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Moira: Perdiendo a un Amigo

Relato procedente: «Ácido«. Edad: 34 años.

Ciudad: Detroit. Profesión: Tatuadora.

Descripción física:

Mi cabello es de color castaño oscuro, al igual que mis ojos, suele ir recogido con una coleta en el lado izquierdo de la cabeza. Mis labios son finos, mi piel algo pálida y me gusta vestir con vaqueros y sudaderas, normalmente, de color negro. Soy de complexión delgada, creo que siempre lo he sido, me gusta utilizar zapatos cómodos y no perder mucho tiempo eligiendo mi ropa.

Descripción de la personalidad:

Me agradan los momentos a solas, donde puedo estar en silencio, no suelo ser muy habladora pero cuando tengo algún contacto con alguien, me gusta mantenerlo. Me considero bastante empática, sensible y amable, aunque trato de distanciarme un poco de los demás cuanto puedo, no todo el mundo es bueno y no todo el mundo desea lo mejor para ti. Podría decir que soy bastante desconfiada, odio que me interrumpan cuando estoy viendo una película y no me gusta salir de fiesta, adoro leer con una única luz iluminando el salón, con eso me basta.

Una infancia loca:

Mis padres se divorciaron cuando tenía unos ocho años, fue complicado y confuso, no dejaban de hablar de mí como si fuese un objeto que debía ser transportado cada fin de semana, sin sentimientos o sin valor de elección. Supongo que eso fue lo que más me dolió, aparte de sus enfados absurdos y peleas por dinero, aparte de decirse las cosas más horribles que se podrían decir a otro ser humano, mientras yo estaba delante, escuchando. He de reconocer que no siempre prestaba atención, pero cuando lo hacía, tan solo quería esconderme en algún lugar apacible para encontrar algo de silencio y sentirme cómoda por una vez.

No me prestaban mucha atención, así que, me dedicaba a leer y a dibujar más que nada. Lo que más me apasionaba era esto último, aunque nadie se hubiese dado cuenta, solo mi profesora de dibujo. Para mi padre eran tonterías, estaba más enfocado en su enfado con mamá y para ella, era tan solo una fase que se terminaría pronto. La buena noticia fue que duró hasta mucho después de lo que ellos predijeron, se convirtió en una pasión difícil de erradicar.

Deseando salir de casa:

En mi etapa adolescente, lo único que quería hacer era salir de aquella casa de locos. Sí, puede que mis padres debieran separarse sin más, dejar su estúpida relación tóxica y seguir adelante, pero no lo hicieron. Pues qué locura, ¿no? Lo confirmo, porque lo era. Se mantuvieron juntos por mí, sin pensar que podría hacerme más daño que estuvieran juntos y discutiendo que separados y con ambientes tranquilos. Supongo que en estos momentos yo solo pensaba en mí misma, no es que fuera buena estudiante pero solo quería pasar y terminar la secundaria. Si lo hacía, podría buscar un trabajo y salir de allí cuanto antes.

Aunque las cosas no fueron tan bien como esperaba. Tuve que quedarme hasta los dieciocho, hasta que conocí a Daven, algo así como un amigo para toda la vida que iba a salvarme el culo. Yo no tenía ni idea de que iba a hacerlo. Se había ido de casa con dieciséis, había estado trabajando aquí y allá, en esos momentos trabajaba de mecánico, tenía cuatro años más que yo. Fue él quién me sugirió el vivir juntos, sabía que mi situación no era la adecuada y odiaba verme así, lo cual, creyó oportuno comentarlo, no cabía en mí de orgullo y, a la vez, de vergüenza, me hubiera gustado hacer las cosas por mí misma. Nos prometimos que sería algo temporal hasta que yo pudiera sostenerme fuera de casa de mis padres.

Trabajos y más trabajos:

Sí, tenía dieciocho años, me había independizado y trabajaba como una mula. Trabajando de camarera, en ayudante de cocina, vendedora en tiendas de ropa de segunda mano, de recepcionista, secretaria, bibliotecaria en universidades… y no sé cuántas cosas más. Pero estaba agotada. Hacía más horas que un reloj y todo para poder sostener mis gastos y mis estudios. Quería hacer algo relacionado con el arte, con lo que pudiera dibujar y tener mi propio negocio, así que decidí estudiar para hacerme tatuadora. No fue una decisión fácil, tampoco barata, pero Daven me ayudó. En realidad, me ayudaba en todo, sin hacer preguntas. Era un cielo. Dulce, cariñoso, atento, detallista, un gran tío echo pedazos por todas las novias que le habían roto el corazón. Y no me miréis, yo no quería ser la última que lo hiciera, él era un terreno que no quería pisar.

Es cierto que llegaba reventada. Tras tantas horas de trabajo no quería hacer nada, tan solo tirarme en el sofá y ver una película de cualquier cosa que Daven quisiera ver. Nos volvimos muy cercanos, uña y carne con los años, no funcionábamos el uno sin el otro, teníamos más amigos comunes con los que solíamos salir pero con quiénes más confiábamos era en nosotros, supongo que conseguimos crear nuestro propio mundo a parte del de los demás, éramos como hermanos, no teníamos secretos.

La enfermedad de Daven:

Como se suele decir, no todos los finales son felices. Este no fue uno de ellos. Daven empezó con algunos síntomas bastante leves pero frecuentes. Un día se asustó y decidió ir al médico porque tosió sangre. Todo pasó de un día para otro, al igual que su diagnóstico. Tenía cáncer de pulmón. Estuvo medicado durante bastante tiempo, iba a radioterapia. Lo tenía bien enganchado porque no funcionaba. No le remitía. Daven pretendía estar bien, siempre con la cabeza bien alta, nadie sabía qué ocurría a excepción mía. Físicamente, se sentía fatal y psicológicamente, bueno echo una mierda. Sabía que no había solución y que podría ocurrir en cualquier momento. La muerte estaba esperando en cada esquina.

Yo estaba haciéndome a la idea, no podía creerlo. Iba a perderle, así sin más. Todo iba bien, justo en ese momento, creo que llegó a ser el mejor momento de nuestras vidas. Él consiguió crear su propio taller de coches que tanto había soñado tener y yo mi estudio de tatuaje. Nos habíamos mudado a un piso un poco más grande en el que por fin, podíamos permitirnos tener más cosas y vivir fuera un poco más, como ir a restaurantes o ir al cine. En ese momento, habíamos tenido suficientes razones para sonreír. Todo se había arreglado al final, todo iba bien, según lo planeado. Hasta ese momento, hasta el momento del diagnóstico.

El ácido:

Acompañé a Daven a su última revisión. No había nada más que hacer, el cáncer se había avanzado mucho y no se podía remitir. Le habían dado dos meses de vida. Por lo que, pensaba ayudarle en todo lo que hiciera falta para poner sus asuntos en regla, para despedirse y hacer lo necesario para irse tranquilo. Yo quería ser quién le diese la mano cuando se marchara, esperaría a verle expirar su último aliento. Para mí estaba siendo descorazonador, incluso, lloraba a escondidas, aunque frente a él pretendía ser fuerte para que él también lo fuera, era mi trabajo como su amiga.

Pero esa vez, esa última vez que le vi, traía consigo un bote con un líquido transparente y unos papeles en la mano. Le pregunté varias veces qué era aquello, tan solo me contestó que quizá era la solución a todos sus problemas. Era una cura. La cura milagrosa que había ayudado a miles de personas con su enfermedad. Al menos, eso fue lo que le dijo el médico. Siento decirlo pero no me creí ni una sola palabra. Daven firmó los papeles que eximían al hospital de cualquier responsabilidad si a él le ocurría algo tras ingerir aquel líquido transparente. Insistí, creo que hasta demasiado, con que no lo hiciera, que lo pensara mejor, pero estaba desesperado y, a decir verdad, yo también.

Tras el primer sorbo, Daven no dejó de revolverse, de cogerse la tripa y quejarse de que le ardía. Traté de decirle que debíamos ir al hospital de nuevo a que le lavaran el estómago porque aquello no era normal, una cura no puede hacer el efecto contrario. Pero él estaba seguro, muy seguro de que aquello iba a funcionar porque el doctor lo había dicho. Una parte de mí quiso creerle y esa parte le dejó continuar, algo de lo que ahora me arrepiento. Se tragó el resto de líquido. Pensé que iba a darle un ataque porque se cayó al suelo cogiéndose el estómago, no podía hablar, tampoco gritar, se estaba deshaciendo por dentro, literalmente. Cuando le cogí entre mis brazos, ya no había expresión en sus ojos, ya se había ido.

Un futuro sin Daven:

Ha sido duro desde que ocurrió, no voy a negarlo. Ha sido diferente no tenerle en casa, no llamarle al llegar a casa, no preparar juntos la cena o ver películas hasta altas horas de la mañana, reír hasta reventar o contarnos nuestras penas por el simple echo de escucharnos. Solo tengo su cara inexpresiva en mi cabeza, esa imagen se repite una y otra vez, no puedo erradicarla, no puede ni siquiera pretender que no existe o que no ha existido, porque incluso su habitación está igual que siempre, su orden dentro de su desorden. No he podido tocar su ropa, ni siquiera me he acercado a su cama, a sus discos, al ordenador, tampoco he llamado a sus padres para que vengan a recoger sus cosas. Eso sería como admitir que se ha ido.

Puedo decir con certeza que un pedazo de mí se ha ido, se ha desvanecido en el aire de un día para otro, sin poder retornar a ello, sin poder rechistar. Quizá venda su taller, quizá lo deje funcionando. Quizá me mude a otro piso más pequeño o quizá me quede. Todo sigue muy confuso, darme tiempo es la mejor opción. Es curioso cómo te jode la vida sin tú esperarlo.

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Gerd: El del Cuchillo

Relato procedente: «El Filo del Cuchillo» Edad: 32 años.

Ciudad: Höfn Profesión: Cuchillero.

Descripción física:

Mi cabello es negro, al igual que mis ojos. Lo peino hacia atrás, siempre me ha dado más seguridad, aunque las arrugas de mi rostro me sigan persiguiendo. Mis labios son gruesos, la barba que los abraza es poblada, con unas pocas canas, pero bien cuidada. Mi tez es un tanto morena, con algunas impurezas y la piel bastante seca. Tiendo a la delgadez, pero considero que estoy bastante tonificado, me gusta comprarme camisetas ajustadas. Suelo vestirme de traje y corbata, otras veces, con vaqueros, normalmente, de color negro.

Descripción de la personalidad:

La pulcritud y educación me preceden, no suelo cambiar mucho de expresión, pero sonrío para mostrar calidez, pero lo único que siento en mi interior es frialdad. No me responsabilizo de mis actos, trato de ponerme una máscara que muestre que soy como los demás, mientras me escondo a simple vista. Mis recuerdos no son agradables, pero le cuento a todo el mundo lo que quieren oír, les escucho pensar, sé lo que dicen, la humanidad agoniza y a mí me gusta jugar con ella. Atraigo a gente de todo tipo para deshacerme de su sonrisa, mientras permanezco callado y les quito la vida como me place. Eso me hace muy feliz.

