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Dana: La que Recuerda

Relato procedente:Espacio Olvidado“. Edad: 32 años.

Ciudad: Londres. Profesión: Periodista.

Descripción física:

Mi cabello castaño es liso hasta un poco más abajo de los hombros, lacio, bien cuidado, casi nunca lo llevo ondulado, podría levantarme de la cama y que pareciera que me hubiera acabado de peinar. Mis ojos son de un color gris intenso, me gusta ponerme un poco de sombra a veces, pero muy sutil o para que a penas se note que estoy maquillada. Mi tez es pálida, aunque intento ir todos los veranos a lugares soleados para broncearme un poco, dado que, en Londres no tenemos mucho sol a nuestra disposición. Muchos comentan sobre mi delgadez y estatura, otros simplemente, la conocen y saben que, simplemente, soy así y no tengo ningún problema físico que destacar. Suelo vestirme con unos pantalones algo anchos pero elegantes para ir a la oficina, una blusa que sea de tacto suave metida en los pantalones, normalmente de tonos pastel o blancos y llevo tacones, SIEMPRE llevo tacones.

Descripción de la personalidad:

Suelo mostrarme a los demás como una persona muy seria con su trabajo, aplicada, responsable y con los pies en el suelo, inteligente, perfeccionista y muy atenta a los detalles pero, en realidad, soy un desastre. Dentro de mí soy un torrente de emociones imparables que he de reprimir en ambientes de trabajo, soy una persona muy dulce, sensible, interesada en películas de terror y fantasía, me encanta el rock e ir a retiros espirituales donde la paz interior es lo más importante. No lo aparento ni hablo sobre ello, tan solo doy la imagen que otros esperan ver, culturalmente, es lo correcto, aunque creo que me daría vergüenza que otros supieran de mis aficiones, sería criticada al instante, por ello, me gusta mantener estas cosas a nivel personal, dentro de mi casa, un pisito en el centro increíblemente mono y que me trae tanta paz… que no dejo que entre nadie.

Una infancia llena de lujos:

Mi hermana mayor Cindy y yo siempre nos hemos rodeado de los lujos que mis padres tenían, habían heredado la riqueza de sus padres y ellos nos la proporcionaban a nosotros, aunque parecía que yo era la única que no la quería. Cindy recibía con los brazos abiertos todo el dinero que mis padres podían darle, empezó a ser un tanto arrogante, a mirar a otros por encima del hombro y a mostrarse como la más lista y con más elegancia del lugar, dejó de ser una hermana cariñosa para convertirse en una narcisista insoportable. Y le gustaba que otros se dieran cuenta y supieran quién era ella. A edades tempranas ya sabía muy bien a quién no quería parecerme y tampoco que la gente supiera quién era yo, solo quería ser normal como cualquier otro compañero de instituto, de hecho, me gustaban muchas cosas que mis padres nunca aprobarían y las he llevado en secreto hasta este momento.

Mi vida se resumía en tener modales y ser perfecta día a día, no podía sentarme sin cruzar las piernas como una señorita o llevar vestidos horrorosos con volantes y que picaban tanto que solo quería arrancármelos. Debía decir las palabras correctas para ser educada y mostrar respeto a mis superiores, tenía que limpiarme la boca cada vez que le daba un bocado a la comida y debía ir a los institutos privados a los que mis padres se empeñaron en enviarme, pijos y llenos de imbéciles, pero suficientes para llevarme a la Universidad e independizarme, era lo único que buscaba y deseaba, una vida propia al margen de todas aquellas normas incómodas y limitantes.

Estudios y prácticas:

Fue duro llegar a la Universidad sin un rasguño. Muchas horas delante de un montón de papeles, temario que no se acababa, agobiada por pasar los finales con notas aceptables para entrar y teniendo a mis padres pisándome los talones para que mis notas mostraran la perfección que reinaba en nuestra familia, su único objetivo era aparentar. Mi hermana entró en la Universidad con notas espectaculares, las mías debían ser parecidas o, al menos, acercarme un poco a ellas, tuve tanta ansiedad en depende de qué etapas, que salía de clase corriendo al baño a vomitar porque no podía con ello. Pero seguí, solo quería irme de aquella mansión de locos. Como esperaba, mis notas no fueron exactamente lo que esperaba, pero pasé sin problemas y decidí estudiar periodismo, una de las carreras no vetadas por mis padres, eso era importante.

Empecé a vivir en el campus y ya notaba cierta libertad, mucho más al saber que no iban a mandarme a Oxford como a Cindy, sino a Stanford. Nadie podía saber qué me gustaba o qué hacía en mis ratos libres, mis formas de estudiar o de hablar o de sentarme en una silla, no iba a tener un guardia de seguridad armado observando todos mis movimientos. Así que, decidí ir a por todas dentro de ese cuartito privado que mis padres pagaban, no querían que tuviera compañera, a saber qué niña pobre de estrato más bajo que el de ellos iban a adjudicarme… Odiaba esos comentarios pero, al fin, era libre, después de tanto tiempo callada y llevando a cabo las normas sin rechistar.

Los cuatro años pasaron bastante rápido, más de lo que hubiera deseado, los disfruté como una enana. Empecé a hacer prácticas en un periódico bastante importante de la ciudad gracias a algunas conexiones que tenía mi padre, quise dar lo máximo de mí, aún sabiendo que la encargada de la editorial sería Melinda Gaiman, decían en la oficina que era una mujer ruin, gritona, criticaba a todo el mundo, destrozaba la autoestima personal y conseguía que tuvieras ganas de pegarte un tiro en la sien. Creo que trabajé tres años para ella y así fue, pero nunca me rendía, quería que viera que era buena en mi trabajo, que había aprendido mucho en la Universidad y que iba a serle de utilidad. Había sobrevivido viviendo con mi madre, ¿por qué no iba a poder manejar a aquella mujer amargada y con necesidades incesantes de menospreciar a los demás?

Melinda Gaiman era una periodista exquisita, había salido en todo tipo de canales de televisión y había hecho una carrera impecable con su trabajo, era muy reconocida pero todo el mundo la odiaba, todos hablaban de ella en los pasillos, inventaban rumores, se reían de su físico a sus espaldas y creían que no se había acostado con un hombre en su vida. Por supuesto, yo no quería formar parte de esas habladurías, había terminado la Universidad y me habían enseñado a ser educada y a respetar a gente que fuera superior a mí, así que, tan solo me dedicaba a lo que debía hacer y creo que eso fue lo que hizo que tuviera algo de confianza conmigo, me mandaba trabajos privados y que ella consideraba de relevancia, dejó de levantarme la voz o insultarme, empezó a respetarme de la misma forma que yo la había respetado siempre, menos cuando había gente alrededor, la arpía volvía a atacar de nuevo. Pero dios sabe, lo que amé a esa mujer y a su trabajo, era excelente, no hubiera trabajado con nadie más que no fuera ella, a pesar de su maltrato.

La muerte de Melinda Gaiman:

Todo el mundo oyó hablar de ello en la televisión: Melinda Gaiman había muerto en un accidente de coche. No había sido culpa suya, sino de un borracho que había cogido el coche después de una fiesta. Ese día me enteré de que Melinda no tenía familia o amigos, nadie lloraba su pérdida, ni siquiera en la oficina. Le hicieron un pequeño homenaje público en los periódicos donde ella había trabajado pero, al día siguiente, ya se habían olvidado del tema, su despacho se volvió una nube de polvo y una carrera dejada en el olvido. De alguna forma, Melinda fue alejándose de nuestra mente, de nuestros recuerdos, al igual que aquel despacho que, de repente, ya no sabíamos si estaba vacío o no, o si era otra habitación adherida a ese pasillo. Nadie volvió a entrar ahí, nadie volvió a nombrarla o a referirse a ella, ni siquiera en pequeñas historias, nadie mostraba ni siquiera odio hacia un recuerdo o un pensamiento, era como si Melinda Gaiman jamás hubiera tenido un lugar en este mundo, como si nunca hubiera existido.

He de decir que yo también lo sentí así. Durante mucho tiempo, creo. Pero, una mañana una vibración invisible y extraña me atrajo a esa puerta, a preguntarme qué hacía esa habitación en el pasillo si nadie había entrado en ella. Pero, lo cierto era que, una vez dentro, todos los recuerdos de Melinda volvieron a mí como una ráfaga de viento. Pude ver su paraguas aún en su balcón, ese que nunca recordaba coger aunque estuviera lloviendo y que le molestaba para llevar el café, su oficina, de repente, volvió a tener forma en mi mente, dejó de ser un pensamiento ligero e invisible y empezó a ser importante. ¿Cómo podía haberme olvidado así de ella? Pero, cuando decidí salir de allí, tras toda aquella melancolía, cerré la puerta y volví a preguntarme qué hacía allí, parada en el pasillo en vez de seguir con el trabajo, en aquella habitación no había nada, de hecho, no había ninguna habitación. Seguí con mi día a día, mi rutina y mi vida entre rock and roll y películas de “Star Wars” con palomitas y batidos de chocolate.

Un futuro con significado:

¿Recordáis ese momento en el que se os olvida algo en casa pero no sabéis exactamente lo que es, está en la punta de vuestra lengua, casi en la mente para ir a por ello pero no tenéis ni idea de qué os habéis dejado? Esa era mi sensación. Cada día. Al caminar por el pasillo de una sala de oficinas a otra. Era increíble lo mucho que me dolían los pies, pero adoraba mis tacones, tenía muchos más que una docena… Tenía un recuerdo que quería recuperar, quería mostrarse pero no lograba saber cuál era, así que, cada día, voy a intentar prestarle la suficiente atención como para darle un significado, de saber qué es lo que estoy perdiendo o no estoy encajando en mi mente, no puede ser que se me olvide algo y no sepa qué.

Mientras tanto, todo seguirá igual.


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Abby: La Hipocondríaca

Relato procedente:Realidad Supuesta“. Edad: 25 años.

Ciudad: Maine. Profesión: Camarera.

Descripción física:

Mi cabello negro me llega hasta los hombros, sedoso, liso y bien cuidado, trato de ir a la peluquería una vez al mes para comprobar que la limpieza que le aplico es de calidad, tengo hecho el flequillo hacia un lado ya algo largo pero con la medida perfecta. Mis ojos castaño oscuro suelen mostrar nerviosismo o ansiedad porque siempre miro hacia ambos lados o evito la mirada ajena porque me incomoda, son los que más me delatan. Mi tez es pálida y me gusta así, no soy de esas personas que se va a la playa a tomar el sol, ¿y si me salieran manchas y me diera cáncer de piel? Prefiero la sombra y los meses fríos. Estoy bastante delgada, algo que me obsesiona pero que, a la vez, me tranquiliza, si tuviera unos kilitos de más, pensaría que me va a dar un ataque cardíaco o me va a subir el azúcar, quizá pensar en tener diabetes o creer que voy a reventar y ensuciar de grasa las paredes de mi cuarto. Normalmente, suelo salir con vaqueros y cualquier camiseta de manga corta básica, sin dibujos, de cualquier color y unas deportivas, incluso, en verano, no me gusta mostrar demasiado… ya sabéis, el sol.

