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Una Vez Más:

Subí las escaleras de aquel mugriento y desolado edificio de tres plantas, había mucho polvo y solo se oían borrachos dentro de los pisos. Pero no oía a Audrey. Según el chico que había en el portal, estaba en el último piso en la puerta de la derecha. Siendo su madre, esperaba saber dónde vivía o estaba mi hijo pero seguía siendo igual de reservado que de costumbre y, a decir verdad, no me estaba gustando aquello pero, tal y como decía mi psicóloga en las sesiones de los miércoles a las tres, debía respetarlo porque era su voluntad.

La puerta era de color verde, un tanto rallada y golpeada. No solo no me gustó, sino que, me di cuenta de que estaba abierta, ni siquiera pasaba la llave con la de locos que vivían por aquí… La puerta chirrió al abrirla. Podía medio ver a Audrey gracias a la luz que entraba desde las farolas de la calle por la única ventana que había en aquella habitación casi vacía, lo único que pude ver era una mesita redonda, un sillón raído y viejo y un colchón en la esquina, justo en el suelo, con un cubo de agua al lado, no parecía tener ni siquiera un lavabo, ¿cómo podía vivir así? Me agarré fuerte a mi bolsito Gucci y me quedé allí plantada mientras le observaba de espaldas a mí. Llevaba algo en la mano que no lograba definir muy bien, pero parecía tenerlo bien cogido mientras su cabeza miraba hacia abajo. Le oía respirar muy fuerte, como si estuviera enfadado o se hubiera dado una carrera.

– ¿Audrey? Soy mamá, he venido a verte. Espero que no te importe que haya entrado, la puerta estaba abierta y…

– Ssshhh – pude oír salir de su boca -.

El silencio volvió a reinar en la habitación, tan solo se oyeron mis tacones al avanzar un poco más hacia él. Ni siquiera se giró para recibirme, miraba hacia una zona oscura donde no llegaba la luz de fuera, parecía hipnotizado pero, ¿qué era lo que estaba mirando con tanta fijeza? El suelo no debía ser, estaba muy sucio como para admirarlo de alguna forma…

– Audrey, cariño…

– Ssshhh – volvió a repetir sin girarse, una vez más -.

Mis manos habían empezado a temblar, me castañeaban los dientes y tenía la piel erizada, si no tenía muebles, era muy poco probable que tuviera calefacción. Di un par de pasos más, haciendo el menor ruido posible. Me asomé un poco para ver qué había en el suelo.

– ¡Oh, dios mío, Audrey! Oh, dios mío, dios mío… – no podía parar de repetirlo, jadeando, asustada -.

– Sshhhh – miré su nuca. Quería irme de allí tan rápido como me fuera posible pero, no pude evitar ponerle una mano en su hombro frío y sin mangas, pero ni siquiera se volvió -.

– Audrey, qué has hecho… Dios mío.

– Cállate.

La sangre que salía del cuerpo tendido y sin vida al que Audrey miraba, había llegado a la zona de luz de la habitación. No me había dado cuenta hasta ese momento pero, empezaba a oler. Muy mal. Cogí a Audrey con más fuerza y le zarandeé. Siguió sin inmutarse. Pero sí que pude ver lo que llevaba en la mano, aquello que no había sido capaz de ver al entrar. Estaba cerca, muy cerca de mí ahora como para distinguirlo. Un cuchillo. Era bastante grande y largo. Pude ver dos gotas de sangre en el suelo provenientes de este y todavía me asusté más. Así que, no pude evitar gritar, estaba histérica.

– ¡AUDREY, dios mío!

En cuanto verbalicé la última palabra, noté algo meterse en mi estómago, afilado y duro, algo que me dejó sin aliento. Esta vez, sí se había girado. Sus ojos abiertos me miraban con fijeza, permanecían sobre los míos sin evitarlos. Sus labios fruncidos debido a la fuerza que había ejercido al clavarme el cuchillo, ahora estaban relajado y apenas se podía distinguir una mueca forzada. Me dejó caer y mi cabeza se dio contra el suelo con un ruido sordo. Audrey se quedó sin el cuchillo. Lo dejó clavado y se marchó con esa respiración entrecortada, quizá de enfado o puede que de desesperación. Una vez más, dejó dos cadáveres tras de sí, olvidados.


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One more time:

I went up the stairs of that filthy and desolate three-story building, there was a lot of dust and you could only hear drunks inside the floors. But I didn’t hear Audrey. According to the boy downstairs, he was on the top floor at the door on the right. Being his mother, I expected to know where my son lived or was but he was still as reserved as usual and, to tell the truth, I was not liking that but, as my psychologist said in the Wednesday sessions at three, I had to respect it because it was his will.

The door was green, somewhat grated and beaten. Not only did I not like it, but I realized that it was open, I did not even pass the key with that of crazy people who lived here… The door squeaked when opened. I could half see Audrey thanks to the light coming in from the street lamps through the only window in that almost empty room, all I could see was a round table, a threadbare old armchair and a mattress in the corner, right on the floor, with a bucket of water next to it, he didn’t seem to have even a sink, how could he live like this? I held tight to my Gucci bag and stood there as I watched him with his back to me. He was carrying something in his hand that I couldn’t define very well, but he seemed to have it well caught as his head looked down. I could hear him breathing very hard, as if he was angry or had given himself a run.

– Audrey? It’s mom, I’ve come to see you. I hope you don’t mind that I came in, the door was open and…

– Ssshhh – I could hear coming out from his mouth.

Silence reigned again in the room, only my heels could be heard as I moved a little further towards him. He didn’t even turn to receive me, he was looking at a dark area where the light from outside didn’t reach, he looked mesmerized, but what was it that he was looking at so fixly? The floor should not be, it was too dirty to admire it in any way…

– Audrey, sweetheart…

– Ssshhh – he repeated again without turning, one more time.

My hands had started shaking, my teeth were browning and my skin was bristling, if he didn’t have furniture, it was very unlikely to have heating. I took a couple more steps, making as little noise as possible. I peeked out a little to see what was on the ground.

– Oh my god, Audrey! Oh my god, my god… – I couldn’t stop repeating it, panting, scared.

– Sshhhh – I looked at the back of his neck. I wanted to get out of there as fast as possible but, I couldn’t help but put a hand on his cold, sleeveless shoulder, but he didn’t even turn back.

– Audrey, what have you done… Oh, my god.

– Shut up.

The blood coming out of the lying and lifeless body that Audrey was staring at, had reached the light area of the room. I hadn’t realized it until that moment, but I was starting to smell it. Too bad. I grabbed Audrey harder and shook him. He remained undeterred. But I could see what he was carrying in his hand, what I had not been able to see when I entered. He was close, too close to me now to tell him apart. A knife. It was quite large and long. I could see two drops of blood on the ground coming from this one and I was even more frightened. So, I couldn’t help but scream, I was hysterical.

– AUDREY, my god!!

As soon as I verbalized the last word, I noticed something getting into my stomach, sharp and hard, something that took my breath away. This time, he had turned. His open eyes stared at me with fixity, remaining on mine without avoiding them. His pursed lips because of the force he had exerted when sticking the knife into me, they were now relaxed, and a forced grimace could barely be made out. He dropped me and my head slammed to the ground with a thud. Audrey was left without the knife. He left it stuck and left with that choppy breath, perhaps of anger or maybe of despair. Once again, he left two corpses behind him, forgotten.


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Melancolía:

Ahí está. Esperándome, agónica. La oigo respirar, siento cómo se acerca, cómo se desliza, cómo me llama. Con sus gélidas manos, tiene el valor de tocar mi cuello, mis manos, mis pies, mientras me evoca escalofríos, un chasquido en los dientes y un temblor incómodo en el ojo izquierdo. Quiere formar parte de mí, de mi cuerpo, de mi interior, desea que me deje llevar, que deje las puertas abiertas para ella, que vuelva a sentirla, que le permita el paso y que nos fundamos como uno solo.

Hacía tiempo que no la sentía, que permanecía en la distancia, anulada, rechazada, envuelta en un manto invisible, casi olvidado, observándome reír por cualquier cosa, sentirme viva, consciente, conectada con mi cuerpo, quizá sintiera celos, quizá envidia al verme tan contenta después de todo lo pasado, puede que no pudiera encajar la buena nueva de que no la quería más en mi vida y se sintió desplazada. Tras dos años, quería volver a entrar, era una nueva oportunidad para hacerse ver, hacerse notar y sentirse importante tras tanto tiempo castigada en la oscuridad, sin palabras que valiesen ni pensamientos que considerara propios.

No sé por qué podía sentirla ahora. Quizá la muerte de mi madre fuera la principal causa, esa tristeza perceptible en la mirada o ese oscuro sentimiento que la muerte siempre evoca en el ser humano cuando un ser querido se va. Creo que vio esa oportunidad que esperaba, ese resquicio de esperanza de volver a formar parte de mi vida, de intensificar mis sentidos, de hacerme olvidar lo bueno de la vida y hacerme llorar por casi cualquier cosa, levantándome de la cama con el cabello enmarañado, sin ganas de desayunar o darme una ducha, solo queriendo quedarme acostada en la cama todo el tiempo del que dispusiera. Eso a ella le gustaba, le enternecía, se alimentaba de mi energía, mis ganas de vivir, sin consuelo o compasión, sino apoyando esa tristeza que hacía propia y que salía de mi interior.

