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En Silencio:

Lo que piensas no lo dejas salir, lo reprimes, lo silencias, prohíbes a tus palabras mostrarse como realmente son, te adaptas y sigues caminando para que nadie se dé cuenta aunque estés tan incómoda que no puedas permanecer quieta en tu silla, mientras miras a tu familia montar el árbol de Navidad, mientras esperáis la cena. No querías ir. No porque no quieras verlos o no les quieras, simplemente, no querías ir, no había otra razón, pero no lo dijiste cuando tu madre llamó, seguro que te hubiera hecho mil preguntas y tú odias las preguntas.

Al llegar a casa de tus padres con el coche, suspiraste. Te traía muchos recuerdos, algunos de los que no te ha gustado ni pensar normalmente, aunque a veces, aparezcan cuando menos te lo esperas. Necesitaste de un par de minutos para salir del coche, asearte un poco el vestido y recomponerte, te abrumaba estar allí, sabías que tus hermanos estaban allí porque sus coches estaban junto al tuyo. Notabas tu respiración más entrecortada pero sabías que eran los nervios, alargaste el brazo y llamaste al timbre. Abrió tu madre, como siempre, sabías que tu padre estaba muy ocupado mirando el partido y tomándose unas cervezas antes de poner el árbol y cenar, pero trataste de que no se notara tu fastidio, saludándola con un abrazo, aunque nunca te había hecho mucha gracia ese contacto. Al «cómo estás» educado, le siguió un «estás guapísima, aunque el vestido es un poco corto, ¿no?», como era de esperar, pero seguiste adelante hacia el salón donde estaban todos.

Greg, Eddie, Martha y Greta, reían sobre una tontería que suponías que Greg había dicho, el hermano mayor de todos. Se giraron hacia ti y se te quedaron mirando, mientras sonreías como una idiota, se te daba bien fingir las sonrisas pero eso no significaba que lo disfrutaras. Te sentaste en el sofá, mientras tu madre iba a comprobar cómo seguía la cena y ahí seguías, ¿verdad? Observándoles. Nunca entendiste su relación. Siempre estaban unidos pero, de algún modo, algo se rompió entre tú y ellos, algo no encajaba y te fuiste antes que ellos, tuviste un ritmo de vida precipitado, definitivo, algo que ellos no entendieron. Eres la oveja negra y siempre te has sentido así. Tu padre mira la televisión, empanado, ni siquiera se ha girado a mirarte, no es que le importes mucho, ¿no? El alcohol siempre fue su máximo aliado, no supo cómo tratar a tu madre y tampoco a ti. El recuerdo te hace tragar saliva y mirar al frente, fingiendo sonreír a tus hermanos y tratando de no aguar la fiesta.

Tu madre aparece, por fin. Os sentáis todos a cenar y los villancicos suenan en un pequeño tocadiscos. Tu madre y ese cacharro siempre han sido inseparables pero a ti nunca te ha gustado, aunque sale de tu boca la frase «pues a mí me encanta», refiriéndote a él, haciendo feliz a tu madre y recibiendo la mirada inquisitiva de tus hermanos, los cuales, empiezan a preguntar qué es de tu vida. Surfeas entre el «no hay nada importante que contar» y el «todo está igual que siempre» mientras recuerdas la tercera cita con Eric, un chico apuesto, caballeroso y que te llevó a casa con un Rolls Royce increíblemente elegante y cómodo, el beso en la puerta de tu casa y cerrándola tras de ti decidiendo que no volverías a verle, no estabas preparada y quizá estabas mejor sola, te encantaba tener tu espacio. ¿Qué le dijiste a tus padres? Que preferías no desvelar demasiado, que tu chico era muy tímido y que esperabas prometerte muy pronto, era horrible no poder contar nada, ¿verdad? No lo entenderían.

Eddie empieza a hablar de la nueva casa que se ha comprado, de sus nuevos proyectos en su empresa, del coche que quiere comprarse y del embarazo de su mujer, ya van seis meses. Martha es una periodista a la que le reconocen muchos trabajos, cada vez le dan más responsabilidades y hace, de alguna manera, que sea la luz de los ojos de vuestros padres. Greg no dejó de hablar de su taller de coches, de las reformas que iba a hacer y de cuánto dinero había ganado en Las Vegas esta última semana. Greta, tu hermana pequeña, hablaba de lo bien que le iba en la Universidad, de las notas tan altas que estaba sacando y todas las actividades extracurriculares a las que se había apuntado, le interesaba casi todo. Les observas y, obviamente, ves que no encajas, sientes que no eres parte de nada de eso, que esa conversación es un eco ajeno, alejado de ti. No te apetece comer más, pero te lo terminas, no quieres que tu madre piense que comes menos o que no te gusta lo que ha preparado. Tus hermanos son unos glotones, ellos no hace falta que queden bien.

Os sentáis en el sofá tras la cena a charlar un rato más, mientras tú sigues en silencio, no hay mucho más que decir. Asientes con la cabeza, tratas de parecer interesada y por educación haces un par de preguntas o tres más para dar a entender que te diviertes, intentando controlar tus ganas de salir huyendo de allí, nunca fuiste feliz y te forzaron a irte. Tu padre con los problemas con la bebida, tu madre siempre estaba amargada y enfadada, Greg tuvo épocas oscuras con las drogas y no parecía él mismo, Eddie siempre hacía su vida fuera pero se metía mucho contigo, te hacía bromas pesadas y te repetía al oído que no eras su hermana, que estaba seguro de que eras adoptada, seguido de una risa estridente. Martha era la más querida, casi la preferida de todos y la que no veía el problema de tu padre como un problema, ella simplemente, pasaba de todo. Greta se escondía cada vez que oía una discusión, a veces, en el armario o debajo de la cama, emitía grititos desesperados necesitando que callaran, mientras tú te ponías música a todo volumen para no escucharles, era una casa de locos. Y todo volvió a ti en ese momento, en ese instante sentados en el sofá, como si nunca hubiera pasado.

Con una sonrisa queda, te excusas diciendo que mañana tienes que ir a la oficina a trabajar, cuando sabes que tienes el día libre en la tienda a dos manzanas del piso que tienes alquilado y en la que estás de dependienta, cuando le has dicho a tus padres que eres redactora de una revista no muy conocida pero que te pagan genial. Tu madre te acompaña hasta la puerta, te sonríe a la vez que te da unos bombones y se despide con un abrazo. Un «adiós» casi inaudible sale de tu boca, sin mayor importancia, la puerta ya se había cerrado y ella ya había vuelto con tus hermanos. Ya podías volver a la realidad, a tu realidad, a esa que no sale a la superficie, a la que te aleja de esa casa, de sus palabras y de los gritos. Te alegrabas de volver a tu hogar, aunque no tuviera agua caliente, se podía sentir el silencio y la paz.


In the Silence:

What you think you do not let it out, you repress it, you silence it, you forbid your words to show themselves as they really are, you adapt and you keep walking so that no one notices even if you are so uncomfortable that you can not remain still in your chair, while watching your family ride the Christmas tree, while you wait for dinner. You didn’t want to go. Not because you don’t want to see them or you don’t love them, you just didn’t want to go, there was no other reason, but you didn’t say it when your mother called, You’re sure she would have asked you a thousand questions and you hate questions.

When you got to your parents’ house with the car, you sighed. It brought back many memories, some of which you did not like or think normally, although sometimes, they appear when you least expect it. You needed a couple of minutes to get out of the car, wash your dress a little and recompose yourself, you were overwhelmed to be there, you knew your brothers were there because their cars were next to yours. You noticed your breathing more choppy but you knew it was the nerves, you lengthened your arm and called the bell. Your mother opened, as always, you knew that your father was very busy watching the game and having a few beers before putting the tree and having dinner, but you tried not to show your annoyance, greeting her with a hug, although you had never been very amused by that contact. The polite «how are you?» followed by a «you are beautiful, although the dress is a bit short, isn’t it?», as expected, but you kept going to the living room where everyone else was.

Greg, Eddie, Martha, and Greta were laughing at a nonsense you assumed Greg had said, everyone’s older brother. They turned to you and stared at you, while you smiled like an idiot, you were good at faking smiles but that didn’t mean you enjoyed it. You sat on the couch, while your mother went to check how dinner went and there you are now, right? Watching them. You never understood their relationship. They were always united but, somehow, something broke between you and them, something did not fit and you left before them, you had a precipitous, definitive rhythm of life, something that they did not understand. You are the black sheep and you have always felt that way. Your father watches TV, distracted, he hasn’t even turned to look at you, not that he cares much, right? Alcohol was always his greatest ally, he didn’t know how to treat your mother and neither to you. The memory makes you swallow saliva and look ahead, pretending to smile at your siblings and trying not to put the mood down.

Your mother appears, at last. You all sit down to dinner and the carols play on a small record player. Your mother and that pot have always been inseparable but you have never liked it, although the phrase «well, I love it» comes out of your mouth, referring to it, making your mother happy and receiving the inquisitive look of your brothers, who begin to ask what about your life. You surf between the «there is nothing important to tell» and the «everything is the same as always» as you remember the third date with Eric, a handsome, gentlemanly boy who took you home with an incredibly elegant and comfortable Rolls Royce, the kiss on the door of your house and closing it behind you deciding that you would not see him again, you were not prepared and maybe you were better off alone, you loved having your space. What did you say to your parents? That you preferred not to reveal too much, that your guy was very shy and that you hoped to get promised very soon, it was horrible not to be able to tell anything, right? They wouldn’t understand.

Eddie begins to talk about the new house he has bought, his new projects in his company, the car he wants to buy and his wife’s pregnancy, six months have passed. Martha is a journalist who is recognized by many jobs, each time she is given more responsibilities and makes, in some way, the light of your parents’ eyes. Greg didn’t stop talking about his car shop, the renovations he was going to do and how much money he had made in Las Vegas this past week. Greta, your little sister, talked about how well she was doing in college, the high grades she was getting and all the extracurricular activities she had signed up for, she was interested in almost everything. You observe them and, obviously, you see that you do not fit in, you feel that you are not part of any of that, that that conversation is an alien echo, away from you. You don’t feel like eating more, but you finish it, you don’t want your mother to think that you eat less or that you don’t like what she has prepared. Your brothers are gluttons, they don’t need to look good in front of them.

You sit on the sofa after dinner to chat for a while longer, while you continue in silence, there is not much more to say. You nod your head, you try to look interested and by politeness you ask a couple of questions or three more to imply that you have fun, trying to control your desire to run away from there, you were never happy and you were forced to leave. Your father with drinking problems, your mother was always bitter and angry, Greg had dark times with drugs and didn’t look like himself, Eddie always made his life out but messed with you a lot, made heavy jokes and repeated in your ear that you were not his sister, that he was sure you were adopted, followed by a raucous laugh. Martha was the most beloved, almost everyone’s favorite and the one who did not see your father’s problem as a problem, she simply didn’t care of anything. Greta hid every time she heard an argument, sometimes in the closet or under the bed, she emitted desperate screams needing them to shut up, while you played loud music so as not to listen to them, it was a crazy house. And everything came back to you in that moment, in that instant sitting on the sofa, as if it never had happened.

With a gentle smile, you excuse yourself saying that tomorrow you have to go to the office to work, when you know that you have the day off in the store two blocks from the apartment you have rented and in which you are a clerk, when you have told your parents that you are an editor of a magazine not well known but that they pay you great. Your mother accompanies you to the door, smiles at you while giving you some chocolates and says goodbye with a hug. An almost inaudible «goodbye» comes out of your mouth, without much importance, the door had already closed and she had already returned with your brothers. You could already return to reality, to your reality, to that which does not come to the surface, to the one that takes you away from that house, from its words and from the screams. You were happy to return home, even if you didn’t have hot water, you could feel the silence and peace.


