preguntas en mi mente y no podía responder a ninguna hasta que no le viera. Y me ansiaba, me irritaba no saber más de lo que sabía que, a decir verdad, era lo mismo que nada. Intenté vestirme formal pero no demasiado, algo elegante pero sin pasarse, un tanto maquillada pero sin hacerlo muy exagerado para que no pensara que era una cita porque no lo era, ¿verdad? ¿O si lo era? Se notaba que me sentía confusa.

La supuesta No-Cita:

Le esperé en la parada de autobús donde nos conocimos, de hecho, quedamos allí. Me alegré de que lo recordara, era señal de que había pensado en ello, ¿verdad? Me sentía muy insegura y más poniendo los ojos en el reloj a cada rato, no podía sino mover la pierna nerviosamente, hacerme bucles en el pelo con la mano y morderme las uñas de vez en cuando. No había estado tan nerviosa en una no-cita en mi vida, en serio. Pero se pasaba de la hora y no parecía que fuera a venir, me sentí decepcionada, triste y desalentada, supuse que para él esta especie de reunión no sería tan importante para él como lo era para mí, de hecho, cancelé una comida de trabajo por esto.

Me recompuse como pude, elevé el mentón y con la mirada bien alta, me dirigí calle abajo, digiriendo la noticia de que no iba a venir y que debía aceptar que Sam ya no era quién había conocido, siempre venía cuando quedábamos. Pero oí su voz a lo lejos, me giré de repente pero no vi a nadie, así que, pedí un taxi para que me llevara de vuelta al trabajo. Noté que alguien me cogía del brazo, era Sam. Una sonrisa se dibujó en mi cara al verle, aunque no me alegré de que fuera en silla de ruedas. Conforme lo pensaba, llegaba una joven detrás de él bastante guapa y que, al parecer, era su mujer. Se me cayó el mundo encima. Me había hecho ilusiones de un reencuentro o de una especie de velada romántica donde no la había, pero de todas maneras, traté de no ser descortés, saludé a la chica y fuimos a una cafetería a tomar un café, se confirmaba que aquello era, sin duda, una no-cita.

Escuché todas sus etapas amorosas, desde la primera vez que se vieron y sus ojos se encontraron, hasta el primer beso, el preciso instante donde ella supo que era él el único, su primera vez en la cama, algunas de sus experiencias sexuales, el día de su maravillosa boda y su divertida luna de miel. Quise vomitar allí mismo. Me terminé el café y me despedí tan pronto como me fue posible, inventándome una excusa, tenía que ir a casa a llorar todo lo que pudiera y más, me esperaba un helado de chocolate y me tentaba solo de pensarlo, iba a olvidarme de la dieta por una noche, estaba justificado. Pero Sam fue tras de mí, me paró en seco, disculpándose por si me habían ofendido en algo pero, ese era el caso, no lo hicieron.

No sé si me molestó más que no me invitasen a la boda, no saber nada de él en años o que me restregaran todo eso en la cara después de decirme que él siempre había querido estar conmigo pero que no fue capaz de decírmelo nunca. La frustración se apoderó de mí tanto y tan fuerte que me subí al taxi, le cerré la puerta en las narices y me fui a casa sin mirar atrás. El móvil me sonó varias veces, era Sam, pero lo apagué. Siguió durante días sonando a todas horas, pero no le cogí el teléfono, incluso nuestra amistad, se había roto. El helado me alivió un poco pero los tres días siguientes los recordaré siempre como los que un buen amigo me rompió el corazón en mil pedazos.

Un futuro sin Sam:

Podría decir que le idealicé por completo desde el principio. Había tenido esa imagen de cuando éramos dos adolescentes algo inocentes y con mariposas en la tripa con las hormonas a tope y esperaba que tuviéramos esa sensación siendo adultos. Creo que me quité un peso de encima sin saberlo, habría seguido enamorada de un fantasma, de alguien que ya no me esperaba, que ni siquiera me consideraba tan amiga suya si no me había invitado al momento más importante de su vida. No merecía la pena. Ahora tenía que aprender a vivir sin ese recuerdo, sin tenerlo en la cabeza día sí y día también, cada vez que me pasaba algo emocionante imaginando qué diría. Supongo que es un adiós sin decirlo en voz alta, es focalizar tu atención en otras cosas y no volver la vista atrás.