Recuerdo que una vez llegué a pensar en ella, aunque fue un ínfimo pensamiento, casi imperceptible, podría pasar desapercibido, podría haber desaparecido en la nada y ni siquiera mi mente hubiera formulado una pregunta sobre ello pero, ese recuerdo hizo que permaneciera, quizá ese recuerdo fue el que la convenció de volver. Simplemente, me pregunté qué había sido de ella, qué le había ocurrido y por qué se sentía tan distanciada, si realmente, la echaba un poquito de menos. En esos momentos de oscuridad, me había impulsado a crear, a llevar a cabo ideas que no podría haber sacado de mi cabeza si no hubiera estado en esos momentos oscuros que ella misma me tendió en bandeja de plata, tampoco me hubiera inspirado tanto, quizá debía darle las gracias a pesar de las noches sin dormir y los constantes retortijones de cada mañana, las náuseas y la sensación de que las paredes se me iban a caer de un momento a otro.

Creo que ese fue su momento. Se deslizó con inteligencia hasta llegar a mí mientras seguía sonriendo, evitando que otros vieran mi tristeza, moviéndose con cuidado, con sigilo, con un silencio atronador y un objetivo claro. Tan solo tenía que hacer contacto, tenía que sentirla para adentrarse en mí, para volver a crear pensamientos intrusivos, ansiedad, ese llanto antes de intentar dormir, estaba detrás de ese hastío al ir a la oficina cada mañana. Fue introduciéndose hasta tenerme lo suficientemente cerca para atacar, para tenerme entre sus garras y oscurecer cualquier pequeño y diminuto pensamiento positivo que se formaba casi de manera automática en mi mente. Hizo explotar mi subconsciente y un montón de letras, palabras y frases se amontonaron en mi mente, me llevaron a escribir, a desarrollar esa parte oscura a la que no quería enfrentarme, a esa zona de la mente que nadie quiere mirar y darle energizantes golpes al teclado para que la historia se hiciera realidad, para que mi historia tuviera una realidad.

«La Melancolía». Así se llamaba el libro y así se llamaba ella. Siempre hemos tenido una relación de amor-odio que quizá nadie entienda, puede que, en ciertos momentos, ella se haya sentido desplazada o yo la haya apartado cuando no la necesitaba y puede que, anhelarla, me hiciera volver a quererla en mi vida por alguna razón que aún desconozco. Pero ahora que sigue aquí conmigo, dejo que forme parte de mí, que me llene de esa oscuridad que la caracteriza para permitirme a mí misa el sentirme mal, respetando esa faceta, dejándome llevar por ella y descansando la mente cuando así ocurre. Ella no quiere irse y, aunque me gustaría volver a librarme de ella, me gustaría entenderla, saber sus gustos, por qué es tan oscura, por qué siempre quiere ser la protagonista de mis historias y por qué se siente con el derecho de invadirme cuánto más feliz estoy. Le doy tiempo para que me responda a todas esas cosas, quizá son dudas que no tienen mucha importancia, pero puede que algún día, llegue a obtener las respuestas que necesito, puede que ella misma me las diga porque, a veces, la melancolía es solo una emoción que te indica que necesitas descansar y que quizá, no has tenido un buen día, necesita libertad, entrar y salir de ti para ayudarte a aceptarte y quererte un poquito más.

¿Podré aceptarla como una parte más de mí?


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Melancholy:

There she is. Waiting for me, agonizing. I hear her breathing, I feel how she approaches, how she glides, how she calls me. With her icy hands, she has the courage to touch my neck, my hands, my feet, while evoking chills, a snap in my teeth and an uncomfortable tremor in my left eye. She wants to be part of me, of my body, of my inside, she wants I let her to be with me, to leave the doors open for her, to feel her again, to allow her the passage and that we merge as one.

It had been a long time since I felt her, that she remained in the distance, annulled, rejected, wrapped in an invisible mantle, almost forgotten, watching me laugh at anything, feel alive, conscious, connected to my body, maybe she felt jealous, maybe envy to see myself so happy after everything I went through, I may not have been able to fit the good news that I did not want her more in my life and she felt displaced. After two years, she wanted to re-enter, it was a new opportunity to be seen, to be noticed and to feel important after so long punished in the dark, without words that were worth or thoughts that I could consider mine.

I don’t know why I could feel it now. Perhaps the death of my mother was the main cause, that perceptible sadness in the gaze or that dark feeling that death always evokes in the human being when a loved one leaves. I think she saw that opportunity she was waiting for, that glimmer of hope to become part of my life again, to intensify my senses, to make me forget the good in life and make me cry for almost anything, getting out of bed with matted hair, not wanting to have breakfast or take a shower, just wanting to lie in bed for as long as I had. She liked that, she was touched, she fed on my energy, my desire to live, without comfort or compassion, but supporting that sadness that I made my own and that came out of my inside.

I remember that once I came to think about it, although it was a tiny thought, almost imperceptible, it could go unnoticed, it could have disappeared into nothingness and not even my mind would have asked a question about it but, that memory made it remain, perhaps that memory was the one that convinced her to return. I just wondered what had become of her, what had happened to her and why she felt so estranged, if really, I missed her a little bit. In those moments of darkness, she had driven me to create, to carry out ideas that I could not have taken out of my head if I had not been in those dark moments that she herself laid out on a silver platter, nor would I have inspired me so much, maybe I should thank her despite the sleepless nights and the constant cramps I’ve felt every morning, the nausea and the feeling that the walls were going to fall from one moment to the next.

I think that was her moment. She slipped intelligently all the way to me as I kept smiling, preventing others from seeing my sadness, moving carefully, stealthily, with thunderous silence and a clear goal. She just had to make contact, I had to feel it to get into me, to recreate intrusive thoughts, anxiety, that crying before trying to sleep, I was behind that boredom going to the office every morning. She was introduced until she had me close enough to attack, to have me in its clutches and obscure any small and tiny positive thoughts that formed almost automatically in my mind. She exploded my subconscious and a lot of letters, words and phrases piled up in my mind, led me to write, to develop that dark part that I didn’t want to face, to that area of the mind that nobody wants to look at and give energizing taps to the keyboard so that the story would come true, so that my story would have a reality.

«Melancholy.» That’s what the book was called and that’s her name. We have always had a love-hate relationship that perhaps no one understands, maybe, at certain times, she has felt displaced or I have separated her when I did not need her and maybe, longing for her, made me love her again in my life for some reason that I still do not know. But now that she is still here with me, I let her be part of me, that she fills me with that darkness that characterizes her to allow me to feel bad, respecting that facet, letting myself be carried away by it and resting my mind when it happens. She doesn’t want to leave and, although I would like to get rid of her again, I would like to understand her, know her tastes, why she is so dark, why she always wants to be the protagonist of my stories and why she feels entitled to invade me how much more happy I am. I give her time to answer all those things, maybe they are doubts that do not have much importance, but maybe one day, I will get the answers I need, she may tell me them herself because, sometimes, melancholy is just an emotion that tells you that you need to rest and that maybe, you haven’t had a good day, she needs freedom, to come and go from you to help you accept and love yourself a little more.

Will I be able to accept her as a part of me?


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Malvado:

No podía oírla aunque hablase, aunque volviera a decírmelo mil veces. No me importaba nada. Sus palabras eran flechas que no llegaban a tocarme, estaba hecho de hierro, muchos creían que era sensible, quizá es así como me expreso pero, lo cierto es, que no creo que pueda sentir aunque, no lo malinterpretéis, lo he intentado mil veces. Observo a menudo a mi hermana, una mujer pudiente, enfermera, trabaja como una mula y solo espera que yo, su hermano, haga lo que debo, me empuja a llevar una vida, incluso, a limpiarle las bragas. Veo cómo se desespera y se pone las manos a la cabeza cuando no están las cosas ordenadas o como a ella le gustan, me atrevería a decir que le sangran los ojos cada vez que ve cómo he dejado la cocina de sucia. Pero, no me importa.

Esta mañana es una paella que no he lavado. Su voz parece elevada a simple vista, pero no la escucho. Soy incapaz de oírla, incluso, viendo sus ojos desorbitados y sus ademanes nerviosos. Quiero preocuparme de ella, de su bienestar, soy su hermano mayor y debería, pero no puedo. No quiero. Me fijo en cómo se mueve su cabello, cómo se coge la cabeza, sufre de migrañas, al parecer se las provoca el estrés, mientras no puedo evitar esbozar una media sonrisa, me hace gracia que no se pueda contener, que vaya a explotar, que diga cualquier cosa que no considere como amenazante. Pero, así es Lizzie, ¿verdad? La hija pequeña perfecta, la que consigue todo lo que nuestros padres quisieron conseguir cuando eran jóvenes y, de todo menos amenazante.

Mientras sigue gritando, me pongo los auriculares y elijo poner Northlane a todo volumen, casi tan alto como para reventarme los tímpanos. Cierro los ojos y me dejo llevar tanto como para dejar colgando mi cabeza hacia atrás, como si estuviera colocado. Espera, ¿lo estaba? La oscuridad me posee, me deja pensar, me invade una sensación de libertad indescriptible mientras empiezan a intercalarse flashes en mi mente, donde puedo verme a mí mismo cortándole el cuello a Lizzie con un cuchillo súper afilado, dejándola caer al suelo y riendo estridentemente, tanto como para hacerme despertar y descubrir que mi hermana se había ido. Me quito los auriculares de los oídos y me levanto de la silla, el silencio se había apoderado de la casa, ¿dónde iba a ir un domingo por la mañana? Normalmente, no salía. Espera, esto que estaba sintiendo… ¿era una especie de preocupación? Nah, yo no siento eso.

