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Nell: La que Percibe la Oscuridad

Relato procedente: «Oscuro». Edad: 26 años.

Ciudad: Michigan. Profesión: Estudiante.

Descripción física:

Mi cabello es de un color anaranjado combinado con dorados en las puntas, casi no se ven, tan solo cuando me da el sol. Mis ojos son de un tono verdoso oscuro, un tanto intensos y dando la sensación de ternura que mi abuela materna siempre solía notar cada vez que iba a su casa. Mis labios son finos, no me pongo demasiado pintalabios, tan solo toques muy claros para que no se note demasiado, no me gusta llamar mucho la atención con el maquillaje. Mi piel es un poco oscura gracias a los veranos en España que solemos apreciar mi familia y yo cada año, pero tiendo a tener casi siempre los pómulos y la nariz bastante rojos debido al frío que suele hacer fuera en invierno. Tengo un peso bastante adecuado creo y me cuido bien, según tengo entendido, así que, suelo vestirme con camisetas tipo vintage con colores estridentes u oscuros, depende del día y unos pantalones vaqueros por lo general rotos y que no definen demasiado mi figura. En cuanto a zapatos, siempre prefiero llevar algunas bajitas, como las Converse, las Vans y, alguna que otra vez, me pongo unas Doctor Martens por darle un aire distinto a mi estilo.

Descripción de la personalidad:

Mi abuela siempre dice que soy muy buena niña, que de tan buena que soy, pego por inocente y reservada cuando veo que mi alrededor no va en mi misma sintonía. Soy bastante sensible e impresionable, enamoradiza y un tanto desconfiada, aunque intento no serlo por todos los poros de mi piel, tratando de mostrar la mayor parte del tiempo naturalidad y compromiso con los demás siempre que tengo oportunidad. Me gusta tener tiempo y espacio para mí misma, muchas veces, me retraigo más de lo debido y, otras veces, puedo ser totalmente extrovertida, no entiendo esa ambigüedad que me caracteriza en ciertas ocasiones, no sé por qué soy como soy y me gusta preguntarme cosas constantemente, siempre queriendo saber por qué el mundo es mundo y por qué las personas somos como somos, diría que soy una curiosa del comportamiento humano.

La niña buena de la familia:

Al leer esto, quizá creas que he sido una niña mimada durante gran parte de mi vida y que todo el mundo a mi alrededor ha trabajado para complacerme y hacerme feliz, pero no ha sido así en absoluto. Sí que es verdad de que he gozado de muy buena salud, buenos amigos, gente cercana y cariñosa la mayor parte del tiempo y mi infancia ha sido muy feliz, pero no he dejado de complacer a los demás ni un minuto, o así es como lo he sentido. Llegó el día en el que fui algo más mayor y, con ello, algo más importante, sobre todo, en la granja de mis abuelos y, algo después, en casa de mis padres, de hecho, quería ser un pilar fundamental como lo fue mi abuela y después mi madre. Tuvimos momentos y roces pero nos terminamos tolerando, me gustaba colaborar en casa y tenerlo todo ordenado, quizá demasiado bajo control.

En la granja se aprovechaban de mi buena fe al dejarme siempre las tareas que solía hacer como ayudante para mí, incluso, los días en los que no podía ir o tenía muchos deberes como para ocuparme tan solo porque les acostumbré demasiado a hacerlo yo, siempre decía sí a todo, incluso, cuando iba estresada y me ahogaba con los exámenes finales, no importaba si volvía a casa a las doce de la noche y todos estaban durmiendo, estaba haciendo algo que beneficiaba a la familia. Mi abuela no estuvo demasiado bien del corazón una temporada, así que, mis padres me confiaron todos sus cuidados personales, mientras ellos se ocupaban de su economía y negocios que tenía con otras granjas. A simple vista, podía resultar sutil y poco importante, incluso, altruista, pero tras ello podía esconderse un alto nivel de aprovechamiento. Por ello, siempre he sido la niña buena, porque me necesitaban y yo les daba lo que me pedían sin rechistar, con el «sí» por delante y el trabajo sin amontonar porque yo era muy organizada.

Estudios y trabajo:

Mi familia siempre se ha caracterizado por ser bastante humilde, a pesar de llevar una granja y un campo del cual, vender frutas, verduras y leche. Teníamos mucho que hacer, cada día era diferente y llevábamos gran cantidad de comida allá dónde íbamos para ganarnos algo de dinero. Yo seguía estudiando pero tenía un legado del que trabajar, que sacar adelante y era hija única, por lo que, tenía que apechugar y, aunque estudiara en el instituto del pueblo más cercano, también debía hacer horas en la granja y el campo, ese era también mi deber. No puedo negarlo, era duro, pero al menos, tenía algunas horas por las tardes para observar lo que pasaba alrededor de casa cuando mis padres no estaban, me gustaba observar a los vecinos, sus vidas, discusiones, alegrías, bajones, hábitos y momentos de tensión.

¿Por qué les observaba, preguntáis? Porque su vida era más interesante que la mía o, al menos, así lo veía yo. Me gustaba saber en qué gastaba la gente rica el dinero, dónde iban los jóvenes de familias de nivel económico medio a pasar el día, qué niños y jóvenes estudiaban en universidades privadas mientras leía folletos por simple curiosidad para saber qué asignaturas diferentes tenían de las mías y a qué vecinos les gustaba trabajar hasta tarde, eran alcohólicos, tenían discusiones de pareja y qué familias no soportaban mirarse a la cara a la misma vez que lo escondían a la hora de comer. Era divertido, un mundo fascinante, en el que podía imaginarme sus vidas como quisiera y podía obtener la información que quería. ¿Era una cotilla? Puede parecerlo pero, como dije, tan solo soy una observadora del comportamiento humano.

El suicidio:

Vi a ese vecino que siempre trabajaba hasta altas horas de la madrugada, no sabía muy bien si era periodista, escritor, editor de vídeos o abogado, la cuestión era que se pasaba la mayor parte del tiempo escribiendo, escribía sin parar y quizá cuando llegaba la noche era cuánto más inspirado estaba para hacerlo. Muchas noches, me resultaba curioso ver cómo trabajaba, concentrado, cómo movía el bolígrafo de rápido, cómo las palabras parecían fluir de su mente y la pantalla del ordenador le daba una especie de brillo en sus ojos azules. Podría parecer una acosadora y supongo que es lo que se puede entender a simple vista pero tan solo me gustaba poner los ojos en los demás y saber un poco más de ellos, ya que, sabía que no sería muy posible entablar conversaciones con ellos debido al poco tiempo del que disponía tanto yo como ellos, aunque algunas veces sí nos saludáramos por la calle…

Esa mañana le vi. Estaba sentado en una silla de madera blanca con sus ojos puestos en algo que tenía en la mano, algo que resultó ser un arma y, desde luego, era algo que no esperaba para nada. Parecía que viniese o estuviese preparado para irse a una boda, dado que, estaba muy bien peinado y vestía un traje de color gris bien planchado y ajustado a su cuerpo, elegante, con mocasines negros incluidos. Puso el arma en su sien izquierda y se pegó un tiro, tal cual. Cerré los ojos tan fuerte que me hacían daño, los volví a abrir cuando aquel ruido sordo desapareció y me encontré con una silla vacía en el piso del vecino.

¿Qué hace una niña buena como yo si ve algo así? Se va corriendo a ver qué ha podido ocurrir y para ver en qué puede ayudar a la persona supuestamente muerta o herida, de hecho, no le había visto ni siquiera caer de la silla. Llamé a todos los timbres de los pisos pero nadie respondió, como si se hubieran puesto de acuerdo para irse el mismo día a la misma hora y no abrirme la puerta, así que, aporreé la del portal fuertemente para ver si alguien podía abrirla y dejarme entrar para comprobar si ese hombre estaba bien y, si no, llamar a alguien para que viniera a recogerle. Dio la casualidad de que sí me abrieron la puerta. La abrió el mismo hombre que había visto pegarse un tiro unos minutos atrás. Me quedé perpleja, sorprendida y no cabía en mí de preguntas, de hecho, me sentía abrumada y descompuesta, por lo que, al no saber muy bien qué decir, me fui corriendo a mi casa, cerré la puerta de mi cuarto rápidamente e intenté respirar, estaba muy nerviosa.

Volví a escuchar un ruido, por lo que, me asomé poco a poco a la ventana y levanté la vista. Vi a ese hombre una vez más, sentado en la silla, poniéndose el arma en la sien izquierda. Antes de que apretara el gatillo, grité hasta quedarme sin voz ni aliento. Los abrí de repente, tocándome la garganta, algo seca y raspada, y tan solo pude ver esa silla blanca. Vi a alguien salir del portal. Me asomé y le vi salir de él tan campante, como si no pasara nada, seguía vistiendo de traje y desaparecía al final de la calle con un deje estiloso y elocuente. Sorprendida, me dejé caer al suelo y me tapé los ojos con las manos al no creer nada de lo que estaba viendo.

Un futuro de oscuridad observada:

Un tiempo después, vi a otra vecina que colgaba una cuerda en el techo y en la que se ahorcó, pude presenciarlo unas diez veces, hasta que dejé de mirar a su ventana. También vi a una niña pequeña que tuvo una muerte súbita mientras su madre la cogía en brazos de la cuna, lo presencié cuatro veces, hasta que logré apartar la mirada y la posé en otro lugar. Vi a una pareja tirarse cosas la una a la otra, gritándose tan fuerte que dolía escucharles, hasta que la mujer le propinó diez cuchilladas con una cara de sádica absoluta; lo presencié cien veces hasta que asumí que la vida y las personas eran crueles y que así era el mundo. Pero, no pude más y me cambié de habitación, mis padres dejaron que durmiera en la de invitados que daba a una zona arbolada donde casi no pasaba nadie y donde podía despejar mi mente más fácilmente.

Puede que esto sea temporal. Puede que yo pueda ver la muerte, pueda sentirla, pueda obtener esa información de esa gente ya olvidada y que sigue estando presente a través de mí, puede que aprenda a lidiar con ello o que, simplemente, me vuelva loca. ¿De dónde me venía aquello?, ¿mi madre y mi abuela también lo sufrían o solo tenía que ver conmigo?, ¿quizá tenía una oscuridad interna que nadie más podía ver o sentir nada más que yo? Y… ¿por qué yo?


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Aiden: El Malvado

Relato procedente: «Malvado«. Edad: 32 años.

Ciudad: Seattle. Profesión: Desconocida.

Descripción física:

La verdad es que estoy muy bueno, ya sabes. Hago ejercicio, me mantengo en forma, imagínate al típico tío de cabello negro intenso, con ojos verdosos, labios finos y atrayentes, con una mandíbula algo marcada y piel suave, aromática, siempre con algo de fragancia en mi cuello y vestido con ropa algo ajustada y una chaqueta con capucha que suelo ponerme cuando empieza a hacer más frío o viento. Me gusta que se marquen mis mayores atributos, tengo un trasero perfecto y unas manos que a nadie le gustaría que se las quitara de encima.

Descripción de la personalidad:

Según mi hermana, soy bastante inmaduro, egocéntrico y egoísta a morir, ¿por qué no? No me gusta asumir responsabilidades, mucho menos, de otros y tampoco tratar de convencer a los demás de algo que no soy, cambiar para ser otra persona está sobrevalorado y es un cliché que no va conmigo. Me gusta flirtear con cualquier chica, pasarlo bien, levantarme tarde, tomar tanto café como puedo, dejar las cosas para mañana siempre y molestar cuanto pueda a mi hermana, ha sido muy pelma. Adoro el sexo, las mujeres y no me gusta mucho el rock, prefiero el punk, odio bailar y tengo debilidad por los calcetines altos, no preguntéis por qué, creo que es una manía que que traigo de niño, nunca me verás llevar calcetines cortos o de deportista, son incómodos, me pican y no parece que lleves calcetines.