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La Llamada:

Estaba sentada en la silla de la cocina, estudiando. Tenía un examen importante y no podía fallar otra vez. La casa estaba en silencio, mamá había salido y papá llegaría tarde de trabajar, quizá no le viese hasta el día siguiente, tenía una larga tarde por delante donde lo único que escucharía sería a mi mente repasar. Pero quizá, no fuera del todo cierto, aunque lo hubiese querido. Las primeras dos horas pasaron volando, decidí parar para comerme un helado. Seguía el silencio. Ese silencio que se rompería con solo hacer el mínimo ruido. Quizá me sobresaltaría al instante, o quizá no.

Pero ese silencio me permitió oír algo, como un tintineo. No sabía de dónde venía, pero me hizo levantar la cabeza y dejar el helado a un lado. Escuché con más atención y conseguí distinguir la habitación de la que provenía. Arriba, seguro. Me dirigí a las escaleras para asomarme a las habitaciones y comprobar qué era ese ligero sonido, era leve pero aún permanecía dentro de mis oídos. Caminé por el pasillo una vez arriba y el tintineo se volvía cada vez más insistente, agudo, alto, llegaba a molestar. Pasé el baño que compartíamos y el sonido fue ensordecedor, tanto que tuve que taparme los oídos con ambas manos, más que en el resto de habitaciones. Ahí estaba pasando algo y no sabía el qué. Seguí frente al baño, con las orejas tapadas con las manos, hasta que puse un pie dentro y me quedé parada en el centro del cuarto de baño. Me senté en el suelo mirando la bañera, esperando oír el tintineo pero no volví a oír nada parecido. Dejé las manos caer a ambos lados.

Se me erizó la piel del cuello, noté una sensación extraña, como si alguien me observara. No quería girarme. Mi corazón empezaba a palpitar más rápido, respiré entrecortado y mis manos temblaban. Cerré los ojos un momento, tenía que tranquilizarme, pero antes de que pudiera concentrarme en mi respiración, noté el aliento de alguien en mi oreja derecha, un susurro perceptible, una sola palabra y una voz conocida, tan conocida que me sorprendió, incluso, llegué a pensar que estaba siendo objeto de una broma pesada. «Ayúdame», dijo. «Ayúdame, por favor». Abrí los ojos de repente y me volví, sin pensarlo. No había nadie. El tintineo, nuevamente. Esta vez, sonaba en las escaleras, iba bajando. Me levanté del suelo y lo seguí.

El tintineo me llevó hasta la puerta de entrada. Su voz, persistía en mi oído, esta vez, desesperada: «¡Grace, por favor! ¡Grace, ayúdame!». Era él. Era mi hermano. Mientras me preguntaba cómo era posible que le oyera sin estar presente, seguí el tintineo hasta fuera de casa, siguiendo calle abajo, hasta llegar al bosque. Mamá siempre me advirtió y me prohibió expresamente ir allí sin ningún motivo aparente, solamente con un «tú hazme caso, ¿vale? No te acerques», le hice caso, claro pero ahora, de pie frente a él, no podía sino adentrarme para seguir el tintineo, para seguir su voz, cada vez más desgarradora e impaciente.

Matt era un idiota. Siempre lo había sido. Odiaba que me ignorara, que me dejara de lado en todas las comidas familiares, que no me mirara, que casi no existiera para él, odiaba que solo fuera la hermana pesada. Pero no podía si no preocuparme ahora, nunca me pediría ayuda a mí. ¿Cómo era posible que solo yo le oyera? Me fui acercando a un claro y su voz se disipó, tras un grito ahogado y un golpe sordo. El silencio me embriagó justo allí, en aquel lugar solitario, con el viento rozando mi cara y sin saber qué dirección tomar. Ya no había tintineo, había desaparecido. Ahora estaba allí sola. ¿Habría una sola posibilidad de que todo esto fuera una broma?

«Ayu… Ayúdame… por…», oí el susurro más cerca, pero no en mi oído, venía de alguna parte del claro o de ese bosque. Me fundí con el silencio, agudizando mucho más mi oído y fue cuando percibí un movimiento y como una especie de jadeo no muy lejos de donde yo estaba. Busqué en todas direcciones con la mirada, inquieta, esperando diferenciar algo a mi alrededor que me diese una pista de dónde estaba Matt. Y allí lo vi, justo allí. Estaba apoyado en un árbol, casi inmóvil. Corrí hacia su posición tan rápido como pude, sin perder ni un segundo y ahí fue cuando lo vi. Tenía una herida enorme en la parte baja del estómago, había sangre por todas partes, y él solo susurraba. Le seguía escuchando, cada vez más flojo, cada vez más lejano. No podía moverme, estaba paralizada. Matt me miró e hizo una mueca, me había visto llegar, le encantó que le hubiese oído porque reafirmaba su loca teoría de que teníamos una conexión de hermanos mejor que la de los gemelos y sabía que en cuanto llamara, yo estaría allí, por nuestra conexión. Resultó ser cierto, sin tener ni idea de cómo podía saber tal cosa, aunque de lo que sí tenía cierta idea es de que siempre se guardaba lo que le interesaba, cambiando de tema cuando le convenía.

Me senté en la hierba junto a él. Me cogió la mano y me miró como no me había mirado antes, con cierta dulzura y un deje de paternalismo. No esperaba para nada lo que dijo, arrastrando las palabras y con cierta lentitud, se quedaba sin voz.

– Estoy orgulloso de ti, Nessa. Aunque no lo creas o no te lo haya dicho.

– ¿Qué te ha pasado?

– No te preocupes por eso. Te quiero, ¿vale? – asentí con la cabeza mientras se me humedecían los ojos – Sabes que sé guardar secretos, ¿verdad? – volví a asentir – Quiero que leas esto cuando estés a solas, cuando yo me haya… ido.

– ¿Qué? ¿A dónde vas? – le pregunté, preocupada – No puedes irte, estoy aquí.

– Tú léelo, ¿vale? Hazme… caso. No te preocupes, hermanita.

Me acarició la cara con la mano, también con lágrimas en los ojos. Cogí la carta y, en cuanto levanté la vista, Matt había cerrado los ojos y su voz había desaparecido, ya no le oía. Le zarandeé varias veces, pero no respondió. Le grité, pero no dijo nada. «Oh, dios mío», pensé. Confusa, abrí la carta. Empecé a leer y me sorprendí más de lo que creía, Matt guardaba muchos secretos, tantos como sentimientos. Realmente, me había querido siempre, incluso, cuando fingía odiarme. Por una vez, supe lo que realmente sentía por mí, lo que hizo para protegerme, justo cuando ya no le tenía conmigo. Le conocí poco. Le sentí poco. Quizá nuestra conexión me decía más de lo que yo quise escuchar, o quizá solo era una teoría remota, pero supongo que me llevaría esa nota a todas partes para oír su voz a través de sus palabras cada día de lo que me quedara de vida.


The Calling:

I was sitting in the kitchen chair, studying. I had an important exam and I couldn’t fail again. The house was quiet, mom had left and dad would be late from work, maybe I wouldn’t see him until the next day, I had a long afternoon ahead of me where the only thing I would hear my mind go over. But perhaps, it was not entirely true, even if I had wanted it. The first two hours flew by, I decided to stop to eat ice cream. The silence followed. That silence that would be broken just by making the slightest noise. Maybe I would be startled instantly, or maybe not.

But that silence allowed me to hear something, like a jingle. I didn’t know where it came from, but it made me raise my head and put the ice cream aside. I listened more carefully and managed to distinguish the room from which it came. Upstairs, for sure. I went to the stairs to look out into the rooms and check what that slight sound was, it was slight but still lingered inside my ears. I walked down the hallway once upstairs and the jingle became more and more insistent, sharp, high, it came to bother. I passed the bathroom we shared and the sound was deafening, so much so that I had to cover my ears with both hands, more than in the rest of the rooms. There was something going on and I didn’t know what. I continued in front of the bathroom, my ears covered with my hands, until I put one foot inside and stood in the center of the bathroom. I sat on the floor looking at the bathtub, waiting to hear the jingle but I never heard anything like it again. I let my hands fall on both sides.

My neck skin bristled, I noticed a strange feeling, as if someone was watching me. I didn’t want to turn around. My heart was starting to beat faster, I breathed heavily and my hands were shaking. I closed my eyes for a moment, I had to calm down, but before I could focus on my breathing, I noticed someone’s breath in my right ear, a perceptible whisper, a single word and a familiar voice, so well known that I was surprised, even I came to think that I was being the subject of a stupid joke. «Help me,» he said. «Help me, please.» I opened my eyes suddenly and turned, without thinking. There was no one. The tinkling, again. This time, it sounded on the stairs, it was going down. I got up from the ground and followed it.

The jingle took me to the front door. His voice, persisted in my ear, this time, desperate: «Grace, please! Grace, help me!» It was him. He was my brother. While wondering how it was possible for me to hear him without being present, I followed the jingle outside the house, following down the street, until I reached the forest. Mom always warned me and expressly forbade me to don’t go there for no apparent reason, only with a «Pay attention, okay? Don’t go to the forest,» I listened to her, of course, but now, standing in front of it, I couldn’t help but go inside to follow the jingle, to follow his voice, increasingly heartbreaking and impatient.

Matt was an idiot. He always had been. I hated that he ignored me, that he left me out at all family meals, that he didn’t look at me, that I almost didn’t exist for him, I hated that I was just the annoying sister. But I couldn’t but worry now, he would never ask me for help. How was it possible that only I heard him? I approached a clearing and his voice dissipated, after a muffled scream and a dull blow. The silence intoxicated me right there, in that lonely place, with the wind brushing my face and not knowing which direction to take. There was no more tinkling, it was gone. Now I was there alone. Would there be a single chance that this was all a joke?

«Help… Help me… please…», I heard the whisper closer, but not in my ear, it came from somewhere in the clearing or from that forest. I merged with silence, sharpening my ear much more and that’s when I perceived a movement and as a kind of gasp not far from where I was. I searched in all directions with my gaze, restless, hoping to differentiate something around me that would give me a clue as to where Matt was. And there I saw it, right there. He was leaning on a tree, almost motionless. I ran to his position as fast as I could, without wasting a second and that’s when I saw him. He had a huge wound on his lower stomach, there was blood everywhere, and he was just whispering. I kept listening to him, more and more loose, more and more distant. I couldn’t move, I was paralyzed. Matt looked at me and grimaced, he had seen me arrive, he loved that I had heard him because it reaffirmed his crazy theory that we had a better sibling connection than the twins and he knew that as soon as he called, I would be there, because of our connection. It turned out to be true, having no idea how he could know such a thing, although what he did have some idea of is that he always kept what interested him, changing the subject when it suited him.

I sat on the grass next to him. He took my hand and looked at me as he had not looked at me before, with a certain sweetness and a slight of paternalism. I didn’t expect what he said at all, slurring his words and with some slowness, I was speechless.

– I’m proud of you, Grace. Although you don’t believe it or I’ve never said it to you.

– What happened to you?

– Don’t worry about it. I love you, ok? – I nodded my head as my eyes moistened – I know how to keep secrets, remember? – I nodded again – I want you to read this when you are alone, when I have… Gone.

– What? Where are you going? – I asked him, worried – You can’t go, I’m just right here.

– Just read it and do as I said… ok? Don’t worry, little sister.

