Publicado en Personajes

Daniel: El Escritor de Realidades

Relato procedente: «Papel en Blanco«. Edad: 42 años.

Ciudad: Iowa. Profesión: Escritor.

Descripción física:

Tengo el cabello oscuro con algunas canas que empiezan a poblarlo, siempre lo noto algo seco y tengo que luchar contra esa horrible caspa, pero al menos, no estoy calvo. Mis ojos marrones casi negros suelen expresar tranquilidad y calma, según muchos suelen comentar, pero a la vez, cierta tristeza e incomodidad cuando estoy en casa, solo. Mis labios son bastante finos, hubo un tiempo en el que me dejaba crecer la barba pero, he creído necesario afeitarla por completo y no tener mucha más responsabilidad que afeitarla sin más, entera. Mi tez es un tanto morena y mi piel un poco seca, siempre se me olvida echarme crema hidratante. Suelo vestir con ropa un poco ancha, sencilla y con colores neutros.

Descripción de la personalidad:

Me creo una persona bastante pasiva y calmada, quitando los días en los que no me inspiro, cuando me frustro, me frustro bien, sin miramientos. Puedo estar en cualquier lugar donde haya mucha o poca gente, incluso, suelo ir a restaurantes a comer y al cine solo sin pensar demasiado en ello o prestar atención a cómo otros me observan, con compasión o tristeza en la mirada. Hago lo que quiero y me gusta, voy de aquí para allá donde la editorial me envía sin más responsabilidad que mi higiene personal, la comida y el descanso, no suelo estresarme demasiado por nada y disfruto de cada momento con una sonrisa, muchos me consideran una persona ZEN.

Una infancia y adolescencia tradicional:

Hay gente que puede tener una infancia más dura o una adolescencia un tanto rebelde, pero las mías fueron tranquilas. Fui el hijo único de un matrimonio feliz, los cuales, me dedicaron el tiempo necesario, me escucharon siempre que tuve un mal momento y los que me animaron a ser escritor, de hecho, mi madre siempre quiso serlo pero nunca tuvo una oportunidad que aprovechar y, quizá de alguna forma, me lo transmitió a mí.

Puede que mis padres discutieran, ninguna relación es perfecta, hay veces en las que hay roces y la pareja se desgasta, pero nunca ocurrió nada de eso delante de mí y fui un niño bastante tranquilo y consciente de mis responsabilidades. Nunca saqué malas notas pero tampoco unas perfectas, normalmente, estaba entre el bien y el notable y lo único que me gustaba más que nada en el mundo era leer en la casa del árbol que mi padre había construido para mí cuando cumplí los nueve años. Era mi refugio, mi espacio y pasé grandes momentos conmigo mismo y los personajes que más me gustaban en aquella casita.

Arrastrado a vivir una vida tradicional:

Supongo que, cuando llegas a cierta edad, la sociedad te exige formar una familia y tener tu propia casa, cuanto más grande mejor para demostrar a tus compañeros de trabajo que tienes dinero y eres muy afortunado de haber conseguido una mujer tan maciza como la que tienes y un par de niños de lo más aplicados en el colegio y con una educación privada excelente. Así que, aunque escribir era mi única pasión y lo que me hacía realmente feliz, accedí a esto, algo que no hubiera hecho pero que, de alguna forma, mi alrededor me pedía y exigía a gritos, de alguna manera. Su nombre fue Anna y los de mis hijos Agora y Michael. Vivíamos en una casa cerca de un precioso bosque, el cual, por la noche creaba una sensación tan terrorífica que siempre me inspiraba a escribir alguna historia.

Creo que mi vida empezó a ser estresante desde el momento en que me casé y tuvimos a nuestra hija, nuestra relación empezó a cambiar tanto que ahora que lo recuerdo, podría decir que ni siquiera llegábamos a querernos lo suficiente, cada uno vivía en su mundo y apenas hacíamos cosas juntos, a la par que pretendíamos delante de nuestros amigos que nuestras vidas eran perfectas. Estaba escribiendo mi segundo bestseller cuando Anna y yo decidimos divorciarnos y los niños se hacían mayores, Agora se fue a la Universidad y Michael quiso trabajar con su tío en su fábrica de mecánica arreglando coches y motos. Cada uno se fue por su lado y nunca más volvimos a mediar palabra, tan solo para decidir algunos pagos para los niños hasta que se hubieron independizado y ya ni siquiera necesitaban de nosotros.

Creo que eso es exactamente lo que pasa cuando te obligas a hacer algo que no quieres hacer por quedar bien o por contentar al resto, terminas solo en una casa enorme de cuatro habitaciones que tan solo van a darte trabajo para limpiarlas y un montón de pensamientos agolpados en tu cabeza y sin nadie a quién comunicárselos. Supongo que fui yo el único que se lo buscó, ¿qué habría ocurrido si no hubiera estado con Anna y no hubiera tenido hijos? Supongo que nunca lo sabré.