Una infancia tortuosa:

No me gusta recordar esta parte de mi vida, creo que lo he intentado tantas veces que, por ello, cada vez que vuelvo a esta noto que debo hacer un mayor esfuerzo porque viene a mí entre borroso y poco esclarecedor. Mis padres murieron en un accidente de coche cuando yo tenía unos doce años, nos mudamos a casa de mis abuelos y estuvimos allí un tiempo, en el cual, me pasaba la mayor parte de los días mirando por la ventana de mi habitación de pie, justo en medio de la habitación, a veces, me sentaba pero no me apetecía demasiado. Era como si estuviera hipnotizado, como si fuera en busca de algo o alguien y no pudiera encontrarlo de ninguna forma, sabía que no iba a verle o saber de él, pero allí estaba, de pie mirando a la nada.

Cuando murieron nuestros abuelos a la edad de 21 años, empecé a trabajar para llevar la casa hacia adelante, tenía unos 4 trabajos, mientras mi hermana iba al instituto. Seguíamos viviendo en casa de nuestros abuelos y tratando de hacerlo lo mejor posible, no mentiré, esa vida era una mierda y sigo pensándolo. Caí en las drogas porque necesitaba mantenerme despierto, concentrado, era mi responsabilidad que mi hermana y yo tuviéramos lo suficiente, al menos, para alimentarnos ya que nadie iba a hacerlo por nosotros. Primero fueron unas pastillas que me despejaban increíblemente, a decir verdad, las he echado de menos, luego lo alternaba con cocaína, para mí era suficiente y estaba más que justificado el por qué lo hacía.

Grandes caídas:

Mi hermana decidió ir a la Universidad, así que, ella empezó a trabajar en una tiendecita de dulces cerca de casa de nuestros abuelos, mientras yo seguía con los 4 trabajos, ahogado y atado de pies y manos. Dormía poco, comía rápido, no hablaba casi nada y tenía unas ojeras que podía espantar a un gato. Ahorré muchísimo y gasté otro poco en drogas, por supuesto, se creó una fraternización con ellas, empecé a verlas como algo necesario para hacer frente al día y estar despejado. Recuerdo que, a los 28, mi hermana llegó a casa de trabajar y me vio tirado en el suelo, llamó a urgencias y me dijeron que había sufrido un infarto, debido a las dosis de porquería que me estaba metiendo y durante tanto tiempo. Por lo que, no tuve más remedio que meterme en rehabilitación y dejar los trabajos por completo, ya no podía seguir haciendo dinero y manteniendo la casa, así que, le tocó a ella hacerlo por los dos.

No estuve en casa durante unos 3 años, puedo decir que dejé de ser el mismo, me notaba diferente, más callado, cabizbajo, metido en mis cosas y bastante pasota, me volví egoísta y poco auto crítico. Según qué persona, la cercanía a la muerte se la toma de una manera y la mía no fue para nada reveladora o enriquecedora, ni siquiera me animó a ser más activo, tener una vida más saludable y comer vegetales a dos manos, sino a todo lo contrario. Me dejó hecho polvo y sin capacidad de organización, no tenía otra cosa mejor que hacer que ver a mi hermana graduarse, empezar a formarse una vida propia y tirar de mí mientras me revolvía entre las colchas de pesadilla en pesadilla. «El pobre Aiden», podría estar pensando y no quería ni que se le pasara por la cabeza, no quería darle lástima, odiaba dar lástima. Y siempre lo notaba cuando me miraba, movía la cabeza en señal de tristeza, como si mirara a un fracasado.

Decidí empezar a entrenar, era lo mejor que podía hacer para que mi cuerpo volviera a la normalidad, al menos, un poco. Mi hermana se sacó su título de Medicina y me dejó un poco en paz porque veía que hacía algo. Quería que trabajara, que rehiciera mi vida pero yo, por alguna razón, nunca he querido volver a hacerlo, quizá por miedo a a recaer o puede que por evitar volver a ese lugar donde dicen que van a hacer que vuelvas a ser un hombre renovado y derecho, sano y con mirada hacia el futuro, esas chorradas no había quién se las tragase…

Un ser malvado:

No sé qué me impulsa a ser así, a comportarme de la forma en la que lo hago. Mi hermana siempre me decía que aquel infarto y el consumo de drogas exagerado hizo que se me friera el cerebro y el corazón, que puede que ya empezara a cambiar en el momento en que me tomé la primera pastilla para despertarme, quizá fuera eso, quizá tuviera razón. Había algo dentro de mí indescriptible que me empujaba a molestarla, a querer ahogarla en un estanque, a desear que se callara para siempre y no volver a escuchar su voz nunca más. Pero, era mi hermanita… No podría hacerle eso, ¿verdad? A veces, dudaba de mis impulsos, llevaba un tiempo teniendo lagunas, especialmente, desde que volví un año antes de rehabilitación pero ningún médico encontró nada que pudiera corroborar que me pasaba algo, ni físico ni psicológico.

Una mañana, tras una estúpida discusión con mi hermana donde quise de verdad que dejara sus mierdas para otro momento, mi cabeza se cayó hacia atrás y caí en una especie de trance extraño, parecía como si me hubiese dormido por completo, sin darme cuenta. Lo curioso fue que, al despertar, no oí a nadie en casa, muy raro un día en fin de semana, ella siempre tenía algo que hacer ya fuese poner la lavadora, doblar la ropa o regañarme porque no había preparado la comida. El silencio era atosigante, ensordecedor, casi importante. Al llamarla por el pasillo y no obtener respuesta, fui directo a su habitación con el corazón en un puño, conteniendo la respiración hasta llegar a lo que me pareció la peor y mejor escena gore de la historia. Las colchas y las paredes estaban salpicadas de sangre, ella yacía innerte sobre la cama con el cuello desgarrado y con la mirada vacía. No podía recordar que había ocurrido en las últimas… ¿3 horas?

Un futuro de huida:

No sabía si había sido yo o no, pero solo estábamos nosotros en la casa, ¿verdad? Mi corazón me martilleaba en el pecho, ansioso, desesperado, queriendo responder a una pregunta que me volvía loco, ¿esto lo había hecho yo? Si así fuera, debía irme, alejarme lo máximo posible, la policía se enteraría de que había un cuerpo allí, en unas horas empezaría a oler y alguien les avisaría. Corrí hacia mi habitación y recogí la ropa que pude, sin pensarlo demasiado, cogí toda la comida que había en la despensa y lo cargué todo en el coche sin tener ni la menor idea de hacia dónde dirigirme, a las afueras de la ciudad seguro, sin descanso.

No sabía qué esperarme por ahí afuera, tenía algo de dinero en efectivo que mi hermana estaba ahorrando para un viaje, habría suficiente para unos meses hasta que pudiera ubicarme en algún sitio donde no pudiera ser reconocido ni buscado. Pero, era curioso, no sentía nada. Ni sorpresa, tampoco tristeza o enojo, impotencia u odio hacia mí mismo, ni un solo recuerdo me ataba a ella o me hacía sentir que ya no estaba. Si lo había hecho yo, no me importaba. Si lo había hecho otro aprovechando que estaba durmiendo para inculparme de alguna forma, tampoco me importaba, mucho menos si esa casa donde siempre habíamos vivido explotaba, no sentía ni un ápice de melancolía. Absolutamente nada. Me metí una pastilla en la boca para estar despierto en la carretera y una media sonrisa se dibujó en mis labios.


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Malory: La de las Voces

Relato procedente: «Voces Insatisfechas«. Edad: 22 años.

Ciudad: Leicester. Profesión: Estudiante.

Descripción física:

Mi cabello es de color negro, liso, bastante bien cuidado, al menos, así lo creo yo y largo hasta un poco más abajo de los hombros, casi siempre lo dejo suelto, pero a veces, me gusta atarlo con un moño o unos pequeños ganchos a ambos lados. Mis ojos son grises, acostumbrados a escuchar comentarios como “pareces un gato”, “tus ojos son felinos”, “tus ojos me derriten” y ese tipo de cosas que tanto cansan a cualquiera que tenga la mirada un poco distinta o penetrante. Mis labios son finos, normalmente, pintados de un color rosa pálido para que no llamen demasiado la atención sobre el resto. Mi tez es bastante pálida, con los pómulos y la nariz algo rojos debido al frío. Soy esbelta y suelo vestir con unos vaqueros, una americana de cualquier color, una camiseta lisa y unos mocasines que me gusten, ¡tengo miles!

Descripción de la personalidad:

Normalmente, me dicen que soy tímida, bastante seria y un poco fría pero, yo diría que soy más bien introvertida, algo solitaria, adicta a la literatura y un poco cascarrabias cuando estoy haciendo cosas que considero importantes y alguien me interrumpe. Me gustan las tardes de té sentada cerca de la chimenea, con un buen libro entre manos o una agradable conversación, poner una luz tenue alrededor y calentarme las manos, mientras extiendo una manta sobre mis piernas, es uno de los momentos más placenteros que podría tener y trataría de experimentarlos cada día, si fuera posible. Soy una persona más bien nerviosa, algo intensa y sensible, aunque no lo parezca, suelo pretender bastante que no me afecta nada del exterior o que no me gustan ciertas cosas cuando sí me gustan y las escondo, digamos que es mi “yo diario” quién suele aparecer más.

La primera voz:

Sonaba negativa, siempre evasiva, tratando de mostrarme cada amenaza, cada bache, evitando que tomara decisiones precipitadas o erróneas. Se movía entre el miedo, el respeto hacia algo que me imponía, a veces, me provocaba ansiedad y estrés incontrolable, me ayudaba a reaccionar en momentos de huida o donde creía que había una amenaza de la que protegerme. Siempre la he definido como esa voz que te para cuando estás a punto de hacer una locura o evita que hagas el ridículo, incluso, trata de que pienses las cosas dos veces antes de hacerlas y anticipes qué podría ocurrir si hicieras una u otra.

Diría que, desde pequeña, apareció en mi vida para alertarme de esos niños crueles a los que les gustaba tirar a las niñas de las coletas o bajarles la falda para que se les vieran las bragas y todos poder reírse. También estuvo bastante presente cuando mis padres se separaron a mis 12 años, tratando de buscar una manera de encajar lo que pasaba entre ellos y aceptar el cambio que iba a suponer en mi vida. A partir de ese momento, empezó a suceder casi a diario el hecho de que aparecía en momentos inesperados e inoportunos como en una presentación de un tema en el colegio o la universidad, cuando tenía la obligación de relacionarme con gente que no tenía nada que ver conmigo o cuando tenía que hablar con las parejas de mis padres, también cuando me iba al mostrador de algún restaurante o tienda para pedir algo y en las temporadas de exámenes.

Es una voz insistente, persiste y se obsesiona con cualquier pensamiento, hace que le des vueltas una y otra vez a la misma situación, quiere que hagas lo que ella quiere o espera y tiene la manía de provocarte síntomas físicos bastante incómodos y que asustan para hacerte notar que algo no va bien. Mis emociones se intensifican cuando la escucho, siento mi cabeza dar vueltas, sudo y tengo que darme la vuelta rápidamente e irme por dónde he venido para no tener que seguir sintiendo lo que siento. Me paraliza, me hace sentir pequeña, vulnerable e insegura, me atrapa entre su oscuridad y negatividad, entre su excesiva y primitiva protección, entre un mundo de perfección y cobardía. A veces, hace que lo sientas todo a la vez y necesites un día entero para recuperarte de ello, es desesperante y frustrante pero, ahí está ella, de cuerpo presente.

