Publicado en Relatos

El Monstruo:

Eres mi puerta cerrada, un continuo recordatorio de dónde no quiero ir. Es una zona oscura, apagada, que no me deja respirar al acercarme, que me ahoga de miedo y dolor, que se antepone a la duda y a hacer lo correcto, que habla antes de pensar y desgarra cualquier parte buena que haya dentro o fuera. Por eso, estás encerrado, por eso nunca te dejo salir, por mucho que golpees la puerta, que grites y patalees, sabes que no puedo dejar que vuelvas a poner un pie cerca de ese pasillo, que es justo el que va directo a mi perdición.

Ibas creciendo conforme yo lo hacía. ¡Qué puedo decir! Siempre estuviste ahí, una parte de mí, más oscura y divergente, contrarrestada, endiablada, pasota y cortante, alguien a quién no le importaba nada. Nos íbamos pasando la pelota, mientras la rabia y el control me poseían, me volvías loco. Entre un golpe y otro, me atontabas para seguir manteniendo tu trono intacto. Te hiciste fuerte debido a violencia, soledad, enfado e injusticia. Supongo que ningún niño debería saber nada de eso en tan corta edad, ¿verdad? Ahora quizá digas que querías protegerme, querías que fuera fuerte para enfrentar lo que fuera que estaba a punto de sucederme, que la vida es dura y que debía seguir caminando.

Sentiste mi tristeza, sentiste cómo iba cayendo en un agujero. Me mantenías a flote para que no tomara decisiones impulsivas, para que pudiera seguir caminando, mi alma empezaba a ser una muleta para tú poder seguir estando de pie. Me defendías en cada pelea, en cada discusión absurda, cuando se mofaban de mí o me daban de golpes, supongo que sentía cierto poder dentro de mí que no lograba entender, hasta llegué a preguntarme si era un monstruo. Llegué a creérmelo. Pero solo estaba sobreviviendo a otra nueva situación de mierda. Así había sido mi vida, y así es como tu tratabas de que no me parara.

Supongo que desde hace años esperas que te lo agradezca. Puede que te sientas decepcionado porque te encerré, porque he logrado controlarme y no seguir por el estrecho sendero oscuro por el que me llevabas, imagino que no debió de gustarte que pudiera callarte. Y sí, la verdad es que eras una cotorra, no dejabas de hablar. Destructivo, vengativo, negativo, catastrofista, perfeccionista, y un cobarde, tenías tanto miedo dentro que tu envoltura era la inseguridad. Supongo que sí, algunas cosas dejaste en mí, pero es bueno que empecemos una conversación, que cambie los candados cada dos años para que no se oxiden, para que no llegues a derrumbar la puerta, o deshacer todo lo que he conseguido enmarañando mi mente y haciéndome creer que eres el único que puedes quitarme el dolor.

He de reconocer que no sentir era genial, te da igual todo, eres casi como un muerto andante al que solo le importa caminar. Las emociones son cambiantes, a veces, son un desastre, te hacen sentir pequeño, incluso, miserable, te rompen por dentro, y muchas otras cosas que desearía no comentar, pero sigo sin ver la razón por la que tendría que volver a abrirte la puerta. No eres más que otra puerta cerrada de las muchas que no abro en esa sección de mi mente, aunque sí es verdad que te tengo cierto aprecio, eres de una colección que no me gustaría perder por lo que pudiera ocurrir en un futuro. Pero no olvides, que son muchas las que se han abierto por beneficio propio, pero la tuya querido amigo, espero no abrirla jamás.

Eres mi pequeño monstruo. Ese que me transforma en alguien que no quiero volver a ver, que pocos han visto y que espero que no vean. El dolor no se quita, no se arranca, no se vuelve agresivo para dejar que deje de rasgarte por dentro, sino que, se acepta y dejas que permanezca como recordatorio de cuánto has pasado y cuánto más has superado. Te deja resquicios de tristeza, incluso, puede llegar a ser permanente, pero no hasta el punto de soltarte. Últimamente, te oigo gritar, pareces desesperado después de tanto tiempo, hasta imploras encontrar una salida, puede que rasques los enormes y gruesos muros que construí especialmente para ti. Quiero que sepas que te oigo, que te entiendo, que te acepto y que sé que eres otra pieza más de mi rompecabezas, situado en el sótano, junto con otros que quizá conozcas.

Espero que algún día, viejo amigo, te reconcilies contigo mismo y podamos volver a contarnos historias.


The Monster:

You’re my closed door, a continuous reminder of where I don’t want to go. It is a dark, dull area that does not let me breathe when I approach, that drowns me in fear and pain, that takes precedence over doubt and doing the right thing, that speaks before thinking and tears any good part that is inside or outside. That’s why you’re locked up, that’s why I never let you out, no matter how much you knock on the door, scream and kick, you know I can’t let you set foot near that hallway again, which is just the one that goes straight to my perdition.

You were growing as I did. What can I say! You were always there, a part of me, darker and more divergent, countered, devilish, stepped and sharp, someone who didn’t care about anything. We were passing the ball, while anger and control possessed me, you drove me crazy. Between one blow and another, you stunned me to keep your throne intact. You became strong because of violence, loneliness, anger and injustice. I guess no kid should know any of that at such a young age, right? Now you may say that you wanted to protect me, you wanted me to be strong to face whatever was about to happen to me, that life is hard and that I should keep walking.

You felt my sadness, you felt myself falling into a hole. You kept me afloat so that I would not make impulsive decisions, so that I could continue walking, my soul began to be a crutch for you to continue standing. You defended me in every fight, in every absurd argument, when they made fun of me or beat me, I guess I felt a certain power inside me that I couldn’t understand, I even wondered if I was a monster. I came to believe it. But I was just surviving another shitty new situation. That’s how my life had been, and that’s how you tried that I didn’t stop.

I guess for years you’ve been waiting for me to thank you. You may feel disappointed because I locked you up, because I have managed to control myself and not continue along the narrow dark path you were taking me, I imagine you must not have liked that I could shut you up. And yes, the truth is that you were a parrot, you did not stop talking. Destructive, vindictive, negative, catastrophic, perfectionist, and a coward, you were so afraid inside that your envelope was insecurity. I guess so, some things you left in me, but it’s good that we start a conversation, that I change the locks every two years so that they don’t rust, so that you don’t get to collapse the door, or undo everything I’ve achieved by tangling my mind and making me believe that you’re the only one who can take the pain away from me.

I have to admit that not feeling was great, you don’t care about everything, you are almost like a dead man who only cares about walking. Emotions are changeable, sometimes, they are a mess, they make you feel small, even miserable, they break you inside, and many other things that I wish I did not comment, but I still do not see the reason why I would have to open the door again. You are just another closed door of the many that I do not open in that section of my mind, although it is true that I have a certain appreciation for you, you are from a collection that I would not like to lose for what could happen in the future. But do not forget, that there are many that have been opened for my own benefit, but yours dear friend, I hope it never gets open.

You are my little monster. That one that transforms me into someone I don’t want to see again, that few have seen and that I hope they don’t see it. The pain is not removed, it is not torn away, it does not become aggressive to let it stop tearing you inside, but it is accepted and you let it remain as a reminder of how much you have gone through and how much more you have overcome. It leaves you with traces of sadness, even, it can become permanent, but not to the point of letting go. Lately, I hear you screaming, you seem desperate after so long, until you implore to find a way out, you may scratch the huge and thick walls that I built especially for you. I want you to know that I hear you, that I understand you, that I accept you and that I know that you are another piece of my puzzle, located in the basement, along with others you may know.

I hope that one day, old friend, you will reconcile with yourself and we can tell us stories again.