Abrí la puerta de su cuarto y, allí estaba Lizze, con el cuello desgarrado, sangre salpicada por las paredes y esparcida por la colcha donde ella estaba postrada, inerte, sin vida.


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Evil:

I couldn’t hear her even if she spoke, even if she told me again a thousand times something important for her. I didn’t care about anything. Her words were arrows that did not touch me, I was made of iron, many believed that I’m sensitive, maybe that’s how I express myself but, the truth is, I don’t think I can feel although, but do not misunderstood me, I have tried a thousand times. I often observe my sister, a wealthy woman, a nurse, she works like a mule and only expects me, her brother, to do what I should, she pushes me to lead a life, even to clean her panties. I see how she despairs and puts her hands to her head when things are not orderly or as she likes them, I would dare to say that her eyes bleed every time she sees how I have left the kitchen dirty. But, I don’t care, as usual.

This morning is a pan that I have not washed. Her voice seems raised to the naked eye, but I don’t hear it. I am unable to hear her, even seeing her exorbitant eyes and nervous gestures. I want to take care of her, her well-being, I’m her big brother and I should, but I can’t. I don’t want to. I look at how her hair moves, how she catches her head, suffers from migraines, apparently they are caused by stress, while I can’t help but sketch a half smile, it makes me funny that she can’t contain herself, that she’s going to explode, that she says anything I can consider threatening. But, that’s Lizzie, right? The perfect little daughter, the one who gets everything our parents wanted to achieve when they were young and anything but threatening.

As he keeps screaming, I put on my headphones and choose to turn Northlane on loud, almost so high as to burst my eardrums. I close my eyes and let myself be carried away so much that I leave my head hanging back, as if I were high. Wait, was I? Darkness possesses me, lets me think, invades me with a sense of indescribable freedom as flashes begin to intersperse in my mind, where I can see myself cutting Lizzie’s neck with a super sharp knife, dropping her to the ground and laughing stridently, so much so as to make me wake up and discover that my sister was gone. I take my headphones off my ears and get up from the chair, silence had taken over the house, where was she going on a Sunday morning? Normally, She didn’t go out. Wait, this thing I was feeling… was it some kind of a concern? Nah, I don’t feel that.

I opened the door of her room and, there was Lizzie, with her neck torn, blood splattered on the walls and scattered by the quilt where she was prostrate, inert, lifeless.


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Voces Insatisfechas:

– Estás equivocado, no debe hacerlo – decía una de las voces. Sonaba segura, firme, sincera -.

– Sí debería. Ese chico podría ser el definitivo – decía otra de las voces. Esta sonaba excitada, exaltada, entusiasmada -.

– ¿Y si la rechaza? ¿Has pensado en ello?

– Podrá con ello, ¡nosotros podemos con todo!

Empezaba a notar cómo me sudaban las manos y la frente, allí de pie delante del supuesto chico de mis sueños, el que esperaba una respuesta rápida pero con el que siempre me trababa a la hora de decir algo tan importante como esto. Mis labios temblaban mientras yo miraba hacia abajo, con el corazón en un puño y notando mis piernas temblar como flanes. Era incapaz de mirarle. Había ido hasta allí para pedirle salir y ni siquiera podía esbozar una sonrisa, ¿pero qué…?

– Hazlo, seguro que te dice que sí. Eres guapa, inteligente e interesante, verás como todo sale bien – esa voz me animó a levantar un poco la barbilla y separar los labios para, finalmente, decir algo pero, la otra voz me interrumpió -.

– ¡No lo hagas! Podría ocurrirte lo mismo que la última vez. Todo podría salir mal y tú verte perjudicada. ¿De verdad quieres volver a pasar por eso? – apreté los labios y, como pude me di la vuelta para volver por donde había venido -.

– No dejes que este cascarrabias dicte esta decisión con algo que viene del pasado y que no sabes ni siquiera si volverá a ocurrir. ¡Inténtalo! – yo seguía andando, dándole la espalda a ese joven apuesto, moreno, de ojos azules y sonrisa maravillosa que ahora, seguramente, estaba cerrando la puerta preguntándose por qué había llamado a su puerta sin explicación -.

– ¿Cascarrabias yo? Tú estás en las nubes – le discutió la voz seria y firme -.

– Creo que le doy a la niña un buen consejo. Tú, sin embargo y como siempre ocurre, vuelves toda la situación del revés, la haces dudar y tira la toalla.

– Recuérdame qué ocurrió la última vez que le diste esa genial idea llena de positivismo y alegrías.

– ¡No fue mi culpa! Ese tío era un aprovechado…

Empecé a notar mi cabeza dar vueltas. Las dos voces discutían, empezaba a creer que nunca se pondrían de acuerdo y yo no sería capaz de decidirme. Pasaron los temblores en cuanto crucé la calle y llegaba a mi casa. Una tercera voz que no tenía idea de dónde provenía, quizá de un punto muy profundo de mi interior, empezó a hablar con voz serena, acompasada, segura y suave, era una de esas voces que no te gustaría olvidar, que penetra en tus oídos y te hace flotar.

– Estoy lista. Quiero una nueva relación y quizá esto sea lo que esté buscando. Puede que me equivoque una vez más pero si no lo intento, no sabré si volverá a ocurrir o se convertirá en la mejor experiencia de mi vida. Debo volver allí. No quiero perder esta oportunidad. Nos conocemos desde niños, siempre hemos jugado juntos y, ¿ahora tengo miedo de decirle lo que siento? Tengo que volver.

Me llené de energía y valor para volver a llamar a su puerta una vez más. Esta vez, no sentía ningún temblor, sino confianza, algo que llevaba mucho tiempo sin sentir. No había voces que escuchar, quizá estaban expectantes para ver qué ocurría, una de ellas enfadada porque no había dejado que siguiese con su negativa y, la otra, quizá esperando ver el mejor beso de película de la historia. Cole abrió la puerta. Me miró y sonrió.

– Has vuelto.

– Sí, bueno. Quería decirte algo.

– ¿Ah, sí? ¿Qué querías decirme?

Dejó la puerta tras de sí entreabierta y sus ojos se centraron en mí completamente. Así que, le besé, sin más. Fue húmedo, intenso y duró más de lo que había esperado. ¿Me había devuelto el beso? ¿Le gustaba?

– ¿Ves? ¡Sabía que saldría bien! – la voz alegre anticipaba acontecimientos pero esperaba lo mismo que ella -.

– Déjame en paz, quiero ver cómo la destroza.

Cuando nos separamos, nos miramos durante unos segundos y sonreímos. Ambas voces siguieron hablando pero ahora, eran un eco lejano. La única voz que podía oír era la mía en mi interior, diciendo:

– ¡Esa es mi chica!


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Unsatisfied Voices:

– You’re wrong, she shouldn’t do it – said one of the voices. It sounded confident, firm, sincere -.

– Yes, she should. That boy could be the definitive one – said another of the voices. It sounded excited, exalted, enthusiastic -.

– What if he reject her? Have you thought about it?

– She can with it, we can with everything!

I began to notice how my hands and forehead sweated, standing there in front of the supposed boy of my dreams, the one who expected a quick response but with whom I always stuck when it came to say something so important as this. My lips trembled as I looked down, my heart in a fist and noticing my legs trembling like custards. I was unable to look at him. I had gone there to ask him out and I couldn’t even smile, but what…?

– Do it! He says yes for sure. You are beautiful, intelligent and interesting, you will see how everything goes well – that voice encouraged me to raise my chin a little and separate my lips to, finally, say something but, the other voice interrupted me -.

– Don’t do it! The same thing could happen to you last time. Everything could go wrong and you could be harmed. Do you really want to go through that again? – I pressed my lips and, as I could, I turned around to go back where I had come from -.

– Do not let this curmudgeon dictate this decision with something that comes from the past and that you do not even know if it will happen again. Try! – I kept walking, turning my back on that handsome, black haired, blue-eyed, wonderful smile young man who was now, surely, closing the door wondering why I had knocked on his door without an explanation -.

– Curmudgeon, me? You are in the clouds all day long!- the serious and firm voice discussed -.

– I think I give the girl a good advice. You, however, as always happens, turn the whole situation upside down, make her doubtful and make her thing in throw the towel.

– Remind me what happened the last time you gave her that great ideas full of positivity and joy.

– It wasn’t my fault! That guy was a profiteer…

I started noticing my head spinning. The two voices were arguing, I was beginning to believe that they would never agree and I would not be able to decide. The tremors passed as soon as I crossed the street and arrived at my house. A third voice that I had no idea where it came from, perhaps from a very deep point inside me, began to speak with a serene, rhythmic, confident and soft voice, it was one of those voices that you would not like to forget, that penetrates your ears and makes you float.

– I’m ready. I want a new relationship and maybe this is what I’m looking for. I may be wrong once again but if I don’t try, I won’t know if it will happen again or become the best experience of my life. I must go back there. I don’t want to miss this opportunity. We’ve known each other since we were kids, we’ve always played together, and now I’m afraid to tell him how I feel? I have to go back.

I was filled with energy and courage to knock on his door once again. This time, I didn’t feel any tremors, but confidence, something I hadn’t felt for a long time. There were no voices to hear, perhaps they were waiting to see what happened, one of them angry because the other one had not let her continue with her refusal and, the other one perhaps waiting to see the best movie kiss in history. Cole opened the door. He looked at me and smiled.

– You came back.

– Yeah, well. I have something to tell you.

– Yeah? What is it?

He left the door behind him ajar and his eyes focused on me completely. So, I kissed him. It was wet, intense and lasted longer than I had expected. Had he kissed me back? He liked it?