La segunda voz:

Es entusiasta, súper positiva, le encanta que la escuche y se sorprende cuando sigo sus consejos algo atrevidos y arriesgados, siempre grita de alegría y no puede parar de sugerir cosas que la primera voz no piensa ni quiere oír porque cree que son tonterías de una loca insatisfecha con lo que hay en mi mente. A veces, no es demasiado realista y tiende a dar consejos sin más, como si algo debiera hacerse hubiera riesgo o no, digamos que es más impulsiva, no tan reflexiva o analítica como la primera y no se obsesiona con nada, si una situación no sale como se ha planeado, ella simplemente, lo deja correr y ya está sugiriendo una cosa diferente de la anterior para hacer o decir o compartir con otros o conmigo misma. Es una voz feliz, que siempre se lo pasa bien y me hace sacar una sonrisa cuando me dice que estoy guapa, soy inteligente o suficiente, mientras la primera voz pone los ojos en blanco sin creerse ni una palabra, lo cual, a veces, me hace dudar.

La segunda voz ha estado conmigo desde muy pequeña, me animaba a jugar, a saltar y siempre reía. En la adolescencia solía aparecer menos pero le gustaba recordarme que me encantaba dibujar y que debería hacerlo más, haciéndome sentir yo misma cuando le hacía caso y lo hacía. Aparecía en cada fugaz relación de pareja para animarme a encontrar a otra persona, en cada rechazo en un trabajo que deseaba o en cada día de universidad cansada de estudiar sin parar y sin tener tiempo para mí. Ha estado en momentos en los que creía que la primera voz iba a hundirme con sus palabras hirientes y su poca sensibilidad, también en circunstancias duras y momentos de indecisión para que eligiera siempre lo que realmente me apeteciera hacer y me hiciera feliz y no complaciera solo los gustos de otros o decisiones ajenas. Ha sido un apoyo cuando he creído que no podía más o cuando pensaba que mi vida no sería la misma con mis padres separados y personas en medio que iban a hacerme la vida aún más complicada, ella fue la que me dijo que no hay un final, sino que, hay que continuar para ver un nuevo principio, algo que la primera voz tiende a reprochar y terminan discutiendo como un matrimonio.

La tercera voz:

Es pausada, tranquila, dulce, embriagadora y muy pero que muy lineal, se decanta un poco más por una charla directa, específica al tema que se está tratando y, aunque positiva, también es realista y no extrema. Analiza de una forma muy suelta, no provoca ningún tipo de estrés, expresa lo que siente sin tapujos y te da una sensación placentera tras escucharla. Creo que siempre quiere mostrar su punto de vista con soltura, intimidad, acercamiento y dando unos toques improvisados a lo que sea que esté ocurriendo en ese momento. Me recuerda que debo respirar hondo y no sucumbir a ese sudor, a esos temblores e inseguridad a los que me hace caer la primera voz, tampoco a exaltarme de alegría o volverme loca por haberme comprado un lápiz como la segunda voz sugiere, sino a tomármelo con calma, sin exigirme, respetando mi propio espacio y tolerando lo que sea que esté sintiendo en ese momento, sin esperar más o menos, tan solo lo que hay y se ve.

Esta voz nunca antes había aparecido, de hecho, no la conocía y solo creía que existían dos voces en mi interior que me decían qué hacer en cada momento y a qué tenerle miedo para no dañarme física o emocionalmente, pero esta voz, jamás había formado parte de ninguna de las conversaciones en las que discutían la primera y la segunda. Llevaba un tiempo gustándome un amigo de la infancia, siempre jugábamos juntos, íbamos al colegio y al instituto juntos y hacíamos los deberes en la biblioteca de la ciudad cada tarde, incluso, íbamos a la misma universidad, a carreras distintas pero esa tradición de estudiar en la biblioteca e intercambiar apreciaciones sobre qué libros no devolveríamos nunca, seguía ocurriendo, sintiéndome cada día, más atraída hacia él sin poder evitarlo. Siempre le había visto como un amigo pero ni siquiera sabía cuándo había cambiado esa forma de verle como tal o si ni siquiera había cambiado y siempre había sido así pero yo no me había dado cuenta.

Estaba decidida a decírselo, TODO. Teníamos la suficiente confianza el uno con el otro y a mí me sobraba seguridad para decirle lo enamorada que me tenía pero, una vez en la puerta de su casa, mirándole a los ojos, me quedé muda, sin saber muy bien qué decir o cómo empezar la conversación. Empecé a sudar, a hiperventilar y las dos primeras voces no dejaban de discutir entre si debía decírselo o no, así que, sin decir nada más y dejando a Cole allí plantado y perplejo por mi visita sin explicación, me di la vuelta y volví caminando a casa a paso ligero mientras notaba que empezaba a relajarme. Esta tercera voz salió de mí, interrumpiendo las voces de las otras dos y diciendo con esa sabiduría que se nota la caracteriza lo que yo realmente sentía dentro de mí y que, de alguna manera, ya sabía. Me hizo recordar que yo era capaz, que había compartido todas mis emociones, dudas, pensamientos y sentimientos con Cole y que ahora no podía pararme por unas estúpidas voces que no se aclaraban y que me hacían dudar y sentirme insegura. Así que, volví a llamar a su puerta y le besé sin más. Al principio, no sabía si me había devuelto el beso por complacerme o porque le había gustado y sentía lo mismo que yo, pero al verle sonreír, lo tuve claro.

Un futuro con una perspectiva diferente:

Nos dejamos llevar por nuestra mente en cosas que a ella no le atañen, ni a la primera voz con su negativa ni a la segunda voz con una positividad más bien tóxica, creándonos inseguridad y falta de confianza hacia nosotros mismos, asumiendo que no podemos hacer muchas de las cosas que sí podemos y pensando que somos de esta forma o de otra cuando, ni nuestras emociones ni pensamientos nos definen ni muestran a los demás quiénes somos o no. No toleramos nuestras caídas y nos abrumamos por esas voces que oímos dentro de nuestra mente pero que son solamente palabras, pueden tener sentido para ellas, pero no deberían tener esa importancia que les damos porque se van antes de lo que nosotros pensamos.

La tercera voz no suele estar muy presente, vivimos en un «modo automático» llevado solamente por el análisis de amenazas y la solución de problemas, sin dejar espacio para aquello que de verdad es importante y para empezar a crecer desde nuestro interior de forma más pura y no tan superficial y negativa. La tercera voz debería prevalecer ante las otras, es positiva pero no en exceso y también es realista, sabe cómo solucionar un problema con calma y a qué poner atención para seguir adelante sin miedo e inseguridades. Se puede aprender mucho en cuanto te das cuenta de lo feliz que te hace ser consciente de quién eres realmente.


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Daniel: El Escritor de Realidades

Relato procedente: «Papel en Blanco«. Edad: 42 años.

Ciudad: Iowa. Profesión: Escritor.

Descripción física:

Tengo el cabello oscuro con algunas canas que empiezan a poblarlo, siempre lo noto algo seco y tengo que luchar contra esa horrible caspa, pero al menos, no estoy calvo. Mis ojos marrones casi negros suelen expresar tranquilidad y calma, según muchos suelen comentar, pero a la vez, cierta tristeza e incomodidad cuando estoy en casa, solo. Mis labios son bastante finos, hubo un tiempo en el que me dejaba crecer la barba pero, he creído necesario afeitarla por completo y no tener mucha más responsabilidad que afeitarla sin más, entera. Mi tez es un tanto morena y mi piel un poco seca, siempre se me olvida echarme crema hidratante. Suelo vestir con ropa un poco ancha, sencilla y con colores neutros.

Descripción de la personalidad:

Me creo una persona bastante pasiva y calmada, quitando los días en los que no me inspiro, cuando me frustro, me frustro bien, sin miramientos. Puedo estar en cualquier lugar donde haya mucha o poca gente, incluso, suelo ir a restaurantes a comer y al cine solo sin pensar demasiado en ello o prestar atención a cómo otros me observan, con compasión o tristeza en la mirada. Hago lo que quiero y me gusta, voy de aquí para allá donde la editorial me envía sin más responsabilidad que mi higiene personal, la comida y el descanso, no suelo estresarme demasiado por nada y disfruto de cada momento con una sonrisa, muchos me consideran una persona ZEN.

Una infancia y adolescencia tradicional:

Hay gente que puede tener una infancia más dura o una adolescencia un tanto rebelde, pero las mías fueron tranquilas. Fui el hijo único de un matrimonio feliz, los cuales, me dedicaron el tiempo necesario, me escucharon siempre que tuve un mal momento y los que me animaron a ser escritor, de hecho, mi madre siempre quiso serlo pero nunca tuvo una oportunidad que aprovechar y, quizá de alguna forma, me lo transmitió a mí.

Puede que mis padres discutieran, ninguna relación es perfecta, hay veces en las que hay roces y la pareja se desgasta, pero nunca ocurrió nada de eso delante de mí y fui un niño bastante tranquilo y consciente de mis responsabilidades. Nunca saqué malas notas pero tampoco unas perfectas, normalmente, estaba entre el bien y el notable y lo único que me gustaba más que nada en el mundo era leer en la casa del árbol que mi padre había construido para mí cuando cumplí los nueve años. Era mi refugio, mi espacio y pasé grandes momentos conmigo mismo y los personajes que más me gustaban en aquella casita.

Arrastrado a vivir una vida tradicional:

Supongo que, cuando llegas a cierta edad, la sociedad te exige formar una familia y tener tu propia casa, cuanto más grande mejor para demostrar a tus compañeros de trabajo que tienes dinero y eres muy afortunado de haber conseguido una mujer tan maciza como la que tienes y un par de niños de lo más aplicados en el colegio y con una educación privada excelente. Así que, aunque escribir era mi única pasión y lo que me hacía realmente feliz, accedí a esto, algo que no hubiera hecho pero que, de alguna forma, mi alrededor me pedía y exigía a gritos, de alguna manera. Su nombre fue Anna y los de mis hijos Agora y Michael. Vivíamos en una casa cerca de un precioso bosque, el cual, por la noche creaba una sensación tan terrorífica que siempre me inspiraba a escribir alguna historia.

Creo que mi vida empezó a ser estresante desde el momento en que me casé y tuvimos a nuestra hija, nuestra relación empezó a cambiar tanto que ahora que lo recuerdo, podría decir que ni siquiera llegábamos a querernos lo suficiente, cada uno vivía en su mundo y apenas hacíamos cosas juntos, a la par que pretendíamos delante de nuestros amigos que nuestras vidas eran perfectas. Estaba escribiendo mi segundo bestseller cuando Anna y yo decidimos divorciarnos y los niños se hacían mayores, Agora se fue a la Universidad y Michael quiso trabajar con su tío en su fábrica de mecánica arreglando coches y motos. Cada uno se fue por su lado y nunca más volvimos a mediar palabra, tan solo para decidir algunos pagos para los niños hasta que se hubieron independizado y ya ni siquiera necesitaban de nosotros.

Creo que eso es exactamente lo que pasa cuando te obligas a hacer algo que no quieres hacer por quedar bien o por contentar al resto, terminas solo en una casa enorme de cuatro habitaciones que tan solo van a darte trabajo para limpiarlas y un montón de pensamientos agolpados en tu cabeza y sin nadie a quién comunicárselos. Supongo que fui yo el único que se lo buscó, ¿qué habría ocurrido si no hubiera estado con Anna y no hubiera tenido hijos? Supongo que nunca lo sabré.