Una infancia poco común:

Mi padre era cuchillero, lo aprendí todo de él. Aunque me pegara, repetidamente. Cuando estaba borracho y sin estarlo, era una mierda de padre. Mi madre estaba un poco enganchada a la coca, se pasaba gran parte del tiempo deambulando por la calle, hasta que papá iba a recogerla de algún banco de la calle donde había empezado a gritar o quizá a quedarse dormida. La verdad, no se llevaban muy bien, discutían sin parar. Yo solía quedarme en mi cuarto, leyendo. Les oía, muy alto, pero jamás me importó. Creo que jamás me importó nada o nadie. Los otros niños me apartaban, pero no me sentía así, tampoco sabía qué era la soledad o estar feliz por algo, no encontraba esa satisfacción que ellos sí tenían, solo era otra máquina que esperaba ser conducida, aunque estuviera algo rota.

Vivíamos en una casa de campo con lo necesario para que todo funcionara. Lo único que me gustaba hacer era tallar cuchillos, afilarlos de vez en cuando. Era lo único que papá y yo hacíamos juntos, en silencio. Me daba igual que fuéramos distintos, no me importaba que me tratara como un despojo, simplemente, era algo más que ocupaba el día, ya se pasaría. Cada día era diferente, tenía que curarme esas heridas por mí mismo, porque aunque mis padres las vieran no hacían preguntas o trataban de ayudarme, tan solo lo hacía sin más, sabía que no acabarían tan pronto. Tenía ganas de ser mayor. No verían venir lo que les esperaba. Ese pensamiento siempre me hacía sonreír.

Una adolescencia poco sentida:

La adolescencia para nadie es agradable, pero yo no sentí nada. No estuve para nada hormonado o sentí curiosidad por el sexo opuesto, ni siquiera un poquito. Lo único que me resultaba llamativo eran sus cuellos desnudos, sus piernas perfectas y mis cuchillos cortándolas. Soñaba con ello cada día, y no era una pesadilla, era como un deseo que quería que se volviera realidad, incluso, me empezaba a obsesionar. Tenía ciertos impulsos que no contenía muy bien, maté a un par de gatos, les clavé un chuchillo en sus tripas y eso me produjo placer, un placer que jamás había experimentado, hasta conseguí excitarme un poco. Esa necesidad fue en aumento, pero solo la dejé flotar, debía ser precavido, no hacerme público.

Y sí, tenía ganas de seguir creciendo. Mi madre se había vuelto adicta y mi padre se pasaba borracho en el bar la mayor parte del tiempo, las palizas nunca cesaron, se hacían cada vez más fuertes y ya le dejó de importar que los demás vieran los moretones o las cicatrices, a veces, utilizaba una navaja para cortarme en la mejilla o en las manos, le gustaba hacerme sufrir, siempre le había gustado. Alguna vez llegué a pensar que papá tenía algo oscuro en él, al igual que yo, y puede que lo heredara. Jamás dije que no me gustara, estaba en paz con ello.

Primeras muertes:

Lo decidí de un día para otro, fue un impulso, fuerte, intenso. Me dejé llevar. Cogí un machete y les corté la cabeza a mis padres, así sin más. Me provocó un placer indescriptible. Lo hice a mis dieciocho, un buen momento para madurar. Quemé sus cuerpos y pasé a otra cosa. No sentí nada. Sigo sin sentirlo, ni siquiera sé qué es echar de menos a alguien. Seguí con chicas de mi edad, una tras otra. Utilizaba mi cuerpo para llegar a ellas, era sencillo, me gustaba jugar. Esas primeras muertes quizá fueron imperfectas, llevadas por el impulso, sin demasiada personalidad quizá, sin una marca. Sin mi marca. Me fui adaptando, sus gritos resonaban en mis oídos, eran música, podía inhalar su dolor, ese constante miedo a morir, a no saber qué esperar de mí, mientras rozaba el cuchillo por todo su cuerpo.

No conseguía definirme por el cuchillo perfecto. Seguía llevando el negocio de cuchillos de mi padre, llegué a fabricar muchos pero ninguno se ajustaba a mi estilo. Hasta que hice uno con mi esencia, contenía una parte de mí indescriptible. Se selló con un hechizo que encontré en algunos de los libros negros que solía leer mi padre, siempre había sido un tipo muy raro. Solo tenías que decir unas palabras para bendecirlo y para que se convirtiese en un arma poderosa. Y así fue. Podía convertir a quién quisiera en cenizas clavando el cuchillo en cualquier parte del cuerpo que deseara mientras me quedaba detrás, viendo el espectáculo. Era mágico.

El cuchillo y la muerte:

Nos convertimos en uno, en una misma persona. Él formaba parte de mí como yo formaba parte de él, a veces, lo sentía en mi mano, cómo ardía, cómo deseaba que lo utilizara, que matara con él, estaba excitado como lo estaba yo. Fluíamos juntos, nos entendíamos, formábamos parte de la misma energía. Esa joven rubia, con ojos verdes, estaba aterrada, fue una de las últimas. Su terror me hizo sonreír, no pude controlarlo, su cuerpo desnudo me excitaba pero solo un poco, lo que me gustaba era pasar el cuchillo por toda ella hasta que comprendiese finalmente cuál iba a ser su final, que no había espacio para la salvación, quería que supiese que era solo mía.

Estábamos conectados por la muerte, éramos la causa. Por fin, tenía un propósito. Jamás tuve uno. Eso me creaba tranquilidad, sabía que había hecho el trabajo encomendado y que el cuchillo y yo habíamos enviado a más gente a la muerte, nuestro único jefe. Me gustaba que las víctimas vieran los restos de sangre en las paredes, por todos lados a su alrededor, en mi peto, para que supieran a qué iban a enfrentarse. Y siempre, me gustaba ir de etiqueta, era como ir a una cita. La única diferencia era que la cita tenía lugar en el sótano de la casa de mis padres y el amor de mi vida era un cuchillo con poderes para quemar a quién quisiéramos. Éramos la pareja perfecta.

Un futuro claro:

Seguiremos sin parar. Una noche tras otra, un día tras otro. Afilando cuchillos, matando sin piedad, convirtiéndonos en Muerte por un rato, disfrutándolo, saboreándolo. Amable, sincero, considerado, empático en el exterior, desgarrador en el interior. Supongo que ser cuidadoso tiene que ver con una parte de mi piel que no cambia, que se mantiene viva, latente. Nunca me pillarán, nunca sabrán qué pasa porque les gusta mi sonrisa, mis bromas, las amables preguntas, unos ojos sin sospecha, la completa sociabilidad, la cercanía, la encubierta empatía, lejos de ser honesta y verdadera.

Supongo que nada termina donde esperamos. Los comienzos no son perfectos, pero el viaje hace que todo se vuelva más dulce y correcto.


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Cian: La Futura Esencia

Relato procedente: «La Magia de un Libro«. Edad: 12 años.

Ciudad: Ennis. Profesión: Estudiante.

Descripción física:

Aún recuerdo mi cabello oscuro, castaño. Mis ojos grises y esas pestañas que todos admiraban, sobre todo las amigas de mi madre, decían que eran perfectas y preciosas, aunque para mí solo fueran pestañas. Recuerdo mis pómulos rojizos debido al intenso frío, lo abrigado que iba siempre con bufandas e incómodas chaquetas, vaqueros y unas botas que pesaban más que el hormigón. Mi tez era un tanto pálida y mi cuerpo esbelto, mis dientes totalmente blancos, aunque no me gustaba mucho enseñarlos.

Descripción de la personalidad:

Era un niño reservado, con toneladas de libros delante de mis ojos y con ansias de devorarlos todos. No podía dejar de leer, me encantaba, aunque en el colegio decían que era raro y un marginado. No me encantaba hablar, era silencioso, bastante pasota y no me interesaban mucho los grupos, me gustaba encerrarme en mi habitación el tiempo libre que pudiese tener y tratar de hacer lo que me gustara. Nunca me he sentido mal por estar apartado, creo que mucha gente lo ha admirado, no he prestado atención, creo que aprendía a enfocarme en lo que quería hacer y no en lo que ellos querían que creyera. Diría que era imaginativo, creativo y bastante despierto, ansioso y cabezota.

Una infancia bastante normal:

Mis padres discutían mucho, creo que por eso fue tan fácil enfocarme en otras cosas, quería simplemente, escapar de ese mundo para crear uno propio. No dejé de leer desde que descubrí «El Principito», pasaba sus páginas con tanta velocidad que no podía frenarme. Cada día, pedía ir a la biblioteca para coger más, mi madre estaba asombrada, pero a la vez contenta, no a muchos niños se les despertaba esa necesidad por leer, en específico a los de sus amigas, unos completos abusones idiotas.

Y sí, mis padres decidieron separarse. Mi padre bebía mucho, se pasaba el tiempo de bares con sus amigos y no sacaba tiempo para la familia o, al menos, eso es lo que me han contado, seguía ocupado a mis doce años, creo que entre sorbo y sorbo se olvidó en algún momento de que tenía un hijo o, simplemente, quiso evadirlo y la bebida le ayudaba con ello. No le conocí muy bien, siempre estuve con mi madre, ella siempre me cuidó. A veces, he de reconocer que era un poco dura pero entendía que al encargarse de todo sola, debía liderar, yo simplemente, obedecía. Era mejor no contradecirla.

La magia de los libros:

Los amantes de los libros, conocemos esa esencia, esa llamada de un libro que nos gusta y que debemos leer porque está presente, observándonos, es como si nos eligiera. Tienen magia dentro, tienen personalidad, te atrapan, te hacen reír y llorar, te enternecen el alma con palabras, a veces, te consuelan cuando lo necesitas, o te dan una bofetada en plena cara cuando no debiste de hacer algo. En resumen, los libros lo son todo. Y para mí lo eran todo. No pude imaginar que su esencia y significado fueran a volverse tan literales. Podemos hablar de esencias y energías, pero no creemos que sea real, el tacto del lomo de un libro es real, sus páginas, su olor, pero nunca imaginas que puede volverse existente.

Cuando salí de la biblioteca una vez más con varios libros en mis manos, me sentí abrumado por la necesidad de abrir uno de los libros que había alquilado. Una luz cegadora me atrapó, una luz que nadie más vio. Al volver a casa rápidamente, abrí el libro de nuevo y, esta vez, la luz era de un color azulado, muy potente, tanto que sacó a alguien de dentro del libro, alguien que iba a creer que se convertiría en mi amigo y nunca en quién cambiaría mi vida para siempre. Un pequeño elfo salió de allí, era la mismísima esencia del libro que tenía en mis manos, ¡no me lo podía creer, era imposible! Al parecer, no lo era.

Me contó las más alucinantes historias que nadie podría contar, aventuras increíbles, lugares que podríamos soñar pero nunca tocar, pequeños poblados de elfos donde trabajan y dan de comer a sus familias, montones de criaturas que viven en los bosques, enemigos que debían derrotar y miles de historias más. Me vi tan inmerso en todo ello que, sin darme cuenta empecé a formar parte del libro, el que me absorbía para ser parte de él, para ser su esencia. El elfo sonreía satisfecho, había engañado a un niño inocente para que él pudiera salir de su encarcelamiento. Nunca se me habría ocurrido, parecía tan inofensivo y aventurero… Me sentí traicionado por una criatura que solo creí que existía en los libros, en ese momento, era yo el que permanecía en una cárcel.