He stroked my face with his hand, also with tears in his eyes. I picked up the letter and as soon as I looked up, Matt had closed his eyes and his voice had disappeared, I could no longer hear him. I shook him several times, but he didn’t answer. I yelled at him, but he didn’t say anything. «Oh, my god,» I thought. Confused, I opened the letter. I started reading and I was surprised more than I thought, Matt kept many secrets, as many as feelings. Really, he had always loved me, even when he pretended to hate me. For once, I knew what he really felt about me, what he did to protect me, just when I no longer had him with me. I knew him a little. I felt a little for him. Maybe our connection told me more than I wanted to hear, or maybe it was just a remote theory, but I guess I would take that note everywhere to hear his voice through his words every day for the rest of my life.


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Todo en su Lugar:

Se había movido. Alguien había movido el jarrón del centro de la mesa. Empezó a sentirse nervioso, inquieto. Trató de seguir andando, las bolsas del supermercado le pesaban y no podía estar mucho tiempo de pie con ellas en las manos, observando el jarrón. Mientras sacaba la comida de las bolsas para ordenarla en la cocina, algo en su mente se activó para recordarle que el jarrón no estaba en su sitio. Quiso olvidarlo con todas sus fuerzas, pero no lo consiguió y tuvo que ir al salón. Primero cogió el metro que tenía guardado en el tercer cajón del mueble de la sala de estar y midió el espacio que tenía entre el jarrón y el borde para ponerlo exactamente igual a cómo estaba, ni un centímetro más ni uno menos, tenía que estar en su sitio.

Una sensación de tranquilidad le invadió tras recolocar el objeto, lo miró de lejos y pudo confirmar que así era, ya no le molestaba a la vista, estaba perfecto. Así que, podía volver a la cocina a organizar la comida. Todo debía estar dentro de las cajas que tenía dentro de la nevera, organizado por colores y en orden alfabético, como lo había hecho con todos sus libros de texto de su habitación y con las novelas que tenía en la estantería del pasillo, todo debía tener ese orden específico en su casa. Abrió y cerró la nevera tres veces para decirse que ya había terminado de colocarlo todo, si no lo hacía se ponía nervioso.

Subió a su cuarto a cambiarse de ropa. Cada prenda la dejaba meticulosamente doblada sobre la cama, luego la colocaba en el cajón que le pertenecía según el color y el tejido. A veces, creía que era un robot pero no podía evitar sentirse relajado cuando lo organizaba todo con esa pulcritud, es más, había recordado que no se había lavado las manos al entrar a casa tras salir a comprar. Podría tener gérmenes de otras personas. Y había tocado su ropa con ellos. También tenía que lavarla. Cogió toda la ropa de ese cajón y la echó a la lavadora, hasta que no empezó a lavarse no conseguía dejar de pensar en ello. Fue corriendo al lavabo para lavarse las manos con jabón, bastante. Siempre lo hacía dos veces, se sentía más seguro. Una sonrisa se dibujó en su cara, estaba limpio.

Bajó al salón a ver la televisión. Se sentó erguido, no le gustaba moverse mucho y tampoco sentir como si cayera dentro del sofá, le inquietaba y se sentía incómodo. Estuvo cambiando canales hasta que encontró el programa que hacían justo a las seis de la tarde, el canal Ciencia que no se perdía por nada del mundo, todos los días debía estar allí para verlo. Parecía hipnotizado, eclipsado por lo que ocurría en la pantalla, hasta que uno de los cristales del salón se rompió. Se giró bruscamente y vio que había caído una piedra dentro de casa desde fuera y que los niños habían estado jugando fuera con ella. Se levantó del sofá mirando la piedra y mirando a los niños que le observaban acercándose cada vez más a la casa. El ojo izquierdo le empezó a temblar, el labio inferior le temblaba también y notaba que el corazón empezaba a palpitarle rápido. Le habían roto el cristal. Y esa piedra estaba llena de barro, había dejado un pequeño camino por la parte derecha de su sofá… Tenía que limpiarlo. Ahora mismo.

Pero el timbre le interrumpió. Su cuerpo empezó a temblar un poco más, le castañeaban los dientes. ¿Quién le molestaba a las seis y diez de la tarde? Se estaba perdiendo el canal Ciencia. Abrió la puerta con fiereza. Los tres niños que habían tirado la piedra y le habían roto el cristal, venían a disculparse. Pero a Greg siguió sin gustarle. Aquello le había interrumpido su tarde de televisión y no podía tolerarlo. Los niños querían ayudarle a arreglarlo, pero él había dejado de oírles. Había cogido la piedra y les pegó con ella, varias veces. Solo quería oír la televisión. Y limpiar el sofá. Y arreglar el cristal. Y lavarse las manos. Por fin se callaron. Se dio cuenta de que la sangre salía de sus pequeños cuerpos, algo que le hizo expirar aliviado porque no volvería a oír más voces en su casa. Pero debía darse prisa o la sangre mancharía la alfombra. La ansiedad empezó de nuevo a aparecer, aumentando cada vez más.


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Everything in its Place:

It had been moved. Someone had moved the vase from the center of the table. He began to feel nervous, restless. He tried to keep walking, the bags in the supermarket weighed on him and he couldn’t stand long with them in his hands, watching the vase. As he took the food out of the bags to sort it out in the kitchen, something in his mind was activated to remind him that the vase was not in place. He wanted to forget it with all his might, but he didn’t get it and had to go to the living room. First he took the meter he had stored in the third drawer of the furniture in the living room and measured the space he had between the vase and the edge to put it exactly as it was, not one centimeter more or one less, it had to be in place.

A sense of tranquility invaded him after repositioning the object, he looked at it from afar and could confirm that it was, it no longer bothered his eyes, it was perfect. So, he could go back to the kitchen to organize the food. Everything had to be inside the boxes he had inside the fridge, organized by colors and in alphabetical order, as he had done with all his textbooks in his room and with the novels he had on the shelf in the hallway, everything had to have that specific order in his house. He opened and closed the fridge three times to tell himself that he had finished putting everything on, if he didn’t he would get nervous.

He went up to his room to change his clothes. Each garment was meticulously folded on the bed, then placed in the drawer that belonged to it according to the color and fabric. Sometimes, he thought he was a robot but he couldn’t help but feel relaxed when he organized everything with that neatness, moreover, he had remembered that he had not washed his hands when entering the house after going out to buy the food. He could have germs from other people. And he had touched his clothes with them. He also had to wash them. He took all the clothes from that drawer and threw them into the washing machine, until it started washing he couldn’t stop thinking about it. He ran to the sink to wash his hands with soap, quite a lot. He always did it twice, he felt safer. A smile was drawn on his face, he was clean.

He went down to the living room to watch TV. He sat upright, didn’t like to move around much, and he didn’t like to feel like he was falling on the couch, he was uneasy and uncomfortable. He was changing channels until he found the program he liked just at six in the afternoon, the Science channel that he was not miss for anything in the world, every day he had to be there to see it. He looked mesmerized, overshadowed by what was happening on the screen, until one of the windows in the living room broke. He turned sharply and saw that a stone had fallen inside the house from outside and that the children had been playing outside with it. He got up from the sofa looking at the stone and looking at the children who watched him getting closer and closer to the house. His left eye began to tremble, his lower lip was also shaking and he noticed that his heart was beginning to beat fast. His glass had been broken. And that stone was full of mud, it had left a small path on the right side of his sofa… He had to clean it up. Right now.

But the doorbell interrupted him. His body began to tremble a little more, his teeth were browning. Who bothered him at six and ten in the afternoon? He was missing the Cience channel. He opened the door fiercely. The three children who had thrown the stone and broken the glass, came to apologize. But Greg still didn’t like it. That had interrupted his television afternoon and he could not tolerate it. The children wanted to help him fix it, but he had stopped listening to them. He had taken the stone and hit them with it, several times. He just wanted to hear the TV. And clean the sofa. And fix the glass. And wash his hands. They finally shut up. He noticed that blood was coming out of their small bodies, something that made him expire relieved that he would not hear more voices in his house. But he had to hurry up or blood would stain the carpet. Anxiety started again, rising.


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Publicado en Relatos

Sobre el Agua:

Lo dejé con respeto sobre la superficie y yació allí, sin más. Aprendí a no pensar en ello, a dejar que el tiempo pasara, a entenderlo y transmutarlo, resguardado del frío y silenciado. Nadie podría decir nada si no lo sabía, a nadie le daría lástima, no sería una víctima, actuaría como si no hubiera pasado y, entre las sábanas, haría lo posible por reconciliarme con ello. Y así, sin más lo hice.

Fue como escribir en un papel en blanco y posarlo sobre el agua, con delicadeza, lentamente, sin ímpetu, soltándolo poco a poco, con cuidado. Nadie lo escucharía caer, porque era agua y nadie la oiría si no prestaban atención. Las palabras no se mojaron, el papel solo se humedeció. Había poca luz allí, en esa zona. Solo iluminaba la superficie, para que el papel respirara, para que las palabras no se olvidaran y no pasar otro día pretendiendo que no había pasado.

Cada año que pasaba, era algo más sencillo. Le escribía una carta que jamás le enviaba, pero que se quedaba conmigo. Quería hacer las paces, quería que me escuchara y supiera que no le había olvidado, aunque todos lo hubieran hecho, aunque dijeran en voz alta que no había existido. No quería crear un vacío, así que, seguía hacia adelante, sin hablar de ello, ya no hacía falta. Sabía que nadie lo entendería. Aquello se había vuelto intocable, no dejaba a nadie que observara ese papel, que reviviera emociones que había acallado, que había entendido pero que prefería dejar atrás para mirar hacia adelante. El tiempo lo cura todo, pero la memoria siempre está presente.

Cada año, ese mismo día, hacía un homenaje, como un cumpleaños, nunca como una tragedia. Le daba las gracias por lo que había aprendido, le contaba que había estado haciendo y le hacía sentir partícipe por un día de mi vida. Quizá debiera de hacerlo más pero no tenía demasiado tiempo, trataba de que ese día no se me olvidara, quería de alguna manera, que fuera especial. No para llorarle, tampoco para sentir lástima por mí o por él, ni mucho menos, por hacer de esa situación un drama. Lo único que quería con ello era sanarlo, así era como iba a salir de ello. SOLA.

Identifiqué cada emoción, me acompañé en el proceso y decidí no olvidarlo. Por ello, permanecía en la superficie del agua, a veces, la oía chapotear, otras la escuchaba moverse tranquila y, muchas otras, como si jamás hubiera estado ahí. Intensa pero, a la vez, solitaria, respetando un papel, una situación sobre ella que valoraba y, a la vez, amaba. Sin objeciones. Sin tristeza. Surrealista. Pero nunca angustiosa. Así es como un trauma se transmuta. Con respeto. Sobre el agua.


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Above the Water:

I respectfully left it on the surface and it lays there, without further ado. I learned not to think about it, to let time pass, to understand and transmute it, sheltered from the cold and silenced. No one could say anything if they didn’t know, no one would feel sorry, I wouldn’t be a victim, I would act like it didn’t happen, and I would do my best to reconcile with it. And so, without further ado, I did.

It was like writing on a blank piece of paper and posing it on the water, delicately, slowly, without impetus, releasing it little by little, carefully. No one would hear it fall, because it was water and no one would hear it if they didn’t pay attention. The words did not get wet, the paper only moistened. There was little light there, in that area. It only lits up the surface, so that the paper would breathe, so that the words would not be forgotten and not spend another day pretending that it had not happened.

