Publicado en Reflexiones

Palabras sin Nombre:

No te gusta la gente, tienes que reconocerlo. No sabes hablar con ellos. No sabes qué decir o que se supone que queda bien, así que, te quedas en silencio. A veces, te resbalas y dices lo que no debes, te arrepientes y vuelves a actuar como si no pasara nada, lo reprimes y te dejas llevar, le quitas importancia y deseas que un día más trascurra sin incidentes. No puedes hablarlo, no puedes decirlo. Estás loca. Claro, esa sería la palabra clave. Y ya te miran bastante raro. No es conveniente poner nombres, etiquetar las relaciones, las palabras.

No te gusta salir mucho. No encajas. No te sientes parte de algo y puede que nunca lo hagas, está más que aceptado porque no ha empezado hoy, ya lleva tiempo. Notas la distancia, el vacío entre nosotros, somos extraños que pretendemos ser otros. Debes ponerte una máscara en cada situación. Tus amigas dicen serlo pero no te han llamado desde hace semanas, tú tampoco a ellas. Suelen decir que eres una pasota y una dejada, que no te las mereces, pero son ellas las que no te merecen a ti, ya demasiado haces. Solo las aguantas, las escuchas porque tienes que hacerlo. Les das cualquier respuesta estándar que se te ocurre y cierras el trato de una amistad rota. Otra más.

El último tío con el que saliste era un idiota. Con el que sales ahora, bueno, sabes que no tiene nada especial pero te acuestas con él por obligación, no es más que otra persona programada para tener una vida normal y corriente, casándose, teniendo hijos e imaginándose un mundo mágico que no existe. Tú sabes la verdad y no es para nada mágica. No te identificas con nada de eso y tienes pánico de que llegue «la conversación», o más bien un múltiplo de ellas. Primero, viene la pregunta de si sois pareja, luego viene la siguiente de si algún día te gustaría casarte, puede que un poco más cerca, empiece a plantearte el vivir juntos y, lo más seguro es que te pregunte si quieres tener hijos. En tu cabeza, lo niegas todo, no quieres nada de eso, ya bastantes problemas tienes. Él insiste una y otra vez, necesita convencerte, necesita que quieras lo mismo que él quiere para seguir dependiendo de ti, para seguir juntos y darle lo que más desea. Le dejas, esa es tu única salida. La salida en cada una de las relaciones que empiezan a nombrarse por sí mismas, es aburrido.

Te gustan las películas, adoras el cine y te apetece ir. ¿Vas sola? Quizá sea la mejor idea, dado que tu supuesto y etiquetado «novio» ya no existe. Disfrutas la película y decides acercarte a un bar a tomar algo para refrescarte un poco. Y, por supuesto, se acerca el baboso. «Oh dios, no», piensas víctima del pánico. Tratas de levantarte pero ya te ha cazado con una de las historias que la mayoría de tíos inventan para mostrarte lo buenos y cariñosos que son, lo geniales que son en la cama y lo bien que te van a cuidar, cuando sabes que solo quiere un revolcón. Típico y aburrido. Te levantas, dejando la copa tras de ti y al tipo con la palabra en la boca. Ni siquiera puedes ir a un bar sin tener que hablar con alguien.

Llegas a casa, tu espacio seguro. El único lugar donde puedes ser tú misma, donde puedes respirar y evadirte del exterior. Te pones el pijama y enciendes la tele, el silencio te invade y notas una sensación de tranquilidad indescriptible. Hasta que se interrumpe porque tienes a tu madre al teléfono, llevaba días sin llamar. Necesita que la acompañes a comprarse ropa para el siguiente evento familiar, ese que solo de recordar te da ganas de vomitar, irá demasiada gente, gente que odias. Tratas de sonreír y ser amable, seguro que es lo que ella quiere oír, lo agradecerá aunque tengas unas ganas locas de desaparecer. Seguramente, tengas que soportar a la idiota de su amiga, la gritona, la que parece que vaya a reventarte los tímpanos. También quiere comprarte un vestido, estás soltera y deberías encontrar a tu media naranja en ese evento tan espléndido, van a ir jóvenes muy acaudalados. Tan rápido como puedes, cuelgas. Gilipolleces.

Odias los vestidos. Los has odiado siempre pero ella no lo sabe, es mejor así. Te da lo mismo la ropa, te pones cualquier cosa que ves en el armario pero, cuando sales debes parecer otra persona, utilizas cualquier disfraz pero, para ver a mamá seguramente, el rojo oscuro sea el más potente, puede que denote poder y no fracaso, alegría y no pesadez, viveza y no agotamiento. Es curioso lo lento que pasa el tiempo cuando haces algo que te importa menos que un bicho en la carretera. Solo tienes ganas de llegar a casa y echarte, olvidar que el mundo existe. Pero, no le pongas nombre, no lo digas en voz alta, pensarán que eres una antisocial de primera clase y no queremos eso, ¿verdad? Queremos que piensen que somos santas. No te gusta ningún vestido pero eliges el morado, justo el que había señalado tu madre, cuánto más le guste a ella menos se quejará, ¿no? Y más rápido os iréis de ese antro.

Te pide ir a la cafetería de enfrente, necesita un café y una tarta. Pensabas que estaba a dieta, al menos, eso es lo que dijo pero sabes que las personas suelen mentir más que hablar. Bueno, eso tú también lo haces, pero nadie puede juzgarte, ¿no? Tratas de mirar la hora sin que ella lo note, tienes ganas de salir de allí, notas que tu corazón se acelera y tu respiración se entrecorta, no soportas oírla hablar así de sus amigas, te da la sensación de que se ha convertido en una persona horrible, ni siquiera es como la recuerdas cuando eras pequeña. Sigues asintiendo mientras le das sorbos a tu té, repites algunas de sus palabras para que note que estás de su parte pero sin animar demasiado la conversación, no quieres quedarte diez horas más. Te terminas el té y tu madre el café, pero ha pasado más de una hora y no parece que quiera levantar el culo de la silla. Está claro, debes hacerlo. Finges que te llaman del trabajo, te excusas con ella y te vas. Inteligente plan, nunca falla.

En casa de nuevo, pero esta vez, no cometes el mismo error. Desconectas todos los aparatos electrónicos y te echas en el sofá. Por fin has vuelto a respirar bien. Poco a poco, vas cerrando los ojos y empiezas a soñar en un mundo que no tiene nada que ver con este, uno en el que te gustaría estar, uno que solo tú has creado.


Words Without a Name:

You don’t like people, you have to acknowledge it. You don’t know how to talk to them. You don’t know what to say or what’s supposed to look good, so you’re silent. Sometimes, you slip and say what you shouldn’t, you regret it and you act again as if nothing happens, you repress it and let yourself go, you downplay it and you wish that one more day would pass without an incident. You can’t talk about it, you can’t say it. You are crazy. Sure, that would be the key word. And they already look at you quite weird. It is not convenient to put names, label relationships, words.

You don’t like to go out much. You don’t fit in. You do not feel part of something and you may never do it, you accepted it because it has not started today, it has been a long time. You notice the distance, the emptiness between us, we are strangers pretending to be others. You must put on a mask in every situation. Your friends say they are good but they haven’t called you for weeks, neither have you. They usually say that you don’t care much about nothing, that you do not deserve them, but they are the ones who do not deserve you, you already do too much for them. You just put up with them, you listen to them because you have to. You give them any standard answer you can think of and close the deal of a broken friendship. Another one.

The last guy you dated was an idiot. The one you date now, well, you know he has nothing special but you sleep with him out of obligation, he is just another person programmed to have an ordinary life, getting married, having children and imagining a magical world that does not exist. You know the truth and it is not at all magical. You don’t identify with any of that and you’re panicked that «the conversation» is coming, or rather a multiple of them. First, comes the question of whether you are a couple, then comes the next one of whether one day you would like to get married, maybe a little closer, start considering living together and, most likely, ask you if you want to have children. In your head, you deny everything, you don’t want any of that, you already have enough problems. He insists again and again, he needs to convince you, he needs you to want the same thing he wants to continue depending on you, to stay together and give him what he wants the most. You leave him, that’s your only way out. The way out in each of the relationships that begin to name themselves, it’s boring.

You like movies, you love movies and you feel like going. Are you going alone? Maybe it’s the best idea, given that your supposed, labeled «boyfriend» no longer exists. You enjoy the movie and decide to go to a bar to have a drink to refresh yourself a little. And, of course, the slug is approaching. «Oh god, no,» you think panicking. You try to get up but he has already hunted you down with one of the stories that most guys invent to show you how good and affectionate they are, how great they are in bed and how well they are going to take care of you, when you know he just wants to sleep with you. Typical and boring. You get up, leaving the cup behind you and the guy with the word in his mouth. You can’t even go to a bar without having to talk to someone.

You get home, your safe space. The only place where you can be yourself, where you can breathe and escape from the outside. You put on your pajamas and turn on the TV, the silence invades you and you notice an indescribable sense of peace. Until it is interrupted because you have your mother on the phone, she didn’t call you since a few days ago. She needs you to accompany her to buy clothes for the next family event, the one that just remembering it makes you want to vomit, too many people will go, people you hate. You try to smile and be kind, surely it is what she wants to hear, she will appreciate it even if you have a crazy desire to disappear. Surely, you have to endure the idiot of her friend, the screamer, the one who seems to burst your eardrums. She also wants to buy you a dress, you are single and you should find your better half at that splendid event, very wealthy young people are going to go. As fast as you can, you hang up. That’s bullshit.

You hate dresses. You’ve always hated them but she doesn’t know, it’s better that way. You don’t care about the clothes, you wear anything you see in the closet but, when you go out you must look like someone else, you use any costume but, to see mom surely, dark red is the most powerful, it may denote power and not failure, joy and not heaviness, liveliness and not exhaustion. It’s funny how slow time goes by when you do something you care less about than a bug on the road. You just want to get home and kick yourself out, forget that the world exists. But, don’t name it, don’t say it out loud, they’ll think you’re a first-class antisocial and we don’t want that, right? We want them to think we are saints. You don’t like any dress but you choose the purple one, just the one your mother had pointed out, the more she likes it the less she will complain, right? And faster you will leave that den.

She asks you to go to the cafeteria which is near, she needs a coffee and a cake. You thought she was on a diet, at least, that’s what she said but you know that people tend to lie more than talk. Well, you do that too, but no one can judge you, right? You try to look at the time without her noticing, you feel like getting out of there, you notice that your heart is racing and your breathing is short, you can’t stand hearing her talk like that about her friends, it gives you the feeling that she has become a horrible person, it’s not even how you remember her when you were little. You keep nodding as you sip your tea, repeat some of her words so that she notices that you are on her side but without animating the conversation too much, you do not want to stay ten more hours. You finish the tea and your mother the coffee, but it’s been more than an hour and she doesn’t seem to want to lift her ass out of the chair. It’s clear, you must do it. You pretend to be called from work, you excuse yourself with her and you leave. Smart plan, never fails.

At home again, but this time, you don’t make the same mistake. You disconnect all the electronics and lie on the sofa. You’re finally breathing well again. Slowly, you close your eyes and begin to dream in a world that has nothing to do with the real one, the one in which you would like to be, one that only you have created.


Publicado en Personajes

Gale: El que Enfrenta una Pérdida

Relato procedente: «Una Vida sin Ti«. Edad: 43 años.

Ciudad: Boston. Profesión: Empresario.

Descripción física:

Mi cabello es de color negro con algunas canas en los costados, mis ojos son castaño claro y mis labios finos. Mi tez siempre ha sido pálida pero en los últimos años, ha ido haciéndose un poco más morena, digamos que ligeramente. He cogido unos cuatro kilos de más aquí y allá debido al estrés, me da por comer los pastelitos que hacen en la cafetería dos bloques más allá de mi casa. Suelo vestir de traje y corbata de lunes a viernes, los fines de semana, me gusta más llevar vaqueros y camisa si voy a salir pero cuando no, me aficiono a estar en casa en pijama.

Descripción de la personalidad:

Me considero trabajador y me suelo conformar con poco. Por lo general, tengo energía pero en mis días libres, cae en picado por lo que soy un solitario adicto a las películas de terror y a las palomitas. No soy para nada lo que aparento, puedo parecer elegante, caballeroso, entregado, atento y muy servicial pero en cuanto cruzo la puerta de salida del trabajo, soy un tipo normal que preferiría pasarse la tarde leyendo cómics y recordando buenos tiempos con amigos, soy bastante nostálgico y me encanta la cerveza, las tabernas son mi segundo lugar favorito, como un refugio o un segundo hogar.