Descubriré qué significa vivir sin Sam, sin su imagen, sin su recuerdo, sin el deseo de reencontrarnos algún día y sin la esperanza de volver a reírnos mientras metíamos los pies en el lago cerca de casa de sus abuelos. Descubriré qué significa no pensar nunca más en su familia, distanciarme de amigos que teníamos en común y que tampoco han llamado. Descubriré qué es ser yo misma sin la influencia de tantos recuerdos y deseos imaginarios que no se materializarán jamás.


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Adel: La del Salto del Ángel

Relato procedente: «Imprevisto«. Edad: 38 años.

Ciudad: Nueva York. Profesión: Abogada.

Descripción física:

Mi cabello es de un tono rojizo, bastante intenso gracias al tinte, ya lo tengo demasiado canoso para tolerar el mirarlo así al espejo. Mis ojos son verdosos, con una mirada sencilla, no muy maquillados, lo suficiente para enmascarar mis ojeras. La zona de la nariz y los pómulos está repleta de pequeñas pecas claras, mi piel es blanca, siempre esperando viajar a algún lugar donde haga mucho sol para conseguir un tono un tanto más oscuro. Estoy bastante delgada debido al estrés, no consigo subir de peso ni aunque me coma mi peso en alitas de pollo, lo veo imposible pero sobrevivo. Suelo vestir bastante elegante, por lo general, siempre estoy en el trabajo, el traje suele ser lo que más utilizo pero también camisetas algo más ceñidas de colores suaves con botones, algunas veces utilizo vaqueros, pero solo cuando no tengo citas ni reuniones, lo cual, es algo complicado.

Descripción de la personalidad:

Hay gente que me describe como decidida, correcta y leal, otras me encasillan más en el rango profesional de despiadada. No sabría cuál de las dos elegir pero me alegra de que, al menos, dé a la gente algo de lo que hablar. Me empeño en las tareas que debo hacer, soy estricta con mis empleados porque busco que el cliente esté satisfecho y para ello, necesitamos perfección y un poco de suerte, si es que, existe. En el trabajo sé que he de hacer en todo momento y cómo estar en cada situación, me gusta dar buena impresión y mostrar que estoy calmada y segura en el caso que nos ocupa, pero no suelo tener la misma suerte en casa, allí no sé ser como soy yo, no sé ni siquiera cómo ser en familia, cómo no ser estricta o perfeccionista, siempre estoy trabajando y puede que mi marido me haya descrito algunas veces como «madre ausente» y alguien «sin mucha responsabilidad», adicta al trabajo, prefiero estar en otra parte porque no sé cómo estar en familia o, a veces, parece que no sepa quién soy cuando estoy con ellos.

Una infancia estricta:

Siempre me consideré una niña fuerte, con carácter y mis padres supieron cómo aprovechar eso. Todas las tareas se debían hacer en su debido tiempo, se debía marcar cuánto tardaba en hacer cada tarea y no solía jugar con muchos niños, me encerraba en mi cuarto y me ponía a hacer deberes, mi madre me preguntaría la lección tras terminarlos, como cada día. Hasta que no decía las palabras exactas, no me dejaba despegar los ojos del libro, tenía que estudiar sin parar hasta que demostrara que sabía qué me preguntaba. Puede que haya gente a la que le parezca exagerado pero me enseñó a estudiar y a cómo encarar cada tema para darle el máximo provecho, algo que me ayudó mucho al estudiar Derecho, la carrera que pertenecía a nuestra familia desde hacía generaciones, no había habido ninguno de nosotros que hubiera querido o le hubieran permitido hacer otra cosa.

Me prepararon desde pequeña a estudiar, a aplicarme, a encontrar los pequeños detalles y a ser disciplinada, implacable con los debates en el colegio, en estos era en los que más destacaba y sabía cómo utilizar las palabras para que quedaran mejor en los exámenes y en los trabajos. Quizá mi día a día pudiera ser un tanto agotador mentalmente hablando, pero mis padres siempre dieron por sentado que iba a ser una gran abogada, ni siquiera pensé en hacer otra cosa, cuando fui a la Universidad, les pedí apuntarme a Derecho, sin mirar otros grados o pensar si me iba a poder gustar o atraer otra cosa. Era como un robot con patas, lo reconozco.