Vivir en un libro:

Podría decir que no se está tan mal aunque echo de menos algunas cosas. Está bien no tener la urgencia de ir al servicio, no comer ni beber porque no pierdes tiempo, tampoco ir al colegio o tratar de caerle bien a la familia de tu madre porque son la única sangre que te queda en el mundo. Pero cosas como una cama donde poder recostarse, lectura necesaria, libros que poder tocar y oler, una estantería o dos no irían mal y un poco más de luz. Eso hubiera sido fabuloso.

He podido empatizar con el elfo. Supongo que se sentía rechazado, empujado a mantener una vida en total soledad, con limitaciones impuestas por su raza como puedo suponer, sin la suficiente luz para hacer algo más útil que mirar las paredes en una habitación cuadrada donde no hay ni ventanas, de hecho, no necesitas oxígeno. Es como si fueras un robot. Me pregunto cuánto tiempo estuvo encerrado aquí, en cierta manera, me rompe el alma, nadie se merecería vivir de esa forma. Ni siquiera yo.

Recuerdo que, en los últimos momentos en los que pude ver al elfo, me pude ver a mí mismo, se transformó en mí, pude ver cómo su piel se deshacía, cómo cerraba el libro y lo guardaba en el fondo del armario para deshacerse de la amenaza que podría ser que yo saliera de él. Supongo que me he preguntado durante este tiempo que he estado aquí, si él ha sido bueno con mamá, si ella ha notado la diferencia, si se ha dado cuenta de que hace la cama y yo nunca la hacía, si está siendo mejor hijo que yo, si ha pensado que quizá le han cambiado al niño de sus ojos por otro que ella no conoce, me he preguntado si va a venir a buscarme alguna vez, si será capaz de tragarse su paripé. No puedo evitar que me carcoman estas preguntas, que me intriguen, que me creen ansiedad o me vuelvan un poco loco, ni siquiera sé cuánto tiempo ha pasado o si pasará mucho más, la incertidumbre es el mayor enemigo del hombre, sin duda.

Un futuro encerrado:

Definitivamente, estoy en una cárcel. Supongo que el elfo no debió ser muy bueno con sus amigos y familia si tuvieron que deshacerse de él así. Este es mi hogar por ahora, hasta que alguien abra el libro y pueda salir de nuevo. De lo que no estoy seguro es de si debería meter a alguien dentro, a cualquiera que me encuentre para poder estar fuera, una especie de sacrificio, una esencia por otra. Si fuera así, no podría hacerlo ni aunque quisiera. Pero bueno, al fin y al cabo, son preguntas sin respuesta.

He de aceptar la idea de que no hay salida, no se pueden derrumbar los muros que crean la habitación, dudo incluso de que haya algo alrededor de ellos, es demasiado silencioso. Dejando de intentarlo, dejo de frustrarme, de volver a una vida que indudablemente me pertenece, dejo de enfadarme porque no tengo nada que leer, tampoco wi-fi, lo cual, es una pena, podría entretenerme con algo más que conmigo mismo, suelo hablar solo y no sé si eso es algo normal. Supongo que algún día lo sabré. O puede que no. No hay nada seguro aquí, tampoco ahí fuera, solo cabe esperar sin desesperar.


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Ginger: La que Cae del Precipicio

Relato procedente: «El precipicio«. Edad: 28 años.

Ciudad: Norwich. Profesión: Periodista..

Descripción física:

Mi cabello es de color castaño oscuro, con un toque más claro en las puntas. Mis ojos son verdosos con matices de color miel. Mis labios son gruesos y mi piel algo pálida. Soy bastante esbelta, aunque no he tenido siempre el mismo peso. Me gusta utilizar vestidos largos, los cortos no me gustan mucho, soy más de uniforme para ir a la oficina y de vaqueros para salir a alguna fiesta informal, acompañados de unos zapatos cómodos, en cualquier ámbito, a excepción de cuando estoy entre naturaleza, ahí es donde prefiero ir descalza.

Descripción de la personalidad:

Siempre me han identificado como una persona bastante segura de sí misma, que da confianza y seguridad, amante de la naturaleza y de los momentos de tranquilidad. Creo que es una buena descripción. También soy justa cuando debo, me gusta poner límites a los demás cuando es necesario y no responder al teléfono en mis días libres. Por supuesto, también hay cosas que me molestan como los ruidos más o menos fuertes o esas horas estresantes de oficina donde no puedes ni tomarte un café tranquila. Me encanta enamorarme, tener citas a ciegas y soy una amante incondicional de la lectura.

Una infancia evitativa:

No todos los niños han tenido suerte. No todos han tenido una infancia perfecta, como muchos pueden creer. La mía no fue mala pero tampoco buena, solo tuve que aguantar un poco hasta poder independizarme. Mi madre era bastante estricta, calculaba mis horas para hacer las tareas minuto a minuto, las horas de colegio eran sagradas, no podía ponerme enferma ni un día y debía de ser la hija perfecta, mientras mi padre solía estar bastante ausente, casi no le veía. Traté de adaptarme durante un tiempo, creo que llegué a convertirme en muy buena actriz, pretendiendo que estaba de acuerdo en todo, era buena niña, no me quejaba de nada y seguía las normas, mientras en mis días libres hacía lo que quería a sus espaldas, siempre calculando mis horas e intentando que no se enteraran. Y nunca lo hacían.

Eran de los típicos padres que no saben nada de sus hijos. Es lo que normalmente sucede cuando tratas de ser otra persona para mantenerlos contentos y mientras no creas conflictos. Entre ellos, solían discutir a menudo, por cualquier estupidez pero yo solo cerraba la puerta, me ponía los cascos con la música bien alta y me leía cualquier libro interesante que esperaba en la librería a ser leído. Solía guardar todos mis discos, cómics, incluso ropa, en un apartado del armario donde ni siquiera ellos sabían que existía y cuando estaban alrededor, ponía música pop flojita para que no supieran que era un poco más fanática del rock clásico y me gustaba llevar Doctor Martens. A veces, era un poco difícil de disimular, pero lo llevaba bastante bien, era el plan más seguro, al menos, hasta que saliera definitivamente de casa con el billete a la Universidad.

Solitaria y entre naturalerza:

Sí que tenía algunas amigas en el instituto pero normalmente, solo quedaba con ellas para estudiar, no solía hablar de chicos con ellas o sobre qué tipo de coche me gustaría que mi novio inexistente condujera, eran conversaciones un tanto simples. Pero lo que no hacía era quedar con ellas para ir a tomar un helado o a la playa a tomar el sol, no me salía de forma natural, aunque sí las invitaba a los cumpleaños que organizaba mi madre para que no pensara que no tenía amigas o que trataba de evitar a la gente, podría hasta pensar que era antisocial. Lo que más me gustaba era llevarme un libro conmigo y leer debajo de un árbol, mientras el viento chocaba contra mi piel y me hacía formar parte. Recargaba las pilas, tanto que solía ir cuando no había nadie en casa, cuando habían salido a cenar o cuando iban al trabajo, algunas veces, reconozco que no fui a clase por la mañana para poder disfrutar del sol.

Siempre me consideré un tanto solitaria. Estaba rodeada de gente pero no me importaba demasiado, he ido la mayor parte de las veces, a donde las circunstancias me han llevado, sin contar con nadie, solo conmigo misma. No me he avergonzado pero tampoco lo he contado, lo he sentido pero no lo he murmurado, lo he sabido pero no lo he compartido, no lo he visto necesario.

La Universidad y la única salida:

Es verdad que utilicé la Universidad para salir de mi casa. Estudiar periodismo no fue una de mis prioridades y tampoco es que creyera demasiado en ello, pero al menos, vivía relativamente sola, no tenía a mi madre pegada como una lapa y mi padre no me llamaba tanto, era como tener mi mundo privado donde sabía que nadie podría tocarlo. Me dio la oportunidad de abrirme un poco con personas que tenían experiencias similares o que le gustaban las mismas cosas, fui asignada al periódico de la facultad y a un par de clubs de lectura.

Y sí, era mi única salida. Mi madre tenía muchas cosas planeadas para mí pero no eran para nada las que yo tenía planeadas para mí, de hecho, nunca supe que conseguí un trabajo a media jornada en la librería de la Universidad, o que salí con un par de chicos con los que me acostaba de vez en cuando, se hubiera puesto las manos en la cabeza. Pero estar alejada, me daba la oportunidad de desarrollar mi privacidad y de conocer esos aspectos de mí que no podía conocer en un ambiente tan limitado como el que tenía en casa.

La niña del precipicio:

Llevaba trabajando unos cuatro años para el periódico. No era de los más famosos de la ciudad, tampoco el peor, pero estaba bien. Me pagaban lo suficiente para poder vivir, tenía un pisito alquilado a las afueras y tenía la oportunidad de dar largos paseos por un pequeño bosque que había cerca. Me encantaba llegar hasta el precipicio, sentarme allí, dejar las piernas caer al vacío estando descalza, sentir el viento en la cara y mi cabello ondeando al mismo tiempo. Hacía como unas tres semanas que no había podido ir, estaba hasta arriba de trabajo y necesitaba un respiro, necesitaba aire. Me ausenté del trabajo, sabiendo que a mi jefe no le gustaría nada pero no podía manejar tanto nivel de estrés sin salir a despejar la mente.

Mientras disfrutaba del momento, notaba que una mano pequeña y helada, agarraba mi mano. Cuando miré hacia abajo, me di cuenta de que era una niña. He de reconocer que me dio un escalofrío al verla aparecer así, de la nada pero solo quería encontrar a su padre. Me mostró no sé cómo qué le hizo a su madre y por qué trataba de encontrarle, estaba segura de que yo sabía dónde estaba. El problema es que no tenía ni la menor idea. Me di cuenta de que conforme se acercaba más a mí, un tanto enfadada, con esa sonrisa maliciosa, clavando los ojos en mí, el cielo más se oscurecía, mi mente más se ensombrecía de pensamientos oscuros que ni yo sabía de dónde salían. Quizá creyó que era su madre, quizá fue ella quien la mató, ni siquiera ahora lo sé, pero tuve tantas sensaciones diferentes y extrañas durante esos últimos momentos que no sabría describirlo con exactitud. Me tiró al suelo sin mucho esfuerzo, se acercó a mí, podía oírla respirar, podía notar su cuerpo muy cerca del mío, cortándome el cuello con un cuchillo y lanzándome al vacío por el acantilado. Me fui apagando como un interruptor, mientras oía su risa cada vez más alta, estridente y molesta.

Un futuro al otro lado:

No sé si hay exactamente un otro lado, pero quizá es desde donde hablo ahora mismo. No fue una despedida agradable de la vida que tenía, del mundo en general. A decir verdad, no pude decir adiós, dejar todo en su sitio, pero eso es la vida también, ¿verdad? Las sorpresas, buenas y malas, cosas que no puedes evitar aunque quieras, tuvieron que pasar y no tenemos ni voz ni voto. Quizá ocurrió porque fui la que estaba allí. ¿Tuvo un toque sobrenatural extraño y espeluznante? Sin duda. Pero no podría explicarlo. Simplemente, ocurrió y ahora he de saber cómo vivir en el otro lado, si es que logro llegar a descansar algún día. He pensado mucho en eso que dicen de «estar en paz», de cerrar todo lo de tu pasado para seguir adelante, y creo que jamás he podido estar más en paz, sin responsabilidades, conflictos innecesarios o estrés contenido, ya no estoy obligada a decir cosas que no diría normalmente, tampoco me obligo a ser quién no soy, creo que es la primera vez que veo la luz al final del túnel, pero no en la vida real.