– See? I knew it would turn out well! – the cheerful voice anticipated events but I expected the same as she did -.

– Leave me alone, I just want to see how he destroys her.

When we got separated, we looked at each other for a few seconds and smiled. Both voices kept talking but now, they were a distant echo. The only voice I could hear was mine inside me, saying:

– That’s my girl!!


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Lizbeth: La que Respira Bajo el Agua

Relato procedente: «Respirando Bajo el Agua«. Edad: 24 años.

Ciudad: Ontario. Profesión: Pintora.

Descripción física:

Mi cabello largo hasta más abajo de los hombros es ondulado, a veces, me da mucho trabajo, otras se comporta y me deja jugar con él como quiera, tiene los mismos cambios de humor que yo. Mis ojos son de un color grisáceo oscuro, el cual, hace que los demás me recuerden que son parecidos a los de un gato, no me suelen gustar mucho pero suelo esbozar una sonrisa tímida y seguir hacia delante sea cual sea la conversación que esté teniendo. Mi tez es algo pálida, mucha gente me insta a que tome más el sol pero es una cosa que no me importa demasiado. Mis labios son gruesos y carnosos, tanto que todo el mundo cree que me los he operado pero, no hay nada como lo natural, ¿verdad? Mi delgadez suele preocupar a muchos pero siempre he pesado lo mismo y, por mucho que como, no subo de peso, así que, lo he aceptado sin problemas aunque los comentarios hirientes siguieran ocurriendo. Suelo vestirme con ropa un tanto ancha de diferentes colores y texturas, sin predominar ninguno en especial, pero siempre me ha encantado la ropa cómoda.

Descripción de la personalidad:

Suelo ser una persona bastante dulce, dada a los demás aunque me estrese o me lleve a preguntarme por qué lo soy si no obtengo lo mismo de los demás. Me encanta observar las estrellas y vivir en soledad, soy bastante introvertida y suelo dejar unos días de la semana para compartir mi vida con amigos. Soy bastante bromista y un tanto sarcástica, a veces, episodios depresivos me atrapan y la ansiedad me abruma pero siempre me levanto y hago lo que debo. No podría asegurar si soy feliz o no, pero sí podría decir que trato de serlo y de llevar unas rutinas saludables para mí para que justo eso ocurra y que pueda abrirme un poco más a nuevas cosas y amistades, aunque creáis que no, me cuesta un poco socializar.

Una infancia con altibajos:

Mis padres se gritaban mucho. Delante de mí, estuvieran donde estuviesen, incluso, si había gente delante. Muchas veces, los temas tenían que ver conmigo y mi educación y otras, sobre la economía de casa, mi padre gastaba demasiado en caprichos y mi madre era un poco más ahorradora y pensaba más en lo que podría suceder en el futuro. Creían que no les oía o que no me daba cuenta del daño que se producían entre ellos con palabras hirientes y frases desconcertantes, pero sí que lo hacía. Normalmente, cerraba la puerta de mi cuarto y me metía en el armario con la barbilla tocándome las rodillas, apretaba los ojos y tarareaba la nana que mi madre solía cantarme cuando yo era muy pequeña para conseguir no oírles.

Había momentos en los que ellos estaban bien, trataban de hablar las cosas y llegaban a algún que otro acuerdo pero en unos cuatro o cinco días, todo volvía a ser lo mismo, mientras mi humor cambiaba a la par que sus discusiones. No podía concentrarme cuando traía deberes a casa, así que, prácticamente todas las tardes me las pasaba en la biblioteca de la ciudad, tratando de alejarme al menos por unas horas. Lloraba entre clases y mis notas bajaban pero mis padres no se daban cuenta, centrados en sus problemas y tan ignorantes de los míos, les pedí ayuda a mis profesores y, sin ningún problema, me ofrecieron apoyo y espacios agradables para estudiar y poder centrarme en lo que debía.

Adolescencia y divorcio:

Mis padres duraron unos siete años más por mí, aunque parecía que estuvieran separados en la misma casa, pretendiendo que seguían juntos y que todo iba bien pero yo sabía que no todo lo que dejaban ver era oro viviendo lo que viví con ocho años entre ellos. A mis 16 tan solo deseaba tener 18 para irme de casa, al menos, para vivir con otros amigos en un piso y, poder al menos, separarme de aquel ambiente tóxico. Se iban a dormir a diferentes horas y mi padre seguía en el sofá, algo incómodo entre sábanas, repitiéndome que aquello era temporal y que no me preocupara, cosa que sabía era mentira, ya hacía tiempo que aquello no funcionaba. Mamá tonteaba con hombres un tanto más jóvenes que ella, trataba de disimular delante de mí pero se relamía los labios cada vez que veía el culito de un buen candidato para acostarse con ella, porque no olvidemos esa época de locura sexual que empezó a fluir en ella desde el momento en que mi padre y ella lo dejaron…

Cuando cumplí 17, me dieron la noticia: se iban a divorciar. Fue algo que acepté de lleno porque ya me lo esperaba, no sabían disimular muy bien y creían que no les escuchaba pero sí lo hacía. Papá se fue de casa tras darme un beso en la frente y recordarme que podía ir a verle cuando quisiera, algo que no ocurrió porque se fue de la ciudad tras un par de semanas viviendo en un hotel y salirle trabajo en el extranjero, sabía de él si llamaba una vez al mes o cada dos meses, cuando podía y, bueno, me quedé viviendo con mi madre, la cual, se quedó con todo. Con lo que ya contaba era que iba a empezar a traerse a chicos a casa, aquello parecía algo así como un prostíbulo. Pasé de escuchar voces a gemidos, mientras trataba de estudiar y centrarme, a ella todo le daba igual.

Independencia y ansiedad:

A mis 18 ya podía irme de casa, era una edad que estaba queriendo alcanzar para hacerlo, ya no aguantaba a mi madre ni las mañanas de desayuno con sus ligues sin camiseta y en calzoncillos recorriendo la casa. Unos amigos alquilaron una casa cerca de la playa y me ofrecieron vivir con ellos para compartir gastos, así que, no dudé en aceptar y empezar a trabajar de camarera doblando turnos y tratando de sacarle el máximo partido a esa vida para no volver a la antigua, de hecho, no veía mucho a mi madre, la cual, pasó de ser pasota a las botellas de alcohol barato.

Mi ansiedad empezó a ser un poco más fuerte cada año que pasaba y los síntomas se intensificaban, a cuanto más estrés, más incómoda me sentía al día siguiente, era horrible. Mi mente pasaba de pensamientos intrusivos y sentimientos depresivos a momentos de felicidad y de quererme inmensamente a mí misma, de querer seguir adelante y progresar, luego me presionaba el pecho y no podía respirar, otros días estaba cansada y, a la vez, relajada, pero tenía momentos en los que no podía salir del baño y tenía que llamar al trabajo para decir que estaba enferma y no podía moverme de la cama, me invalidaba la mayor parte del tiempo, así que, mis amigos me aconsejaron que fuera a ver a una psicóloga que pudiera ayudarme.

Mientras, respiraba bajo el agua:

Muchas veces, muchísimas, sentía que esos pensamientos hacían que me ahogara. Cada vez iba adentrándome más y más en la oscuridad, agarrada de pies y manos, sin poder salir a la superficie, totalmente paralizada. Pero notaba que, en cuanto trataba de revivir algún recuerdo que tuve en la infancia, mi cuerpo empezaba a elevarse y a acercarse a la superficie cada vez con más fuerza y rapidez, así que, iba agolpando algunos en mi cabeza para volver a vivirlos dentro de mí hasta que, poco a poco, pude salir del agua, con la vista borrosa, un bote salvavidas y notando que alguien me arrastraba hacia la orilla donde tosía y dejaba que el aire entrara en mis pulmones al mismo tiempo.

Esa era mi ansiedad, así me hablaba, así me hacía sentir cada día. Mi bote salvavidas era una psicóloga, la verdad, bastante dulce y atenta a mis constantes rumiaciones y pensamientos negativos. Me hizo entender lo importante que era tenerme presente a mí misma y a observarme para estar mejor cada día, cómo las rutinas eran el centro de todo para una buena recuperación y un estado de ánimo normal. Pude poco a poco, ver la luz al final del túnel a base de muchas conversaciones y expresar mis miedos más extremos, mis tontas dudas y las formas tan obsesivas y torpes en las que solía hacer las cosas, sumando la inseguridad y la falta de autoestima que mis padres fueron provocando en mí entre discusiones.

Un futuro encontrándome a mí misma:

Supongo que aún tengo mucho trabajo que hacer por delante y una constante superación porque no todo se desvanece en dos días, si parase, volvería a empezar de cero entre miedos y ganas de huir de situaciones difíciles para no tomar decisiones. todavía tengo un camino que recorrer para encontrarme a mí misma y saber qué es lo que estoy buscando, qué quiero realmente y qué es lo que espero de mí, de mi recuperación, los logros que deseo conseguir y cómo he de reaccionar ante los problemas, no todo es teoría, luego se debe poner en práctica.

Ahora, tan solo he de caminar en la dirección correcta…


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Publicado en Personajes

Abby: La Hipocondríaca

Relato procedente: «Realidad Supuesta«. Edad: 25 años.

Ciudad: Maine. Profesión: Camarera.

