Publicado en Personajes

Pam: La que Esperó

Relato procedente: «Una Espera Eterna«. Edad: 34 años.

Ciudad: Seattle. Profesión: Psicóloga.

Descripción física:

Mi cabello negro es sedoso y largo, hasta más abajo de los hombros y los pechos, con flequillo y una diadema roja en el centro de la cabeza, me encantan los detalles. Mis ojos castaños son un poco rasgados, quizá algo inocentes. Mis labios son gruesos pintados con un color rosa apagado que no llama mucho la atención. Mi tez es un tanto morena pero más blanca en invierno. Estoy delgada, mido 1,75 y suelo vestirme con blusas de tonos claros y vaqueros, a veces, me pongo tacones, aunque otras veces, prefiero ir con bailarinas o converse.

Descripción de la personalidad:

Dicen que soy bastante optimista, un tanto seria cuando no conozco mucho a alguien, me gusta socializar y saber un poco más de la gente que me rodea y me crea cierta curiosidad. Estoy llena de vitalidad, me gusta hacer cosas y, sobre todo, aprovechar el tiempo, siempre he creído que ser productivo es algo que puede motivar a cualquiera y animarte a seguir adelante. Soy bastante dulce, sobre todo con mis pacientes, muy empática y abierta, estoy dispuesta a escuchar siempre y a compartir mis ideas, me gusta sobre todo mi asertividad y cómo afronto las cosas aunque sean difíciles, soy coherente e invito a los que me rodean a pensar un poco más en cómo son sus vidas y si realmente es eso lo que quieren. Me animo a ser feliz siempre.

Buenos tiempos:

Mi infancia fue realmente buena, no recuerdo ningún acontecimiento que me afectara de manera negativa, siempre fui una niña feliz, hasta donde yo sé. Mi adolescencia fue algo diferente, un tanto rara, quizá por un sentimiento de soledad descontrolado o que creía que nadie me entendía como yo quería. Fue increíble encontrarme con Sam justo en ese momento, cuando me disponía a dejar atrás toda esperanza por conocer a alguien nuevo y a alguien que me entendiera, aunque fuera un poco.

Siempre tuvimos cierta química, no sabría cómo explicarlo, quizá había algo en su mirada que me hacía captarlo, o quizá era solo una sensación pasajera en un momento olvidado. Pero cuando le miraba, era como entrar en otro Universo, pero jamás me atreví a decírselo. Puede que fuese tan joven y orgullosa que no me atreviese a dar el paso o quizá era simple vergüenza, esa que no tenía con otras personas pero que con él sí. Nos lo pasábamos bien y nos veíamos casi cada día, en el instituto nos sentábamos juntos y él siempre me acompañaba a casa cuando salíamos.

Fueron unos buenos tiempos. Bonitos, incluso. No había problemas, tampoco responsabilidades, solo éramos un par de niños que se veían. Éramos buenos amigos, pero eso fue todo. Lo esperé durante un tiempo, pero supe que empezó a salir con una chica de un curso inferior, al parecer, se gustaban mucho. No me dijo nada, ni siquiera cuando sabía que los rumores habían llegado a mis oídos, lo compartió conmigo, tampoco me dijo si alguna vez sintió algo. Nos separamos en cuanto fuimos a Bachillerato. Dejamos de llamarnos y de vernos. Se fue a otra ciudad y yo me quedé aquí. Lloré durante semanas y el corazón se me rompió incluso tratando de no romperlo.

Buena en los Estudios y un Trabajo Genial:

Escogí Psicología. Mis padres esperaron ansiosos a saber qué era lo que había elegido, me lo guardaba para mí porque lo consideraba personal y mi elección. Se me daban bien las personas, comunicarme, escuchar y era bastante empática, quería hacer algo para influir en los demás y mantenerme un poco más unida a la sociedad, así que, todos celebramos esa bonita decisión. Fueron 4 años inolvidables, me encantó la Universidad, conocí a gente muy interesante, no fui a demasiadas fiestas o conocí a muchos chicos como mis compañeras de residencia hicieron, pero sí aprendí mucho y me divertí haciendo talleres y asistiendo a seminarios, creo que fue el periodo donde más conocimientos quise recabar.

Mi padre tenía un amigo muy cercano que era psiquiatra y que había montado una clínica donde también trabajaban psicólogos con varias especialidades, así que, me dijo que justo en ese momento tenía un puesto vacante para ocupar. ¡Y fue una suerte! Me enrolé en esa clínica y llevo allí desde entonces, muy a gusto, cobrando bastante bien y haciendo lo que puedo por mis pacientes. Creo que es la idea de vida que siempre soñé tener. Aunque Sam no estuviera allí. No había día que no me viniese a la cabeza, incluso, me preguntaba si ocurriría lo mismo al revés, si él pensaría en mí en algún momento.

Una mañana, me llegó una llamada. Al principio, no me atreví a coger el teléfono porque era un número que desconocía, pero resultó tan insistente, que respondí un tanto molesta. Era su voz. Mi corazón dio un respingo y se me erizó el vello de los brazos, no me podía creer que fuera Sam después de tanto tiempo, al parecer quería verme. ¿Era una cita? Tenía muchas preguntas en mi mente y no podía responder a ninguna hasta que no le viera. Y me ansiaba, me irritaba no saber más de lo que sabía que, a decir verdad, era lo mismo que nada. Intenté vestirme formal pero no demasiado, algo elegante pero sin pasarse, un tanto maquillada pero sin hacerlo muy exagerado para que no pensara que era una cita porque no lo era, ¿verdad? ¿O si lo era? Se notaba que me sentía confusa.

La supuesta No-Cita:

Le esperé en la parada de autobús donde nos conocimos, de hecho, quedamos allí. Me alegré de que lo recordara, era señal de que había pensado en ello, ¿verdad? Me sentía muy insegura y más poniendo los ojos en el reloj a cada rato, no podía sino mover la pierna nerviosamente, hacerme bucles en el pelo con la mano y morderme las uñas de vez en cuando. No había estado tan nerviosa en una no-cita en mi vida, en serio. Pero se pasaba de la hora y no parecía que fuera a venir, me sentí decepcionada, triste y desalentada, supuse que para él esta especie de reunión no sería tan importante para él como lo era para mí, de hecho, cancelé una comida de trabajo por esto.

Me recompuse como pude, elevé el mentón y con la mirada bien alta, me dirigí calle abajo, digiriendo la noticia de que no iba a venir y que debía aceptar que Sam ya no era quién había conocido, siempre venía cuando quedábamos. Pero oí su voz a lo lejos, me giré de repente pero no vi a nadie, así que, pedí un taxi para que me llevara de vuelta al trabajo. Noté que alguien me cogía del brazo, era Sam. Una sonrisa se dibujó en mi cara al verle, aunque no me alegré de que fuera en silla de ruedas. Conforme lo pensaba, llegaba una joven detrás de él bastante guapa y que, al parecer, era su mujer. Se me cayó el mundo encima. Me había hecho ilusiones de un reencuentro o de una especie de velada romántica donde no la había, pero de todas maneras, traté de no ser descortés, saludé a la chica y fuimos a una cafetería a tomar un café, se confirmaba que aquello era, sin duda, una no-cita.

Escuché todas sus etapas amorosas, desde la primera vez que se vieron y sus ojos se encontraron, hasta el primer beso, el preciso instante donde ella supo que era él el único, su primera vez en la cama, algunas de sus experiencias sexuales, el día de su maravillosa boda y su divertida luna de miel. Quise vomitar allí mismo. Me terminé el café y me despedí tan pronto como me fue posible, inventándome una excusa, tenía que ir a casa a llorar todo lo que pudiera y más, me esperaba un helado de chocolate y me tentaba solo de pensarlo, iba a olvidarme de la dieta por una noche, estaba justificado. Pero Sam fue tras de mí, me paró en seco, disculpándose por si me habían ofendido en algo pero, ese era el caso, no lo hicieron.

No sé si me molestó más que no me invitasen a la boda, no saber nada de él en años o que me restregaran todo eso en la cara después de decirme que él siempre había querido estar conmigo pero que no fue capaz de decírmelo nunca. La frustración se apoderó de mí tanto y tan fuerte que me subí al taxi, le cerré la puerta en las narices y me fui a casa sin mirar atrás. El móvil me sonó varias veces, era Sam, pero lo apagué. Siguió durante días sonando a todas horas, pero no le cogí el teléfono, incluso nuestra amistad, se había roto. El helado me alivió un poco pero los tres días siguientes los recordaré siempre como los que un buen amigo me rompió el corazón en mil pedazos.

Un futuro sin Sam:

Podría decir que le idealicé por completo desde el principio. Había tenido esa imagen de cuando éramos dos adolescentes algo inocentes y con mariposas en la tripa con las hormonas a tope y esperaba que tuviéramos esa sensación siendo adultos. Creo que me quité un peso de encima sin saberlo, habría seguido enamorada de un fantasma, de alguien que ya no me esperaba, que ni siquiera me consideraba tan amiga suya si no me había invitado al momento más importante de su vida. No merecía la pena. Ahora tenía que aprender a vivir sin ese recuerdo, sin tenerlo en la cabeza día sí y día también, cada vez que me pasaba algo emocionante imaginando qué diría. Supongo que es un adiós sin decirlo en voz alta, es focalizar tu atención en otras cosas y no volver la vista atrás.

Descubriré qué significa vivir sin Sam, sin su imagen, sin su recuerdo, sin el deseo de reencontrarnos algún día y sin la esperanza de volver a reírnos mientras metíamos los pies en el lago cerca de casa de sus abuelos. Descubriré qué significa no pensar nunca más en su familia, distanciarme de amigos que teníamos en común y que tampoco han llamado. Descubriré qué es ser yo misma sin la influencia de tantos recuerdos y deseos imaginarios que no se materializarán jamás.


Puedes apoyar el blog a través de Patreon, escribo relatos cortos más elaborados y personales:

www.patreon.com/trackontime


Publicado en Personajes

Adel: La del Salto del Ángel

Relato procedente: «Imprevisto«. Edad: 38 años.

Ciudad: Nueva York. Profesión: Abogada.

Descripción física:

Mi cabello es de un tono rojizo, bastante intenso gracias al tinte, ya lo tengo demasiado canoso para tolerar el mirarlo así al espejo. Mis ojos son verdosos, con una mirada sencilla, no muy maquillados, lo suficiente para enmascarar mis ojeras. La zona de la nariz y los pómulos está repleta de pequeñas pecas claras, mi piel es blanca, siempre esperando viajar a algún lugar donde haga mucho sol para conseguir un tono un tanto más oscuro. Estoy bastante delgada debido al estrés, no consigo subir de peso ni aunque me coma mi peso en alitas de pollo, lo veo imposible pero sobrevivo. Suelo vestir bastante elegante, por lo general, siempre estoy en el trabajo, el traje suele ser lo que más utilizo pero también camisetas algo más ceñidas de colores suaves con botones, algunas veces utilizo vaqueros, pero solo cuando no tengo citas ni reuniones, lo cual, es algo complicado.

Descripción de la personalidad:

Hay gente que me describe como decidida, correcta y leal, otras me encasillan más en el rango profesional de despiadada. No sabría cuál de las dos elegir pero me alegra de que, al menos, dé a la gente algo de lo que hablar. Me empeño en las tareas que debo hacer, soy estricta con mis empleados porque busco que el cliente esté satisfecho y para ello, necesitamos perfección y un poco de suerte, si es que, existe. En el trabajo sé que he de hacer en todo momento y cómo estar en cada situación, me gusta dar buena impresión y mostrar que estoy calmada y segura en el caso que nos ocupa, pero no suelo tener la misma suerte en casa, allí no sé ser como soy yo, no sé ni siquiera cómo ser en familia, cómo no ser estricta o perfeccionista, siempre estoy trabajando y puede que mi marido me haya descrito algunas veces como «madre ausente» y alguien «sin mucha responsabilidad», adicta al trabajo, prefiero estar en otra parte porque no sé cómo estar en familia o, a veces, parece que no sepa quién soy cuando estoy con ellos.