Descripción de la personalidad:

Soy de esas personas a las que la mente les habla constantemente, negativa a rabiar, con unas ideas de futuro yendo a lo catastrófico y con serios problemas de confianza hacia mí misma y los demás. Dicen que soy tímida, introvertida y callada, no me suele gustar rodearme de demasiada gente días seguidos, no sé qué gérmenes pueden traer consigo y no es bueno estar lavándose las manos con jabón mucho, tampoco sé qué productos nocivos le ponen a estos, podrían dañar la piel gravemente, así que, prefiero caminar y vivir sola, ir a trabajar y dedicarme a mis hobbies en mis ratos libres. No dejan de decirme que tengo una personalidad muy obsesiva e hipocondríaca, pero soy incapaz de saberlo, simplemente, hago lo que debo hacer para cuidar mi salud, ¿verdad?

Infancia arrebatada:

Todo empezó con una tos. Lo recuerdo perfectamente. Era una simple tos, tonta, despreocupada y sin necesidad de prestar más atención. La empecé a oír por la mañana durante unos días, luego algo más fuerte y solía aparecer por la tarde también, incluso, por las noches y no me dejaba dormir, parecía que se estuviera ahogando. No tenía nada más que tos. Y todo podría haberse quedado así, pero a veces, le faltaba el aire. Otras, le dolía el pecho al respirar y un día, tras pensar que era una fuerte gripe, fuimos al médico. Después de muchas pruebas, este concluyó que, sin duda alguna, mi padre tenía cáncer con tan solo 40 años de edad. Mis ojos se abrieron de par en par y sentía que mi alrededor se paraba. A penas escuché a su médico decir a lo lejos que iban a operarle en el menor tiempo posible, era la única opción para salvarle pero no las tenía todas consigo con que funcionara, le quedaba muy poco tiempo de vida.

Perdí un día de clase y le acompañé al hospital, necesitaban a alguien que estuviera con él y esa era yo, tan solo me tenía a mí porque mi madre se fue cuando yo tenía siete años, borracha, drogada y con unas ojeras de elefante. Hacía tiempo que los abuelos habían fallecido y, bueno, nos teníamos el uno al otro. Esperé durante horas en aquel pasillo sin ventanas con enfermos caminando arriba y abajo entrando y saliendo de sus habitaciones o en camillas llevadas por enfermeros con muchos cables y botones encima o alrededor. No sabían hasta qué punto aquello resultaba aterrador. Notaba mi pulso acelerado, quería levantarme pero me temblaban las piernas y, por estúpido que parezca, no quería caerme al suelo. Por fin salió. Estaba en coma, en la camilla. Le llevaron a su habitación. Me dijeron que había que esperar a que se despertara, que les llamase si necesitaba algo.

Le leí durante días periódicos, libros de aventuras, cómics de superhéroes porque sabía que los odiaba, incluso, le llevé revistas de coches. Nada funcionó. No despertaba. Pasaron meses y no me moví de la silla. Hasta que, un último suspiro salió de su boca y una máquina que tenía cerca, empezó a pitar muy fuerte. Los médicos corrieron, le hicieron un montón de cosas, supongo que todo lo posible para más tarde mirarme y susurrar: “Hora de la muerte: 11:20. Lo siento mucho, niña”. Con eso, pensaron que me quitaban todos los males, tanto como los dolores de cabeza que me produjeron los diferentes tipos de ataúdes que podía elegir y cómo querría que fuese la ceremonia. No tenía ni idea, solo tenía 11 años… los suficientes como para ir a un orfanato.

La Casa de los Horrores:

Lo llamaba así porque daba miedo. De ahora en adelante iba a vivir en una iglesia grande, aburrida, con jardines exteriores a los que no me podría acercar y con niños que estaba segura no me caerían nada bien. No me equivocaba mucho. Me enseñaron mi habitación, la compartía con otra niña bastante callada pero muy suya con sus cosas, no le gustaba que nadie se las tocara o las moviera de sitio, tampoco que se sentaran en su cama o tocaran sus mesilla de noche, podía empezar a gritar sin parar. Estaba pirada. Me daba igual, solo me dedicaba a estudiar la bazofia que daban como asignaturas para poder salir de allí lo antes posible, ser la joven más desagradable del mundo cuando venían adoptantes, leía mucho entre horas, comía la porquería que daban por comida y dormía las 8 horas que me tocaban. Todo esto sin rechistar, con la cabeza baja, sin llamar la atención y con unas ganas locas de cumplir los 18.

Venidos de la nada, los dolores de cabeza se hacían cada vez más presentes al igual que los de espalda, las náuseas, los temblores en las piernas y la inestabilidad, me sentía débil de repente. Mi cabeza empezó a preguntarse qué podría estar pasando. Lloraba en el baño, asustada. No se lo dije a nadie hasta que fue a más y me desmayé en el pasillo, cerca de la enfermería. Me hicieron mil pruebas pero eran incapaces de identificar qué ocurría con mi cuerpo, reaccionaba a algo pero no sabían a qué. Tuvieron que mandarme a un hospital a las afueras de la ciudad para poder hacerme más pruebas, allí fue donde descubrí qué era la ansiedad, los ataques de pánico y la obsesión tras un pensamiento de enfermedad. Cuanto más lo pensaba, más enferma me sentía. Después de meses ingresada, esperando los resultados, la médico vino con una psiquiatra y me diagnosticaron estrés postraumático. La muerte de mi padre me había afectado mucho pero no lo exteriorizaba a través de emociones como la tristeza, el cansancio mental, la rabia, la frustración o, incluso, la ira, sino que mi cuerpo mostraba todas aquellas cosas a través de mi cuerpo.

Así es como la terapia empezó para mí.

Independencia Querida:

Hice lo imposible para no entrar en casas de adopción con familias que no iban a ser nunca mis padres y que no quería que lo fuesen, la idea de que les reemplazaran me ponía la piel de gallina, así que, conseguí que nadie me adoptara y así finalizar mi época de orfanato a mis 18 años de edad, momento por el cual, podía decidir irme o quedarme un tiempo más hasta que encontrase casa y trabajo. Mi padre me dejó algo de dinero, así que, lo primero que hice cuando salí fue alquilar un piso un tanto alejado del centro para vivir y empezar a trabajar de camarera, era dinero fácil y rápido, cansado y pesado, pero fácil que, al fin y al cabo, era lo que necesitaba en ese momento y en el día de hoy. Me ha ido gustando bastante más y he estado en el mismo lugar desde que empecé, he tenido una pequeña familia por aquí.

Empecé a ganar un poco más de dinero porque hacía más horas, con ello vinieron algunos problemas de estómago y de espalda, al parecer, por estrés pero no podía evitar que esa voz en mi cabeza hablara y me mostrara una serie de realidades supuestas en las que yo tenía una enfermedad terminal y en las que iba a morir con seguridad, al igual que lo hizo mi padre. No podía evitar aquella presión en el pecho, aquel pánico por algo que no había ocurrido, aquella falta de aire y esos malos momentos sentada en la silla cerca del escritorio del médico que te dice que no te preocupes y que se te pasará, que todo es causa del nerviosismo contenido y que tan solo debes llevar un tratamiento de descanso y menos horas de trabajo diarias. El alivio que sientes no te lo quita nadie….

Un futuro de terapia y mejora:

Hubo un momento en el que pensé que la terapia ya no sería necesaria, que había superado la muerte de mi padre y que seguía adelante como cualquier otra persona que había pasado por lo mismo que yo, pero tras salir del despacho del médico y haber notado todas aquellas sensaciones de nuevo, tuve la necesidad de llamar a la psiquiatra que me trató hacía unos años por el tema del estrés postraumático porque ella sabía de mi caso y para no tener que empezar a contarlo todo de nuevo, era jodido. Concertamos una cita, algo que me hizo sonreír. Aunque nunca confié en nadie de verdad, ella consiguió que sí lo hiciera con ella, a través de esa voz tan dulce, de su apoyo emocional constante y sus palabras de consuelo, hacía que me dejara llevar entre sus palabras y eso lo llegué a valorar mucho.

Te caes y vuelves a levantarte pero, si vuelves a caer y necesitas a alguien que te sujete y te ayude un poco para que vuelvas a poner ambos pies en el suelo, pues adelante. Debes hacerlo.


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Clara: La Chica Invisible

Relato procedente:Invisible“. Edad: 16 años.

Ciudad: Arizona. Profesión: Estudiante.

Descripción física:

Cabello castaño y largo hasta media espalda, tez morena y ojos negros. Mis labios son un tanto gruesos y suelo ponerles un poco de gloss color marrón claro para resaltarlo un poco más, no suelo usar demasiado maquillaje, me gusta aplicar lo menos posible para no irritar la piel y verme natural. En verano, me gusta ir con vestidos prácticamente siempre y en invierno con vaqueros y sudaderas o con falda y medias gruesas y un top con manga larga.

Descripción de la personalidad:

Suelen decir que soy una chica dulce, comprensiva y atenta, que me gusta socializar aunque no siempre los demás quieran hacerlo conmigo y que soy propensa a tomarme las cosas de forma muy personal. Sí que me definiría como alguien muy sensible, con las ideas claras de qué quiero o me gustaría hacer, me entretiene leer y dedicar tiempo a los estudios, tengo bastante retentiva y creo que podría llegar a ser una estudiante modelo si llegara a la Universidad y alguien pudiera verme. No creo en la suerte pero sí en la amistad y el amor, ¡son dos de mis palabras favoritas!

Una infancia invisible:

Supongo que todo empezó en el parvulario, cuando los otros niños no querían o dejaban de jugar conmigo por motivos que desconocía. Murmuraban y reían pero, con tres años poco puedes imaginar, así que, quizá pensé que eran idiotas y que yo seguiría jugando sola. Conforme pasaron los años, me daba cuenta de que esos niños iban haciéndose más cercanos, iban unos a casa de otros, sus madres les preparaban sus meriendas favoritas después de jugar a fútbol y yo parecía que no siguiera adelante, me mantenía estática, pasaban por mi lado y ni siquiera mostraban un ápice de interés, tampoco fingido. Me daba cuenta de que no se acordaban de mi nombre, apenas hablaba en las clases y no podía quedarme demasiado después porque ayudaba a mi madre con la colada y a preparar la cena bastante pronto y me necesitaba allí, estábamos solas después de que mi padre se fuese.

Caminaba cabizbaja hacia el colegio, con ganas de llevar mis deberes hechos, de aprender y encontrarme con nuevas curiosidades pero sin una sonrisa conocida, era como un fantasma en una casa encantada. Crecía en el más absoluto anonimato, preguntándome si había hecho algo que provocara incomodidad a los demás o si les había ofendido en algo pero, no parecían enfadados, era como si no formara parte de su existencia, de su mundo o su día a día, respiraba pero nadie se percataba de que estaba allí de pie, observándoles mientras sentía un vacío en mi interior que ni siquiera mi madre era capaz de aliviar con palabras alentadoras o con abrazos cariñosos. Era su hija, había salido de ella provocándole dolores insoportables, ¡cómo no iba a acordarse de mí, ja!

La invisibilidad como una realidad:

En cuanto llegué a la edad de doce años, me sentía sola, dejada a un lado, transparente al ojo humano, nadie me escuchaba, ni siquiera llamando la atención con ropa chillona o descolorida eran capaces de levantar la cabeza de los libros o de mantener conversaciones estúpidas, era invisible. Me dolió tanto que estuve semanas llorando a escondidas entre las sábanas cada noche, esa angustia formó parte de mi cuerpo y la tristeza, se apoderó de mi mente. Empecé a verlo y creerlo como una realidad, era tan fuerte, tan intensa, que lo acepté como algo que iba a seguir sucediendo. De repente, noté mi cuerpo diferente. Los dedos de las manos, empezaban a volver cada vez menos visibles, al igual que mis brazos, mis piernas, ya no veía mis zapatos, mi cabello, mi cara… ¡Mi peor pesadilla se había cumplido! ¿Me había vuelto invisible?