Las Puertas de la Imaginación:

Siempre fui un iluso con lo que se refería a la creatividad, el hecho de que tu mente fuera tan fuerte e imaginativa que todo lo que creara o pensara podría convertirlo en realidad pero, en cuanto ocurrió, tan solo pude quedarme sorprendido. Fue tratando de empezar mi tercer libro, la casa estaba casi en la penumbra y yo estaba en la oficina tratando de escribir algo que valiese la pena, pero no había ninguna idea que pudiera considerar buena, así que, empecé a decir palabras al aire sin sentido. Y todas ellas se volvieron reales, incluso, la de la imaginación.

Se abrió un marco en la puerta, el cual, pude cruzar para llevarme a través de un camino corto donde había una puerta abierta esperando ser cruzada para llevarme a los recónditos mundos de la imaginación. Algo que jamás hubiera esperando que pasara, pero ahí estaba. Podía elegir entre entrar dentro y arriesgarme a no volver nunca a mi mundo o dar dos pasos hacia atrás y esperar a que esa puerta se cerrase hasta llevarme a la oficina, nuevamente. Como bien sabrás, elegí la primera opción y no hago más que ver nuevos parajes y lugares que jamás pensé que pisaría, incluso, unos de mis personajes favoritos de Agatha Christie, de Stephen King, Dean Koonz y muchos más. No lo cambiaría por nada, este es mi mundo ahora.

Un futuro entre imaginación:

Supongo que, mientras existan mundo creativos y diferentes a los que saltar y volar, siempre escribiré sobre ellos, me embaucaré de cada pequeño instante y sonreiré en esas situaciones en las que alguna escena me parezca increíble. No creo que en el mundo real pudiera reírme tanto o ser tan «yo mismo» pero aquí puedo ser quién soy y quien quiera ser, sin juicios ajenas o malas miradas, supongo que solo me faltaba esto para completar mi sensación de felicidad.

La creatividad y la imaginación me acompañarán a donde vaya, en cada personaje, cada sentimiento y cada pequeño instante de sorpresa y ternura que me pueda encontrar en el camino. Será un viaje de conocimiento y de hacer lo que siempre había querido: vivir en libertad.


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Papel en Blanco:

Llevaba horas frente al papel. Lo observaba con un bolígrafo en la mano derecha esperando a que la inspiración llamara a su puerta. Su editor le había dado una semana para que empezara con una nueva historia, pero Jacob no había conseguido mucho más que pasarse las tardes sentado en la silla del escritorio de su oficina sin más que hacer a parte que la de mirar esa hoja en blanco que empezaba a no gustarle nada. Solo se podía oír el ruido que hacían sus tripas, su digestión le recordaba que el silencio le estaba abrumando y que no tenía tiempo para andarse con perfeccionismos, debía desarrollar la primera cosa que le viniese a la cabeza.

Palabras sueltas sin ningún sentido. No se conectaban entre sí, menos fomentaban la creación de una historia interesante. Quizá este fuera un estúpido bloqueo de escritor, tras haber publicado tres libros, alguna vez tenía que ocurrir, ¿verdad? No pasaba nada, solamente tenía que tomárselo con calma. No, no podía. Solo quedaban tres días para enseñarle algo a su editor, algo que realmente le gustara y aceptara para poder empezar con algo. Se levantó de la silla, impaciente y empezó a andar arriba y a abajo de la oficina. Se le ocurrió decir palabras en voz alta para ver si podía desarrollar algo con ellas, escuchando su voz.

– Palabra – su voz salió monótona de entre sus labios e hizo que esa misma palabra se formara en el aire, como si realmente existiera, flotando. Sorprendido, dijo otra -: Serpiente.

Acto seguido, vio cómo una serpiente de un color verdoso y amarillento, se deslizaba por el suelo de su oficina y desaparecía al llegar a la pared que había detrás de él. Salió de la habitación hacía el salón para buscar la serpiente pero, no había nada. Extrañado, se volvió a encerrar en la oficina y decidió probar de nuevo.

– Medicina – de repente, apareció un bote con pastillas encima de la mesa de su escritorio. Trató de cogerlo pero sus manos lo traspasaban. Desapareció tras unos segundos. Así que, decidió con algo abstracto, con algo que ni siquiera se pudiese tocar o existiese en la realidad como un objeto o animal, ni siquiera visto en un papel -: Imaginación.