Una infancia estricta:

Siempre me consideré una niña fuerte, con carácter y mis padres supieron cómo aprovechar eso. Todas las tareas se debían hacer en su debido tiempo, se debía marcar cuánto tardaba en hacer cada tarea y no solía jugar con muchos niños, me encerraba en mi cuarto y me ponía a hacer deberes, mi madre me preguntaría la lección tras terminarlos, como cada día. Hasta que no decía las palabras exactas, no me dejaba despegar los ojos del libro, tenía que estudiar sin parar hasta que demostrara que sabía qué me preguntaba. Puede que haya gente a la que le parezca exagerado pero me enseñó a estudiar y a cómo encarar cada tema para darle el máximo provecho, algo que me ayudó mucho al estudiar Derecho, la carrera que pertenecía a nuestra familia desde hacía generaciones, no había habido ninguno de nosotros que hubiera querido o le hubieran permitido hacer otra cosa.

Me prepararon desde pequeña a estudiar, a aplicarme, a encontrar los pequeños detalles y a ser disciplinada, implacable con los debates en el colegio, en estos era en los que más destacaba y sabía cómo utilizar las palabras para que quedaran mejor en los exámenes y en los trabajos. Quizá mi día a día pudiera ser un tanto agotador mentalmente hablando, pero mis padres siempre dieron por sentado que iba a ser una gran abogada, ni siquiera pensé en hacer otra cosa, cuando fui a la Universidad, les pedí apuntarme a Derecho, sin mirar otros grados o pensar si me iba a poder gustar o atraer otra cosa. Era como un robot con patas, lo reconozco.

Una adolescencia intensa:

Sí que es verdad que, en esa etapa adolescente por la que todos pasamos sin excepción, fue en la que peor me sentí anímicamente hablando. Me sentía frustrada y algo desanimada, veía que las otras chicas salían con sus amigas a tomar helado, al cine, al parque a mirar a chicos mayores y guapos, cuchicheaban y bromeaban, se lo pasaban bien, en general. Pero yo, debía seguir mi camino, el mismo que había seguido desde que tenía uso de razón. Entrar en la mejor Universidad y entrar en Derecho con la mejor nota. No recordaba la última vez que lo pasé bien o que tuve un rato libre, estaba claro que había nacido para ser abogada y toda la familia me apoyaba, estaban conmigo en todo y tenían expectativas muy altas sobre mí, mis primos, mis tíos y los abuelos se interesaban mucho por mis notas, se mantenían informados siempre que podían y ya bromeábamos con jerga de abogados. Pero yo solo tenía dieciséis años y parecía que tuviera treinta, mi vida estaba planificada hasta el mínimo detalle, parecía de locos.

Solía llevar las notas a casa, todo dieces. Pero ya no entusiasmaba, solo eran notas. Me había esforzado, por supuesto, era todo un honor y un mérito enorme, eso quería decir que el Bachillerato y la Universidad serían pan comido si mantenía mis notas. Todos estaban contentos y lo celebraban, mientras yo miraba a las chicas del instituto sentadas en un banco riéndose leyendo una revista de cotilleos. Recuerdo que me gustaron varios chicos durante ese periodo y tan solo pude evitarlos aunque hubiese querido intercambiar ideas con ellos, eran inteligentes y bastante interesantes pero mi madre repartía mis horarios con una perfección tan desmesurada que no podía retrasarme. Creo que fue el periodo de mi vida dónde más presión sentí y donde tuve que decir adiós a divertirme o a hacer amigas, sabía que ya no iba a tener esa oportunidad, ni en ese momento, ni más tarde. Lo confirmé cuando empecé con el bufete.

El bufete y mis esclavos:

Bordé mis notas, bordé mis finales y la tesis. Todo dieces desde primaria, era esperable. Desde Bachillerato había empezado a maquillarme para esconder las ojeras y, en la Universidad, aprendí a hacer que mi vestuario llamara más la atención que mi cara seria y sin entusiasmo que me caracterizaba. Estaba cansada antes de empezar con una nueva empresa, la empresa de mi padre. Otra sucursal con el mismo nombre, quería que fuese una de las mejores de Nueva York, iba a dirigirla, mi padre tenía a los clientes y solo debía hacerlo bien, como me habían instruido. Ya habían cogido a los empleados que estarían bajo mis órdenes, la recepcionista era un tanto despistada pero eficiente. Mi ayudante personal era joven, era muy activo, con tanto café encima como fuera posible o, al menos, ese era su lema. Tenía a cuatro abogados más a mi servicio, a la espera de conseguir un par más para que el bufete fuera un tanto más completo y nos pudiéramos repartir el trabajo.

Debía ser competente, no podía decepcionar a mi padre y creo que ha sido así desde entonces. Desde pequeña con ese piloto automático activado y bueno, salida de la Universidad con trabajo asegurado, una empresa que llevar y con dinero que manejar… eran muchas responsabilidades. En cierto momento, creí que podría con más, empecé una relación, nos casamos y tuvimos dos niños preciosos. Nunca dejé de ir a trabajar, ni siquiera embarazada, fue una gran carrera que no podía dejar pasar, incluso, en el hospital atendía el teléfono a la vez que daba de mamar a mis hijos, las dos veces, sí. Creí que dejaría de estar tanto en el trabajo, que podría delegar un poco más en mis compañeros y que podría disfrutar un poco más de mis hijos, en casa, pero no fue así para nada, todo lo contrario, donde más rendía era en el trabajo y como madre era un desastre absoluto.

Problemas en el matrimonio:

En cuanto me quise dar cuenta, el bufete ganaba prestigio y los clientes salían de allí tan contentos que lo recomendaban a sus amigos, familiares o a cualquiera que les comentaba que tenían un problema legal. Llegué a no tener horarios en el trabajo, podía terminar a las dos de la mañana cuando tenía un caso importante o debía prepararme para un juicio, para mí lo era todo y mi padre siempre llamaba para saber cómo iba, quería estar al tanto como jefe de la compañía. Estaba bajo mucha presión y sabía cómo actuar cuando las cosas se descontrolaban o había periodos de más estrés, era cuestión de tiempo que hubieran bajones y pudiéramos descansar un poco más.

Llegó un punto en el que hacía promesas que no podía cumplir, pasaba días sin ver a los niños y Steve y yo hacía tiempo que no teníamos una cena tranquila juntos en algún restaurante romántico, se me olvidaba que tenía una vida después del trabajo. Acababa tan agotada que solo tenía ganas de dormir. Él se estaba hartando. Y poco a poco, todo fue a peor. Por mí, supongo. Dejé de saber cómo actuar en casa, solo delegaba en el trabajo y ya no sabía muy bien cómo compartir mi tiempo con ellos, los vínculos que creamos en un principio, se fueron desatando, sin importar muy bien por qué. Le colgaba a menudo, como si hubiera perdido el interés y él casi nunca me cogía las llamadas. Nos volvimos como dos extraños que solo hablábamos para comentar cosas de nuestros hijos. Lo dejamos verbalmente hablando. Aunque jamás firmamos los papeles del divorcio, seguiríamos viviendo juntos por nuestros hijos, quizá cuando fueran más mayores y comenzaran a entender qué ocurría, cada uno podría irse por su lado. Cuántos más casos ganaba y mejor iba en el trabajo, más decepcionaba a mi familia, era agotador, pero me seguía decantando por el bufete, a veces, no entendía por qué. Lo que sí sabía era que nadie debía enterarse, siempre lo guardé en secreto.

Aquel día horrible:

Supongo que nada hubiera pasado si no me hubiera dejado las llaves en la oficina y si no me hubiera empeñado en quedarme una hora más. Tenía una cena con Steve y los niños que no quería perderme pero no podría abrir la puerta y entrar si no tenía las llaves, quería dejar de ser un desastre y recuperarlos. Subí a la oficina y busqué las llaves por todas partes, las encontré cerca de mi escritorio donde la recepcionista que mi padre contrató yacía muerta. Me asusté. Antes de darme la vuelta oí que había alguien más en la habitación que me obligaba a acercarme a la ventana, a abrirla y a subirme al borde sin girarme. Solo podía diferenciar su voz, pude saber que era serena, determinante, segura y no muy gruesa, me daba la sensación de que, aunque aquello hubiera sido un imprevisto para él porque no esperaba a nadie, sabía cómo llevar la situación y cómo quitarse de encima los problemas.

Y yo era uno. Oí cómo cargó la pistola, oí ese «click» detrás de mí. Estaba temblando por dentro, aunque queriendo mantener la compostura. Con los pies en el borde de la ventana, le pregunté por qué hacía aquello pero no obtuve la respuesta que estaba buscando. De alguna forma, esperé lo que me pidió poco tiempo después: que me tirara al vacío. Sin más preguntas. No sabía cómo entretenerle o hacerle cambiar de opinión, algo en mi interior me dijo que no podría, solo pensaba en que otra vez había fallado en mi promesa de cenar con ellos, Steve estaría furioso, pero suponía que esta sería una buena excusa, ¿verdad? Me giré para mirarle a los ojos mientras lo hacía. Recibí un tiro en el centro de la frente, sin más. Él no mostro ni una sola emoción mientras lo hacía, aunque solo le hubiese mirado por un instante.

Un futuro de promesas rotas:

Supongo que sí. Me fui siendo una mentirosa y rompiendo promesas. Y sí, era una adicta al trabajo, pero así era como me habían criado. Era infalible, ambiciosa, no quería fallar en ningún caso, para mí siempre había una salida para ganarlo, siempre. Y me conformé con verles acostados nada más llegar, en darles un beso en la frente y acostarme al lado de Steve en la cama mientras él dormía, sabiendo que estaría enfadado y al día siguiente empezaría una discusión desagradable por haber estado ausente un día más.

Ahora se debía de encargar de ellos solo. Aunque lo había hecho todo este tiempo. Lo único de lo que me arrepiento es de haberme ido estando enfadados, que esa mañana hubiera entre nosotros una muralla enorme y fuerte llamada ultimátum. Supongo que la oportunidad de hacerlo bien se había disipado ante mis ojos, aún queriendo hacerlo bien esa noche. No sabía si me harían una buena despedida, si llorarían en el entierro o si se sentirían aliviados de no tener que esperarme más. Es triste. Pero hacia donde voy ya no hay más compromisos ni preguntas que responder.


Puedes apoyar el blog a través de Patreon, escribo relatos cortos más elaborados y personales:

www.patreon.com/trackontime


Publicado en Personajes

Mariela: La Amiga que se Queda Atrás

Relato procedente: «Un Hasta Pronto«. Edad: 31 años.

Ciudad: Nueva York. Profesión: Diseñadora.

Descripción física:

Mi cabello castaño me llega un poco más abajo de los hombros, ondulado y difícil de gestionar a veces, necesita muchos cuidados pero jamás me lo cortaría, por nada del mundo. Mis ojos son verdes y mis labios finos, tengo la zona de la nariz y los pómulos llena de pequeñitas pecas que hacen que mi rostro se vea un poco más interesante, al menos, a mí me lo parece. Mi tez es un tanto oscura, me encanta ir a la playa y tomar el sol en los meses de verano, me lo paso de miedo surfeando con amigos. Suelo vestir bastante formal, normalmente, con tonos azules, blancos, negros o magenta, los tonos claros no me van mucho, pero sí los tacones.

Descripción de la personalidad:

Dicen que soy una chica algo borde, que siempre persigue lo que quiere, presumida, atenta y poco cariñosa. He sido muy ligona, sobre todo, en la época del instituto, nunca me ha gustado mucho comprometerme, ir de flor en flor es lo que más se ha acercado a mi carácter. Me importan más las cosas de lo que la gente piensa, soy bastante nerviosa y suelo pretender que nada me afecta para parecer más dura de lo que realmente soy. No me definiría como una persona sensible, pero sí fuerte mentalmente, nunca he sido llorona y siempre he conseguido cualquier cosa que he deseado, soy cabezota y lista, me gusta ser temeraria cuando la situación lo requiere e improvisar es lo mío, sobre todo, cuando a planes para salir se refiere.

Una infancia unidas:

Angelina y yo nos conocimos en el colegio. Nos mirábamos con recelo al principio, ella era muy reservada y yo era más extrovertida, tanto que me gustaba picarla quitándole sus dibujos o tirándole los libros, me gustaba verla reír y rabiar a la vez. Un día, después de un castigo en la clase de Biología, donde estuvimos las dos de morros porque creíamos concienzudamente que la otra era la culpable de lo que había ocurrido, salimos juntas del colegio, una al lado de la otra, dirigiéndonos a nuestras casas por la misma calle. Ella habló primero, me pidió disculpas por lo que había pasado y no pude hacer otra cosa que sonreírle, siempre era buena con todo el mundo y fue una de las razones por las que decidí meterme con ella, en primer lugar.