Lazos importantes:

No recuerdo haber tenido momentos de infancia del todo agradables, lo único que me gustaba era leer y esconderme debajo de la cama, corretear después de las clases por el parque que había frente al colegio y comprarme chucherías en la tienda que había calle abajo de casa de mis padres. Era una rutina que me hacía sentir medianamente feliz dentro de mi miseria. Lo único que podía oír en casa eran gritos, mis padres discutían por cualquier cosa, cada día se aguantaban menos y solían evitarse bastante. Ni siquiera se daban cuenta de cuándo me iba y tampoco de cuándo volvía, y empecé a los ocho años después de escuchar una pelea horrible entre ellos donde oí un fuerte golpe contra la pared de su habitación. Pensé en lo más terrible que alguien podría imaginarse y, me dio tanto miedo que salí corriendo. Ahí es cuando me di cuenta de que huir no era una idea tan mala.

Empecé a salir cada noche, me sentaba en un banco cerca de casa y abría las páginas de un nuevo cómic, se convirtió en un ritual. Una de estas noches, otro niño de mi misma edad, se sentó a mi lado. Se llamaba Michael. Ambos nos sonreímos y nos sorprendimos al saber que íbamos al mismo colegio pero no nos habíamos visto. Pareció pura casualidad pero años después, creí firmemente que fue el destino porque, a partir de ese momento, fuimos inseparables. Él no solía hablar mucho, menos de sus sentimientos, pero supe que algo pasaba en su casa, a veces, se pasaba noches enteras sin dormir sentado en un banco sin poder volver. Algunas de estas noches, le invitaba a dormir en casa sin que mis padres se enteraran, a primera hora solía salir por la ventana y volver a la suya.

Lealtad y respeto:

A pesar del paso de los años, nuestra amistad siempre se basó en lealtad y respeto. Íbamos a todas partes juntos, él era el fuerte y el que solía enterrar sus emociones, mientras que yo era más expresivo y solía decir lo que pensaba. Nos complementamos. En situaciones difíciles, solíamos llamarnos a medianoche para vernos, despejar nuestra mente con un juego de ajedrez, de rol, un cómic o puede que un paseo a la luz de la luna. Recuerdo que muchos de los abusones del colegio le tenían miedo, no se acercaban a mí porque él estaba allí, solía tener temperamento, pero solamente le vi enfadado unas cinco o seis veces en la vida.

Incluso cuando ambos nos casamos, solíamos vernos para cenar y tomarnos unas cervezas, comentar anécdotas y, por supuesto, hablar de cómo iba en el trabajo. Recuerdo que me despidieron y yo estaba desesperado, le llamé para pedirle consejo y, al día siguiente, Michael me dijo que fuera a su compañía que tenía empleo para mí. ¿La verdad? No sé qué hubiera hecho sin él. No he tenido hijos y él tampoco pensaba tenerlos, amábamos a nuestras mujeres pero no hasta ese punto, supimos que teníamos la fecha de caducidad pegada al culo cuando nos negamos los dos. Fueron decisiones difíciles, dos divorcios juntos y un montón de deudas que pagar y mierdas emocionales que superar pero siempre quedábamos, no había un solo día que no fuéramos juntos a tomar algo al salir del trabajo. Me gustaba eso, me encantaba que esos lazos no se disiparan nunca.

Actitudes extrañas:

Pero, como sabemos, todo lo que empieza también acaba, ¿verdad? Nuestra amistad no fue, estoy seguro. Había algo en él que no era lo mismo, empezó a actuar diferente. Faltaba a las reuniones del trabajo, no venía a la empresa días seguidos, no respondía a las llamadas ni a los mensajes, cuando respondía era para decir algo rápido y colgar, ya no venía a tomarse una cerveza con los compañeros de trabajo o a cenar con los amigos comunes, e incluso, su madre me llamó para preguntarme qué ocurría con Michael. Eso sí me preocupó. Sabía que con su padre no había tenido nunca muy buena relación, pero con su madre tenía una especie de amistad especial como él la llamaba y todos los días hablaban por teléfono.

Sabía que algo pasaba, ni siquiera su ex mujer sabía nada de él. Se separaron pero en buenos términos, nada de garras, sangre y destrucción, más bien fue algo pacífico, sabía que quedaban para hablar de vez en cuando pero ella ya hacía meses que tampoco sabía nada de él. Y, por si fuera poco, no le abría la puerta de casa a nadie, se quedaba dentro y no había forma de sacarle. Continué preocupado, por supuesto pero, ¿qué más podía hacer yo? Le di un poco de espacio, incluso, analicé si le había hecho algo de forma personal que no recordaba y que podría haberle herido pero no se me ocurrió nada, así que, desistí. Al final, pensé que estaría pasando por una fase, la verdad, ya no sabía qué pensar, me faltaban ideas.

La llamada:

Michael me llamó minutos antes de morir. Su voz era temblorosa, tartamudeaba un poco, sollozaba de vez en cuando y no sabía muy bien qué decirme. A decir verdad, me dio la sensación de que yo fui su «última llamada». Sonó como si se despidiera, no le entendí muy bien, trataba de poner más atención, de subirle el volumen al teléfono pero, no podía terminar de entenderle bien y, a veces, se cortaba la señal. Después de un par de minutos muy rápidos y cortos al teléfono, colgó sin despedirse. Supongo que, solo oír su voz ya era en definitiva, una despedida.

Entonces me pregunté varias cosas. ¿Por qué me llamaría después de tantos meses sin casi hablar ni responder a las llamadas? ¿Por qué justo en ese momento? ¿Estaba en apuros? ¿Necesitaba ayuda? ¿Dónde iría si así fuera? ¿Esa llamada era una especie de mensaje para mí que yo debía entender para saber dónde buscarle? No sé, mi mente iba a tres mil por hora, ni siquiera sé por qué me dirigí justo a ese puente, no sé si fue una especie de intuición, el destino o su esperanza que me acompañaba. La cuestión fue que llegué. Corrí por todo el puente, le llamé. Estaba desierto a las dos de la madrugada, por supuesto, a penas pasaban dos o tres coches por allí. Me asomé por todos los rincones, hasta que le vi. Le vi tirado en unas rocas, había sangre en ellas y su cabeza estaba abierta, su cuerpo inerte, sus ojos me miraban y su piel se había vuelto pálida. Grité. Grité de dolor, lloré y le di golpes al puñetero puente. No iba a conseguir nada porque él seguía muerto. Incluso, diciéndolo ahora sigue pareciendo mentira. Llamé a la policía y a la ambulancia, pasé por interrogatorios donde me tuvieron toda la noche. Llegué a casa al día siguiente, exhausto y agotado.

El funeral:

Dos horas antes, no quería ir. Estaba harto de pensar en él todo el tiempo, quería que volviese, no quería decir unas palabras en su funeral, eso sería una admisión de que estaba muerto. Me arrastré a mí mismo allí, tratando de calmar a sus padres, hacía pocas horas de que se habían enterado de que Michael se había suicidado. Mi mente no dejaba de darle vueltas al por qué. Su vida había continuado exactamente igual, ¿qué había cambiado? Seguía preguntándome si alguien le podría haber amenazado con algo, si alguien podría haberle manipulado para que lo hiciera, nunca he creído que él mismo se tirara sin razón, por teléfono parecía muy angustiado, como si tuviera que hacer algo que no quisiera hacer. No le entendí muy bien pero, tuve esa sensación en mis entrañas desde esa llamada y era algo que no pensaba ignorar.

Traté de ser lo más conciso y específico en respecto a nuestra amistad entre esas palabras que dije a los presentes en el funeral, traté de ser quién él hubiera querido y no el pesado que no dejaba de hablar de gilipolleces sentimentalistas. Sabía que odiaba todo eso y sabía que hasta odiaría las flores que su madre había comprado, incluso el ataúd. Él siempre había querido que lo quemaran, quería desaparecer del mundo, no quería dejar rastro, nos reíamos pero le creí por alguna extraña razón. Su ex mujer no quiso estar más de lo necesario, no pudo hablar durante todo el tiempo que duró el funeral ni siquiera con los padres de Michael, ni siquiera conmigo.

Un futuro sin él:

Supongo que a todo hay que acostumbrarse. Quizá él ya no esté y esas cervezas que tomábamos ya no vuelvan a suceder pero el agujero que estaba empezando a sentir dentro de mí se agrandaba por momentos, quería llorar todo el tiempo. Empecé a estar furioso desde la noche que le encontré, impotente desde su llamada, confuso desde que empezó a aislarse y no sabía de él, triste desde que se empezaba a aceptar que se había ido. Me había prometido que seguiría investigando por mi cuenta qué podría haber sucedido, seguía creyendo que era imposible que se suicidara, no había motivos y lo sabía mejor que nadie porque le conocía.

Ver claramente un futuro sin él iba a ser difícil, pero no me estaba permitiendo demasiado pensar en ello, aunque le estaba recordando a cada sitio al que iba, era como si caminara junto a mí aunque no pudiese verlo. Espera, ¿lo hacía? Ojalá pudiera saberlo. Iba a tratar de levantarme por las mañanas y seguir adelante, por él.


Publicado en Relatos

Una Vida sin Ti:

Podía verlo en tus ojos, podía sentirlo en mí, no eras tú mismo. No podía identificar qué era, qué hacía que te hiciera parecer tan frío, solitario, aislado del mundo, no entendía muy bien qué querías decirme pero que no me decías. Hablabas en susurros, para tus adentros, sin cesar, pensabas demasiado, corrías demasiado y casi no comías. No sabía a qué venían tantos cambios, pero quizá te estaba afectando verte así tanto como a mí, eso seguro. Quise preguntarte pero siempre había algo que me frenaba, una sensación que me decía que no era el momento adecuado para hacerlo.

Nunca lo dijiste. Nunca me atreví a preguntar. Existía una distancia imposible entre nosotros, no habías estado tan lejos estando tan cerca antes, habíamos estado unidos, formábamos un equipo, nos apoyábamos en cualquier situación pero te desvaneciste de alguna forma, aunque tu cuerpo siguiera a mi lado. Eras una sombra a la que ya no podía llamar hogar. Existía una tristeza en ti que no había visto, no tenía ni idea de cuándo había comenzado o de si había ocurrido de forma natural en el tiempo o ya residía en tu interior sin haberlo notado. Esa melancolía se extendía a tu corazón, corto de palabras y largo de pensamiento, así es como te calificaba para entender tus fases y tus estados cambiantes.

Dejé de descifrar qué te ocurría con solo mirarte, dejaste de ser evidente, ya no te importaba si te entendían o si no, eras un sujeto más en el mundo que empezaba a pensar solo en sí mismo, un nuevo espectro que trataba de sobrevivir luchando contra su propia mente. Porque estabas en ella, estaba seguro. No estabas loco, eso lo sé, pero decías cosas sin sentido y te asustabas con facilidad, ni siquiera podía tocarte sin que dieras un brinco, tus ojeras empezaban a mostrar tu insomnio casi constante del que no comentabas nada. Aunque sí lo hiciste otras veces y entre copa y copa, tratábamos de ayudarte. Dejó de ser así de un día para el otro. ¿Qué pasó? Cada día sigo preguntándomelo.

Salías y caminabas sin rumbo, y sí, lo sé. ¿Cómo lo sé? Supongo que preguntarás. Bien, a veces, te seguía al terminar el trabajo, no podía evitarlo porque quería comprobar que estabas bien. Y sí, confirmo otra vez que caminabas sin rumbo alguno entre calles estrechas y sin mucha luz, como si buscaras a alguien que pudiera meterte en líos o quizá tú mismo buscabas alguno, no tengo ni idea y no parece que la respuesta vaya a aparecer en un instante. Siempre fuimos imperfectos, dos autodidactas, frikis y locos por los cómics, podíamos comentar historias durante horas y no cansarnos, pero dejaste de venir a casa y yo también lo aparté, no había nadie más con quién hacerlo, eras mi compañero. Pero quizá, hacía tiempo que te habías ido.

Pasabas horas ausente, tenía que excusarte con nuestros amigos, tu familia y compañeros del trabajo, llegaba a ser incómodo y realmente vergonzoso, ni siquiera sabía qué era lo que tenías que hacer tan importante fuera para que no vinieras más, para que te alejaras tanto como para preocuparnos. Cada uno de nosotros se preguntó si hicimos algo mal, si dijimos algo que no debíamos o si quizá te ofendieron en el trabajo en alguno de los proyectos en los que trabajabas pero nada acudió a mi mente. Lo siento pero, ¿se suponía que debía encontrar respuestas? ¿Debí ser más efectivo? ¿Quizá algo más insistente, consistente? Solo quería que mi mejor amigo volviera, pero estaba seguro de que no podría ser que eso cambiase muy pronto, seguías actuando raro.