A cada persona que tocaba, la traspasaba. A cada persona a la que le hablaba, no me oía. Todos pasaban a través de mí. Empecé a desaparecer de los álbumes de fotos y de los pequeños cuadros que mi madre tenía por casa, la escuché hablar con una vecina de lo agradable que había sido no quedarse nunca embarazada y el ser una mujer soltera y auto suficiente porque no tenía que preocuparse por nada, al día siguiente se iba a ir de vacaciones a Bali por dos semanas. Estaba sola. Me había quedado en mi más absoluto aislamiento. Al principio desesperé pero, más adelante, tras un año de soledad, comprendí y acepté que era mi destino, que no era tan diferente a cómo solían ser las cosas cuando iba al colegio, que debía convivir con ello y acostumbrarme, ver las cosas buenas que eso podía aportarme, aunque también tenía mis momentos de tristeza que preferiría no recordar.

Me daba la oportunidad de ir donde quisiera, de coger cualquier cosa en una tienda, de comer lo que quisiera en un restaurante directo de la cocina, podía ir a la Universidad y quedarme a escuchar y tomar apuntes en cualquier clase… Fue una realidad agridulce que todavía no sabía si me gustaba o si acabaría aburriéndome de ella.

De invisible a visible:

Ocurrió algo que nunca pensé que pudiera ocurrir y fue que mi cuerpo empezó a aparecerse poco a poco gracias a Miguel, un compañero de clase al que llegué a apreciar mucho y que era el único que me recogía los libros cuando los tiraban de mi pupitre en el instituto o cuando se dignaba a saludarme cada vez que me veía. Simplemente, me vio sentada en un banco leyendo entre todos aquellos jóvenes jugando a fútbol y me tocó para que le mirara, me habló como si realmente estuviera allí y mi cuerpo volvió a la normalidad, ¡ya me podían ver! Fue una de las mejores experiencias de mi vida, sobre todo, por el hecho de que mi madre me esperaba para comer como cualquier otro día, como si jamás me hubiera ido, aunque pasaron 4 largos años hasta que pude volver a ser yo misma. Por supuesto, no se lo conté a nadie y seguí mi rutina normal.

Me alegraba de volver y ya no prestaba atención a toda esa gente que no me saludaba o no me miraba, tenía suficiente con Miguel y mi madre, para ellos sí era importante, me veían, hablaban conmigo y me hacían reír, si cambiaban las cosas sería posible que pudiera tener más amigos, si no, podría apreciar lo que tengo ahora sin necesidad de pedir más.

Un futuro de sueños por cumplir:

Ya había hecho las cosas que más me gustaba hacer cuando era invisible, pero estaba bien volverlas a repetir, marcar pequeños objetivos diarios para llegar a hacer cosas mucho más grandes y que me hicieran sentir orgullosa. Supongo que nadie sabrá nunca lo que ocurrió y me gustaría guardármelo para mí como una experiencia propia y un tanto desagradable para abrirme un poco los ojos y darme cuenta de que estaba dando importancia a lo que no la tenía, los demás pueden hacer lo que quieran, yo soy la que marco la diferencia en mi día a día.

Convencí a mi madre para ir ambas a Bali, no quería que siguiera pensando como una mujer soltera sin responsabilidades ni compromisos, sin hijos y sin aspiraciones, quería que sintiera que estaba con ella, que en nuestros cuadros seguía saliendo yo a su lado.


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Moira: La que Cierra los Ojos y Ve

Relato procedente:Cerrar los Ojos“. Edad: 36 años.

Ciudad: Maine. Profesión: Recepcionista.

Descripción física:

Cabello rubio hasta más abajo de los hombros, liso, sedoso pero no muy bien cuidado, nunca tenía tiempo de ir a la peluquería por los niños. Mis ojos eran de un tono miel que cambiaban a castaños cuando me daba la luz, a todo el mundo le gustaba eso. Mis labios finos solían ir acompañados de un pintalabios de un tono marrón clarito o rosa apenas perceptible a la vista, no me gustaba mucho el maquillaje y menos cuando tenía tanto que hacer, así que, me conformaba con poco. Mi tez era un tanto oscura pero no lo suficiente para mí, aunque tomaba el sol, no conseguía ponerme morena, era mi cruz. Solía vestir bastante cómoda, normalmente, con vaqueros o chándal, tal como me decían mis amigos y mi familia, yo era un terremoto difícil de parar, así que, no podrían frenarme y menos unos pantalones. Aunque, me encantaba vestir bien, como cuando tenía veinte o veinticinco años, con las camisetas de botones bien planchadas y los pantalones de vestir impecables, ahora me importa poco que el chándal o los vaqueros estén manchados porque cuando vuelva a casa, volverá a ocurrir, tengo hijos, ¿qué quiere usted que haga?

Descripción de la personalidad:

Siempre me han dicho que soy alguien bastante dulce pero que no soy fácil de hacer daño, que mi cabeza está tan focalizada en metas diarias que no tengo demasiado tiempo como para ofenderme de las críticas ajenas, de hecho, ni siquiera me doy cuenta o las recuerdo después de escucharlas, me dicen que es un súper poder que muy poquitos tienen. Soy bastante trabajadora y me gusta lo que hago aunque esté en una oficina todo el día cumpliendo los caprichos de un dentista niñato rico y malcriado, de algo hay que comer, ¿no? Diría que no me gusta mucho hacer ejercicio pero que no puedo terminar como una ballena en medio del mar, así que, hago un gran esfuerzo por ir al gimnasio tres veces a la semana en horario nocturno, cuando mis hijos duermen y no necesitan de mí. Estoy muy activa durante todo el día, no paro, me muevo arriba y abajo sin frenos, casi por inercia para terminar con la lista de quehaceres antes de las diez de la noche, al menos una hora antes, y todos los días son iguales, incluidos los domingos. Soy una trabajadora a tiempo completo en casa y en el trabajo, no lo puedo evitar.

Una infancia de adultez:

Muchos niños podían decir que sus padres eran unos pesados que siempre iban detrás de ellos para que estudiasen y se alimentasen bien, que fueran al colegio y no se saltaran ninguna clase, que estuvieran atentos con sus exámenes y decidiesen bien qué hacer con sus vidas, que supiesen cuál era su pasión para explotarla al máximo pero yo era hija de una azafata destinada a hacer vuelos diarios con un solo día libre y de un alcohólico empedernido al que habían echado del trabajo centenares de veces y que se pasaba el día tirado en casa sin atender mis necesidades. Aprendí muy rápido a ser la ama de casa, principalmente, porque no había nadie en ella, aprendí a aplicarme en mis estudios y a ser responsable, a trabajar duro para conseguir mis notas sin nadie que me dijera nada. Entraba y salía de casa si necesitaba algo sin pedir permiso, era como una adulta independiente y a muchos niños les encantaba eso pero no me habría importado que me hubiesen dejado disfrutar un poco de algunos momentos de infancia.

Los jueves era el día en que mi madre no trabajaba. Y ese era el día en el que yo debía levantarme mucho más temprano para cuidarla porque lo pasaba tirada en la cama incapaz de moverse y con dolores en los pies de estar tanto tiempo de pie, viajaba mucho y le daban dolores de cabeza por los cambios bruscos de horario y las horas de espera. Hacía tantas extras porque papá no conseguía volver a trabajar, ya era un caso perdido, ni siquiera se arreglaba la barba y se vestía como si fuese un sintecho, se le olvidaba poner su ropa a lavar y solo tenía en la cabeza salir a comprar cerveza o quedarse en el bar toda una tarde, al bar donde yo debía ir para traerle a casa y no se perdiese. Era la adulta de la casa aunque no quisiera admitirlo, y ellos eran un par de críos que no entendían de límites y que sobrevivían a la vida como podían, mi madre excediéndose con el trabajo y mi padre bebiendo, ni siquiera sería capaz de decir si se daba cuenta de que estábamos en casa y vivíamos juntos. Era triste, pero era mi presente y no tenía ninguna otra opción más que la de aguantar la situación como pudiese.

Pasiones rotas:

Como cualquier otro estudiante de secundaria, yo también tenía pasiones y sueños por cumplir, quería ser antropóloga, me fascinaba todo ese mundo, estaba ansiosa por entrar en la Universidad y descubrir todo lo que podría aprender. No fue nada fácil. Para entrar pedían notas de selectividad excesivamente altas y a las que ni siquiera los mejores estudiantes podían aspirar, pero lo intenté. Estuve noches seguidas sin dormir, apenas comía y no tenía nada más en la cabeza que no fuese perfeccionar la nota final para llegar a lo que las Universidades pedían para estudiar antropología. Como muchos otros, me quedé en el camino, ni siquiera rocé la nota, ni siquiera hubo una pequeña posibilidad de que todo aquel esfuerzo hubiera valido la pena. Para colmo, me habían despedido de mi antiguo trabajo de dependienta en una tienda de comida para llevar, así que, debía buscar otro trabajo basura con el que mantenerme, quería independizarme por encima de todo y más si no podía ir a la Universidad.

Apesadumbrada, me senté en la silla del salón con los auriculares a todo volumen, no quería que nadie me molestase, concentrada, frente a las páginas de empleo del periódico de la ciudad, con un bolígrafo en la mano rodeando aquellos que captaban mi atención. Todos eran penosos, con un salario mínimo de lo más injusto y esclavista, pero hubo uno que iluminó mi cara: Recepcionista en la consulta de un dentista. El sueldo era bastante bueno y no pedían experiencia, el dueño te enseñaba cómo le gustaban las cosas. Me vestí y fui corriendo a la consulta de ese dentista. Me costó tres viajes en autobús y media hora andando, pero valió la pena. Él era muy guapo, tenía pinta de rico, su consulta era lujosa, amplia, bien iluminada y su presencia imponente. Pensé que no iba a darme el trabajo, pero después de no escucharme con demasiada atención y mirarme de arriba a abajo varias veces, dijo: “¿por qué no? Empiezas mañana a las 08:00am. Me gusta la gente puntual, si fallas, estás en la calle, ¿entendido?”. No dudé en aceptar sus exigencias y empezar a trabajar de inmediato.

Matrimonio impulsivo:

Tenía unos veintiún años, las cosas estaban yendo genial en el trabajo, me había independizado desde hacía ya dos años y estaba feliz por fin, después de haber dejado a mi familia. Me comprometí durante mucho tiempo a mí misma, tenía un piso precioso cerca del trabajo y todo lo que necesitaba, me alimentaba bien y hasta tenía tiempo para ir al gimnasio, cada día podía ponerme un conjunto diferente porque económicamente podía permitírmelo y eso de ponerme tacones me estaba llamando la atención, me encantaba sonar mientras andaba. Así que, como chica inocente y con mucha suerte, decidí darle una oportunidad al amor con el primer chico que se interesó en mí, parecía buena gente, muy atento y cariñoso, pero también impulsivo y muy cabezota. Nos casamos a los seis meses de conocernos, no podíamos despegarnos el uno del otro y, mucho menos, levantarnos de la cama. La luna de miel fue perfecta, tanto que vino con regalo incluido. El regalo se llamó Gabriela, 9 meses después de volver de Las Maldivas. El embarazo fue tedioso, pesado y con dolores incesantes de espalda y riñones, piernas hinchadas y gases, parecía un torpedo.