Descubrí que vivíamos a dos manzanas de distancia la una de la otra, así que, empezamos a volver juntas a casa. Al principio, no hablábamos mucho pero luego, no dejábamos de hablar ni un minuto, a veces, mi madre la invitaba a casa a merendar o su padre hacía lo mismo conmigo, nos pasábamos algunas tardes juntas y nos llamábamos antes de acostarnos para contarnos las últimas novedades en casa. De odiarnos pasamos a caernos bien y a hablar más seguido y de ahí, a ser inseparables.

Amigas para siempre:

Pasaron los años y ahí estábamos, siempre juntas. Hicimos un pacto, en el cual, prometíamos no separarnos nunca, ni siquiera cuando nuestras hormonas hacían que mantuviéramos una rivalidad enfermiza cuando se trataba de chicos, nuestra adolescencia se formó de cotilleos, cuchicheos, de chicos guapos, revistas de moda y momentos en los que nos sentíamos las reinas, nos conocía bastante gente, aunque a Angelina no le hacía mucha gracia, a veces, le gustaba tener su espacio y luchaba bastante contra su timidez, yo era más lanzada.

Pasamos el bachillerato juntas, de hecho, estudiábamos cada tarde codo con codo para sacarnos la selectividad, éramos las mejores de clase con diferencia y lo único que queríamos era salvar y evitar que la otra tuviera un suspenso, estudiábamos mejor juntas y lo sabíamos todo de ambas, incluso, nuestras debilidades. Quizá esto es muy típico pero, es cierto que éramos como hermanas y no nos separábamos nunca. Nos fuimos a la Universidad, estudiamos lo mismo y nos fuimos a vivir juntas, por supuesto, no soportábamos pensar que a alguna de las dos la mandarían a una residencia diferente y no nos podríamos ver tan de seguido pero, no fue así para nada, mi madre tenía algunos contactos allí e hizo lo posible porque viviéramos en la misma residencia. Íbamos a las mismas fiestas, conocíamos al mismo tipo de gente y teníamos los mismos exámenes, no nos aburríamos de ser, simplemente, nosotras.

Después de esto, nuestras vidas puede que cambiaran un poco y, debido al trabajo y a las tareas domésticas, no nos viéramos o estuviéramos tanto tiempo juntas como solíamos estar o hacer, pero nos llamábamos cuando no podíamos vernos y era reconfortante poder escucharnos durante, al menos, una hora. Ella siempre había sido mi confidente y sabía que si algo iba mal, Angelina siempre iba a estar ahí. Pero las cosas cambiaron radicalmente, sin siquiera predecirlo una mañana que vino a tomar café…

Un hasta pronto:

Llegó a casa, nerviosa, más callada de lo habitual, retraída y muy despistada, como si solo estuviera metida en su cabeza. No seguía la conversación y trataba de sacarle algo de información para que habláramos de algo pero yo sabía que no estaba bien, estaba diferente, ni siquiera risueña y solo asentía con la cabeza porque oía mi voz y no sabía cómo decirme lo que estaba a punto de salir a través de sus labios. Le pregunté directamente y confesó que iba a irse a Italia con su madre, tenía que cuidarla porque se había puesto enferma, no sabía si iba a tener mucho tiempo para hablar o estar con otras personas, debía dedicarse a su madre por completo, al trabajo que encontrase y a las tareas de casa, ya que, su madre no tendría fuerzas para hacerlas.

No sabía cómo lo hacía pero, Angelina siempre ponía a todo el mundo delante de sus propias necesidades y deseos, de hecho, había dejado su empleo y todo por lo que había trabajado en Nueva York sin ver si quiera otras opciones, iba a tirarse encima del tigre sin analizar la situación y todo porque sus hermanos se habían negado en rotundo, poniendo a Angelina en un compromiso, como hacían siempre. Odiaba aquello, odiaba lo que decía, pero no podía comentarlo, al menos, no en voz alta, la haría sentirse culpable. Una voz en mi interior me decía que debía apoyar su decisión y hacerle saber que hacía lo correcto aunque no me gustara el resultado. Iba a estar lejos, muy lejos, y no podría tener acceso a ella, no sabría cómo estaba y eso me preocupaba desmesuradamente, pero Angelina tampoco debía saberlo, solo le pedí que fuese yo la que la llevara al aeropuerto y que me gustaría que nos despidiéramos allí. Ella accedió sin problema.

Hice todo lo posible para que no se preocupara, mucho menos, por mí o por cualquiera de su familia, aquello no era nada y seguro que saldría todo bien sin ninguna duda. Aunque yo, sinceramente, tenía muchas que no pensaba decir en voz alta. ¿Había sido una buena amiga ocultándole lo que sentía sobre lo que estaba haciendo? Me sentí horrible y su abrazo fue como un adiós, un adiós definitivo que quise enmascarar con ese susurro en mi oreja que decía «hasta pronto», quería creerla, de verdad quería hacerlo y pensar que iba a estar aquí antes de lo que yo creía, seguro que estaba siendo una escéptica, aunque mi corazón dijera lo contrario. Me olvidaría. Por eso, estuve allí hasta que vi cómo desaparecía el avión entre las nubes.

Un futuro de incertidumbre:

Mi vida ha seguido exactamente igual que siempre, con el ajetreo en el trabajo, con las comidas familiares de los domingos, las citas insignificantes, los nuevos diseños y creaciones en el estudio de mi casa… Todo sigue igual. Ni una llamada, ni un mensaje, ni siquiera una carta o un recado de su parte, nada. Últimamente, siempre la tengo en la cabeza, aunque no directamente o como tema principal de todo lo que he de pensar o planificar, pero sí está en un rinconcito, en ese que siempre elijo escuchar y que, algunas noches, no me deja dormir. ¿Estará bien? ¿Qué estará haciendo? ¿Le habrá ido bien? Odio no saber nada y lo seguiré odiando, posiblemente, hasta que sepa algo o de ella o de lo que sea que esté haciendo, siempre será un interrogante en mi mente.

Desde que se fue vivo con este vacío, como si una parte de mí se hubiese ido. Antes, solía contárselo todo, ahora no puedo hacerlo. Digo que todo sigue igual pero no esta parte de mi vida, Angelina era la torre que nunca se caía, era una pieza clave a la que sabía que siempre podía recurrir y que me apoyaría, pero ahora, cuando cojo el teléfono es para volverlo a bloquear y dejarlo sobre la mesa porque no sé a qué número llamar… Supongo que, ahora mismo, he de vivir con ello.


Puedes apoyar el blog a través de Patreon, escribo relatos cortos más elaborados y personales.

www.patreon.com/trackontime


Publicado en Personajes

Audrey: El que tiene el Control

Relato procedente: «Una Vez Más«. Edad: 33 años.

Ciudad: Nueva Orleans. Profesión: Dependiente de tienda.

Descripción física:

Mi cabello castaño, es bastante corto, sin utilizar gominas, es maleable y se seca en un minuto. Mis ojos son azules, un tanto inexpresivos y mis labios son finos e incapaces de intercambiar una sonrisa, simplemente, no me sale natural. Mi tez es un poco morena, aunque no tanto como me gustaría. Tiendo a la delgadez y me cuesta mucho coger unos kilos, no soy de ir al gimnasio ni tampoco de ningún deporte, lo de presumir no es lo mío. Suelo vestirme con cualquier cosa que pillo, no me paro a reflexionar o a combinar colores, me cansa.

Descripción de la personalidad:

Soy callado, pero nada tímido. Bastante solitario y me dejo llevar por mis instintos más primitivos, aunque no suelo comentarlo o dejar que nadie me vea enfadado o triste, soy un hombre de pocas explicaciones y expresiones. Me gusta observar, mientras pienso con rapidez, necesito sentir el control en los demás, me encanta saber que otros dependen de mí, de mis decisiones y no considero el ser dependiente, aunque viva en un piso mugriento y sin muchos muebles. Podría definirme como minimalista y pobre, tengo lo que necesito cuando lo necesito y no me gusta ir pidiéndolo, sino ir a por ello. No tengo demasiados objetivos en la vida pero sé muy bien quién soy aunque no lo parezca a plena vista.

Emociones reprimidas:

Cuando era niño, no era para nada problemático, pero sí muy callado, diría que mucho más que ahora. Jugaba y observaba mi alrededor en silencio, sin que nadie se diera cuenta de que yo estaba allí, escuchando. Siempre me preguntaban por qué no hablaba, era como si me hubiese comido la lengua el gato, un gato que no tenía porque había muerto no hacía mucho. Yo sabía quién lo había matado, lo había visto desde la ventana de mi cuarto, pero no quise contarlo, ni siquiera a mi madre, mi fiel confidente, por aquella época. Oía a mi padre gritar, a mi madre caer al suelo haciendo un estruendo, solía temblarme el labio inferior cuando esto ocurría, igual que mis manos, queriendo no escuchar pero prestando la mayor atención posible. Podría parecer contradictorio pero, así era yo, me aislaba pero quería entender.

Esos gritos fueron en aumento. Primero, mi padre quería que me comiera los cereales, daba golpes en la mesa, oía su aliento en mi nuca, cómo su saliva salía disparada de su boca y terminaba cayendo en el plato. Seguidamente, mandaba a mi madre callar cuando me protegía, me tiró todos mis juguetes porque salí al jardín cuando él me lo había prohibido y porque bajé al sótano donde vi al gato Salem diseccionado en una de las mesas de trabajo de mi padre. Me dejó moretones por ambos costados de mi cuerpo, esa paliza me dejó temblando durante un par de días. Nunca dije nada. Ni a mi madre ni a los profesores, ni siquiera a mis compañeros de clase, ya creían que era raro, solo tenía que darles más razones… Me reprimí tanto y vi tanto de lo que no quería hablar, que me creé mi propia burbuja para vivir a mi manera, dentro de mi mente, en silencio en el único lugar seguro que conocía.

Primera víctima:

He de reconocer que me atrajo la muerte del gato Salem. No pude dejar de ver cómo mi padre le retorcía el cuello, no podía apartar la vista de ello. No puedo describir qué fue lo que más captó mi atención, si sus ojos apagándose o ese control que ejercía él sobre el animal lo que me tenía obsesionado. No dejaba de pensar en ello, así que, decidí probarlo. Podría decir que el gato del vecino, el Señor Whitely, como ellos le llamaban, fue mi primera víctima. Lo cogí una tarde que saltó a nuestro jardín, le encandilé con un poco de la comida que solía comer Salem, se acercó al instante, con confianza. Le cogí con ambas manos, lo acosté forzándole un poco y noté ese subidón al tenerle entre las cuerdas, al ver cómo se removía sin poder soltarse. Yo tenía el control. Yo tenía el poder. Una de mis manos se acercó a su cuello, apreté un poco con fuerza y noté que el animal empezaba a ahogarse. Mis ojos se abrieron un poco debido a la excitación, al igual que los suyos debido a la falta de aire. Apreté un poco más y, con un pequeño movimiento de muñeca, su cuello se partió. Whitely no pudo hacer nada, yo había decidido sobre su vida. Era como un juez. Podía controlar la vida ajena. De eso me di cuenta, tenía ocho años.

No hablé sobre la muerte del gato Whitely, ni siquiera cuando los vecinos vinieron a nuestra casa preguntando por él y mostrando preocupación creyendo que se había escapado y que llevaría horas entre casa y casa. Me sorprendió mi reacción, sonreí hacia mí mismo, sintiéndome poderoso. Algo que se volvió un tanto adictivo.

Una tiranía erradicada:

Mi padre había forjado una tiranía insoportable en nuestra casa. Mi madre se movía cabizbaja, llena de moretones. Él, autoritario y violento, decidía sobre todo sin dejar libertad de decisión a nadie más, era rey de su propio imperio y los demás, debían servirle. Mi madre trabajaba como una mula, echaba horas en el restaurante, incluso, hacía extras para pagar todos los gastos, mientras él se atiborraba de cerveza y alitas delante de la tele cada noche con sus amigos. Me duchaba, me ayudaba con los deberes y me llevaba al colegio, mientras él se iba a almorzar y a ligar con la camarera. Mi madre cocinaba, limpiaba y se pasaba horas ocupándose de casa, mientras él esperaba la cena cruzado de brazos sentado a la mesa con tenedor y cuchillo en mano. Era un cerdo. Un cerdo malcriado y mediocre. Mi madre lloraba. Lloraba sin parar, no había noche que no lo hiciera y no había día que no recibiera una paliza. Aquello era horrible. Y tenía que parar. Alguien tenía que obligarle a parar.