Hasta que lo supe, supe que se había acabado cuando recibí una llamada. Eras tú. Me extrañó, hacía meses que no veía tu nombre en la pantalla del móvil, así que, contesté de inmediato. Parecía que no pudieras hablar, que te ahogaras con tu propio dolor o por tus lágrimas, quizá ambas cosas, pero sonó como una despedida. Tras tantos meses sin decir una palabra, sabía que algo iba mal, sabía que ibas a hacer algo quizá arriesgado pero no me hubiera imaginado encontrarte así, tampoco hubiera pensado tener que llamar a la ambulancia y a la policía para que te recogieran de entre las rocas después de haberte tirado desde el puente más alto de la ciudad, sin dejar una nota, solo una llamada en la que a penas podías articular palabra. Tuve que adivinar dónde estabas. No fue fácil.

Había una parte oscura en ti que te engulló, absorbió tu alegría, tus risas, tu sentido del humor y quizá tus ganas de vivir, porque nunca te había visto así, era como hablar con otra persona fuera de su propio cuerpo, como una alma solitaria que no quiere volver a su estado actual. No dejaste nada más en nuestra mano para poder explicar qué pasó realmente, qué te hizo volverte así, que te hizo creer que guardando tantos secretos como empezabas a hacerlo y a reprimir emociones iba a ayudarte a pasar por lo que fuera que estuvieras pasando. Desde luego, podrías haber recurrido a nosotros, pero supongo que no pudiste. O no quisiste. Dejaste que esa oscuridad se extendiera, se apoderara de cada momento perfecto, de cada logro y cada centímetro de felicidad que aún te quedaba en tu interior. Pero, por alguna razón que aún desconozco, algo me dice que esperabas que sucediera, lo aceptaste de alguna forma.

Hace un par de horas he vuelto de tu funeral y ha sido devastador. No tienes ni idea de lo duro que ha sido perderte, ir allí y fingir delante de todo el mundo, calmar a tus padres para que no creyeran que fue su culpa. No sé en qué pensabas pero nos has dejado un gran vacío, uno oscuro y quebradizo. Nunca me imaginé la vida sin ti, así que, imagino que ahora tendré que hacerlo.


A Life Without You:

I could see it in your eyes, I could feel it inside me, you weren’t yourself. I couldn’t identify what it was, what made you look so cold, lonely, isolated from the world, I didn’t quite understand what you wanted to tell me but what you didn’t tell me. You spoke in whispers, to your insides, endlessly, you thought too much, you ran too much and you hardly ate. I didn’t know what so many changes were coming to, but maybe it was affecting you to see you like that as much as it was for me, that’s for sure. I wanted to ask you but there was always something holding me back, a feeling that told me it wasn’t the right time to do it.

You never said it. I never dared to ask. There was an impossible distance between us, you hadn’t been that far away being so close before, we had been united, we formed a team, we supported each other in any situation but you vanished somehow, even if your body was still by my side. You were a shadow I could no longer call home. There was a sadness in you that I had not seen, had no idea when it had begun or if it had occurred naturally in time or already resided within you without having noticed it. That melancholy extended to your heart, short of words and long of thought, this is how I qualified you to understand your phases and your changing states.

I stopped deciphering what happened to you just by looking at you, you stopped being obvious, you no longer cared if your closed ones understood you or if they don’t, you were just another subject in the world who began to think only of himself, a new spectrum that tried to survive fighting against his own mind. Because you were in it, I was sure. You weren’t crazy, I know, but you said nonsensical things and you were scared easily, I couldn’t even touch you without you jumping, your dark circles began to show your almost constant insomnia that you didn’t comment on. Although you did it other times and between drinks, we tried to help you. It stopped being like that from one day to the next. «What happened??» Every day I keep asking myself that same question.

You went out and walked aimlessly, and yes, I know. «How do I know?» I guess you’ll ask. Well, sometimes, I followed you when I finished at work, I couldn’t help it because I wanted to check that you were okay. And yes, I confirm again that you walked aimlessly between narrow streets and without much light, as if you were looking for someone who could get you into trouble or maybe you were looking for it, I have no idea and it does not seem that the answer will appear in an instant. We were always imperfect, two self-taught, geeks and crazy about comic books, we could talk about stories for hours and not get tired, but you stopped coming home and you pushed all of this away too, there was no one else to do it with, you were my partner. But perhaps, you had long been gone, sooner than expected.

You spent hours away, I had to excuse yourself with our friends, your family and co-workers, it became uncomfortable and really embarrassing, I didn’t even know what you had to do so important outside that you wouldn’t come anymore, so that you would get away as to don’t worry about us. Each of us wondered if we did something wrong, if we said something we shouldn’t or if maybe you were offended at work on any of the projects you were working on but nothing came to my mind. I’m sorry, but was I supposed to find answers? Should I have been more effective? Perhaps quite more insistent, consistent? I just wanted my best friend to come back, but I was sure that couldn’t happen any time soon bacause you kept acting weird.

Until I knew. I knew it was over when I got a call. It was you. I was surprised, I hadn’t seen your name on the mobile screen for months, so I answered immediately. It seemed like you couldn’t speak, that you drowned in your own pain or your tears, maybe both, but it sounded like a farewell. After so many months without saying a word, I knew that something was wrong, I knew that you were going to do something maybe risky but I would not have imagined finding you like this, nor would I have thought of having to call the ambulance and the police to pick you up from among the rocks after having thrown yourself from the highest bridge in the city, without leaving a note, just a call in which you could barely articulate a word. I had to guess where you were. It wasn’t easy.

There was a dark part within you that engulfed you, absorbed your joy, your laughter, your sense of humor and maybe your desire to live, because I had never seen you like this, it was like talking to another person outside their own body, like a lonely soul who does not want to return to its current state. You left nothing else in our hands to be able to explain what really happened, what made you become like this, that made you believe that keeping as many secrets as you began to keep and suppressing emotions was going to help you go through whatever you were going through. Of course, you could have ask for help to us, but I guess you couldn’t. Or you didn’t want to. You let that darkness spread, take over every perfect moment, every achievement and every inch of happiness that you still had inside. Although, for some reason that I still don’t know, something tells me that you expected it to happen, you accepted it somehow.

A couple of hours ago I came back from your funeral and it was devastating. You have no idea how hard it has been to lose you, go there and pretend in front of everybody, calm your parents so they wouldn’t believe it was their fault. I don’t know what you thought in that moment but you have left us a huge void inside, a dark and brittle one. I never imagined my life without you, so I imagine I’ll have to do it now.


Publicado en Personajes

Jed: Sed de Venganza

Relato procedente: «Una Elección«. Edad: 41 años.

Ciudad: Memphis. Profesión: Vigilante de seguridad.

Descripción física:

Soy un tipo alto, con cabello castaño y corto, con piel un tanto morena y que siempre viste de negro, creo que es el color más básico y el más simple de combinar. Mis labios son algo gruesos y mis ojos de un color miel. Me suelen gustar los vaqueros y los zapatos cómodos, odio ir de formal, solo cuando me tengo que vestir con el uniforme del trabajo pero jamás para salir.

Descripción de la personalidad:

Supongo que soy alguien con quién se puede confiar, no hago preguntas y tampoco favores, siempre he estado metido en mis cosas, no me gusta molestar a otros. Soy reservado, cariñoso pero también algo frío, depende del contexto, no suelo confiar en los demás, solo en los más cercanos, odio las decepciones y esperar algo que nunca va a llegar. Hablo lo justo y necesario, cuando se me mete algo en la cabeza he de hacerlo, sino me vuelvo loco. Quizá me vean como a alguien distante o cortante, supongo que puedo considerarme algo así pero puede que no me conozcan muy bien.

Una infancia violenta:

Mamá tenía problemas y muchos, de esos de los que no quería hablar. Sus cambios de humor eran continuos y no conseguía mantenerse en pie ni un día, podía ser una madre cariñosa y, al día siguiente, empezar a tirar platos a quién fuera que le estuviera hablando, creaba situaciones realmente malas. Creo que la mayor parte de mi infancia me la pasé refugiado en mi cuarto, escribiendo historias, a veces leyendo o saliendo a probar el skate que mi padre me regaló por mi cumpleaños.

Mi padre estaba preocupado. No quería demostrarlo delante de mí pero ciertamente, lo estaba. Les veía pelear, gritarse, volverse locos de atar. Papá la llevó a un psiquiatra y le aconsejaron que debería llevarla a una institución de salud mental. Lo necesitaba de forma urgente, no estaba nada bien. Supongo que ahí fue cuando la violencia terminó para mí, a veces, iba con moretones al colegio y no podía evitar que los profesores preguntaran. Sabía que mamá estaba enferma y debía protegerla, pero me resultaba doloroso e incómodo. Después de internarla, nos quedamos solos papá y yo y todo fue mejorando poco a poco sin darnos cuenta.

Unos años complicados:

Supongo que para todos, la adolescencia ha sido una etapa complicada pero se hace aún peor cuando eres invisible o, al menos, pretendes serlo. Me tiraban los libros, me empujaban por los pasillos y era el principal objetivo de un matón que lo único que quería y necesitaba cada día era mi almuerzo. Nunca comía en el recreo, ni siquiera tenía ganas de salir fuera, sabía que él estaría allí y que todos se reirían porque había vuelto a ganar. Era un idiota pero no podía contárselo a nadie. Mi padre nunca lo supo. Era mayor para guardarme mis cosas, para manejarlo como podía,

Empecé a ir a clases de defensa personal, lo creí necesario. Esas clases se llamaban «me voy al fútbol, papá. Vengo en un rato». Quería ser fuerte, quería saber defenderme y poder contraatacar, plantarles cara, quería saber de disciplina y auto control, quería dejar de tener miedo todo el tiempo. Me ayudó mucho a reestablecer mi auto estima, a entenderme y a saber encontrar un balance entre mi mente y mi cuerpo. Fue una etapa realmente esclarecedora que no compartí con nadie más que conmigo mismo.

Marlene, una brisa agradable sobre la piel:

La conocí en la tienda de discos a la que solía ir. No fue un momento especial ni nada por el estilo, simplemente, estábamos en la misma fila mirando algunos grupos de rock y ella decidió empezar la conversación con una broma que ya ni recuerdo. Sonreí y continué con la broma. Al girarme vi esos ojos azules, esa sonrisa, un cabello dorado que embriagaba y un gusto para vestir muy parecido al mío, quizá cogió lo primero que vio para bajar a esa tienda pero, digamos que fue lo que más me llamó la atención. Nos encontramos un par de veces más en el mismo lugar y entablamos alguna conversación sobre música y trasladamos esa conversación a una cafetería, mientras reíamos entre café y café.

No decidí que me gustaba en ese momento, ni siquiera en los más de siete u ocho meses después en los que entablamos amistad, tampoco en esa época de auto descubrimiento que pretendía empezar. La verdad es que con papá estaba bien y no pensaba para nada en chicas o en relaciones, siempre estaba ocupado. Pero, simplemente, sucedió. Fuimos a un cine donde podíamos ver la película en el coche y sacamos todo tipo de dulces y porquerías que se nos ocurrió, solo para reírnos y pasar el rato. Nos aburrimos un poco de la película, pero seguimos allí, hablando de nuestras cosas. La conversación se empezó a volver cada vez más seria, más profunda, distinta de las que solíamos tener, interesante y hasta atrayente. Nos besamos. Y justo en ese momento, empecé a verla de otra manera. Supongo que ambos lo hicimos.

La vida perfecta:

Así lo pensé, desde el primer momento en el que decidimos darnos una oportunidad. Conectábamos muy bien y estábamos dispuestos a apoyarnos que, en sí, era lo más importante. Nos fuimos a vivir juntos unos cinco o seis años después de empezar nuestra relación. Ambos estábamos ocupados y nunca veíamos el momento de sacar el tema. Recuerdo que papá estaba muy contento y me pidió que no la dejara escapar, que habíamos sido muy pacientes.

Nos compramos una casa a las afueras, rodeada de naturaleza donde decidimos casarnos. Supongo que, cuando todo va bien y sigue como está planeado, parece que tu vida no va a parar de brillar y de ser perfecta. Como vigilante de seguridad tenía un buen sueldo y estaba bastante bien posicionado, mientras que Marlene trabajaba en una empresa que reparaba ordenadores. No era lo que siempre hubiera querido pero le daba para pasar el mes, era lo que quería, nada complicado. A veces, alternaba con otros trabajos y, a veces, simplemente se dejaba llevar.

La noche del robo:

Recuerdo esa noche porque estuve trabajando. Fue una de esas noches donde quieres irte a casa, que el reloj adelante las horas lo más rápido posible para volver a tu vida y seguir viviéndola como hasta el momento. Pero una alarma de mi teléfono sonó sin parar. Me mostraba mi casa, nuestra casa. Alguien había entrado y Marlene no se había percatado todavía. La llamé varias veces pero no respondió. Cogí el coche lo más rápido que pude y me dirigí a allí. La puerta estaba abierta, la alarma había dejado de sonar, las luces estaban apagadas, había ropa por el suelo, platos, cubiertos, como si hubiera habido una pelea. Llamé a Marlene varias veces pero no respondió. Me esperé lo peor.