Las Puertas de la Imaginación:

Siempre fui un iluso con lo que se refería a la creatividad, el hecho de que tu mente fuera tan fuerte e imaginativa que todo lo que creara o pensara podría convertirlo en realidad pero, en cuanto ocurrió, tan solo pude quedarme sorprendido. Fue tratando de empezar mi tercer libro, la casa estaba casi en la penumbra y yo estaba en la oficina tratando de escribir algo que valiese la pena, pero no había ninguna idea que pudiera considerar buena, así que, empecé a decir palabras al aire sin sentido. Y todas ellas se volvieron reales, incluso, la de la imaginación.

Se abrió un marco en la puerta, el cual, pude cruzar para llevarme a través de un camino corto donde había una puerta abierta esperando ser cruzada para llevarme a los recónditos mundos de la imaginación. Algo que jamás hubiera esperando que pasara, pero ahí estaba. Podía elegir entre entrar dentro y arriesgarme a no volver nunca a mi mundo o dar dos pasos hacia atrás y esperar a que esa puerta se cerrase hasta llevarme a la oficina, nuevamente. Como bien sabrás, elegí la primera opción y no hago más que ver nuevos parajes y lugares que jamás pensé que pisaría, incluso, unos de mis personajes favoritos de Agatha Christie, de Stephen King, Dean Koonz y muchos más. No lo cambiaría por nada, este es mi mundo ahora.

Un futuro entre imaginación:

Supongo que, mientras existan mundo creativos y diferentes a los que saltar y volar, siempre escribiré sobre ellos, me embaucaré de cada pequeño instante y sonreiré en esas situaciones en las que alguna escena me parezca increíble. No creo que en el mundo real pudiera reírme tanto o ser tan «yo mismo» pero aquí puedo ser quién soy y quien quiera ser, sin juicios ajenas o malas miradas, supongo que solo me faltaba esto para completar mi sensación de felicidad.

La creatividad y la imaginación me acompañarán a donde vaya, en cada personaje, cada sentimiento y cada pequeño instante de sorpresa y ternura que me pueda encontrar en el camino. Será un viaje de conocimiento y de hacer lo que siempre había querido: vivir en libertad.


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Lizbeth: La que Respira Bajo el Agua

Relato procedente: «Respirando Bajo el Agua«. Edad: 24 años.

Ciudad: Ontario. Profesión: Pintora.

Descripción física:

Mi cabello largo hasta más abajo de los hombros es ondulado, a veces, me da mucho trabajo, otras se comporta y me deja jugar con él como quiera, tiene los mismos cambios de humor que yo. Mis ojos son de un color grisáceo oscuro, el cual, hace que los demás me recuerden que son parecidos a los de un gato, no me suelen gustar mucho pero suelo esbozar una sonrisa tímida y seguir hacia delante sea cual sea la conversación que esté teniendo. Mi tez es algo pálida, mucha gente me insta a que tome más el sol pero es una cosa que no me importa demasiado. Mis labios son gruesos y carnosos, tanto que todo el mundo cree que me los he operado pero, no hay nada como lo natural, ¿verdad? Mi delgadez suele preocupar a muchos pero siempre he pesado lo mismo y, por mucho que como, no subo de peso, así que, lo he aceptado sin problemas aunque los comentarios hirientes siguieran ocurriendo. Suelo vestirme con ropa un tanto ancha de diferentes colores y texturas, sin predominar ninguno en especial, pero siempre me ha encantado la ropa cómoda.

Descripción de la personalidad:

Suelo ser una persona bastante dulce, dada a los demás aunque me estrese o me lleve a preguntarme por qué lo soy si no obtengo lo mismo de los demás. Me encanta observar las estrellas y vivir en soledad, soy bastante introvertida y suelo dejar unos días de la semana para compartir mi vida con amigos. Soy bastante bromista y un tanto sarcástica, a veces, episodios depresivos me atrapan y la ansiedad me abruma pero siempre me levanto y hago lo que debo. No podría asegurar si soy feliz o no, pero sí podría decir que trato de serlo y de llevar unas rutinas saludables para mí para que justo eso ocurra y que pueda abrirme un poco más a nuevas cosas y amistades, aunque creáis que no, me cuesta un poco socializar.

Una infancia con altibajos:

Mis padres se gritaban mucho. Delante de mí, estuvieran donde estuviesen, incluso, si había gente delante. Muchas veces, los temas tenían que ver conmigo y mi educación y otras, sobre la economía de casa, mi padre gastaba demasiado en caprichos y mi madre era un poco más ahorradora y pensaba más en lo que podría suceder en el futuro. Creían que no les oía o que no me daba cuenta del daño que se producían entre ellos con palabras hirientes y frases desconcertantes, pero sí que lo hacía. Normalmente, cerraba la puerta de mi cuarto y me metía en el armario con la barbilla tocándome las rodillas, apretaba los ojos y tarareaba la nana que mi madre solía cantarme cuando yo era muy pequeña para conseguir no oírles.

Había momentos en los que ellos estaban bien, trataban de hablar las cosas y llegaban a algún que otro acuerdo pero en unos cuatro o cinco días, todo volvía a ser lo mismo, mientras mi humor cambiaba a la par que sus discusiones. No podía concentrarme cuando traía deberes a casa, así que, prácticamente todas las tardes me las pasaba en la biblioteca de la ciudad, tratando de alejarme al menos por unas horas. Lloraba entre clases y mis notas bajaban pero mis padres no se daban cuenta, centrados en sus problemas y tan ignorantes de los míos, les pedí ayuda a mis profesores y, sin ningún problema, me ofrecieron apoyo y espacios agradables para estudiar y poder centrarme en lo que debía.

Adolescencia y divorcio:

Mis padres duraron unos siete años más por mí, aunque parecía que estuvieran separados en la misma casa, pretendiendo que seguían juntos y que todo iba bien pero yo sabía que no todo lo que dejaban ver era oro viviendo lo que viví con ocho años entre ellos. A mis 16 tan solo deseaba tener 18 para irme de casa, al menos, para vivir con otros amigos en un piso y, poder al menos, separarme de aquel ambiente tóxico. Se iban a dormir a diferentes horas y mi padre seguía en el sofá, algo incómodo entre sábanas, repitiéndome que aquello era temporal y que no me preocupara, cosa que sabía era mentira, ya hacía tiempo que aquello no funcionaba. Mamá tonteaba con hombres un tanto más jóvenes que ella, trataba de disimular delante de mí pero se relamía los labios cada vez que veía el culito de un buen candidato para acostarse con ella, porque no olvidemos esa época de locura sexual que empezó a fluir en ella desde el momento en que mi padre y ella lo dejaron…

Cuando cumplí 17, me dieron la noticia: se iban a divorciar. Fue algo que acepté de lleno porque ya me lo esperaba, no sabían disimular muy bien y creían que no les escuchaba pero sí lo hacía. Papá se fue de casa tras darme un beso en la frente y recordarme que podía ir a verle cuando quisiera, algo que no ocurrió porque se fue de la ciudad tras un par de semanas viviendo en un hotel y salirle trabajo en el extranjero, sabía de él si llamaba una vez al mes o cada dos meses, cuando podía y, bueno, me quedé viviendo con mi madre, la cual, se quedó con todo. Con lo que ya contaba era que iba a empezar a traerse a chicos a casa, aquello parecía algo así como un prostíbulo. Pasé de escuchar voces a gemidos, mientras trataba de estudiar y centrarme, a ella todo le daba igual.

Independencia y ansiedad:

A mis 18 ya podía irme de casa, era una edad que estaba queriendo alcanzar para hacerlo, ya no aguantaba a mi madre ni las mañanas de desayuno con sus ligues sin camiseta y en calzoncillos recorriendo la casa. Unos amigos alquilaron una casa cerca de la playa y me ofrecieron vivir con ellos para compartir gastos, así que, no dudé en aceptar y empezar a trabajar de camarera doblando turnos y tratando de sacarle el máximo partido a esa vida para no volver a la antigua, de hecho, no veía mucho a mi madre, la cual, pasó de ser pasota a las botellas de alcohol barato.

Mi ansiedad empezó a ser un poco más fuerte cada año que pasaba y los síntomas se intensificaban, a cuanto más estrés, más incómoda me sentía al día siguiente, era horrible. Mi mente pasaba de pensamientos intrusivos y sentimientos depresivos a momentos de felicidad y de quererme inmensamente a mí misma, de querer seguir adelante y progresar, luego me presionaba el pecho y no podía respirar, otros días estaba cansada y, a la vez, relajada, pero tenía momentos en los que no podía salir del baño y tenía que llamar al trabajo para decir que estaba enferma y no podía moverme de la cama, me invalidaba la mayor parte del tiempo, así que, mis amigos me aconsejaron que fuera a ver a una psicóloga que pudiera ayudarme.

Mientras, respiraba bajo el agua:

Muchas veces, muchísimas, sentía que esos pensamientos hacían que me ahogara. Cada vez iba adentrándome más y más en la oscuridad, agarrada de pies y manos, sin poder salir a la superficie, totalmente paralizada. Pero notaba que, en cuanto trataba de revivir algún recuerdo que tuve en la infancia, mi cuerpo empezaba a elevarse y a acercarse a la superficie cada vez con más fuerza y rapidez, así que, iba agolpando algunos en mi cabeza para volver a vivirlos dentro de mí hasta que, poco a poco, pude salir del agua, con la vista borrosa, un bote salvavidas y notando que alguien me arrastraba hacia la orilla donde tosía y dejaba que el aire entrara en mis pulmones al mismo tiempo.

Esa era mi ansiedad, así me hablaba, así me hacía sentir cada día. Mi bote salvavidas era una psicóloga, la verdad, bastante dulce y atenta a mis constantes rumiaciones y pensamientos negativos. Me hizo entender lo importante que era tenerme presente a mí misma y a observarme para estar mejor cada día, cómo las rutinas eran el centro de todo para una buena recuperación y un estado de ánimo normal. Pude poco a poco, ver la luz al final del túnel a base de muchas conversaciones y expresar mis miedos más extremos, mis tontas dudas y las formas tan obsesivas y torpes en las que solía hacer las cosas, sumando la inseguridad y la falta de autoestima que mis padres fueron provocando en mí entre discusiones.

Un futuro encontrándome a mí misma:

Supongo que aún tengo mucho trabajo que hacer por delante y una constante superación porque no todo se desvanece en dos días, si parase, volvería a empezar de cero entre miedos y ganas de huir de situaciones difíciles para no tomar decisiones. todavía tengo un camino que recorrer para encontrarme a mí misma y saber qué es lo que estoy buscando, qué quiero realmente y qué es lo que espero de mí, de mi recuperación, los logros que deseo conseguir y cómo he de reaccionar ante los problemas, no todo es teoría, luego se debe poner en práctica.

Ahora, tan solo he de caminar en la dirección correcta…


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Dana: La que Recuerda

Relato procedente: «Espacio Olvidado«. Edad: 32 años.

Ciudad: Londres. Profesión: Periodista.

Descripción física:

Mi cabello castaño es liso hasta un poco más abajo de los hombros, lacio, bien cuidado, casi nunca lo llevo ondulado, podría levantarme de la cama y que pareciera que me hubiera acabado de peinar. Mis ojos son de un color gris intenso, me gusta ponerme un poco de sombra a veces, pero muy sutil o para que a penas se note que estoy maquillada. Mi tez es pálida, aunque intento ir todos los veranos a lugares soleados para broncearme un poco, dado que, en Londres no tenemos mucho sol a nuestra disposición. Muchos comentan sobre mi delgadez y estatura, otros simplemente, la conocen y saben que, simplemente, soy así y no tengo ningún problema físico que destacar. Suelo vestirme con unos pantalones algo anchos pero elegantes para ir a la oficina, una blusa que sea de tacto suave metida en los pantalones, normalmente de tonos pastel o blancos y llevo tacones, SIEMPRE llevo tacones.