Tenía doce años y recuerdo muy bien ese día, ese momento concreto porque fue el mejor de nuestras vidas. Todo fue como siempre, desde el desayuno a la comida, las clases, los deberes, la siesta de una hora y la ligera cena que mi madre me preparaba para que no tuviera gases y durmiera mejor. Era un día más, un día como cualquier otro en el que miré a mi padre y dije «ya basta». No sé cómo se me cruzaron los cables o en qué momento pensé en ello pero, simplemente, acuchillé a mi padre mientras dormía, mi madre gritaba y la sangre brotaba de su cuello. Esperé al otro lado de la habitación a que dejara de gritar y de agarrarse la herida, había visto en las películas que una herida así no se curaba y menos sola, iba a desangrarse. Y así lo hizo, sin más. Mi madre no se movió, ni siquiera llamó a la policía. Esperamos juntos a que su vida se disipara para poder vivir y respirar.

Muertes en serie:

Ahora, con 33 años, podría decir que me llamo Audrey y soy adicto. Podríais pensar que me drogo o fumo más de lo debido, quizá que estoy enganchado a los videojuegos o que me obsesionan los programas de la televisión, pero el tipo de adicción que tengo es especial, es diferente y muy pero que muy interesante. Ni siquiera fue algo planeado, simplemente, ocurrió. No aguantaba vivir con mi madre, solía tenerme muy vigilado, sobreprotegido, no me dejaba respirar, así que, le dije que iba a independizarme y tenía un objetivo en mente, para trabajar y tener una vida propia, aunque fuera un simple dependiente de tienda. Preocupada, asintió y me dejó ir después de largas conversaciones e infinitas dudas de cómo y dónde iba a vivir con lo difícil que era pagarse los gastos y tener casa propia. Descubrí que tenía razón.

Pero habían bloques de edificios donde solían vivir ocupas, no había luz ni agua, pero podía apañarme durante un tiempo. Quería seguir un objetivo, quería ser yo mismo, experimentar. Quería sentir ese control de nuevo, ese poder al tener a otro suplicando por su vida, haciéndote partícipe de la decisión, de la última y única decisión sin saber si voy a tener compasión y le voy a dejar ir o va a terminar muerto en esa habitación casi vacía, con la poca luz que entra de la calle y una muestra de su sangre en mi cuchillo. Siempre caen. Siempre creen que les soltaré y siempre creen que salvarán su vida. Tiene gracia porque he descubierto cuál es mi deporte favorito.

Una vez más:

Una vez más, maté. Sin mostrar compasión, con determinación, sin un solo temblor en las manos, con la decisión firme. Caían unas gotas de sangre del cuchillo, mientras le miraba fijamente. Me sentía tan pleno, que no podía apartar la mirada, ni siquiera oí las pisadas detrás de mí, tampoco su voz suave y cercana, ni siquiera sentí su mano posada sobre mi hombro mientras decía mi nombre. Era como si mi cuerpo se hubiese transportado a otro mundo, como si nada más que lo que estaba ocurriendo tuviese cabida en mi mente o en mi espacio.

En cuanto el cuchillo la atravesó, mis ojos se encontraron con los de ella, casi sin vida, desvaneciéndose. Era mi madre, cayendo hacia atrás y cayendo al suelo. Pero ni siquiera me asusté, no me inmuté, lo único que tenía claro era que tenía que irme de allí, lo antes posible. Desde ese momento sí he sentido su ausencia, la falta de consejo, esa mano cálida sobre la mía cuando me decía que me quería aunque sabía que yo no podía expresar lo mismo o más bien, no sabía cómo hacerlo. Me comprendía. De alguna forma, sabía de lo que era capaz tras haber matado a mi padre pero nunca lo había visto en vivo, con sus propios ojos. Mi reacción fue una respuesta de mi instinto y un error, creí que era algún idiota de los del piso de abajo y no quise que viera el cadáver que tenía cerca de mis pies, jamás imaginé que fuera ella, ¿cómo encontró este sitio? Nunca debió acercarse.

Un futuro en otra ciudad:

Suelo moverme mucho de ciudad. No necesito mucho para vivir, solo un trabajo cualquiera que pueda mantener durante unos meses para hacer lo que hago y seguir en otro lugar a la otra punta del país, quizá irme a otro durante un tiempo y estar un tomando el sol mientras me tomo un Martini. Lo cierto es que no me importa. Voy al aeropuerto, compro el primer billete que sale a la ciudad más lejana y me embarco como cualquier otro turista, sin maleta, solo una mochila con algunos útiles de baño para asearme, no necesito más.

Me siento en una silla mientras espero subir al avión. Hoy es Los Ángeles, seguro que encuentro algo divertido que hacer allí hasta que otro lugar espere mi llegada. Me mantengo activo y conozco a mucha gente, nadie podría decir que soy como soy, así que, puedo tener el futuro que yo quiera e ir donde quiera, supongo que el mundo es muy grande,


Puedes apoyarme en el blog a través de Patreon, escribo relatos cortos más elaborados y personales.

www.patreon.com/trackontime


Publicado en Personajes

Nazel: Atrapada en la Melancolía

Relato procedente: «Melancolía«. Edad: 24

Ciudad: Manchester. Profesión: Bibliotecaria.

Descripción física:

Mi cabello negro y largo hasta más abajo de los hombros, es sedoso y muy fino, tanto que una goma o un gancho no pueden cogerlo demasiado bien y suele caer, así que, siempre lo llevo suelto. Mis ojos son de un tono verdoso, mi piel es bastante pálida y me gusta vestir con unos vaqueros rotos, unas converse, cualquier camiseta negra que encuentre por el armario (casi todas las que tengo son negras) y una chaqueta de cuero un poco desgastada ya pero que me abriga y me hace sentir segura. Siempre he tenido unos quilillos de más, me los quise quitar durante mucho tiempo, me minaban la autoestima y no me veía bien así pero, hará algunos meses que he adelgazado bastante y lo único que me gustaría recuperar serían esos quilillos.

Descripción de la personalidad:

Siempre me han considerado una chica bastante seria y reservada, amiga de sus amigos y que hace favores a quién necesite, lo cual, ha provocado que no me haya dedicado mucho tiempo a mí misma estos últimos años. Soy complaciente, sincera, leal y un tanto confiada, diría que demasiado, siempre me estafan o terminan burlándose de mí por algo. Pero creo que me he considerado una persona oscura en el sentido de tener una tristeza y melancolía impropias de mis primeros 15 años de vida, siendo risueña y casi siempre riendo. Una de las palabras que también utilizaría para definirme sería “lectora empedernida”, al ser bibliotecaria puedo tener acceso a todos los libros que quiera leer y eso me anima a leer todavía más, es un plus.

Una infancia feliz:

He tenido esa infancia propia de los niños, feliz, siempre jugando, sonriendo, haciendo unas cuantas gamberradas y persiguiendo a mis compañeros de clase, los cuales, muchos de ellos, se convirtieron en amigos para toda la vida, de hecho, aún mantengo contacto y muy buenos recuerdos. Mi vida siempre fue sencilla, creo que muy normal y mis padres siempre se llevaban bien, al menos, a mis ojos. No he tenido a nadie con quién pelearme por cogerme la ropa del armario o robarme los cepillos del pelo porque soy hija única y mis padres nunca pensaron en tener a otro hijo, lo cual, de cierta manera, me ha facilitado las cosas.

Sacaba buenas notas, mis cumpleaños eran de ensueño, jamás he odiado una festividad y siempre he creído que yo había nacido para ser grande, no sé si, en cierto modo, lo he conseguido. Diríamos que no ha habido nunca nada raro que pudiera afectarme excesivamente o que tuviera una razón de peso para estar triste o apesadumbrada, melancólica o distante, siempre he sido alguien bastante positiva y entregada a los demás.

Un adiós sincero:

Me ha gustado mucho conocer gente nueva y algunos del grupo de clase con los que solía ir, empezaron a salir con algunos de cuarto curso, se cayeron bien e iban a pubs juntos, incluso, se pasaban hierba alguna que otra vez, creo que esa fue la principal razón de todas las razones por las que decidieron hacerse amigos. Así es como conocí a Steve. Alto, cabello castaño, ojos penetrantes, sonrisa perfecta… bueno, ya sabéis cómo va. Tu mirada se posa en alguien y ya no te puedes olvidar. Fue una atracción casi instantánea, en el mismo momento en el que nos presentaron, unos meses después él también lo reconoció, mientras estábamos bajo las sábanas riendo por alguna estupidez que se le había ocurrido. La cuestión era que me lo pasaba muy bien con Steve, era amable, sincero, entregado y dotado de lealtad, pero lo más importante, respetaba a los demás, nunca le respondía mal a nadie, no tenía rencor ni odio por nadie, era muy tranquilo y eso me embriagaba de serenidad, algo que a veces, no lograba mantener a lo largo de la semana.

Creo que por eso, fue tan doloroso. Al parecer, no podía dormir, yo no lo sabía y ni siquiera lo había notado en él, estaba como siempre. Nunca había conocido una faceta en Steve donde tuviese que pretender estar bien porque siempre lo estaba, me equivoqué. Su madre me contó que fue al médico para que le recetara unas pastillas para dormir. Consiguió hacerlo, lo cual, alegró a sus padres pero no sabían el enganche que estas podían causar. Debía de tomar media cada noche pero empezó a tomarse una entera, luego una y media, después dos y se aumentaba la dosis, incluso, durante el día. Acabó tan enganchado que tenía lagunas, le fallaba la memoria a menudo y estaba muy despistado, a veces, se saltaba un par de horas de clase y luego aparecía algo atolondrado pero sonriente, como si no pasara nada porque nadie tenía ni idea, por eso nadie pudo ayudarle.

Una mañana, sus padres encontraron a su hijo tirado en el suelo del baño con un bote de pastillas vacío en su mano. Los servicios médicos intentaron reanimarle pero fue tarde, al parecer, ya llevaba cuatro horas muerto. Nadie entendió por qué tomó todas esas pastillas, qué le vendría a la mente en aquel momento para hacer lo que hizo y seguimos sin saberlo, tan solo nos miramos cuando nos encontramos por la calle, sabiendo que nuestras vidas ya no van a ser las mismas sin Steve. Creo que después de siete años, todavía nos sentimos así. Le di un adiós sincero en su entierro, cuando todos nuestros amigos y familiares se fueron, pero no pude recuperar el aliento hasta pasado un año, en el cual, no quería comer, beber o salir de casa, solo quería estar durmiendo y despertar para volver a recordar que ya no estaba con nosotros. Fue un año duro. Mi madre insistió con que fuera a un psicólogo para poder recuperarme del trauma y así fue, sigo recordándole pero de otra manera.

Muerte sin avisar:

Pasados unos cinco años de esto, empecé a ir a unas clases para hacerme bibliotecaria, tenías que pasar unos exámenes algo complejos para poder estar rodeada de libros y en silencio todo el día. A mis padres les hubiese gustado que fuese a la Universidad y hubiera estudiado algo más interesante y que proporcionara una economía mejor, pero no me gustaba ninguna de las carreras que habían marcadas en ninguna de las universidades, así que, esta era la mejor opción para mí. Fue entonces cuando mi madre fue al médico a hacerse un análisis de sangre, recuerdo que llegaba tarde y que estaba algo nerviosa porque era una maniática de la puntualidad, esa mañana nos reímos de ella y con ella y luego se fue al centro médico. El día fue genial porque esa misma tarde fuimos al cine y a cenar unos burritos, fue una noche de diez.