Every year that passed, it was something simpler. I would write him a letter that I never sent him, but he would stay with me. I wanted to make peace, I wanted him to listen to me and know that I had not forgotten him, even though everyone had, even if they said out loud that he had not existed. I didn’t want to create a void, so I kept going, not talking about it, it wasn’t necessary anymore. I knew that no one would understand. That had become untouchable, it left no one to observe that role, to revive emotions that I had silenced, that I had understood but preferred to leave behind to move forward. Time heals everything, but memory is always present.

Every year, that same day, I paid tribute, like a birthday, never like a tragedy. I thanked him for what I had learned, told him what I had been doing and made him feel involved for a day in my life. Maybe I should do it more but I didn’t have too much time, I tried not to forget that day, I wanted in some way, to be special. Not to mourn him, nor to feel sorry for me or for him, far from it, for making that situation a drama. All I wanted with it was to heal it, that’s how I was going to get out of it. ALONE.

I identified each emotion, accompanied myself in the process and decided not to forget it. Therefore, it remained on the surface of the water, sometimes, I heard it splashing, others I heard it move calmly and, many others, as if it had never been there. Intense but, at the same time, lonely, respecting a role, a situation about it that is valued and, at the same time, loved. No objection. No sadness. Surrealist. But never distressing. This is how a trauma is transmuted. With respect. On the water.


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Una Espera Eterna:

Por fin habíamos quedado, después de tanto tiempo. Estaba temblando, allí de pie, en la parada del autobús donde nos conocimos. Lo recuerdo muy bien. Empezamos preguntando la hora, luego soltamos un chiste estúpido sobre algo que ocurría alrededor y, más tarde, hablamos como si nos conociéramos de toda la vida. Fue un flechazo, al menos, para mí. Nunca supe si para él lo fue. Nunca me lo dijo. Y yo nunca hablé de ello. Ahora miraba el móvil cada tres minutos, mientras movía la pierna izquierda. La paciencia no era mi fuerte, estaba claro.

Empecé a preguntarme cómo sería. ¿Habría cambiado mucho? ¿Le seguiría pareciendo igual de maja que hace tantos años? ¿Se acordaría de lo que hablamos? ¿Sería ahora un chico más guapo y fuerte que antes? Esperaba que sí. Pasaban cinco minutos de las diez. ¿Por qué tardaba tanto? Se me empezó a secar la boca, así que, bebí un par de sorbos de agua de la botella que llevaba en el bolso. ¿Vestía suficientemente elegante? ¿Le gustaría lo que llevaba puesto? No era propio de mí dudar tanto, ¿por qué me estaba sintiendo tan insegura con esto? Lo único que esperaba es que no tuviese mujer. Oh, dios. No se lo había preguntado. ¿Y si tenía mujer?

Pasaban diez minutos de las diez. No iba a venir. Seguro que no vendría. Mejor, quizá me estaba haciendo ilusiones absurdas. Hacía años que no le veía y bueno, no podría pensar que esto sería tan importante para él como lo era para mí que había cancelado una comida de trabajo por aquello. En fin, sí. Era lo mejor. Me giré y empecé a andar hacia abajo por la calle principal, algo decepcionada, un poco angustiada y algo triste. No podía evitarlo. No había podido olvidarle aunque solo fue una amistad pasajera y que, al parecer, no había sido tan importante como parecía. La gente pasaba por mi lado hablando, sonriendo, otros hablando por teléfono y varios discutiendo cerca de un restaurante, todos tenían su mundo, su momento. Y yo tenía el mío, la vida no se paraba por un plantón, ¿no?. Tenía que ir a casa, así que, pedí un taxi.

Oí una voz. Alguien que me llamaba a lo lejos. Me giré esperanzada pero no vi a nadie, así que, bajé la mirada y abrí la puerta del taxi. Pero noté que alguien me cogía del brazo. Era él. Era Sam. Le miré con una extrañeza que fui incapaz de disimular. Iba en silla de ruedas, por eso no le había visto a lo lejos y alguien venía corriendo tras él, era una mujer muy guapa, sonriente y sin aliento. Al parecer, se le había escapado. No supe que cara poner.

– ¡Hola! Sentimos llegar tarde, había mucho tráfico – dijo, divertida – Dios, casi te he perdido, eres muy rápido y no me gusta nada – le dijo a Sam, doblándose un poco para recuperarse de la carrera -.

– Deberías hacer más ejercicio – le respondió él, sonriendo como si la conversación fuese solo de ambos y yo no estuviera – Perdona, esta es Elissa, mi mujer. Elissa, esta es Pam, una amiga de hace tiempo.

– Oh, Sam me ha hablado mucho de ti. «La chica del bus», te llama – nos tendimos la mano, yo aún estaba en shock -.

Nos fuimos a tomar café. Me enteré de toda su historia de amor, desde las rosas rojas en el despacho de Elissa hasta el primer beso en el porche. No podía creer lo que estaba pasando, casi ni hablé. Comentaban tantas cosas y parecían tan felices que no quería si quiera interrumpirlos. Lo cierto era que había estado echando de menos un rostro que a penas recordaba, las ilusiones de volver a verle se habían intensificando a raíz de algo que había sido una mentira, algo que yo había imaginado pero que él no, solo fuimos amigos. Solo había sido una amiga de hacía tiempo.

Tragué saliva mientras me terminaba el café. No podía estar allí. Tenía que irme, tenía que meter mi cabeza en un cubo lleno de hielo y no volverme a despertar hasta de aquí unos años. Me levanté de la silla con una sonrisa queda y me despedí. Sam me siguió con la mirada durante unos segundos hasta que salí de la cafetería, con los ojos humedecidos, intentando aguantar las lágrimas hasta llegar a casa. Tenía que coger un taxi ya. Esperé en la parada, cogiendo el bolso fuertemente por el asa mientras sentía un nudo en el estómago.

– ¡Eh, Pam! Espera… – volví a oír su voz, así que me giré tratando de que no viera mi disgusto – ¿Te has sentido incómoda? ¿Hemos dicho algo que te haya molestado? Porque creía que…

– No, por supuesto que no. Solo que se me ha hecho tarde y he de irme.

– Pensaba que volvería a verte pero no ocurrió, así que, seguí mi vida. De verdad, que no te olvidé.

– Amiga de hace tiempo, ¿verdad? Solo fui eso.

– No fuimos nada más, Pam. Lo quise.

– Tengo que… tengo que irme – las lágrimas ya empezaron a rozar mis mejillas justo cuando el taxi paró a mi lado, así que, me subí de inmediato, cerrando la puerta justo delante de Sam -.

No volví a mirarle. Apagué el teléfono y ahogué mis penas en helado de chocolate durante tres días, los tres días más deprimentes de mí vida, los siguientes solo traté de pretender que no me habían roto el corazón en mil pedazos.


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An Eternal Waiting:

We had finally planned to meet, after so long. I was shaking, standing there, at the bus stop where we met. I remember it very well. We started by asking the time, then dropped a stupid joke about something going on around, and then talked as if we had known each other all our lives. It was a crush, at least, for me. I never knew if I was for him. He never told me. And I never talked about it. Now I looked at the phone every three minutes, while moving my left leg. Patience was never my thing, really.

I began to wonder how he would be like. Would he have changed? Would he still look as nice as he did so many years ago? Would he remember what we were talking about? Would he be a more handsome and strong guy now than before? I hoped so. Five minutes passed from ten o’clock. Why did it take so long? My mouth started to dry out, so I drank a couple of sips of water from the bottle I had in my bag. Did I dress elegant enough? Would he like what I was wearing? It wasn’t me to hesitate so much, why was I feeling so insecure about this? The only thing I expected was that he didn’t have a woman. Oh, God. I hadn’t asked him. What if he had a wife?

Ten minutes passed from ten o’clock. He wasn’t coming. Surely it would not come. Better, maybe I was having absurd illusions. I hadn’t seen him for years and well, I couldn’t think this would be as important to him as it was to me that I had canceled a work meal for that. Anyway, yes. It was the best. I turned around and started walking down the main street, somewhat disappointed, a little distressed and somewhat sad. I couldn’t help it. I had not been able to forget him although it was only a passing friendship and that, apparently, had not been as important as it seemed. People passed by me talking, smiling, others talking on the phone and several arguing near a restaurant, they all had their world, their moment. And I had mine, life was not stopped by a sit-in, right? I had to go home, so I ordered a taxi.

I heard a voice. Someone who called me in the distance. I turned hopeful but didn’t see anyone, so I looked down and opened the taxi door. But I noticed someone grabbing my arm. It was him. It was Sam. I looked at him with a strangeness that I was unable to disguise. He was in a wheelchair, so I had not seen him in the distance and someone was running after him, she was a very beautiful woman, smiling and breathless. Apparently, he escaped from her. I didn’t know what face to put on.

– Hello! We felt we were late, there was a lot of traffic – she said, funny – God, I almost lost you, you are very fast and I don’t like it at all – she told Sam, bending a little to recover from the race -.

– You should exercise more – he replied, smiling as if the conversation was just about both of them and I wasn’t there – Sorry, this is Elissa, my wife. Elissa, this is Pam, a longtime friend.

– Oh, Sam has told me a lot about you. «The girl on the bus», he calls you – we shaked our hands, I was still in shock -.

We went for coffee. I found out about their entire love story, from the red roses in Elissa’s office to the first kiss on the porch. I couldn’t believe what was going on, I almost didn’t even speak. They were talking about so many things and seemed so happy that I didn’t even want to interrupt them. The truth was that I have been missing a face that I barely remembered, the illusions of seeing him again had intensified as a result of something that had been a lie, something that I had imagined but that he had not, we were just friends. He had only been a long-time friend.

I swallowed as I finished my coffee. I couldn’t be there. I had to leave, I had to stick my head in a bucket full of ice and not wake up again until a few years from now. I got up from the chair with a smile and said goodbye. Sam followed me with his gaze for a few seconds until I left the cafeteria, my eyes moistened, trying to hold back tears until I got home. I had to take a taxi now. I waited at the stop, grabbing the bag tightly by the handle while feeling a knot in my stomach.

– Hey, Pam! Wait… – I heard his voice again, so I turned around trying not to see my disgust – Have you ever felt uncomfortable? Have we said anything that bothered you? Because I believed that…

– No, of course not. Only it has become too late and I have to leave.

– I thought I would see you again but it didn’t happen, so I went on with my life. Really, I didn’t forget you.

– Long-time friend, right? I was just that.

– We were nothing else, Pam. I loved it to.

– I have to… I have to leave – tears already started rubbing against my cheeks just as the taxi stopped next to me, so I got on immediately, closing the door right in front of Sam -.

I didn’t look at him again. I turned off the phone and drowned my sorrows in chocolate ice cream for three days, the most depressing three days of my life, the next few days I just tried to pretend that my heart hadn’t been broken into a thousand pieces.


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Imprevisto:

Cuando bajé las escaleras y subí al coche, me di cuenta de que se me había olvidado el móvil en la oficina, dios qué cabeza la mía… Ahora tenía que volver a subir nueve pisos, menos mal que teníamos ascensor. Puse los ojos en blanco, salí del coche, entré en el portal y me dispuse a subir por el ascensor hasta la oficina, otra vez, justo como hice por la mañana. Pensé en que tenía poco tiempo, creo que eso fue lo único en lo que podía centrarme, siempre llegaba tarde a las cenas con los niños y mi marido siempre lo aprovechaba para restregármelo por la cara, así que, hoy no podía llegar tarde.