Antes de todo esto, estuve preguntándome si todo había ido demasiado deprisa, él no era una persona que solía comprometerse, más bien, era alguien al que le gustaba la libertad y vivir sin ataduras, pero durante el embarazo y el parto se portó tan bien que me dije que aquello que estaba pensando era una tontería, que la niña podía hacerle ver las cosas diferentes. Daniel llegó 2 años después, junto a los ardores, los dolores de espalda y las náuseas constantes, él fue otro accidente tras un calentón en nuestra cena de San Valentín después de unas copas de vino. Durante este embarazo, Eddie estaba algo más ausente, venía muy tarde a casa del trabajo y no me decía a dónde iba tras largos paseos, pensé que estaba abrumado, que no esperaba un segundo hijo y que ahora veía en la responsabilidad en la que se había metido sin siquiera quererlo. Así que, le di espacio. Demasiado espacio. Me ocupaba de los niños, del trabajo, la limpieza en casa y las compras del supermercado, empecé a acelerarme porque Eddie parecía que no viviese con nosotros. En efecto, no lo hacía.

Decidí seguirle para saber a dónde iba. Se estaba viendo con dos mujeres más, una de ellas, también estaba embarazada y, cuando no se dedicaba a eso, se iba de bares con gente que yo ni conocía tras 6 años juntos y compartiendo la vida con dos niños todavía en desarrollo. Me di cuenta de que aquella pregunta que me hice antes de casarme con él había sido acertada y debí pensarla antes de saltar al vacío de aquella forma tan impulsiva. Mi racha de suerte ya había concluido, tanto que, en cuanto volvió a casa borracho una noche, le dejé preparadas sus maletas y le obligué a irse y a firmar los papeles del divorcio, peleé por la custodia total de los niños y gané, no volviéndole a ver nunca más. Fue duro tener que convertirme en madre soltera, tenía un trabajo a tiempo completo y era madre también a tiempo completo, pero me levantaba a las cinco de la mañana y hacía que cada momento de organización fuera un milagro futuro en el que pudiera ahorrar tiempo.

El accidente:

Gabriela con 16 años era un terremoto de moda, peinados fantásticos y caprichos de última hora en los que yo era incapaz de invertir porque no me daba la vida para tanto, si quería una moto iba a tener que trabajar, sacarse el carnet y comprarla, no podía más. Discutíamos muchas veces pero, al final, nos entendíamos, sus hormonas iban locas correteando por su cuerpo y bueno, yo siempre andaba estresada, tanto que saltaba a la mínima. Daniel tenía 14 pero era más tranquilo, casi ausente, se metía entre sus libros y no hablaba demasiado, le gustaba el rock, los vaqueros rotos, las cadenas, las camisetas básicas y las de leñador y las converse, pero él ganaba un poco de dinero en el taller de mecánica de su tío arreglando coches y ensuciándose hasta el último pelo de su cabeza, así que, yo no le exigía tanto como a Gabriela.

Solo recuerdo haber cerrado los ojos y haber visto un accidente ocurrir en mi mente, una llamada de Gabriela donde recordaba que necesitaba algo para clase urgentemente y debía llevárselo justo hoy, no podía esperar más. Daniel le gritaba algo y cerraba la puerta de un portazo, tenía un drama familiar que pasaba a través del auricular del teléfono y fue el que hizo que chocara contra el otro coche. Caí por un acantilado, al menos, eso fue lo que me dijeron y perdí la memoria. El otro conductor estaba intacto, yo medio adolorida y el coche, bueno… Iba a necesitar comprarme uno nuevo con el dinero que alguien pudiera dejarme porque no era el momento perfecto para gastar mucho más, y ni siquiera había terminado de pagar el que tenía. La suerte no era lo mío. Tuve que coger la baja durante unos meses pero mi jefe me pagó ese tiempo como si siguiera trabajando, sabía lo que ocurría en mi familia y, aunque era un niñato malcriado y pedante, a veces, mostraba cierta gratitud y compasión, algo que yo también agradecía. Lo que esperaba cada día al despertar era que mis hijos no me volvieran loca.

Un futuro de recuperación:

Ha sido un aviso del destino, un momento de flaqueza en el que alguien me ha dicho directamente que frene, que deje de ir corriendo y que me preocupe por mí. Tengo mucha reflexión por delante durante este periodo de recuperación hasta que pueda volver al trabajo y a tener mi vida normal. Dudo que las cosas vayan a ser como antes, lucharé para que no lo sean, para que mis hijos sean más responsables y se ocupen de lo suyo, soy una súper mamá, pero me conformaría con ser solo una madre atenta y cariñosa, me alegraría de que no siempre fuese yo la que corre y la que hace esfuerzos, todos tenemos que aprender a responsabilizarnos y quizá no les he enseñado esto todavía, se han acostumbrado a que yo lo haga.

Las recuperaciones son lentas, aunque no haya un daño físico grave, el psicológico también juega un papel importante y el susto que te da, te deja fuera de juego, al menos, durante varias semanas, te hace replantearte la vida y la suerte de seguir respirando. También traen descanso y tiempo de hacer lo que te gusta, de desarrollar un poco más tus pasiones, de desconectar y relajarte. Ahí estoy yo, en busca de nuevas pasiones para no dejarme arrastrar más por las prisas.


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Charles: El Padre Sorprendido

Relato procedente:Una Pausa Sorprendente“. Edad: 48 años.

Ciudad: Nueva York. Profesión: Profesor Universitario.

Descripción física:

Mi cabello negro ahora se mezcla con las canas que ya abundan en mi cabeza. Mis ojos castaño oscuro suelen ser despreocupados, aunque algo caídos y cansados. Mis labios son finos, llevo una barba canosa y bastante poblada. Mi tez es blanca y me gusta vestirme elegante, de traje y corbata para ir a la Universidad y, otras veces, simplemente con unos vaqueros y una camisa lisa de cualquier color y que, igualmente, se vea formal. Para mí, no hay nada más importante que mostrar el gusto por vestir y la organización de colores.

Descripción de la personalidad:

Suelen describirme como alguien pulcro y atento a los detalles, bastante serio y eficaz con las palabras que elijo que salgan de mi boca, bastante exigente y educado, responsable y con un gusto nefasto para las mujeres, aunque las meto en mi cama igualmente. No me gustan las relaciones serias porque prefiero estar solo, los libros de mi biblioteca son mis únicos compañeros en la vida y así es como debe ser. Me gusta divertirme de vez en cuando, pero no considero un rollo de una noche nada serio, trato de que la chica se sienta lo más ignorada posible como para que no quiera que vuelva a llamarla, y eso en mí es bastante fácil. Tengo mis rutinas diarias y me encanta tenerlas, leo mucho y no me gusta pasar horas delante de la televisión, solo vomitan negatividad. Muchos me dicen que soy un solitario, incluso, que soy un ermitaño, pero lo cierto es que, me gusta estar conmigo mismo, pensar en mis cosas, reflexionar, estudiar sobre lo que me interesa y leer para abrirme paso a otros mundos, supongo que soy un romántico.

Una infancia estricta:

En cuanto mis padres descubrieron que era algo así como un niño súper inteligente, empezaron a prestar más atención a mis estudios, presionaban más para que siempre fuese el mejor, sin excepciones. Me obligaban a leer durante horas y tener horarios estrictos para tener un mejor rendimiento a la hora de estudiar. Al principio, me molestaba bastante, parecía un robot y mi mente no descansaba lo suficiente, estaba agotado pero, decidí seguir haciéndolo porque para ellos era importante y soñaba con tener una casa propia y una carrera de la que poder presumir, solo me centraba en eso. Sacaba muy buenas notas, algo que a mis compañeros de clase no les hacía mucha gracia, tuve abusos de todo tipo y llegaba a casa solo con ganas de meter mi cabeza entre los libros y olvidar lo que había ocurrido.

Mi adolescencia también fue dura pero, esta vez, mi problema era que no hablaba demasiado y no me socializaba, vestía siempre de etiqueta y entraba en los mejores colegios privados para conseguir entrar en la Universidad de Harvard, hacía un montón de actividades extracurriculares, incluso, si se me daban fatal como basketball o fútbol, aunque se rieran de mí por ser torpe, solo tenía un objetivo en mente. Me gustaba escribir, así que, me apunté al periódico de la escuela y a los clubes de lectura para tener más opciones y hacer algo que realmente me gustara hacer. Supongo que debía sacrificar algunas cosas para tener lo que realmente quería.

La Universidad y la etapa adulta:

La etapa universitaria en Harvard fue perfecta, increíble y llena de todos esos conocimientos que quería absorber. Estudié periodismo y durante el tercer año, me empezó a interesar enseñar a estudiantes universitarios, así que, dediqué tres años más a prepararme para ello. Terminé la carrera e hice un postgrado, más tarde, un doctorado y accedí a Harvard como profesor universitario de periodismo y preparación para la vida universitaria de nuevos alumnos. Durante esos tiempos, supe lo que era la libertad, el vivir entre estudiantes, comprar mi propia comida y organizar mis horarios, disfrutar un poco más de mi tiempo de lectura y mis aficiones. Tan solo me gustaba estar conmigo mismo, entre libros, no me gustaban las fiestas y tampoco soportaba los ruidos, así que, incluso, pude conseguir una habitación individual, mis padres la pagaron sin rechistar porque querían que solo me centrara en estudiar y que nadie me molestara.

Todo esto, me pudo proporcionar el poder comprarme una casa grande y bonita en el centro de Nueva York donde pude construir mi propia biblioteca para tener todos los libros que había leído hasta aquel momento, para sentirme a gusto en mi propio ambiente y saber qué era vivir alejado de todo y, a la vez, feliz.

Angela, una sorpresa inesperada:

Tras un día realmente duro en la Universidad, volví a casa y me preparé un café. Recuerdo haberme sentado en el sillón de la biblioteca para disfrutar de un poco de paz y ser interrumpido por el sonido del timbre. Vi a una niña de unos siete años allí de pie, dándome un papel donde demostraba que era mi hija, sin ninguna duda, tuvo el valor de repetir el análisis dos veces. Quería que aquello no fuera verdad, quería que ese problema tan solo desapareciera, así que, la dejé pasar y sentarse en la biblioteca mientras localizaba a su madre. Vino a recogerla tras una media hora de espera donde no supimos muy bien qué decirnos. Era Pam. Fue una de mis novias de la Universidad pero de la cual me enamoré locamente y no pude olvidarme de ella hasta siete años después. Tuvimos una ruptura bastante dolorosa y pude volver a verla por última vez.

Podría haberle dicho muchas cosas, incluso, accedido o interesado a ayudarla tras todos estos años ignorante de que tuviera una hija pero no lo hice. Nunca me han gustado los niños, les he visto como un lastre, seres moldeables e inocentes y vuelven a sus padres esclavos. Simplemente, dejé que Pam se llevara a Angela y no volví a verlas. Fue una sorpresa, todo hay que decirlo, pero no una que me interesase lo más mínimo tener o que quisiera entender de alguna forma, aquello había sido un mero accidente, una tontería de una niña pequeña que no podía mantener sus manos quietas y con necesidad de fisgonear en las cosas de su madre. Al parecer, Pam seguía guardando mis cosas… No debía interesarme. No estaba interesado, en ninguna de ellas y no me arrepiento.