Esperó unos segundos hasta ver cómo un marco se formaba en la pared de enfrente. Esta empezaba a desaparecer y vio un cielo anaranjado y rojizo. A lo lejos, podía ver a un camino ancho que llevaba a otra puerta abierta donde le indicaba en una señal que debía entrar dentro si quería encontrar la imaginación que buscaba. Aquella era su única oportunidad de empezar una nueva historia y además, quería saber qué pasaba con las palabras que decía y por qué ocurrían en la realidad, así que, puso un pie dentro del primer marco dejando que desapareciera tras de sí y dirigiéndose al siguiente.

Otra señal, algo más pequeña que la anterior, le indicaba que, en caso de que decidiera adentrarse a través de la «Puerta de la Imaginación», debía tener en cuenta que sería casi imposible salir de ella y volver al mundo que solía conocer, le otorgaban unos minutos para reflexionar y considerar si quería volver atrás o seguir hacia adelante. No pudo con su curiosidad. Puso un pie dentro y dejó que esa puerta también se cerrara tras de sí envolviéndose entre palabras, historias y descripciones, personajes de otras épocas y situaciones que estos podrían tener en sus vidas. Nunca había sido tan feliz como en aquel momento.


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Blank Paper:

He had been in front of the paper for hours. He watched it with a pen in his right hand waiting for inspiration to knock on his door. His editor had given him a week to start with a new story, but Jacob had not achieved much more than spending his afternoons sitting in the chair at the desk of his office with nothing to do other than look at that blank sheet that he began to don’t like at all. He could only hear the noise made by his guts, his digestion reminded him that the silence was overwhelming him and that he did not have time to walk with perfectionisms, he had to develop the first thing that came to his mind.

Single words without any meaning. They didn’t connect with each other, let alone encourage the creation of an interesting story. Maybe this was a stupid writer’s block, having published three books, it had to happen sometime, right? Nothing happened, he just had to take it easy. No, he couldn’t. There were only three days left to show his editor something, something he really liked and accepted so Jacob could start with something. He got up from the chair, impatient and began to walk up and down the office. It occurred to him to say words out loud to see if he could develop something with them, listening to his own voice.

– Word – his voice came out monotonously from between his lips and caused that same word to form in the air, as if it really existed, floating. Surprised, he said another -: Snake.

Then, he saw how a snake of a greenish and yellowish color, slid down the floor of his office and disappeared when it reached the wall behind him. He left the room for the living room to look for the snake but, there was nothing. Surprised, he locked himself back in the office and decided to try again.

– Medicine – suddenly, a bottle of pills appeared on the table of his desk. He tried to catch it but his hands pierced him. It disappeared after a few seconds. So, he decided with something abstract, with something that could not even be touched or existed in reality as an object or animal, not even seen in a paper -: Imagination.

He waited a few seconds to see a frame form on the wall in front of him. It began to disappear and he saw how an orange and reddish sky. In the distance, he could see another open door where it indicated on a sign through a path that he should enter inside if he wanted to find the imagination he was looking for. That was his only chance to start a new story and he also wanted to know what happened to the words he said and why they happened in reality, so he set foot inside the first frame letting it disappear behind him and heading to the next.

Another sign, somewhat smaller than the previous one, told him that, in case he decided to enter through the Door of Imagination, he should keep in mind that it would be almost impossible to leave it and return to the world he used to know, giving him a few minutes to reflect and consider whether he wanted to go back or move forward. He couldn’t with his curiosity. He set foot inside and let that door also close behind him wrapping himself between words, stories and descriptions, characters from other eras and situations that these could have in their lives. He had never been as happy as he was at that time.


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Dana: La que Recuerda

Relato procedente: «Espacio Olvidado«. Edad: 32 años.

Ciudad: Londres. Profesión: Periodista.

Descripción física:

Mi cabello castaño es liso hasta un poco más abajo de los hombros, lacio, bien cuidado, casi nunca lo llevo ondulado, podría levantarme de la cama y que pareciera que me hubiera acabado de peinar. Mis ojos son de un color gris intenso, me gusta ponerme un poco de sombra a veces, pero muy sutil o para que a penas se note que estoy maquillada. Mi tez es pálida, aunque intento ir todos los veranos a lugares soleados para broncearme un poco, dado que, en Londres no tenemos mucho sol a nuestra disposición. Muchos comentan sobre mi delgadez y estatura, otros simplemente, la conocen y saben que, simplemente, soy así y no tengo ningún problema físico que destacar. Suelo vestirme con unos pantalones algo anchos pero elegantes para ir a la oficina, una blusa que sea de tacto suave metida en los pantalones, normalmente de tonos pastel o blancos y llevo tacones, SIEMPRE llevo tacones.