Publicado en Reflexiones

Palabras sin Nombre:

No te gusta la gente, tienes que reconocerlo. No sabes hablar con ellos. No sabes qué decir o que se supone que queda bien, así que, te quedas en silencio. A veces, te resbalas y dices lo que no debes, te arrepientes y vuelves a actuar como si no pasara nada, lo reprimes y te dejas llevar, le quitas importancia y deseas que un día más trascurra sin incidentes. No puedes hablarlo, no puedes decirlo. Estás loca. Claro, esa sería la palabra clave. Y ya te miran bastante raro. No es conveniente poner nombres, etiquetar las relaciones, las palabras.

No te gusta salir mucho. No encajas. No te sientes parte de algo y puede que nunca lo hagas, está más que aceptado porque no ha empezado hoy, ya lleva tiempo. Notas la distancia, el vacío entre nosotros, somos extraños que pretendemos ser otros. Debes ponerte una máscara en cada situación. Tus amigas dicen serlo pero no te han llamado desde hace semanas, tú tampoco a ellas. Suelen decir que eres una pasota y una dejada, que no te las mereces, pero son ellas las que no te merecen a ti, ya demasiado haces. Solo las aguantas, las escuchas porque tienes que hacerlo. Les das cualquier respuesta estándar que se te ocurre y cierras el trato de una amistad rota. Otra más.

El último tío con el que saliste era un idiota. Con el que sales ahora, bueno, sabes que no tiene nada especial pero te acuestas con él por obligación, no es más que otra persona programada para tener una vida normal y corriente, casándose, teniendo hijos e imaginándose un mundo mágico que no existe. Tú sabes la verdad y no es para nada mágica. No te identificas con nada de eso y tienes pánico de que llegue «la conversación», o más bien un múltiplo de ellas. Primero, viene la pregunta de si sois pareja, luego viene la siguiente de si algún día te gustaría casarte, puede que un poco más cerca, empiece a plantearte el vivir juntos y, lo más seguro es que te pregunte si quieres tener hijos. En tu cabeza, lo niegas todo, no quieres nada de eso, ya bastantes problemas tienes. Él insiste una y otra vez, necesita convencerte, necesita que quieras lo mismo que él quiere para seguir dependiendo de ti, para seguir juntos y darle lo que más desea. Le dejas, esa es tu única salida. La salida en cada una de las relaciones que empiezan a nombrarse por sí mismas, es aburrido.

Te gustan las películas, adoras el cine y te apetece ir. ¿Vas sola? Quizá sea la mejor idea, dado que tu supuesto y etiquetado «novio» ya no existe. Disfrutas la película y decides acercarte a un bar a tomar algo para refrescarte un poco. Y, por supuesto, se acerca el baboso. «Oh dios, no», piensas víctima del pánico. Tratas de levantarte pero ya te ha cazado con una de las historias que la mayoría de tíos inventan para mostrarte lo buenos y cariñosos que son, lo geniales que son en la cama y lo bien que te van a cuidar, cuando sabes que solo quiere un revolcón. Típico y aburrido. Te levantas, dejando la copa tras de ti y al tipo con la palabra en la boca. Ni siquiera puedes ir a un bar sin tener que hablar con alguien.

Llegas a casa, tu espacio seguro. El único lugar donde puedes ser tú misma, donde puedes respirar y evadirte del exterior. Te pones el pijama y enciendes la tele, el silencio te invade y notas una sensación de tranquilidad indescriptible. Hasta que se interrumpe porque tienes a tu madre al teléfono, llevaba días sin llamar. Necesita que la acompañes a comprarse ropa para el siguiente evento familiar, ese que solo de recordar te da ganas de vomitar, irá demasiada gente, gente que odias. Tratas de sonreír y ser amable, seguro que es lo que ella quiere oír, lo agradecerá aunque tengas unas ganas locas de desaparecer. Seguramente, tengas que soportar a la idiota de su amiga, la gritona, la que parece que vaya a reventarte los tímpanos. También quiere comprarte un vestido, estás soltera y deberías encontrar a tu media naranja en ese evento tan espléndido, van a ir jóvenes muy acaudalados. Tan rápido como puedes, cuelgas. Gilipolleces.

Odias los vestidos. Los has odiado siempre pero ella no lo sabe, es mejor así. Te da lo mismo la ropa, te pones cualquier cosa que ves en el armario pero, cuando sales debes parecer otra persona, utilizas cualquier disfraz pero, para ver a mamá seguramente, el rojo oscuro sea el más potente, puede que denote poder y no fracaso, alegría y no pesadez, viveza y no agotamiento. Es curioso lo lento que pasa el tiempo cuando haces algo que te importa menos que un bicho en la carretera. Solo tienes ganas de llegar a casa y echarte, olvidar que el mundo existe. Pero, no le pongas nombre, no lo digas en voz alta, pensarán que eres una antisocial de primera clase y no queremos eso, ¿verdad? Queremos que piensen que somos santas. No te gusta ningún vestido pero eliges el morado, justo el que había señalado tu madre, cuánto más le guste a ella menos se quejará, ¿no? Y más rápido os iréis de ese antro.

Te pide ir a la cafetería de enfrente, necesita un café y una tarta. Pensabas que estaba a dieta, al menos, eso es lo que dijo pero sabes que las personas suelen mentir más que hablar. Bueno, eso tú también lo haces, pero nadie puede juzgarte, ¿no? Tratas de mirar la hora sin que ella lo note, tienes ganas de salir de allí, notas que tu corazón se acelera y tu respiración se entrecorta, no soportas oírla hablar así de sus amigas, te da la sensación de que se ha convertido en una persona horrible, ni siquiera es como la recuerdas cuando eras pequeña. Sigues asintiendo mientras le das sorbos a tu té, repites algunas de sus palabras para que note que estás de su parte pero sin animar demasiado la conversación, no quieres quedarte diez horas más. Te terminas el té y tu madre el café, pero ha pasado más de una hora y no parece que quiera levantar el culo de la silla. Está claro, debes hacerlo. Finges que te llaman del trabajo, te excusas con ella y te vas. Inteligente plan, nunca falla.

En casa de nuevo, pero esta vez, no cometes el mismo error. Desconectas todos los aparatos electrónicos y te echas en el sofá. Por fin has vuelto a respirar bien. Poco a poco, vas cerrando los ojos y empiezas a soñar en un mundo que no tiene nada que ver con este, uno en el que te gustaría estar, uno que solo tú has creado.


Words Without a Name:

You don’t like people, you have to acknowledge it. You don’t know how to talk to them. You don’t know what to say or what’s supposed to look good, so you’re silent. Sometimes, you slip and say what you shouldn’t, you regret it and you act again as if nothing happens, you repress it and let yourself go, you downplay it and you wish that one more day would pass without an incident. You can’t talk about it, you can’t say it. You are crazy. Sure, that would be the key word. And they already look at you quite weird. It is not convenient to put names, label relationships, words.

You don’t like to go out much. You don’t fit in. You do not feel part of something and you may never do it, you accepted it because it has not started today, it has been a long time. You notice the distance, the emptiness between us, we are strangers pretending to be others. You must put on a mask in every situation. Your friends say they are good but they haven’t called you for weeks, neither have you. They usually say that you don’t care much about nothing, that you do not deserve them, but they are the ones who do not deserve you, you already do too much for them. You just put up with them, you listen to them because you have to. You give them any standard answer you can think of and close the deal of a broken friendship. Another one.

The last guy you dated was an idiot. The one you date now, well, you know he has nothing special but you sleep with him out of obligation, he is just another person programmed to have an ordinary life, getting married, having children and imagining a magical world that does not exist. You know the truth and it is not at all magical. You don’t identify with any of that and you’re panicked that «the conversation» is coming, or rather a multiple of them. First, comes the question of whether you are a couple, then comes the next one of whether one day you would like to get married, maybe a little closer, start considering living together and, most likely, ask you if you want to have children. In your head, you deny everything, you don’t want any of that, you already have enough problems. He insists again and again, he needs to convince you, he needs you to want the same thing he wants to continue depending on you, to stay together and give him what he wants the most. You leave him, that’s your only way out. The way out in each of the relationships that begin to name themselves, it’s boring.