Un futuro de aprendizaje:

Supongo que, para cualquiera, terminar tu vida solo es lo peor que te puede pasar pero, para mí, es lo más placentero. Llegan épocas en la vida donde puedes sentir esa libertad y esa poca responsabilidad con otros, tan solo la tienes contigo mismo y lo que te rodea, tienes lo que necesitas y sigues caminando hasta que tu vida se termina. Creo que es un buen pacto. Creo que no me gustaría jubilarme nunca, no me imagino dejando la Universidad, crecí allí y maduré allí, supe lo que quería hacer con mi vida y fue mi meta desde la escuela, no me veo sentado en casa en una silla sin enseñar, sin aportar un poco de aprendizaje al mundo.

Aunque no lo parezca, cualquiera con 48 años de edad, puede tener una meta que siempre ha querido alcanzar y escribir un libro ha sido la mía. He estado leyéndolos durante tanto tiempo que quizá, es momento de que alguien lea algo que yo escriba y le aporte cierta sabiduría. Por supuesto, no me veo casado ni con hijos, quiero vivir la vida que me quede con libertad, trabajo duro y superación, tal y como mis padres me enseñaron desde pequeño, no quiero que nada interrumpa mis letras, mi enseñanzas y reflexiones. Sigo queriendo y teniendo esos rollos de una noche porque me dan un poco de calor humano, no me arrepiento y es un deporte que cualquiera puede practicar cuando quiera. No todos viven solo del dinero, otros viven de lo que leen.


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Marlene: Una Antigua Amiga

Relato procedente:Un Recuerdo Vivo“. Edad: 32 años.

Ciudad: LA. Profesión: Bibliotecaria.

Descripción física:

Tengo el cabello castaño hasta algo más abajo de los hombros con reflejos de color naranja muy suave que combina muy bien con el resto y le da un toque diferente, sedoso y fino. Mis ojos son de color castaño claro, con mirada intensa. Tengo unos labios finos, normalmente pintados de un color marrón claro que combina muy bien con mi cabello y con mi piel un tanto morena. He sido siempre delgada, suelo vestir con vaqueros y algún suéter simple, cómodo y que produzca el suficiente calor para no morirme de frío.

Descripción de la personalidad:

A quién preguntes, te dirá que soy una adicta a la lectura, tanto que soy bibliotecaria, siempre rodeada de libros y siempre hambrienta de conocimientos. Quizá soy dulce, atenta y bastante reservada, no suelo socializar demasiado pero tampoco me niego a ello cuando se me presenta la oportunidad. No hago grandes amigos de un día para otro, guardo un poco la distancia pero cualquiera puede considerarse mi amigo, me gusta salir y tomar un par de copas, quizá escuchar música antes de irme a la cama y escribir un par de poemas bajo la luz de las velas, cerca de la chimenea. No me gusta enfadarme o discutir, prefiero evadir un poco los problemas hasta que se enfrían las cosas y puedo volver a empezar, siempre me siento arropada por lo que leo y siento que estoy segura dentro de esa pequeña burbuja que forma mi mundo.

La chica de los libros:

En el colegio siempre llevaba un libro conmigo, daba igual la historia que contase, tan solo quería sentirlo entre mis manos e imaginarme los mil mundos que forman el nuestro. Me aislaba mucho de los demás por ello, supongo que no me daba cuenta cuando los demás sí lo hacían, incluso, los profesores me pedían que me enfrascara menos en los libros y tratara de hablar un poco más con los compañeros de mi clase pero, aunque lo intenté, jamás pude conseguirlo del todo. Mientras caminaba por los pasillos, me llamaban “la chica de los libros”, la “nerd de biblioteca”, la “rata de biblioteca”, la “rara de los libros” y solían reírse mucho más cuando no despegaba los ojos de algún libro que no dejaba de interesarme. Supongo que la gente siempre tiende a criticar lo que no entiende…

Conocí a Jacob en ese mismo periodo. Fuimos juntos al jardín de infancia y también íbamos a la misma clase. Él también solía leer mucho, nos pasábamos libros todo el tiempo y los diversos mundos que se formaban entre nosotros era lo que más nos unía. Fue la única persona que entendía esa pasión y devoción, por ello, la conexión que había entre nosotros fue aumentando hasta formar una fuerte amistad que, a veces, parecía ir a algo más pero otras, parecía verse mejor como lo que era sin pasar fronteras.

La marcha de Jacob:

Las clases iban genial, los veranos eran inolvidables y las lecturas se hacían cada vez más intensas conforme llegaba a la pubertad. Teníamos diez años y nos enfrentamos a la idea de que Jacob iba a parcharse del barrio, de la ciudad, del país… para siempre. Sus padres, tras tanto tiempo trabajando en una empresa de dulces, fueron despedidos porque esta cerró y no conseguían otro trabajo, las cosas no iban demasiado bien en casa y discutían todo el tiempo, así que, decidieron cambiar de aires, irse a otro país para probar suerte, poder darle una mejor vida y educación a su hijo. Él no quería irse, me lo dijo un par de días antes, pero no quería decepcionar a sus padres y no lo solía decir en voz alta o implorarles que le dejaran quedarse, era ridículo. Nos hicimos muchas promesas, de esas que parecía que serían fáciles de cumplir y las que hacían que nuestra amistad pareciera tan fuerte que fuese incapaz de romperse, pero fueron solo palabras, ni siquiera pudo despedirse, dejándome a mí llorando entre los brazos de mi madre.

Dejamos de ir juntos a clase, ya no me esperaba al salir o le veía en los descansos, no había nadie más con quién hablar de lecturas interesantes o qué fue lo último que me compré para leer, ya no habían conversaciones intelectuales o palabras que pudiera usar para reírnos un poco de nosotros mismos, todo eso se había evaporado, extinguido, ya no formaba parte de mi vida. Prometió visitarnos en las fechas importantes pero nunca apareció, esperé como una tonta un email o un mensaje de texto pero nunca llegaron, quizá una carta cualquier día de primavera, pero tampoco fue posible. Empecé a aceptarlo, a olvidar esa parte de mi vida y olvidarle a él poco a poco, hasta ni siquiera recordar cómo era.

La visita:

22 años después. Prometida con un chico bastante interesante, era un tanto adicto al trabajo pero lo suficiente para no tenerle en casa todo el tiempo, me gustaba tener mi propio espacio y momentos de silencio. Periodista importante, con dinero, estabilidad, una casa preciosa, emocionalmente disponible, amable y detallista, siempre a la espera de impresionarme de alguna forma. Con lo que, no suponía por ninguna razón que Jacob aparecería en el bar donde solía leer y tomar unas copas cuando Dean se quedaba trabajando hasta tarde, no esperaba por ninguna razón que se sentara frente a mí en la mesa que había elegido y, mucho menos, que fuese tan encantador conmigo. 22 años después, no creía que esa conexión siguiera viva entre nosotros, como todos los recuerdos que compartimos y que estuvimos mencionando durante gran parte de la noche. No me di cuenta de que copa tras copa, había cruzado una línea importante donde le daba a entender que no estaba con nadie y que podía desnudarme si así lo deseaba.

Y eso es exactamente lo que ocurrió. Dios, le eché tanto de menos… Pero, la magia se disipó al ver que eran las nueve de la mañana, Dean aún no había llegado del trabajo y que Jacob seguía en nuestra cama de matrimonio con toda nuestra ropa tirada por el suelo. Había sido un agradable error que repetiría a menudo pero no allí, no en aquel momento. Era la maestra en evasión de confrontaciones innecesarias, así que, levanté a Jacob de la cama y tal como pude, le saqué del piso, lo limpié todo, me duché, me vestí y abrí las ventanas para que no oliera a sexo apasionado por todo el apartamento. Jamás olvidaré aquella mirada de Jacob cuando le dije que iba a casarme en dos semanas, cada vez que lo hago, noto un nudo en la garganta que trato de ignorar y pretender que no existe. Una noche perfecta con un amigo, eso fue todo.

Un futuro en el lado equivocado:

Todo iba bien hasta que Jacob se fue a Italia. Todo iba bien hasta que Jacob volvió. Dean no sospechaba nada, estaba claro desde que cruzó la puerta de casa y no notó ningún cambio, yo tampoco mostré ninguna emoción contraria, por lo que, dejé que se cambiara, se echara en la cama y yo me fui a trabajar, sin darle más importancia a lo ocurrido, siendo que, desde aquella noche no he podido sacar a Jacob de mi cabeza. Los amores de la infancia son los más fuertes y duraderos, al menos, así lo sentí pero la boda estaba a la vuelta de la esquina y mi familia iba a apoyarnos mucho económicamente para que fuera la única y preciosa boda que esperaba, para que disfrutara y no me preocupara de nada. Con Dean había sido práctica, lo de Jacob era un sentimiento muy fuerte e intenso que era incapaz de olvidar.

Quizá había escogido el lado convincente, el correcto, el lado racional de las relaciones convencionales, el lado que mi familia esperaba que escogiera tras unas relaciones tan pésimas con idiotas que no sabían lo que querían. Dean era un campeón, una medalla de oro que esperaba que dijera “sí, quiero” en un altar que costaría unos dos mil dólares y que mi madre se había empeñado en añadir a la lista. Una relación práctica y racional, luego vendrían los hijos y las retenciones de líquidos, hacernos mayores y esperar comprar una casa en las afueras. Dean era la elección correcta en el lado equivocado y Jacob la complicación en el lado correcto que desearía poder elegir.


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Margaret: A Quién le Gusta la Lluvia

Relato procedente:Caída“. Edad: 23 años.

Ciudad: Maine. Ocupación: Estudiante de Periodismo.

Descripción física:

Mi cabello es de color castaño, largo hasta un poco más abajo de los hombros. Mis ojos son del mismo color y tienden a mostrar una mirada calmada, interesada y cercana, sin demasiado maquillaje o, en ocasiones, con tonos claros. Mis labios gruesos, sin necesidad de pintalabios, a veces, aplico un poco de vaselina para que no se corten o gloss para que se perciban más intensos. Mi tez es un tanto morena pero no demasiado, me gusta tomar el sol en verano pero no en exceso. Estoy delgada pero siempre me gusta comer de más, ataco la comida como si fuese una muerta de hambre, no puedo evitarlo, ¡bendito sea mi metabolismo rápido! Suelo vestir con blusas y ropa algo más formal cuando estoy en la universidad y algo más cómodo cuando he vuelto a casa para ver a mi familia.

Descripción de la personalidad:

Me molestan los ruidos, mucho más cuando estoy estudiando, soy vegetariana, me encanta la lluvia y siempre salgo con el primer paraguas que me encuentro para disfrutar de ella. Tiendo a ser bastante amable con la gente, al menos, eso es lo que creo y darme a los demás hasta cierto punto, todo el mundo necesita algo de los demás, así que, hay que saber dónde poner los límites. Siempre he sido bastante organizada, me encantan las listas o aplicaciones que incluyen hacerlas para saber qué he de hacer durante el día con mayor detalle y si tengo el tiempo suficiente para hacerlo todo. Me gusta sentir que soy útil, sobre todo, en mi vida y mi día a día, no me importa si es para otros pero para mí misma, es esencial. Me gusta estar cómoda y pasarme el día estudiando si eso es lo que me apetece hacer, podría pasarme días leyendo sin darme cuenta de las horas pasadas, escribir artículos interesantes para un periódico de internet o cualquier otra cosa que tenga que ver con mis intereses. Creo que soy bastante reservada y odio las fiestas.