Al fin llegué. Corrí por el corto pasillo hasta la puerta, saqué la llave y la introduje en la cerradura. Ella sola se abrió solo empujándola un poco. Sorprendida, volví a guardarme la llave y entré poco a poco, llamando a Margaret, la recepcionista que solía quedarse la última ordenando papeles, pero no obtuve respuesta, ¿se había ido ya? Me pareció raro, normalmente, estaba yéndose a las nueve de la noche, y eran solo las seis. Lo dejé estar, solamente quería encontrar mi teléfono y largarme de allí, en casa me estarían esperando y no podía faltar, hoy no. Le di al interruptor que había en la entrada pero no se encendieron las luces. Le volví a dar un par de veces y tampoco lo hicieron. ¿Qué había pasado desde que me había ido? Tendría que llamar al electricista mañana, pensé.

Me encogí de hombros, conformándome con la luz que entraba por los ventanales, podía buscar el móvil así, quizá no me harían falta las luces. Me dispuse a buscarlo en la sala de espera nada más entrar pero allí no estaban, tampoco en la mesa de recepción, ¿dónde pude haberlo dejado? Un día me iba a olvidar la cabeza en el maletero de mi coche… Entré por fin en mi despacho, era el único donde podría estar y la cara de Margaret me dejó helada, fue lo primero que vi. Estaba sentada en la silla del escritorio, un tanto escurrida, blanca como la cera y con una bala en el centro de su frente con sangre que emanaba de ella, mientras permanecía totalmente inmóvil. Empecé a temblar. No sabía si aquello había sido una buena idea, tenía que salir de allí, tenía un mal presentimiento, uno muy pero que muy malo.

El sonido de mi teléfono me sobresaltó. Me acerqué al escritorio, justo al lado de la silla y allí estaba. Mi marido me llamaba, estaría cansado de esperarme. Estuve a punto de cogerlo para pedir ayuda pero, cuando volví a erguirme, un «click» justo detrás de mí, tocándome la cabeza, me frenó en seco.

– Suelte el teléfono – dijo una voz serena, pausada y determinante – Ahora.

Tragué saliva, sin decir una palabra y tiré el móvil al suelo mientras seguía sonando. Greg iba a matarme, una vez más, no iba a llegar a tiempo a la cena. Hice ademán de darme la vuelta para saber quién me estaba apuntando, pero pareció leerme la mente, cuando dijo:

– Ni se le ocurra darse la vuelta – mi corazón palpitaba muy rápido y notaba cómo mi garganta se secaba, así que, decidí hacer lo que me pedía, no me di la vuelta – Quiero que se dirija poco a poco hacia esa ventana con las manos en alto, si no quiere que le dispare. ¿Me ha entendido?

Asentí con la cabeza, ni siquiera podía mediar palabra. Con las piernas temblándome, fui caminando poco a poco hacia la ventana que había justo al lado del escritorio, por la que entraba más luz de toda la oficina. Un paso detrás de otro, sin hacer ruido y con aquel hombre justo detrás de mí, con su arma preparada.

– Muy bien. Ahora abra la ventana y quédese muy quieta – ordenó el desconocido -.

Seguí sus instrucciones al pie de la letra, eran sencillas pero no podía controlar mis tics nerviosos en los ojos y los labios, no dejaban de temblarme, ya había empezado a sudar. Como dijo, la ventana estaba abierta y yo volví a levantar ambas manos, justo como al principio.

– Lo está haciendo muy bien. Lo que quiero ahora es que se suba al borde, con cuidado y sin girarse. Muy despacio.

Eso sí que no me lo esperaba. ¿Que me subiera al borde? Quería que me tirara, ¿verdad? Estaba segura de que este tío era el que había matado a Margaret y ahora pretendía hacerme desaparecer, aunque no le hubiese visto la cara. Antes de poner un pie sobre el borde de la ventana, me aventuré a preguntárselo:

– ¿Quiere usted que me…? ¿Quiere que me tire? – mi voz temblaba, insegura -.

– Quiero que haga lo que le digo.

– Usted ha matado a Margaret, ¿no es así?

– Súbase al borde y deje de hacer preguntas.

No iba a decirme nada, ¿quién era yo, de todas formas? Asentí con la cabeza, haciendo lo que me pidió, me subí al borde de la ventana del despacho de la oficina donde había estado trabajando durante once años con dedicación y cariño, echa un flan, con las piernas temblándome y tratando de no caer. Me cogí de las paredes que tenía a ambos lados, notando el aire chocar contra mi cara. Miré hacia abajo y, de repente, me sentí mareada, no podría haber elegido una oficina más cercana al suelo cuando decidí abrir el bufete, ¿verdad? Elegí un noveno piso… Dios.

– No se coja de ningún sitio. Cuando esté preparada y le haya rezado a quién sea que usted le rece, quiero que se tire.

– ¿Cómo?

– Es sencillo. Solo tiene que poner un pie fuera del borde y caerá en seguida, no se apure, seguro que lo hace bien y todos sus problemas, se evaporarán.

– ¿Mis problemas? ¿Quién narices es usted? ¿Y qué quiere de mí? Ya estoy asustada, ¿qué más quiere ver?

– Solo que se tire, ya se lo he dicho.

No lo hice porque eso hubiese sido muy sencillo. Para él. Insistía tanto en que me tirase porque no quería otra bala metida en el cráneo de otro cadáver, quería que pareciera un suicidio. Y no quería ponérselo fácil aunque fuera lo último que hiciera. Así que, como pude y con las piernas aún temblando, me agarré de la ventana, sabiendo que él seguía apuntándome, gritando que me tirara, que lo hiciera ahora mismo, estaba cabreado, sonaba cabreado. Fui girándome como pude, poco a poco para ver la cara a ese hijo de puta.

En cuanto le vi los ojos lo supe. La bala salió de su pistola y fue a parar al centro de mi frente, haciéndome caer al vacío. Todo se volvió negro y mi cuerpo se estampó sobre un coche verde, dejándole el techo abollado. Esto serviría como excusa para no ir a casa temprano, ¿verdad?


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Unexpected:

When I went downstairs and got in the car, I realized that I had forgotten my mobile phone in the office, god what a head of mine… Now I had to go back up nine floors, thank goodness we had an elevator. I rolled my eyes, got out of the car, entered the entrance hall and set out to go up the elevator to the office, again, just as I did in the morning. I thought I had little time, I think that was the only thing I could focus on, I was always late for dinners with the kids and my husband who always took advantage of it to rub it in my face, so today I couldn’t be late.

I finally arrived. I ran down the short hallway to the door, took out the key and put it in the lock. It opened up by just pushing it a little. Surprised, I put the key back in and walked in slowly, calling Margaret, the receptionist who used to stay the last one sorting papers, but I got no answer, was she gone yet? I found it weird, normally, she was leaving at nine o’clock at night, and it was only six o’clock. I let it be, I just wanted to find my phone and get out of there, at home they would be waiting for me and I could not miss, not today. I hit the switch at the entrance but the lights didn’t come on. I did it again a couple of times and it didn’t either. What had happened since I had left? I would have to call the electrician tomorrow, I thought.

I shrugged, settling for the light that entered through the windows, I could look for the mobile like this, maybe I would not need the lights. I set out to look for it in the waiting room as soon as I entered but it was not there, nor at the reception table, where could I have left it? One day I was going to forget my head in the trunk of my car… I finally entered my office, it was the only place where it could be and Margaret’s face left me frozen, it was the first thing I saw when I came in. She was sitting in the desk chair, somewhat drained, white as wax and with a bullet in the center of her forehead with blood emanating from it while remaining totally motionless. I started shaking. I didn’t know if that had been a good idea, I had to get out of there, I had a bad feeling, a very, very bad one.

The sound of my phone startled me. I walked over to the desk, right next to the chair and there it was. My husband would call me, he would be tired of waiting for me. I was about to pick it up to ask for help but, when I stood up again, a «click» just behind me, touching my head, stopped me in my tracks.

-Let go of the phone – he said with a serene, leisurely and decisive voice – Now.

I swallowed, without saying a word and threw the phone on the ground while it kept ringing. Greg was going to kill me, again, I wasn’t going to make it to dinner on time. I made a gesture to turn around to find out who was targeting me, but he seemed to read my mind, when he said:

– Don’t even think about turning around – my heart was beating very fast and I could feel my throat drying out, so I decided to do what he asked me to, I didn’t turn around – I want you to slowly head towards that window with your hands up, if you don’t want me to shoot you. Have you understood me?

I nodded, I couldn’t even say a word. With my legs shaking, I walked slowly to the window right next to the desk, through which more light came in from the entire office. One step after another, without making a sound and with that man right behind me, with his gun ready.

– Very good. Now open the window and stay very still – the stranger ordered.

I followed his instructions carefully, they were simple but I could not control my nervous tics in my eyes and lips, they kept shaking, I had already started to sweat. As he said, the window was open and I raised both hands again, just like at the beginning.

– You are doing it very well. What I want now is for you to climb to the edge, carefully and without turning. Very slowly.

I didn’t expect that. That I climbed to the edge? He wanted me to throw away, right? I was sure that this guy was the one who had killed Margaret and now intended to make me disappear, even if I hadn’t seen his face. Before I set foot on the edge of the window, I ventured to ask him:

– Do you want me to…? Do you want me to throw myself away? – my voice trembled, insecure -.

– I want you to do what I say.

– You’ve killed Margaret, right?

– Get on the edge and stop asking questions.

He wasn’t going to tell me anything, who was I, anyway? I nodded, doing what he asked me, climbed on the edge of the window of the office where I had been working for eleven years with dedication and affection, I was like a flan, with my legs shaking and trying not to fall. I grabbed the walls on both sides, noticing the air crashing into my face. I looked down and suddenly felt dizzy, I couldn’t have chosen an office closer to the ground when I decided to open the firm, right? I chose a ninth floor… God.

– Do not take it from anywhere. When you are ready and you prayed to whoever you pray to, I want you to jump.

– What?

– It’s simple. Just put one foot off the edge of the window and you will fall right away, don’t hurry, I’m sure you’ll do it right and all your problems will evaporate.

– My problems? Who the hell are you? And what does you want from me? I’m already scared, what else do you want to see?

– I just want you to jump, as I said before.

I didn’t do it because that would have been very simple. For him. He was so insistent with me jumping because he didn’t want another bullet stuck in the skull of another corpse, he wanted it to look like a suicide. And I didn’t want to make it easy for him even if it was the last thing I did on this Earth. So, as I could and with my legs still shaking, I grabbed the window, knowing that he kept pointing at me with his gun, screaming to jump, to do it right now. I was turning as I could slowly, to see the face of that son of a bitch.

As soon as I saw his eyes I knew. The bullet came out of his gun and ended up in the center of my forehead, causing me to fall into the void. Everything turned black and my body was splattered on a green car, leaving the roof dented. This would serve as an excuse not to go home early, right?


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Un Hasta Pronto:

Vino a mi casa una tarde más. La dejé pasar y le dije que se sentara en el sofá mientras yo preparaba unos cafés, desde siempre habíamos sido unas adictas a la cafeína. Parecía pensativa y bastante callada, nos sonreímos. Me di cuenta de que estaba un poco incómoda, se movía mucho y no sabía cómo empezar la conversación. Dejé los cafés encima de la mesita justo en medio de nosotras y la miré, quise que me contara qué había ocurrido ayer en su día y qué plan tendríamos para el fin de semana, desde que nos habíamos independizado, habíamos sido todavía más inseparables que en el instituto. No supo qué decir. Le saqué varios temas pero no salía de ellos, se trababa con las palabras y solo quería que yo hablara para, al menos, escuchar. Le temblaban las manos y solo quería tener la taza de café entre ellas.