Toda historia tiene un final, y este es sin duda, el mío. Alguien será el siguiente, la muerte no espera, la vida se enreda pero siempre llega el momento de dejarla atrás, por mucho que tengas, por menos que necesites, por mucho que vivas con lo suficiente y básico. Siempre te perseguirá para cazarte, es mejor vivir con ello cuando ocurre y hacer del otro lado, un futuro diferente aunque incierto.


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El Miedo: Esperando Fuera

Relato procedente: «La Sombra ha Salido«. Edad: 28 años.

Ciudad: La Mente. Profesión: Desconocida.

Descripción física:

Tengo una estatura más bien baja, de piel clara, con ojos negros y mirada profunda, labios carnosos y voz acompasada, suelo tener las manos frías. Mi cabello es de color negro y suelo vestir con un mono raído separado por un cinturón negro atado un poco más alto de la cintura, suelo ir descalzo, con los pies y las piernas algo sucias debido a la mugre de las celdas.

Descripción de la personalidad:

Soy todo lo que un huésped humano podría desear para sobrevivir, hago resurgir de ellos mismos las ganas de huir, la supervivencia, despierto la ira y el rencor, el enfado cuando alguien está asustado. Soy ese temor que notan a la altura del pecho, que les hace temblar y creer que algo malo va a ocurrir, soy todo lo que soñaron que no podría existir, estoy en la oscuridad pero también en el dolor y la pérdida, porque siempre hay algo que temer, siempre hay algo que les da miedo, me alimento de ello y les doy energía para que sigan luchando para evitarlo, de alguna manera. Muchos me desprecian y lo entiendo, puedo ser muy molesto.

Puertas abiertas:

He estado dentro de este huésped durante 28 años, conozco todas sus fobias, las he hecho resurgir mil veces. Pero poco a poco, las ha ido superando, a veces con ayuda, otras veces, simplemente, ha dejado de pensar en ello. Su proceso ha sido sorprendente, le doy crédito, me ha hecho frente y se ha hecho más fuerte, dejándome en el banquillo por mucho tiempo y no creo que salga con tanta facilidad, muchas veces, tengo que resistirme tanto que me agoto antes de abrir la puerta de la celda. A mí y a muchos, nos mantiene a raya, por eso no esperaba que las puertas de las celdas se abrieran. Al menos, la mía lo hizo.

No podía creer que lo hubiera hecho, el huésped no era alguien fácil de manipular, era valiente y decidido, fuerte, le gustaba combatir cualquier cosa. Así que, no podía ser que yo estuviera fuera. Otra cosa curiosa, fue darme cuenta de que el pasillo de las celdas estaba totalmente a oscuras, no había ni una sola luz que lo iluminara, algo que normalmente no ocurría, el huésped nos mantenía retenidos y vigilados en todo momento, no quería que nadie saliera sin su permiso. Así que, ¿por qué apagaría las luces? Fui caminando hasta el principio del pasillo, a tientas, hasta llegar a un muro donde se podía ver el centro del lugar, frente a unas escaleras iluminadas. Ni siquiera podía ver el pasillo de celdas que había al otro lado.

La Sombra había salido:

La Sombra era el ser más malvado y perturbador de todo el lugar. El huésped lo mantenía encerrado en una celda diminuta, con doble cerradura y con unas puertas de acero impenetrables. Era exactamente su parte oscura, la que no mostraba a nadie, la que albergaba la mayor oscuridad que ninguno de nosotros podría imaginar. Era temido incluso por el huésped, le oíamos susurrar algunas palabras para mantenerlo siempre calmado, cada noche antes de irse a dormir, era casi rutinario, hasta podía dormirme escuchando esas palabras. Estas le debilitaban, era como si le descargara las pilas rápidamente.

Lo que me sorprendió fue que estuviera justo frente a las escaleras. ¿Cómo había salido? Era imposible que lo hiciera sin la ayuda del huésped. Le recuerdo sin cara, sin mirada, sin labios, hablaba telepáticamente, llevaba una gabardina negra con un traje negro debajo, odiaba las corbatas, así que, no llevaba. Sus zapatos estaban impolutos, como si no hubieran tocado la mugre de las celdas, bien peinado y dispuesto a subir al exterior y tomar el control del huésped. Algo estaría pasando allí fuera, no podía ser cierto que yo también hubiese sido liberado.

Los Liberados:

La Rabia, la Ira, La Envidia, Los Celos, La Tristeza, La Desesperación y La Razón, salieron de las celdas, liberadas al mismo tiempo. Estábamos separados y no es que nos lleváramos demasiado bien, todos teníamos nuestro trabajo dentro del huésped, nunca nos gustamos, pero tampoco competimos. Éramos visitados cuando nos necesitaba, eran pocos momentos, para unos minutos o quizá para un par de horas, era corto, limpio y silencioso, luego nos devolvía a nuestro sitio y nos volvía a encerrar, no teníamos libre circulación.

No me tropecé con ninguno de ellos, pero oí sus voces aquí y allá, mientras seguía observando a La Sombra. Sabía que todos le temían y harían lo posible para esconderse y que no les sintiera, aunque cierto es que las cosas quedaron más claras tiempo después, supimos cómo de avariciosa era La Sombra y cuánto de verdad quería salir de su encierro. Como si hubiera sido planeado, como si hubiera sido una posesión o una manipulación hacia el huésped, un auto sabotaje que él mismo no pudo controlar y su culpabilidad hizo que quisiera dejar que La Sombra saliera.

La Agresión:

Tuve la mala idea de acercarme un poco más para verla bien, así que, sintió mi esencia, supo que estaba cerca. Cerré los ojos con fuerza y traté de alejarme un poco pero, en cuanto me di cuenta, estaba casi encima de mí. Vi su cara sin rostro, pero sabía que disfrutaba con aquello, sabía que nos cazaría a todos como si fuéramos carnaza con la que jugar. Sacó un cuchillo de su manga y me rajó el cuello sin dilación, determinante, limpio, seco. Eso hizo que me mandara a la celda y que se cerrara con llave rápidamente. Di tantos golpes como me fue posible, necesitaba que alguien me oyera, quería que me sacara de allí. Pero quizá el huésped no necesitaría al miedo para aceptar a La Sombra, tampoco a ninguna de las otras, quizá no quería sentir nada y para eso la necesitaba.

Eran muchos quizá, probabilidades cercanas pero las cuales solo podía imaginar. Tal como había salido de la celda había vuelto a entrar, obviamente, no estaba muerto, nadie podía morir allí abajo, ¿te imaginas matar al miedo? Menuda comedia, nos reiríamos a gusto. Supe que La Sombra subió las escaleras en cuanto todo se quedó a oscuras por completo, ni siquiera podíamos ver nada en nuestras celdas, nos inundó la completa oscuridad, el huésped ya no tenía el control.

Un futuro incierto:

Que el huésped no quiera sentir nada por ahora, no quiere decir que nunca quiera sentirlo, no sabemos cuándo volverá a salir y a tomar posesión de su cuerpo, nuevamente. Supongo que hay veces que es mejor sobrevivir a las circunstancias con los recursos que uno tiene antes que tratar de hacerlo a las buenas. Los humanos saben de emociones, yo solo me conozco a mí mismo. Nuestro futuro es incierto, lo único que sabemos es que La Sombra no quiere que aparezcamos, no quiere que hagamos sentir al huésped protegido por ninguna emoción, por nada que le haga latir su corazón con algo más que con oscuridad.

Quizá todo se desmorone o puede que todo se arregle en cuestión de días, hay infiernos que encuentran su balance tan pronto que ni te das cuenta de que era el infierno. Supongo que la positividad no es lo mío. Lo único que me queda es sentarme en un rincón de mi celda y esperar a que todo pase, quizá no se me requiera, o quizá sí, ya veremos. Por ahora, hay que cerrar los ojos y dejar que las luces se vuelvan a encender cuando el huésped esté preparado.


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El Monstruo: La Parte Oscura

Relato procedente: «El Monstruo«. Edad: 30 años.

Ciudad: La Mente. Profesión: Desconocida.

Descripción física:

Mi cabello es de color negro, al igual que mis ojos, bastante profundos y, a veces,, con una mirada fija en la nada, tiendo a aburrirme con facilidad. Mis labios son gruesos y normalmente pintados de negro, me encanta el color y lo que representa. Mi tez es pálida y mi cuerpo esbelto. Llevo un vestido de color negro que me llega hasta el suelo, liso, sencillo y con tirantes, además de unas converse debajo que nunca se ven pero que son realmente cómodas.

Descripción de la personalidad:

Digamos que soy una parte y no un todo. Suelo mostrar emociones oscuras como la rabia, la destrucción personal o hacia el exterior, me muevo por la ira y el ego, el enfado constante, la injusticia y el odio. Dicen que soy molesta, que embauco con pensamientos negativos, que me gusta el mal y lo promuevo, que han de mantenerme encerrada para no dejarme llevar por la maldad. Lo dicen pero creo que es verdad, y me gusta, no debería sentirme mal por ello, ¿no? Aunque tampoco sabría cómo sentirme mal, solo soy. Y solo existo.

El momento en que nací:

Todos los seres humanos tienen esa parte escondida, esa que no quieren contar a nadie, esa en la que yo me convierto en la protagonista de sus vidas. Supongo que soy quién les dice la verdad sobre ellos mismos y lo que son capaces de hacer pero no quieren escuchar. Yo también tengo a mi propio ser humano, crecía en alguna parte de su mente, en total y absoluta libertad. Todavía puedo recordar qué se siente notando la lluvia caer sobre mi cara, al mismo tiempo que ella también lo siente, es una sensación que nunca se olvida, ¿verdad?

Fui haciéndome un poquito más mayor y, a la vez, más fuerte a su lado, tras cada herida abierta, tras cada herida incapaz de cicatrizar. Esos momentos de soledad me dejaban una puerta abierta para empezar a hurgar entre todo lo bueno y para encontrar un lugar calentito y agradable donde pasar los días de luz, entre sus sábanas de alegría y de diversión, para volverlos grises y tenues. Quizá para ella no fuera del todo bueno pero estaba enseñándole cómo sería el mundo antes de que fuera capaz de entenderlo. Conmigo a su lado, sobreviviría.

Crecí a pasos agigantados:

Creo que yo fui la que más se sorprendió de lo rápido que iba creciendo, y de lo fuerte que empezaba a ser su rabia. Supongo que empezó en el colegio con todo ese bullying, con esos empujones, patadas, heridas que no pudo olvidar pero sí disimular a simple vista. Pretendía que todo iba bien pero lloraba por dentro, estaba tan enfadada que notaba cómo las paredes temblaban dentro de ella, podía escuchar sus dudas, su inseguridad, su miedo, su tristeza. Sus gritos no me dejaban descansar, eran como llamadas de auxilio, como si necesitara ayuda. Sabía que nadie iba a ayudarla, así que, cada vez que alguien se metía con ella, yo salía para defenderla a modo de violencia desmedida. La hacía sentir satisfecha cuando veía al otro chico que la había molestado en el suelo, una sonrisa ahora se apropiaba de su cara, yo también me sentía bien, la había protegido.