Esfuerzo y dedicación:

Desde que era niña, siempre hubo un objetivo en mente, no sabría qué hacer si no existiera uno. En el colegio, quería pasar con buenas notas al instituto porque tenía ganas de estudiar lengua e historia, incluso, la biología me llamaba la atención, algo que todo el mundo solía odiar. Quería entrar en la Universidad porque me encantaba escribir y empecé a formar parte del periódico del instituto, no hacíamos gran cosa pero era interesante e importante para mí crecer en esta área. Supongo que, durante la época adolescente, ya me empezó a interesar el periodismo, así que, esa era la meta final, el objetivo al que aspirar con esfuerzo y dedicación, había que ir rápido pero sin prisas.

Dedicaba horas y horas a estudiar, me gustaba saber de todo, mi naturaleza quería que fuese autodidacta, que pudiese hablar casi sobre cualquier cosa con cualquier persona en cualquier momento, y porque una periodista debe saber de todo y tener una cultura general bastante rica e interesante. Me atraían bastantes temas, así que, mi vida estaba en la biblioteca y, muchas veces, me los llevaba a casa para seguir leyendo y estudiando. Mis padres solían preocuparse del echo de que no prestara demasiada atención a socializar y a ir a fiestas de cumpleaños de compañeros de clase o de fiesta siendo algo más adolescente, la verdad, no me interesaba en absoluto, no se estudiaba a Becket en una discoteca con luces de neón y gente saltando al ritmo de la música, para mí, no tenía sentido.

Las pruebas de la vida:

Me dedicaba a llevar a cabo todo lo que escribía el día anterior en mis listas, lo cual, los imprevistos no entraban en ellos. Empecé a sufrir de ansiedad cuando estos ocasionaban cambios en mi día a día y tuve que ir a varios psicólogos para darme cuenta de que estaba tomando actitudes bastante obsesivas e intolerantes hacia mí misma mientras aislaba a los demás con esa extrema concentración hacia mis estudios y mis libros. No lo sentía de esa forma, lo sentía más bien como algo natural que afloraba en mí, algo que me apetecía hacer y que no podía evitar que ocurriese pero tuve que acoplarme a las circunstancias y dejar de leer tanto y prestar más interés a mi alrededor, el cual, no me interesaba del todo pero tuve que socializar a ojos de profesores y padres. Era la “nerd”, el “cerebrito”, la “sabelotodo”, la “obsesiva de los libros”, la “rata de biblioteca”, la “muda”… era increíble lo fácil que podías llegar a ser juzgado por algo que, simplemente, te apasionaba.

Estos comentarios hacían más difícil mi socialización, los rechazos hacían que me echara atrás y sacara un libro de mi mochila, me pusiera a leer y dejara que el resto del mundo dejara de existir. Me ayudaba mucho a inspirarme y escribir algunas cosas que me venían a la mente sobre algo que había visto u oído y podría ser valioso para artículos futuros cuando estudiase periodismo, estaba centrada, me gustaba mi vida tal y como era pero debía fingir muchas veces que estaba cómoda con otros, que quería hablar, debía ser amable y acercarme a personas que no me interesaban sintiéndome fuera de lugar muchas veces y sin ganas de hablar, queriendo buscar zonas de silencio por todo el recinto, alejarme del barullo y los comentarios.

Las listas dejaban de ser tan eficaces conforme ibas creciendo, siempre salía un nuevo imprevisto del que ocuparme o un trabajo que hacer con el que no había contado antes o un taller al que mi madre me había apuntado sin consultarme sabiendo que estaba ocupada. En la universidad no fue todo tan exigente pero seguía sintiendo que nada salía como esperaba o quería. Me di cuenta de que de eso sufre todo el mundo, que todos quedamos atrapados por rutinas que no nos gustan y debemos hacerlas porque no hay otra salida, porque no hay forma de ser uno mismo sin que te ataquen y que no todo son listas perfectas y exigentes para vivir.

Caída del puente:

Todo el mundo sabía cuánto me gustaba la lluvia, ese sonido, esas gotas cayendo en el suelo atrayendo calma y serenidad, tardes de lectura y paseos nocturnos que me encantaba tener sin hablar mucho de ello, a mi madre no le gustaba que saliera tan tarde. Pero yo nunca escuchaba, nada más veía que llovía a través de la ventana, me vestía y salía a la calle a cualquier hora, me relajaba hacerlo, sentía que pertenecía a algún lugar. Aquella noche, fue una de esas noches en las que llovió mucho, donde ese sonido era atrayente y relajante y en el que sentí que debía salir para dar un paseo. Ahora puedo decir que fue un error.

Desde que pasé la plaza de la ciudad y empecé a caminar entre callejones no tan iluminados, empecé a notar que alguien me seguía. Al principio, no quise darle demasiada importancia porque podría ser alguien que vivía cerca y debía ir detrás de mí para llegar… Pero tan solo estaba quitándole fuego al asunto, ese tipo me estaba siguiendo y yo estaba aterrada. Vi cada vez más cerca el puente por el que se llegaba a la universidad, tenía planeado llegar a la zona de seguridad y quedarme allí hasta sentirme a salvo de él y dejar que se fuera, empezaba a darme cuenta de por qué mi madre estaba en contra de que saliera por las noches. Pero no pude llegar, quizá fue porque apreté el paso y alerté al tío de la capucha, corrimos uno detrás del otro, sintiéndome como una presa fui frenada por una de sus manos, hizo que me diera la vuelta y que me cogiera del cuello para tirarme por el puente sin motivo.

Mientras caía, pude preguntarme si era alguien que conocía o, tan solo alguien que necesitaba hacer algo así para sentir que existía en un mundo tan complicado. Era extraño sentirse todo, quizá aterrador para algunos y estresante para otros, podrían haber mil motivos para esto, motivos que yo no lograba encontrar, hasta llegar a las rocas y mi cabeza reventar contra ellas, dejando que la oscuridad me nublase. Ni siquiera un adiós ni un “hasta luego”, quizá un “ya nos veremos”, nada. Pasó y ya está, como todo pasa, sin necesidad de una lista, otro imprevisto para una aspirante a periodista que pasó a la historia antes de haber empezado la suya.

Un futuro imprevisto:

Fui un imprevisto. Unas horas antes, había llamado a mi madre y habíamos hablado de algo banal, absurdo, quizá sobre algo de lo que estaba estudiando y que a mí me parecía interesante comentar. Quizá estaba cansada, puede que fuera eso lo que le dije para dejar de hablar o puede que fuera el examen del día siguiente, por ello, salí a andar, para relajarme. Es curioso cómo todo deja de importar y recordarlo ya no es importante cuando ya dejas de pertenecer a un cuerpo. Pero sí, fui un imprevisto en la lista de mis padres, contando con que hubieran empezado una, no sabía mucho de sus vidas aún habiendo vivido con ellos durante la adolescencia.

Supongo que habría frenado sus vidas, sus rutinas, quizá el entierro molestó a algunos de sus familiares que, a decir verdad, no conocí a muchos o puede que sí y no los recuerde porque estaría enfrascada leyendo algún libro. Todo puede ser. Quizá irían a recoger mis cosas a la universidad, quizá mi compañera de residencia lloraría desconsolada durante un par de días y los siguientes días bromearía sobre su nuevo vestido con su nueva compañera de cuarto. Volverían a casa con el coche, quizá se cogieran unos días de descanso en el trabajo para pasar el shock, quizá tardarían en procesarlo, esto volvería locas sus vidas, un día a día sin listas porque no sería lo mismo, no se sentiría igual. Me había vuelto en un imprevisto, lo que más odiaba de todas y cada una de mis listas, ¿dónde lo añadiría?


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Michael: El que no Recuerda

Relato procedente:Lagunas“. Edad: 42 años.

Ciudad natal: Nueva York. Profesión: Pianista.

Descripción física:

Cabello castaño, bastante canoso, corto y no muy abundante, ojos oscuros y mirada penetrante, con tez un tanto pálida y una risa contagiosa o, al menos, eso me dicen siempre. No he sido delgado toda la vida, he tenido mis fases sobre todo en la adolescencia pero ahora diría que sí lo soy tras mucho ejercicio y la vida sana que Annie planeaba cada día. Me solía vestir de traje y corbata, en mis conciertos me gustaba ir elegante, mucho más si venía gente importante, en los días libres usaba unos vaqueros cualquiera y alguna camisa a cuadros o lisa que tuviera limpia y encontrara en el armario, el resto, ya tiene que ver con pijamas.

Descripción de la personalidad:

Tengo una personalidad bastante dinámica y flexible, al menos, eso era lo que Annie decía que le atraía de mí. Puedo estar en cualquier lugar y hacer sentir a las demás personas cómodas, aunque yo no lo esté o viva una situación difícil, suelo ser amable y dedicado a aquellos que lo necesitan, centrado en ser de los mejores pianistas de todos los tiempos, aunque se necesiten muchas horas y dedicación para ello. Soy un gran lector, devoro libros como devoro comida y me gusta cualquier programa idiota que hagan en televisión con tal de entretener mi mente en algo más que las notas de mi piano. Supongo que tengo carácter afable y cercano, cariñoso en ciertas ocasiones y siempre tratando de ser correcto, aunque tenga mis desmelenes, de vez en cuando.

Entre lujos:

Crecí entre muchos lujos, con una familia adinerada, las criadas me daban todo lo que les pedía y lo hacían sin rechistar, me beneficiaba porque sabía que mis padres se negarían con alguna lección sobre educación y respeto, como hacían siempre. Ellos siempre tenían viajes de negocios, a penas nos veíamos, fui a varios colegios privados, pasé el bachillerato y me enrolé en la Universidad para estudiar Empresariales, la gama que mi padre quería que eligiera, mientras me dedicaba en secreto a tocar el piano. Practiqué un poco en el colegio, era una de las clases más difíciles pero a mí se me daba francamente bien y quise seguir, aunque sabía que a mis padres no les gustaría demasiado la idea y querrían erradicarla de mi cerebro, por lo que, seguí haciéndolo a escondidas con tal de tenerles contentos y ser el hijo modelo.

A decir verdad, no tuve traumas, ningún tipo de drama que me gustaría destacar, tuve una vida bastante fácil y acomodada. Había muchas cosas de mi familia, quizá algunas de sus actitudes con las que no estaba de acuerdo, no eran correctas, puede que viera el mal trato que tenían hacia otras muchas personas que no tenían el dinero que ellos sí tenían y ese carácter altivo que mostraban en sociedad, pero fui cauteloso, paciente, esperé hasta la Universidad para poder empezar a tener una vida por separado de la que ellos no tuvieran por qué enterarse y todo salió bien, con elegancia, todo llega a buen puerto.

Grandes oportunidades:

Las grandes oportunidades surgieron de conexiones importantes con gente que ya conocía a través de mi familia, no fue difícil saber dónde podría hacer conciertos privados y cómo llamar la atención de la gente, incluso, de discográficas importantes que pudieran fijarse en mi trabajo. Hubo un tiempo en el que estuve extremadamente ocupado entre las clases de empresariales y el piano, estaba ahogado, tenía muchos trabajos que entregar, cosas que estudiar y conciertos que planificar entre gente rica y perfeccionista que rebosaba de buen gusto y, bueno, tuve mis malas rachas y tonterías con el alcohol, me gustaban las fiestas y, de vez en cuando, me libraban de acabar con un ataque de nervios o dos.