You like movies, you love movies and you feel like going. Are you going alone? Maybe it’s the best idea, given that your supposed, labeled «boyfriend» no longer exists. You enjoy the movie and decide to go to a bar to have a drink to refresh yourself a little. And, of course, the slug is approaching. «Oh god, no,» you think panicking. You try to get up but he has already hunted you down with one of the stories that most guys invent to show you how good and affectionate they are, how great they are in bed and how well they are going to take care of you, when you know he just wants to sleep with you. Typical and boring. You get up, leaving the cup behind you and the guy with the word in his mouth. You can’t even go to a bar without having to talk to someone.

You get home, your safe space. The only place where you can be yourself, where you can breathe and escape from the outside. You put on your pajamas and turn on the TV, the silence invades you and you notice an indescribable sense of peace. Until it is interrupted because you have your mother on the phone, she didn’t call you since a few days ago. She needs you to accompany her to buy clothes for the next family event, the one that just remembering it makes you want to vomit, too many people will go, people you hate. You try to smile and be kind, surely it is what she wants to hear, she will appreciate it even if you have a crazy desire to disappear. Surely, you have to endure the idiot of her friend, the screamer, the one who seems to burst your eardrums. She also wants to buy you a dress, you are single and you should find your better half at that splendid event, very wealthy young people are going to go. As fast as you can, you hang up. That’s bullshit.

You hate dresses. You’ve always hated them but she doesn’t know, it’s better that way. You don’t care about the clothes, you wear anything you see in the closet but, when you go out you must look like someone else, you use any costume but, to see mom surely, dark red is the most powerful, it may denote power and not failure, joy and not heaviness, liveliness and not exhaustion. It’s funny how slow time goes by when you do something you care less about than a bug on the road. You just want to get home and kick yourself out, forget that the world exists. But, don’t name it, don’t say it out loud, they’ll think you’re a first-class antisocial and we don’t want that, right? We want them to think we are saints. You don’t like any dress but you choose the purple one, just the one your mother had pointed out, the more she likes it the less she will complain, right? And faster you will leave that den.

She asks you to go to the cafeteria which is near, she needs a coffee and a cake. You thought she was on a diet, at least, that’s what she said but you know that people tend to lie more than talk. Well, you do that too, but no one can judge you, right? You try to look at the time without her noticing, you feel like getting out of there, you notice that your heart is racing and your breathing is short, you can’t stand hearing her talk like that about her friends, it gives you the feeling that she has become a horrible person, it’s not even how you remember her when you were little. You keep nodding as you sip your tea, repeat some of her words so that she notices that you are on her side but without animating the conversation too much, you do not want to stay ten more hours. You finish the tea and your mother the coffee, but it’s been more than an hour and she doesn’t seem to want to lift her ass out of the chair. It’s clear, you must do it. You pretend to be called from work, you excuse yourself with her and you leave. Smart plan, never fails.

At home again, but this time, you don’t make the same mistake. You disconnect all the electronics and lie on the sofa. You’re finally breathing well again. Slowly, you close your eyes and begin to dream in a world that has nothing to do with the real one, the one in which you would like to be, one that only you have created.


Publicado en Reflexiones

Despedida:

Desapareció y no pudiste despedirte. Es un pequeño pensamiento que fluctúa en tu interior, una pequeña llama que, a veces, se enciende, que te hace recordar ese momento, aunque no estás muy cómoda admitiéndolo, ¿verdad? Lo sé, es complicado. Y no hablarías de ello ni aunque te obligara, así que, voy a hablar yo. Sé lo que sientes, lo proyectas cada vez que tu voz empieza a vibrar, cuando te tiembla, cuando piensas en qué decir y cuando dices algo que no deberías. Está contigo cada minuto de cada día. Te arrepientes de no haber dicho lo que debiste decir antes, no dijiste lo que sentías, como hacías siempre, un mal hábito que no has podido erradicar.

Te acuerdas de cada detalle de su semblante, de su cuerpo esbelto y sus ojos castaños, su sonrisa y su tez pálida, le ves cada vez que despiertas y cada vez que te acuestas. Aparece en cada uno de tus sueños. Empiezan y terminan de maneras diferentes pero la parte donde compartes lo que sientes por fin, eso no cambia. Te sentiste cobarde, pero no lo fuiste, cualquiera hubiera podido haberse echado atrás. Pero tú no, te rompió todos los esquemas, un sentimiento como ese te dejó helada y nadie te había hecho remover tanto por dentro. Intentaste combatirlo, durante mucho tiempo, incluso te echaste novio para olvidarlo pero nada sirvió. Te volviste dura. Miraste hacia delante sin dudarlo, aceptaste que no siempre se puede conseguir lo que uno quiere.

Y es cierto. Pero tú sacrificaste demasiado, ¿no? Las cosas podrían haber sido diferentes, podrías haber estado con otra persona que te hubiera apetecido más estar pero no podías. Sentías que no ibas a pertenecer, que no encajarías, que sería otra persona que te apartaría de su vida y que te dejaría echa polvo, tendrías que reconstruirte y no habría nadie que te quitara ese dolor. Y el no haberlo soportado lo hace todo más difícil, ¿verdad? Una experiencia sin vivir, una experiencia querida y desquitada de la línea del tiempo, sin explicaciones, pasando sin más. No tienes ni idea de cómo habría sido pero te lo preguntas día sí y día también.

A veces, es curiosidad. Otras veces, es anhelo. Muchas otras, solo un recuerdo vivo que, por alguna razón, ha permanecido. Hay puertas que no logran cerrarse del todo, hay lugares en tu mente que tienen un sitio donde deben estar, y ese sitio está en un rincón, si me esfuerzo puedo verlo. Has llegado a hacerlo tan invisible para no tener que verlo, para no estar cerca de él y saber cómo evitarlo cada vez que analizas un pensamiento cualquiera. Esperas que no huya, esperas que se quede en ese mismo lugar todo el tiempo que haga falta, que no proteste o grite, que no demande un final feliz porque sabes que no puedes dárselo porque ya no está aquí, ya no es tu presente. Se acabó, hace mucho tiempo.

Viajas en el tiempo buscando respuestas, avergonzándote de tus actos, queriendo cambiar acontecimientos y teniendo que olvidar más de una frase. Necesitando volver la vista al frente y centrarte en lo que haces para no volver a verle, para no estar cerca, para no volver a abrir esa puerta. Respiras hondo y se va, tal y como se fue, tal y como muchos se fueron, sin mirar atrás, sin hacer preguntas o dar explicaciones, sin hacerte sentir importante, sin encontrar una conexión común. Encajar hubiese cambiado el curso de los acontecimientos, estás segura, pero también de que no hay nada que puedas cambiar ya.

Hay despedidas que no vienen con una nota, una carta o un adiós, simplemente, son unas palabras pronunciadas en soledad. A veces, desaparecen sin más. A veces, pasan página antes de que tú lo hagas. Te olvidan. Aunque les hayas hecho bien, aunque hayas sido amable, aunque hayas sido generosa y compasiva, eso no es algo crucial y no pasa nada. No hace falta. Mientras estemos bien, sobrarán las despedidas.