Mi madre recibió la llamada una semana después de hacerse la prueba, el médico le dio la noticia de que tenía leucemia, que estaba muy avanzado y que no podían hacer nada por ella, los síntomas coincidían, así como las pruebas realizadas, no había ninguna duda, le dieron unos cuatro meses de vida, como mucho, podría ser antes o después de lo esperado. Nos dio la noticia y sentí todos esos sentimientos que me embriagaron con la muerte de Steve, todo ese vacío, esa tristeza desmesurada, esa melancolía que estaba a punto de volver a sentir, sabía que se acercaba a paso rápido y que no podría pararla, así que, me preparé como pude. Esperaba que se acostase y esperase a la muerte llamar a su puerta, pero dejó una nota antes de suicidarse diciendo que no iba a esperar, que se iba a ir ahora que podía y aún se sentía relativamente bien. De un día para otro, sin más. Con solo una nota, sin una despedida digna, al igual que pasó con Steve.

Atrapada en la melancolía:

Pude sentirla nuevamente, hacerse partícipe de mi cuerpo. Estaba segura de sí misma una vez más y quería formar parte de mis rutinas, forzándome a estar más tiempo en la cama que dando vueltas por casa, siendo acompañada por mi padre que, muchas veces, se quedaba dormido a mi lado por si volvía a entrarme otro ataque de pánico sin avisar. Mi cuerpo se sentía pesado, mi respiración se entrecortaba cada vez más, no podía controlar ese corazón acelerado y esa angustia que sentía en mi interior. Solo quería llorar, como si mi cuerpo no pudiese expresarse de otra forma, como si esa fuese la única salida que tenía para permanecer conectado.

Dos situaciones tristes, muy intensas, fuertes, creo que impactantes. Quizá hicieron que se carácter risueño se volviera más amargo, que esas sonrisas se volviesen mueca y que esas risas, lágrimas. Llamé a la psicóloga para volver a empezar la terapia, sintiéndome otra vez perdida y desplazada de quién soy.

Un futuro de superación:

Creo que me he dejado llevar aceptando que esa melancolía ahora forma parte de mí y puede que durante algún tiempo sea mi compañera. He de aprender a comunicarme con ella, a sentirla y dejarla fluir, a no rechazar lo que propone y saber que solo es una emoción que puedo sentir en un determinado momento, en el cual, no determina mi felicidad entera el resto de días. Supongo que, hay años que son más duros que otros y eso no está mal, debemos tener de todo en la vida para que tenga cierto significado y quizá, aprender algo en nuestra estancia aquí. No es mucho pero, es un avance en mi recuperación.

Supongo que aún me quedan cosas por asumir y que aceptar, dos vacíos así no se pueden llenar de la noche a la mañana y mucho menos, con cualquiera o cosas insignificantes, hay que saber convivir contigo mismo y con esos malos momentos que te hacen cambiar de humor o no sentirte del todo bien. Hay días y días, en cualquiera puedes ver a tu madre caer y otra, un sol brillar por la ventana y una energía que te permite hacer de todo y no parar. Todo es cuestión de perspectiva, ¿no?


Puedes apoyar el blog a través de Patreon, escribo relatos cortos más elaborados y personales.

www.patreon.com/trackontime


Publicado en Personajes

Nell: La que Percibe la Oscuridad

Relato procedente: «Oscuro». Edad: 26 años.

Ciudad: Michigan. Profesión: Estudiante.

Descripción física:

Mi cabello es de un color anaranjado combinado con dorados en las puntas, casi no se ven, tan solo cuando me da el sol. Mis ojos son de un tono verdoso oscuro, un tanto intensos y dando la sensación de ternura que mi abuela materna siempre solía notar cada vez que iba a su casa. Mis labios son finos, no me pongo demasiado pintalabios, tan solo toques muy claros para que no se note demasiado, no me gusta llamar mucho la atención con el maquillaje. Mi piel es un poco oscura gracias a los veranos en España que solemos apreciar mi familia y yo cada año, pero tiendo a tener casi siempre los pómulos y la nariz bastante rojos debido al frío que suele hacer fuera en invierno. Tengo un peso bastante adecuado creo y me cuido bien, según tengo entendido, así que, suelo vestirme con camisetas tipo vintage con colores estridentes u oscuros, depende del día y unos pantalones vaqueros por lo general rotos y que no definen demasiado mi figura. En cuanto a zapatos, siempre prefiero llevar algunas bajitas, como las Converse, las Vans y, alguna que otra vez, me pongo unas Doctor Martens por darle un aire distinto a mi estilo.

Descripción de la personalidad:

Mi abuela siempre dice que soy muy buena niña, que de tan buena que soy, pego por inocente y reservada cuando veo que mi alrededor no va en mi misma sintonía. Soy bastante sensible e impresionable, enamoradiza y un tanto desconfiada, aunque intento no serlo por todos los poros de mi piel, tratando de mostrar la mayor parte del tiempo naturalidad y compromiso con los demás siempre que tengo oportunidad. Me gusta tener tiempo y espacio para mí misma, muchas veces, me retraigo más de lo debido y, otras veces, puedo ser totalmente extrovertida, no entiendo esa ambigüedad que me caracteriza en ciertas ocasiones, no sé por qué soy como soy y me gusta preguntarme cosas constantemente, siempre queriendo saber por qué el mundo es mundo y por qué las personas somos como somos, diría que soy una curiosa del comportamiento humano.

La niña buena de la familia:

Al leer esto, quizá creas que he sido una niña mimada durante gran parte de mi vida y que todo el mundo a mi alrededor ha trabajado para complacerme y hacerme feliz, pero no ha sido así en absoluto. Sí que es verdad de que he gozado de muy buena salud, buenos amigos, gente cercana y cariñosa la mayor parte del tiempo y mi infancia ha sido muy feliz, pero no he dejado de complacer a los demás ni un minuto, o así es como lo he sentido. Llegó el día en el que fui algo más mayor y, con ello, algo más importante, sobre todo, en la granja de mis abuelos y, algo después, en casa de mis padres, de hecho, quería ser un pilar fundamental como lo fue mi abuela y después mi madre. Tuvimos momentos y roces pero nos terminamos tolerando, me gustaba colaborar en casa y tenerlo todo ordenado, quizá demasiado bajo control.

En la granja se aprovechaban de mi buena fe al dejarme siempre las tareas que solía hacer como ayudante para mí, incluso, los días en los que no podía ir o tenía muchos deberes como para ocuparme tan solo porque les acostumbré demasiado a hacerlo yo, siempre decía sí a todo, incluso, cuando iba estresada y me ahogaba con los exámenes finales, no importaba si volvía a casa a las doce de la noche y todos estaban durmiendo, estaba haciendo algo que beneficiaba a la familia. Mi abuela no estuvo demasiado bien del corazón una temporada, así que, mis padres me confiaron todos sus cuidados personales, mientras ellos se ocupaban de su economía y negocios que tenía con otras granjas. A simple vista, podía resultar sutil y poco importante, incluso, altruista, pero tras ello podía esconderse un alto nivel de aprovechamiento. Por ello, siempre he sido la niña buena, porque me necesitaban y yo les daba lo que me pedían sin rechistar, con el «sí» por delante y el trabajo sin amontonar porque yo era muy organizada.

Estudios y trabajo:

Mi familia siempre se ha caracterizado por ser bastante humilde, a pesar de llevar una granja y un campo del cual, vender frutas, verduras y leche. Teníamos mucho que hacer, cada día era diferente y llevábamos gran cantidad de comida allá dónde íbamos para ganarnos algo de dinero. Yo seguía estudiando pero tenía un legado del que trabajar, que sacar adelante y era hija única, por lo que, tenía que apechugar y, aunque estudiara en el instituto del pueblo más cercano, también debía hacer horas en la granja y el campo, ese era también mi deber. No puedo negarlo, era duro, pero al menos, tenía algunas horas por las tardes para observar lo que pasaba alrededor de casa cuando mis padres no estaban, me gustaba observar a los vecinos, sus vidas, discusiones, alegrías, bajones, hábitos y momentos de tensión.

¿Por qué les observaba, preguntáis? Porque su vida era más interesante que la mía o, al menos, así lo veía yo. Me gustaba saber en qué gastaba la gente rica el dinero, dónde iban los jóvenes de familias de nivel económico medio a pasar el día, qué niños y jóvenes estudiaban en universidades privadas mientras leía folletos por simple curiosidad para saber qué asignaturas diferentes tenían de las mías y a qué vecinos les gustaba trabajar hasta tarde, eran alcohólicos, tenían discusiones de pareja y qué familias no soportaban mirarse a la cara a la misma vez que lo escondían a la hora de comer. Era divertido, un mundo fascinante, en el que podía imaginarme sus vidas como quisiera y podía obtener la información que quería. ¿Era una cotilla? Puede parecerlo pero, como dije, tan solo soy una observadora del comportamiento humano.

El suicidio:

Vi a ese vecino que siempre trabajaba hasta altas horas de la madrugada, no sabía muy bien si era periodista, escritor, editor de vídeos o abogado, la cuestión era que se pasaba la mayor parte del tiempo escribiendo, escribía sin parar y quizá cuando llegaba la noche era cuánto más inspirado estaba para hacerlo. Muchas noches, me resultaba curioso ver cómo trabajaba, concentrado, cómo movía el bolígrafo de rápido, cómo las palabras parecían fluir de su mente y la pantalla del ordenador le daba una especie de brillo en sus ojos azules. Podría parecer una acosadora y supongo que es lo que se puede entender a simple vista pero tan solo me gustaba poner los ojos en los demás y saber un poco más de ellos, ya que, sabía que no sería muy posible entablar conversaciones con ellos debido al poco tiempo del que disponía tanto yo como ellos, aunque algunas veces sí nos saludáramos por la calle…

Esa mañana le vi. Estaba sentado en una silla de madera blanca con sus ojos puestos en algo que tenía en la mano, algo que resultó ser un arma y, desde luego, era algo que no esperaba para nada. Parecía que viniese o estuviese preparado para irse a una boda, dado que, estaba muy bien peinado y vestía un traje de color gris bien planchado y ajustado a su cuerpo, elegante, con mocasines negros incluidos. Puso el arma en su sien izquierda y se pegó un tiro, tal cual. Cerré los ojos tan fuerte que me hacían daño, los volví a abrir cuando aquel ruido sordo desapareció y me encontré con una silla vacía en el piso del vecino.

¿Qué hace una niña buena como yo si ve algo así? Se va corriendo a ver qué ha podido ocurrir y para ver en qué puede ayudar a la persona supuestamente muerta o herida, de hecho, no le había visto ni siquiera caer de la silla. Llamé a todos los timbres de los pisos pero nadie respondió, como si se hubieran puesto de acuerdo para irse el mismo día a la misma hora y no abrirme la puerta, así que, aporreé la del portal fuertemente para ver si alguien podía abrirla y dejarme entrar para comprobar si ese hombre estaba bien y, si no, llamar a alguien para que viniera a recogerle. Dio la casualidad de que sí me abrieron la puerta. La abrió el mismo hombre que había visto pegarse un tiro unos minutos atrás. Me quedé perpleja, sorprendida y no cabía en mí de preguntas, de hecho, me sentía abrumada y descompuesta, por lo que, al no saber muy bien qué decir, me fui corriendo a mi casa, cerré la puerta de mi cuarto rápidamente e intenté respirar, estaba muy nerviosa.

Volví a escuchar un ruido, por lo que, me asomé poco a poco a la ventana y levanté la vista. Vi a ese hombre una vez más, sentado en la silla, poniéndose el arma en la sien izquierda. Antes de que apretara el gatillo, grité hasta quedarme sin voz ni aliento. Los abrí de repente, tocándome la garganta, algo seca y raspada, y tan solo pude ver esa silla blanca. Vi a alguien salir del portal. Me asomé y le vi salir de él tan campante, como si no pasara nada, seguía vistiendo de traje y desaparecía al final de la calle con un deje estiloso y elocuente. Sorprendida, me dejé caer al suelo y me tapé los ojos con las manos al no creer nada de lo que estaba viendo.

Un futuro de oscuridad observada:

Un tiempo después, vi a otra vecina que colgaba una cuerda en el techo y en la que se ahorcó, pude presenciarlo unas diez veces, hasta que dejé de mirar a su ventana. También vi a una niña pequeña que tuvo una muerte súbita mientras su madre la cogía en brazos de la cuna, lo presencié cuatro veces, hasta que logré apartar la mirada y la posé en otro lugar. Vi a una pareja tirarse cosas la una a la otra, gritándose tan fuerte que dolía escucharles, hasta que la mujer le propinó diez cuchilladas con una cara de sádica absoluta; lo presencié cien veces hasta que asumí que la vida y las personas eran crueles y que así era el mundo. Pero, no pude más y me cambié de habitación, mis padres dejaron que durmiera en la de invitados que daba a una zona arbolada donde casi no pasaba nadie y donde podía despejar mi mente más fácilmente.