Conocí a Annie en una de esas fiestas de músicos a las que solía ir para darme a conocer, estaba llena de lujos, luces, estúpidos brindis y gente que solo hablaba de cerrar tratos. Los dos terminamos aburridos en una esquina y me enteré de que a ella le encantaba tocar el violín, era una apasionada de la música y empezamos a ensayar juntos, hacíamos un buen dúo que impresionó a muchas discográficas que quisieron promocionarnos. Era de esperar que ella no le gustara a mis padres, no venía de buena familia, no era como nosotros y era demasiado modosita para ellos. Fueron tan maleducados que dejé de verles por completo, empecé a trabajar y a tener una vida propia con Annie.

Las lagunas:

Desde ese momento que decidí apostar por un futuro diferente, empecé a tener lagunas, ataques de pánico y momentos de estrés extremo que aparecían de la nada. Tuve suerte al haber terminado de estudiar y tener un poco más de tiempo libre porque caía enfermo muy a menudo, creo que fue uno de los peores momentos de mi vida. Hacía cosas que no recordaba que había hecho, me despertaba en sitios a los que no recordaba haber ido antes o haber pensado en ir, a veces, a kilómetros de distancia de casa, reflexionaba cosas que luego no recordaba… Annie era mi muleta, la que me decía qué había dicho o hecho, muchas veces, lo apuntaba en una libreta para cuando yo llegase y ella estuviera practicando o en algún concierto de violín, que pudiera saber qué me había ocurrido.

Era duro porque estuvo pasando durante años y no hubo forma de que dejara de ocurrir. Fui a varios médicos, al principio, creyeron que tenía algún problema cerebral, otras veces, hablaron de algo fisiológico que se les estaba pasando por alto y, por último, un trauma infantil que debió afectarme en el pasado y que, en el momento en que dejé de lado a mis padres, se activó como si fuese un botón. La cuestión era que nadie me ayudaba más que Annie, la chica que hice mi mujer por todo su esfuerzo porque yo estuviera bien y constante apoyo, fue una boda preciosa que trato de que no se vuelva una laguna y deje de recordarla. Ella creó el sistema de la libreta y añadió post-its en la pared para que parase en el momento de trance, si es que era eso lo que estaba ocurriendo. Funcionaba porque, a veces, cuando pretendía salir de casa me paraba al ver sus palabras pegadas en la pared, me sentaba y la esperaba, evitando el temor de haber hecho algo extremo que no pudiese explicar.

El cuerpo de Annie:

A pesar de estas lagunas que interferían en mi día a día, nos fuimos a vivir fuera de la ciudad, en una zona bastante arbolada y preciosa en la que hacía tiempo pensábamos mudarnos, nos gustó una casa grande y espaciosa donde queríamos tener hijos y pasar el resto de nuestra vida. Parecía que las lagunas empezaron a suceder cada vez menos, así que, supusimos que lo que ocurrió fueron situaciones aisladas que podrían tener que ver con el ruido y el ajetreo de la ciudad, junto a todo el estrés acumulado en la Universidad y los conciertos, así que, empezamos a olvidarlo, incluso, las notas en la pared y la libreta. Tuve miedo de olvidarlo pero Annie dijo que sería la única manera de superarlo, que debíamos hacer un esfuerzo para seguir adelante, por lo que, decidí hacerlo, tal y como ella dijo, probar y confiar en que todo saldría bien.

Pero, lo que jamás creí que ocurriría pasó. Me vi a mí mismo tirado en el suelo, con la cabeza y el costado adoloridos, con un cuchillo en la mano y sangre en la otra parte de la cocina que esperaba fuera mía pero que resultó ser de Annie. La encontré sobre un charco de sangre que salía de su pecho y su cabeza, con varias puñaladas del cuchillo ensangrentado que yo había sujetado tan solo unos pocos minutos antes y fui presa del pánico. Caí al suelo de rodillas, sollozando y recordando nuestra vida juntos, fueron flashes que aparecían en mi mente como fotografías. Llegó la policía y todo se oscureció a mi alrededor, no pude entender mucho, creo que me desmayé.

Un futuro imposible:

Estuve durante horas interminables en una sala de interrogatorios con dos tipos, el que hacía de poli bueno y el poli malo, parecía que nunca se ponían de acuerdo con las preguntas que debían hacerme, fue violento y ridículo, ¡había acabado de saber que mi mujer estaba muerta! Habían tenido muy poco tacto durante toda la charla y me acusaban de asesinato en primer grado, al parecer, tenían una prueba irrefutable como lo era el cuchillo que yo había sujetado en la mano cuando me desperté y las cuchilladas en su pecho, me vieron a mí al lado del cadáver llorando y gritando como un loco, tenían suficiente para encerrarme y yo no me acordaba de nada, tampoco tenía nada que justificara mi estado, mis lagunas… Ni siquiera se creyeron que teníamos un sistema, no quisieron que fuese a recoger las libretas.

No esperaba esto, la vida era una estúpida broma pesada, una pesadilla de la que despertar mañana, quizá en cualquier momento. Era frustrante no tener ni idea de qué había pasado o tener la certeza de si había sido yo quién la había matado y por qué, tenía una incertidumbre inexplicable que me impedía estar tranquilo, lo cual, también querían usar para acusarme. Querían llamar a mis padres para corroborar mi historia pero, ¿qué iban a decir ellos? Habíamos estado años peleados y ahora esto era lo único que les iba a hacer tener una relación conmigo, incluso, sabía que, con un par de llamadas mi padre podría hacer que todo esto desapareciera y estaba seguro que lo haría. Pero yo no quería. No quería que pararan la investigación, quería saber qué había sucedido y cerciorarme de si había sido yo, de si le había hecho daño, si la había matado y si quizá me había enajenado, era preciso, quería estar seguro y cumplir la condena que merecía si así había sucedido.

Ahora me queda esperar como un idiota a que alguien me diga algo… Esto no era lo que quería, lo que esperaba, lo que había pedido en mi vida. Esto era imposible…

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Sam: Tras un Asesino

Relato procedente:El Hombre de Hielo“. Edad: 38 años.

Ciudad: Sacramento. Profesión: Policía.

Descripción física:

Cabello corto, negro y fácil de cuidar. Tengo la tez pálida y los labios finos, los ojos marrones de mirada intensa. Soy esbelto, algo fornido debido al ejercicio diario al que me someto para poder realizar las labores policiales con mayor soltura y siempre visto con vaqueros y una camiseta cualquiera, con deportivas o zapatos de vestir o el uniforme del trabajo.

Descripción de la personalidad:

Siempre dicen que soy un tipo recto, que sé hacer lo que mandan sin preguntar, leal y con moral, sí puedo añadir que soy alguien bastante serio, escondo algunas de mis emociones bajo las finas capas de mis palabras y no suelo decir lo que pienso, mis frases con cortas y calculadas, para mí, no hace falta saber demasiado, me gusta ir al grano en las conversaciones con otros. Me gusta el silencio y la calma, mantenerme aislado y ver la tele tras llegar del trabajo con una buena cerveza y unas palomitas de bolsa, sin más vida que esa. Suelo ser bastante sincero y daño algunas sensibilidades ajenas pero me gusta creer que ayudo a otros a abrir los ojos hacia sí mismos, no me importa en absoluto qué piensen o crean los demás sobre mí, tampoco los rumores o las etiquetas que me pongan, vivo mi vida ocupado con el trabajo y cuando vuelvo a casa, lo demás, no existe.

Rectitud, lealtad y sinceridad:

Las tres palabras para una moralidad impecable, según decía mi padre. Él también fue policía y estaba muy orgulloso de ello, siempre quiso serlo desde el momento en el que se presentó a los exámenes y le dieron una bonita placa de investigador. Mis lecciones siempre giraban entorno a lo que él aprendió en la academia y, cómo no, quería que yo también fuera policía, digamos que crecí con ello en la sangre, no me negué. Aunque en el colegio fuese “el hijo del poli” y nadie quisiera juntarse conmigo, a mí me gustaba que lo fuera, me sentía seguro aunque mi madre siempre despotricaba sobre lo mal padre que había sido siempre dejándonos abandonados en casa mientras él hacia patrullas y se pelaba los sesos en cada asesinato que llegaba a su mesa.

No había que hacer preguntas, cuando te daban una orden tenías que cumplirla. Así que, empecé a volverme un poco más callado y, al ser adolescente, empecé a entrenar cada día para las pruebas físicas, solo tenía eso en la mente, ni siquiera los abusones del colegio podían desconcentrarme de ese objetivo. A mi madre le daba miedo y no quería que yo muriera solo como lo haría mi padre, era una dramática empedernida que no supo apreciar lo que tenía y prefería repetir esto antes de reconocer que ella también formó parte para que el matrimonio se rompiera y dejaran de verse aunque papá parecía estancado, siempre recordando los buenos tiempos.

No todas las mujeres son oficinistas:

Su nombre era Grace. Después de pasar las pruebas físicas y la academia, conseguí mi placa y mi arma reglamentaria, me asignaron un equipo en la misma ciudad y empecé a trabajar, lo que no esperaba era que hubiera una mujer como ella entre nosotros, no podía dejar de mirarla, incluso, sabiendo que la hacía sentirse algo incómoda. Al principio, creía que yo era una especie de acosador friki que quería saber lo que hacía, con quién y dónde iba pero lo cierto era que me parecía algo curiosa, por cómo se movía, hablaba y la comida que traía al trabajo, era buena investigando sobre todo casos de gente desaparecida y trasteando el ordenador. Una de nuestras primeras conversaciones fueron cerca del baño, donde siempre nos chocábamos y ella sonreía incómoda, la cogí del brazo y le susurré al oído el restaurante donde podríamos ir a cenar aquella misma noche, no respondió pero esperé allí hasta que apareció, eso era un sí.

Teníamos muchas cosas en común y se confirmaron aquella misma noche. El beso de despedida zanjó el acuerdo y seguimos quedando durante unas semanas más, empezando una bonita relación que acabó en matrimonio, con una hija preciosa y una casa que compré sin que ella lo supiera donde empezamos a vivir enseguida. Mi padre falleció poco después, mi madre cayó en una depresión muy fuerte y tuve que internarla en un hospital donde pudiera cuidar de ella. Era como si me hubiese quedado solo pero, esa no era la pura verdad al fin y al cabo, ¿no?

El Hombre de Hielo:

El llamado “Hombre de Hielo” tenía a toda la ciudad revuelta, la gente empezó a refugiar a sus hijos en casa a horas muy tempranas para que ese loco no les matara. Aunque disfrutaba matando mujeres, también se acercaba a niños, los violaba y los mataba, dejándolos en medio de la calle con una marca mostrando el hielo en la zona del ombligo. Había matado a unas veinte personas ya y se me ocurrió hacer un comentario en la calle que alguien de la prensa pareció escuchar y divulgó en televisión sin mi consentimiento. Fue algo tonto, una estupidez, una broma entre compañeros… solo dije que no tardaría en meter el culito de ese idiota en prisión aunque tuviera que traerlo en una sillita de bebé. En cuanto llegué a casa, encontré a mi mujer y a mi hija muertas en el suelo de la cocina. Dejó una nota en la que me retaba a meter su bonito culito en la cárcel después de haber tocado el mío por dos.