Goodbye

He disappeared and you couldn’t say goodbye. It’s a little thought that fluctuates inside you, a little flame that sometimes lights up, that makes you remember that moment, even though you’re not very comfortable admitting it, right? I know, it’s complicated. And you wouldn’t talk about it even if I force you to do so. Therefore, I’m going to talk about it. I know what you feel, you project it every time your voice starts to vibrate, when it shakes in your throat, when you think about what to say and when you say something you shouldn’t. He is with you every minute of every day. You regret not having said what you should have said before, you did not say what you felt, as you always did, a bad habit that you have not been able to eradicate.

You remember every detail of his countenance, his slender body and brown eyes, his smile and pale complexion, you see him every time you wake up and every time you go to bed. It appears in each of your dreams. They start and end in different ways but the part where you share what you feel finally, that doesn’t change. You felt cowardly, but you weren’t, everyone could have backed down. But you didn’t, it broke all your schemes, a feeling like that left you frozen and no one had made you stir so much inside. You tried to fight it, for a long time, you even started a fast relationship to forget everything but nothing helped. You became tough. You looked forward without hesitation, you accepted that you can’t always get what you want.

And it’s true. But you sacrificed too much, didn’t you? Things could have been different, you could have been with someone else who you would have wanted to be but you couldn’t. You felt that you were not going to belong, that you would not fit in, that it would be another person who would take you away from his life and leave you dusty, you would have to rebuild yourself and there would be no one to take away that pain. And not having endured it makes everything more difficult, right? An experience without living, an experience you wanted so desperately and detached from the timeline, without explanations, passing without a second to think. You have no idea what it would have been like but you wonder about it day in and day out.

Sometimes, it’s curiosity. Other times, it’s longing. Many others, just a living memory that, for some reason, has remained. There are doors that cannot close completely, there are places in your mind that some things are put where they should be, and that place is in a corner, if I try I can see it. You made it so invisible that you don’t have to see it, so you don’t have to be close to it and know how to avoid it every time you analyze any thought. You hope that he does not flee, you hope that he stays in that same place as long as it takes, that he does not protest or shout, that he does not demand a happy ending because you know that you can not give it to him because he is no longer here, he is no longer your present. It’s over, a long time ago.

You travel back in time looking for answers, being ashamed of your actions, wanting to change events and having to forget more than one sentence. Needing to look back to the front and focus on what you do so as not to see him again, not to be around, not to open that door again. You take a deep breath and he goes far away, just as he left, just as many others left, without looking back, without asking questions or giving explanations, without making you feel important, without finding a common connection. Fitting in would have changed the course of events, you are sure, but also that there is nothing you can change anymore.

There are farewells that do not come with a note, a letter or a goodbye, simply, they are words spoken in solitude. Sometimes, they just disappear. Sometimes, they turn the page before you do. They forget you. Even if you have done them good, even if you have been kind, even if you have been generous and compassionate, that is not something crucial and nothing happens. No need. As long as we are well, there’s no expectation of a new goodbyes.


Publicado en Reflexiones

Oculta:

Le ves desde donde estás, apoyada y escondida tras una pared. Él no puede verte. Te duelen los ojos, el cuerpo, estás exhausta. Quieres escapar pero no sabes cómo. Te refugias en ese pequeño cuarto que hay al final del pasillo que no sabe que existe, que ni siquiera se ha dado cuenta de que hay una puerta disimulada por la que puedes entrar y salir a placer para estar lejos de él.

Está tirado en el sofá con una cerveza en la mano, con los pies encima de la mesita de café, viendo el fútbol. Tu cuerpo tiembla todavía, mientras tratas de recordar qué podría haberte atraído de él cuando le conociste. Quizá fue su sonrisa, todavía la recuerdas como si fuera ayer, su olor lo sientes dentro de tu nariz y sus labios tocar los tuyos como dulce terciopelo. El vello de los brazos se te eriza cada vez que piensas en ello, solo fuiste una simple elección de última hora, un objeto al que iba a utilizar para sus intereses, no eres más que una nueva muñeca y ni siquiera sabías cuántas más habría en el exterior.

Ya no recuerdas cómo es sentir el sol sobre tu rostro, ni el sentir de la brisa al acariciar tu cara, ni siquiera recuerdas el sabor del café recién hecho, ya no tienes acceso a nada de eso. Has dejado de dormir, por miedo a que aparezca, por miedo a que encuentre tu escondite, por miedo a saber qué harías si volviera a besarte. Te escondes cuando vuelve la vista hacia ti, respiras hondo sabiendo que es arriesgado no quedarte en tu sitio. Te llama por tu nombre y apareces, con las manos en tu espalda y con una sonrisa queda. Él te mira de arriba a abajo con cara de asco, te manda a limpiar los dormitorios como si fueses una criada, luego te dice que le hagas la comida y le limpies la ropa, tú asientes como buena esclava.

Te acercas a la cocina y ves nuevamente esa oportunidad afilada y plateada con un mango de color negro, te tienta, quizá es la tercera vez que ha cruzado tu mente esta semana. No quieres volverte loca y hacer algo de lo que puedas arrepentirte luego pero, dejas de pensar y tu cuerpo empieza a actuar por inercia, ni siquiera te sigue, solo actúa. El cuchillo ahora está en tus manos y el silencio se apodera de ti, el partido de fútbol que dan en la televisión solo es un ruido lejano que ya no importa, esto anhela tu presencia, este momento necesita de ti, de que hagas lo que debes hacer para ser libre. Te das la vuelta y te acercas al sofá poco a poco, sin hacer ruido. El muy idiota sigue sin darse cuenta.

Solo estás a unos pasos y tus manos empiezan a temblar sin control, pero logras posicionarte justo detrás del sofá, viendo su nuca desnuda. Calculas un poco la fuerza que necesitarías y te decides, mientras él se sigue riendo por una jugada estúpida de su equipo favorito. Notas cómo la hoja afilada corta la carne de su cuello, ves que sus ojos se abren de par en par, que la sangre no deja de emanar de la herida mientras te quedas de piedra preguntándote cómo has sido capaz de hacer algo así. Ni siquiera se ha dado la vuelta. Ni siquiera ha tenido tiempo de hablar.

Su risa ya no la oyes. Sus gritos han desaparecido. Y el silencio ha vuelto, aunque su olor sigue impregnando la estancia. Una sonrisa se muestra en tu rostro, mientras te miras en el espejo del salón. Ya no te reconoces.


Hidden:

You see him from where you are, leaning and hidden behind a wall. He can’t see you. Your eyes hurt, your body hurts, you’re exhausted. You want to escape but you don’t know how. You take refuge in that small room at the end of the corridor that he does not know that it exists, that he has not even realized that there is a hidden door through which you can enter and exit at will to be away from him.

He’s lying on the couch with a beer in his hand, his feet on top of the coffee table, watching football. Your body still trembles, as you try to remember what might have attracted you to him when you met him. Maybe it was his smile, you still remember it as if it were yesterday, his smell you feel inside your nose and his lips touch yours like sweet velvet. The hair on your arms bristles every time you think about it, you were just a simple last-minute choice, an object that he was going to use for his interests, you are nothing more than a new doll and you didn’t even know how many more there would be on the outside.

You no longer remember what it’s like to feel the sun on your face, or the feeling of the breeze as it strokes your face, you don’t even remember the taste of freshly brewed coffee, you no longer have access to any of that. You’ve stopped sleeping, for fear that he will appear, for fear that he will find your hiding place, for fear of knowing what you would do if he kissed you again. You hide when he turn his eyes to you, take a deep breath knowing that it is risky not to stay in your place. He calls you by name and you appear, with your hands on your back and with a smile you remain. He looks at you from top to bottom with a disgusted face, sends you to clean the bedrooms as if you were a maid, then tells you to make his food and clean his clothes, you nod like a good slave.