Encendí las luces del salón y subí las escaleras, toda la casa estaba patas arriba. No había un solo cajón en el que no hubiera rebuscado. Las joyas habían desaparecido, la televisión, el tocadiscos, muchas cosas de valor. Tuve una sensación, de las malas, así que, me dirigí hacia el baño de nuestro dormitorio. Vi a Marlene en la bañera, con sangre por todas partes. Me quedé de piedra. No podía respirar. Me dolía el pecho, me temblaban las manos. «Joder, ahora no», pensé. Saqué el teléfono para poder ver las grabaciones, para ver si podía ver la cara del cabrón que había entrado. Iba a ir a por él.

Sed de venganza:

No volví a pisar esa casa nunca más, la dejé tal como la encontré y empecé a buscarle. Le había identificado, sabía su nombre y dónde solía esconderse después de meses de perseguirle, era listo, muy listo. No dejaba rastro. Mi padre se encargó del funeral, de escribir algo bonito para ella, de llevar las flores, de presentarse allí… yo no podía. No hasta que él estuviera muerto. Fui a los barrios más problemáticos de la ciudad para conseguir un arma, eso era lo que quería, eso era lo que me mantenía despierto y me obsesionaba, ir a la tumba de mi mujer podía esperar.

Lo gracioso es que le cogí, le tenía en un callejón, atrapado. Me juró que no había hecho nada, por supuesto, no le creí y estuve a punto de apretar el gatillo cuando alguien me dio un disparo en la pierna. El chico de la capucha salió corriendo y desapareció, mientras el nuevo cabronazo me confesaba que había matado a mi mujer y que había estado robando en mi casa con detalles muy específicos. Me tenía tirado en el suelo sin oportunidad de defenderme, se me había caído la pistola y la pierna me sangraba demasiado como para intentar ponerme de pie. Me apuntó con su arma y sonrió, le gustó haber ganado la partida. Cuando creía que yo le tenía, era él quién me tenía a mí. Me disparó sin remordimiento, sin pensarlo.

Ningún futuro a la espera:

Supongo que papá me lo advirtió, tenía razón y odiaba cuando tenía razón. Olvidé describirme como un cabezota cuando hablaba de mi personalidad, y por supuesto, mi padre no lo olvidaría y se culparía por ello, por no pararme a tiempo. Le conozco, era como si le estuviera viendo. No podría con el dolor de tanta pérdida, ya lo pasó con mamá y no salió bien, tuvo que ir a terapia porque no soportaba estar sin ella y porque ya no conocía a la mujer que iba a visitar una vez a la semana.

Será diferente conmigo, yo me he ido por completo. Ha sido mi elección, para nada es su culpa, pero odio que vaya a hacerse daño por una equivocación que ha sido solo mía. Las obsesiones y los impulsos siempre han sido mi kriptonita, lo que más he debido controlar pero esa confianza de tener la vida perfecta, me cegó por completo, nadie te da nada a cambio de nada. ¿Verdad que no?


Publicado en Relatos

En Silencio:

Lo que piensas no lo dejas salir, lo reprimes, lo silencias, prohíbes a tus palabras mostrarse como realmente son, te adaptas y sigues caminando para que nadie se dé cuenta aunque estés tan incómoda que no puedas permanecer quieta en tu silla, mientras miras a tu familia montar el árbol de Navidad, mientras esperáis la cena. No querías ir. No porque no quieras verlos o no les quieras, simplemente, no querías ir, no había otra razón, pero no lo dijiste cuando tu madre llamó, seguro que te hubiera hecho mil preguntas y tú odias las preguntas.

Al llegar a casa de tus padres con el coche, suspiraste. Te traía muchos recuerdos, algunos de los que no te ha gustado ni pensar normalmente, aunque a veces, aparezcan cuando menos te lo esperas. Necesitaste de un par de minutos para salir del coche, asearte un poco el vestido y recomponerte, te abrumaba estar allí, sabías que tus hermanos estaban allí porque sus coches estaban junto al tuyo. Notabas tu respiración más entrecortada pero sabías que eran los nervios, alargaste el brazo y llamaste al timbre. Abrió tu madre, como siempre, sabías que tu padre estaba muy ocupado mirando el partido y tomándose unas cervezas antes de poner el árbol y cenar, pero trataste de que no se notara tu fastidio, saludándola con un abrazo, aunque nunca te había hecho mucha gracia ese contacto. Al «cómo estás» educado, le siguió un «estás guapísima, aunque el vestido es un poco corto, ¿no?», como era de esperar, pero seguiste adelante hacia el salón donde estaban todos.

Greg, Eddie, Martha y Greta, reían sobre una tontería que suponías que Greg había dicho, el hermano mayor de todos. Se giraron hacia ti y se te quedaron mirando, mientras sonreías como una idiota, se te daba bien fingir las sonrisas pero eso no significaba que lo disfrutaras. Te sentaste en el sofá, mientras tu madre iba a comprobar cómo seguía la cena y ahí seguías, ¿verdad? Observándoles. Nunca entendiste su relación. Siempre estaban unidos pero, de algún modo, algo se rompió entre tú y ellos, algo no encajaba y te fuiste antes que ellos, tuviste un ritmo de vida precipitado, definitivo, algo que ellos no entendieron. Eres la oveja negra y siempre te has sentido así. Tu padre mira la televisión, empanado, ni siquiera se ha girado a mirarte, no es que le importes mucho, ¿no? El alcohol siempre fue su máximo aliado, no supo cómo tratar a tu madre y tampoco a ti. El recuerdo te hace tragar saliva y mirar al frente, fingiendo sonreír a tus hermanos y tratando de no aguar la fiesta.

Tu madre aparece, por fin. Os sentáis todos a cenar y los villancicos suenan en un pequeño tocadiscos. Tu madre y ese cacharro siempre han sido inseparables pero a ti nunca te ha gustado, aunque sale de tu boca la frase «pues a mí me encanta», refiriéndote a él, haciendo feliz a tu madre y recibiendo la mirada inquisitiva de tus hermanos, los cuales, empiezan a preguntar qué es de tu vida. Surfeas entre el «no hay nada importante que contar» y el «todo está igual que siempre» mientras recuerdas la tercera cita con Eric, un chico apuesto, caballeroso y que te llevó a casa con un Rolls Royce increíblemente elegante y cómodo, el beso en la puerta de tu casa y cerrándola tras de ti decidiendo que no volverías a verle, no estabas preparada y quizá estabas mejor sola, te encantaba tener tu espacio. ¿Qué le dijiste a tus padres? Que preferías no desvelar demasiado, que tu chico era muy tímido y que esperabas prometerte muy pronto, era horrible no poder contar nada, ¿verdad? No lo entenderían.

Eddie empieza a hablar de la nueva casa que se ha comprado, de sus nuevos proyectos en su empresa, del coche que quiere comprarse y del embarazo de su mujer, ya van seis meses. Martha es una periodista a la que le reconocen muchos trabajos, cada vez le dan más responsabilidades y hace, de alguna manera, que sea la luz de los ojos de vuestros padres. Greg no dejó de hablar de su taller de coches, de las reformas que iba a hacer y de cuánto dinero había ganado en Las Vegas esta última semana. Greta, tu hermana pequeña, hablaba de lo bien que le iba en la Universidad, de las notas tan altas que estaba sacando y todas las actividades extracurriculares a las que se había apuntado, le interesaba casi todo. Les observas y, obviamente, ves que no encajas, sientes que no eres parte de nada de eso, que esa conversación es un eco ajeno, alejado de ti. No te apetece comer más, pero te lo terminas, no quieres que tu madre piense que comes menos o que no te gusta lo que ha preparado. Tus hermanos son unos glotones, ellos no hace falta que queden bien.

Os sentáis en el sofá tras la cena a charlar un rato más, mientras tú sigues en silencio, no hay mucho más que decir. Asientes con la cabeza, tratas de parecer interesada y por educación haces un par de preguntas o tres más para dar a entender que te diviertes, intentando controlar tus ganas de salir huyendo de allí, nunca fuiste feliz y te forzaron a irte. Tu padre con los problemas con la bebida, tu madre siempre estaba amargada y enfadada, Greg tuvo épocas oscuras con las drogas y no parecía él mismo, Eddie siempre hacía su vida fuera pero se metía mucho contigo, te hacía bromas pesadas y te repetía al oído que no eras su hermana, que estaba seguro de que eras adoptada, seguido de una risa estridente. Martha era la más querida, casi la preferida de todos y la que no veía el problema de tu padre como un problema, ella simplemente, pasaba de todo. Greta se escondía cada vez que oía una discusión, a veces, en el armario o debajo de la cama, emitía grititos desesperados necesitando que callaran, mientras tú te ponías música a todo volumen para no escucharles, era una casa de locos. Y todo volvió a ti en ese momento, en ese instante sentados en el sofá, como si nunca hubiera pasado.

Con una sonrisa queda, te excusas diciendo que mañana tienes que ir a la oficina a trabajar, cuando sabes que tienes el día libre en la tienda a dos manzanas del piso que tienes alquilado y en la que estás de dependienta, cuando le has dicho a tus padres que eres redactora de una revista no muy conocida pero que te pagan genial. Tu madre te acompaña hasta la puerta, te sonríe a la vez que te da unos bombones y se despide con un abrazo. Un «adiós» casi inaudible sale de tu boca, sin mayor importancia, la puerta ya se había cerrado y ella ya había vuelto con tus hermanos. Ya podías volver a la realidad, a tu realidad, a esa que no sale a la superficie, a la que te aleja de esa casa, de sus palabras y de los gritos. Te alegrabas de volver a tu hogar, aunque no tuviera agua caliente, se podía sentir el silencio y la paz.


In the Silence:

What you think you do not let it out, you repress it, you silence it, you forbid your words to show themselves as they really are, you adapt and you keep walking so that no one notices even if you are so uncomfortable that you can not remain still in your chair, while watching your family ride the Christmas tree, while you wait for dinner. You didn’t want to go. Not because you don’t want to see them or you don’t love them, you just didn’t want to go, there was no other reason, but you didn’t say it when your mother called, You’re sure she would have asked you a thousand questions and you hate questions.

When you got to your parents’ house with the car, you sighed. It brought back many memories, some of which you did not like or think normally, although sometimes, they appear when you least expect it. You needed a couple of minutes to get out of the car, wash your dress a little and recompose yourself, you were overwhelmed to be there, you knew your brothers were there because their cars were next to yours. You noticed your breathing more choppy but you knew it was the nerves, you lengthened your arm and called the bell. Your mother opened, as always, you knew that your father was very busy watching the game and having a few beers before putting the tree and having dinner, but you tried not to show your annoyance, greeting her with a hug, although you had never been very amused by that contact. The polite «how are you?» followed by a «you are beautiful, although the dress is a bit short, isn’t it?», as expected, but you kept going to the living room where everyone else was.

Greg, Eddie, Martha, and Greta were laughing at a nonsense you assumed Greg had said, everyone’s older brother. They turned to you and stared at you, while you smiled like an idiot, you were good at faking smiles but that didn’t mean you enjoyed it. You sat on the couch, while your mother went to check how dinner went and there you are now, right? Watching them. You never understood their relationship. They were always united but, somehow, something broke between you and them, something did not fit and you left before them, you had a precipitous, definitive rhythm of life, something that they did not understand. You are the black sheep and you have always felt that way. Your father watches TV, distracted, he hasn’t even turned to look at you, not that he cares much, right? Alcohol was always his greatest ally, he didn’t know how to treat your mother and neither to you. The memory makes you swallow saliva and look ahead, pretending to smile at your siblings and trying not to put the mood down.

Your mother appears, at last. You all sit down to dinner and the carols play on a small record player. Your mother and that pot have always been inseparable but you have never liked it, although the phrase «well, I love it» comes out of your mouth, referring to it, making your mother happy and receiving the inquisitive look of your brothers, who begin to ask what about your life. You surf between the «there is nothing important to tell» and the «everything is the same as always» as you remember the third date with Eric, a handsome, gentlemanly boy who took you home with an incredibly elegant and comfortable Rolls Royce, the kiss on the door of your house and closing it behind you deciding that you would not see him again, you were not prepared and maybe you were better off alone, you loved having your space. What did you say to your parents? That you preferred not to reveal too much, that your guy was very shy and that you hoped to get promised very soon, it was horrible not to be able to tell anything, right? They wouldn’t understand.