Lo que no imaginé fue que su familia también la maltrataba, era horrible ver todo aquello a través de sus ojos y no poder moverme. Pero ella me dio el poder de hacerlo con solo nueve años. Empecé a notar una electricidad por todo mi cuerpo y crecí, de niña me volví adolescente y cada vez me envolvía de más oscuridad, cada vez tenía más poder sobre ella, más voluntad para moverme entre sus pensamientos y para defenderla en los momentos en los que lo necesitara, a veces, a través de enfados, otras en ataques de ira desmedidos, y otras veces, con golpes en las paredes, empezaba a ser incapaz de controlarse pero no fue hasta la adolescencia cuando supo lo que era realmente caer en el pozo.

El abismo:

La depresión, una amiga bastante cruel. La conocí una vez, pero no era muy amigable. Intenté cogerla de la mano, pero tenía sus propios planes. Llevaba a la muchacha por pensamientos lúgubres y tormentosos, os aseguro que me empezó a caer bien, pero no hasta el punto de someterla a una desesperación constante en la que no podía ni levantarse de la cama, era horrible. Tenía que hacer algo. Así que, transformé esa tristeza y ese dolor en injusticia, en rabia y una constante defensa en contra de la misma humanidad, necesitaba darle algo por dónde empezar, por dónde hacerle sentir que debía de ir contra todo, contra el mundo entero si hacía falta porque era imparable.

En su adolescencia, nadé entre abismos de corazones rotos, lágrimas y más lágrimas, entre su desesperante necesidad de validación y su completa falta de auto estima, pero empezaba a saber cómo manejar su ira, trataba de controlarlo, es decir, que ya estaba entendiendo algo más, ya comenzaba a escucharme, se había dado cuenta de que estaba ahí. Cada vez que yo intentaba salir, ella simplemente, respiraba profundo e intentaba pensar antes de actuar. Reconozco que no me gustó demasiado, fue la primera vez que me negó salir de ella, tener libertad de movimiento.

Cazada y atormentada:

Supongo que me excedí demasiado, me dejé llevar y me confié en que ella no se daría cuenta. Sí lo hizo. Una tarde se enfadó muchísimo, se sentía fuera de lugar, incomprendida, agobiada con tantas emociones al mismo tiempo, quería entender y empezaba a aprender sobre qué estaba ocurriendo. La ansiedad se apoderaba de nosotras de una forma que no podría haber previsto antes, así que, me asusté y la impulsé para que consiguiera salir de ello, con arranques de odio combinados con rabia incontenible y explotó, sin previo aviso. Supo que era yo, que había dejado de ser ella misma por unos instantes y que por ello su ansiedad se había elevado a niveles preocupantes, ni siquiera dormía.

Así que, mientras yo estaba descansando en una zona oscura de su mente, aprovechó el momento para cogerme en brazos en una de sus habituales meditaciones y llevarme al sótano, a ese desolado, oscuro y apestoso sótano donde llevo residiendo años sin que me diese cuenta de dónde me llevaba. Cuando desperté, estaba encerrada. Intenté salir pero no pude. Ella es quién me dice cuándo salir, pero raramente lo hago, solo soy un mero método de defensa, bastante efectivo. Me quitó gran parte de mi poder después de dejar de utilizarme, así que, ya ni siquiera tengo fuerza para golpear la enorme puerta que me separa de mi libertad. Es difícil pensar con claridad. Pero tengo compañía, no soy la única que está encerrada aquí abajo, ¿sabéis? Lo peor de lo peor se deja apartado abajo, mientras lo bueno se encuentra en el piso de arriba.

Aferrarse:

Aunque no pueda actuar con libertad y esté encadenada a una pared gruesa y hecha especialmente para mí, puedo oírla. Sé que se aferra a lo que más le apasiona, a su creatividad, a su vida alejada de nosotros, los pequeños monstruos que mantiene en el piso de abajo. Lo sé todo sobre sus máscaras, sus personajes cambiantes, todos sus disfraces y sus encubrimientos, se ha vuelto experta en pretender y he de reconocer que estoy impresionada, ha logrado defenderse y protegerse sin necesitarme del todo. Su auto control siendo adulta es exquisito, mantiene cada habitación de su mente limpia y su biblioteca no tiene ni una mota de polvo, la oigo caminar entre sus paredes, leyendo viejas historias, escribiendo nuevas.

Se aferra a cualquier cosa que la mantenga viva, no es que haya tenido buenas experiencias en general, en cierto modo, se comprende. También sé que la resiliencia anda entre sus pasillos, la muy puta. A veces, hay que sacar un poco de carácter, no todo es pasividad, amor y comprensión, un poquito de oscuridad puede animar un poco las cosas, ¿no creéis?

Un futuro similar:

Aprende rápido, más que cualquier otra persona que pudiera conocer, así que, sabiendo lo que sé de ella, de su cabezonería y de su entendimiento por sus emociones, es decir, que me ve llegar a una legua de distancia si es el caso, no creo que consiga convencerla de que me necesita, como mucho pedirá un poquito de mi esencia si quiere sobrevivir a algo pero no me dejará salir, no pondrá en peligro a nadie, mucho menos, estará conforme con intoxicar su mente con la toxicidad que yo albergo, así que, no tengo muchas esperanzas.

A veces, se pasea por los pasillos del sótano a comprobar las cerraduras, su seguridad es asombrosa y su interés por que nada salga mal es por lo que todo funciona tan bien, lo sabe todo de nosotros. Es imposible salir. Se reúne con algunos de los peces gordos que se mantienen aquí por voluntad propia pero que no están encerrados porque no son un peligro, con nosotros no es habitual, mucho menos que habitual, la palabra «nunca» es la que importa. Supongo que seguiré respirando mientras ella quiera y esperaré a poder rescatarla si se ve en una mala situación, mientras tanto, estas cuatro paredes son las que me merezco.


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Elfrom: El que Entristece

Relato procedente: «En Persona«. Edad: 38 años.

Ciudad: Columbus. Profesión: Recepcionista.

Descripción física:

Mi cabello es negro, por los costados y por detrás bastante corto y por arriba en forma de tupé bien peinado y cuidado, con una barba algo poblada y con zonas canosas. Mis ojos son de un tono azul claro, aunque si no les da mucho la luz pueden volverse de un color más intenso. Mis labios son finos y mi tez un tanto morena. Siempre me ha gustado vestirme de forma informal, exceptuando cuando voy al trabajo que es el único momento donde soy capaz de llevar traje y corbata.

Descripción de la personalidad:

Desde que era pequeño, me han comentado que tengo bastantes problemas a la hora de exteriorizar emociones, no me gustan mucho los conflictos y rehúyo de personas que sé que me van a traer problemas. Soy bastante callado e introvertido, desde siempre he estado en mi cabeza, hablando conmigo mismo, reflexionando, sintiendo como si no perteneciera al mundo, con una tristeza inexplicable. Sí que es verdad que, como todo el mundo creo, tengo la habilidad natural de pretender que soy como los demás para hacerles creer que encajo y me siento genial en el entorno, cuando la realidad es que no tengo ni idea de qué están hablando.

Una infancia bastante aislada:

Creo que siempre fui ese típico niño rechazado que vivía en su cabeza, soñando e imaginando mundos propios en los que poder caracterizar personajes, no solía hablar demasiado y no me gustaba el colegio, sacaba las notas justas para pasar de curso porque no me interesaban los temas de los que hablaban y no encajaba muy bien en mis entornos. Con mis padres siempre sonreía y asentía con la cabeza pero me sentí solo casi todo el tiempo, no entendían el porqué de mi aislamiento, por qué quedarme en casa encerrado leyendo y no tenía amigos. No me interesaba y eso, simplemente, no podía fingirlo.

Me gustaban los juegos de mesa, los puzzles, las sopas de letras y todo tipo de juegos que solo hiciese falta una persona para jugar. Era un niño muy introvertido y no me gustaba causar problemas, era calmado y no me importaba demasiado lo que pudieran pensar los demás de mí, muchos me comparaban con un robot. Era inteligente pero no tenía el menor interés en demostrarlo, era como esforzarse para nada, sabía que los demás no valorarían ninguna cosa de la que hiciera, solo se quejaban de dinero y de la cantidad de facturas que llegaban a casa, aparte de discutir delante de mí por cosas que no me concernían ni lo más mínimo. Ellos tenían sus cosas, yo era un cero a la izquierda y estaba cómodo en esa zona de confort.

No hice lo que se esperaba de mí:

De hecho, nunca lo hice. Desde pequeño, de adolescente y adulto, no hacía lo que se esperaba de mí en ningún ámbito de mi vida. No escuchaba a nadie, estaba decidido a andar por mi cuenta. Mis padres se empeñaban en que entrara en la Universidad a estudiar medicina, según ellos era un chico listo y seguro que lo sacaba, igual que lo hizo el abuelo, ganaba bien y la familia pudo echar hacia adelante. Mi padre le admiraba, yo no, y no tenía ningún interés en ser como él, no me interesaba ser médico. Luego quisieron que me apuntara a Derecho, mi respuesta fue la misma, que no. Tampoco me apunté a la de Negocios, la de Turismo o la de Administración de Empresas.

Así que, decidieron elegir ellos por mí. Porque claro, era lo mejor. No llegaban a final de mes pero debían presumir de hijo inteligente que estaba estudiando una carrera como los demás del barrio. Tardé dos semanas en anular la suscripción, aquello era absurdo, yo no quería ir a ninguna Universidad, lo que quería era encontrar un trabajo y salir de casa, empezar a pensar en salir del nido, se volvió la cosa más importante de todas. Lo mejor que pude encontrar fue de recepcionista en un dentista, empecé a los veinte y hasta hoy sigo estando allí, ganando el salario mínimo, viviendo en un pequeño pisito en el centro y sin más responsabilidades que hacer la comida y llegar a tiempo al trabajo, el sueño de cualquiera.

Nunca fui feliz:

Mucha gente habla de felicidad, de qué se siente en esos pequeños momentos que todos tenemos, que nos hacen reír a carcajadas y nos hacen sentir increíbles. Yo, por otro lado, nunca llegué a sentir algo así, es más, todo lo contrario. Siempre sentí una tristeza permanente, que no se iba por nada. Estaba ahí, mirándome, esperando. Durante mucho tiempo, quise saber por qué y empecé a acudir a terapeutas por toda la ciudad, para conseguir respuestas, al parecer, tenía depresión crónica. Esa tristeza que apenas notaba al principio, cada año que pasaba iba magnificándose más y más hasta hacerse a veces profunda y otras, calmada y equilibrada. Tenía bastantes altibajos y empezó a afectar a mi día a día.

La verdad es que no recuerdo ni una sola vez en la que realmente me hubiera sentido pleno, lleno de vida, de júbilo y de alegría, ni siquiera de niño solía sonreír o reírme demasiado, no me gustaban mucho las bromas y aborrecía los chistes. Además, me incomodaba la gente, algunas muestras de cariño y que trataran de hacerme reír, no me apetecía nada. Muchas personas en la oficina pensaban que yo era aburrido, que no tenía nada que ofrecer y era uno más, pero creo que nunca sabrán lo que hay detrás de unos ojos tristes, ¿verdad?