Descripción de la personalidad:

Suelo mostrarme a los demás como una persona muy seria con su trabajo, aplicada, responsable y con los pies en el suelo, inteligente, perfeccionista y muy atenta a los detalles pero, en realidad, soy un desastre. Dentro de mí soy un torrente de emociones imparables que he de reprimir en ambientes de trabajo, soy una persona muy dulce, sensible, interesada en películas de terror y fantasía, me encanta el rock e ir a retiros espirituales donde la paz interior es lo más importante. No lo aparento ni hablo sobre ello, tan solo doy la imagen que otros esperan ver, culturalmente, es lo correcto, aunque creo que me daría vergüenza que otros supieran de mis aficiones, sería criticada al instante, por ello, me gusta mantener estas cosas a nivel personal, dentro de mi casa, un pisito en el centro increíblemente mono y que me trae tanta paz… que no dejo que entre nadie.

Una infancia llena de lujos:

Mi hermana mayor Cindy y yo siempre nos hemos rodeado de los lujos que mis padres tenían, habían heredado la riqueza de sus padres y ellos nos la proporcionaban a nosotros, aunque parecía que yo era la única que no la quería. Cindy recibía con los brazos abiertos todo el dinero que mis padres podían darle, empezó a ser un tanto arrogante, a mirar a otros por encima del hombro y a mostrarse como la más lista y con más elegancia del lugar, dejó de ser una hermana cariñosa para convertirse en una narcisista insoportable. Y le gustaba que otros se dieran cuenta y supieran quién era ella. A edades tempranas ya sabía muy bien a quién no quería parecerme y tampoco que la gente supiera quién era yo, solo quería ser normal como cualquier otro compañero de instituto, de hecho, me gustaban muchas cosas que mis padres nunca aprobarían y las he llevado en secreto hasta este momento.

Mi vida se resumía en tener modales y ser perfecta día a día, no podía sentarme sin cruzar las piernas como una señorita o llevar vestidos horrorosos con volantes y que picaban tanto que solo quería arrancármelos. Debía decir las palabras correctas para ser educada y mostrar respeto a mis superiores, tenía que limpiarme la boca cada vez que le daba un bocado a la comida y debía ir a los institutos privados a los que mis padres se empeñaron en enviarme, pijos y llenos de imbéciles, pero suficientes para llevarme a la Universidad e independizarme, era lo único que buscaba y deseaba, una vida propia al margen de todas aquellas normas incómodas y limitantes.

Estudios y prácticas:

Fue duro llegar a la Universidad sin un rasguño. Muchas horas delante de un montón de papeles, temario que no se acababa, agobiada por pasar los finales con notas aceptables para entrar y teniendo a mis padres pisándome los talones para que mis notas mostraran la perfección que reinaba en nuestra familia, su único objetivo era aparentar. Mi hermana entró en la Universidad con notas espectaculares, las mías debían ser parecidas o, al menos, acercarme un poco a ellas, tuve tanta ansiedad en depende de qué etapas, que salía de clase corriendo al baño a vomitar porque no podía con ello. Pero seguí, solo quería irme de aquella mansión de locos. Como esperaba, mis notas no fueron exactamente lo que esperaba, pero pasé sin problemas y decidí estudiar periodismo, una de las carreras no vetadas por mis padres, eso era importante.

Empecé a vivir en el campus y ya notaba cierta libertad, mucho más al saber que no iban a mandarme a Oxford como a Cindy, sino a Stanford. Nadie podía saber qué me gustaba o qué hacía en mis ratos libres, mis formas de estudiar o de hablar o de sentarme en una silla, no iba a tener un guardia de seguridad armado observando todos mis movimientos. Así que, decidí ir a por todas dentro de ese cuartito privado que mis padres pagaban, no querían que tuviera compañera, a saber qué niña pobre de estrato más bajo que el de ellos iban a adjudicarme… Odiaba esos comentarios pero, al fin, era libre, después de tanto tiempo callada y llevando a cabo las normas sin rechistar.

Los cuatro años pasaron bastante rápido, más de lo que hubiera deseado, los disfruté como una enana. Empecé a hacer prácticas en un periódico bastante importante de la ciudad gracias a algunas conexiones que tenía mi padre, quise dar lo máximo de mí, aún sabiendo que la encargada de la editorial sería Melinda Gaiman, decían en la oficina que era una mujer ruin, gritona, criticaba a todo el mundo, destrozaba la autoestima personal y conseguía que tuvieras ganas de pegarte un tiro en la sien. Creo que trabajé tres años para ella y así fue, pero nunca me rendía, quería que viera que era buena en mi trabajo, que había aprendido mucho en la Universidad y que iba a serle de utilidad. Había sobrevivido viviendo con mi madre, ¿por qué no iba a poder manejar a aquella mujer amargada y con necesidades incesantes de menospreciar a los demás?