Puede que esto sea temporal. Puede que yo pueda ver la muerte, pueda sentirla, pueda obtener esa información de esa gente ya olvidada y que sigue estando presente a través de mí, puede que aprenda a lidiar con ello o que, simplemente, me vuelva loca. ¿De dónde me venía aquello?, ¿mi madre y mi abuela también lo sufrían o solo tenía que ver conmigo?, ¿quizá tenía una oscuridad interna que nadie más podía ver o sentir nada más que yo? Y… ¿por qué yo?


Puedes apoyar el blog a través de Patreon, escribo relatos más elaborados y personales:

www.patreon.com/trackontime


Publicado en Personajes

Aiden: El Malvado

Relato procedente: «Malvado«. Edad: 32 años.

Ciudad: Seattle. Profesión: Desconocida.

Descripción física:

La verdad es que estoy muy bueno, ya sabes. Hago ejercicio, me mantengo en forma, imagínate al típico tío de cabello negro intenso, con ojos verdosos, labios finos y atrayentes, con una mandíbula algo marcada y piel suave, aromática, siempre con algo de fragancia en mi cuello y vestido con ropa algo ajustada y una chaqueta con capucha que suelo ponerme cuando empieza a hacer más frío o viento. Me gusta que se marquen mis mayores atributos, tengo un trasero perfecto y unas manos que a nadie le gustaría que se las quitara de encima.

Descripción de la personalidad:

Según mi hermana, soy bastante inmaduro, egocéntrico y egoísta a morir, ¿por qué no? No me gusta asumir responsabilidades, mucho menos, de otros y tampoco tratar de convencer a los demás de algo que no soy, cambiar para ser otra persona está sobrevalorado y es un cliché que no va conmigo. Me gusta flirtear con cualquier chica, pasarlo bien, levantarme tarde, tomar tanto café como puedo, dejar las cosas para mañana siempre y molestar cuanto pueda a mi hermana, ha sido muy pelma. Adoro el sexo, las mujeres y no me gusta mucho el rock, prefiero el punk, odio bailar y tengo debilidad por los calcetines altos, no preguntéis por qué, creo que es una manía que que traigo de niño, nunca me verás llevar calcetines cortos o de deportista, son incómodos, me pican y no parece que lleves calcetines.

Una infancia tortuosa:

No me gusta recordar esta parte de mi vida, creo que lo he intentado tantas veces que, por ello, cada vez que vuelvo a esta noto que debo hacer un mayor esfuerzo porque viene a mí entre borroso y poco esclarecedor. Mis padres murieron en un accidente de coche cuando yo tenía unos doce años, nos mudamos a casa de mis abuelos y estuvimos allí un tiempo, en el cual, me pasaba la mayor parte de los días mirando por la ventana de mi habitación de pie, justo en medio de la habitación, a veces, me sentaba pero no me apetecía demasiado. Era como si estuviera hipnotizado, como si fuera en busca de algo o alguien y no pudiera encontrarlo de ninguna forma, sabía que no iba a verle o saber de él, pero allí estaba, de pie mirando a la nada.

Cuando murieron nuestros abuelos a la edad de 21 años, empecé a trabajar para llevar la casa hacia adelante, tenía unos 4 trabajos, mientras mi hermana iba al instituto. Seguíamos viviendo en casa de nuestros abuelos y tratando de hacerlo lo mejor posible, no mentiré, esa vida era una mierda y sigo pensándolo. Caí en las drogas porque necesitaba mantenerme despierto, concentrado, era mi responsabilidad que mi hermana y yo tuviéramos lo suficiente, al menos, para alimentarnos ya que nadie iba a hacerlo por nosotros. Primero fueron unas pastillas que me despejaban increíblemente, a decir verdad, las he echado de menos, luego lo alternaba con cocaína, para mí era suficiente y estaba más que justificado el por qué lo hacía.

Grandes caídas:

Mi hermana decidió ir a la Universidad, así que, ella empezó a trabajar en una tiendecita de dulces cerca de casa de nuestros abuelos, mientras yo seguía con los 4 trabajos, ahogado y atado de pies y manos. Dormía poco, comía rápido, no hablaba casi nada y tenía unas ojeras que podía espantar a un gato. Ahorré muchísimo y gasté otro poco en drogas, por supuesto, se creó una fraternización con ellas, empecé a verlas como algo necesario para hacer frente al día y estar despejado. Recuerdo que, a los 28, mi hermana llegó a casa de trabajar y me vio tirado en el suelo, llamó a urgencias y me dijeron que había sufrido un infarto, debido a las dosis de porquería que me estaba metiendo y durante tanto tiempo. Por lo que, no tuve más remedio que meterme en rehabilitación y dejar los trabajos por completo, ya no podía seguir haciendo dinero y manteniendo la casa, así que, le tocó a ella hacerlo por los dos.

No estuve en casa durante unos 3 años, puedo decir que dejé de ser el mismo, me notaba diferente, más callado, cabizbajo, metido en mis cosas y bastante pasota, me volví egoísta y poco auto crítico. Según qué persona, la cercanía a la muerte se la toma de una manera y la mía no fue para nada reveladora o enriquecedora, ni siquiera me animó a ser más activo, tener una vida más saludable y comer vegetales a dos manos, sino a todo lo contrario. Me dejó hecho polvo y sin capacidad de organización, no tenía otra cosa mejor que hacer que ver a mi hermana graduarse, empezar a formarse una vida propia y tirar de mí mientras me revolvía entre las colchas de pesadilla en pesadilla. «El pobre Aiden», podría estar pensando y no quería ni que se le pasara por la cabeza, no quería darle lástima, odiaba dar lástima. Y siempre lo notaba cuando me miraba, movía la cabeza en señal de tristeza, como si mirara a un fracasado.

Decidí empezar a entrenar, era lo mejor que podía hacer para que mi cuerpo volviera a la normalidad, al menos, un poco. Mi hermana se sacó su título de Medicina y me dejó un poco en paz porque veía que hacía algo. Quería que trabajara, que rehiciera mi vida pero yo, por alguna razón, nunca he querido volver a hacerlo, quizá por miedo a a recaer o puede que por evitar volver a ese lugar donde dicen que van a hacer que vuelvas a ser un hombre renovado y derecho, sano y con mirada hacia el futuro, esas chorradas no había quién se las tragase…

Un ser malvado:

No sé qué me impulsa a ser así, a comportarme de la forma en la que lo hago. Mi hermana siempre me decía que aquel infarto y el consumo de drogas exagerado hizo que se me friera el cerebro y el corazón, que puede que ya empezara a cambiar en el momento en que me tomé la primera pastilla para despertarme, quizá fuera eso, quizá tuviera razón. Había algo dentro de mí indescriptible que me empujaba a molestarla, a querer ahogarla en un estanque, a desear que se callara para siempre y no volver a escuchar su voz nunca más. Pero, era mi hermanita… No podría hacerle eso, ¿verdad? A veces, dudaba de mis impulsos, llevaba un tiempo teniendo lagunas, especialmente, desde que volví un año antes de rehabilitación pero ningún médico encontró nada que pudiera corroborar que me pasaba algo, ni físico ni psicológico.

Una mañana, tras una estúpida discusión con mi hermana donde quise de verdad que dejara sus mierdas para otro momento, mi cabeza se cayó hacia atrás y caí en una especie de trance extraño, parecía como si me hubiese dormido por completo, sin darme cuenta. Lo curioso fue que, al despertar, no oí a nadie en casa, muy raro un día en fin de semana, ella siempre tenía algo que hacer ya fuese poner la lavadora, doblar la ropa o regañarme porque no había preparado la comida. El silencio era atosigante, ensordecedor, casi importante. Al llamarla por el pasillo y no obtener respuesta, fui directo a su habitación con el corazón en un puño, conteniendo la respiración hasta llegar a lo que me pareció la peor y mejor escena gore de la historia. Las colchas y las paredes estaban salpicadas de sangre, ella yacía innerte sobre la cama con el cuello desgarrado y con la mirada vacía. No podía recordar que había ocurrido en las últimas… ¿3 horas?

Un futuro de huida:

No sabía si había sido yo o no, pero solo estábamos nosotros en la casa, ¿verdad? Mi corazón me martilleaba en el pecho, ansioso, desesperado, queriendo responder a una pregunta que me volvía loco, ¿esto lo había hecho yo? Si así fuera, debía irme, alejarme lo máximo posible, la policía se enteraría de que había un cuerpo allí, en unas horas empezaría a oler y alguien les avisaría. Corrí hacia mi habitación y recogí la ropa que pude, sin pensarlo demasiado, cogí toda la comida que había en la despensa y lo cargué todo en el coche sin tener ni la menor idea de hacia dónde dirigirme, a las afueras de la ciudad seguro, sin descanso.

No sabía qué esperarme por ahí afuera, tenía algo de dinero en efectivo que mi hermana estaba ahorrando para un viaje, habría suficiente para unos meses hasta que pudiera ubicarme en algún sitio donde no pudiera ser reconocido ni buscado. Pero, era curioso, no sentía nada. Ni sorpresa, tampoco tristeza o enojo, impotencia u odio hacia mí mismo, ni un solo recuerdo me ataba a ella o me hacía sentir que ya no estaba. Si lo había hecho yo, no me importaba. Si lo había hecho otro aprovechando que estaba durmiendo para inculparme de alguna forma, tampoco me importaba, mucho menos si esa casa donde siempre habíamos vivido explotaba, no sentía ni un ápice de melancolía. Absolutamente nada. Me metí una pastilla en la boca para estar despierto en la carretera y una media sonrisa se dibujó en mis labios.


Recuerda que puedes apoyar el blog a través de Patreon, escribo relatos más elaborados y personales:

www.patreon.com/trackontime


Publicado en Personajes

Malory: La de las Voces

Relato procedente: «Voces Insatisfechas«. Edad: 22 años.

Ciudad: Leicester. Profesión: Estudiante.

Descripción física:

Mi cabello es de color negro, liso, bastante bien cuidado, al menos, así lo creo yo y largo hasta un poco más abajo de los hombros, casi siempre lo dejo suelto, pero a veces, me gusta atarlo con un moño o unos pequeños ganchos a ambos lados. Mis ojos son grises, acostumbrados a escuchar comentarios como “pareces un gato”, “tus ojos son felinos”, “tus ojos me derriten” y ese tipo de cosas que tanto cansan a cualquiera que tenga la mirada un poco distinta o penetrante. Mis labios son finos, normalmente, pintados de un color rosa pálido para que no llamen demasiado la atención sobre el resto. Mi tez es bastante pálida, con los pómulos y la nariz algo rojos debido al frío. Soy esbelta y suelo vestir con unos vaqueros, una americana de cualquier color, una camiseta lisa y unos mocasines que me gusten, ¡tengo miles!

Descripción de la personalidad:

Normalmente, me dicen que soy tímida, bastante seria y un poco fría pero, yo diría que soy más bien introvertida, algo solitaria, adicta a la literatura y un poco cascarrabias cuando estoy haciendo cosas que considero importantes y alguien me interrumpe. Me gustan las tardes de té sentada cerca de la chimenea, con un buen libro entre manos o una agradable conversación, poner una luz tenue alrededor y calentarme las manos, mientras extiendo una manta sobre mis piernas, es uno de los momentos más placenteros que podría tener y trataría de experimentarlos cada día, si fuera posible. Soy una persona más bien nerviosa, algo intensa y sensible, aunque no lo parezca, suelo pretender bastante que no me afecta nada del exterior o que no me gustan ciertas cosas cuando sí me gustan y las escondo, digamos que es mi “yo diario” quién suele aparecer más.

La primera voz:

Sonaba negativa, siempre evasiva, tratando de mostrarme cada amenaza, cada bache, evitando que tomara decisiones precipitadas o erróneas. Se movía entre el miedo, el respeto hacia algo que me imponía, a veces, me provocaba ansiedad y estrés incontrolable, me ayudaba a reaccionar en momentos de huida o donde creía que había una amenaza de la que protegerme. Siempre la he definido como esa voz que te para cuando estás a punto de hacer una locura o evita que hagas el ridículo, incluso, trata de que pienses las cosas dos veces antes de hacerlas y anticipes qué podría ocurrir si hicieras una u otra.