No podría expresar con exactitud lo que sentí en aquel momento pero culpable era una buena palabra a elegir aunque hubiera sido indirectamente. Jamás fue identificado o encontrado, no dejaba huellas y parecía que no fuera a parar. A decir verdad, estaba desesperado, solo y dado de baja para pasar el duelo de mi familia en paz, teniendo que ir obligado a un psicólogo para expresar mis sentimientos, esos que tanto solía esconder porque no me gustaba compartir una mierda con nadie que no conociera. Durante meses, lo único que hicimos fue mirarnos a la cara durante tres días a la semana por una hora, no sacamos nada en claro, me mandó a otro psicólogo y seguimos la misma operación, hasta que el jefe decidió darme de alta en el trabajo de nuevo, suponía que sería una buena medicina para ponerme mejor aunque no quisiera hablar de ello, al parecer, había pillado el mensaje. Tenía ganas de cazar a ese hijo de puta.

La llamada y el accidente:

El Hombre de Hielo llamó mientras dormía, recuerdo que eran las cuatro o cinco de la madrugada, diciendo que le gustaba cómo dormía Mónica, con lo que, intuí que estaba en su casa, a punto de matarla o herirla de gravedad para que yo la viese morir. Mónica fue mi compañera en el trabajo durante cinco años después de lo que ocurrió con mi familia y la tenía en gran estima o quizá, en demasiada estima pero nunca quise llegar a más, me sentía culpable por Grace si seguía adelante y nunca le pedía que saliera conmigo, me lo guardaba para mí para que nadie saliese herido pero él lo supo, algo que indicaba que nos había estado espiando en nuestras investigaciones.

Pedí refuerzos conforme salía del coche y entraba en casa de Mónica, vi que forzaron la cerradura pero a ella no le hicieron nada, todavía dormía, así que, me sentí algo confuso, ¿qué estaba haciendo exactamente?, lo supe unos minutos más tarde cuando me llamó para decirme que había hecho explotar la central de policía y darme una lección sobre que no podía salvar a todo el mundo, ¿qué lección de mierda era esa? Lo que recuerdo después es el haber estado en una cama de hospital tras esa llamada por haber tenido un shock en el que ni siquiera me podía poner de pie. Según Mónica, hubieron 100 muertos y 240 heridos, el resto tenían el día libre o estaban fuera recabando información, pero se encontraba ante un montón de escombros, triste y sola entre la penumbra que empezaba a embriagarla y tratando de no mostrarse emotiva.

Un futuro de destrucción y muerte:

El Hombre de Hielo había hecho esto sin que nadie se diera cuenta, quizá era parte de nuestro equipo sin habernos percatado o puede que tuviera un topo dentro, o puede que nadie se diera cuenta de su presencia porque no era alguien que llamara mucho la atención. Después de esto, sospechaba que iban a haber más muertes, por mí y para mí, le gustaba matar y también le gustaba verme sufrir, sabía quién me importaba aunque yo dijese que no me gustaba la gente, me había calado sin siquiera conocerme o quizá conociéndome desde hacía tiempo, aún no tenía ni idea pero debía conseguir pistas como fuese.

Las pruebas no eran concluyentes o no habían huellas, podía ser que nada encajase al fin y al cabo y que este tipo fuera quién fuera no recibiera lo que merecía, incluso, dándole la oportunidad de seguir matando y aterrorizando la ciudad, a familias enteras y a policías confusos, nadie iba a dormir tranquilo hasta meter el culito de ese cabronazo entre rejas.

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Maggie: Deseo de Ser Otra Mujer

Relato procedente:Una Pausa Cercana“. Edad: 38 años.

Ciudad: Brujas (Praga). Profesión: Fotógrafa.

Descripción física:

Cabello corto y negro hasta los hombros, liso, maleable, sin necesidad de florituras. Mis ojos son de un castaño oscuro, penetrantes, labios finos, piel algo seca y soy esbelta. Suelo vestir con vaqueros rotos y algún top ajustado o con tirantes, aunque cuando hace frío, prefiero llevar sudaderas o jerseis, combinado con unas Vans o Converse. Muchas veces, me ha gustado vestir algo más rockera, maquillarme con tonos más oscuros y utilizar carmín rojo sangre o quizá, negro, en mi tiempo libre lo disfruto, pero trato de dejar estos gustos fuera del trabajo, la buena impresión delante de los clientes es lo mejor para que sigan acercándose nuevos a través del boca a boca, nunca falla.

Descripción de la personalidad:

Muchos me consideran algo brusca, puede que borde al hablar, puede ser cierto, aunque a mí me salga del todo natural, es un método de auto defensa del que es bastante difícil el desacostumbrarse. No soy del todo sincera hasta llegado el momento en el que estoy entre la capa y espada y debo decir lo que creo aunque tarde años en hacerlo, me siento incómoda en lugares repletos de gente y no soporto los interrogatorios, son agobiantes. Soy algo callada y no soporto la condescendencia, me gusta ser libre de hacer lo que quiera cuando quiera y no ceñirme a horarios que otros marquen, por ello, trabajo autónomamente de fotógrafa, me ayuda a marcar mi propio ritmo sin necesidad de asesoramiento externo o un jefe.

Del orfanato a la calle:

Fui una de esas niñas a las que nunca adoptaron, era algo problemática y no solía ir limpia a las reuniones con los padres adoptivos para evitar formar parte de una familia que podría no aceptarme nunca, hacía novillos, me escondía en la sala de las calderas por las noches para leer libros no permitidos que robaba de la biblioteca y muchas más cosas que ahora no recuerdo pero hasta que salí de allí, fui bastante rebelde y desagradable. El único que me caía bien era mi psicólogo, era un tipo bastante enrollado pero nunca le di a entender que me gustaba, sonreí un par de veces en su consulta pero siempre trataba de ocultárselo, no quería que supiera que lo que me enseñaba era útil, no quería irme y seguir siendo una rebelde sin solución era lo único que podía hacer para quedarme y evitar hogares que desconocía.

A los 18 años salí, ya era prácticamente una adulta y debía empezar mi vida como tal, aunque nadie me hubiese enseñado a hacerlo. Empecé viviendo en albergues, fui conociendo gente bastante maja y agradable, Sam fue uno de ellos. Era guapo, interesante y muy servicial, siempre procuraba que todos las personas del albergue obtuvieran un techo, agua caliente, comida y noches agradables de lectura para que vida dejara de parecer tan dura, era mi preferido pero nunca lo dije en alto. Siempre pasaba por delante de él para que me sirviera la comida, nos quedábamos mirando un rato y me iba sin mediar palabra aunque él me saludase, callada y tímida hasta la tumba.

Mejoras óptimas:

Estuve en los albergues hasta los 21, cuando se ofrecieron varios pisos nuevos para gente que no tenía nada, querían que los ocupáramos y nos ofrecían varios trabajos, una labor muy solidaria de Sam, el que se encargó de hablar con el ayuntamiento y los constructores, no sabía quién era o para quién trabajaba, pero parecía ser alguien importante, con influencia. El piso que me ofrecieron fue genial, un cambio agradable, considerando que nunca había vivido sola, y el trabajo de dependienta en la tienda de fotografía del mismo barrio, era interesante y, a la vez, llevadero. No me gustaba hablar demasiado pero sí empecé a cogerle el gusto a eso de hacer fotografías.

El trabajo empezó a gustarme, así que, un día paseando por el parque, vi un anuncio en una farola, donde decía que daban clases de fotografía para futuros fotógrafos, no era demasiado caro pero, podía ahorrar si me apetecía entrar, era una buena iniciativa. Me dediqué a estudiar y a trabajar durante un tiempo y parecía que mi vida iba mejorando. No supe nada de Sam hasta unos meses más tarde, cuando vino a casa a comprobar si todo iba bien, él mismo lo hacía con todas las personas que habían formado parte del albergue, quería ayudarnos de verdad y cada dos o tres meses, hacía visitas a cada uno para saber cómo llevábamos los cambios y si había algún problema. Fue muy cariñoso, atento y hasta me pidió una cita, algo a lo que no pude negarme, cada vez que le miraba sentía mariposas revolotear por mi estómago y, aunque incómodo, me hacía sonreír.

El porvenir inesperado:

Me encantaba salir con Sam, nos atraíamos, hablábamos de todo y estábamos a gusto juntos. Estuvimos saliendo durante dos años sin interrupciones y empecé a ayudarle en los albergues, además de haber empezado mi propio negocio de fotografía desde casa, yo misma me había montado todo el equipo necesario de revelado, las cámaras y los objetivos perfectos dependiendo de en qué ambiente, zona y luminosidad estaba, los clientes empezaban a llamar solos y yo estaba muy feliz, pude dejar el trabajo de dependienta y dedicarme al cien por cien a la fotografía de forma autónoma, el curso que hice me sirvió muchísimo. Sam estaba encantado.

Todo iba sobre ruedas, pero no esperaba la pedida de mano, mucho menos cumplir una expectativa de mujer con hijos, a penas hacía dos años que había empezado a vivir y ya estaba ante un pedrusco enorme de no sé cuántos quilates que brillaba tanto como para cegarme. Recuerdo haberme quedado paralizada, con Sam arrodillado en el suelo y diciéndome todas aquellas cosas tan bonitas, no podía creer que fuéramos a llegar tan lejos y menos en aquel momento. Vi sus ojos, esperaba el “sí”, sonreía como un niño pequeño que quería su juguete y lo quería ya mismo. No estaba del todo segura, pero no quería decirle que “no” para no desilusionarle y perderle, así que, dije que “sí”, por supuesto, empezando a tomar las píldoras anticonceptivas porque sabía perfectamente qué vendría después de la boda.

Alivio instantáneo:

Tras dos años más de casados y tratando de quedarme embarazada desde hacía unos pocos meses sin éxito, como era obvio, sentí una punzada en el pecho, como si no pudiera respirar, como palabras agazapadas dentro de mí esperando ser escupidas. Mi médico me dijo que todo iba bien, aunque yo no lo estuviera, todavía sentía mi pecho cargado, pesado, sin saber muy bien por qué. Me di cuenta de que esa punzada la sentía cada vez que Sam sacaba el tema de nuestro futuro, nuestros hijos y qué casa nos compraríamos para pasar allí las vacaciones en familia, era como si hubiera algo que me moría por decirle pero que evitaba. Decidí hacerlo cuando noté que el dolor de mi pecho se volvía insoportable.

“No quiero seguir casada ni tener hijos”, esas fueron mis palabras exactas. Sam ni siquiera se movió, estuvo durante un rato sentado en el sofá mirando una vela aromática sobre la mesa del té sin tener ningún tipo de reacción fuera de lugar, aunque yo la esperaba. Lo único que obtuve de ello fue un rato de sexo apasionado y el despertar con el sol dándome en la cara, a la vez que le veía irse al trabajo sin más, como si la conversación de la noche anterior no hubiera existido, dejándome confusa entre mis pensamientos y dudosa de nuestra relación, a decir verdad, aún lo estoy.

Un futuro a la espera de una respuesta:

Sé que debo esperar una respuesta. Su respuesta. No sé cuánto tiempo tardará en dármela o si me la dará. Conozco a Sam, lo interioriza todo se sienta como se sienta, sin decir nada a nadie, no comparte demasiado sus sentimientos, mucho menos, cuando duelen. Tan solo queda esperar, sin desesperar, aunque nuestra relación puede que no sea la misma, o quizá sí, tampoco lo sé. Lo cierto es que me he sentido, de alguna forma, aliviada, sincera por una vez.

A la espera de una respuesta…