Una adolescencia intensa:

Sí que es verdad que, en esa etapa adolescente por la que todos pasamos sin excepción, fue en la que peor me sentí anímicamente hablando. Me sentía frustrada y algo desanimada, veía que las otras chicas salían con sus amigas a tomar helado, al cine, al parque a mirar a chicos mayores y guapos, cuchicheaban y bromeaban, se lo pasaban bien, en general. Pero yo, debía seguir mi camino, el mismo que había seguido desde que tenía uso de razón. Entrar en la mejor Universidad y entrar en Derecho con la mejor nota. No recordaba la última vez que lo pasé bien o que tuve un rato libre, estaba claro que había nacido para ser abogada y toda la familia me apoyaba, estaban conmigo en todo y tenían expectativas muy altas sobre mí, mis primos, mis tíos y los abuelos se interesaban mucho por mis notas, se mantenían informados siempre que podían y ya bromeábamos con jerga de abogados. Pero yo solo tenía dieciséis años y parecía que tuviera treinta, mi vida estaba planificada hasta el mínimo detalle, parecía de locos.

Solía llevar las notas a casa, todo dieces. Pero ya no entusiasmaba, solo eran notas. Me había esforzado, por supuesto, era todo un honor y un mérito enorme, eso quería decir que el Bachillerato y la Universidad serían pan comido si mantenía mis notas. Todos estaban contentos y lo celebraban, mientras yo miraba a las chicas del instituto sentadas en un banco riéndose leyendo una revista de cotilleos. Recuerdo que me gustaron varios chicos durante ese periodo y tan solo pude evitarlos aunque hubiese querido intercambiar ideas con ellos, eran inteligentes y bastante interesantes pero mi madre repartía mis horarios con una perfección tan desmesurada que no podía retrasarme. Creo que fue el periodo de mi vida dónde más presión sentí y donde tuve que decir adiós a divertirme o a hacer amigas, sabía que ya no iba a tener esa oportunidad, ni en ese momento, ni más tarde. Lo confirmé cuando empecé con el bufete.

El bufete y mis esclavos:

Bordé mis notas, bordé mis finales y la tesis. Todo dieces desde primaria, era esperable. Desde Bachillerato había empezado a maquillarme para esconder las ojeras y, en la Universidad, aprendí a hacer que mi vestuario llamara más la atención que mi cara seria y sin entusiasmo que me caracterizaba. Estaba cansada antes de empezar con una nueva empresa, la empresa de mi padre. Otra sucursal con el mismo nombre, quería que fuese una de las mejores de Nueva York, iba a dirigirla, mi padre tenía a los clientes y solo debía hacerlo bien, como me habían instruido. Ya habían cogido a los empleados que estarían bajo mis órdenes, la recepcionista era un tanto despistada pero eficiente. Mi ayudante personal era joven, era muy activo, con tanto café encima como fuera posible o, al menos, ese era su lema. Tenía a cuatro abogados más a mi servicio, a la espera de conseguir un par más para que el bufete fuera un tanto más completo y nos pudiéramos repartir el trabajo.

Debía ser competente, no podía decepcionar a mi padre y creo que ha sido así desde entonces. Desde pequeña con ese piloto automático activado y bueno, salida de la Universidad con trabajo asegurado, una empresa que llevar y con dinero que manejar… eran muchas responsabilidades. En cierto momento, creí que podría con más, empecé una relación, nos casamos y tuvimos dos niños preciosos. Nunca dejé de ir a trabajar, ni siquiera embarazada, fue una gran carrera que no podía dejar pasar, incluso, en el hospital atendía el teléfono a la vez que daba de mamar a mis hijos, las dos veces, sí. Creí que dejaría de estar tanto en el trabajo, que podría delegar un poco más en mis compañeros y que podría disfrutar un poco más de mis hijos, en casa, pero no fue así para nada, todo lo contrario, donde más rendía era en el trabajo y como madre era un desastre absoluto.

Problemas en el matrimonio:

En cuanto me quise dar cuenta, el bufete ganaba prestigio y los clientes salían de allí tan contentos que lo recomendaban a sus amigos, familiares o a cualquiera que les comentaba que tenían un problema legal. Llegué a no tener horarios en el trabajo, podía terminar a las dos de la mañana cuando tenía un caso importante o debía prepararme para un juicio, para mí lo era todo y mi padre siempre llamaba para saber cómo iba, quería estar al tanto como jefe de la compañía. Estaba bajo mucha presión y sabía cómo actuar cuando las cosas se descontrolaban o había periodos de más estrés, era cuestión de tiempo que hubieran bajones y pudiéramos descansar un poco más.