Diría que, desde pequeña, apareció en mi vida para alertarme de esos niños crueles a los que les gustaba tirar a las niñas de las coletas o bajarles la falda para que se les vieran las bragas y todos poder reírse. También estuvo bastante presente cuando mis padres se separaron a mis 12 años, tratando de buscar una manera de encajar lo que pasaba entre ellos y aceptar el cambio que iba a suponer en mi vida. A partir de ese momento, empezó a suceder casi a diario el hecho de que aparecía en momentos inesperados e inoportunos como en una presentación de un tema en el colegio o la universidad, cuando tenía la obligación de relacionarme con gente que no tenía nada que ver conmigo o cuando tenía que hablar con las parejas de mis padres, también cuando me iba al mostrador de algún restaurante o tienda para pedir algo y en las temporadas de exámenes.

Es una voz insistente, persiste y se obsesiona con cualquier pensamiento, hace que le des vueltas una y otra vez a la misma situación, quiere que hagas lo que ella quiere o espera y tiene la manía de provocarte síntomas físicos bastante incómodos y que asustan para hacerte notar que algo no va bien. Mis emociones se intensifican cuando la escucho, siento mi cabeza dar vueltas, sudo y tengo que darme la vuelta rápidamente e irme por dónde he venido para no tener que seguir sintiendo lo que siento. Me paraliza, me hace sentir pequeña, vulnerable e insegura, me atrapa entre su oscuridad y negatividad, entre su excesiva y primitiva protección, entre un mundo de perfección y cobardía. A veces, hace que lo sientas todo a la vez y necesites un día entero para recuperarte de ello, es desesperante y frustrante pero, ahí está ella, de cuerpo presente.

La segunda voz:

Es entusiasta, súper positiva, le encanta que la escuche y se sorprende cuando sigo sus consejos algo atrevidos y arriesgados, siempre grita de alegría y no puede parar de sugerir cosas que la primera voz no piensa ni quiere oír porque cree que son tonterías de una loca insatisfecha con lo que hay en mi mente. A veces, no es demasiado realista y tiende a dar consejos sin más, como si algo debiera hacerse hubiera riesgo o no, digamos que es más impulsiva, no tan reflexiva o analítica como la primera y no se obsesiona con nada, si una situación no sale como se ha planeado, ella simplemente, lo deja correr y ya está sugiriendo una cosa diferente de la anterior para hacer o decir o compartir con otros o conmigo misma. Es una voz feliz, que siempre se lo pasa bien y me hace sacar una sonrisa cuando me dice que estoy guapa, soy inteligente o suficiente, mientras la primera voz pone los ojos en blanco sin creerse ni una palabra, lo cual, a veces, me hace dudar.

La segunda voz ha estado conmigo desde muy pequeña, me animaba a jugar, a saltar y siempre reía. En la adolescencia solía aparecer menos pero le gustaba recordarme que me encantaba dibujar y que debería hacerlo más, haciéndome sentir yo misma cuando le hacía caso y lo hacía. Aparecía en cada fugaz relación de pareja para animarme a encontrar a otra persona, en cada rechazo en un trabajo que deseaba o en cada día de universidad cansada de estudiar sin parar y sin tener tiempo para mí. Ha estado en momentos en los que creía que la primera voz iba a hundirme con sus palabras hirientes y su poca sensibilidad, también en circunstancias duras y momentos de indecisión para que eligiera siempre lo que realmente me apeteciera hacer y me hiciera feliz y no complaciera solo los gustos de otros o decisiones ajenas. Ha sido un apoyo cuando he creído que no podía más o cuando pensaba que mi vida no sería la misma con mis padres separados y personas en medio que iban a hacerme la vida aún más complicada, ella fue la que me dijo que no hay un final, sino que, hay que continuar para ver un nuevo principio, algo que la primera voz tiende a reprochar y terminan discutiendo como un matrimonio.

La tercera voz:

Es pausada, tranquila, dulce, embriagadora y muy pero que muy lineal, se decanta un poco más por una charla directa, específica al tema que se está tratando y, aunque positiva, también es realista y no extrema. Analiza de una forma muy suelta, no provoca ningún tipo de estrés, expresa lo que siente sin tapujos y te da una sensación placentera tras escucharla. Creo que siempre quiere mostrar su punto de vista con soltura, intimidad, acercamiento y dando unos toques improvisados a lo que sea que esté ocurriendo en ese momento. Me recuerda que debo respirar hondo y no sucumbir a ese sudor, a esos temblores e inseguridad a los que me hace caer la primera voz, tampoco a exaltarme de alegría o volverme loca por haberme comprado un lápiz como la segunda voz sugiere, sino a tomármelo con calma, sin exigirme, respetando mi propio espacio y tolerando lo que sea que esté sintiendo en ese momento, sin esperar más o menos, tan solo lo que hay y se ve.

Esta voz nunca antes había aparecido, de hecho, no la conocía y solo creía que existían dos voces en mi interior que me decían qué hacer en cada momento y a qué tenerle miedo para no dañarme física o emocionalmente, pero esta voz, jamás había formado parte de ninguna de las conversaciones en las que discutían la primera y la segunda. Llevaba un tiempo gustándome un amigo de la infancia, siempre jugábamos juntos, íbamos al colegio y al instituto juntos y hacíamos los deberes en la biblioteca de la ciudad cada tarde, incluso, íbamos a la misma universidad, a carreras distintas pero esa tradición de estudiar en la biblioteca e intercambiar apreciaciones sobre qué libros no devolveríamos nunca, seguía ocurriendo, sintiéndome cada día, más atraída hacia él sin poder evitarlo. Siempre le había visto como un amigo pero ni siquiera sabía cuándo había cambiado esa forma de verle como tal o si ni siquiera había cambiado y siempre había sido así pero yo no me había dado cuenta.

Estaba decidida a decírselo, TODO. Teníamos la suficiente confianza el uno con el otro y a mí me sobraba seguridad para decirle lo enamorada que me tenía pero, una vez en la puerta de su casa, mirándole a los ojos, me quedé muda, sin saber muy bien qué decir o cómo empezar la conversación. Empecé a sudar, a hiperventilar y las dos primeras voces no dejaban de discutir entre si debía decírselo o no, así que, sin decir nada más y dejando a Cole allí plantado y perplejo por mi visita sin explicación, me di la vuelta y volví caminando a casa a paso ligero mientras notaba que empezaba a relajarme. Esta tercera voz salió de mí, interrumpiendo las voces de las otras dos y diciendo con esa sabiduría que se nota la caracteriza lo que yo realmente sentía dentro de mí y que, de alguna manera, ya sabía. Me hizo recordar que yo era capaz, que había compartido todas mis emociones, dudas, pensamientos y sentimientos con Cole y que ahora no podía pararme por unas estúpidas voces que no se aclaraban y que me hacían dudar y sentirme insegura. Así que, volví a llamar a su puerta y le besé sin más. Al principio, no sabía si me había devuelto el beso por complacerme o porque le había gustado y sentía lo mismo que yo, pero al verle sonreír, lo tuve claro.

Un futuro con una perspectiva diferente:

Nos dejamos llevar por nuestra mente en cosas que a ella no le atañen, ni a la primera voz con su negativa ni a la segunda voz con una positividad más bien tóxica, creándonos inseguridad y falta de confianza hacia nosotros mismos, asumiendo que no podemos hacer muchas de las cosas que sí podemos y pensando que somos de esta forma o de otra cuando, ni nuestras emociones ni pensamientos nos definen ni muestran a los demás quiénes somos o no. No toleramos nuestras caídas y nos abrumamos por esas voces que oímos dentro de nuestra mente pero que son solamente palabras, pueden tener sentido para ellas, pero no deberían tener esa importancia que les damos porque se van antes de lo que nosotros pensamos.

La tercera voz no suele estar muy presente, vivimos en un «modo automático» llevado solamente por el análisis de amenazas y la solución de problemas, sin dejar espacio para aquello que de verdad es importante y para empezar a crecer desde nuestro interior de forma más pura y no tan superficial y negativa. La tercera voz debería prevalecer ante las otras, es positiva pero no en exceso y también es realista, sabe cómo solucionar un problema con calma y a qué poner atención para seguir adelante sin miedo e inseguridades. Se puede aprender mucho en cuanto te das cuenta de lo feliz que te hace ser consciente de quién eres realmente.


Recuerda que puedes apoyar el blog a través de Patreon, escribo relatos más elaborados y personales.

www.patreon.com/trackontime


Publicado en Personajes

Daniel: El Escritor de Realidades

Relato procedente: «Papel en Blanco«. Edad: 42 años.

Ciudad: Iowa. Profesión: Escritor.

Descripción física:

Tengo el cabello oscuro con algunas canas que empiezan a poblarlo, siempre lo noto algo seco y tengo que luchar contra esa horrible caspa, pero al menos, no estoy calvo. Mis ojos marrones casi negros suelen expresar tranquilidad y calma, según muchos suelen comentar, pero a la vez, cierta tristeza e incomodidad cuando estoy en casa, solo. Mis labios son bastante finos, hubo un tiempo en el que me dejaba crecer la barba pero, he creído necesario afeitarla por completo y no tener mucha más responsabilidad que afeitarla sin más, entera. Mi tez es un tanto morena y mi piel un poco seca, siempre se me olvida echarme crema hidratante. Suelo vestir con ropa un poco ancha, sencilla y con colores neutros.

Descripción de la personalidad:

Me creo una persona bastante pasiva y calmada, quitando los días en los que no me inspiro, cuando me frustro, me frustro bien, sin miramientos. Puedo estar en cualquier lugar donde haya mucha o poca gente, incluso, suelo ir a restaurantes a comer y al cine solo sin pensar demasiado en ello o prestar atención a cómo otros me observan, con compasión o tristeza en la mirada. Hago lo que quiero y me gusta, voy de aquí para allá donde la editorial me envía sin más responsabilidad que mi higiene personal, la comida y el descanso, no suelo estresarme demasiado por nada y disfruto de cada momento con una sonrisa, muchos me consideran una persona ZEN.

Una infancia y adolescencia tradicional:

Hay gente que puede tener una infancia más dura o una adolescencia un tanto rebelde, pero las mías fueron tranquilas. Fui el hijo único de un matrimonio feliz, los cuales, me dedicaron el tiempo necesario, me escucharon siempre que tuve un mal momento y los que me animaron a ser escritor, de hecho, mi madre siempre quiso serlo pero nunca tuvo una oportunidad que aprovechar y, quizá de alguna forma, me lo transmitió a mí.

Puede que mis padres discutieran, ninguna relación es perfecta, hay veces en las que hay roces y la pareja se desgasta, pero nunca ocurrió nada de eso delante de mí y fui un niño bastante tranquilo y consciente de mis responsabilidades. Nunca saqué malas notas pero tampoco unas perfectas, normalmente, estaba entre el bien y el notable y lo único que me gustaba más que nada en el mundo era leer en la casa del árbol que mi padre había construido para mí cuando cumplí los nueve años. Era mi refugio, mi espacio y pasé grandes momentos conmigo mismo y los personajes que más me gustaban en aquella casita.

Arrastrado a vivir una vida tradicional:

Supongo que, cuando llegas a cierta edad, la sociedad te exige formar una familia y tener tu propia casa, cuanto más grande mejor para demostrar a tus compañeros de trabajo que tienes dinero y eres muy afortunado de haber conseguido una mujer tan maciza como la que tienes y un par de niños de lo más aplicados en el colegio y con una educación privada excelente. Así que, aunque escribir era mi única pasión y lo que me hacía realmente feliz, accedí a esto, algo que no hubiera hecho pero que, de alguna forma, mi alrededor me pedía y exigía a gritos, de alguna manera. Su nombre fue Anna y los de mis hijos Agora y Michael. Vivíamos en una casa cerca de un precioso bosque, el cual, por la noche creaba una sensación tan terrorífica que siempre me inspiraba a escribir alguna historia.