Descripción de la personalidad:

Suelo mostrarme a los demás como una persona muy seria con su trabajo, aplicada, responsable y con los pies en el suelo, inteligente, perfeccionista y muy atenta a los detalles pero, en realidad, soy un desastre. Dentro de mí soy un torrente de emociones imparables que he de reprimir en ambientes de trabajo, soy una persona muy dulce, sensible, interesada en películas de terror y fantasía, me encanta el rock e ir a retiros espirituales donde la paz interior es lo más importante. No lo aparento ni hablo sobre ello, tan solo doy la imagen que otros esperan ver, culturalmente, es lo correcto, aunque creo que me daría vergüenza que otros supieran de mis aficiones, sería criticada al instante, por ello, me gusta mantener estas cosas a nivel personal, dentro de mi casa, un pisito en el centro increíblemente mono y que me trae tanta paz… que no dejo que entre nadie.

Una infancia llena de lujos:

Mi hermana mayor Cindy y yo siempre nos hemos rodeado de los lujos que mis padres tenían, habían heredado la riqueza de sus padres y ellos nos la proporcionaban a nosotros, aunque parecía que yo era la única que no la quería. Cindy recibía con los brazos abiertos todo el dinero que mis padres podían darle, empezó a ser un tanto arrogante, a mirar a otros por encima del hombro y a mostrarse como la más lista y con más elegancia del lugar, dejó de ser una hermana cariñosa para convertirse en una narcisista insoportable. Y le gustaba que otros se dieran cuenta y supieran quién era ella. A edades tempranas ya sabía muy bien a quién no quería parecerme y tampoco que la gente supiera quién era yo, solo quería ser normal como cualquier otro compañero de instituto, de hecho, me gustaban muchas cosas que mis padres nunca aprobarían y las he llevado en secreto hasta este momento.

Mi vida se resumía en tener modales y ser perfecta día a día, no podía sentarme sin cruzar las piernas como una señorita o llevar vestidos horrorosos con volantes y que picaban tanto que solo quería arrancármelos. Debía decir las palabras correctas para ser educada y mostrar respeto a mis superiores, tenía que limpiarme la boca cada vez que le daba un bocado a la comida y debía ir a los institutos privados a los que mis padres se empeñaron en enviarme, pijos y llenos de imbéciles, pero suficientes para llevarme a la Universidad e independizarme, era lo único que buscaba y deseaba, una vida propia al margen de todas aquellas normas incómodas y limitantes.

Estudios y prácticas:

Fue duro llegar a la Universidad sin un rasguño. Muchas horas delante de un montón de papeles, temario que no se acababa, agobiada por pasar los finales con notas aceptables para entrar y teniendo a mis padres pisándome los talones para que mis notas mostraran la perfección que reinaba en nuestra familia, su único objetivo era aparentar. Mi hermana entró en la Universidad con notas espectaculares, las mías debían ser parecidas o, al menos, acercarme un poco a ellas, tuve tanta ansiedad en depende de qué etapas, que salía de clase corriendo al baño a vomitar porque no podía con ello. Pero seguí, solo quería irme de aquella mansión de locos. Como esperaba, mis notas no fueron exactamente lo que esperaba, pero pasé sin problemas y decidí estudiar periodismo, una de las carreras no vetadas por mis padres, eso era importante.

Empecé a vivir en el campus y ya notaba cierta libertad, mucho más al saber que no iban a mandarme a Oxford como a Cindy, sino a Stanford. Nadie podía saber qué me gustaba o qué hacía en mis ratos libres, mis formas de estudiar o de hablar o de sentarme en una silla, no iba a tener un guardia de seguridad armado observando todos mis movimientos. Así que, decidí ir a por todas dentro de ese cuartito privado que mis padres pagaban, no querían que tuviera compañera, a saber qué niña pobre de estrato más bajo que el de ellos iban a adjudicarme… Odiaba esos comentarios pero, al fin, era libre, después de tanto tiempo callada y llevando a cabo las normas sin rechistar.

Los cuatro años pasaron bastante rápido, más de lo que hubiera deseado, los disfruté como una enana. Empecé a hacer prácticas en un periódico bastante importante de la ciudad gracias a algunas conexiones que tenía mi padre, quise dar lo máximo de mí, aún sabiendo que la encargada de la editorial sería Melinda Gaiman, decían en la oficina que era una mujer ruin, gritona, criticaba a todo el mundo, destrozaba la autoestima personal y conseguía que tuvieras ganas de pegarte un tiro en la sien. Creo que trabajé tres años para ella y así fue, pero nunca me rendía, quería que viera que era buena en mi trabajo, que había aprendido mucho en la Universidad y que iba a serle de utilidad. Había sobrevivido viviendo con mi madre, ¿por qué no iba a poder manejar a aquella mujer amargada y con necesidades incesantes de menospreciar a los demás?

Melinda Gaiman era una periodista exquisita, había salido en todo tipo de canales de televisión y había hecho una carrera impecable con su trabajo, era muy reconocida pero todo el mundo la odiaba, todos hablaban de ella en los pasillos, inventaban rumores, se reían de su físico a sus espaldas y creían que no se había acostado con un hombre en su vida. Por supuesto, yo no quería formar parte de esas habladurías, había terminado la Universidad y me habían enseñado a ser educada y a respetar a gente que fuera superior a mí, así que, tan solo me dedicaba a lo que debía hacer y creo que eso fue lo que hizo que tuviera algo de confianza conmigo, me mandaba trabajos privados y que ella consideraba de relevancia, dejó de levantarme la voz o insultarme, empezó a respetarme de la misma forma que yo la había respetado siempre, menos cuando había gente alrededor, la arpía volvía a atacar de nuevo. Pero dios sabe, lo que amé a esa mujer y a su trabajo, era excelente, no hubiera trabajado con nadie más que no fuera ella, a pesar de su maltrato.

La muerte de Melinda Gaiman:

Todo el mundo oyó hablar de ello en la televisión: Melinda Gaiman había muerto en un accidente de coche. No había sido culpa suya, sino de un borracho que había cogido el coche después de una fiesta. Ese día me enteré de que Melinda no tenía familia o amigos, nadie lloraba su pérdida, ni siquiera en la oficina. Le hicieron un pequeño homenaje público en los periódicos donde ella había trabajado pero, al día siguiente, ya se habían olvidado del tema, su despacho se volvió una nube de polvo y una carrera dejada en el olvido. De alguna forma, Melinda fue alejándose de nuestra mente, de nuestros recuerdos, al igual que aquel despacho que, de repente, ya no sabíamos si estaba vacío o no, o si era otra habitación adherida a ese pasillo. Nadie volvió a entrar ahí, nadie volvió a nombrarla o a referirse a ella, ni siquiera en pequeñas historias, nadie mostraba ni siquiera odio hacia un recuerdo o un pensamiento, era como si Melinda Gaiman jamás hubiera tenido un lugar en este mundo, como si nunca hubiera existido.

He de decir que yo también lo sentí así. Durante mucho tiempo, creo. Pero, una mañana una vibración invisible y extraña me atrajo a esa puerta, a preguntarme qué hacía esa habitación en el pasillo si nadie había entrado en ella. Pero, lo cierto era que, una vez dentro, todos los recuerdos de Melinda volvieron a mí como una ráfaga de viento. Pude ver su paraguas aún en su balcón, ese que nunca recordaba coger aunque estuviera lloviendo y que le molestaba para llevar el café, su oficina, de repente, volvió a tener forma en mi mente, dejó de ser un pensamiento ligero e invisible y empezó a ser importante. ¿Cómo podía haberme olvidado así de ella? Pero, cuando decidí salir de allí, tras toda aquella melancolía, cerré la puerta y volví a preguntarme qué hacía allí, parada en el pasillo en vez de seguir con el trabajo, en aquella habitación no había nada, de hecho, no había ninguna habitación. Seguí con mi día a día, mi rutina y mi vida entre rock and roll y películas de «Star Wars» con palomitas y batidos de chocolate.

Un futuro con significado:

¿Recordáis ese momento en el que se os olvida algo en casa pero no sabéis exactamente lo que es, está en la punta de vuestra lengua, casi en la mente para ir a por ello pero no tenéis ni idea de qué os habéis dejado? Esa era mi sensación. Cada día. Al caminar por el pasillo de una sala de oficinas a otra. Era increíble lo mucho que me dolían los pies, pero adoraba mis tacones, tenía muchos más que una docena… Tenía un recuerdo que quería recuperar, quería mostrarse pero no lograba saber cuál era, así que, cada día, voy a intentar prestarle la suficiente atención como para darle un significado, de saber qué es lo que estoy perdiendo o no estoy encajando en mi mente, no puede ser que se me olvide algo y no sepa qué.

Mientras tanto, todo seguirá igual.


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Abby: La Hipocondríaca

Relato procedente: «Realidad Supuesta«. Edad: 25 años.

Ciudad: Maine. Profesión: Camarera.

Descripción física:

Mi cabello negro me llega hasta los hombros, sedoso, liso y bien cuidado, trato de ir a la peluquería una vez al mes para comprobar que la limpieza que le aplico es de calidad, tengo hecho el flequillo hacia un lado ya algo largo pero con la medida perfecta. Mis ojos castaño oscuro suelen mostrar nerviosismo o ansiedad porque siempre miro hacia ambos lados o evito la mirada ajena porque me incomoda, son los que más me delatan. Mi tez es pálida y me gusta así, no soy de esas personas que se va a la playa a tomar el sol, ¿y si me salieran manchas y me diera cáncer de piel? Prefiero la sombra y los meses fríos. Estoy bastante delgada, algo que me obsesiona pero que, a la vez, me tranquiliza, si tuviera unos kilitos de más, pensaría que me va a dar un ataque cardíaco o me va a subir el azúcar, quizá pensar en tener diabetes o creer que voy a reventar y ensuciar de grasa las paredes de mi cuarto. Normalmente, suelo salir con vaqueros y cualquier camiseta de manga corta básica, sin dibujos, de cualquier color y unas deportivas, incluso, en verano, no me gusta mostrar demasiado… ya sabéis, el sol.

Descripción de la personalidad:

Soy de esas personas a las que la mente les habla constantemente, negativa a rabiar, con unas ideas de futuro yendo a lo catastrófico y con serios problemas de confianza hacia mí misma y los demás. Dicen que soy tímida, introvertida y callada, no me suele gustar rodearme de demasiada gente días seguidos, no sé qué gérmenes pueden traer consigo y no es bueno estar lavándose las manos con jabón mucho, tampoco sé qué productos nocivos le ponen a estos, podrían dañar la piel gravemente, así que, prefiero caminar y vivir sola, ir a trabajar y dedicarme a mis hobbies en mis ratos libres. No dejan de decirme que tengo una personalidad muy obsesiva e hipocondríaca, pero soy incapaz de saberlo, simplemente, hago lo que debo hacer para cuidar mi salud, ¿verdad?