You approach the kitchen and see again that sharp, silvery opportunity with a black handle, it tempts you, maybe it’s the third time it’s crossed your mind this week. You don’t want to go crazy and do something you might regret later but you stop thinking and your body starts acting by inertia, it doesn’t even follow you, it just acts. The knife is now in your hands and silence takes over you, the football match they give on TV is only a distant noise that no longer matters, this longs for your presence, this moment needs you, that you do what you must do to be free. You turn around and approach the sofa slowly, without making any noise. The very idiot still doesn’t realize of it.

You are only a few steps away and your hands begin to shake uncontrollably, but you manage to position yourself just behind the sofa, seeing his bare neck. You calculate a little the strength you would need and make up your mind, while he keeps laughing at a stupid play by his favorite team. You notice how the sharp blade cuts the flesh from his neck, you see that his eyes open wide, that the blood does not stop emanating from the wound while you stand in stone wondering how you have been able to do something like this. He hasn’t even turned around. He hasn’t even had time to speak.

You don’t hear his laughter anymore. Their screams have disappeared. And the silence has returned, although his smell continues to permeate the room. A smile showed on your face, as you looked at yourself in the mirror of the living room. You don’t recognize yourself anymore.


Publicado en Reflexiones

La Biblioteca:

Estás en mi cabeza y no puedes salir, permaneces encadenado, destinado a perecer. No es que me guste verte a diario pero, así son las cosas, ¿verdad? Te empeñaste en ser parte de un capítulo, en resistirte a mis anhelos de soledad, no quisiste volver a dirigirme la palabra, pero sí quisiste hurgar en mi memoria y en mis heridas, como si estuvieras en tu casa, paseándote en cada estantería de libros, impregnada con ese aroma a viejo en la parte de atrás y un poco más a nuevo en la parte delantera. ¿A qué esperas? Coge el libro que quieras. No te equivoques, no me gusta que hurguen en mi cabeza, solo que cualquier intruso se pueda dar cuenta de la equivocación y el riesgo que corre al hacerlo. Ni qué decir que es peligroso.

¿Sabes? No solo viven libros ahí dentro, también historias, experiencias, creencias creadas por mi infancia, una personalidad latente que cohabita con mi carácter y ambos hacen un mix extraño, mezclado con un temperamento un tanto irritable y una lengua larga que no calla cuando algo no le parece bien. También están mis heridas, guardadas en secreto para que nadie pueda llegar a ellas, se comportan como si tuvieran que alimentarse de aquellos que irrumpen sin permiso, yo de ti tendría cuidado. Los libros muerden si no utilizas la palabra correcta para dirigirte a ellos, si fuera tú, me alejaría, sobre todo los más viejos, están cansados de soportar tanto polvo sobre sus lomos.

No te equivoques, me das bastante igual, ni siquiera me preocupa que decidas quedarte en medio de «La Biblioteca» sin moverte, pronto la verás en movimiento y desearás no haber entrado nunca. Un grito no me vale, una amenaza de venganza próxima no me impresiona, las súplicas han dejado de sorprenderme y el perdón ha dejado de tener un sentido, las palabras no sirven para nada sin hechos. Me verás a menudo, estaré presente en cada segundo, sabré dónde estás y te prohibiré la entrada en lo privado, en lo que cierro la entrada incluso a mí misma para no volver a pensar en ello o imaginar que algo así es posible.

Quizá te encuentres como en casa. Por supuesto, es un sitio que no conoces porque después de tanto tiempo estando juntos tú no has sabido nada de esto y yo he tendido a ser demasiado confiada y compasiva como para creer que lo que teníamos era algo más que físico, una comprensión que superaba en empatía a las demás parejas con las que estuvimos. Aquí quizá encuentres información útil que no supiste preguntar, a la que no pusiste atención y no necesitaste cambiar para saber que no ibas a hacer nada al respecto. Reconocerás esos momentos, sabrás que la tristeza cotidiana que me provocaba verte estaba ahí, bien presente, haciéndome sentir inútil por no creerme lo suficientemente buena para ti, lo suficientemente interesante o extrovertida, atractiva o complaciente, creo que hasta lo fui demasiado.

Puede que nunca lo llegues a entender, ni siquiera leyendo todos los libros que forman «La Biblioteca», puede que ni te importe de lo que te estoy hablando y solo quieras encontrar una salida. Te adelanto que no la hay, me aseguré de ello hace mucho tiempo, no quise tener que ver cómo mis libros desaparecían por grietas abiertas que ya no era capaz de contemplar, dejándome vacía. Son y siempre serán filas de libros interminables, historias infinitas, listas de lecturas que empecé hace mucho, fragmentos de memorias que siempre guardaré en esa zona de mi memoria y momentos que no podría sustituir por otros porque ya pasaron y están escritos.

Deberías saberlo, solo eres una mancha. Quizá te deje unos días más merodear por mi cabeza pero pronto, muy pronto, alguien te pisoteará como una hormiga o te disparará en la frente, puede que te saque a patadas o que el techo se te venga encima, quién sabe. No eres particularmente listo, mucho menos, intuitivo. Puede que ahora mismo me esté acercando y sigas sin poder verme. Quizá corras sin parar, gritando, insultándome, quizá no aguantes la presión de ser perseguido. He pensado en cazarte con sigilo, como un ninja a punto de coger a su objetivo y cortarle el cuello a la mínima oportunidad. Dime, ¿te gustaría? Porque no estoy muy lejos. Veo cómo te giras un par de veces mientras sonrío, no tienes ni idea de qué estoy a punto de hacer, ¿verdad? Quizá es porque aquí, estás bajo mi mando, ahora soy yo quién controla la situación, no tú. Estoy a unos centímetros de ti pero sigues sin verme. Es una pena porque en cuanto te gires nuevamente vas a sorprenderte mucho.

Puedo ver tus ojos dirigirse a mí, pero tú no ves los míos. Sé que es mi oportunidad, sé que es el momento de hacer lo que siempre había deseado. La espada de plata que tengo en la mano, atraviesa tu pecho, con suavidad, mientras tus ojos siguen moviéndose nerviosos tratando de comprender qué está pasando. ¿Lo has comprendido? Caes al suelo y un último suspiro sale de tu boca, mientras aparezco frente a ti y dejo que mi cuerpo descanse. Desapareces por fin, ya no queda ningún rastro tuyo, no hay malas hierbas, he dejado de seguirte entre mi memoria rezando por encontrarte otra vez, ahora puedo desconectar sin tener miedo de que estés ahí, de que veas lo que hago, ya no debo avergonzarme más, tampoco trazar un plan para sacarte vivo de ahí porque ya has muerto y yo soy quién te ha matado, no puedo ser más feliz con ello. Espero que te pudras en algún sitio, bien lejos de mí. Buena suerte en el infierno, amigo.


The Library:

You are in my head and you cannot go out, you remain chained, destined to perish. Not that I like to see you on a daily basis, but that’s the way things are, right? You insisted on being part of a chapter, on resisting my longings for solitude, you did not want to speak to me again, but you did want to dig into my memory and my wounds, as if you were at home, strolling around on each bookshelf, imbued with that scent of old on the back and a little more new on the front. What are you waiting for? Take the book you want. Make no mistake, I don’t like to be rummaged through my head, only that any intruder can realize the mistake and the risk he runs in doing so. Needless to say, it’s dangerous.

You know? Not only do books live in there, but also stories, experiences, beliefs created by my childhood, a latent personality that coexists with my character and both make a strange mix, mixed with a somewhat irritable temperament and a long tongue that does not silence when something does not seem right. There are also my wounds, kept secret so that no one can reach them, they behave as if they have to feed on those who break in without permission, I would be careful. Books bite if you don’t use the right word to address them, if it were you, I would walk away, especially from the older ones, they are tired of enduring so much dust on their backs.