Creo que mi vida empezó a ser estresante desde el momento en que me casé y tuvimos a nuestra hija, nuestra relación empezó a cambiar tanto que ahora que lo recuerdo, podría decir que ni siquiera llegábamos a querernos lo suficiente, cada uno vivía en su mundo y apenas hacíamos cosas juntos, a la par que pretendíamos delante de nuestros amigos que nuestras vidas eran perfectas. Estaba escribiendo mi segundo bestseller cuando Anna y yo decidimos divorciarnos y los niños se hacían mayores, Agora se fue a la Universidad y Michael quiso trabajar con su tío en su fábrica de mecánica arreglando coches y motos. Cada uno se fue por su lado y nunca más volvimos a mediar palabra, tan solo para decidir algunos pagos para los niños hasta que se hubieron independizado y ya ni siquiera necesitaban de nosotros.

Creo que eso es exactamente lo que pasa cuando te obligas a hacer algo que no quieres hacer por quedar bien o por contentar al resto, terminas solo en una casa enorme de cuatro habitaciones que tan solo van a darte trabajo para limpiarlas y un montón de pensamientos agolpados en tu cabeza y sin nadie a quién comunicárselos. Supongo que fui yo el único que se lo buscó, ¿qué habría ocurrido si no hubiera estado con Anna y no hubiera tenido hijos? Supongo que nunca lo sabré.

Las Puertas de la Imaginación:

Siempre fui un iluso con lo que se refería a la creatividad, el hecho de que tu mente fuera tan fuerte e imaginativa que todo lo que creara o pensara podría convertirlo en realidad pero, en cuanto ocurrió, tan solo pude quedarme sorprendido. Fue tratando de empezar mi tercer libro, la casa estaba casi en la penumbra y yo estaba en la oficina tratando de escribir algo que valiese la pena, pero no había ninguna idea que pudiera considerar buena, así que, empecé a decir palabras al aire sin sentido. Y todas ellas se volvieron reales, incluso, la de la imaginación.

Se abrió un marco en la puerta, el cual, pude cruzar para llevarme a través de un camino corto donde había una puerta abierta esperando ser cruzada para llevarme a los recónditos mundos de la imaginación. Algo que jamás hubiera esperando que pasara, pero ahí estaba. Podía elegir entre entrar dentro y arriesgarme a no volver nunca a mi mundo o dar dos pasos hacia atrás y esperar a que esa puerta se cerrase hasta llevarme a la oficina, nuevamente. Como bien sabrás, elegí la primera opción y no hago más que ver nuevos parajes y lugares que jamás pensé que pisaría, incluso, unos de mis personajes favoritos de Agatha Christie, de Stephen King, Dean Koonz y muchos más. No lo cambiaría por nada, este es mi mundo ahora.

Un futuro entre imaginación:

Supongo que, mientras existan mundo creativos y diferentes a los que saltar y volar, siempre escribiré sobre ellos, me embaucaré de cada pequeño instante y sonreiré en esas situaciones en las que alguna escena me parezca increíble. No creo que en el mundo real pudiera reírme tanto o ser tan «yo mismo» pero aquí puedo ser quién soy y quien quiera ser, sin juicios ajenas o malas miradas, supongo que solo me faltaba esto para completar mi sensación de felicidad.

La creatividad y la imaginación me acompañarán a donde vaya, en cada personaje, cada sentimiento y cada pequeño instante de sorpresa y ternura que me pueda encontrar en el camino. Será un viaje de conocimiento y de hacer lo que siempre había querido: vivir en libertad.


Recuerda que puedes apoyar el blog a través de Patreon, escribo relatos cortos más elaborados y personales.

www.patreon.com/trackontime


Publicado en Personajes

Lizbeth: La que Respira Bajo el Agua

Relato procedente: «Respirando Bajo el Agua«. Edad: 24 años.

Ciudad: Ontario. Profesión: Pintora.

Descripción física:

Mi cabello largo hasta más abajo de los hombros es ondulado, a veces, me da mucho trabajo, otras se comporta y me deja jugar con él como quiera, tiene los mismos cambios de humor que yo. Mis ojos son de un color grisáceo oscuro, el cual, hace que los demás me recuerden que son parecidos a los de un gato, no me suelen gustar mucho pero suelo esbozar una sonrisa tímida y seguir hacia delante sea cual sea la conversación que esté teniendo. Mi tez es algo pálida, mucha gente me insta a que tome más el sol pero es una cosa que no me importa demasiado. Mis labios son gruesos y carnosos, tanto que todo el mundo cree que me los he operado pero, no hay nada como lo natural, ¿verdad? Mi delgadez suele preocupar a muchos pero siempre he pesado lo mismo y, por mucho que como, no subo de peso, así que, lo he aceptado sin problemas aunque los comentarios hirientes siguieran ocurriendo. Suelo vestirme con ropa un tanto ancha de diferentes colores y texturas, sin predominar ninguno en especial, pero siempre me ha encantado la ropa cómoda.

Descripción de la personalidad:

Suelo ser una persona bastante dulce, dada a los demás aunque me estrese o me lleve a preguntarme por qué lo soy si no obtengo lo mismo de los demás. Me encanta observar las estrellas y vivir en soledad, soy bastante introvertida y suelo dejar unos días de la semana para compartir mi vida con amigos. Soy bastante bromista y un tanto sarcástica, a veces, episodios depresivos me atrapan y la ansiedad me abruma pero siempre me levanto y hago lo que debo. No podría asegurar si soy feliz o no, pero sí podría decir que trato de serlo y de llevar unas rutinas saludables para mí para que justo eso ocurra y que pueda abrirme un poco más a nuevas cosas y amistades, aunque creáis que no, me cuesta un poco socializar.

Una infancia con altibajos:

Mis padres se gritaban mucho. Delante de mí, estuvieran donde estuviesen, incluso, si había gente delante. Muchas veces, los temas tenían que ver conmigo y mi educación y otras, sobre la economía de casa, mi padre gastaba demasiado en caprichos y mi madre era un poco más ahorradora y pensaba más en lo que podría suceder en el futuro. Creían que no les oía o que no me daba cuenta del daño que se producían entre ellos con palabras hirientes y frases desconcertantes, pero sí que lo hacía. Normalmente, cerraba la puerta de mi cuarto y me metía en el armario con la barbilla tocándome las rodillas, apretaba los ojos y tarareaba la nana que mi madre solía cantarme cuando yo era muy pequeña para conseguir no oírles.

Había momentos en los que ellos estaban bien, trataban de hablar las cosas y llegaban a algún que otro acuerdo pero en unos cuatro o cinco días, todo volvía a ser lo mismo, mientras mi humor cambiaba a la par que sus discusiones. No podía concentrarme cuando traía deberes a casa, así que, prácticamente todas las tardes me las pasaba en la biblioteca de la ciudad, tratando de alejarme al menos por unas horas. Lloraba entre clases y mis notas bajaban pero mis padres no se daban cuenta, centrados en sus problemas y tan ignorantes de los míos, les pedí ayuda a mis profesores y, sin ningún problema, me ofrecieron apoyo y espacios agradables para estudiar y poder centrarme en lo que debía.

Adolescencia y divorcio:

Mis padres duraron unos siete años más por mí, aunque parecía que estuvieran separados en la misma casa, pretendiendo que seguían juntos y que todo iba bien pero yo sabía que no todo lo que dejaban ver era oro viviendo lo que viví con ocho años entre ellos. A mis 16 tan solo deseaba tener 18 para irme de casa, al menos, para vivir con otros amigos en un piso y, poder al menos, separarme de aquel ambiente tóxico. Se iban a dormir a diferentes horas y mi padre seguía en el sofá, algo incómodo entre sábanas, repitiéndome que aquello era temporal y que no me preocupara, cosa que sabía era mentira, ya hacía tiempo que aquello no funcionaba. Mamá tonteaba con hombres un tanto más jóvenes que ella, trataba de disimular delante de mí pero se relamía los labios cada vez que veía el culito de un buen candidato para acostarse con ella, porque no olvidemos esa época de locura sexual que empezó a fluir en ella desde el momento en que mi padre y ella lo dejaron…

Cuando cumplí 17, me dieron la noticia: se iban a divorciar. Fue algo que acepté de lleno porque ya me lo esperaba, no sabían disimular muy bien y creían que no les escuchaba pero sí lo hacía. Papá se fue de casa tras darme un beso en la frente y recordarme que podía ir a verle cuando quisiera, algo que no ocurrió porque se fue de la ciudad tras un par de semanas viviendo en un hotel y salirle trabajo en el extranjero, sabía de él si llamaba una vez al mes o cada dos meses, cuando podía y, bueno, me quedé viviendo con mi madre, la cual, se quedó con todo. Con lo que ya contaba era que iba a empezar a traerse a chicos a casa, aquello parecía algo así como un prostíbulo. Pasé de escuchar voces a gemidos, mientras trataba de estudiar y centrarme, a ella todo le daba igual.

Independencia y ansiedad:

A mis 18 ya podía irme de casa, era una edad que estaba queriendo alcanzar para hacerlo, ya no aguantaba a mi madre ni las mañanas de desayuno con sus ligues sin camiseta y en calzoncillos recorriendo la casa. Unos amigos alquilaron una casa cerca de la playa y me ofrecieron vivir con ellos para compartir gastos, así que, no dudé en aceptar y empezar a trabajar de camarera doblando turnos y tratando de sacarle el máximo partido a esa vida para no volver a la antigua, de hecho, no veía mucho a mi madre, la cual, pasó de ser pasota a las botellas de alcohol barato.

Mi ansiedad empezó a ser un poco más fuerte cada año que pasaba y los síntomas se intensificaban, a cuanto más estrés, más incómoda me sentía al día siguiente, era horrible. Mi mente pasaba de pensamientos intrusivos y sentimientos depresivos a momentos de felicidad y de quererme inmensamente a mí misma, de querer seguir adelante y progresar, luego me presionaba el pecho y no podía respirar, otros días estaba cansada y, a la vez, relajada, pero tenía momentos en los que no podía salir del baño y tenía que llamar al trabajo para decir que estaba enferma y no podía moverme de la cama, me invalidaba la mayor parte del tiempo, así que, mis amigos me aconsejaron que fuera a ver a una psicóloga que pudiera ayudarme.

Mientras, respiraba bajo el agua:

Muchas veces, muchísimas, sentía que esos pensamientos hacían que me ahogara. Cada vez iba adentrándome más y más en la oscuridad, agarrada de pies y manos, sin poder salir a la superficie, totalmente paralizada. Pero notaba que, en cuanto trataba de revivir algún recuerdo que tuve en la infancia, mi cuerpo empezaba a elevarse y a acercarse a la superficie cada vez con más fuerza y rapidez, así que, iba agolpando algunos en mi cabeza para volver a vivirlos dentro de mí hasta que, poco a poco, pude salir del agua, con la vista borrosa, un bote salvavidas y notando que alguien me arrastraba hacia la orilla donde tosía y dejaba que el aire entrara en mis pulmones al mismo tiempo.

Esa era mi ansiedad, así me hablaba, así me hacía sentir cada día. Mi bote salvavidas era una psicóloga, la verdad, bastante dulce y atenta a mis constantes rumiaciones y pensamientos negativos. Me hizo entender lo importante que era tenerme presente a mí misma y a observarme para estar mejor cada día, cómo las rutinas eran el centro de todo para una buena recuperación y un estado de ánimo normal. Pude poco a poco, ver la luz al final del túnel a base de muchas conversaciones y expresar mis miedos más extremos, mis tontas dudas y las formas tan obsesivas y torpes en las que solía hacer las cosas, sumando la inseguridad y la falta de autoestima que mis padres fueron provocando en mí entre discusiones.

Un futuro encontrándome a mí misma:

Supongo que aún tengo mucho trabajo que hacer por delante y una constante superación porque no todo se desvanece en dos días, si parase, volvería a empezar de cero entre miedos y ganas de huir de situaciones difíciles para no tomar decisiones. todavía tengo un camino que recorrer para encontrarme a mí misma y saber qué es lo que estoy buscando, qué quiero realmente y qué es lo que espero de mí, de mi recuperación, los logros que deseo conseguir y cómo he de reaccionar ante los problemas, no todo es teoría, luego se debe poner en práctica.

Ahora, tan solo he de caminar en la dirección correcta…


Puedes apoyar el blog a través de Patreon, escribo relatos cortos más elaborados y personales:

www.patreon.com/trackontime