Algo le pasaba. La única vez que la había visto así, había sido en su último viaje al campamento con diecisiete años, sus padres la mandaron a Francia y no nos íbamos a ver en todo el verano, estaba triste porque quería pasarlo conmigo y porque me lo había prometido durante los últimos meses. Nos volvimos a ver al volver a las clases y todo se quedó en nada, nos llamamos prácticamente cada día, nos echamos de menos pero sobrevivimos tres meses. Pero, esta vez, estaba más inquieta. Decidí un acercamiento directo:

– Vale, dime qué te pasa. Te noto nerviosa.

– Nada. No es nada – bajó la mirada, mientras respondía casi con un susurro -.

– Llevamos siendo amigas algo más de una década, sé cuándo te pasa algo. Dímelo, no voy a juzgarte…

– Tengo que irme.

– Si acabas de llegar… Llevas aquí como cinco minutos. ¿No te gusta el café? – hice ademán de levantarme para traerle otra cosa pero ella puso una mano en mi brazo para que volviera a sentar – Vale, ¿qué ocurre?

– Tengo que irme fuera. Me voy en dos días.

– ¿Fuera? ¿De viaje, quieres decir?

– Me voy a vivir a Italia una temporada, mi madre no se encuentra muy bien y necesita mi ayuda, quiere que vaya allí lo antes posible y yo… Quiero quedarme.

Tragué saliva. Se iba indefinidamente, no eran solo tres meses. Había vivido en Italia toda su niñez pero volvió aquí con su padre y sus dos hermanos, su madre fue la única que se quedó. Respiré hondo y la cogí de la mano.

– Puedes… venir cuando quieras, ¿no?

– Cuando pueda. Tengo que encontrar trabajo, instalarme en su casa y llevarla y traerla del médico prácticamente cada día. No tendré mucho tiempo.

Ahora entendía su nerviosismo. Había venido para despedirse, pero no sabía muy bien cómo hacerlo porque nunca había estado en esa situación. Quería pedirle que se quedara, quería llorar pero me aguanté las lágrimas, no era momento de ponerla más tensa o triste, ni siquiera hacer que se lo pensara dos veces, tenía que apoyarla. Todo había ocurrido de repente y ella era la que menos quería ir pero sus hermanos trabajaban y ayudaban a su padre a salir adelante, así que, solo quedaba ella. La buena de Angelina debía de hacer lo que la familia le pedía e irse lejos, olvidando todo lo que había construido aquí, entre nosotros.

Dejó el café sobre la mesita y se acercó más a mí, dándome un abrazo fuerte. Me lo estaba poniendo difícil eso de no llorar. No quería soltarme. Y yo tampoco. Podríamos hablar por Skype, ¿verdad? Podríamos seguir en contacto… No se terminó el café pero me pidió que la llevara al aeropuerto, cosa que hice dos días después. Una vez más, aguantándome las ganas de llorar, diciéndole que estaba orgullosa de lo que estaba haciendo y que ayudar a su madre era lo mejor que podía hacer. Me había convertido en la mayor mentirosa del mundo por un momento. No creí nada de lo que dije pero esperé que ella sí lo hiciera. Apenas hablamos durante el trayecto en coche, y apenas lo hicimos estando allí, esperando a que embarcara. Pero no me moví hasta que el avión despegó. Era como si se llevase un pedacito de mí. Ni siquiera sabía si volvería a verla o si esperaríamos mucho hasta que pudiéramos hablar, no pudo asegurarme nada.

A lo único que pude prestar atención fue a ese susurro en mi oreja cuando estuvo a punto de embarcar. Noté su aliento justo allí, mientras nos abrazábamos. Ese «hasta pronto» me dio algo de esperanza. Se instaló en mi corazón y esperó a que fuera verdad, a que pudiésemos tomar otro café en casa, a contarnos historias con chicos o lo curiosas que eran nuestras familias y sus dramas. Quería que fuera cierto, que fuera un presente tan rápido como fuera posible, que no fuésemos como esas amigas que se separan y ya no vuelven a hablarse o verse más por falta de tiempo o compromisos. Esperaba que ese «hasta pronto» prevaleciera y se fortificara en nuestra bonita amistad a partir de ese momento.


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See You Soon:

She came to my house one more afternoon. I let her pass and told her to sit on the couch while I made some coffees, we had always been addicted to caffeine. She seemed thoughtful and quite quiet, we smiled at each other. I noticed that she was a little uncomfortable, moved around a lot, and didn’t know how to start the conversation. I left the coffees on top of the table right in the middle of us and looked at her, I wanted her to tell me what had happened yesterday in her day and what plan we would have for the weekend, since we had become independent, we had been even more inseparable than in high school. She didn’t know what to say. I took out several topics but she didn’t get out of them, she got stuck with words and just wanted me to speak to at least listen. Her hands were shaking and she just wanted to have the cup of coffee between them.

Something was wrong. The only time I had seen her like this, it had been on her last trip to the camp when she was seventeen, her parents sent her to France and we were not going to see each other all summer, she was sad because she wanted to spend it with me and because she had promised it to me during the last months. We saw each other again when we went back to class and everything came to nothing, we called each other practically every day, we missed each other but we survived three months. But, this time, she was more restless. I decided a direct approach:

– OK, what happen with you?

– Nothing. It’s nothing.

– We’re been friends during more than a decade, I know when something’s happening to you. Tell me, I’m not gonna judge you…

– I have to go.

– If you have just arrived… You’ve been here for about five minutes. Don’t you like the coffee? – I made a gesture to get up to bring her something else but she put a hand on my arm to get her to sit down again – Okay, what’s wrong?

– I have to go outside from the country. I’m going in two days.

– Outside? Are you going to a travel or something? What do you mean?

– I’m going to live in Italy for a while, my mother is not very well and needs my help, she wants me to go there as soon as possible and I… I want to stay.

I swallowed. She was leaving indefinitely, it wasn’t just for three months. She had lived in Italy all her childhood but returned here with her father and her two brothers, her mother was the only one who stayed. I took a deep breath and took her by the hand.

– But you can come back to visit when you want… Right?

– When I can. I have to find a job settle in my mum’s house and take her and bring her from the doctor practically every day. I won’t have much time.

Now I understood her nervousness. She had come to say goodbye, but she didn’t quite know how to do it because she had never been in that situation. I wanted to ask her to stay, I wanted to cry but I endured tears, it was not time to make her more tense or sad, or even make her think twice, I had to support her. Everything had happened suddenly and she was the one who wanted to go the least but her brothers worked and helped their father to get ahead, so only she was the one who have to go. Angelina’s good daughter had to do what the family asked of her and go away, forgetting everything she had built here, between us.

She left the coffee on the coffee table and came closer to me, giving me a big hug. I was having a hard time not crying. She didn’t want to let me go. And neither do I. We could talk on Skype, right? We could keep in touch… She didn’t finish her coffee but she asked me to take her to the airport, which I did two days later. Once again, holding my heartfelt, telling her that I was proud of what she was doing and that helping her mother was the best thing she could do. I had become the biggest liar in the world for a moment. I didn’t believe anything I said but I hoped she did. We barely talked during the drive, and we barely did it while there, waiting for her to board. But I didn’t move until the plane took off. It was as if it took a little piece of me. I didn’t even know if I would see her again or if we would wait long until we could talk, she couldn’t assure me anything.

The only thing I could pay attention to was that whisper in my ear when she was about to board. I noticed her breath right there, as we hugged each other. That «see you soon» gave me some hope. It settled in my heart and waited for it to be true, for us to have another coffee at home, to tell us stories with boys or how curious our families were and their dramas. I wanted it to be true, to be a present as quickly as possible, not to be like those friends who separate and no longer talk to each other or see each other anymore due to lack of time or commitments. I hoped that this «see you soon» would prevail and be fortified in our beautiful friendship from that moment on.


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Publicado en Relatos

Una Vez Más:

Subí las escaleras de aquel mugriento y desolado edificio de tres plantas, había mucho polvo y solo se oían borrachos dentro de los pisos. Pero no oía a Audrey. Según el chico que había en el portal, estaba en el último piso en la puerta de la derecha. Siendo su madre, esperaba saber dónde vivía o estaba mi hijo pero seguía siendo igual de reservado que de costumbre y, a decir verdad, no me estaba gustando aquello pero, tal y como decía mi psicóloga en las sesiones de los miércoles a las tres, debía respetarlo porque era su voluntad.

La puerta era de color verde, un tanto rallada y golpeada. No solo no me gustó, sino que, me di cuenta de que estaba abierta, ni siquiera pasaba la llave con la de locos que vivían por aquí… La puerta chirrió al abrirla. Podía medio ver a Audrey gracias a la luz que entraba desde las farolas de la calle por la única ventana que había en aquella habitación casi vacía, lo único que pude ver era una mesita redonda, un sillón raído y viejo y un colchón en la esquina, justo en el suelo, con un cubo de agua al lado, no parecía tener ni siquiera un lavabo, ¿cómo podía vivir así? Me agarré fuerte a mi bolsito Gucci y me quedé allí plantada mientras le observaba de espaldas a mí. Llevaba algo en la mano que no lograba definir muy bien, pero parecía tenerlo bien cogido mientras su cabeza miraba hacia abajo. Le oía respirar muy fuerte, como si estuviera enfadado o se hubiera dado una carrera.

– ¿Audrey? Soy mamá, he venido a verte. Espero que no te importe que haya entrado, la puerta estaba abierta y…

– Ssshhh – pude oír salir de su boca -.

El silencio volvió a reinar en la habitación, tan solo se oyeron mis tacones al avanzar un poco más hacia él. Ni siquiera se giró para recibirme, miraba hacia una zona oscura donde no llegaba la luz de fuera, parecía hipnotizado pero, ¿qué era lo que estaba mirando con tanta fijeza? El suelo no debía ser, estaba muy sucio como para admirarlo de alguna forma…

– Audrey, cariño…

– Ssshhh – volvió a repetir sin girarse, una vez más -.

Mis manos habían empezado a temblar, me castañeaban los dientes y tenía la piel erizada, si no tenía muebles, era muy poco probable que tuviera calefacción. Di un par de pasos más, haciendo el menor ruido posible. Me asomé un poco para ver qué había en el suelo.

– ¡Oh, dios mío, Audrey! Oh, dios mío, dios mío… – no podía parar de repetirlo, jadeando, asustada -.

– Sshhhh – miré su nuca. Quería irme de allí tan rápido como me fuera posible pero, no pude evitar ponerle una mano en su hombro frío y sin mangas, pero ni siquiera se volvió -.

– Audrey, qué has hecho… Dios mío.

– Cállate.

La sangre que salía del cuerpo tendido y sin vida al que Audrey miraba, había llegado a la zona de luz de la habitación. No me había dado cuenta hasta ese momento pero, empezaba a oler. Muy mal. Cogí a Audrey con más fuerza y le zarandeé. Siguió sin inmutarse. Pero sí que pude ver lo que llevaba en la mano, aquello que no había sido capaz de ver al entrar. Estaba cerca, muy cerca de mí ahora como para distinguirlo. Un cuchillo. Era bastante grande y largo. Pude ver dos gotas de sangre en el suelo provenientes de este y todavía me asusté más. Así que, no pude evitar gritar, estaba histérica.

– ¡AUDREY, dios mío!

En cuanto verbalicé la última palabra, noté algo meterse en mi estómago, afilado y duro, algo que me dejó sin aliento. Esta vez, sí se había girado. Sus ojos abiertos me miraban con fijeza, permanecían sobre los míos sin evitarlos. Sus labios fruncidos debido a la fuerza que había ejercido al clavarme el cuchillo, ahora estaban relajado y apenas se podía distinguir una mueca forzada. Me dejó caer y mi cabeza se dio contra el suelo con un ruido sordo. Audrey se quedó sin el cuchillo. Lo dejó clavado y se marchó con esa respiración entrecortada, quizá de enfado o puede que de desesperación. Una vez más, dejó dos cadáveres tras de sí, olvidados.