Melinda Gaiman era una periodista exquisita, había salido en todo tipo de canales de televisión y había hecho una carrera impecable con su trabajo, era muy reconocida pero todo el mundo la odiaba, todos hablaban de ella en los pasillos, inventaban rumores, se reían de su físico a sus espaldas y creían que no se había acostado con un hombre en su vida. Por supuesto, yo no quería formar parte de esas habladurías, había terminado la Universidad y me habían enseñado a ser educada y a respetar a gente que fuera superior a mí, así que, tan solo me dedicaba a lo que debía hacer y creo que eso fue lo que hizo que tuviera algo de confianza conmigo, me mandaba trabajos privados y que ella consideraba de relevancia, dejó de levantarme la voz o insultarme, empezó a respetarme de la misma forma que yo la había respetado siempre, menos cuando había gente alrededor, la arpía volvía a atacar de nuevo. Pero dios sabe, lo que amé a esa mujer y a su trabajo, era excelente, no hubiera trabajado con nadie más que no fuera ella, a pesar de su maltrato.

La muerte de Melinda Gaiman:

Todo el mundo oyó hablar de ello en la televisión: Melinda Gaiman había muerto en un accidente de coche. No había sido culpa suya, sino de un borracho que había cogido el coche después de una fiesta. Ese día me enteré de que Melinda no tenía familia o amigos, nadie lloraba su pérdida, ni siquiera en la oficina. Le hicieron un pequeño homenaje público en los periódicos donde ella había trabajado pero, al día siguiente, ya se habían olvidado del tema, su despacho se volvió una nube de polvo y una carrera dejada en el olvido. De alguna forma, Melinda fue alejándose de nuestra mente, de nuestros recuerdos, al igual que aquel despacho que, de repente, ya no sabíamos si estaba vacío o no, o si era otra habitación adherida a ese pasillo. Nadie volvió a entrar ahí, nadie volvió a nombrarla o a referirse a ella, ni siquiera en pequeñas historias, nadie mostraba ni siquiera odio hacia un recuerdo o un pensamiento, era como si Melinda Gaiman jamás hubiera tenido un lugar en este mundo, como si nunca hubiera existido.

He de decir que yo también lo sentí así. Durante mucho tiempo, creo. Pero, una mañana una vibración invisible y extraña me atrajo a esa puerta, a preguntarme qué hacía esa habitación en el pasillo si nadie había entrado en ella. Pero, lo cierto era que, una vez dentro, todos los recuerdos de Melinda volvieron a mí como una ráfaga de viento. Pude ver su paraguas aún en su balcón, ese que nunca recordaba coger aunque estuviera lloviendo y que le molestaba para llevar el café, su oficina, de repente, volvió a tener forma en mi mente, dejó de ser un pensamiento ligero e invisible y empezó a ser importante. ¿Cómo podía haberme olvidado así de ella? Pero, cuando decidí salir de allí, tras toda aquella melancolía, cerré la puerta y volví a preguntarme qué hacía allí, parada en el pasillo en vez de seguir con el trabajo, en aquella habitación no había nada, de hecho, no había ninguna habitación. Seguí con mi día a día, mi rutina y mi vida entre rock and roll y películas de «Star Wars» con palomitas y batidos de chocolate.

Un futuro con significado:

¿Recordáis ese momento en el que se os olvida algo en casa pero no sabéis exactamente lo que es, está en la punta de vuestra lengua, casi en la mente para ir a por ello pero no tenéis ni idea de qué os habéis dejado? Esa era mi sensación. Cada día. Al caminar por el pasillo de una sala de oficinas a otra. Era increíble lo mucho que me dolían los pies, pero adoraba mis tacones, tenía muchos más que una docena… Tenía un recuerdo que quería recuperar, quería mostrarse pero no lograba saber cuál era, así que, cada día, voy a intentar prestarle la suficiente atención como para darle un significado, de saber qué es lo que estoy perdiendo o no estoy encajando en mi mente, no puede ser que se me olvide algo y no sepa qué.

Mientras tanto, todo seguirá igual.


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Espacio Olvidado:

Empecé a caminar por el pasillo de oficinas una vez más, como cualquier otro día, casi sin prestar atención. Todo el mundo tenía su despacho, trabajaban a toda velocidad hasta el último minuto, muchos se quedaban hasta altas horas de la madrugada para terminar los últimos toques de un artículo que iba a salir al día siguiente y otros dejaban sus puestos a tiempo y se llevaban el trabajo a casa sin tiempo que poder dedicarles a sus familiares y amigos. Pero así era nuestro trabajo, estar despierto para cazar cualquier noticia al vuelo y poder informar a los ciudadanos. Pensando en ello, me paré en seco al ver la puerta de una de las oficinas del pasillo a penas abierta, no se oía nada, tan solo se podía ver el último rayo de luz entrando por la ventana hasta la puerta de entrada.