Descripción física:

Mi cabello negro me llega hasta los hombros, sedoso, liso y bien cuidado, trato de ir a la peluquería una vez al mes para comprobar que la limpieza que le aplico es de calidad, tengo hecho el flequillo hacia un lado ya algo largo pero con la medida perfecta. Mis ojos castaño oscuro suelen mostrar nerviosismo o ansiedad porque siempre miro hacia ambos lados o evito la mirada ajena porque me incomoda, son los que más me delatan. Mi tez es pálida y me gusta así, no soy de esas personas que se va a la playa a tomar el sol, ¿y si me salieran manchas y me diera cáncer de piel? Prefiero la sombra y los meses fríos. Estoy bastante delgada, algo que me obsesiona pero que, a la vez, me tranquiliza, si tuviera unos kilitos de más, pensaría que me va a dar un ataque cardíaco o me va a subir el azúcar, quizá pensar en tener diabetes o creer que voy a reventar y ensuciar de grasa las paredes de mi cuarto. Normalmente, suelo salir con vaqueros y cualquier camiseta de manga corta básica, sin dibujos, de cualquier color y unas deportivas, incluso, en verano, no me gusta mostrar demasiado… ya sabéis, el sol.

Descripción de la personalidad:

Soy de esas personas a las que la mente les habla constantemente, negativa a rabiar, con unas ideas de futuro yendo a lo catastrófico y con serios problemas de confianza hacia mí misma y los demás. Dicen que soy tímida, introvertida y callada, no me suele gustar rodearme de demasiada gente días seguidos, no sé qué gérmenes pueden traer consigo y no es bueno estar lavándose las manos con jabón mucho, tampoco sé qué productos nocivos le ponen a estos, podrían dañar la piel gravemente, así que, prefiero caminar y vivir sola, ir a trabajar y dedicarme a mis hobbies en mis ratos libres. No dejan de decirme que tengo una personalidad muy obsesiva e hipocondríaca, pero soy incapaz de saberlo, simplemente, hago lo que debo hacer para cuidar mi salud, ¿verdad?

Infancia arrebatada:

Todo empezó con una tos. Lo recuerdo perfectamente. Era una simple tos, tonta, despreocupada y sin necesidad de prestar más atención. La empecé a oír por la mañana durante unos días, luego algo más fuerte y solía aparecer por la tarde también, incluso, por las noches y no me dejaba dormir, parecía que se estuviera ahogando. No tenía nada más que tos. Y todo podría haberse quedado así, pero a veces, le faltaba el aire. Otras, le dolía el pecho al respirar y un día, tras pensar que era una fuerte gripe, fuimos al médico. Después de muchas pruebas, este concluyó que, sin duda alguna, mi padre tenía cáncer con tan solo 40 años de edad. Mis ojos se abrieron de par en par y sentía que mi alrededor se paraba. A penas escuché a su médico decir a lo lejos que iban a operarle en el menor tiempo posible, era la única opción para salvarle pero no las tenía todas consigo con que funcionara, le quedaba muy poco tiempo de vida.

Perdí un día de clase y le acompañé al hospital, necesitaban a alguien que estuviera con él y esa era yo, tan solo me tenía a mí porque mi madre se fue cuando yo tenía siete años, borracha, drogada y con unas ojeras de elefante. Hacía tiempo que los abuelos habían fallecido y, bueno, nos teníamos el uno al otro. Esperé durante horas en aquel pasillo sin ventanas con enfermos caminando arriba y abajo entrando y saliendo de sus habitaciones o en camillas llevadas por enfermeros con muchos cables y botones encima o alrededor. No sabían hasta qué punto aquello resultaba aterrador. Notaba mi pulso acelerado, quería levantarme pero me temblaban las piernas y, por estúpido que parezca, no quería caerme al suelo. Por fin salió. Estaba en coma, en la camilla. Le llevaron a su habitación. Me dijeron que había que esperar a que se despertara, que les llamase si necesitaba algo.

Le leí durante días periódicos, libros de aventuras, cómics de superhéroes porque sabía que los odiaba, incluso, le llevé revistas de coches. Nada funcionó. No despertaba. Pasaron meses y no me moví de la silla. Hasta que, un último suspiro salió de su boca y una máquina que tenía cerca, empezó a pitar muy fuerte. Los médicos corrieron, le hicieron un montón de cosas, supongo que todo lo posible para más tarde mirarme y susurrar: «Hora de la muerte: 11:20. Lo siento mucho, niña». Con eso, pensaron que me quitaban todos los males, tanto como los dolores de cabeza que me produjeron los diferentes tipos de ataúdes que podía elegir y cómo querría que fuese la ceremonia. No tenía ni idea, solo tenía 11 años… los suficientes como para ir a un orfanato.

La Casa de los Horrores:

Lo llamaba así porque daba miedo. De ahora en adelante iba a vivir en una iglesia grande, aburrida, con jardines exteriores a los que no me podría acercar y con niños que estaba segura no me caerían nada bien. No me equivocaba mucho. Me enseñaron mi habitación, la compartía con otra niña bastante callada pero muy suya con sus cosas, no le gustaba que nadie se las tocara o las moviera de sitio, tampoco que se sentaran en su cama o tocaran sus mesilla de noche, podía empezar a gritar sin parar. Estaba pirada. Me daba igual, solo me dedicaba a estudiar la bazofia que daban como asignaturas para poder salir de allí lo antes posible, ser la joven más desagradable del mundo cuando venían adoptantes, leía mucho entre horas, comía la porquería que daban por comida y dormía las 8 horas que me tocaban. Todo esto sin rechistar, con la cabeza baja, sin llamar la atención y con unas ganas locas de cumplir los 18.

Venidos de la nada, los dolores de cabeza se hacían cada vez más presentes al igual que los de espalda, las náuseas, los temblores en las piernas y la inestabilidad, me sentía débil de repente. Mi cabeza empezó a preguntarse qué podría estar pasando. Lloraba en el baño, asustada. No se lo dije a nadie hasta que fue a más y me desmayé en el pasillo, cerca de la enfermería. Me hicieron mil pruebas pero eran incapaces de identificar qué ocurría con mi cuerpo, reaccionaba a algo pero no sabían a qué. Tuvieron que mandarme a un hospital a las afueras de la ciudad para poder hacerme más pruebas, allí fue donde descubrí qué era la ansiedad, los ataques de pánico y la obsesión tras un pensamiento de enfermedad. Cuanto más lo pensaba, más enferma me sentía. Después de meses ingresada, esperando los resultados, la médico vino con una psiquiatra y me diagnosticaron estrés postraumático. La muerte de mi padre me había afectado mucho pero no lo exteriorizaba a través de emociones como la tristeza, el cansancio mental, la rabia, la frustración o, incluso, la ira, sino que mi cuerpo mostraba todas aquellas cosas a través de mi cuerpo.

Así es como la terapia empezó para mí.

Independencia Querida:

Hice lo imposible para no entrar en casas de adopción con familias que no iban a ser nunca mis padres y que no quería que lo fuesen, la idea de que les reemplazaran me ponía la piel de gallina, así que, conseguí que nadie me adoptara y así finalizar mi época de orfanato a mis 18 años de edad, momento por el cual, podía decidir irme o quedarme un tiempo más hasta que encontrase casa y trabajo. Mi padre me dejó algo de dinero, así que, lo primero que hice cuando salí fue alquilar un piso un tanto alejado del centro para vivir y empezar a trabajar de camarera, era dinero fácil y rápido, cansado y pesado, pero fácil que, al fin y al cabo, era lo que necesitaba en ese momento y en el día de hoy. Me ha ido gustando bastante más y he estado en el mismo lugar desde que empecé, he tenido una pequeña familia por aquí.

Empecé a ganar un poco más de dinero porque hacía más horas, con ello vinieron algunos problemas de estómago y de espalda, al parecer, por estrés pero no podía evitar que esa voz en mi cabeza hablara y me mostrara una serie de realidades supuestas en las que yo tenía una enfermedad terminal y en las que iba a morir con seguridad, al igual que lo hizo mi padre. No podía evitar aquella presión en el pecho, aquel pánico por algo que no había ocurrido, aquella falta de aire y esos malos momentos sentada en la silla cerca del escritorio del médico que te dice que no te preocupes y que se te pasará, que todo es causa del nerviosismo contenido y que tan solo debes llevar un tratamiento de descanso y menos horas de trabajo diarias. El alivio que sientes no te lo quita nadie….

Un futuro de terapia y mejora:

Hubo un momento en el que pensé que la terapia ya no sería necesaria, que había superado la muerte de mi padre y que seguía adelante como cualquier otra persona que había pasado por lo mismo que yo, pero tras salir del despacho del médico y haber notado todas aquellas sensaciones de nuevo, tuve la necesidad de llamar a la psiquiatra que me trató hacía unos años por el tema del estrés postraumático porque ella sabía de mi caso y para no tener que empezar a contarlo todo de nuevo, era jodido. Concertamos una cita, algo que me hizo sonreír. Aunque nunca confié en nadie de verdad, ella consiguió que sí lo hiciera con ella, a través de esa voz tan dulce, de su apoyo emocional constante y sus palabras de consuelo, hacía que me dejara llevar entre sus palabras y eso lo llegué a valorar mucho.

Te caes y vuelves a levantarte pero, si vuelves a caer y necesitas a alguien que te sujete y te ayude un poco para que vuelvas a poner ambos pies en el suelo, pues adelante. Debes hacerlo.