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One more time:

I went up the stairs of that filthy and desolate three-story building, there was a lot of dust and you could only hear drunks inside the floors. But I didn’t hear Audrey. According to the boy downstairs, he was on the top floor at the door on the right. Being his mother, I expected to know where my son lived or was but he was still as reserved as usual and, to tell the truth, I was not liking that but, as my psychologist said in the Wednesday sessions at three, I had to respect it because it was his will.

The door was green, somewhat grated and beaten. Not only did I not like it, but I realized that it was open, I did not even pass the key with that of crazy people who lived here… The door squeaked when opened. I could half see Audrey thanks to the light coming in from the street lamps through the only window in that almost empty room, all I could see was a round table, a threadbare old armchair and a mattress in the corner, right on the floor, with a bucket of water next to it, he didn’t seem to have even a sink, how could he live like this? I held tight to my Gucci bag and stood there as I watched him with his back to me. He was carrying something in his hand that I couldn’t define very well, but he seemed to have it well caught as his head looked down. I could hear him breathing very hard, as if he was angry or had given himself a run.

– Audrey? It’s mom, I’ve come to see you. I hope you don’t mind that I came in, the door was open and…

– Ssshhh – I could hear coming out from his mouth.

Silence reigned again in the room, only my heels could be heard as I moved a little further towards him. He didn’t even turn to receive me, he was looking at a dark area where the light from outside didn’t reach, he looked mesmerized, but what was it that he was looking at so fixly? The floor should not be, it was too dirty to admire it in any way…

– Audrey, sweetheart…

– Ssshhh – he repeated again without turning, one more time.

My hands had started shaking, my teeth were browning and my skin was bristling, if he didn’t have furniture, it was very unlikely to have heating. I took a couple more steps, making as little noise as possible. I peeked out a little to see what was on the ground.

– Oh my god, Audrey! Oh my god, my god… – I couldn’t stop repeating it, panting, scared.

– Sshhhh – I looked at the back of his neck. I wanted to get out of there as fast as possible but, I couldn’t help but put a hand on his cold, sleeveless shoulder, but he didn’t even turn back.

– Audrey, what have you done… Oh, my god.

– Shut up.

The blood coming out of the lying and lifeless body that Audrey was staring at, had reached the light area of the room. I hadn’t realized it until that moment, but I was starting to smell it. Too bad. I grabbed Audrey harder and shook him. He remained undeterred. But I could see what he was carrying in his hand, what I had not been able to see when I entered. He was close, too close to me now to tell him apart. A knife. It was quite large and long. I could see two drops of blood on the ground coming from this one and I was even more frightened. So, I couldn’t help but scream, I was hysterical.

– AUDREY, my god!!

As soon as I verbalized the last word, I noticed something getting into my stomach, sharp and hard, something that took my breath away. This time, he had turned. His open eyes stared at me with fixity, remaining on mine without avoiding them. His pursed lips because of the force he had exerted when sticking the knife into me, they were now relaxed, and a forced grimace could barely be made out. He dropped me and my head slammed to the ground with a thud. Audrey was left without the knife. He left it stuck and left with that choppy breath, perhaps of anger or maybe of despair. Once again, he left two corpses behind him, forgotten.


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Historias:

Me gustan esas historias donde los personajes viven con soltura o agonizan cuando tienen demasiados problemas, cuando tienen que sobrevivir y la única que puede cambiar la historia soy yo. Pueden ser dramas, aventuras, puede abundar la felicidad, la tristeza o la injusticia, tan solo hay que ser un tanto preciso, lo puedes controlar todo, lo puedes ver todo y tu imaginación puede volar dentro de una casa llena de muñecas terroríficas o tras las cortinas escuchando a un matrimonio discutir, tienes sus decisiones en tus manos.

Historias que cambian, que volverían loco a cualquiera, que pueden hacerte llorar o reír a carcajadas. Historias que cautivan y en las que te encantaría envolverte, formando ese personaje en el que tanto te gustaría convertirte para llevar a cabo tus sueños más ocultos y divertidos y destacar en aquello en lo que nadie sabe que te gustaría hacer o desarrollar. Historias que te hacen pensar, vivir mil experiencias y entender aquello que creías fuera de tu alcance. Historias que dan importancia a las palabras y donde los verbos potencian un sentimiento que creías erradicado de un personaje, el cual, aparece sin avisar. Historias de buenos momentos, con detalles inolvidables, con toques especiales y un deje de fantasía para acallar esa duda interior que, alguna vez, hiciste sentir a tu personaje. Historias complicadas que atrapan como la vida misma pero que no te desharías de ellas ni aunque decidieras no publicarlas.

El personaje vibra de emociones, camina sobre una acera inventada, quizá en una ciudad real o puede que la dejes para editar más tarde como un detalle que se puede cambiar según tu humor o cómo termine la historia. ¿Es un solitario o tiene amigos? ¿Cuál es su ambiente? ¿Cómo influyen esas personas en su vida? Buenas preguntas para responder en cada nueva historia, en cada página en blanco. A veces, pueden sacar algunos de tus rasgos, otras suelen ser tan diferentes y raros que terminas odiándolos.

Pero, son historias. Más importantes o menos, están ahí para seguir esa nueva vida que le has dictado, en la que se ha visto envuelto, en la que puede decidir quedarse y empezar una nueva o tratar de salir y no haber forma de seguir adelante teniendo que desecharla, dejando de ser lo más importante del día. Historias que se repiten en susurros dentro de tu cabeza, tratando de volverse realidad, de confluir entre nuevas ideas, de ilusionarse por estar escritas en una página en blanco, presentes, quizá olvidables, pero marcadas y hechas huella, pudiendo editarlas pero sin sacarlas de ti.

Escritas en hojas sueltas, libretas o en la pantalla de un ordenador, donde todas ellas viven y son recordadas, quizá no ven la luz pero se empeñan en salir de ti sin tener un plan listo, sin poder pararlas. La voz, la lengua, el lenguaje y la imaginación las saca de imágenes constantes que crea la mente mientras se ven a paso rápido mientras escuchas música, haces una tarea, o comes, siempre están ahí, llamándote porque saben que escuchas a diario, saben que no podrás contenerte y que van a ser las nuevas protagonistas.

Te puedes aferrar a ellas cuando quieres desconectar, cuando necesitas un momento de silencio que sea solo para ti o cuando tienes los nervios de punta, ayudándote a salir del bache. Son historias que han apoyado noches de insomnio, días tristes y lluviosos, cuando mandas una disculpa a un amigo y cuando utilizas ejemplos para que una teoría tenga sentido. Son historias que aprecias, personajes que conoces, sensibilidades que palpas y emociones que observas, tan solo necesitarías cuatro paredes, una hoja en blanco y un bolígrafo para ser feliz y dejarte llevar porque nunca estarías sola y no solo vivirías una experiencia, sino tantas como tu mente te permitiera.

Historias que intrigan y no sabes ni de dónde salen, cómo has podido crearlas o verlas en tu cabeza. Se expresan claramente, como si ya las conocieras, como si supieras sentirlas, tocarlas y ser parte de ellas, fluyen sin empujarlas y te muestran que tu creatividad no tiene límites. Historias que respiran bajo la piel, que corren a través de la sangre y siempre las llevas junto a ti, sin necesidad de forzar nada, de infravalorar nada, de desechar nada, siendo partícipe de su esencia. Conspiran entre líneas para guiar tus palabras, para decidir su destino, para contemplar ese inicio, desenlace y final con los personajes que las formarán.

Historias con final o sin él que dejan cuestiones abiertas, quizá con imperfecciones para que se lean las expresiones del personaje y esta no tenga que contar tanto. A veces, cortas y otras muchas, más largas que de costumbre son sutilezas y metáforas casi perceptibles que hacen que te preguntes cosas, te emociones y sorprendas.

Historias que tocan la fibra, que te hacen querer seguir y desear volverlas a leer, te dan lecciones irrumpiendo en tus experiencias para mejorar y convertirte en tu mejor versión, consciente e inconscientemente. Quizá te hablan, quizá sabes escucharlas pero, lo mejor de todo es que puedes sentirte comprendido. Excavas entre esas palabras, las relees, estudias y comentas y nunca te cansas de ellas, el título de la historia por fin tiene sentido.

Historias en las que te sientes identificado, incluso, cuando te describen ese día de agosto en la playa, tirado en la arena pensando en lo afortunado o desafortunado que eres. Historias que no te quitas de la cabeza por su fuerza, por su complejidad, quizá violencia o incomodidad pero todas, llevan una lección incorporada que no deja a nadie exento de una reflexión. Historias que no van contigo pero que las dejas en una estantería por si alguna vez te apetece acercarte a saludarlas, quizá otras las dejas minimizadas en el word porque no te convencen o no quieres quedarte desnuda en público con palabras tan crudas. Historias elaboradas dejadas en cajones desastre que nadie mira y que no tienen mucho interés contextual, quizás el que le das tú, pero no importan mucho como para dejarlos en público.

Historias hechas poema, de esos que ni te imaginabas desarrollar porque no te gustan nada pero que dejas fluir porque también son parte de ti, tus experiencias y de quién eres. Historias que desaparecen en los oídos de alguien, lo dices en voz alta y se te olvida apuntarlo, tu memoria ya flaquea pero qué más da, hemos pasado un buen rato. Historias propias que se desarrollan en tu mente y te quedas para ti. Historias de vida que a nadie le importan, solo palabras y letras que ordenar entre memorias que romper.


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Stories:

I like those stories where the characters live with ease or agonize when they have too many problems, when they have to survive and the only one who can change the story is me. They can be dramas, adventures, happiness, sadness or injustice can abound, you just have to be a little precise, you can control everything, you can see everything and your imagination can fly inside a house full of terrifying dolls or behind the curtains listening to a marriage argue, you have their decisions in your hands.

Stories that change, that would drive anyone crazy, that can make you cry or laugh out loud. Stories that captivate and in which you would love to wrap yourself, forming that character in which you would like to become so much to carry out your most hidden and fun dreams and stand out in what nobody knows what you would like to do or develop. Stories that make you think, live a thousand experiences and understand what you believed out of your reach. Stories that give importance to words and where verbs enhance a feeling that you thought eradicated from a character, which appears without warning. Stories of good moments, with unforgettable details, with special touches and a fantasy stop to silence that inner doubt that, once, you made your character feel. Complicated stories that catch like life itself but that you would not get rid of them even if you decided not to publish them.

The character vibrates with emotions, walks on an invented sidewalk, maybe in a real city or you may leave it to edit later as a detail that can be changed depending on your mood or how the story ends. He’s a loner or he has friends? What is his environment like? How do these people influence his life? Good questions to answer in every new story, on every blank page. Sometimes, they can pull out some of your traits, others are usually so different and weird that you end up hating them.

But, they are stories. More important or less, they are there to follow that new life that you have given them, in which it has been involved, in which it can decide to stays and starts a new one or try to leave and there is no way to move forward having to discard it, ceasing to be the most important thing of the day. Stories that are repeated in whispers inside your head, trying to become reality, to converge between new ideas, to get excited to be written on a blank page, present, perhaps forgettable, but marked, being able to edit them but without taking them out of you.

Written on loose sheets, notebooks or on a computer screen, where they all live and are remembered, they may not see the light but they insist on leaving you without having a plan ready, without being able to stop them. The voice, the language and the imagination are taken from constant images that the mind creates while they are seen at a fast pace while listening to music, doing a task, or eating, they are always there, calling you because they know that you listen daily, they know that you will not be able to contain yourself and that they will be the new protagonists.