Don’t get me wrong, I don’t care about you, I’m not even worried that you decide to stay in the middle of «The Library» without moving, soon you will see it in motion and wish you had never entered. A cry is not worthy to me any more, a threat of revenge soon does not impress me, the please have ceased to surprise me and forgiveness has ceased to have a meaning, words are useless without facts. You will see me often, I will be present every second, I will know where you are and I will forbid you to enter the private, in which I close the entrance even to myself so as not to think about it again or imagine that something like this is possible.

Maybe you’ll find yourself at home. Of course, it’s a place you don’t know because after so long being together you haven’t heard from it and I’ve tended to be too trusting and compassionate to believe that what we had was more than physical, an understanding that surpassed in empathy the other couples we were with. Here you may find useful information that you did not know how to ask, that you did not pay attention to and did not need to change to know that you were not going to do anything about it. You will recognize those moments, you will know that the daily sadness that caused me to see you was there, well present, making me feel useless for not believing that I was good enough for you, interesting or outgoing enough, attractive or pleasant, I think I was even too much.

You may never understand it, not even reading all the books that make up «The Library», you may not even care what I am talking about and just want to find a way out. I anticipate that there is not, I made sure of it a long time ago, I did not want to have to see how my books disappeared through open cracks that I was no longer able to contemplate, leaving me empty. They are and always will be rows of endless books, endless stories, reading lists that I started a long time ago, fragments of memories that I will always keep in that area of my memory and moments that I could not replace with others because they have already passed and are well written.

You should know, you are just a blemish. Maybe I’ll let you a few more days loiter around my head but soon, very soon, someone will trample you like an ant or shoot you in the forehead, it may kick you out or the ceiling will come at you, who knows. You’re not particularly smart, much less intuitive. Maybe right now I’m getting closer and you still can’t see me. Maybe you run non-stop, screaming, insulting me, maybe you can’t stand the pressure of being persued. I’ve thought about hunting you stealthily, like a ninja about to grab his target and cut his neck at the slightest opportunity. Tell me, would you like to? Because I’m not far away. I see how you spin a couple of times while smiling, you have no idea what I’m about to do, right? Maybe it’s because here, you’re under my command, now it’s me who controls the situation, not you. I’m a few inches away from you but you still don’t see me. It’s a shame because as soon as you turn around again you’re going to be very surprised.

I can see your eyes turning to me, but you don’t see mine. I know it’s my chance, I know it’s time to do what I’ve always wanted. The silver sword in my hand pierces your chest, gently, as your eyes keep moving nervously trying to understand what’s going on. Have you understood? You fall to the ground and a last breath comes out of your mouth, as I appear in front of you and let my body rest. You disappear at last, there is no trace of you left, there are no bad vibes left, I have stopped following you among my memory praying to find you again, now I can disconnect without being afraid that you are there, that you see what I do, I should not be ashamed anymore, nor draw up a plan to get you out of there alive because you have already died and I am the one who has killed you, I can not be happier with it. I hope you rot somewhere, far away from me. Good luck in hell, buddy.


Publicado en Relatos

En Silencio:

Lo que piensas no lo dejas salir, lo reprimes, lo silencias, prohíbes a tus palabras mostrarse como realmente son, te adaptas y sigues caminando para que nadie se dé cuenta aunque estés tan incómoda que no puedas permanecer quieta en tu silla, mientras miras a tu familia montar el árbol de Navidad, mientras esperáis la cena. No querías ir. No porque no quieras verlos o no les quieras, simplemente, no querías ir, no había otra razón, pero no lo dijiste cuando tu madre llamó, seguro que te hubiera hecho mil preguntas y tú odias las preguntas.

Al llegar a casa de tus padres con el coche, suspiraste. Te traía muchos recuerdos, algunos de los que no te ha gustado ni pensar normalmente, aunque a veces, aparezcan cuando menos te lo esperas. Necesitaste de un par de minutos para salir del coche, asearte un poco el vestido y recomponerte, te abrumaba estar allí, sabías que tus hermanos estaban allí porque sus coches estaban junto al tuyo. Notabas tu respiración más entrecortada pero sabías que eran los nervios, alargaste el brazo y llamaste al timbre. Abrió tu madre, como siempre, sabías que tu padre estaba muy ocupado mirando el partido y tomándose unas cervezas antes de poner el árbol y cenar, pero trataste de que no se notara tu fastidio, saludándola con un abrazo, aunque nunca te había hecho mucha gracia ese contacto. Al «cómo estás» educado, le siguió un «estás guapísima, aunque el vestido es un poco corto, ¿no?», como era de esperar, pero seguiste adelante hacia el salón donde estaban todos.

Greg, Eddie, Martha y Greta, reían sobre una tontería que suponías que Greg había dicho, el hermano mayor de todos. Se giraron hacia ti y se te quedaron mirando, mientras sonreías como una idiota, se te daba bien fingir las sonrisas pero eso no significaba que lo disfrutaras. Te sentaste en el sofá, mientras tu madre iba a comprobar cómo seguía la cena y ahí seguías, ¿verdad? Observándoles. Nunca entendiste su relación. Siempre estaban unidos pero, de algún modo, algo se rompió entre tú y ellos, algo no encajaba y te fuiste antes que ellos, tuviste un ritmo de vida precipitado, definitivo, algo que ellos no entendieron. Eres la oveja negra y siempre te has sentido así. Tu padre mira la televisión, empanado, ni siquiera se ha girado a mirarte, no es que le importes mucho, ¿no? El alcohol siempre fue su máximo aliado, no supo cómo tratar a tu madre y tampoco a ti. El recuerdo te hace tragar saliva y mirar al frente, fingiendo sonreír a tus hermanos y tratando de no aguar la fiesta.

Tu madre aparece, por fin. Os sentáis todos a cenar y los villancicos suenan en un pequeño tocadiscos. Tu madre y ese cacharro siempre han sido inseparables pero a ti nunca te ha gustado, aunque sale de tu boca la frase «pues a mí me encanta», refiriéndote a él, haciendo feliz a tu madre y recibiendo la mirada inquisitiva de tus hermanos, los cuales, empiezan a preguntar qué es de tu vida. Surfeas entre el «no hay nada importante que contar» y el «todo está igual que siempre» mientras recuerdas la tercera cita con Eric, un chico apuesto, caballeroso y que te llevó a casa con un Rolls Royce increíblemente elegante y cómodo, el beso en la puerta de tu casa y cerrándola tras de ti decidiendo que no volverías a verle, no estabas preparada y quizá estabas mejor sola, te encantaba tener tu espacio. ¿Qué le dijiste a tus padres? Que preferías no desvelar demasiado, que tu chico era muy tímido y que esperabas prometerte muy pronto, era horrible no poder contar nada, ¿verdad? No lo entenderían.

Eddie empieza a hablar de la nueva casa que se ha comprado, de sus nuevos proyectos en su empresa, del coche que quiere comprarse y del embarazo de su mujer, ya van seis meses. Martha es una periodista a la que le reconocen muchos trabajos, cada vez le dan más responsabilidades y hace, de alguna manera, que sea la luz de los ojos de vuestros padres. Greg no dejó de hablar de su taller de coches, de las reformas que iba a hacer y de cuánto dinero había ganado en Las Vegas esta última semana. Greta, tu hermana pequeña, hablaba de lo bien que le iba en la Universidad, de las notas tan altas que estaba sacando y todas las actividades extracurriculares a las que se había apuntado, le interesaba casi todo. Les observas y, obviamente, ves que no encajas, sientes que no eres parte de nada de eso, que esa conversación es un eco ajeno, alejado de ti. No te apetece comer más, pero te lo terminas, no quieres que tu madre piense que comes menos o que no te gusta lo que ha preparado. Tus hermanos son unos glotones, ellos no hace falta que queden bien.