Eddie begins to talk about the new house he has bought, his new projects in his company, the car he wants to buy and his wife’s pregnancy, six months have passed. Martha is a journalist who is recognized by many jobs, each time she is given more responsibilities and makes, in some way, the light of your parents’ eyes. Greg didn’t stop talking about his car shop, the renovations he was going to do and how much money he had made in Las Vegas this past week. Greta, your little sister, talked about how well she was doing in college, the high grades she was getting and all the extracurricular activities she had signed up for, she was interested in almost everything. You observe them and, obviously, you see that you do not fit in, you feel that you are not part of any of that, that that conversation is an alien echo, away from you. You don’t feel like eating more, but you finish it, you don’t want your mother to think that you eat less or that you don’t like what she has prepared. Your brothers are gluttons, they don’t need to look good in front of them.

You sit on the sofa after dinner to chat for a while longer, while you continue in silence, there is not much more to say. You nod your head, you try to look interested and by politeness you ask a couple of questions or three more to imply that you have fun, trying to control your desire to run away from there, you were never happy and you were forced to leave. Your father with drinking problems, your mother was always bitter and angry, Greg had dark times with drugs and didn’t look like himself, Eddie always made his life out but messed with you a lot, made heavy jokes and repeated in your ear that you were not his sister, that he was sure you were adopted, followed by a raucous laugh. Martha was the most beloved, almost everyone’s favorite and the one who did not see your father’s problem as a problem, she simply didn’t care of anything. Greta hid every time she heard an argument, sometimes in the closet or under the bed, she emitted desperate screams needing them to shut up, while you played loud music so as not to listen to them, it was a crazy house. And everything came back to you in that moment, in that instant sitting on the sofa, as if it never had happened.

With a gentle smile, you excuse yourself saying that tomorrow you have to go to the office to work, when you know that you have the day off in the store two blocks from the apartment you have rented and in which you are a clerk, when you have told your parents that you are an editor of a magazine not well known but that they pay you great. Your mother accompanies you to the door, smiles at you while giving you some chocolates and says goodbye with a hug. An almost inaudible «goodbye» comes out of your mouth, without much importance, the door had already closed and she had already returned with your brothers. You could already return to reality, to your reality, to that which does not come to the surface, to the one that takes you away from that house, from its words and from the screams. You were happy to return home, even if you didn’t have hot water, you could feel the silence and peace.


Publicado en Personajes

Benjamin: El Obsesivo

Relato procedente: «Todo en su Lugar«. Edad: 39 años.

Ciudad: Manchester. Profesión: Analista de datos.

Descripción física:

Mi cabello negro es algo largo, peinado hacia atrás con un poco de gomina. Mis ojos son castaño oscuro y mis labios finos. Mi tez es bastante pálida, no me gusta mucho el sol y tampoco las enfermedades que puede traer consigo, soy bastante maniático. Estoy muy delgado pero siempre he sido así, suelo hacerme analíticas a diario y parece que todo está perfecto, mi delgadez es algo normal. Suelo vestir con unos pantalones de vestir, por lo general, oscuros ya sea grises, azules o negros, no me gusta otro color, unos zapatos simples parecidos a los mocasines pero no para vestir, una camisa de color oscuro también y un jersey encima un tanto más claro. Siempre me dicen que tengo pinta de profesor de Universidad pero nada más lejos.

Descripción de la personalidad:

Soy alguien bastante obsesivo, lo reconozco, me gusta que todo esté en el lugar exacto donde lo dejé y detesto que toqueteen mis cosas, mucho menos si es sin mi permiso, lo odio. Soy una persona metódica, para nada directa, solitaria y me encanta ver los documentales de las seis, no me pierdo ni uno, de hecho, me pongo una alarma. Soy un lector empedernido, las horas me pasan volando teniendo un libro entre las manos y los días que no trabajo son días de lectura obligatoria. Sufro de ansiedad a menudo, no soporto los imprevistos y se me cae el mundo encima si tengo que solucionar un problema en el mismo momento. No me relaciono mucho, no me atrae mucho la gente o las conversaciones, me aíslo bastante y me creo mi mundo, creo que siempre ha sido así. La gente me ve como alguien raro pero para mí, es algo normal, soy normal.

El niño prodigio:

Al parecer, yo era un niño prodigio o lo que también se llama un superdotado o un genio. Mis padres no se lo podían creer, era feíto, bajito y se metían mucho conmigo, seguro que no traería nada bueno, pero el destino les trajo otra cosa. Se pusieron muy contentos, tanto que se pusieron manos a la obra, querían que utilizara cada área de mi cerebro y que aprendiera nuevas habilidades que yo ni siquiera conocía, de hecho, fui conociendo muchas de las cosas que sé gracias a la lectura, pero no fue para nada por la obsesión que esto empezaba a crearle a mi madre, por descontado.

Se volvió extremadamente perfeccionista y obsesiva con mis horarios, desde las horas de dormir exactas que necesitaba el genio hasta llegar puntual a casa para hacer los deberes y leer libros sobre científicos que ni siquiera me importaban. Era como si quisiera que lo aprendiera todo en una noche y cosas que solo ella escogía, los profesores les dijeron que debían tomárselo con calma para que yo no me sintiera diferente pero era hijo único y todas sus atenciones caían sobre mí. Me atosigaban hasta el punto de la locura, a veces, mi madre no dormía total por planificar mi día, siempre debía ser lo más entretenido y didáctico posible, incluso, ya había pensado a qué Universidad iría.

Adolescencia privilegiada:

Mis padres eran abogados, llevaban una agencia juntos y siempre habían tenido sus ahorros para que tuviera una buena educación o, al menos, eso era lo que siempre decían a los invitados que solían venir a casa, porque a todos sus amigos les decían que tenían a un genio en casa que sabía más que sus hijos, me utilizaban para dárselas de importantes y destrozar la autoestima de más de un niño del barrio. En mi etapa adolescente, dejé de conocerlos por completo. Pero lo bueno fue que me llevaron a un instituto privado donde había más gente con talentos similares y tenían residencias, así que, de alguna forma, iba a ser un poco independiente, así que, les dejé hacer, era lo único que me ponía contento. Hasta ese punto, no sabía si ser un genio era una bendición o una maldición.

No me aburría en las clases, por fin iba a clases avanzadas, donde entendían de qué hablaba yo y qué llegaba a ver en mi mente, le sacaba partido a mis ideas y no me quedaba rezagado por falta de interés, me motivaba la exigencia de ese colegio y me ayudaba a retarme. Algo que mis padres esperaban y que les puso muy contentos, algo que odié. Aquí es cuando empezó mi etapa perfeccionista, supongo. Empezaba a tener mucho trabajo y quería que todo estuviese en su sitio, cada materia tenía sus submaterias y subtemas, todo el temario debía estar organizado en colores diferentes y estudiaba en base a esos colores para memorizar mejor. Tendí a la obsesión, tanto que pasaba noches en vela organizando y tratando de perfeccionar mis trabajos, hubo momentos en que odié los que hice, no veía nada de bueno en ellos cuando, en realidad, estaban por encima de la media pero para mí, no era suficiente.

Una adultez obsesiva-compulsiva:

Me hice analista de datos. Podréis pensar que no es nada especial, que debería haber elegido algo como científico, abogado como mis padres, físico-teórico… algo así que para un genio no sería difícil llegar, pero ser analista consistía en perfección, eficiencia, eficacia en el análisis y destreza para encontrar los datos que se buscan. Y yo era muy bueno encontrando cosas. Resulta que me independicé en salir de la Universidad y encontrar el trabajo donde llevo unos veinte años y que domino tanto que me asombro, siempre trato de buscar datos utilizando diferentes técnicas para tener algo con lo que entretener la mente. La informática nunca fue un misterio para mí, siempre supe jugar con los códigos y encontrar aquello que buscaba más pronto que los demás, así que, siempre he estado a gusto, esa oficina es como mi segundo hogar.

Pero empezó a aflorar algo en mí que no sabía diferenciar muy bien, pero lo llamaban ansiedad. Supuse que vendría dado por el estrés, quizá tantas noches trabajando o días sin parar quieto, pero no fue por nada de eso. Necesitaba hacer compulsivamente cosas para calmar mi ansiedad, como asegurarme que todo estaba en su sitio o que abría la nevera de casa tres veces para coger algo, la cerraba otras tres veces para asegurarme de que la cerraba y así, me sentía bien. Mi madre lo observó un par de veces, incluso, mi empezada obsesión por lavarme las manos tantas veces, me las solía rascar hasta levantarme la piel si no me las lavaba dos veces, empezaba la ansiedad y no paraba de obsesionarme con que no me las había lavado. Empezó a afectarme mucho, así que, mi madre me acompañó a terapia y nos dijeron que sufría un trastorno obsesivo-compulsivo. En principio, no era grave pero iba a vivir con ello durante el resto de mi vida, así que, empecé con la terapia y la medicación que me fue bastante bien, aunque aún tenía compulsiones que no podía evitar como la limpieza de manos, la organización pulcra de la ropa, la posición de la decoración en casa, la organización de los libros en las estanterías o los horarios de los que se regía mi vida, no era tan intenso como al principio, así que, lo mantuve bastante bien.

Los niños y el Canal Ciencia:

Había niños jugando fuera cuando encendí la televisión a las seis en punto, justo cuando empezaba el programa de ciencia que veía cada tarde después de ir a la compra, ordenar la comida, lavarme las manos dos veces, cambiarme de ropa y merendar, era la rutina. Estaban jugando con unas piedras que habían encontrado en el jardín del vecino, casi ni me fijé en ellos porque no estaban muy cerca, así que, seguí viendo la tele, ya empezaban los créditos y el presentador decía unas palabras a su público más joven. No pude sino sonreír, me sentía identificado.

Un cristal del salón se rompió de repente, di un respingo y me levanté. Sorprendido como estaba, vi el cristal roto y que un poco de fango de la piedra había ensuciado parte del sofá. Recordé lo que dijo mi terapeuta de respirar hondo, de tratar de no sentirme abrumado en un momento así, en un momento donde no he planificado lo que iba a ocurrir. Llamaron los niños para disculparse y, sin pensar, abrí la puerta algo enfurecido, pero manteniendo la emoción retenida por unos momentos. No me dieron tiempo a tranquilizarme y todo lo que había acabado de pasar me abrumó, sobremanera, hablaban muy rápido y solo quería que aquello terminara. Quería mi salón exactamente como estaba, quería mi cristal sin romper, quería mi sofá limpio, que el canal ciencia parara allí mismo porque no lo estaba viendo y quería que no me interrumpieran mientras lo estaba viendo. Pero no fue así.

Fui obsesionándome con ello y, sin más ni menos, con la piedra en la mano, les di de golpes a aquellos tres niños que me miraban con ojos grandes y curiosos. Lamento decir que no sentí nada, estaba enfadado. Con lo único que pensaba era que esos estúpidos niños no ensuciaran mi alfombra, era delicada y hacía un par de días la había terminado de lavar con mucho jabón y cariño, me gustaba la pulcritud.

Un futuro no definido:

Llevaba días con incertidumbre, con bastante ansiedad y estaba algo desesperado, no podía estarme quieto, la verdad. Esperaba que la policía me llamase para declarar tras haber llamado y contarles lo que había ocurrido. Habían pedido hablar con mi terapeuta y mis padres primero, los cuales, no se podían creer que su hijito el genio de la familia hubiera sido el autor de tal atrocidad. Odiaba no tener las respuestas a la vista, no saber qué iba a ocurrir, quería planificarlo, cogerlo con mi mente y descifrarlo, como si fuese un código. Soy impaciente y siempre lo he sido, esperar no es lo mío y no tener un futuro definido, tampoco lo es. Soy metódico, si mis rutinas y lo que va a ocurrir, incluso, me obsesiono con ello y sé que debe ser así, pero temo que esto me vuelva loco y que la culpa por la muerte de esos niños me termine corroyendo por dentro.

¿Soy un hombre malo? ¿Mi trastorno es el malo? ¿Alguien podrá aceptarlo? ¿Iré a la cárcel? Solo podía agazaparme en la cama con pensamientos inundándome la mente, sin moverme, medicado para mi ansiedad y preguntándome por qué no siento lo que hice, por qué todavía no lloro por ello, por qué no siento nada. Debería sentirlo, ¿verdad?


Puedes apoyar el blog a través de Patreon, escribo relatos cortos más elaborados y personales:

www.patreon.com/trackontime


Publicado en Relatos

Una Espera Eterna:

Por fin habíamos quedado, después de tanto tiempo. Estaba temblando, allí de pie, en la parada del autobús donde nos conocimos. Lo recuerdo muy bien. Empezamos preguntando la hora, luego soltamos un chiste estúpido sobre algo que ocurría alrededor y, más tarde, hablamos como si nos conociéramos de toda la vida. Fue un flechazo, al menos, para mí. Nunca supe si para él lo fue. Nunca me lo dijo. Y yo nunca hablé de ello. Ahora miraba el móvil cada tres minutos, mientras movía la pierna izquierda. La paciencia no era mi fuerte, estaba claro.