Infancia arrebatada:

Todo empezó con una tos. Lo recuerdo perfectamente. Era una simple tos, tonta, despreocupada y sin necesidad de prestar más atención. La empecé a oír por la mañana durante unos días, luego algo más fuerte y solía aparecer por la tarde también, incluso, por las noches y no me dejaba dormir, parecía que se estuviera ahogando. No tenía nada más que tos. Y todo podría haberse quedado así, pero a veces, le faltaba el aire. Otras, le dolía el pecho al respirar y un día, tras pensar que era una fuerte gripe, fuimos al médico. Después de muchas pruebas, este concluyó que, sin duda alguna, mi padre tenía cáncer con tan solo 40 años de edad. Mis ojos se abrieron de par en par y sentía que mi alrededor se paraba. A penas escuché a su médico decir a lo lejos que iban a operarle en el menor tiempo posible, era la única opción para salvarle pero no las tenía todas consigo con que funcionara, le quedaba muy poco tiempo de vida.

Perdí un día de clase y le acompañé al hospital, necesitaban a alguien que estuviera con él y esa era yo, tan solo me tenía a mí porque mi madre se fue cuando yo tenía siete años, borracha, drogada y con unas ojeras de elefante. Hacía tiempo que los abuelos habían fallecido y, bueno, nos teníamos el uno al otro. Esperé durante horas en aquel pasillo sin ventanas con enfermos caminando arriba y abajo entrando y saliendo de sus habitaciones o en camillas llevadas por enfermeros con muchos cables y botones encima o alrededor. No sabían hasta qué punto aquello resultaba aterrador. Notaba mi pulso acelerado, quería levantarme pero me temblaban las piernas y, por estúpido que parezca, no quería caerme al suelo. Por fin salió. Estaba en coma, en la camilla. Le llevaron a su habitación. Me dijeron que había que esperar a que se despertara, que les llamase si necesitaba algo.

Le leí durante días periódicos, libros de aventuras, cómics de superhéroes porque sabía que los odiaba, incluso, le llevé revistas de coches. Nada funcionó. No despertaba. Pasaron meses y no me moví de la silla. Hasta que, un último suspiro salió de su boca y una máquina que tenía cerca, empezó a pitar muy fuerte. Los médicos corrieron, le hicieron un montón de cosas, supongo que todo lo posible para más tarde mirarme y susurrar: «Hora de la muerte: 11:20. Lo siento mucho, niña». Con eso, pensaron que me quitaban todos los males, tanto como los dolores de cabeza que me produjeron los diferentes tipos de ataúdes que podía elegir y cómo querría que fuese la ceremonia. No tenía ni idea, solo tenía 11 años… los suficientes como para ir a un orfanato.

La Casa de los Horrores:

Lo llamaba así porque daba miedo. De ahora en adelante iba a vivir en una iglesia grande, aburrida, con jardines exteriores a los que no me podría acercar y con niños que estaba segura no me caerían nada bien. No me equivocaba mucho. Me enseñaron mi habitación, la compartía con otra niña bastante callada pero muy suya con sus cosas, no le gustaba que nadie se las tocara o las moviera de sitio, tampoco que se sentaran en su cama o tocaran sus mesilla de noche, podía empezar a gritar sin parar. Estaba pirada. Me daba igual, solo me dedicaba a estudiar la bazofia que daban como asignaturas para poder salir de allí lo antes posible, ser la joven más desagradable del mundo cuando venían adoptantes, leía mucho entre horas, comía la porquería que daban por comida y dormía las 8 horas que me tocaban. Todo esto sin rechistar, con la cabeza baja, sin llamar la atención y con unas ganas locas de cumplir los 18.

Venidos de la nada, los dolores de cabeza se hacían cada vez más presentes al igual que los de espalda, las náuseas, los temblores en las piernas y la inestabilidad, me sentía débil de repente. Mi cabeza empezó a preguntarse qué podría estar pasando. Lloraba en el baño, asustada. No se lo dije a nadie hasta que fue a más y me desmayé en el pasillo, cerca de la enfermería. Me hicieron mil pruebas pero eran incapaces de identificar qué ocurría con mi cuerpo, reaccionaba a algo pero no sabían a qué. Tuvieron que mandarme a un hospital a las afueras de la ciudad para poder hacerme más pruebas, allí fue donde descubrí qué era la ansiedad, los ataques de pánico y la obsesión tras un pensamiento de enfermedad. Cuanto más lo pensaba, más enferma me sentía. Después de meses ingresada, esperando los resultados, la médico vino con una psiquiatra y me diagnosticaron estrés postraumático. La muerte de mi padre me había afectado mucho pero no lo exteriorizaba a través de emociones como la tristeza, el cansancio mental, la rabia, la frustración o, incluso, la ira, sino que mi cuerpo mostraba todas aquellas cosas a través de mi cuerpo.

Así es como la terapia empezó para mí.

Independencia Querida:

Hice lo imposible para no entrar en casas de adopción con familias que no iban a ser nunca mis padres y que no quería que lo fuesen, la idea de que les reemplazaran me ponía la piel de gallina, así que, conseguí que nadie me adoptara y así finalizar mi época de orfanato a mis 18 años de edad, momento por el cual, podía decidir irme o quedarme un tiempo más hasta que encontrase casa y trabajo. Mi padre me dejó algo de dinero, así que, lo primero que hice cuando salí fue alquilar un piso un tanto alejado del centro para vivir y empezar a trabajar de camarera, era dinero fácil y rápido, cansado y pesado, pero fácil que, al fin y al cabo, era lo que necesitaba en ese momento y en el día de hoy. Me ha ido gustando bastante más y he estado en el mismo lugar desde que empecé, he tenido una pequeña familia por aquí.

Empecé a ganar un poco más de dinero porque hacía más horas, con ello vinieron algunos problemas de estómago y de espalda, al parecer, por estrés pero no podía evitar que esa voz en mi cabeza hablara y me mostrara una serie de realidades supuestas en las que yo tenía una enfermedad terminal y en las que iba a morir con seguridad, al igual que lo hizo mi padre. No podía evitar aquella presión en el pecho, aquel pánico por algo que no había ocurrido, aquella falta de aire y esos malos momentos sentada en la silla cerca del escritorio del médico que te dice que no te preocupes y que se te pasará, que todo es causa del nerviosismo contenido y que tan solo debes llevar un tratamiento de descanso y menos horas de trabajo diarias. El alivio que sientes no te lo quita nadie….

Un futuro de terapia y mejora:

Hubo un momento en el que pensé que la terapia ya no sería necesaria, que había superado la muerte de mi padre y que seguía adelante como cualquier otra persona que había pasado por lo mismo que yo, pero tras salir del despacho del médico y haber notado todas aquellas sensaciones de nuevo, tuve la necesidad de llamar a la psiquiatra que me trató hacía unos años por el tema del estrés postraumático porque ella sabía de mi caso y para no tener que empezar a contarlo todo de nuevo, era jodido. Concertamos una cita, algo que me hizo sonreír. Aunque nunca confié en nadie de verdad, ella consiguió que sí lo hiciera con ella, a través de esa voz tan dulce, de su apoyo emocional constante y sus palabras de consuelo, hacía que me dejara llevar entre sus palabras y eso lo llegué a valorar mucho.

Te caes y vuelves a levantarte pero, si vuelves a caer y necesitas a alguien que te sujete y te ayude un poco para que vuelvas a poner ambos pies en el suelo, pues adelante. Debes hacerlo.


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Clara: La Chica Invisible

Relato procedente: «Invisible«. Edad: 16 años.

Ciudad: Arizona. Profesión: Estudiante.

Descripción física:

Cabello castaño y largo hasta media espalda, tez morena y ojos negros. Mis labios son un tanto gruesos y suelo ponerles un poco de gloss color marrón claro para resaltarlo un poco más, no suelo usar demasiado maquillaje, me gusta aplicar lo menos posible para no irritar la piel y verme natural. En verano, me gusta ir con vestidos prácticamente siempre y en invierno con vaqueros y sudaderas o con falda y medias gruesas y un top con manga larga.

Descripción de la personalidad:

Suelen decir que soy una chica dulce, comprensiva y atenta, que me gusta socializar aunque no siempre los demás quieran hacerlo conmigo y que soy propensa a tomarme las cosas de forma muy personal. Sí que me definiría como alguien muy sensible, con las ideas claras de qué quiero o me gustaría hacer, me entretiene leer y dedicar tiempo a los estudios, tengo bastante retentiva y creo que podría llegar a ser una estudiante modelo si llegara a la Universidad y alguien pudiera verme. No creo en la suerte pero sí en la amistad y el amor, ¡son dos de mis palabras favoritas!

Una infancia invisible:

Supongo que todo empezó en el parvulario, cuando los otros niños no querían o dejaban de jugar conmigo por motivos que desconocía. Murmuraban y reían pero, con tres años poco puedes imaginar, así que, quizá pensé que eran idiotas y que yo seguiría jugando sola. Conforme pasaron los años, me daba cuenta de que esos niños iban haciéndose más cercanos, iban unos a casa de otros, sus madres les preparaban sus meriendas favoritas después de jugar a fútbol y yo parecía que no siguiera adelante, me mantenía estática, pasaban por mi lado y ni siquiera mostraban un ápice de interés, tampoco fingido. Me daba cuenta de que no se acordaban de mi nombre, apenas hablaba en las clases y no podía quedarme demasiado después porque ayudaba a mi madre con la colada y a preparar la cena bastante pronto y me necesitaba allí, estábamos solas después de que mi padre se fuese.

Caminaba cabizbaja hacia el colegio, con ganas de llevar mis deberes hechos, de aprender y encontrarme con nuevas curiosidades pero sin una sonrisa conocida, era como un fantasma en una casa encantada. Crecía en el más absoluto anonimato, preguntándome si había hecho algo que provocara incomodidad a los demás o si les había ofendido en algo pero, no parecían enfadados, era como si no formara parte de su existencia, de su mundo o su día a día, respiraba pero nadie se percataba de que estaba allí de pie, observándoles mientras sentía un vacío en mi interior que ni siquiera mi madre era capaz de aliviar con palabras alentadoras o con abrazos cariñosos. Era su hija, había salido de ella provocándole dolores insoportables, ¡cómo no iba a acordarse de mí, ja!

La invisibilidad como una realidad:

En cuanto llegué a la edad de doce años, me sentía sola, dejada a un lado, transparente al ojo humano, nadie me escuchaba, ni siquiera llamando la atención con ropa chillona o descolorida eran capaces de levantar la cabeza de los libros o de mantener conversaciones estúpidas, era invisible. Me dolió tanto que estuve semanas llorando a escondidas entre las sábanas cada noche, esa angustia formó parte de mi cuerpo y la tristeza, se apoderó de mi mente. Empecé a verlo y creerlo como una realidad, era tan fuerte, tan intensa, que lo acepté como algo que iba a seguir sucediendo. De repente, noté mi cuerpo diferente. Los dedos de las manos, empezaban a volver cada vez menos visibles, al igual que mis brazos, mis piernas, ya no veía mis zapatos, mi cabello, mi cara… ¡Mi peor pesadilla se había cumplido! ¿Me había vuelto invisible?

A cada persona que tocaba, la traspasaba. A cada persona a la que le hablaba, no me oía. Todos pasaban a través de mí. Empecé a desaparecer de los álbumes de fotos y de los pequeños cuadros que mi madre tenía por casa, la escuché hablar con una vecina de lo agradable que había sido no quedarse nunca embarazada y el ser una mujer soltera y auto suficiente porque no tenía que preocuparse por nada, al día siguiente se iba a ir de vacaciones a Bali por dos semanas. Estaba sola. Me había quedado en mi más absoluto aislamiento. Al principio desesperé pero, más adelante, tras un año de soledad, comprendí y acepté que era mi destino, que no era tan diferente a cómo solían ser las cosas cuando iba al colegio, que debía convivir con ello y acostumbrarme, ver las cosas buenas que eso podía aportarme, aunque también tenía mis momentos de tristeza que preferiría no recordar.