Llegó un punto en el que hacía promesas que no podía cumplir, pasaba días sin ver a los niños y Steve y yo hacía tiempo que no teníamos una cena tranquila juntos en algún restaurante romántico, se me olvidaba que tenía una vida después del trabajo. Acababa tan agotada que solo tenía ganas de dormir. Él se estaba hartando. Y poco a poco, todo fue a peor. Por mí, supongo. Dejé de saber cómo actuar en casa, solo delegaba en el trabajo y ya no sabía muy bien cómo compartir mi tiempo con ellos, los vínculos que creamos en un principio, se fueron desatando, sin importar muy bien por qué. Le colgaba a menudo, como si hubiera perdido el interés y él casi nunca me cogía las llamadas. Nos volvimos como dos extraños que solo hablábamos para comentar cosas de nuestros hijos. Lo dejamos verbalmente hablando. Aunque jamás firmamos los papeles del divorcio, seguiríamos viviendo juntos por nuestros hijos, quizá cuando fueran más mayores y comenzaran a entender qué ocurría, cada uno podría irse por su lado. Cuántos más casos ganaba y mejor iba en el trabajo, más decepcionaba a mi familia, era agotador, pero me seguía decantando por el bufete, a veces, no entendía por qué. Lo que sí sabía era que nadie debía enterarse, siempre lo guardé en secreto.

Aquel día horrible:

Supongo que nada hubiera pasado si no me hubiera dejado las llaves en la oficina y si no me hubiera empeñado en quedarme una hora más. Tenía una cena con Steve y los niños que no quería perderme pero no podría abrir la puerta y entrar si no tenía las llaves, quería dejar de ser un desastre y recuperarlos. Subí a la oficina y busqué las llaves por todas partes, las encontré cerca de mi escritorio donde la recepcionista que mi padre contrató yacía muerta. Me asusté. Antes de darme la vuelta oí que había alguien más en la habitación que me obligaba a acercarme a la ventana, a abrirla y a subirme al borde sin girarme. Solo podía diferenciar su voz, pude saber que era serena, determinante, segura y no muy gruesa, me daba la sensación de que, aunque aquello hubiera sido un imprevisto para él porque no esperaba a nadie, sabía cómo llevar la situación y cómo quitarse de encima los problemas.

Y yo era uno. Oí cómo cargó la pistola, oí ese «click» detrás de mí. Estaba temblando por dentro, aunque queriendo mantener la compostura. Con los pies en el borde de la ventana, le pregunté por qué hacía aquello pero no obtuve la respuesta que estaba buscando. De alguna forma, esperé lo que me pidió poco tiempo después: que me tirara al vacío. Sin más preguntas. No sabía cómo entretenerle o hacerle cambiar de opinión, algo en mi interior me dijo que no podría, solo pensaba en que otra vez había fallado en mi promesa de cenar con ellos, Steve estaría furioso, pero suponía que esta sería una buena excusa, ¿verdad? Me giré para mirarle a los ojos mientras lo hacía. Recibí un tiro en el centro de la frente, sin más. Él no mostro ni una sola emoción mientras lo hacía, aunque solo le hubiese mirado por un instante.

Un futuro de promesas rotas:

Supongo que sí. Me fui siendo una mentirosa y rompiendo promesas. Y sí, era una adicta al trabajo, pero así era como me habían criado. Era infalible, ambiciosa, no quería fallar en ningún caso, para mí siempre había una salida para ganarlo, siempre. Y me conformé con verles acostados nada más llegar, en darles un beso en la frente y acostarme al lado de Steve en la cama mientras él dormía, sabiendo que estaría enfadado y al día siguiente empezaría una discusión desagradable por haber estado ausente un día más.

Ahora se debía de encargar de ellos solo. Aunque lo había hecho todo este tiempo. Lo único de lo que me arrepiento es de haberme ido estando enfadados, que esa mañana hubiera entre nosotros una muralla enorme y fuerte llamada ultimátum. Supongo que la oportunidad de hacerlo bien se había disipado ante mis ojos, aún queriendo hacerlo bien esa noche. No sabía si me harían una buena despedida, si llorarían en el entierro o si se sentirían aliviados de no tener que esperarme más. Es triste. Pero hacia donde voy ya no hay más compromisos ni preguntas que responder.


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Mariela: La Amiga que se Queda Atrás

Relato procedente: «Un Hasta Pronto«. Edad: 31 años.

Ciudad: Nueva York. Profesión: Diseñadora.