Me aventuré a entrar. Ya había pasado un año desde que ocurrió. Recuerdo que antes me pasaba todo el tiempo entrando y saliendo de esta oficina con papeles en las manos, hablando a gritos y tratando de que Melinda me escuchara, fue una redactora jefe inolvidable por su dureza. Me entristeció ver la habitación tan vacía, desolada, olvidada en el pasillo. La imagen de ella sentada en su silla con rectitud cerca de su escritorio me dejó entrever una sonrisa tímida, lo tenía lleno de papeles por todas partes, post-its, su ordenador echaba humo pero no dejaba de teclear como si su vida dependiera de ello, lo tenía lleno de grapas tiradas por el suelo, una papelera al lado que a penas usaba y una grapadora a punto de echarse a perder. Ahora, ese escritorio no tenía nada en absoluto. Estaba vacío. Había un sillón a un lado lleno de polvo, donde Melinda solía leer algunos de los borradores que le traíamos, decía que era el mejor lugar para pensar, yo no quería dudarlo o podría tener problemas. Una estantería vacía al fondo y a la derecha, donde dejaba todo los libros que había estudiado sobre periodismo y sobre los que nosotros deberíamos saber más que ella. El suelo tenía polvo, la habitación dejó de brillar y su recuerdo había ido desapareciendo de nuestra mente mientras seguíamos atrapados en nuestra rutina, como si jamás hubiera existido.

Me acerqué a las cortinas y las abrí de par en par, lo que no esperaba era ver un paraguas apoyado en el suelo por el mango. Ese era el paraguas de Melinda. Era el paraguas que siempre se le olvidaba en la oficina y que no recordaba llevarse cuando llovía, llegaba mojada de arriba a abajo a su casa por su mala memoria. No podía creer que nadie se hubiera dado cuenta de esto. Sabía que en la oficina la odiaban, pero dentro de toda esa maldad y rabia, había alguien sensible y tierno, aunque solo me lo dejara ver a mí de vez en cuándo. No quise abrir las ventanas. Era como si la viese a través de ese paraguas y no quería invadir su espacio. El trabajo duro de toda una vida había desaparecido, se había evaporado de aquella habitación que ya ni siquiera mantenía el olor fuerte de su colonia, el afrutado toque que provenía de su cabello o el sudor que desprendía tras tantas horas encerrada entre estas paredes. Me di la vuelta y observé la habitación nuevamente desde las cortinas, mientras el silencio me embriagaba y la inactividad me sorprendía, aquella oficina había sido un fuego cruzado, un movimiento constante y un espacio donde la palabra «no puedo» no existía. Quién quería ser un buen periodista, siempre debía pasar por esta oficina, enfrentarse a Melinda, llevarle la ropa a la lavandería y llevarle el café, aguantar sus insultos y seguir la rutina hasta que empezara a apreciarte y a enseñarte cómo se debía escribir un artículo o por qué no servía para nada una papelera de oficina. Era muy pasota en general pero las palabras eran las únicas con las que tenía algo de decoro y respeto, les daba importancia y prioridad, era lo único a lo que le prestaba atención. «Las personas somos prescindibles pero las palabras se quedan para siempre, así que, hay que saber usarlas bien», eso decía. Y así era…

Empecé a andar hacia la puerta nuevamente, resistiéndome a ese miedo de no volver a entrar en aquella oficina, de darle la espalda a ese paraguas que yacía olvidado, a aquella habitación separada del resto como un vacío en el Universo, a olvidarla como muchos habían hecho ya. Yacía en la puerta, mirando la habitación con tristeza, mientras me decidía a cerrarla tras de mí. De repente, los recuerdos se disiparon. ¿Qué estaba haciendo allí? ¡Esa no era mi oficina! Oh, dios. Llegaba tarde, otra vez. Mis pies empezaron a moverse rápido, con una parte de mí esperando volver a ese lugar que ya no recordaba pero que había ocupado un pequeño rincón de mi mente, aunque lo intentaba, no salía de mí, así que, lo dejaba estar y volvía a ocuparme con algo hasta que ya dejaba de pensarlo y cruzaba el pasillo de oficinas como si nada hubiera pasado. Una y otra vez. Como si todas las habitaciones tuvieran un sentido, como si nada hubiera cambiado.