Las reuniones:

Aquí fue cuando empezaron las terapias de hipnosis. Iba dos días a la semana y el terapeuta solía decirme hacia dónde ir. Normalmente, bajaba unas escaleras y me topaba con varias habitaciones en lo que parecía un sótano un tanto oscuro, sin ventanas. Una de las habitaciones, la que parecía más grande, era la que siempre me atraía hacia ella para que la abriera, como si quisiera decirme algo. Cuando lo hacía, me encontraba en una habitación de cuatro paredes, con dos sillas, una frente a la otra y con alguien ya sentado en una de ellas. Y era así de sencillo, era como hablar conmigo mismo, porque teníamos el mismo aspecto exacto, lo único que nos diferenciaba es que él tenía la costumbre de no llevar camiseta.

Pero él no era yo, ni mucho menos, mi «yo subconsciente» estaba en otra habitación que a veces, solía visitar para reflexionar sobre algunas cosas. Ese que se sentaba frente a mí, con tal perfecta similitud, era mi tristeza en sí misma. Esto puede ser chocante pero, a la vez, muy útil. Siempre traté de llegar a un acuerdo con ella, siempre quise que nos lleváramos bien pero no era muy sencillo hablar las cosas, era bastante pasota, tozuda, egoísta, sarcástica, y de lo más irritante. Cada vez que salía por esa puerta, me sentía más frustrado y desesperado, no quería darme un respiro. La invitaba a irse, incluso, le dejé la puerta abierta varias veces para que pudiera ser libre, ya no iba a retenerla más, pero ella nunca quiso cruzarla. Pensé que era ella que no quería irse, pero años después, me di cuenta de que quizá era yo quién no quería deshacerme de ella porque formaba parte de mí y no quería estar solo. Una melancolía un tanto tóxica, sí…

Un futuro aislado:

La depresión nunca termina de superarse, imagino. Mejora, por supuesto, y depende de días. La última vez que la visité, me dijo lo mismo que la última vez, seguía distante, no fui capaz de asustarla ni un poco, no pestañeó ni un segundo, desvió la miraba fríamente y cortó tajante la conversación. Estaba dispuesto a volver en un año o dos quizá, puede que le dejara un poco de espacio o quizá dejara de empeñarme en que se fuera y tratara de aceptarla, tal como ella dijo. Fueron muchas las cosas que me han llevado a este punto exacto, a este sentimiento intenso que cruza mi pecho tantas veces, así que, quizá entiendo por qué está ahí conmigo. Aunque le cueste reconocerlo, le da tanto miedo salir de esa habitación como miedo me da a mí de que salga, puede que tengamos ese tipo de relaciones posesivas-obsesivas donde no podemos dejar de tirarnos cosas y discutir pero donde necesitamos al otro tanto que no le dejamos escapar.

Supongo que vivir con ello es lo único que he hecho hasta este momento y será lo único que pueda hacer para tratar de seguir caminando, pase lo que pase o hasta que quiera descansar de una vez, desaparecer o dejar de sentir. Pero hasta ahora siento que no debería rendirme, aunque siga teniendo días muy malos y tenga que hacer un esfuerzo por seguir de pie. Creo que ser compasivo conmigo mismo es lo que me salva de seguir frustrado y roto por dentro.


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Gale: El que Enfrenta una Pérdida

Relato procedente: «Una Vida sin Ti«. Edad: 43 años.

Ciudad: Boston. Profesión: Empresario.

Descripción física:

Mi cabello es de color negro con algunas canas en los costados, mis ojos son castaño claro y mis labios finos. Mi tez siempre ha sido pálida pero en los últimos años, ha ido haciéndose un poco más morena, digamos que ligeramente. He cogido unos cuatro kilos de más aquí y allá debido al estrés, me da por comer los pastelitos que hacen en la cafetería dos bloques más allá de mi casa. Suelo vestir de traje y corbata de lunes a viernes, los fines de semana, me gusta más llevar vaqueros y camisa si voy a salir pero cuando no, me aficiono a estar en casa en pijama.

Descripción de la personalidad:

Me considero trabajador y me suelo conformar con poco. Por lo general, tengo energía pero en mis días libres, cae en picado por lo que soy un solitario adicto a las películas de terror y a las palomitas. No soy para nada lo que aparento, puedo parecer elegante, caballeroso, entregado, atento y muy servicial pero en cuanto cruzo la puerta de salida del trabajo, soy un tipo normal que preferiría pasarse la tarde leyendo cómics y recordando buenos tiempos con amigos, soy bastante nostálgico y me encanta la cerveza, las tabernas son mi segundo lugar favorito, como un refugio o un segundo hogar.

Lazos importantes:

No recuerdo haber tenido momentos de infancia del todo agradables, lo único que me gustaba era leer y esconderme debajo de la cama, corretear después de las clases por el parque que había frente al colegio y comprarme chucherías en la tienda que había calle abajo de casa de mis padres. Era una rutina que me hacía sentir medianamente feliz dentro de mi miseria. Lo único que podía oír en casa eran gritos, mis padres discutían por cualquier cosa, cada día se aguantaban menos y solían evitarse bastante. Ni siquiera se daban cuenta de cuándo me iba y tampoco de cuándo volvía, y empecé a los ocho años después de escuchar una pelea horrible entre ellos donde oí un fuerte golpe contra la pared de su habitación. Pensé en lo más terrible que alguien podría imaginarse y, me dio tanto miedo que salí corriendo. Ahí es cuando me di cuenta de que huir no era una idea tan mala.

Empecé a salir cada noche, me sentaba en un banco cerca de casa y abría las páginas de un nuevo cómic, se convirtió en un ritual. Una de estas noches, otro niño de mi misma edad, se sentó a mi lado. Se llamaba Michael. Ambos nos sonreímos y nos sorprendimos al saber que íbamos al mismo colegio pero no nos habíamos visto. Pareció pura casualidad pero años después, creí firmemente que fue el destino porque, a partir de ese momento, fuimos inseparables. Él no solía hablar mucho, menos de sus sentimientos, pero supe que algo pasaba en su casa, a veces, se pasaba noches enteras sin dormir sentado en un banco sin poder volver. Algunas de estas noches, le invitaba a dormir en casa sin que mis padres se enteraran, a primera hora solía salir por la ventana y volver a la suya.

Lealtad y respeto:

A pesar del paso de los años, nuestra amistad siempre se basó en lealtad y respeto. Íbamos a todas partes juntos, él era el fuerte y el que solía enterrar sus emociones, mientras que yo era más expresivo y solía decir lo que pensaba. Nos complementamos. En situaciones difíciles, solíamos llamarnos a medianoche para vernos, despejar nuestra mente con un juego de ajedrez, de rol, un cómic o puede que un paseo a la luz de la luna. Recuerdo que muchos de los abusones del colegio le tenían miedo, no se acercaban a mí porque él estaba allí, solía tener temperamento, pero solamente le vi enfadado unas cinco o seis veces en la vida.

Incluso cuando ambos nos casamos, solíamos vernos para cenar y tomarnos unas cervezas, comentar anécdotas y, por supuesto, hablar de cómo iba en el trabajo. Recuerdo que me despidieron y yo estaba desesperado, le llamé para pedirle consejo y, al día siguiente, Michael me dijo que fuera a su compañía que tenía empleo para mí. ¿La verdad? No sé qué hubiera hecho sin él. No he tenido hijos y él tampoco pensaba tenerlos, amábamos a nuestras mujeres pero no hasta ese punto, supimos que teníamos la fecha de caducidad pegada al culo cuando nos negamos los dos. Fueron decisiones difíciles, dos divorcios juntos y un montón de deudas que pagar y mierdas emocionales que superar pero siempre quedábamos, no había un solo día que no fuéramos juntos a tomar algo al salir del trabajo. Me gustaba eso, me encantaba que esos lazos no se disiparan nunca.

Actitudes extrañas:

Pero, como sabemos, todo lo que empieza también acaba, ¿verdad? Nuestra amistad no fue, estoy seguro. Había algo en él que no era lo mismo, empezó a actuar diferente. Faltaba a las reuniones del trabajo, no venía a la empresa días seguidos, no respondía a las llamadas ni a los mensajes, cuando respondía era para decir algo rápido y colgar, ya no venía a tomarse una cerveza con los compañeros de trabajo o a cenar con los amigos comunes, e incluso, su madre me llamó para preguntarme qué ocurría con Michael. Eso sí me preocupó. Sabía que con su padre no había tenido nunca muy buena relación, pero con su madre tenía una especie de amistad especial como él la llamaba y todos los días hablaban por teléfono.

Sabía que algo pasaba, ni siquiera su ex mujer sabía nada de él. Se separaron pero en buenos términos, nada de garras, sangre y destrucción, más bien fue algo pacífico, sabía que quedaban para hablar de vez en cuando pero ella ya hacía meses que tampoco sabía nada de él. Y, por si fuera poco, no le abría la puerta de casa a nadie, se quedaba dentro y no había forma de sacarle. Continué preocupado, por supuesto pero, ¿qué más podía hacer yo? Le di un poco de espacio, incluso, analicé si le había hecho algo de forma personal que no recordaba y que podría haberle herido pero no se me ocurrió nada, así que, desistí. Al final, pensé que estaría pasando por una fase, la verdad, ya no sabía qué pensar, me faltaban ideas.

La llamada:

Michael me llamó minutos antes de morir. Su voz era temblorosa, tartamudeaba un poco, sollozaba de vez en cuando y no sabía muy bien qué decirme. A decir verdad, me dio la sensación de que yo fui su «última llamada». Sonó como si se despidiera, no le entendí muy bien, trataba de poner más atención, de subirle el volumen al teléfono pero, no podía terminar de entenderle bien y, a veces, se cortaba la señal. Después de un par de minutos muy rápidos y cortos al teléfono, colgó sin despedirse. Supongo que, solo oír su voz ya era en definitiva, una despedida.

Entonces me pregunté varias cosas. ¿Por qué me llamaría después de tantos meses sin casi hablar ni responder a las llamadas? ¿Por qué justo en ese momento? ¿Estaba en apuros? ¿Necesitaba ayuda? ¿Dónde iría si así fuera? ¿Esa llamada era una especie de mensaje para mí que yo debía entender para saber dónde buscarle? No sé, mi mente iba a tres mil por hora, ni siquiera sé por qué me dirigí justo a ese puente, no sé si fue una especie de intuición, el destino o su esperanza que me acompañaba. La cuestión fue que llegué. Corrí por todo el puente, le llamé. Estaba desierto a las dos de la madrugada, por supuesto, a penas pasaban dos o tres coches por allí. Me asomé por todos los rincones, hasta que le vi. Le vi tirado en unas rocas, había sangre en ellas y su cabeza estaba abierta, su cuerpo inerte, sus ojos me miraban y su piel se había vuelto pálida. Grité. Grité de dolor, lloré y le di golpes al puñetero puente. No iba a conseguir nada porque él seguía muerto. Incluso, diciéndolo ahora sigue pareciendo mentira. Llamé a la policía y a la ambulancia, pasé por interrogatorios donde me tuvieron toda la noche. Llegué a casa al día siguiente, exhausto y agotado.