Descripción física:

Mi cabello castaño me llega un poco más abajo de los hombros, ondulado y difícil de gestionar a veces, necesita muchos cuidados pero jamás me lo cortaría, por nada del mundo. Mis ojos son verdes y mis labios finos, tengo la zona de la nariz y los pómulos llena de pequeñitas pecas que hacen que mi rostro se vea un poco más interesante, al menos, a mí me lo parece. Mi tez es un tanto oscura, me encanta ir a la playa y tomar el sol en los meses de verano, me lo paso de miedo surfeando con amigos. Suelo vestir bastante formal, normalmente, con tonos azules, blancos, negros o magenta, los tonos claros no me van mucho, pero sí los tacones.

Descripción de la personalidad:

Dicen que soy una chica algo borde, que siempre persigue lo que quiere, presumida, atenta y poco cariñosa. He sido muy ligona, sobre todo, en la época del instituto, nunca me ha gustado mucho comprometerme, ir de flor en flor es lo que más se ha acercado a mi carácter. Me importan más las cosas de lo que la gente piensa, soy bastante nerviosa y suelo pretender que nada me afecta para parecer más dura de lo que realmente soy. No me definiría como una persona sensible, pero sí fuerte mentalmente, nunca he sido llorona y siempre he conseguido cualquier cosa que he deseado, soy cabezota y lista, me gusta ser temeraria cuando la situación lo requiere e improvisar es lo mío, sobre todo, cuando a planes para salir se refiere.

Una infancia unidas:

Angelina y yo nos conocimos en el colegio. Nos mirábamos con recelo al principio, ella era muy reservada y yo era más extrovertida, tanto que me gustaba picarla quitándole sus dibujos o tirándole los libros, me gustaba verla reír y rabiar a la vez. Un día, después de un castigo en la clase de Biología, donde estuvimos las dos de morros porque creíamos concienzudamente que la otra era la culpable de lo que había ocurrido, salimos juntas del colegio, una al lado de la otra, dirigiéndonos a nuestras casas por la misma calle. Ella habló primero, me pidió disculpas por lo que había pasado y no pude hacer otra cosa que sonreírle, siempre era buena con todo el mundo y fue una de las razones por las que decidí meterme con ella, en primer lugar.

Descubrí que vivíamos a dos manzanas de distancia la una de la otra, así que, empezamos a volver juntas a casa. Al principio, no hablábamos mucho pero luego, no dejábamos de hablar ni un minuto, a veces, mi madre la invitaba a casa a merendar o su padre hacía lo mismo conmigo, nos pasábamos algunas tardes juntas y nos llamábamos antes de acostarnos para contarnos las últimas novedades en casa. De odiarnos pasamos a caernos bien y a hablar más seguido y de ahí, a ser inseparables.

Amigas para siempre:

Pasaron los años y ahí estábamos, siempre juntas. Hicimos un pacto, en el cual, prometíamos no separarnos nunca, ni siquiera cuando nuestras hormonas hacían que mantuviéramos una rivalidad enfermiza cuando se trataba de chicos, nuestra adolescencia se formó de cotilleos, cuchicheos, de chicos guapos, revistas de moda y momentos en los que nos sentíamos las reinas, nos conocía bastante gente, aunque a Angelina no le hacía mucha gracia, a veces, le gustaba tener su espacio y luchaba bastante contra su timidez, yo era más lanzada.

Pasamos el bachillerato juntas, de hecho, estudiábamos cada tarde codo con codo para sacarnos la selectividad, éramos las mejores de clase con diferencia y lo único que queríamos era salvar y evitar que la otra tuviera un suspenso, estudiábamos mejor juntas y lo sabíamos todo de ambas, incluso, nuestras debilidades. Quizá esto es muy típico pero, es cierto que éramos como hermanas y no nos separábamos nunca. Nos fuimos a la Universidad, estudiamos lo mismo y nos fuimos a vivir juntas, por supuesto, no soportábamos pensar que a alguna de las dos la mandarían a una residencia diferente y no nos podríamos ver tan de seguido pero, no fue así para nada, mi madre tenía algunos contactos allí e hizo lo posible porque viviéramos en la misma residencia. Íbamos a las mismas fiestas, conocíamos al mismo tipo de gente y teníamos los mismos exámenes, no nos aburríamos de ser, simplemente, nosotras.