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Forgotten Space:

I started walking down the office hallway once again, like any other day, almost without paying attention. Everyone had their office, they worked at full speed until the last minute, many stayed until the last hours of the night to finish the last touches of an writing that was going to leave the next day on newspapers and others left their jobs on time and took the work home with no time to devote to their family and friends. But that was our job, to be awake to hunt down any news on the fly and to be able to inform the citizens about everything was happening on the city. Thinking about it, I stood in my tracks when I saw the door of one of the offices in the corridor barely open, nothing could be heard, I could only see the last ray of light coming through the window to the entrance door.

I ventured in. It had been a year since it happened. I remember that before I spent all my time going in and out of this office with papers in my hands, talking loudly and trying to get Melinda to listen to me, she was an unforgettable editor-in-chief for her toughness. I was saddened to see the room so empty, desolate, forgotten in the hallway. The image of her sitting in her chair righteously near her desk gave me a shy smile, she had it full of papers everywhere, post-its, her computer was fuming but she kept typing as if her life depended on it, she had it full of staples lying on the floor, a bin next to her that she barely used and a stapler about to spoil. Now, that desk had nothing at all. It was empty. There was an armchair on one side full of dust, where Melinda used to read some of the drafts we brought her, she said it was the best place to think, I didn’t want to doubt it or I might have problems. An empty shelf in the background and to the right, where she left all the books she had studied on journalism and about which we should know more than her. The floor was dusty, the room stopped shining and his memory had been disappearing from our minds as we remained trapped in our routine, as if it had never existed.

I approached to the curtains and opened them wide, what I did not expect was to see an umbrella resting on the floor by the handle. That was Melinda’s umbrella. It was the one that she was always forgotten in the office and that she did not remember taking away when it rained, she came wet from top to bottom to her house because of her bad memory. I couldn’t believe anyone had noticed this. I knew she was hated in the office, but within all that evil and rage, there was someone sensitive and tender, even if she would only let me see it from time to time. I didn’t want to open the windows. It was as if I saw her through that umbrella and didn’t want to evade her space. The hard work of a lifetime had disappeared, it had evaporated from that room that no longer even maintained the strong smell of its cologne, the fruity touch that came from her hair or the sweat that it gave off after so many hours locked between these walls. I turned around and watched the room again from the curtains, as the silence intoxicated me and the inactivity surprised me, that office had been a crossfire, a constant movement and a space where the word «I can’t» didn’t exist. Who wanted to be a good journalist, always had to go through this office, confront Melinda, take her clothes to the laundry and bring her coffee, put up with her insults and follow the routine until she began to appreciate you and teach you how to write an article or why an office bin was useless. She was very step-by-step in general but the words were the only ones with which she had some decorum and respect, she gave them importance and priority, it was the only thing she paid attention to. «People are expendable but words stay forever, so you have to know how to use them well,» she said. And so it was…

I began to walk to the door again, resisting that fear of never re-entering that office, of turning my back on that umbrella that lay forgotten, on that room separated from the rest as a void in the Universe, to forget it as many had already done. I lay at the door, looking at the room with sadness, as I decided to close it behind me. Suddenly, the memories dissipated. What was I doing there? That wasn’t my office! Oh, God. I was late, again. My feet began to move fast, with a part of me waiting to return to that place that I no longer remembered but that had occupied a small corner of my mind, although I tried, it wouldn’t come out of me, so I would let it be and get back to business with something until I stopped thinking about it and walked through the office hallway as if nothing had happened. Over and over again. As if every room had a sense, as if nothing had changed.


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Palabras al Viento:

Escribía sin cesar. Mi alrededor había desaparecido, ni siquiera lo que consideraba importante lo era ya. El sonido de las teclas sobre el papel dándole forma a la historia era lo único que me hacía sentir vivo, respirar, volar entre palabras. Mis dedos no paraban de moverse, cada vez a más velocidad y ritmo, sin censura, sin tener que borrar y escribir de nuevo, había prometido un escrito limpio, tal y como saliera de mi mente.

Muchos creían que necesitaba un psicólogo, que era un adicto y debía dejar de escribir, podían pasar los días, noches enteras despierto hasta terminar algo que me resultara lo suficientemente interesante como para enamorarme hasta las trancas. Ellos hablaban de paciencia, de escribir con tranquilidad, de vivir en la realidad y no la ficción, pero yo hablaba de los personajes que caminaban a mi alrededor, me sonreían, coches chocando entre historias de acción y suspense, miradas encontradas entre un matrimonio a punto de divorciarse y palabras hirientes a un amigo muy querido que le ha traicionado. El papel vive, siente, transforma, encuentra la forma de ser transcrito, mejorado, borrado, cambiado, incluso, los olores y sabores se vuelven más presentes.