Me daba la oportunidad de ir donde quisiera, de coger cualquier cosa en una tienda, de comer lo que quisiera en un restaurante directo de la cocina, podía ir a la Universidad y quedarme a escuchar y tomar apuntes en cualquier clase… Fue una realidad agridulce que todavía no sabía si me gustaba o si acabaría aburriéndome de ella.

De invisible a visible:

Ocurrió algo que nunca pensé que pudiera ocurrir y fue que mi cuerpo empezó a aparecerse poco a poco gracias a Miguel, un compañero de clase al que llegué a apreciar mucho y que era el único que me recogía los libros cuando los tiraban de mi pupitre en el instituto o cuando se dignaba a saludarme cada vez que me veía. Simplemente, me vio sentada en un banco leyendo entre todos aquellos jóvenes jugando a fútbol y me tocó para que le mirara, me habló como si realmente estuviera allí y mi cuerpo volvió a la normalidad, ¡ya me podían ver! Fue una de las mejores experiencias de mi vida, sobre todo, por el hecho de que mi madre me esperaba para comer como cualquier otro día, como si jamás me hubiera ido, aunque pasaron 4 largos años hasta que pude volver a ser yo misma. Por supuesto, no se lo conté a nadie y seguí mi rutina normal.

Me alegraba de volver y ya no prestaba atención a toda esa gente que no me saludaba o no me miraba, tenía suficiente con Miguel y mi madre, para ellos sí era importante, me veían, hablaban conmigo y me hacían reír, si cambiaban las cosas sería posible que pudiera tener más amigos, si no, podría apreciar lo que tengo ahora sin necesidad de pedir más.

Un futuro de sueños por cumplir:

Ya había hecho las cosas que más me gustaba hacer cuando era invisible, pero estaba bien volverlas a repetir, marcar pequeños objetivos diarios para llegar a hacer cosas mucho más grandes y que me hicieran sentir orgullosa. Supongo que nadie sabrá nunca lo que ocurrió y me gustaría guardármelo para mí como una experiencia propia y un tanto desagradable para abrirme un poco los ojos y darme cuenta de que estaba dando importancia a lo que no la tenía, los demás pueden hacer lo que quieran, yo soy la que marco la diferencia en mi día a día.

Convencí a mi madre para ir ambas a Bali, no quería que siguiera pensando como una mujer soltera sin responsabilidades ni compromisos, sin hijos y sin aspiraciones, quería que sintiera que estaba con ella, que en nuestros cuadros seguía saliendo yo a su lado.


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Moira: La que Cierra los Ojos y Ve

Relato procedente: «Cerrar los Ojos«. Edad: 36 años.

Ciudad: Maine. Profesión: Recepcionista.

Descripción física:

Cabello rubio hasta más abajo de los hombros, liso, sedoso pero no muy bien cuidado, nunca tenía tiempo de ir a la peluquería por los niños. Mis ojos eran de un tono miel que cambiaban a castaños cuando me daba la luz, a todo el mundo le gustaba eso. Mis labios finos solían ir acompañados de un pintalabios de un tono marrón clarito o rosa apenas perceptible a la vista, no me gustaba mucho el maquillaje y menos cuando tenía tanto que hacer, así que, me conformaba con poco. Mi tez era un tanto oscura pero no lo suficiente para mí, aunque tomaba el sol, no conseguía ponerme morena, era mi cruz. Solía vestir bastante cómoda, normalmente, con vaqueros o chándal, tal como me decían mis amigos y mi familia, yo era un terremoto difícil de parar, así que, no podrían frenarme y menos unos pantalones. Aunque, me encantaba vestir bien, como cuando tenía veinte o veinticinco años, con las camisetas de botones bien planchadas y los pantalones de vestir impecables, ahora me importa poco que el chándal o los vaqueros estén manchados porque cuando vuelva a casa, volverá a ocurrir, tengo hijos, ¿qué quiere usted que haga?

Descripción de la personalidad:

Siempre me han dicho que soy alguien bastante dulce pero que no soy fácil de hacer daño, que mi cabeza está tan focalizada en metas diarias que no tengo demasiado tiempo como para ofenderme de las críticas ajenas, de hecho, ni siquiera me doy cuenta o las recuerdo después de escucharlas, me dicen que es un súper poder que muy poquitos tienen. Soy bastante trabajadora y me gusta lo que hago aunque esté en una oficina todo el día cumpliendo los caprichos de un dentista niñato rico y malcriado, de algo hay que comer, ¿no? Diría que no me gusta mucho hacer ejercicio pero que no puedo terminar como una ballena en medio del mar, así que, hago un gran esfuerzo por ir al gimnasio tres veces a la semana en horario nocturno, cuando mis hijos duermen y no necesitan de mí. Estoy muy activa durante todo el día, no paro, me muevo arriba y abajo sin frenos, casi por inercia para terminar con la lista de quehaceres antes de las diez de la noche, al menos una hora antes, y todos los días son iguales, incluidos los domingos. Soy una trabajadora a tiempo completo en casa y en el trabajo, no lo puedo evitar.

Una infancia de adultez:

Muchos niños podían decir que sus padres eran unos pesados que siempre iban detrás de ellos para que estudiasen y se alimentasen bien, que fueran al colegio y no se saltaran ninguna clase, que estuvieran atentos con sus exámenes y decidiesen bien qué hacer con sus vidas, que supiesen cuál era su pasión para explotarla al máximo pero yo era hija de una azafata destinada a hacer vuelos diarios con un solo día libre y de un alcohólico empedernido al que habían echado del trabajo centenares de veces y que se pasaba el día tirado en casa sin atender mis necesidades. Aprendí muy rápido a ser la ama de casa, principalmente, porque no había nadie en ella, aprendí a aplicarme en mis estudios y a ser responsable, a trabajar duro para conseguir mis notas sin nadie que me dijera nada. Entraba y salía de casa si necesitaba algo sin pedir permiso, era como una adulta independiente y a muchos niños les encantaba eso pero no me habría importado que me hubiesen dejado disfrutar un poco de algunos momentos de infancia.

Los jueves era el día en que mi madre no trabajaba. Y ese era el día en el que yo debía levantarme mucho más temprano para cuidarla porque lo pasaba tirada en la cama incapaz de moverse y con dolores en los pies de estar tanto tiempo de pie, viajaba mucho y le daban dolores de cabeza por los cambios bruscos de horario y las horas de espera. Hacía tantas extras porque papá no conseguía volver a trabajar, ya era un caso perdido, ni siquiera se arreglaba la barba y se vestía como si fuese un sintecho, se le olvidaba poner su ropa a lavar y solo tenía en la cabeza salir a comprar cerveza o quedarse en el bar toda una tarde, al bar donde yo debía ir para traerle a casa y no se perdiese. Era la adulta de la casa aunque no quisiera admitirlo, y ellos eran un par de críos que no entendían de límites y que sobrevivían a la vida como podían, mi madre excediéndose con el trabajo y mi padre bebiendo, ni siquiera sería capaz de decir si se daba cuenta de que estábamos en casa y vivíamos juntos. Era triste, pero era mi presente y no tenía ninguna otra opción más que la de aguantar la situación como pudiese.

Pasiones rotas:

Como cualquier otro estudiante de secundaria, yo también tenía pasiones y sueños por cumplir, quería ser antropóloga, me fascinaba todo ese mundo, estaba ansiosa por entrar en la Universidad y descubrir todo lo que podría aprender. No fue nada fácil. Para entrar pedían notas de selectividad excesivamente altas y a las que ni siquiera los mejores estudiantes podían aspirar, pero lo intenté. Estuve noches seguidas sin dormir, apenas comía y no tenía nada más en la cabeza que no fuese perfeccionar la nota final para llegar a lo que las Universidades pedían para estudiar antropología. Como muchos otros, me quedé en el camino, ni siquiera rocé la nota, ni siquiera hubo una pequeña posibilidad de que todo aquel esfuerzo hubiera valido la pena. Para colmo, me habían despedido de mi antiguo trabajo de dependienta en una tienda de comida para llevar, así que, debía buscar otro trabajo basura con el que mantenerme, quería independizarme por encima de todo y más si no podía ir a la Universidad.

Apesadumbrada, me senté en la silla del salón con los auriculares a todo volumen, no quería que nadie me molestase, concentrada, frente a las páginas de empleo del periódico de la ciudad, con un bolígrafo en la mano rodeando aquellos que captaban mi atención. Todos eran penosos, con un salario mínimo de lo más injusto y esclavista, pero hubo uno que iluminó mi cara: Recepcionista en la consulta de un dentista. El sueldo era bastante bueno y no pedían experiencia, el dueño te enseñaba cómo le gustaban las cosas. Me vestí y fui corriendo a la consulta de ese dentista. Me costó tres viajes en autobús y media hora andando, pero valió la pena. Él era muy guapo, tenía pinta de rico, su consulta era lujosa, amplia, bien iluminada y su presencia imponente. Pensé que no iba a darme el trabajo, pero después de no escucharme con demasiada atención y mirarme de arriba a abajo varias veces, dijo: «¿por qué no? Empiezas mañana a las 08:00am. Me gusta la gente puntual, si fallas, estás en la calle, ¿entendido?». No dudé en aceptar sus exigencias y empezar a trabajar de inmediato.

Matrimonio impulsivo:

Tenía unos veintiún años, las cosas estaban yendo genial en el trabajo, me había independizado desde hacía ya dos años y estaba feliz por fin, después de haber dejado a mi familia. Me comprometí durante mucho tiempo a mí misma, tenía un piso precioso cerca del trabajo y todo lo que necesitaba, me alimentaba bien y hasta tenía tiempo para ir al gimnasio, cada día podía ponerme un conjunto diferente porque económicamente podía permitírmelo y eso de ponerme tacones me estaba llamando la atención, me encantaba sonar mientras andaba. Así que, como chica inocente y con mucha suerte, decidí darle una oportunidad al amor con el primer chico que se interesó en mí, parecía buena gente, muy atento y cariñoso, pero también impulsivo y muy cabezota. Nos casamos a los seis meses de conocernos, no podíamos despegarnos el uno del otro y, mucho menos, levantarnos de la cama. La luna de miel fue perfecta, tanto que vino con regalo incluido. El regalo se llamó Gabriela, 9 meses después de volver de Las Maldivas. El embarazo fue tedioso, pesado y con dolores incesantes de espalda y riñones, piernas hinchadas y gases, parecía un torpedo.

Antes de todo esto, estuve preguntándome si todo había ido demasiado deprisa, él no era una persona que solía comprometerse, más bien, era alguien al que le gustaba la libertad y vivir sin ataduras, pero durante el embarazo y el parto se portó tan bien que me dije que aquello que estaba pensando era una tontería, que la niña podía hacerle ver las cosas diferentes. Daniel llegó 2 años después, junto a los ardores, los dolores de espalda y las náuseas constantes, él fue otro accidente tras un calentón en nuestra cena de San Valentín después de unas copas de vino. Durante este embarazo, Eddie estaba algo más ausente, venía muy tarde a casa del trabajo y no me decía a dónde iba tras largos paseos, pensé que estaba abrumado, que no esperaba un segundo hijo y que ahora veía en la responsabilidad en la que se había metido sin siquiera quererlo. Así que, le di espacio. Demasiado espacio. Me ocupaba de los niños, del trabajo, la limpieza en casa y las compras del supermercado, empecé a acelerarme porque Eddie parecía que no viviese con nosotros. En efecto, no lo hacía.