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Realidad Supuesta:

Estaba en el hospital. Me habían dicho que sufría de algo muy grave, ¿cáncer, quizá? No pude oírlo bien, la voz del médico se disipaba y su rostro se volvía borroso, no podía entenderle, sus labios se movían lentamente. Algunas enfermeras trajeron una camilla para trasladarme a mi habitación, al parecer, tenían que ingresarme, debían operarme urgentemente… ¿De qué? Noté que mi corazón me palpitaba muy rápido, que me quedaba sin aire y se me secaba la boca, como si me hubiera quedado sin saliva. Mi mente volvía una y otra vez a preguntarse qué me ocurría, por qué tenía que pasarme esto a mí y qué había hecho en la vida tan malo como para merecer aquella desdicha. Pero, operarme… ¿de qué?

Me vi a mí misma caer al suelo, hiperventilando. El médico trató de cogerme la cabeza para que no me hiciera daño y me subió a la camilla. Seguía sin poder verle nítidamente, como si mis ojos no visualizaran bien mi entorno. Noté que mis manos temblaban conforme las enfermeras me llevaban a mi habitación, pasando una puerta blanca aterradora y de la que pensaba no iba a volver a salir. Ahora mi corazón estaba a punto de salírseme del pecho, mis ojos se ensancharon y mi respiración se entrecortaba, era el momento perfecto para tener un ataque de pánico… Dios. No podía estar pasando aquello, no podía… Tenía mucho que estudiar. ¡Oh, dios mío! Mi examen. ¡Tenía un examen! Me incorporé gritando mientras las enfermeras dejaron la habitación sin siquiera volverse.

– ¿Me está escuchando? Oiga – pestañeé al tiempo que me daba cuenta de que estaba sentada frente al escritorio de mi médico – Sus resultados han salido muy bien, no tiene de qué preocuparse, puede que haya pasado por momentos de estrés últimamente y por eso haya notado algunos cambios bruscos en su cuerpo…

– Oh, emm… Eso… Eso está genial, sí – respondí, mientras observaba la habitación extrañada, ¿cómo había llegado allí? -.

Recogí los resultados de las pruebas y salí del hospital con una media sonrisa. Mi corazón ya no palpitaba deprisa, mi cuerpo había dejado de estar tenso, podía verlo todo con claridad y podía presentarme al examen de mañana. Todo había sido tan real… El hospital, la camilla, la enfermedad misteriosa y las enfermeras que ignoraban mis gritos… ¿nada de eso había ocurrido? Volví a mirar y a tocar todo mi cuerpo, ¡estaba entera! ¡Estaba viva! Con una hipocondría del carajo… pero viva.


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A Supposed Reality:

I was in the hospital. I had been told that I was suffering from something very serious, cancer, perhaps? I couldn’t hear him well, the doctor’s voice dissipated and his face became blurry, I couldn’t understand him, his lips were moving slowly. Some nurses brought a stretcher to move me to my room, apparently, they had to hospitalize me, they had to operate on me urgently… about what? I noticed my heart beating very fast, I ran out of air and my mouth dried up, as if I had run out of saliva. My mind came back again and again to wonder what was happening to me, why this had to happen to me and what I had done in life so bad as to deserve that misdeed. But, surgery… about what?

I saw myself fall to the ground, hyperventilating. The doctor tried to grab my head so it wouldn’t hurt me and put me on the stretcher. I still couldn’t see him clearly, as if my eyes didn’t visualize my surroundings well. I noticed my hands trembling as the nurses took me to my room, passing a terrifying white door and I thought I wouldn’t get out of there again. Now my heart was about to come out of my chest, my eyes widened and my breathing was choppy, it was the perfect time to have a panic attack… God. I couldn’t be going through that, I couldn’t… I had a lot to study. Oh, my God! My exam. I had an exam! I joined screaming as the nurses left the room without even turning back.

– Are you listening to me? Hey – I blinked as I realized I was sitting in front of my doctor’s desk – Your results have gone very well, you don’t have to worry, you may have been through stressful times lately and that’s why you’ve noticed some sudden changes in your body…

– Oh, emm… that… That’s great, yes – I replied, as I looked at the missed room, how had I gotten there? -.

I collected the test results and left the hospital with a half smile. My heart was no longer beating fast, my body was no longer tense, I could see everything clearly and I could go and do my tomorrow’s exam. Everything had been so real… The hospital, the stretcher, the mysterious illness and the nurses who ignored my cries … none of that had happened? I looked again and touched my whole body, I was whole! I was alive! With a crazy hypochondria… but alive.


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Invisible:

Clara estaba sentada en uno de los bancos del parque leyendo, tomando notas y sonriendo de vez en cuando. Había otros chicos de su edad a su alrededor jugando a la pelota, riendo y bromeando, pero nadie se daba cuenta de que ella estaba allí, de hecho, desde hacía unos meses, notaba que su cuerpo se había vuelto invisible, cualquiera podía traspasarla fuera una persona o un objeto, nadie la oía hablar, llorar o gritar, no había nada que pudiera tocar excepto los libros, su única salvación. Se pasaba las tardes enteras leyendo y viendo a aquellos chicos pasar por su lado, oyendo conversaciones ajenas y envidiando que no pudiera formar parte de ellas y sin saber por qué, todo ocurrió tan rápido…

Pero, una tarde, tras oír el timbre del instituto que había justo enfrente del parque, levantó la cabeza para ver a los alumnos de diferentes edades salir de allí con sus amigos, riendo y contando historias. Notaba algo diferente. A alguien diferente. Sus ojos se encontraron con los de Miguel, uno de los chicos con el que siempre hablaba después de clase, ¿cómo podía verla? Nadie lo había conseguido hasta ese preciso momento. Creyó que fue un espejismo, una ilusión que su mente trataba de plasmar en la realidad, una mentira muy bien contada, por lo que, negó con la cabeza ignorando lo ocurrido y siguió leyendo su libro, algo triste. Miguel se acercaba cada vez más a ella, algo extrañado de que Clara no le hubiese saludado siendo que le había mirado directamente, hacía tiempo que no la veía en clase, por fin la encontraba.

– ¡Ey! ¿Dónde te escondes? Hace tiempo que no vienes a clase – le tocó el hombro a Clara para que levantara la vista del libro -.

– ¿Me…? ¿Me estás hablando a mí? – le preguntó a Miguel, mirando a ambos lados del parque, sorprendida, incluso, detrás de ella – ¿Cómo puedes…? ¿Puedes verme?

– ¿Cómo no voy a poder verte? ¡Estás aquí delante! – la señaló con ambas manos, no había nadie detrás de ella, por lo que, Clara empezaba a creerlo – Llevo meses sin verte, es como si te hubieses evaporado.

– Bueno, la verdad, es un tanto difícil de explicar porque…

Se dio cuenta de que los dedos de sus manos empezaban a ser más visibles, muy poco a poco. Empezó a respirar más deprisa, con los ojos puestos ahora en sus brazos que también se hacían visibles, sonreía. Miguel la miraba con extrañeza, esperando que ella dijera algo pero estaba demasiado ocupada observando los cambios que se producían en su cuerpo como para prestarle atención. Sus hombros, pies, cabello, cabeza y tronco, aparecieron hacia los demás de una forma tan visible que podía ver a algunos niños mirándola y esbozando una sonrisa.

– ¡Pueden verme! – señaló a todas las personas que había en el parque con las manos, correteando alrededor de Miguel y mirando las caras de los que cruzaban por su lado – ¡Pueden verme! ¡Me has salvado, Miguel, me has salvado! – le dio un beso en la mejilla y se fue corriendo por el parque sin mediar ni una palabra más, dejando a Miguel atrás, perplejo -.

De todos aquellos que no la veían, la ignoraban y la trataban como si no estuviera o no fuera importante, Miguel había sido el único que la había considerado «alguien», había sido un amigo excelente y gracias a él todo volvía a la normalidad. Clara podía sentir de nuevo el tacto de los demás, podía sonreírles y conversar con ellos, la escuchaban y la hacían sentir diferente. Aunque nadie notara su presencia, siempre había alguien agradecido porque ella existiera.


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Invisible:

Clara was sitting on one of the park benches reading, taking notes and smiling from time to time. There were other guys her age around her playing ball, laughing and joking, but no one noticed that she was there, in fact, for a few months, she noticed that her body had become invisible, anyone could pierce her outside a person or an object, no one could hear her speak, cry or scream, there was nothing she could touch except books, her only salvation. She spent her entire afternoons reading and watching those kids pass by her side, listening to other people’s conversations and envying that she could not be part of them and not knowing why, everything happened so quickly…

But, one afternoon, after hearing the doorbell of the high school right in front of the park, she raised her head to see students of different ages leave with their friends, laughing and telling stories. She noticed something different. Someone different. Her eyes met those of Miguel, one of the boys she always talked to after school, how could he see her? No one had succeeded until that very moment. She believed that it was a mirage, an illusion that her mind was trying to translate into reality, a lie very well told, so she sneered her head ignoring what happened and continued reading her book, quite sad. Miguel was getting closer and closer to her, surprised that Clara had not greeted him being that she had looked at him directly, it had been a while since he saw her in class, finally he found her.

– Hey! Where are you hiding? It’s been a while since you came to class – he touched Clara’s shoulder to look up from the book -.

– Are you…? Are you talking to me? – she asked Miguel, looking at both sides of the park, surprised, even, behind her – How can you…? Can you see me?

– How can I not see you? You’re here in front of me! – he pointed to her with both hands, there was no one behind her, so Clara was beginning to believe it – I haven’t seen you for months, it looked like you’ve evaporated.