Empecé a preguntarme cómo sería. ¿Habría cambiado mucho? ¿Le seguiría pareciendo igual de maja que hace tantos años? ¿Se acordaría de lo que hablamos? ¿Sería ahora un chico más guapo y fuerte que antes? Esperaba que sí. Pasaban cinco minutos de las diez. ¿Por qué tardaba tanto? Se me empezó a secar la boca, así que, bebí un par de sorbos de agua de la botella que llevaba en el bolso. ¿Vestía suficientemente elegante? ¿Le gustaría lo que llevaba puesto? No era propio de mí dudar tanto, ¿por qué me estaba sintiendo tan insegura con esto? Lo único que esperaba es que no tuviese mujer. Oh, dios. No se lo había preguntado. ¿Y si tenía mujer?

Pasaban diez minutos de las diez. No iba a venir. Seguro que no vendría. Mejor, quizá me estaba haciendo ilusiones absurdas. Hacía años que no le veía y bueno, no podría pensar que esto sería tan importante para él como lo era para mí que había cancelado una comida de trabajo por aquello. En fin, sí. Era lo mejor. Me giré y empecé a andar hacia abajo por la calle principal, algo decepcionada, un poco angustiada y algo triste. No podía evitarlo. No había podido olvidarle aunque solo fue una amistad pasajera y que, al parecer, no había sido tan importante como parecía. La gente pasaba por mi lado hablando, sonriendo, otros hablando por teléfono y varios discutiendo cerca de un restaurante, todos tenían su mundo, su momento. Y yo tenía el mío, la vida no se paraba por un plantón, ¿no?. Tenía que ir a casa, así que, pedí un taxi.

Oí una voz. Alguien que me llamaba a lo lejos. Me giré esperanzada pero no vi a nadie, así que, bajé la mirada y abrí la puerta del taxi. Pero noté que alguien me cogía del brazo. Era él. Era Sam. Le miré con una extrañeza que fui incapaz de disimular. Iba en silla de ruedas, por eso no le había visto a lo lejos y alguien venía corriendo tras él, era una mujer muy guapa, sonriente y sin aliento. Al parecer, se le había escapado. No supe que cara poner.

– ¡Hola! Sentimos llegar tarde, había mucho tráfico – dijo, divertida – Dios, casi te he perdido, eres muy rápido y no me gusta nada – le dijo a Sam, doblándose un poco para recuperarse de la carrera -.

– Deberías hacer más ejercicio – le respondió él, sonriendo como si la conversación fuese solo de ambos y yo no estuviera – Perdona, esta es Elissa, mi mujer. Elissa, esta es Pam, una amiga de hace tiempo.

– Oh, Sam me ha hablado mucho de ti. «La chica del bus», te llama – nos tendimos la mano, yo aún estaba en shock -.

Nos fuimos a tomar café. Me enteré de toda su historia de amor, desde las rosas rojas en el despacho de Elissa hasta el primer beso en el porche. No podía creer lo que estaba pasando, casi ni hablé. Comentaban tantas cosas y parecían tan felices que no quería si quiera interrumpirlos. Lo cierto era que había estado echando de menos un rostro que a penas recordaba, las ilusiones de volver a verle se habían intensificando a raíz de algo que había sido una mentira, algo que yo había imaginado pero que él no, solo fuimos amigos. Solo había sido una amiga de hacía tiempo.

Tragué saliva mientras me terminaba el café. No podía estar allí. Tenía que irme, tenía que meter mi cabeza en un cubo lleno de hielo y no volverme a despertar hasta de aquí unos años. Me levanté de la silla con una sonrisa queda y me despedí. Sam me siguió con la mirada durante unos segundos hasta que salí de la cafetería, con los ojos humedecidos, intentando aguantar las lágrimas hasta llegar a casa. Tenía que coger un taxi ya. Esperé en la parada, cogiendo el bolso fuertemente por el asa mientras sentía un nudo en el estómago.

– ¡Eh, Pam! Espera… – volví a oír su voz, así que me giré tratando de que no viera mi disgusto – ¿Te has sentido incómoda? ¿Hemos dicho algo que te haya molestado? Porque creía que…

– No, por supuesto que no. Solo que se me ha hecho tarde y he de irme.

– Pensaba que volvería a verte pero no ocurrió, así que, seguí mi vida. De verdad, que no te olvidé.

– Amiga de hace tiempo, ¿verdad? Solo fui eso.

– No fuimos nada más, Pam. Lo quise.

– Tengo que… tengo que irme – las lágrimas ya empezaron a rozar mis mejillas justo cuando el taxi paró a mi lado, así que, me subí de inmediato, cerrando la puerta justo delante de Sam -.

No volví a mirarle. Apagué el teléfono y ahogué mis penas en helado de chocolate durante tres días, los tres días más deprimentes de mí vida, los siguientes solo traté de pretender que no me habían roto el corazón en mil pedazos.


Puedes apoyar el blog a través de Patreon, escribo relatos más elaborados y personales.

www.patreon.com/trackontime


An Eternal Waiting:

We had finally planned to meet, after so long. I was shaking, standing there, at the bus stop where we met. I remember it very well. We started by asking the time, then dropped a stupid joke about something going on around, and then talked as if we had known each other all our lives. It was a crush, at least, for me. I never knew if I was for him. He never told me. And I never talked about it. Now I looked at the phone every three minutes, while moving my left leg. Patience was never my thing, really.

I began to wonder how he would be like. Would he have changed? Would he still look as nice as he did so many years ago? Would he remember what we were talking about? Would he be a more handsome and strong guy now than before? I hoped so. Five minutes passed from ten o’clock. Why did it take so long? My mouth started to dry out, so I drank a couple of sips of water from the bottle I had in my bag. Did I dress elegant enough? Would he like what I was wearing? It wasn’t me to hesitate so much, why was I feeling so insecure about this? The only thing I expected was that he didn’t have a woman. Oh, God. I hadn’t asked him. What if he had a wife?

Ten minutes passed from ten o’clock. He wasn’t coming. Surely it would not come. Better, maybe I was having absurd illusions. I hadn’t seen him for years and well, I couldn’t think this would be as important to him as it was to me that I had canceled a work meal for that. Anyway, yes. It was the best. I turned around and started walking down the main street, somewhat disappointed, a little distressed and somewhat sad. I couldn’t help it. I had not been able to forget him although it was only a passing friendship and that, apparently, had not been as important as it seemed. People passed by me talking, smiling, others talking on the phone and several arguing near a restaurant, they all had their world, their moment. And I had mine, life was not stopped by a sit-in, right? I had to go home, so I ordered a taxi.

I heard a voice. Someone who called me in the distance. I turned hopeful but didn’t see anyone, so I looked down and opened the taxi door. But I noticed someone grabbing my arm. It was him. It was Sam. I looked at him with a strangeness that I was unable to disguise. He was in a wheelchair, so I had not seen him in the distance and someone was running after him, she was a very beautiful woman, smiling and breathless. Apparently, he escaped from her. I didn’t know what face to put on.

– Hello! We felt we were late, there was a lot of traffic – she said, funny – God, I almost lost you, you are very fast and I don’t like it at all – she told Sam, bending a little to recover from the race -.

– You should exercise more – he replied, smiling as if the conversation was just about both of them and I wasn’t there – Sorry, this is Elissa, my wife. Elissa, this is Pam, a longtime friend.

– Oh, Sam has told me a lot about you. «The girl on the bus», he calls you – we shaked our hands, I was still in shock -.

We went for coffee. I found out about their entire love story, from the red roses in Elissa’s office to the first kiss on the porch. I couldn’t believe what was going on, I almost didn’t even speak. They were talking about so many things and seemed so happy that I didn’t even want to interrupt them. The truth was that I have been missing a face that I barely remembered, the illusions of seeing him again had intensified as a result of something that had been a lie, something that I had imagined but that he had not, we were just friends. He had only been a long-time friend.

I swallowed as I finished my coffee. I couldn’t be there. I had to leave, I had to stick my head in a bucket full of ice and not wake up again until a few years from now. I got up from the chair with a smile and said goodbye. Sam followed me with his gaze for a few seconds until I left the cafeteria, my eyes moistened, trying to hold back tears until I got home. I had to take a taxi now. I waited at the stop, grabbing the bag tightly by the handle while feeling a knot in my stomach.

– Hey, Pam! Wait… – I heard his voice again, so I turned around trying not to see my disgust – Have you ever felt uncomfortable? Have we said anything that bothered you? Because I believed that…

– No, of course not. Only it has become too late and I have to leave.

– I thought I would see you again but it didn’t happen, so I went on with my life. Really, I didn’t forget you.

– Long-time friend, right? I was just that.

– We were nothing else, Pam. I loved it to.

– I have to… I have to leave – tears already started rubbing against my cheeks just as the taxi stopped next to me, so I got on immediately, closing the door right in front of Sam -.

I didn’t look at him again. I turned off the phone and drowned my sorrows in chocolate ice cream for three days, the most depressing three days of my life, the next few days I just tried to pretend that my heart hadn’t been broken into a thousand pieces.


You can support the blog through Patreon, I write short stories more elaborated and personal.

www.patreon.com/trackontime


Publicado en Relatos

Imprevisto:

Cuando bajé las escaleras y subí al coche, me di cuenta de que se me había olvidado el móvil en la oficina, dios qué cabeza la mía… Ahora tenía que volver a subir nueve pisos, menos mal que teníamos ascensor. Puse los ojos en blanco, salí del coche, entré en el portal y me dispuse a subir por el ascensor hasta la oficina, otra vez, justo como hice por la mañana. Pensé en que tenía poco tiempo, creo que eso fue lo único en lo que podía centrarme, siempre llegaba tarde a las cenas con los niños y mi marido siempre lo aprovechaba para restregármelo por la cara, así que, hoy no podía llegar tarde.

Al fin llegué. Corrí por el corto pasillo hasta la puerta, saqué la llave y la introduje en la cerradura. Ella sola se abrió solo empujándola un poco. Sorprendida, volví a guardarme la llave y entré poco a poco, llamando a Margaret, la recepcionista que solía quedarse la última ordenando papeles, pero no obtuve respuesta, ¿se había ido ya? Me pareció raro, normalmente, estaba yéndose a las nueve de la noche, y eran solo las seis. Lo dejé estar, solamente quería encontrar mi teléfono y largarme de allí, en casa me estarían esperando y no podía faltar, hoy no. Le di al interruptor que había en la entrada pero no se encendieron las luces. Le volví a dar un par de veces y tampoco lo hicieron. ¿Qué había pasado desde que me había ido? Tendría que llamar al electricista mañana, pensé.

Me encogí de hombros, conformándome con la luz que entraba por los ventanales, podía buscar el móvil así, quizá no me harían falta las luces. Me dispuse a buscarlo en la sala de espera nada más entrar pero allí no estaban, tampoco en la mesa de recepción, ¿dónde pude haberlo dejado? Un día me iba a olvidar la cabeza en el maletero de mi coche… Entré por fin en mi despacho, era el único donde podría estar y la cara de Margaret me dejó helada, fue lo primero que vi. Estaba sentada en la silla del escritorio, un tanto escurrida, blanca como la cera y con una bala en el centro de su frente con sangre que emanaba de ella, mientras permanecía totalmente inmóvil. Empecé a temblar. No sabía si aquello había sido una buena idea, tenía que salir de allí, tenía un mal presentimiento, uno muy pero que muy malo.

El sonido de mi teléfono me sobresaltó. Me acerqué al escritorio, justo al lado de la silla y allí estaba. Mi marido me llamaba, estaría cansado de esperarme. Estuve a punto de cogerlo para pedir ayuda pero, cuando volví a erguirme, un «click» justo detrás de mí, tocándome la cabeza, me frenó en seco.

– Suelte el teléfono – dijo una voz serena, pausada y determinante – Ahora.

Tragué saliva, sin decir una palabra y tiré el móvil al suelo mientras seguía sonando. Greg iba a matarme, una vez más, no iba a llegar a tiempo a la cena. Hice ademán de darme la vuelta para saber quién me estaba apuntando, pero pareció leerme la mente, cuando dijo:

– Ni se le ocurra darse la vuelta – mi corazón palpitaba muy rápido y notaba cómo mi garganta se secaba, así que, decidí hacer lo que me pedía, no me di la vuelta – Quiero que se dirija poco a poco hacia esa ventana con las manos en alto, si no quiere que le dispare. ¿Me ha entendido?