El funeral:

Dos horas antes, no quería ir. Estaba harto de pensar en él todo el tiempo, quería que volviese, no quería decir unas palabras en su funeral, eso sería una admisión de que estaba muerto. Me arrastré a mí mismo allí, tratando de calmar a sus padres, hacía pocas horas de que se habían enterado de que Michael se había suicidado. Mi mente no dejaba de darle vueltas al por qué. Su vida había continuado exactamente igual, ¿qué había cambiado? Seguía preguntándome si alguien le podría haber amenazado con algo, si alguien podría haberle manipulado para que lo hiciera, nunca he creído que él mismo se tirara sin razón, por teléfono parecía muy angustiado, como si tuviera que hacer algo que no quisiera hacer. No le entendí muy bien pero, tuve esa sensación en mis entrañas desde esa llamada y era algo que no pensaba ignorar.

Traté de ser lo más conciso y específico en respecto a nuestra amistad entre esas palabras que dije a los presentes en el funeral, traté de ser quién él hubiera querido y no el pesado que no dejaba de hablar de gilipolleces sentimentalistas. Sabía que odiaba todo eso y sabía que hasta odiaría las flores que su madre había comprado, incluso el ataúd. Él siempre había querido que lo quemaran, quería desaparecer del mundo, no quería dejar rastro, nos reíamos pero le creí por alguna extraña razón. Su ex mujer no quiso estar más de lo necesario, no pudo hablar durante todo el tiempo que duró el funeral ni siquiera con los padres de Michael, ni siquiera conmigo.

Un futuro sin él:

Supongo que a todo hay que acostumbrarse. Quizá él ya no esté y esas cervezas que tomábamos ya no vuelvan a suceder pero el agujero que estaba empezando a sentir dentro de mí se agrandaba por momentos, quería llorar todo el tiempo. Empecé a estar furioso desde la noche que le encontré, impotente desde su llamada, confuso desde que empezó a aislarse y no sabía de él, triste desde que se empezaba a aceptar que se había ido. Me había prometido que seguiría investigando por mi cuenta qué podría haber sucedido, seguía creyendo que era imposible que se suicidara, no había motivos y lo sabía mejor que nadie porque le conocía.

Ver claramente un futuro sin él iba a ser difícil, pero no me estaba permitiendo demasiado pensar en ello, aunque le estaba recordando a cada sitio al que iba, era como si caminara junto a mí aunque no pudiese verlo. Espera, ¿lo hacía? Ojalá pudiera saberlo. Iba a tratar de levantarme por las mañanas y seguir adelante, por él.


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Jed: Sed de Venganza

Relato procedente: «Una Elección«. Edad: 41 años.

Ciudad: Memphis. Profesión: Vigilante de seguridad.

Descripción física:

Soy un tipo alto, con cabello castaño y corto, con piel un tanto morena y que siempre viste de negro, creo que es el color más básico y el más simple de combinar. Mis labios son algo gruesos y mis ojos de un color miel. Me suelen gustar los vaqueros y los zapatos cómodos, odio ir de formal, solo cuando me tengo que vestir con el uniforme del trabajo pero jamás para salir.

Descripción de la personalidad:

Supongo que soy alguien con quién se puede confiar, no hago preguntas y tampoco favores, siempre he estado metido en mis cosas, no me gusta molestar a otros. Soy reservado, cariñoso pero también algo frío, depende del contexto, no suelo confiar en los demás, solo en los más cercanos, odio las decepciones y esperar algo que nunca va a llegar. Hablo lo justo y necesario, cuando se me mete algo en la cabeza he de hacerlo, sino me vuelvo loco. Quizá me vean como a alguien distante o cortante, supongo que puedo considerarme algo así pero puede que no me conozcan muy bien.

Una infancia violenta:

Mamá tenía problemas y muchos, de esos de los que no quería hablar. Sus cambios de humor eran continuos y no conseguía mantenerse en pie ni un día, podía ser una madre cariñosa y, al día siguiente, empezar a tirar platos a quién fuera que le estuviera hablando, creaba situaciones realmente malas. Creo que la mayor parte de mi infancia me la pasé refugiado en mi cuarto, escribiendo historias, a veces leyendo o saliendo a probar el skate que mi padre me regaló por mi cumpleaños.

Mi padre estaba preocupado. No quería demostrarlo delante de mí pero ciertamente, lo estaba. Les veía pelear, gritarse, volverse locos de atar. Papá la llevó a un psiquiatra y le aconsejaron que debería llevarla a una institución de salud mental. Lo necesitaba de forma urgente, no estaba nada bien. Supongo que ahí fue cuando la violencia terminó para mí, a veces, iba con moretones al colegio y no podía evitar que los profesores preguntaran. Sabía que mamá estaba enferma y debía protegerla, pero me resultaba doloroso e incómodo. Después de internarla, nos quedamos solos papá y yo y todo fue mejorando poco a poco sin darnos cuenta.

Unos años complicados:

Supongo que para todos, la adolescencia ha sido una etapa complicada pero se hace aún peor cuando eres invisible o, al menos, pretendes serlo. Me tiraban los libros, me empujaban por los pasillos y era el principal objetivo de un matón que lo único que quería y necesitaba cada día era mi almuerzo. Nunca comía en el recreo, ni siquiera tenía ganas de salir fuera, sabía que él estaría allí y que todos se reirían porque había vuelto a ganar. Era un idiota pero no podía contárselo a nadie. Mi padre nunca lo supo. Era mayor para guardarme mis cosas, para manejarlo como podía,

Empecé a ir a clases de defensa personal, lo creí necesario. Esas clases se llamaban «me voy al fútbol, papá. Vengo en un rato». Quería ser fuerte, quería saber defenderme y poder contraatacar, plantarles cara, quería saber de disciplina y auto control, quería dejar de tener miedo todo el tiempo. Me ayudó mucho a reestablecer mi auto estima, a entenderme y a saber encontrar un balance entre mi mente y mi cuerpo. Fue una etapa realmente esclarecedora que no compartí con nadie más que conmigo mismo.

Marlene, una brisa agradable sobre la piel:

La conocí en la tienda de discos a la que solía ir. No fue un momento especial ni nada por el estilo, simplemente, estábamos en la misma fila mirando algunos grupos de rock y ella decidió empezar la conversación con una broma que ya ni recuerdo. Sonreí y continué con la broma. Al girarme vi esos ojos azules, esa sonrisa, un cabello dorado que embriagaba y un gusto para vestir muy parecido al mío, quizá cogió lo primero que vio para bajar a esa tienda pero, digamos que fue lo que más me llamó la atención. Nos encontramos un par de veces más en el mismo lugar y entablamos alguna conversación sobre música y trasladamos esa conversación a una cafetería, mientras reíamos entre café y café.

No decidí que me gustaba en ese momento, ni siquiera en los más de siete u ocho meses después en los que entablamos amistad, tampoco en esa época de auto descubrimiento que pretendía empezar. La verdad es que con papá estaba bien y no pensaba para nada en chicas o en relaciones, siempre estaba ocupado. Pero, simplemente, sucedió. Fuimos a un cine donde podíamos ver la película en el coche y sacamos todo tipo de dulces y porquerías que se nos ocurrió, solo para reírnos y pasar el rato. Nos aburrimos un poco de la película, pero seguimos allí, hablando de nuestras cosas. La conversación se empezó a volver cada vez más seria, más profunda, distinta de las que solíamos tener, interesante y hasta atrayente. Nos besamos. Y justo en ese momento, empecé a verla de otra manera. Supongo que ambos lo hicimos.

La vida perfecta:

Así lo pensé, desde el primer momento en el que decidimos darnos una oportunidad. Conectábamos muy bien y estábamos dispuestos a apoyarnos que, en sí, era lo más importante. Nos fuimos a vivir juntos unos cinco o seis años después de empezar nuestra relación. Ambos estábamos ocupados y nunca veíamos el momento de sacar el tema. Recuerdo que papá estaba muy contento y me pidió que no la dejara escapar, que habíamos sido muy pacientes.

Nos compramos una casa a las afueras, rodeada de naturaleza donde decidimos casarnos. Supongo que, cuando todo va bien y sigue como está planeado, parece que tu vida no va a parar de brillar y de ser perfecta. Como vigilante de seguridad tenía un buen sueldo y estaba bastante bien posicionado, mientras que Marlene trabajaba en una empresa que reparaba ordenadores. No era lo que siempre hubiera querido pero le daba para pasar el mes, era lo que quería, nada complicado. A veces, alternaba con otros trabajos y, a veces, simplemente se dejaba llevar.

La noche del robo:

Recuerdo esa noche porque estuve trabajando. Fue una de esas noches donde quieres irte a casa, que el reloj adelante las horas lo más rápido posible para volver a tu vida y seguir viviéndola como hasta el momento. Pero una alarma de mi teléfono sonó sin parar. Me mostraba mi casa, nuestra casa. Alguien había entrado y Marlene no se había percatado todavía. La llamé varias veces pero no respondió. Cogí el coche lo más rápido que pude y me dirigí a allí. La puerta estaba abierta, la alarma había dejado de sonar, las luces estaban apagadas, había ropa por el suelo, platos, cubiertos, como si hubiera habido una pelea. Llamé a Marlene varias veces pero no respondió. Me esperé lo peor.

Encendí las luces del salón y subí las escaleras, toda la casa estaba patas arriba. No había un solo cajón en el que no hubiera rebuscado. Las joyas habían desaparecido, la televisión, el tocadiscos, muchas cosas de valor. Tuve una sensación, de las malas, así que, me dirigí hacia el baño de nuestro dormitorio. Vi a Marlene en la bañera, con sangre por todas partes. Me quedé de piedra. No podía respirar. Me dolía el pecho, me temblaban las manos. «Joder, ahora no», pensé. Saqué el teléfono para poder ver las grabaciones, para ver si podía ver la cara del cabrón que había entrado. Iba a ir a por él.

Sed de venganza:

No volví a pisar esa casa nunca más, la dejé tal como la encontré y empecé a buscarle. Le había identificado, sabía su nombre y dónde solía esconderse después de meses de perseguirle, era listo, muy listo. No dejaba rastro. Mi padre se encargó del funeral, de escribir algo bonito para ella, de llevar las flores, de presentarse allí… yo no podía. No hasta que él estuviera muerto. Fui a los barrios más problemáticos de la ciudad para conseguir un arma, eso era lo que quería, eso era lo que me mantenía despierto y me obsesionaba, ir a la tumba de mi mujer podía esperar.

Lo gracioso es que le cogí, le tenía en un callejón, atrapado. Me juró que no había hecho nada, por supuesto, no le creí y estuve a punto de apretar el gatillo cuando alguien me dio un disparo en la pierna. El chico de la capucha salió corriendo y desapareció, mientras el nuevo cabronazo me confesaba que había matado a mi mujer y que había estado robando en mi casa con detalles muy específicos. Me tenía tirado en el suelo sin oportunidad de defenderme, se me había caído la pistola y la pierna me sangraba demasiado como para intentar ponerme de pie. Me apuntó con su arma y sonrió, le gustó haber ganado la partida. Cuando creía que yo le tenía, era él quién me tenía a mí. Me disparó sin remordimiento, sin pensarlo.