– Well, really, it’s a little hard to explain because…

She noticed that the fingers of her hands were beginning to become more visible, very little by little. She began to breathe faster, with her eyes now on her arms also becoming visible, she smiled. Miguel looked at her with surprise, expecting her to say something but she was too busy watching the changes in her body to pay attention to him. Her shoulders, feet, hair, head and trunk, appeared towards the others in such a visible way that she could see some children looking at her and sketching a smile.

– They can see me! – pointed to all the people in the park with her hands, running around Miguel and looking at the faces of those crossing by her side – They can see me! You have saved me, Miguel, you have saved me! – she gave him a kiss on the cheek and ran through the park without a word, leaving Miguel behind, perplexed -.

Of all those who did not see her, ignored her and treated her as if she was not important, Miguel had been the only one who had considered her «someone», had been an excellent friend and thanks to him everything returned to normal. Clara could feel the touch of others again, she could smile at them and talk to them, they listened to her and made her feel different. Although no one noticed her presence, there was always someone grateful that she existed.


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Moira: La que Cierra los Ojos y Ve

Relato procedente: «Cerrar los Ojos«. Edad: 36 años.

Ciudad: Maine. Profesión: Recepcionista.

Descripción física:

Cabello rubio hasta más abajo de los hombros, liso, sedoso pero no muy bien cuidado, nunca tenía tiempo de ir a la peluquería por los niños. Mis ojos eran de un tono miel que cambiaban a castaños cuando me daba la luz, a todo el mundo le gustaba eso. Mis labios finos solían ir acompañados de un pintalabios de un tono marrón clarito o rosa apenas perceptible a la vista, no me gustaba mucho el maquillaje y menos cuando tenía tanto que hacer, así que, me conformaba con poco. Mi tez era un tanto oscura pero no lo suficiente para mí, aunque tomaba el sol, no conseguía ponerme morena, era mi cruz. Solía vestir bastante cómoda, normalmente, con vaqueros o chándal, tal como me decían mis amigos y mi familia, yo era un terremoto difícil de parar, así que, no podrían frenarme y menos unos pantalones. Aunque, me encantaba vestir bien, como cuando tenía veinte o veinticinco años, con las camisetas de botones bien planchadas y los pantalones de vestir impecables, ahora me importa poco que el chándal o los vaqueros estén manchados porque cuando vuelva a casa, volverá a ocurrir, tengo hijos, ¿qué quiere usted que haga?

Descripción de la personalidad:

Siempre me han dicho que soy alguien bastante dulce pero que no soy fácil de hacer daño, que mi cabeza está tan focalizada en metas diarias que no tengo demasiado tiempo como para ofenderme de las críticas ajenas, de hecho, ni siquiera me doy cuenta o las recuerdo después de escucharlas, me dicen que es un súper poder que muy poquitos tienen. Soy bastante trabajadora y me gusta lo que hago aunque esté en una oficina todo el día cumpliendo los caprichos de un dentista niñato rico y malcriado, de algo hay que comer, ¿no? Diría que no me gusta mucho hacer ejercicio pero que no puedo terminar como una ballena en medio del mar, así que, hago un gran esfuerzo por ir al gimnasio tres veces a la semana en horario nocturno, cuando mis hijos duermen y no necesitan de mí. Estoy muy activa durante todo el día, no paro, me muevo arriba y abajo sin frenos, casi por inercia para terminar con la lista de quehaceres antes de las diez de la noche, al menos una hora antes, y todos los días son iguales, incluidos los domingos. Soy una trabajadora a tiempo completo en casa y en el trabajo, no lo puedo evitar.

Una infancia de adultez:

Muchos niños podían decir que sus padres eran unos pesados que siempre iban detrás de ellos para que estudiasen y se alimentasen bien, que fueran al colegio y no se saltaran ninguna clase, que estuvieran atentos con sus exámenes y decidiesen bien qué hacer con sus vidas, que supiesen cuál era su pasión para explotarla al máximo pero yo era hija de una azafata destinada a hacer vuelos diarios con un solo día libre y de un alcohólico empedernido al que habían echado del trabajo centenares de veces y que se pasaba el día tirado en casa sin atender mis necesidades. Aprendí muy rápido a ser la ama de casa, principalmente, porque no había nadie en ella, aprendí a aplicarme en mis estudios y a ser responsable, a trabajar duro para conseguir mis notas sin nadie que me dijera nada. Entraba y salía de casa si necesitaba algo sin pedir permiso, era como una adulta independiente y a muchos niños les encantaba eso pero no me habría importado que me hubiesen dejado disfrutar un poco de algunos momentos de infancia.

Los jueves era el día en que mi madre no trabajaba. Y ese era el día en el que yo debía levantarme mucho más temprano para cuidarla porque lo pasaba tirada en la cama incapaz de moverse y con dolores en los pies de estar tanto tiempo de pie, viajaba mucho y le daban dolores de cabeza por los cambios bruscos de horario y las horas de espera. Hacía tantas extras porque papá no conseguía volver a trabajar, ya era un caso perdido, ni siquiera se arreglaba la barba y se vestía como si fuese un sintecho, se le olvidaba poner su ropa a lavar y solo tenía en la cabeza salir a comprar cerveza o quedarse en el bar toda una tarde, al bar donde yo debía ir para traerle a casa y no se perdiese. Era la adulta de la casa aunque no quisiera admitirlo, y ellos eran un par de críos que no entendían de límites y que sobrevivían a la vida como podían, mi madre excediéndose con el trabajo y mi padre bebiendo, ni siquiera sería capaz de decir si se daba cuenta de que estábamos en casa y vivíamos juntos. Era triste, pero era mi presente y no tenía ninguna otra opción más que la de aguantar la situación como pudiese.

Pasiones rotas:

Como cualquier otro estudiante de secundaria, yo también tenía pasiones y sueños por cumplir, quería ser antropóloga, me fascinaba todo ese mundo, estaba ansiosa por entrar en la Universidad y descubrir todo lo que podría aprender. No fue nada fácil. Para entrar pedían notas de selectividad excesivamente altas y a las que ni siquiera los mejores estudiantes podían aspirar, pero lo intenté. Estuve noches seguidas sin dormir, apenas comía y no tenía nada más en la cabeza que no fuese perfeccionar la nota final para llegar a lo que las Universidades pedían para estudiar antropología. Como muchos otros, me quedé en el camino, ni siquiera rocé la nota, ni siquiera hubo una pequeña posibilidad de que todo aquel esfuerzo hubiera valido la pena. Para colmo, me habían despedido de mi antiguo trabajo de dependienta en una tienda de comida para llevar, así que, debía buscar otro trabajo basura con el que mantenerme, quería independizarme por encima de todo y más si no podía ir a la Universidad.

Apesadumbrada, me senté en la silla del salón con los auriculares a todo volumen, no quería que nadie me molestase, concentrada, frente a las páginas de empleo del periódico de la ciudad, con un bolígrafo en la mano rodeando aquellos que captaban mi atención. Todos eran penosos, con un salario mínimo de lo más injusto y esclavista, pero hubo uno que iluminó mi cara: Recepcionista en la consulta de un dentista. El sueldo era bastante bueno y no pedían experiencia, el dueño te enseñaba cómo le gustaban las cosas. Me vestí y fui corriendo a la consulta de ese dentista. Me costó tres viajes en autobús y media hora andando, pero valió la pena. Él era muy guapo, tenía pinta de rico, su consulta era lujosa, amplia, bien iluminada y su presencia imponente. Pensé que no iba a darme el trabajo, pero después de no escucharme con demasiada atención y mirarme de arriba a abajo varias veces, dijo: «¿por qué no? Empiezas mañana a las 08:00am. Me gusta la gente puntual, si fallas, estás en la calle, ¿entendido?». No dudé en aceptar sus exigencias y empezar a trabajar de inmediato.

Matrimonio impulsivo:

Tenía unos veintiún años, las cosas estaban yendo genial en el trabajo, me había independizado desde hacía ya dos años y estaba feliz por fin, después de haber dejado a mi familia. Me comprometí durante mucho tiempo a mí misma, tenía un piso precioso cerca del trabajo y todo lo que necesitaba, me alimentaba bien y hasta tenía tiempo para ir al gimnasio, cada día podía ponerme un conjunto diferente porque económicamente podía permitírmelo y eso de ponerme tacones me estaba llamando la atención, me encantaba sonar mientras andaba. Así que, como chica inocente y con mucha suerte, decidí darle una oportunidad al amor con el primer chico que se interesó en mí, parecía buena gente, muy atento y cariñoso, pero también impulsivo y muy cabezota. Nos casamos a los seis meses de conocernos, no podíamos despegarnos el uno del otro y, mucho menos, levantarnos de la cama. La luna de miel fue perfecta, tanto que vino con regalo incluido. El regalo se llamó Gabriela, 9 meses después de volver de Las Maldivas. El embarazo fue tedioso, pesado y con dolores incesantes de espalda y riñones, piernas hinchadas y gases, parecía un torpedo.

Antes de todo esto, estuve preguntándome si todo había ido demasiado deprisa, él no era una persona que solía comprometerse, más bien, era alguien al que le gustaba la libertad y vivir sin ataduras, pero durante el embarazo y el parto se portó tan bien que me dije que aquello que estaba pensando era una tontería, que la niña podía hacerle ver las cosas diferentes. Daniel llegó 2 años después, junto a los ardores, los dolores de espalda y las náuseas constantes, él fue otro accidente tras un calentón en nuestra cena de San Valentín después de unas copas de vino. Durante este embarazo, Eddie estaba algo más ausente, venía muy tarde a casa del trabajo y no me decía a dónde iba tras largos paseos, pensé que estaba abrumado, que no esperaba un segundo hijo y que ahora veía en la responsabilidad en la que se había metido sin siquiera quererlo. Así que, le di espacio. Demasiado espacio. Me ocupaba de los niños, del trabajo, la limpieza en casa y las compras del supermercado, empecé a acelerarme porque Eddie parecía que no viviese con nosotros. En efecto, no lo hacía.