Asentí con la cabeza, ni siquiera podía mediar palabra. Con las piernas temblándome, fui caminando poco a poco hacia la ventana que había justo al lado del escritorio, por la que entraba más luz de toda la oficina. Un paso detrás de otro, sin hacer ruido y con aquel hombre justo detrás de mí, con su arma preparada.

– Muy bien. Ahora abra la ventana y quédese muy quieta – ordenó el desconocido -.

Seguí sus instrucciones al pie de la letra, eran sencillas pero no podía controlar mis tics nerviosos en los ojos y los labios, no dejaban de temblarme, ya había empezado a sudar. Como dijo, la ventana estaba abierta y yo volví a levantar ambas manos, justo como al principio.

– Lo está haciendo muy bien. Lo que quiero ahora es que se suba al borde, con cuidado y sin girarse. Muy despacio.

Eso sí que no me lo esperaba. ¿Que me subiera al borde? Quería que me tirara, ¿verdad? Estaba segura de que este tío era el que había matado a Margaret y ahora pretendía hacerme desaparecer, aunque no le hubiese visto la cara. Antes de poner un pie sobre el borde de la ventana, me aventuré a preguntárselo:

– ¿Quiere usted que me…? ¿Quiere que me tire? – mi voz temblaba, insegura -.

– Quiero que haga lo que le digo.

– Usted ha matado a Margaret, ¿no es así?

– Súbase al borde y deje de hacer preguntas.

No iba a decirme nada, ¿quién era yo, de todas formas? Asentí con la cabeza, haciendo lo que me pidió, me subí al borde de la ventana del despacho de la oficina donde había estado trabajando durante once años con dedicación y cariño, echa un flan, con las piernas temblándome y tratando de no caer. Me cogí de las paredes que tenía a ambos lados, notando el aire chocar contra mi cara. Miré hacia abajo y, de repente, me sentí mareada, no podría haber elegido una oficina más cercana al suelo cuando decidí abrir el bufete, ¿verdad? Elegí un noveno piso… Dios.

– No se coja de ningún sitio. Cuando esté preparada y le haya rezado a quién sea que usted le rece, quiero que se tire.

– ¿Cómo?

– Es sencillo. Solo tiene que poner un pie fuera del borde y caerá en seguida, no se apure, seguro que lo hace bien y todos sus problemas, se evaporarán.

– ¿Mis problemas? ¿Quién narices es usted? ¿Y qué quiere de mí? Ya estoy asustada, ¿qué más quiere ver?

– Solo que se tire, ya se lo he dicho.

No lo hice porque eso hubiese sido muy sencillo. Para él. Insistía tanto en que me tirase porque no quería otra bala metida en el cráneo de otro cadáver, quería que pareciera un suicidio. Y no quería ponérselo fácil aunque fuera lo último que hiciera. Así que, como pude y con las piernas aún temblando, me agarré de la ventana, sabiendo que él seguía apuntándome, gritando que me tirara, que lo hiciera ahora mismo, estaba cabreado, sonaba cabreado. Fui girándome como pude, poco a poco para ver la cara a ese hijo de puta.

En cuanto le vi los ojos lo supe. La bala salió de su pistola y fue a parar al centro de mi frente, haciéndome caer al vacío. Todo se volvió negro y mi cuerpo se estampó sobre un coche verde, dejándole el techo abollado. Esto serviría como excusa para no ir a casa temprano, ¿verdad?


Puedes apoyar el blog a través de Patreon, escribo relatos más elaborados y personales.

www.patreon.com/trackontime


Unexpected:

When I went downstairs and got in the car, I realized that I had forgotten my mobile phone in the office, god what a head of mine… Now I had to go back up nine floors, thank goodness we had an elevator. I rolled my eyes, got out of the car, entered the entrance hall and set out to go up the elevator to the office, again, just as I did in the morning. I thought I had little time, I think that was the only thing I could focus on, I was always late for dinners with the kids and my husband who always took advantage of it to rub it in my face, so today I couldn’t be late.

I finally arrived. I ran down the short hallway to the door, took out the key and put it in the lock. It opened up by just pushing it a little. Surprised, I put the key back in and walked in slowly, calling Margaret, the receptionist who used to stay the last one sorting papers, but I got no answer, was she gone yet? I found it weird, normally, she was leaving at nine o’clock at night, and it was only six o’clock. I let it be, I just wanted to find my phone and get out of there, at home they would be waiting for me and I could not miss, not today. I hit the switch at the entrance but the lights didn’t come on. I did it again a couple of times and it didn’t either. What had happened since I had left? I would have to call the electrician tomorrow, I thought.

I shrugged, settling for the light that entered through the windows, I could look for the mobile like this, maybe I would not need the lights. I set out to look for it in the waiting room as soon as I entered but it was not there, nor at the reception table, where could I have left it? One day I was going to forget my head in the trunk of my car… I finally entered my office, it was the only place where it could be and Margaret’s face left me frozen, it was the first thing I saw when I came in. She was sitting in the desk chair, somewhat drained, white as wax and with a bullet in the center of her forehead with blood emanating from it while remaining totally motionless. I started shaking. I didn’t know if that had been a good idea, I had to get out of there, I had a bad feeling, a very, very bad one.

The sound of my phone startled me. I walked over to the desk, right next to the chair and there it was. My husband would call me, he would be tired of waiting for me. I was about to pick it up to ask for help but, when I stood up again, a «click» just behind me, touching my head, stopped me in my tracks.

-Let go of the phone – he said with a serene, leisurely and decisive voice – Now.

I swallowed, without saying a word and threw the phone on the ground while it kept ringing. Greg was going to kill me, again, I wasn’t going to make it to dinner on time. I made a gesture to turn around to find out who was targeting me, but he seemed to read my mind, when he said:

– Don’t even think about turning around – my heart was beating very fast and I could feel my throat drying out, so I decided to do what he asked me to, I didn’t turn around – I want you to slowly head towards that window with your hands up, if you don’t want me to shoot you. Have you understood me?

I nodded, I couldn’t even say a word. With my legs shaking, I walked slowly to the window right next to the desk, through which more light came in from the entire office. One step after another, without making a sound and with that man right behind me, with his gun ready.

– Very good. Now open the window and stay very still – the stranger ordered.

I followed his instructions carefully, they were simple but I could not control my nervous tics in my eyes and lips, they kept shaking, I had already started to sweat. As he said, the window was open and I raised both hands again, just like at the beginning.

– You are doing it very well. What I want now is for you to climb to the edge, carefully and without turning. Very slowly.

I didn’t expect that. That I climbed to the edge? He wanted me to throw away, right? I was sure that this guy was the one who had killed Margaret and now intended to make me disappear, even if I hadn’t seen his face. Before I set foot on the edge of the window, I ventured to ask him:

– Do you want me to…? Do you want me to throw myself away? – my voice trembled, insecure -.

– I want you to do what I say.

– You’ve killed Margaret, right?

– Get on the edge and stop asking questions.

He wasn’t going to tell me anything, who was I, anyway? I nodded, doing what he asked me, climbed on the edge of the window of the office where I had been working for eleven years with dedication and affection, I was like a flan, with my legs shaking and trying not to fall. I grabbed the walls on both sides, noticing the air crashing into my face. I looked down and suddenly felt dizzy, I couldn’t have chosen an office closer to the ground when I decided to open the firm, right? I chose a ninth floor… God.

– Do not take it from anywhere. When you are ready and you prayed to whoever you pray to, I want you to jump.

– What?

– It’s simple. Just put one foot off the edge of the window and you will fall right away, don’t hurry, I’m sure you’ll do it right and all your problems will evaporate.

– My problems? Who the hell are you? And what does you want from me? I’m already scared, what else do you want to see?

– I just want you to jump, as I said before.

I didn’t do it because that would have been very simple. For him. He was so insistent with me jumping because he didn’t want another bullet stuck in the skull of another corpse, he wanted it to look like a suicide. And I didn’t want to make it easy for him even if it was the last thing I did on this Earth. So, as I could and with my legs still shaking, I grabbed the window, knowing that he kept pointing at me with his gun, screaming to jump, to do it right now. I was turning as I could slowly, to see the face of that son of a bitch.

As soon as I saw his eyes I knew. The bullet came out of his gun and ended up in the center of my forehead, causing me to fall into the void. Everything turned black and my body was splattered on a green car, leaving the roof dented. This would serve as an excuse not to go home early, right?


You can support the blog through Patreon, I write short stories more elaborated and personal.

www.patreon.com/trackontime


Publicado en Reflexiones

Sobrevive:

Sobrevive. Aunque tus errores afloren en tu mente, tus dudas se apoderen de cada momento y no tengas salida. Todos los buenos momentos no existirían sin los malos, ahí es donde conoces cuál es tu resistencia y tu capacidad de sanar y seguir resistiendo. Tu cuerpo se agota, te empuja hacia atrás, mientras tus palabras se quiebran y dejan paso a los lamentos, tu mente se desequilibra y se pregunta por qué sigues ahí de pie, sin moverte, por qué prefieres estar sentado en el sofá con una manta antes que salir con tus amigos de bar en bar en busca de una borrachera fácil. Quizá lo piensas por un momento. Al principio, no te atrae mucho la idea, pero empiezas a pensar que quizá, te ayudará a olvidar, que el alcohol podría ser un cómplice inocente de la oscuridad que sientes, y empiezas a preguntarte: ¿por qué no?

Has bebido mucho, puede que demasiado y todo el bullicio que hay a tu alrededor no te deja ni siquiera escucharte a ti mismo. Te tambaleas, te sientas en una de las sillas del fondo para acallar tanta risa y los gritos de la gente ávida por seguir bebiendo. Respiras con dificultad. Vuelves a recordarlo todo. Es el momento del bajón, el alcohol a veces, tiene ese efecto. Pensabas que ibas a salir de ello, pero no puedes. Lo olvidas y te levantas. Te estás agobiando. El aire no parece entrar en tus pulmones, te ahogas. ¿Qué harías estando normal? ¿Qué harías siendo tú? Te das cuenta de que te estás escondiendo. Activas el piloto automático para no sentir nada, como alguna vez hiciste.

Algo mareado, sales fuera del bar mientras dejas a tus amigos disfrutar de la noche dentro, preguntándote por qué has accedido si no te sientes bien, no eres tú mismo, si no tienes a qué agarrarte o una esperanza de la que tirar para seguir hacia adelante. Ni siquiera has pensado en lo que pasó, te has abalanzado sobre la solución más fácil, la que te haría olvidar quién eras, la que te diría que dejaras de ser esa persona y empezaras a ser otra que acalla su dolor con alcohol. Pero sigues sin ser tú. Quizá ya hayas empezado a pretender, en el trabajo, con tu familia y amigos, no quieres mostrarte vulnerable, no crees necesitar empatía ajena porque te vales tú mismo, a nadie le importa cómo te sientes y tú eres suficiente para ayudarte, lo has hecho siempre, una vez más no te matará, siempre has sido un superviviente.

¿Por qué esta vez no puedes volver a serlo? ¿Por qué no seguir siendo el fuerte? ¿Por qué no mantener la calma y seguir adelante como si nada hubiese ocurrido? ¿Por qué tomarse una pausa del trabajo si todo anda bien, si tú estás bien? Tu rutina sigue intacta, tus horarios son impecables y estás a gusto en esa casa que acabas de comprarte, ¿por qué algo debería romperse dentro de ti? ¿Por qué pretender no puede funcionar mientras le das tiempo a que las aguas se calmen? Siempre funciona. Aunque no esta vez. Te cuesta aceptarlo pero permanece como un susurro en un rincón de tu mente que no deja de hablar, de traerte de vuelta al mismo instante que querías olvidar con tus amigos, es como volver a oírlo todo y a no sentirte seguro.

Otra vez, en ese sofá vuelves a notar esa respuesta tocar tu lengua suavemente y pasar entre tus labios. Te preguntas una vez más si es buena idea salir priorizando a tus amigos y sus intereses antes que los tuyos. Te preguntas si de verdad deberías ir una vez más a ese bar para olvidarlo todo, para pretender que nunca ha ocurrido y así acallar tus remordimientos. Te preguntas si es necesario ser otra persona para sobrevivir, para salir de esto ileso. ¿No sería mejor coger el teléfono y pedir ayuda a alguien profesional que pueda ayudarte en este momento? ¿No crees que ya es hora de priorizarte y tenerte presente? ¿Qué crees que harás? Te decides al cabo de un minuto, mientras los ojos de tus amigos siguen observándote y tú sigues con ese cabello deshecho desde por la mañana, el pijama y las zapatillas con las cabezas de «Hulk» como decorativo. Estás hecho un asco, y lo sabes, ni siquiera te has duchado.