Os sentáis en el sofá tras la cena a charlar un rato más, mientras tú sigues en silencio, no hay mucho más que decir. Asientes con la cabeza, tratas de parecer interesada y por educación haces un par de preguntas o tres más para dar a entender que te diviertes, intentando controlar tus ganas de salir huyendo de allí, nunca fuiste feliz y te forzaron a irte. Tu padre con los problemas con la bebida, tu madre siempre estaba amargada y enfadada, Greg tuvo épocas oscuras con las drogas y no parecía él mismo, Eddie siempre hacía su vida fuera pero se metía mucho contigo, te hacía bromas pesadas y te repetía al oído que no eras su hermana, que estaba seguro de que eras adoptada, seguido de una risa estridente. Martha era la más querida, casi la preferida de todos y la que no veía el problema de tu padre como un problema, ella simplemente, pasaba de todo. Greta se escondía cada vez que oía una discusión, a veces, en el armario o debajo de la cama, emitía grititos desesperados necesitando que callaran, mientras tú te ponías música a todo volumen para no escucharles, era una casa de locos. Y todo volvió a ti en ese momento, en ese instante sentados en el sofá, como si nunca hubiera pasado.

Con una sonrisa queda, te excusas diciendo que mañana tienes que ir a la oficina a trabajar, cuando sabes que tienes el día libre en la tienda a dos manzanas del piso que tienes alquilado y en la que estás de dependienta, cuando le has dicho a tus padres que eres redactora de una revista no muy conocida pero que te pagan genial. Tu madre te acompaña hasta la puerta, te sonríe a la vez que te da unos bombones y se despide con un abrazo. Un «adiós» casi inaudible sale de tu boca, sin mayor importancia, la puerta ya se había cerrado y ella ya había vuelto con tus hermanos. Ya podías volver a la realidad, a tu realidad, a esa que no sale a la superficie, a la que te aleja de esa casa, de sus palabras y de los gritos. Te alegrabas de volver a tu hogar, aunque no tuviera agua caliente, se podía sentir el silencio y la paz.


In the Silence:

What you think you do not let it out, you repress it, you silence it, you forbid your words to show themselves as they really are, you adapt and you keep walking so that no one notices even if you are so uncomfortable that you can not remain still in your chair, while watching your family ride the Christmas tree, while you wait for dinner. You didn’t want to go. Not because you don’t want to see them or you don’t love them, you just didn’t want to go, there was no other reason, but you didn’t say it when your mother called, You’re sure she would have asked you a thousand questions and you hate questions.

When you got to your parents’ house with the car, you sighed. It brought back many memories, some of which you did not like or think normally, although sometimes, they appear when you least expect it. You needed a couple of minutes to get out of the car, wash your dress a little and recompose yourself, you were overwhelmed to be there, you knew your brothers were there because their cars were next to yours. You noticed your breathing more choppy but you knew it was the nerves, you lengthened your arm and called the bell. Your mother opened, as always, you knew that your father was very busy watching the game and having a few beers before putting the tree and having dinner, but you tried not to show your annoyance, greeting her with a hug, although you had never been very amused by that contact. The polite «how are you?» followed by a «you are beautiful, although the dress is a bit short, isn’t it?», as expected, but you kept going to the living room where everyone else was.

Greg, Eddie, Martha, and Greta were laughing at a nonsense you assumed Greg had said, everyone’s older brother. They turned to you and stared at you, while you smiled like an idiot, you were good at faking smiles but that didn’t mean you enjoyed it. You sat on the couch, while your mother went to check how dinner went and there you are now, right? Watching them. You never understood their relationship. They were always united but, somehow, something broke between you and them, something did not fit and you left before them, you had a precipitous, definitive rhythm of life, something that they did not understand. You are the black sheep and you have always felt that way. Your father watches TV, distracted, he hasn’t even turned to look at you, not that he cares much, right? Alcohol was always his greatest ally, he didn’t know how to treat your mother and neither to you. The memory makes you swallow saliva and look ahead, pretending to smile at your siblings and trying not to put the mood down.

Your mother appears, at last. You all sit down to dinner and the carols play on a small record player. Your mother and that pot have always been inseparable but you have never liked it, although the phrase «well, I love it» comes out of your mouth, referring to it, making your mother happy and receiving the inquisitive look of your brothers, who begin to ask what about your life. You surf between the «there is nothing important to tell» and the «everything is the same as always» as you remember the third date with Eric, a handsome, gentlemanly boy who took you home with an incredibly elegant and comfortable Rolls Royce, the kiss on the door of your house and closing it behind you deciding that you would not see him again, you were not prepared and maybe you were better off alone, you loved having your space. What did you say to your parents? That you preferred not to reveal too much, that your guy was very shy and that you hoped to get promised very soon, it was horrible not to be able to tell anything, right? They wouldn’t understand.

Eddie begins to talk about the new house he has bought, his new projects in his company, the car he wants to buy and his wife’s pregnancy, six months have passed. Martha is a journalist who is recognized by many jobs, each time she is given more responsibilities and makes, in some way, the light of your parents’ eyes. Greg didn’t stop talking about his car shop, the renovations he was going to do and how much money he had made in Las Vegas this past week. Greta, your little sister, talked about how well she was doing in college, the high grades she was getting and all the extracurricular activities she had signed up for, she was interested in almost everything. You observe them and, obviously, you see that you do not fit in, you feel that you are not part of any of that, that that conversation is an alien echo, away from you. You don’t feel like eating more, but you finish it, you don’t want your mother to think that you eat less or that you don’t like what she has prepared. Your brothers are gluttons, they don’t need to look good in front of them.

You sit on the sofa after dinner to chat for a while longer, while you continue in silence, there is not much more to say. You nod your head, you try to look interested and by politeness you ask a couple of questions or three more to imply that you have fun, trying to control your desire to run away from there, you were never happy and you were forced to leave. Your father with drinking problems, your mother was always bitter and angry, Greg had dark times with drugs and didn’t look like himself, Eddie always made his life out but messed with you a lot, made heavy jokes and repeated in your ear that you were not his sister, that he was sure you were adopted, followed by a raucous laugh. Martha was the most beloved, almost everyone’s favorite and the one who did not see your father’s problem as a problem, she simply didn’t care of anything. Greta hid every time she heard an argument, sometimes in the closet or under the bed, she emitted desperate screams needing them to shut up, while you played loud music so as not to listen to them, it was a crazy house. And everything came back to you in that moment, in that instant sitting on the sofa, as if it never had happened.

With a gentle smile, you excuse yourself saying that tomorrow you have to go to the office to work, when you know that you have the day off in the store two blocks from the apartment you have rented and in which you are a clerk, when you have told your parents that you are an editor of a magazine not well known but that they pay you great. Your mother accompanies you to the door, smiles at you while giving you some chocolates and says goodbye with a hug. An almost inaudible «goodbye» comes out of your mouth, without much importance, the door had already closed and she had already returned with your brothers. You could already return to reality, to your reality, to that which does not come to the surface, to the one that takes you away from that house, from its words and from the screams. You were happy to return home, even if you didn’t have hot water, you could feel the silence and peace.


Publicado en Reflexiones

Lo que No Dices:

Llegas a casa, por fin, has estado deseándolo desde que entraste en el aula a primera hora de la mañana. Sabes que no tienes buena cara, así que, practicas una sonrisa falsa para fingir que todo ha ido bien, para volver a mentir de nuevo. Y funciona. Tu madre te abraza y te acompaña a tu cuarto para ayudarte a sacar los libros y los cuadernos para que empieces a hacer tus deberes, ella es muy buena contigo, no quieres que se preocupe, por eso, cada vez que te abraza y aprieta tu costado derecho, evitas quejarte, tragas tu dolor y le sigues sonriendo, centrándote en su voz.