Decidí seguirle para saber a dónde iba. Se estaba viendo con dos mujeres más, una de ellas, también estaba embarazada y, cuando no se dedicaba a eso, se iba de bares con gente que yo ni conocía tras 6 años juntos y compartiendo la vida con dos niños todavía en desarrollo. Me di cuenta de que aquella pregunta que me hice antes de casarme con él había sido acertada y debí pensarla antes de saltar al vacío de aquella forma tan impulsiva. Mi racha de suerte ya había concluido, tanto que, en cuanto volvió a casa borracho una noche, le dejé preparadas sus maletas y le obligué a irse y a firmar los papeles del divorcio, peleé por la custodia total de los niños y gané, no volviéndole a ver nunca más. Fue duro tener que convertirme en madre soltera, tenía un trabajo a tiempo completo y era madre también a tiempo completo, pero me levantaba a las cinco de la mañana y hacía que cada momento de organización fuera un milagro futuro en el que pudiera ahorrar tiempo.

El accidente:

Gabriela con 16 años era un terremoto de moda, peinados fantásticos y caprichos de última hora en los que yo era incapaz de invertir porque no me daba la vida para tanto, si quería una moto iba a tener que trabajar, sacarse el carnet y comprarla, no podía más. Discutíamos muchas veces pero, al final, nos entendíamos, sus hormonas iban locas correteando por su cuerpo y bueno, yo siempre andaba estresada, tanto que saltaba a la mínima. Daniel tenía 14 pero era más tranquilo, casi ausente, se metía entre sus libros y no hablaba demasiado, le gustaba el rock, los vaqueros rotos, las cadenas, las camisetas básicas y las de leñador y las converse, pero él ganaba un poco de dinero en el taller de mecánica de su tío arreglando coches y ensuciándose hasta el último pelo de su cabeza, así que, yo no le exigía tanto como a Gabriela.

Solo recuerdo haber cerrado los ojos y haber visto un accidente ocurrir en mi mente, una llamada de Gabriela donde recordaba que necesitaba algo para clase urgentemente y debía llevárselo justo hoy, no podía esperar más. Daniel le gritaba algo y cerraba la puerta de un portazo, tenía un drama familiar que pasaba a través del auricular del teléfono y fue el que hizo que chocara contra el otro coche. Caí por un acantilado, al menos, eso fue lo que me dijeron y perdí la memoria. El otro conductor estaba intacto, yo medio adolorida y el coche, bueno… Iba a necesitar comprarme uno nuevo con el dinero que alguien pudiera dejarme porque no era el momento perfecto para gastar mucho más, y ni siquiera había terminado de pagar el que tenía. La suerte no era lo mío. Tuve que coger la baja durante unos meses pero mi jefe me pagó ese tiempo como si siguiera trabajando, sabía lo que ocurría en mi familia y, aunque era un niñato malcriado y pedante, a veces, mostraba cierta gratitud y compasión, algo que yo también agradecía. Lo que esperaba cada día al despertar era que mis hijos no me volvieran loca.

Un futuro de recuperación:

Ha sido un aviso del destino, un momento de flaqueza en el que alguien me ha dicho directamente que frene, que deje de ir corriendo y que me preocupe por mí. Tengo mucha reflexión por delante durante este periodo de recuperación hasta que pueda volver al trabajo y a tener mi vida normal. Dudo que las cosas vayan a ser como antes, lucharé para que no lo sean, para que mis hijos sean más responsables y se ocupen de lo suyo, soy una súper mamá, pero me conformaría con ser solo una madre atenta y cariñosa, me alegraría de que no siempre fuese yo la que corre y la que hace esfuerzos, todos tenemos que aprender a responsabilizarnos y quizá no les he enseñado esto todavía, se han acostumbrado a que yo lo haga.

Las recuperaciones son lentas, aunque no haya un daño físico grave, el psicológico también juega un papel importante y el susto que te da, te deja fuera de juego, al menos, durante varias semanas, te hace replantearte la vida y la suerte de seguir respirando. También traen descanso y tiempo de hacer lo que te gusta, de desarrollar un poco más tus pasiones, de desconectar y relajarte. Ahí estoy yo, en busca de nuevas pasiones para no dejarme arrastrar más por las prisas.


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Publicado en Relatos

Cerrar los Ojos:

Los médicos dijeron que podría no recordar o que podría hacerlo poco a poco, no debía prestar atención a ello, solo dejarme fluir, pero yo no podía dejarlo al azar. No recuerdo nada de ese día, de qué comí nada más levantarme o por qué cogí el coche a cierta hora que todavía no logro concretar, tampoco sé a dónde me dirigía… Dijeron que volver a ese cruce no sería una buena idea, pero decidí ir igualmente. Sola. Caminé durante un par de horas, di vueltas y más vueltas buscando la forma de volver a aquel momento pero mi memoria no reaccionaba.

Mi respiración empezó a hacerse más pesada, empezaba a dolerme el pecho y mis manos temblaban, mirando de un lado a otro desorientada, como si hubiese olvidado ese mismo cruce, como si jamás lo hubiese pisado, cuando bien sabía que lo había hecho durante el periodo de tiempo que estuve trabajando en las afueras de la ciudad. Dejé el coche que mi hermano me dejó unos metros detrás de mí tratando de no perder los nervios del todo, sintiendo el aire chocar contra mi cara, cerrando los ojos para que no me entrara polvo que había en la carretera en ellos. Al hacerlo, un golpe de dos coches apareció ante mí y pude ver cómo uno de ellos se salía por el acantilado. El hombre del otro coche, salió algo malherido pero no parecía sobrio, noté que mi cabeza se había dado contra algo duro… Abrí los ojos.

Empecé a sudar cogiéndome el pecho, ¿había recordado algo? Me senté en el bordillo de la carretera, a mediodía no había nada de tráfico y en esa zona se podía pasear, no estaba expuesta, así que, quise aprovechar para relajarme. Quise parar un momento para preguntarme si la que cayó por ese acantilado fui yo, si ese golpe tan fuerte fue el que borró gran parte de mi memoria… Aggg, si pudiera volver por un momento. Volví a cerrar los ojos maldiciendo el no poder recordar pero, una nueva imagen me hizo verme a mí misma conduciendo a la vez que cambiaba de emisora de radio, no encontraba la frecuencia que me gustaba. Mi hija me llamó al teléfono dos veces, no quise cogerlo, maldije enfadada porque volvía a molestarme mientras conducía pero lo hice igualmente porque no dejaba de llamar. Empezó a decir varias cosas que necesitaba, agobiada, gritando… quizá de la escuela o puede que para el baño, ¿algo de maquillaje? No lo oía bien. Volví a sentir un golpe en el lado izquierdo del coche y el teléfono salió disparado por la ventana, al mismo tiempo que una punzada en la rodilla hizo que volviera a abrir los ojos.

Estaba distraída. ¿Me salté el cruce? Volví a cerrar los ojos pero ya no pude ver nada más. Oscuridad absoluta. Soledad abrumadora. Y el viento soplando con fuerza invitándome a volver a casa, estaba helando y yo, ni siquiera me había percatado.


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Closing my Eyes:

The doctors said I might not remember or I could do it little by little, I shouldn’t pay attention to it, just let me flow, but I couldn’t leave it to chance. I don’t remember anything about that day, what I ate as soon as I got up or why I took the car at a certain time that I still can’t realize, I don’t know where I was going… They said going back to that junction wouldn’t be a good idea, but I decided to go anyway. Alone. I walked for a couple of hours, went around and around looking for a way to go back to that moment but my memory didn’t react.

My breathing began to get heavier, my chest began to hurt and my hands trembled, looking back and forth disoriented, as if I had forgotten that same crossing, as if I had never stepped on it, when I knew I had so during the period of time I was working on the outskirts of the city. I left the car that my brother left me a few meters behind me trying not to lose my nerves at all, feeling the air crash into my face, closing my eyes so that I wouldn’t get dust that was on the road on them. In doing so, a blow from two cars appeared on my mind before me and I could see one of them coming off the cliff. The man in the other car, came out somewhat badly hurt but did not seem sober, I noticed that my head had been hit against something hard… I opened my eyes instantly.

I started sweating by grabbing my chest, had I remembered anything? I sat on the curb of the road, at noon there was no traffic and in that area you could walk, I was not exposed, so, I wanted to take the opportunity to relax. I wanted to stop for a moment to ask myself if it was me who fell off that cliff, if that hard blow was the one that erased much of my memory… Aggg, if I could come back for a moment. I closed my eyes again cursing not being able to remember but, a new image made me see myself driving while changing radio stations, I could not find the frequency I liked. My daughter called me on the phone twice, I didn’t want to pick it up, I was angry because she was calling again while I was driving but I picked up anyway because she didn’t stop calling. She started saying several things she needed, overwhelmed, screaming… maybe from school or maybe for the bathroom, some makeup? I didn’t hear it right. I felt a blow again on the left side of the car and the phone went out the window, at the same time that a twinge in the knee caused me to open my eyes again.

I was distracted. Did I skip the crossing? I closed my eyes again but I couldn’t see anything else. Absolute darkness. Overwhelming loneliness. And the wind blowing hard inviting me to come home, it was freezing and I hadn’t even noticed.


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