You can hold on to them when you want to disconnect, when you need a moment of silence that is just for you or when you have your nerves on edge, helping me out of the pothole. They are stories that have supported sleepless nights, sad and rainy days, when you send an apology to a friend and when you use examples to make a theory make sense. They are stories that you appreciate, characters that you know, sensibilities that you feel and emotions that you observe, you would only need four walls, a blank sheet and a pen to be happy and let yourself go because you would never be alone and not only live an experience, but as many as your mind allowed you.

Stories that intrigue and you do not know where they come from, how you have been able to create them or see them in your head. They express themselves clearly, as if you already know them, as if you know how to feel them, touch them and be part of them, they flow without pushing them and show you that your creativity has no limits. Stories that breathe under the skin, that run through the blood and you always carry them next to you, without the need to force anything, to undervalue anything, to discard anything, being a participant in its essence. They conspire between the lines to guide your words, to decide their destiny, to contemplate that beginning, denouement and end with the characters that will form them.

Stories with or without an end that leave open questions, perhaps with imperfections so that the expressions of the character are read and this does not have to tell so much. Sometimes, short and many others, longer than usual with subtleties and metaphors almost perceptible that make you wonder things, get excited and surprised.

Stories that strike a chord, that make you want to follow and want to read them again, give you lessons breaking into your experiences to improve and become your best version, consciously and unconsciously. Maybe they talk to you, maybe you know how to listen to them but, best of all, you can feel understood. You dig through those words, reread them, study them and comment and never get tired of them, the title of the story finally makes sense.

Stories in which you feel identified, even when they describe you that August day on the beach, lying in the sand thinking about how lucky or unfortunate you are. Stories that you do not get out of your head because of their strength, because of their complexity, perhaps violence or discomfort but all of them carry a built-in lesson that leaves no one exempt from reflection. Stories that do not go with you but that you leave on a shelf in case you ever want to come to greet them, perhaps others you leave minimized in the Word because they do not convince you or you do not want to stay naked in public with such crude words. Elaborate stories left in disaster drawers that no one looks at and that do not have much contextual interest, perhaps the one you give them, but do not matter much to leave in public.

Stories made poem, of those that you did not even imagine developing because you do not like anything but that you let flow because they are also part of you, your experiences and who you are. Stories that disappear in someone’s ears, you say it out loud and you forget to write it down, your memory is already faltering but what else gives, we have had a good time. Own stories that develop in your mind and stay for you. Life stories that nobody cares about, only words and letters to sort between memories to break.


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Melancolía:

Ahí está. Esperándome, agónica. La oigo respirar, siento cómo se acerca, cómo se desliza, cómo me llama. Con sus gélidas manos, tiene el valor de tocar mi cuello, mis manos, mis pies, mientras me evoca escalofríos, un chasquido en los dientes y un temblor incómodo en el ojo izquierdo. Quiere formar parte de mí, de mi cuerpo, de mi interior, desea que me deje llevar, que deje las puertas abiertas para ella, que vuelva a sentirla, que le permita el paso y que nos fundamos como uno solo.

Hacía tiempo que no la sentía, que permanecía en la distancia, anulada, rechazada, envuelta en un manto invisible, casi olvidado, observándome reír por cualquier cosa, sentirme viva, consciente, conectada con mi cuerpo, quizá sintiera celos, quizá envidia al verme tan contenta después de todo lo pasado, puede que no pudiera encajar la buena nueva de que no la quería más en mi vida y se sintió desplazada. Tras dos años, quería volver a entrar, era una nueva oportunidad para hacerse ver, hacerse notar y sentirse importante tras tanto tiempo castigada en la oscuridad, sin palabras que valiesen ni pensamientos que considerara propios.

No sé por qué podía sentirla ahora. Quizá la muerte de mi madre fuera la principal causa, esa tristeza perceptible en la mirada o ese oscuro sentimiento que la muerte siempre evoca en el ser humano cuando un ser querido se va. Creo que vio esa oportunidad que esperaba, ese resquicio de esperanza de volver a formar parte de mi vida, de intensificar mis sentidos, de hacerme olvidar lo bueno de la vida y hacerme llorar por casi cualquier cosa, levantándome de la cama con el cabello enmarañado, sin ganas de desayunar o darme una ducha, solo queriendo quedarme acostada en la cama todo el tiempo del que dispusiera. Eso a ella le gustaba, le enternecía, se alimentaba de mi energía, mis ganas de vivir, sin consuelo o compasión, sino apoyando esa tristeza que hacía propia y que salía de mi interior.

Recuerdo que una vez llegué a pensar en ella, aunque fue un ínfimo pensamiento, casi imperceptible, podría pasar desapercibido, podría haber desaparecido en la nada y ni siquiera mi mente hubiera formulado una pregunta sobre ello pero, ese recuerdo hizo que permaneciera, quizá ese recuerdo fue el que la convenció de volver. Simplemente, me pregunté qué había sido de ella, qué le había ocurrido y por qué se sentía tan distanciada, si realmente, la echaba un poquito de menos. En esos momentos de oscuridad, me había impulsado a crear, a llevar a cabo ideas que no podría haber sacado de mi cabeza si no hubiera estado en esos momentos oscuros que ella misma me tendió en bandeja de plata, tampoco me hubiera inspirado tanto, quizá debía darle las gracias a pesar de las noches sin dormir y los constantes retortijones de cada mañana, las náuseas y la sensación de que las paredes se me iban a caer de un momento a otro.

Creo que ese fue su momento. Se deslizó con inteligencia hasta llegar a mí mientras seguía sonriendo, evitando que otros vieran mi tristeza, moviéndose con cuidado, con sigilo, con un silencio atronador y un objetivo claro. Tan solo tenía que hacer contacto, tenía que sentirla para adentrarse en mí, para volver a crear pensamientos intrusivos, ansiedad, ese llanto antes de intentar dormir, estaba detrás de ese hastío al ir a la oficina cada mañana. Fue introduciéndose hasta tenerme lo suficientemente cerca para atacar, para tenerme entre sus garras y oscurecer cualquier pequeño y diminuto pensamiento positivo que se formaba casi de manera automática en mi mente. Hizo explotar mi subconsciente y un montón de letras, palabras y frases se amontonaron en mi mente, me llevaron a escribir, a desarrollar esa parte oscura a la que no quería enfrentarme, a esa zona de la mente que nadie quiere mirar y darle energizantes golpes al teclado para que la historia se hiciera realidad, para que mi historia tuviera una realidad.

«La Melancolía». Así se llamaba el libro y así se llamaba ella. Siempre hemos tenido una relación de amor-odio que quizá nadie entienda, puede que, en ciertos momentos, ella se haya sentido desplazada o yo la haya apartado cuando no la necesitaba y puede que, anhelarla, me hiciera volver a quererla en mi vida por alguna razón que aún desconozco. Pero ahora que sigue aquí conmigo, dejo que forme parte de mí, que me llene de esa oscuridad que la caracteriza para permitirme a mí misa el sentirme mal, respetando esa faceta, dejándome llevar por ella y descansando la mente cuando así ocurre. Ella no quiere irse y, aunque me gustaría volver a librarme de ella, me gustaría entenderla, saber sus gustos, por qué es tan oscura, por qué siempre quiere ser la protagonista de mis historias y por qué se siente con el derecho de invadirme cuánto más feliz estoy. Le doy tiempo para que me responda a todas esas cosas, quizá son dudas que no tienen mucha importancia, pero puede que algún día, llegue a obtener las respuestas que necesito, puede que ella misma me las diga porque, a veces, la melancolía es solo una emoción que te indica que necesitas descansar y que quizá, no has tenido un buen día, necesita libertad, entrar y salir de ti para ayudarte a aceptarte y quererte un poquito más.

¿Podré aceptarla como una parte más de mí?


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Melancholy:

There she is. Waiting for me, agonizing. I hear her breathing, I feel how she approaches, how she glides, how she calls me. With her icy hands, she has the courage to touch my neck, my hands, my feet, while evoking chills, a snap in my teeth and an uncomfortable tremor in my left eye. She wants to be part of me, of my body, of my inside, she wants I let her to be with me, to leave the doors open for her, to feel her again, to allow her the passage and that we merge as one.

It had been a long time since I felt her, that she remained in the distance, annulled, rejected, wrapped in an invisible mantle, almost forgotten, watching me laugh at anything, feel alive, conscious, connected to my body, maybe she felt jealous, maybe envy to see myself so happy after everything I went through, I may not have been able to fit the good news that I did not want her more in my life and she felt displaced. After two years, she wanted to re-enter, it was a new opportunity to be seen, to be noticed and to feel important after so long punished in the dark, without words that were worth or thoughts that I could consider mine.

I don’t know why I could feel it now. Perhaps the death of my mother was the main cause, that perceptible sadness in the gaze or that dark feeling that death always evokes in the human being when a loved one leaves. I think she saw that opportunity she was waiting for, that glimmer of hope to become part of my life again, to intensify my senses, to make me forget the good in life and make me cry for almost anything, getting out of bed with matted hair, not wanting to have breakfast or take a shower, just wanting to lie in bed for as long as I had. She liked that, she was touched, she fed on my energy, my desire to live, without comfort or compassion, but supporting that sadness that I made my own and that came out of my inside.

I remember that once I came to think about it, although it was a tiny thought, almost imperceptible, it could go unnoticed, it could have disappeared into nothingness and not even my mind would have asked a question about it but, that memory made it remain, perhaps that memory was the one that convinced her to return. I just wondered what had become of her, what had happened to her and why she felt so estranged, if really, I missed her a little bit. In those moments of darkness, she had driven me to create, to carry out ideas that I could not have taken out of my head if I had not been in those dark moments that she herself laid out on a silver platter, nor would I have inspired me so much, maybe I should thank her despite the sleepless nights and the constant cramps I’ve felt every morning, the nausea and the feeling that the walls were going to fall from one moment to the next.

I think that was her moment. She slipped intelligently all the way to me as I kept smiling, preventing others from seeing my sadness, moving carefully, stealthily, with thunderous silence and a clear goal. She just had to make contact, I had to feel it to get into me, to recreate intrusive thoughts, anxiety, that crying before trying to sleep, I was behind that boredom going to the office every morning. She was introduced until she had me close enough to attack, to have me in its clutches and obscure any small and tiny positive thoughts that formed almost automatically in my mind. She exploded my subconscious and a lot of letters, words and phrases piled up in my mind, led me to write, to develop that dark part that I didn’t want to face, to that area of the mind that nobody wants to look at and give energizing taps to the keyboard so that the story would come true, so that my story would have a reality.

«Melancholy.» That’s what the book was called and that’s her name. We have always had a love-hate relationship that perhaps no one understands, maybe, at certain times, she has felt displaced or I have separated her when I did not need her and maybe, longing for her, made me love her again in my life for some reason that I still do not know. But now that she is still here with me, I let her be part of me, that she fills me with that darkness that characterizes her to allow me to feel bad, respecting that facet, letting myself be carried away by it and resting my mind when it happens. She doesn’t want to leave and, although I would like to get rid of her again, I would like to understand her, know her tastes, why she is so dark, why she always wants to be the protagonist of my stories and why she feels entitled to invade me how much more happy I am. I give her time to answer all those things, maybe they are doubts that do not have much importance, but maybe one day, I will get the answers I need, she may tell me them herself because, sometimes, melancholy is just an emotion that tells you that you need to rest and that maybe, you haven’t had a good day, she needs freedom, to come and go from you to help you accept and love yourself a little more.

Will I be able to accept her as a part of me?


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