Al fin, dices: «NO, gracias. He de irme a un sitio, pero seguro que voy otro día y os acompaño». Tu voz sigue siendo algo pesada, un tanto ronca y esa tristeza te sigue invadiendo, agoniza en tu interior pero, sabes que has hecho lo correcto porque no huyes, enfrentas. Y, esta vez, te das cuenta que para sobrevivir solo tienes que dar un paso adelante para seguir siendo el superviviente que alguna vez fuiste.


Puedes apoyar mi blog a través de Patreon, suelo escribir relatos cortos más elaborados y personales.

www.patreon.com/trackontime


Survive:

Survives. Although your mistakes appear in your mind, your doubts take over every moment and you have no way out. All the good times would not exist without the bad ones, that’s where you know what your resistance is and your ability to heal and keep resisting. Your body is exhausted, it pushes you back, while your words break and give way to laments, your mind becomes unbalanced and wonders why you are still standing there, not moving, why you would rather be sitting on the sofa with a blanket than going out with your friends from bar to bar in search of an easy binge. Maybe you think about it for a moment. At first, you are not very attracted to the idea, but you begin to think that perhaps, it will help you forget, that alcohol could be an innocent accomplice of the darkness you feel, and you begin to wonder: why not?

You’ve drunk a lot, maybe too much and all the buzz around you doesn’t even let you hear yourself. You stagger, sit on one of the chairs in the background to silence so much laughter and the screams of people eager to keep drinking. You breathe hard. You remember everything again. It’s the time of the downturn, alcohol sometimes, it has that effect. You thought you were going to get out of it, but you can’t. You forget it and get up. You’re getting overwhelmed. Air doesn’t seem to enter your lungs, you drown. What would you do when you were normal? What would you do being you? You realize you’re hiding. You turn on autopilot to feel nothing, like you once did.

Somewhat dizzy, you step outside the bar while letting your friends enjoy the night inside, wondering why you’ve agreed if you’re not feeling well, you’re not yourself, if you don’t have anything to hold on to or a hope to pull forward. You haven’t even thought about what happened, you’ve pounced on the easiest solution, the one that would make you forget who you were, the one that would tell you to stop being that person and start being someone else who silences your pain with alcohol. But it’s still not you. Maybe you have already begun to pretend, at work, with your family and friends, you do not want to be vulnerable, you do not think you need empathy from others because you are worth yourself, nobody cares how you feel and you are enough to help you, you have always done it, once again it will not kill you, you have always been a survivor.

Why can’t you be again this time? Why not remain the strongman? Why not stay calm and move on as if nothing had happened? Why take a break from work if everything is going well, if you’re fine? Your routine is still intact, your schedules are impeccable and you are at ease in that house you just bought, why should something break inside you? Why can’t pretending at work while you give the waters time to calm down? It always works. Although not this time. It is difficult for you to accept it but it remains like a whisper in a corner of your mind that does not stop talking, to bring you back at the same moment that you wanted to forget with your friends, it is like hearing everything again and not feeling safe.

Again, on that couch you notice that answer again touching your tongue gently and passing between your lips. You wonder once again if it’s a good idea to go out prioritizing your friends and their interests over yours. You wonder if you should really go to that bar once again to forget everything, to pretend that it has never happened and thus silence your regrets. You wonder if it is necessary to be someone else to survive, to get out of this unscathed. Wouldn’t it be better to pick up the phone and ask for help from someone professional who can help you right now? Don’t you think it’s time to prioritize and keep yourself in mind? What do you think you will do? You decide after a minute, while the eyes of your friends continue to watch you and you continue with that undone hair since the morning, pajamas on and slippers with the heads of «Hulk» as decorative. You’re disgusted, and you know it, you haven’t even showered today.

At last, you say, «NO thanks. I have to go to a place, but I’m sure I’m going another day and I’ll accompany you.» Your voice is still somewhat heavy, a bit hoarse and that sadness continues to invade you, agonizes inside you but, you know you have done the right thing because you do not run away, you face the situation. And, this time, you realize that to survive you just have to step up to remain the survivor you once were.


You can support the blog through Patreon, I write short stories more elaborated and personal.

www.patreon.com/trackontime


Publicado en Relatos

Un Hasta Pronto:

Vino a mi casa una tarde más. La dejé pasar y le dije que se sentara en el sofá mientras yo preparaba unos cafés, desde siempre habíamos sido unas adictas a la cafeína. Parecía pensativa y bastante callada, nos sonreímos. Me di cuenta de que estaba un poco incómoda, se movía mucho y no sabía cómo empezar la conversación. Dejé los cafés encima de la mesita justo en medio de nosotras y la miré, quise que me contara qué había ocurrido ayer en su día y qué plan tendríamos para el fin de semana, desde que nos habíamos independizado, habíamos sido todavía más inseparables que en el instituto. No supo qué decir. Le saqué varios temas pero no salía de ellos, se trababa con las palabras y solo quería que yo hablara para, al menos, escuchar. Le temblaban las manos y solo quería tener la taza de café entre ellas.

Algo le pasaba. La única vez que la había visto así, había sido en su último viaje al campamento con diecisiete años, sus padres la mandaron a Francia y no nos íbamos a ver en todo el verano, estaba triste porque quería pasarlo conmigo y porque me lo había prometido durante los últimos meses. Nos volvimos a ver al volver a las clases y todo se quedó en nada, nos llamamos prácticamente cada día, nos echamos de menos pero sobrevivimos tres meses. Pero, esta vez, estaba más inquieta. Decidí un acercamiento directo:

– Vale, dime qué te pasa. Te noto nerviosa.

– Nada. No es nada – bajó la mirada, mientras respondía casi con un susurro -.

– Llevamos siendo amigas algo más de una década, sé cuándo te pasa algo. Dímelo, no voy a juzgarte…

– Tengo que irme.

– Si acabas de llegar… Llevas aquí como cinco minutos. ¿No te gusta el café? – hice ademán de levantarme para traerle otra cosa pero ella puso una mano en mi brazo para que volviera a sentar – Vale, ¿qué ocurre?

– Tengo que irme fuera. Me voy en dos días.

– ¿Fuera? ¿De viaje, quieres decir?

– Me voy a vivir a Italia una temporada, mi madre no se encuentra muy bien y necesita mi ayuda, quiere que vaya allí lo antes posible y yo… Quiero quedarme.

Tragué saliva. Se iba indefinidamente, no eran solo tres meses. Había vivido en Italia toda su niñez pero volvió aquí con su padre y sus dos hermanos, su madre fue la única que se quedó. Respiré hondo y la cogí de la mano.

– Puedes… venir cuando quieras, ¿no?

– Cuando pueda. Tengo que encontrar trabajo, instalarme en su casa y llevarla y traerla del médico prácticamente cada día. No tendré mucho tiempo.

Ahora entendía su nerviosismo. Había venido para despedirse, pero no sabía muy bien cómo hacerlo porque nunca había estado en esa situación. Quería pedirle que se quedara, quería llorar pero me aguanté las lágrimas, no era momento de ponerla más tensa o triste, ni siquiera hacer que se lo pensara dos veces, tenía que apoyarla. Todo había ocurrido de repente y ella era la que menos quería ir pero sus hermanos trabajaban y ayudaban a su padre a salir adelante, así que, solo quedaba ella. La buena de Angelina debía de hacer lo que la familia le pedía e irse lejos, olvidando todo lo que había construido aquí, entre nosotros.

Dejó el café sobre la mesita y se acercó más a mí, dándome un abrazo fuerte. Me lo estaba poniendo difícil eso de no llorar. No quería soltarme. Y yo tampoco. Podríamos hablar por Skype, ¿verdad? Podríamos seguir en contacto… No se terminó el café pero me pidió que la llevara al aeropuerto, cosa que hice dos días después. Una vez más, aguantándome las ganas de llorar, diciéndole que estaba orgullosa de lo que estaba haciendo y que ayudar a su madre era lo mejor que podía hacer. Me había convertido en la mayor mentirosa del mundo por un momento. No creí nada de lo que dije pero esperé que ella sí lo hiciera. Apenas hablamos durante el trayecto en coche, y apenas lo hicimos estando allí, esperando a que embarcara. Pero no me moví hasta que el avión despegó. Era como si se llevase un pedacito de mí. Ni siquiera sabía si volvería a verla o si esperaríamos mucho hasta que pudiéramos hablar, no pudo asegurarme nada.

A lo único que pude prestar atención fue a ese susurro en mi oreja cuando estuvo a punto de embarcar. Noté su aliento justo allí, mientras nos abrazábamos. Ese «hasta pronto» me dio algo de esperanza. Se instaló en mi corazón y esperó a que fuera verdad, a que pudiésemos tomar otro café en casa, a contarnos historias con chicos o lo curiosas que eran nuestras familias y sus dramas. Quería que fuera cierto, que fuera un presente tan rápido como fuera posible, que no fuésemos como esas amigas que se separan y ya no vuelven a hablarse o verse más por falta de tiempo o compromisos. Esperaba que ese «hasta pronto» prevaleciera y se fortificara en nuestra bonita amistad a partir de ese momento.


Puedes apoyar el blog a través de Patreon, escribo relatos cortos más elaborados y personales.

www.patreon.com/trackontime


See You Soon:

She came to my house one more afternoon. I let her pass and told her to sit on the couch while I made some coffees, we had always been addicted to caffeine. She seemed thoughtful and quite quiet, we smiled at each other. I noticed that she was a little uncomfortable, moved around a lot, and didn’t know how to start the conversation. I left the coffees on top of the table right in the middle of us and looked at her, I wanted her to tell me what had happened yesterday in her day and what plan we would have for the weekend, since we had become independent, we had been even more inseparable than in high school. She didn’t know what to say. I took out several topics but she didn’t get out of them, she got stuck with words and just wanted me to speak to at least listen. Her hands were shaking and she just wanted to have the cup of coffee between them.

Something was wrong. The only time I had seen her like this, it had been on her last trip to the camp when she was seventeen, her parents sent her to France and we were not going to see each other all summer, she was sad because she wanted to spend it with me and because she had promised it to me during the last months. We saw each other again when we went back to class and everything came to nothing, we called each other practically every day, we missed each other but we survived three months. But, this time, she was more restless. I decided a direct approach:

– OK, what happen with you?

– Nothing. It’s nothing.

– We’re been friends during more than a decade, I know when something’s happening to you. Tell me, I’m not gonna judge you…

– I have to go.

– If you have just arrived… You’ve been here for about five minutes. Don’t you like the coffee? – I made a gesture to get up to bring her something else but she put a hand on my arm to get her to sit down again – Okay, what’s wrong?

– I have to go outside from the country. I’m going in two days.

– Outside? Are you going to a travel or something? What do you mean?

– I’m going to live in Italy for a while, my mother is not very well and needs my help, she wants me to go there as soon as possible and I… I want to stay.

I swallowed. She was leaving indefinitely, it wasn’t just for three months. She had lived in Italy all her childhood but returned here with her father and her two brothers, her mother was the only one who stayed. I took a deep breath and took her by the hand.

– But you can come back to visit when you want… Right?

– When I can. I have to find a job settle in my mum’s house and take her and bring her from the doctor practically every day. I won’t have much time.

Now I understood her nervousness. She had come to say goodbye, but she didn’t quite know how to do it because she had never been in that situation. I wanted to ask her to stay, I wanted to cry but I endured tears, it was not time to make her more tense or sad, or even make her think twice, I had to support her. Everything had happened suddenly and she was the one who wanted to go the least but her brothers worked and helped their father to get ahead, so only she was the one who have to go. Angelina’s good daughter had to do what the family asked of her and go away, forgetting everything she had built here, between us.

She left the coffee on the coffee table and came closer to me, giving me a big hug. I was having a hard time not crying. She didn’t want to let me go. And neither do I. We could talk on Skype, right? We could keep in touch… She didn’t finish her coffee but she asked me to take her to the airport, which I did two days later. Once again, holding my heartfelt, telling her that I was proud of what she was doing and that helping her mother was the best thing she could do. I had become the biggest liar in the world for a moment. I didn’t believe anything I said but I hoped she did. We barely talked during the drive, and we barely did it while there, waiting for her to board. But I didn’t move until the plane took off. It was as if it took a little piece of me. I didn’t even know if I would see her again or if we would wait long until we could talk, she couldn’t assure me anything.

The only thing I could pay attention to was that whisper in my ear when she was about to board. I noticed her breath right there, as we hugged each other. That «see you soon» gave me some hope. It settled in my heart and waited for it to be true, for us to have another coffee at home, to tell us stories with boys or how curious our families were and their dramas. I wanted it to be true, to be a present as quickly as possible, not to be like those friends who separate and no longer talk to each other or see each other anymore due to lack of time or commitments. I hoped that this «see you soon» would prevail and be fortified in our beautiful friendship from that moment on.


You can support the blog through Patreon, I write short stories more elaborated and personal.

www.patreon.com/trackontime