Decidí seguirle para saber a dónde iba. Se estaba viendo con dos mujeres más, una de ellas, también estaba embarazada y, cuando no se dedicaba a eso, se iba de bares con gente que yo ni conocía tras 6 años juntos y compartiendo la vida con dos niños todavía en desarrollo. Me di cuenta de que aquella pregunta que me hice antes de casarme con él había sido acertada y debí pensarla antes de saltar al vacío de aquella forma tan impulsiva. Mi racha de suerte ya había concluido, tanto que, en cuanto volvió a casa borracho una noche, le dejé preparadas sus maletas y le obligué a irse y a firmar los papeles del divorcio, peleé por la custodia total de los niños y gané, no volviéndole a ver nunca más. Fue duro tener que convertirme en madre soltera, tenía un trabajo a tiempo completo y era madre también a tiempo completo, pero me levantaba a las cinco de la mañana y hacía que cada momento de organización fuera un milagro futuro en el que pudiera ahorrar tiempo.

El accidente:

Gabriela con 16 años era un terremoto de moda, peinados fantásticos y caprichos de última hora en los que yo era incapaz de invertir porque no me daba la vida para tanto, si quería una moto iba a tener que trabajar, sacarse el carnet y comprarla, no podía más. Discutíamos muchas veces pero, al final, nos entendíamos, sus hormonas iban locas correteando por su cuerpo y bueno, yo siempre andaba estresada, tanto que saltaba a la mínima. Daniel tenía 14 pero era más tranquilo, casi ausente, se metía entre sus libros y no hablaba demasiado, le gustaba el rock, los vaqueros rotos, las cadenas, las camisetas básicas y las de leñador y las converse, pero él ganaba un poco de dinero en el taller de mecánica de su tío arreglando coches y ensuciándose hasta el último pelo de su cabeza, así que, yo no le exigía tanto como a Gabriela.

Solo recuerdo haber cerrado los ojos y haber visto un accidente ocurrir en mi mente, una llamada de Gabriela donde recordaba que necesitaba algo para clase urgentemente y debía llevárselo justo hoy, no podía esperar más. Daniel le gritaba algo y cerraba la puerta de un portazo, tenía un drama familiar que pasaba a través del auricular del teléfono y fue el que hizo que chocara contra el otro coche. Caí por un acantilado, al menos, eso fue lo que me dijeron y perdí la memoria. El otro conductor estaba intacto, yo medio adolorida y el coche, bueno… Iba a necesitar comprarme uno nuevo con el dinero que alguien pudiera dejarme porque no era el momento perfecto para gastar mucho más, y ni siquiera había terminado de pagar el que tenía. La suerte no era lo mío. Tuve que coger la baja durante unos meses pero mi jefe me pagó ese tiempo como si siguiera trabajando, sabía lo que ocurría en mi familia y, aunque era un niñato malcriado y pedante, a veces, mostraba cierta gratitud y compasión, algo que yo también agradecía. Lo que esperaba cada día al despertar era que mis hijos no me volvieran loca.

Un futuro de recuperación:

Ha sido un aviso del destino, un momento de flaqueza en el que alguien me ha dicho directamente que frene, que deje de ir corriendo y que me preocupe por mí. Tengo mucha reflexión por delante durante este periodo de recuperación hasta que pueda volver al trabajo y a tener mi vida normal. Dudo que las cosas vayan a ser como antes, lucharé para que no lo sean, para que mis hijos sean más responsables y se ocupen de lo suyo, soy una súper mamá, pero me conformaría con ser solo una madre atenta y cariñosa, me alegraría de que no siempre fuese yo la que corre y la que hace esfuerzos, todos tenemos que aprender a responsabilizarnos y quizá no les he enseñado esto todavía, se han acostumbrado a que yo lo haga.

Las recuperaciones son lentas, aunque no haya un daño físico grave, el psicológico también juega un papel importante y el susto que te da, te deja fuera de juego, al menos, durante varias semanas, te hace replantearte la vida y la suerte de seguir respirando. También traen descanso y tiempo de hacer lo que te gusta, de desarrollar un poco más tus pasiones, de desconectar y relajarte. Ahí estoy yo, en busca de nuevas pasiones para no dejarme arrastrar más por las prisas.


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Charles: El Padre Sorprendido

Relato procedente: «Una Pausa Sorprendente«. Edad: 48 años.

Ciudad: Nueva York. Profesión: Profesor Universitario.

Descripción física:

Mi cabello negro ahora se mezcla con las canas que ya abundan en mi cabeza. Mis ojos castaño oscuro suelen ser despreocupados, aunque algo caídos y cansados. Mis labios son finos, llevo una barba canosa y bastante poblada. Mi tez es blanca y me gusta vestirme elegante, de traje y corbata para ir a la Universidad y, otras veces, simplemente con unos vaqueros y una camisa lisa de cualquier color y que, igualmente, se vea formal. Para mí, no hay nada más importante que mostrar el gusto por vestir y la organización de colores.

Descripción de la personalidad:

Suelen describirme como alguien pulcro y atento a los detalles, bastante serio y eficaz con las palabras que elijo que salgan de mi boca, bastante exigente y educado, responsable y con un gusto nefasto para las mujeres, aunque las meto en mi cama igualmente. No me gustan las relaciones serias porque prefiero estar solo, los libros de mi biblioteca son mis únicos compañeros en la vida y así es como debe ser. Me gusta divertirme de vez en cuando, pero no considero un rollo de una noche nada serio, trato de que la chica se sienta lo más ignorada posible como para que no quiera que vuelva a llamarla, y eso en mí es bastante fácil. Tengo mis rutinas diarias y me encanta tenerlas, leo mucho y no me gusta pasar horas delante de la televisión, solo vomitan negatividad. Muchos me dicen que soy un solitario, incluso, que soy un ermitaño, pero lo cierto es que, me gusta estar conmigo mismo, pensar en mis cosas, reflexionar, estudiar sobre lo que me interesa y leer para abrirme paso a otros mundos, supongo que soy un romántico.

Una infancia estricta:

En cuanto mis padres descubrieron que era algo así como un niño súper inteligente, empezaron a prestar más atención a mis estudios, presionaban más para que siempre fuese el mejor, sin excepciones. Me obligaban a leer durante horas y tener horarios estrictos para tener un mejor rendimiento a la hora de estudiar. Al principio, me molestaba bastante, parecía un robot y mi mente no descansaba lo suficiente, estaba agotado pero, decidí seguir haciéndolo porque para ellos era importante y soñaba con tener una casa propia y una carrera de la que poder presumir, solo me centraba en eso. Sacaba muy buenas notas, algo que a mis compañeros de clase no les hacía mucha gracia, tuve abusos de todo tipo y llegaba a casa solo con ganas de meter mi cabeza entre los libros y olvidar lo que había ocurrido.

Mi adolescencia también fue dura pero, esta vez, mi problema era que no hablaba demasiado y no me socializaba, vestía siempre de etiqueta y entraba en los mejores colegios privados para conseguir entrar en la Universidad de Harvard, hacía un montón de actividades extracurriculares, incluso, si se me daban fatal como basketball o fútbol, aunque se rieran de mí por ser torpe, solo tenía un objetivo en mente. Me gustaba escribir, así que, me apunté al periódico de la escuela y a los clubes de lectura para tener más opciones y hacer algo que realmente me gustara hacer. Supongo que debía sacrificar algunas cosas para tener lo que realmente quería.

La Universidad y la etapa adulta:

La etapa universitaria en Harvard fue perfecta, increíble y llena de todos esos conocimientos que quería absorber. Estudié periodismo y durante el tercer año, me empezó a interesar enseñar a estudiantes universitarios, así que, dediqué tres años más a prepararme para ello. Terminé la carrera e hice un postgrado, más tarde, un doctorado y accedí a Harvard como profesor universitario de periodismo y preparación para la vida universitaria de nuevos alumnos. Durante esos tiempos, supe lo que era la libertad, el vivir entre estudiantes, comprar mi propia comida y organizar mis horarios, disfrutar un poco más de mi tiempo de lectura y mis aficiones. Tan solo me gustaba estar conmigo mismo, entre libros, no me gustaban las fiestas y tampoco soportaba los ruidos, así que, incluso, pude conseguir una habitación individual, mis padres la pagaron sin rechistar porque querían que solo me centrara en estudiar y que nadie me molestara.

Todo esto, me pudo proporcionar el poder comprarme una casa grande y bonita en el centro de Nueva York donde pude construir mi propia biblioteca para tener todos los libros que había leído hasta aquel momento, para sentirme a gusto en mi propio ambiente y saber qué era vivir alejado de todo y, a la vez, feliz.

Angela, una sorpresa inesperada:

Tras un día realmente duro en la Universidad, volví a casa y me preparé un café. Recuerdo haberme sentado en el sillón de la biblioteca para disfrutar de un poco de paz y ser interrumpido por el sonido del timbre. Vi a una niña de unos siete años allí de pie, dándome un papel donde demostraba que era mi hija, sin ninguna duda, tuvo el valor de repetir el análisis dos veces. Quería que aquello no fuera verdad, quería que ese problema tan solo desapareciera, así que, la dejé pasar y sentarse en la biblioteca mientras localizaba a su madre. Vino a recogerla tras una media hora de espera donde no supimos muy bien qué decirnos. Era Pam. Fue una de mis novias de la Universidad pero de la cual me enamoré locamente y no pude olvidarme de ella hasta siete años después. Tuvimos una ruptura bastante dolorosa y pude volver a verla por última vez.

Podría haberle dicho muchas cosas, incluso, accedido o interesado a ayudarla tras todos estos años ignorante de que tuviera una hija pero no lo hice. Nunca me han gustado los niños, les he visto como un lastre, seres moldeables e inocentes y vuelven a sus padres esclavos. Simplemente, dejé que Pam se llevara a Angela y no volví a verlas. Fue una sorpresa, todo hay que decirlo, pero no una que me interesase lo más mínimo tener o que quisiera entender de alguna forma, aquello había sido un mero accidente, una tontería de una niña pequeña que no podía mantener sus manos quietas y con necesidad de fisgonear en las cosas de su madre. Al parecer, Pam seguía guardando mis cosas… No debía interesarme. No estaba interesado, en ninguna de ellas y no me arrepiento.

Un futuro de aprendizaje:

Supongo que, para cualquiera, terminar tu vida solo es lo peor que te puede pasar pero, para mí, es lo más placentero. Llegan épocas en la vida donde puedes sentir esa libertad y esa poca responsabilidad con otros, tan solo la tienes contigo mismo y lo que te rodea, tienes lo que necesitas y sigues caminando hasta que tu vida se termina. Creo que es un buen pacto. Creo que no me gustaría jubilarme nunca, no me imagino dejando la Universidad, crecí allí y maduré allí, supe lo que quería hacer con mi vida y fue mi meta desde la escuela, no me veo sentado en casa en una silla sin enseñar, sin aportar un poco de aprendizaje al mundo.

Aunque no lo parezca, cualquiera con 48 años de edad, puede tener una meta que siempre ha querido alcanzar y escribir un libro ha sido la mía. He estado leyéndolos durante tanto tiempo que quizá, es momento de que alguien lea algo que yo escriba y le aporte cierta sabiduría. Por supuesto, no me veo casado ni con hijos, quiero vivir la vida que me quede con libertad, trabajo duro y superación, tal y como mis padres me enseñaron desde pequeño, no quiero que nada interrumpa mis letras, mi enseñanzas y reflexiones. Sigo queriendo y teniendo esos rollos de una noche porque me dan un poco de calor humano, no me arrepiento y es un deporte que cualquiera puede practicar cuando quiera. No todos viven solo del dinero, otros viven de lo que leen.


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