Ningún futuro a la espera:

Supongo que papá me lo advirtió, tenía razón y odiaba cuando tenía razón. Olvidé describirme como un cabezota cuando hablaba de mi personalidad, y por supuesto, mi padre no lo olvidaría y se culparía por ello, por no pararme a tiempo. Le conozco, era como si le estuviera viendo. No podría con el dolor de tanta pérdida, ya lo pasó con mamá y no salió bien, tuvo que ir a terapia porque no soportaba estar sin ella y porque ya no conocía a la mujer que iba a visitar una vez a la semana.

Será diferente conmigo, yo me he ido por completo. Ha sido mi elección, para nada es su culpa, pero odio que vaya a hacerse daño por una equivocación que ha sido solo mía. Las obsesiones y los impulsos siempre han sido mi kriptonita, lo que más he debido controlar pero esa confianza de tener la vida perfecta, me cegó por completo, nadie te da nada a cambio de nada. ¿Verdad que no?


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Clarise: La Oveja Negra

Relato procedente: «En Silencio«. Edad: 28 años.

Ciudad: Brighton. Profesión: Dependienta de tienda.

Descripción física:

Mi cabello castaño claro me llega un poco más abajo de los hombros, tengo zonas algo más rubias que realzan mi expresión. Mis ojos son de un tono verde oscuro y mis labios son finos. Mi tez es bastante pálida, no suelo tomar el sol, no me gustan las zonas cálidas. Soy una chica bastante esbelta, aunque como mucho y me encanta vestir con ropa sencilla, un poco ancha y de telas lo más naturales posible, no me gusta el roce de ciertos tejidos y me acoplo a lo básico.

Descripción de la personalidad:

Muchos me califican como rebelde, otros muchos como alguien inteligente y muy trabajadora, diría que soy un poco de todo, pero creo que soy más bien luchadora y una solitaria, por lo que a mí respecta, me encantan los silencios y la lectura, puedo tirarme horas leyendo sin parar. Pretendo mucho, quizá demasiado, me gusta mantener mi privacidad, no me agrada hablar de sentimientos, prefiero guardarlos para mí y seguir caminando por donde todos caminan o, al menos, eso es lo que espero de mí cuando convivo con otros, soy educada y considerada con los demás, aunque en mi casa no hay nadie que me pida que lo sea.

La oveja negra:

Ya desde muy pequeña lo era. Mis hermanos siempre lo han comentado con mis padres, yo era algo así como «la traviesa» de la familia, un poco rebelde y gritona, no me gustaba que me mandaran o que mis hermanos se quedaran en casa a cuidarme mientras nuestros padres se iban de cena, de alguna forma, todas las conversaciones, terminaban en pelea y, casualmente, la culpa siempre era mía porque Martha era perfecta, siempre estudiando y siendo lo más parecido a una mosquita muerta. Eddie siempre había sido peor que yo pero le cuidaron bien, le llevaron a todo tipo de centros de rehabilitación, le apoyaron y le tuvieron en un pedestal, mientras lo tenían todo cerrado a cal y canto para que ningún vecino conociese lo que de verdad ocurría con nuestra familia.

Hasta que Greta llegó, fui la que más discusiones oyó en casa, principalmente, por los problemas de Eddie con las drogas, pero también por la falta de dinero, cuando despidieron a papá y mamá tuvo que mantenernos y no llegábamos a fin de mes… Los gritos los sigo oyendo cada vez que lo recuerdo, llegué a creer que se odiaban de verdad y que se iban a separar. Hubo un tiempo en el que nos lo pasamos callados cada vez que nos sentábamos a comer y, a veces, Greg no aparecía, le veía molesto por algo pero nunca decía por qué, había una falta de comunicación en aquella casa y yo no entendía nada. Siempre pensé que Greta fue un milagro de la naturaleza para estabilizar aquella casa, ahora creo que simplemente, fue un parche para evitar lo inevitable. Mis padres creyeron que trayendo otro hijo al mundo iban a resolver sus problemas pero fueron a peor. Papá empezó con la bebida y todo se fue al garete, otra vez.

Una oportunidad de salir:

Nuestro hermano mayor Greg, fue el primero en salir cuando conoció a Melissa y se fueron a vivir juntos. Eddie quería hacerlo pero no conseguía vencer al miedo de volverse adicto de nuevo tras dos años limpio, así que, siempre se quedaba por allí. Martha iba a la Universidad, así que, solía vivir en la residencia entre semana y los fines de semana traía la ropa sucia para que mamá la limpiara y fuéramos donde ella quisiera como premio porque estaba estudiando mucho. Greta aún era bastante pequeña pero todos estaban pendientes de ella, así que, solo quedaba yo, la única que creía de verdad que tenía que salir de allí.

Cuanto más bebía mi padre, más discusiones había. No me tomé mis estudios en serio hasta ese momento donde de verdad creía que debía hacer algo para irme lo más pronto posible. Me puse las pilas para terminar la secundaria y, mientras mostraban su orgullo por lo bien que lo hacía Martha y lo agradecidos que estaban al conocer a alguien tan dulce como Melissa, yo me dedicaba a buscar trabajo y un piso que pudiese pagar, aunque fuese en un lugar conflictivo. Papá cada vez estaba peor y no quería tener que ver cómo empeoraría todo, no quería volver a la era donde no estaba Greta. Espabilé y encontré trabajo antes de terminar las clases. Empecé de camarera en un restaurante y seguí de dependienta en una tienda de ropa, he ido saltando de empleo de un sitio a otro desde entonces.

Algo roto:

Por aquel entonces, era con Eddie con quién me sentía más cercana o era con quién me llevaba mejor, a veces, me protegía de las casi agresiones de papá cuando estaba bebido, no era su intención y yo lo sabía pero, me gustaba sentirme protegida en los brazos de mi hermano. Fue al primero que le dije que me iba para siempre, que iba a cruzar esa puerta y que iba a desaparecer. Avanzo que no se lo tomó muy bien, intentó persuadirme varias veces y el último abrazo que nos dimos antes de que me fuera lo dijo todo. Desde aquel momento, ya no hemos vuelto a hablar como antes, nunca me ha llamado a casa o ha venido de visita, siempre he creído que él pensó que le abandoné allí, en esa casa en la que se sentía atrapado. Pero nunca me lo dijo.

Al enterarse, Greg no dijo nada, se mantuvo callado todo el tiempo, incluso, se encogió de hombros, como si no le importara. Por supuesto, Martha no mostró el menor interés, éramos como el agua y el aceite. Y bueno, me dio pena dejar a Greta atrás, pero creo que ella dejaría de recordarme como yo la recordaba cuando era más pequeña, estaba segura de que al crecer mucho más, ni siquiera me conocería, de hecho, tampoco recibí llamadas, solo nos vemos en las cenas familiares como en Navidad. Algo, definitivamente, se rompió entre nosotros. Siempre había sido alguien invisible, un poco rebelde, no prestaba atención a nada y prefería quedarme quieta leyendo cómics o escuchando música mientras todo el mundo me gritaba que bajara a cenar, pero lo cierto fue que, en cuanto me fui, pareció que sí era visible y que sentían que me fuera más de lo que había creído.

Mi madre se volvió un tanto más fría, de hecho, lo sigue siendo. No recuerdo haber escuchado de ella ni una sola palabra de aliento, de motivación, de alegría o apoyo hacia mí, me llama un par de veces al mes y las llamadas duran unos cinco minutos, lo cual, me recuerda lo rotos que estamos y lo vacía que me he sentido siempre. Papá nunca llama y en las cenas familiares siempre está tirado en el sofá bebiendo y viendo el partido de fútbol. Ha bajado el consumo de alcohol, al parecer, el médico se lo ha aconsejado al tener un principio de cirrosis. Nunca he preguntado por ello. Me siento como una extraña cada vez que vuelvo a allí, como si les debiese algo, como si debiese arrepentirme por irme tan pronto y abandonar a mis hermanos, porque eso fue lo que pareció.

La cena de Navidad:

Mamá llamó dos días antes de Navidad, como hace cada año, para recordarme que debo ir a la cena. Suena algo acongojada, apagada, seca y dura, así es como oigo su voz a través del teléfono. No sabía quién iba a ir, cada uno tiene su vida y prácticamente todos estamos fuera de casa, incluso, Eddie ha podido hacer una vida propia y Greta está saboreando la vida en la Universidad. Supe quién estaba al aparcar el coche fuera de la casa, pero no tenía ganas de ir, lo hacía por obligación, no porque no los quisiera sino por la forma en la que me miraban. Suelo ser amable y no digo la mayoría de las cosas que pienso, supongo que mis problemas son solo míos y no quiero que mi familia sepa nada de ellos, soy algo así como una perdedora a sus ojos y los vecinos no podrían tolerar ver o escuchar de alguien así en el vecindario, siempre fueron unos cotillas criticones y siempre lo serán.

Fue extraño volverles a ver después de un año. Todos hablaron de lo bien que les iba y bueno, no pude hacer otra cosa que seguir mintiendo, como cada vez que les veía. Estaba claro que mi vida amorosa no había sido lo que esperaba aunque había conocido a alguien que por fin me parecía interesante no creía que pudiera hacer frente a algo así en ese momento, pero no me atrevía a compartirlo con ellos, para mi familia, tenía algo serio con alguien a quién no conocían y que trabajaba mucho, por eso no iba a las cenas familiares y todavía no se lo había presentado. No podrían aceptar nada de lo que pudiera contarles. He estado trabajando de dependienta en una tienda dos calles más abajo del apartamento alquilado, pequeño y un tanto mohoso en el que vivo. Ni me imagino qué diría mi madre después de saberlo, así que, todo estaba bien así, como debía de estar, al parecer, era redactora de una revista no muy importante donde me pagaban bien y ya me había comprado una casa a las afueras donde me sentía a gusto y, a la cual, no les había invitado, no sabía cuántas excusas había formulado ya pero ayudaba el hecho de que mi madre solo me llamara dos veces al mes.

Asentí tanto como pude, sonreí, me comporté como una señorita debe hacerlo y le di todos los cumplidos que pude darle a mi madre tanto por la comida como por el vestido que llevaba. No me gustaban ambas cosas pero ser agradable no cuesta nada. Me senté con ellos en el sofá tras la cena y vi cómo seguían adornando el árbol, no sé por qué razón me sentí idiota pero sí, tragué saliva y me excusé para irme de allí, ya había cumplido y habían dejado de hablarme directamente, así que, me llevé los chocolates que me dio mi madre y volví a mi vida. No era tan glamurosa como la de ellos, pero me sentí orgullosa de haberla abandonado para tener una propia.

Un futuro en el que sobrevivir:

No he tenido nunca mucho dinero pero siempre me las he apañado para vivir, al igual que ahora, tengo lo justo para sobrevivir y para seguir adelante. Los gastos de casa y la comida son caros y a veces, es duro poner un pie delante del otro para no tropezarte con un nuevo problema pero lo que me hace levantar la cabeza es no tener que llamarles para pedirles dinero, para que sean mis niñeras o para volver a sentirme miserable. Eso es por lo que tengo un trabajo de mierda al que voy diariamente y eso es justo lo que hace que me levante de la cama, moverme a mi ritmo y salir victoriosa de otro día pesado y difícil.

He aprendido a mirar por mí y para mí, no tengo muchos planes para el futuro pero sí sé que puedo hacer lo que sea para seguir adelante sin ayuda y que puedo hacer lo que debo sin buscar la aprobación de mis padres. La oveja negra ya ha dejado de correr.