Después de esto, nuestras vidas puede que cambiaran un poco y, debido al trabajo y a las tareas domésticas, no nos viéramos o estuviéramos tanto tiempo juntas como solíamos estar o hacer, pero nos llamábamos cuando no podíamos vernos y era reconfortante poder escucharnos durante, al menos, una hora. Ella siempre había sido mi confidente y sabía que si algo iba mal, Angelina siempre iba a estar ahí. Pero las cosas cambiaron radicalmente, sin siquiera predecirlo una mañana que vino a tomar café…

Un hasta pronto:

Llegó a casa, nerviosa, más callada de lo habitual, retraída y muy despistada, como si solo estuviera metida en su cabeza. No seguía la conversación y trataba de sacarle algo de información para que habláramos de algo pero yo sabía que no estaba bien, estaba diferente, ni siquiera risueña y solo asentía con la cabeza porque oía mi voz y no sabía cómo decirme lo que estaba a punto de salir a través de sus labios. Le pregunté directamente y confesó que iba a irse a Italia con su madre, tenía que cuidarla porque se había puesto enferma, no sabía si iba a tener mucho tiempo para hablar o estar con otras personas, debía dedicarse a su madre por completo, al trabajo que encontrase y a las tareas de casa, ya que, su madre no tendría fuerzas para hacerlas.

No sabía cómo lo hacía pero, Angelina siempre ponía a todo el mundo delante de sus propias necesidades y deseos, de hecho, había dejado su empleo y todo por lo que había trabajado en Nueva York sin ver si quiera otras opciones, iba a tirarse encima del tigre sin analizar la situación y todo porque sus hermanos se habían negado en rotundo, poniendo a Angelina en un compromiso, como hacían siempre. Odiaba aquello, odiaba lo que decía, pero no podía comentarlo, al menos, no en voz alta, la haría sentirse culpable. Una voz en mi interior me decía que debía apoyar su decisión y hacerle saber que hacía lo correcto aunque no me gustara el resultado. Iba a estar lejos, muy lejos, y no podría tener acceso a ella, no sabría cómo estaba y eso me preocupaba desmesuradamente, pero Angelina tampoco debía saberlo, solo le pedí que fuese yo la que la llevara al aeropuerto y que me gustaría que nos despidiéramos allí. Ella accedió sin problema.

Hice todo lo posible para que no se preocupara, mucho menos, por mí o por cualquiera de su familia, aquello no era nada y seguro que saldría todo bien sin ninguna duda. Aunque yo, sinceramente, tenía muchas que no pensaba decir en voz alta. ¿Había sido una buena amiga ocultándole lo que sentía sobre lo que estaba haciendo? Me sentí horrible y su abrazo fue como un adiós, un adiós definitivo que quise enmascarar con ese susurro en mi oreja que decía «hasta pronto», quería creerla, de verdad quería hacerlo y pensar que iba a estar aquí antes de lo que yo creía, seguro que estaba siendo una escéptica, aunque mi corazón dijera lo contrario. Me olvidaría. Por eso, estuve allí hasta que vi cómo desaparecía el avión entre las nubes.

Un futuro de incertidumbre:

Mi vida ha seguido exactamente igual que siempre, con el ajetreo en el trabajo, con las comidas familiares de los domingos, las citas insignificantes, los nuevos diseños y creaciones en el estudio de mi casa… Todo sigue igual. Ni una llamada, ni un mensaje, ni siquiera una carta o un recado de su parte, nada. Últimamente, siempre la tengo en la cabeza, aunque no directamente o como tema principal de todo lo que he de pensar o planificar, pero sí está en un rinconcito, en ese que siempre elijo escuchar y que, algunas noches, no me deja dormir. ¿Estará bien? ¿Qué estará haciendo? ¿Le habrá ido bien? Odio no saber nada y lo seguiré odiando, posiblemente, hasta que sepa algo o de ella o de lo que sea que esté haciendo, siempre será un interrogante en mi mente.

Desde que se fue vivo con este vacío, como si una parte de mí se hubiese ido. Antes, solía contárselo todo, ahora no puedo hacerlo. Digo que todo sigue igual pero no esta parte de mi vida, Angelina era la torre que nunca se caía, era una pieza clave a la que sabía que siempre podía recurrir y que me apoyaría, pero ahora, cuando cojo el teléfono es para volverlo a bloquear y dejarlo sobre la mesa porque no sé a qué número llamar… Supongo que, ahora mismo, he de vivir con ello.


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