Mis ojos permanecen fijos en el papel. Una joven se sienta frente a mí, moviéndose al son de las palabras, con cambios de escenario casi a ritmo frenético, hablando con otros, sintiendo emociones, comiendo entre horas sin que nadie la vea. Mis teclas siguen sonando en mis oídos, relajantes, paralizantes, a su vez que ella hace lo que le digo, Habla, grita en sus malos momentos, llora cuando se siente sola y yo sonrío mientras cuento su vida. Mi respiración se entrecorta de emoción, mis manos empiezan a temblar y noto la boca seca, a la vez que mi corazón siente que va a explotar de un momento a otro. Ella mira a su amado, le sonríe, le advierte de sus integuridades, el joven las acepta pero, tras acostarse con ella, se ve como un trapo usado y tirado a la basura, entre sus sábanas comiendo toneladas de helado mientras ve películas tristes y llora como una descosida, incluso, puedo oír lo que ponen en la televisión, puedo saber qué película es… «Moulin Rouge». Veo su insomnio, su ansiedad, su tristeza, su añoranza y las horas perdidas mientras escribo un punto y aparte.

¿Seguiría con su vida como si nada?, ¿le olvidaría?, ¿caería en absoluta depresión tras creer que nadie más la querría por quién es? Tenía el absoluto control de la historia, las palabras seguían con fluidez, sin interrupción mientras notaba algo de viento entrando por la ventana, ¿era la mía?, ¿quizá la suya? Decidí ignorarlo para seguir con ello. Pero me molestaba, oí libros caer al suelo y también a ella levantarse de la cama a recogerlos. No quería apartar la vista del papel, estaba demasiado inspirado pero lo hice para ver que mi ventana estaba abierta. Me levanté para cerrarla pero, antes de que llegara se había cerrado. Me volví para sentarme en la silla del escritorio y ella me miró fijamente, sonriendo, mirándome de arriba a abajo, dejándome eclipsado. Nos sonreímos, quizá nos gustamos. Olvidé lo que estaba escribiendo y, cuando me quise dar cuenta, mi despacho había desaparecido para formar parte de otra realidad de la que todavía no sabía muy bien cómo se había presentado ante mí. ¿Sería verdad que necesitaba un psicólogo?


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Words Through the Wind:

I was writing incessantly. My surroundings had disappeared, not even what I considered important was it anymore. The sound of the keys on the paper shaping the story was the only thing that made me feel alive, breathe, fly between words. My fingers kept moving, getting faster and faster, uncensored, without having to erase and write again, I had promised a clean writing, just as it came out of my mind.

Many believed that I needed a psychologist, that I was an addict and had to stop writing, I could spend the days, whole nights awake until I finished something that I found interesting enough to fall in love with as hell. They spoke of patience, of writing quietly, of living in reality and not through fiction, but I spoke of the characters who walked around me, smiled at me, cars colliding between stories of action and suspense, looks found between a marriage about to divorce and hurtful words to a much-loved friend who has betrayed him. Paper lives, feels, transforms, finds a way to be transcribed, improved, erased, changed, even the smells and flavors become more present.

My eyes remain fixed on paper. A young woman sits in front of me, moving to the sound of words, with changes of scenery almost at a frenetic pace, talking to others, feeling emotions, eating between hours without anyone seeing her. My keys keep ringing in my ears, relaxing, paralyzing, in turn she does what I tell her, she speaks, screams in her bad times, cries when she feels lonely and I smile as I write her life. My breathing scures with emotion, my hands start shaking and I notice my dry mouth, while my heart feels like it’s going to explode from one moment to the next. She looks at her beloved, he smiles at her, she warns him of her integurities, the young man accepts them but, after sleeping with her, she looks like a cloth used and thrown away, among her sheets eating tons of ice cream while watching sad movies and cries like a desist, I can even hear what she put on TV, I can know what movie it is… «Moulin Rouge». I see her insomnia, her anxiety, her sadness, her longing and the hours lost as I write a point and set aside.

Would she go on with her life as if nothing happened, would she forgets him, she would fall into absolute depression after believing that no one else would love her for who she is? I had the complete control of the story, the words were still flowing, without interruption as I noticed some wind coming through the window, was it mine, maybe hers? I decided to ignore it to come back to the story but it bothered me, I heard books fall to the ground and also hear her get out of bed to pick them up. I didn’t want to look away from the paper, I was too inspired but I did it to see that my window was open. I got up to close it, but before I got there it had closed. I turned to sit in the desk chair and she stared at me, smiling, looking at me from top to bottom, leaving me eclipsed. We smile, maybe we liked each other. I forgot what I was writing and when I wanted to realize, my office had disappeared to be part of another reality that I still didn’t quite know how he had presented himself to me. Would it be true that I needed a psychologist?


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