Te deja allí, en tu escritorio y sale de la habitación, ves cómo se aleja. Pasados unos minutos, te levantas la camiseta y ves dos moretones en el costado derecho. Recuerdas la pelea. Más bien, recuerdas la paliza. Aún puedes oír tus propios gritos a la vez que te empujaban por las escaleras y dabas tumbos hasta darte contra una pared. Sigues notando las patadas en el costado, oyes sus risas mientras siguen andando y te dejan atrás. Los temblores te fastidiaban el poder levantarte, pero hiciste un esfuerzo, dolorido, fuiste al baño para respirar un poco. Te encerraste allí hasta que sonó el timbre nuevamente y tuviste que ver a esos indeseables, mientras se reían al verte y cuchicheaban algo que no alcanzaste a oír, sus burlas eran constantes y hoy no había sido una excepción. Tocas tus moretones con los dedos, duelen, duelen mucho, pero te bajas la camiseta al oír los pasos de tu madre volviendo a tu cuarto, fingiendo que pones atención a lo que estás haciendo.

Te trae la merienda, esta vez, tostadas con cacao y unas fresas para acompañar. Te da un beso en la frente y te recuerda lo importante que eres para ella, seguido de un abrazo. Qué buena es contigo, es la mejor. Nunca lo has dicho en voz alta, solo afirmas con la cabeza y le devuelves la sonrisa, no tiene por qué saberlo, nadie tiene por qué saber lo que sientes. Tu madre vuelve a salir del cuarto cerrando la puerta tras de sí para dejarte solo con tus deberes, miras las tostadas pero no tienes hambre, no recuerdas cuándo la tuviste por última vez. Pero empiezas por las fresas, no quieres que nadie haga preguntas, sino sabes que te derrumbarás y terminarás por contarlo todo. Serías débil y prometiste cuidar de ella. Sigues comiendo, no quieres dar esas explicaciones.

Recuerdas tus viajes al baño cada mañana, antes de entrar en clase. Vomitas. Lo has estado haciendo desde hacía unas tres semanas, se te revolvían las tripas cada vez que ponías un pie en el colegio, cada vez que les veías al final del pasillo, cada vez que te sonreían a lo lejos diciéndote que iban a ir a por ti sin decirlo. Tú no te merecías esto, no te lo mereces ahora. Te escondes en cuanto tienes ocasión, mientes a los profesores con que todo está bien, te has vuelto un experto. Sientes la presión en cada examen porque tienes que hacerlo bien para seguir fingiendo que todo sigue como siempre, un bajón en las notas y todo lo que has estado escondiendo bajo la superficie saldría a la luz, dejaría de ser un secreto, dejaría de ser privado. Se saldrían con la suya, quedarían impunes y sabrían que te importa lo que te hacen.

Por la noche, bajas a cenar. Sigues sin tener hambre. Hablas y bromeas con tu madre durante todo el tiempo, sigues muy bien la corriente y ni siquiera nota nada, deberías ser actor. En casa estás a salvo, bajo el manto de su protección, mirando ese cabello dorado con suaves bucles y esos ojos verdosos, brillantes, que muestran tanta ternura cada vez que los miras. Te sumes en ellos para seguir, para recorrer todo el trayecto desde casa al colegio aún sintiendo ganas de vomitar, para entrar por la puerta y notar cómo te miran, para levantarte después de una paliza, para sentir que, al menos, hay alguien bueno esperando en casa.

Hay cosas que no dices, que crees que no debes decir y está bien. Hay cosas que se esconden dentro, sentimientos que prefieres ignorar cuando te meten la cabeza en el váter o te zarandean hasta dejarte mareado y sin fuerzas, está bien evitar la emoción en ese momento, quedarte sumergido en un recuerdo que no muchos tienen y que les gustaría tener, está bien quedarse sin energía después de un día tan agotador. Y, por descontado, está bien ser un niño que no hace falta que diga nada cuando se ve cuánto llora por dentro y cuánto desea que alguien le salve. Sí, lo sé. Hay cosas que no dices…


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What You Don’t Say:

You’ve been wishing home since you walked into the classroom first thing in the morning. You know you don’t have a good face, so you practice a fake smile to pretend that everything has gone well, to lie again. And it works. Your mother hugs you and accompanies you to your room to help you take out the books and notebooks so that you start doing your homework, she is very good to you, you do not want her to worry, so every time she hugs you and squeezes your right side, you avoid complaining, you swallow your pain and you keep smiling at her, focusing on her voice.

She leaves you there, at your desk and leaves the room, you see how she walks away. After a few minutes, you lift your shirt and see two bruises on your right side. You remember the fight. Rather, you remember the beating. You can still hear your own screams as you were pushed down the stairs and tumbled up a wall. You keep noticing the kicks in the side, you hear their laughter as they keep walking and they leave you behind. The tremors bothered you to be able to get up, but you made an effort, sore, you went to the bathroom to breathe a little. You locked yourself there until the bell rang again and you had to see those undesirables, while they laughed at the sight of you and whispered something you could not hear, their taunts were constant and today had been no exception. You touch your bruises with your fingers, they hurt, they hurt a lot, but you take your shirt down when you hear your mother’s footsteps coming back to your room, pretending to pay attention to what you’re doing.

She brings you the snack, this time, two toasts with cocoa and some strawberries to accompany it. She gives you a kiss on the forehead and reminds you how important you are to her, followed by a hug. How good she is with you, she’s the best. You’ve never said it out loud, you just affirm with your head and smile back, she doesn’t have to know, no one has to know what you feel. Your mother comes out of the room again closing the door behind her to leave you alone with your homework, you look at the toast but you are not hungry, you do not remember when you last had it. But you start with strawberries, you don’t want anyone to ask questions because you know that you will collapse and end up telling everything. You would be weak and you promised to take care of her. You keep eating, you don’t want to give those explanations.

You remember your trips to the bathroom every morning, before you enter class. You puke. You’ve been doing it for about three weeks, your guts churned every time you set your foot in school, every time you saw them at the end of the hall, every time they smiled at you in the distance telling you they were going to go after you without saying it. You didn’t deserve this, you don’t deserve it now. You hide as soon as you have the opportunity, you lie to the teachers that everything is fine, you have become an expert. You feel the pressure in every exam because you have to do it right to keep pretending that everything is going on as usual, a drop in grades and everything you’ve been hiding under the surface would come to light, it would stop being a secret, it would stop being private. They would get away with it, go unpunished, and they would know you care what they did to you.

At night, you go down to dinner. You are still not hungry. You talk and joke with your mother all the time, you go with the flow very well and she doesn’t even notice anything, you should be an actor. At home you are safe, under the mantle of her protection, looking at that golden hair with soft loops and those greenish, shiny eyes, which show so much tenderness every time you look at them. You join them to continue, to travel all the way from home to school still feeling like vomiting, to enter the door and notice how they look at you, to get up after a beating, to feel that, at least, there is someone good waiting at home.

There are things you don’t say, that you think you shouldn’t say and that’s okay. There are things that are hidden inside, feelings that you prefer to ignore when they put your head in the toilet or shake you until you are dizzy and without strength, it is okay to avoid emotion at that moment, stay immersed in a memory that not many have and that they would like to have, it’s okay to run out of energy after such a tough day. And, of course, it’s okay to be a child who doesn’t need to say anything when you see how much he cries inside and how much he wants someone to save him. Yes, I know. There are things you don’t say…


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Publicado en Reflexiones

Fiel Observadora:

Al principio son amables, atentos contigo, te ayudan en todo. Te dices: «podría empezar a confiar», pero ahí es cuando también empiezas a errar. Tras sentirte en el pedestal en el que te llevan poniendo desde que entraste en ese lugar, te sientes viva, útil, que sirves para hacer el trabajo encomendado, le echas horas, tiempo, dedicación y le restas a otras cosas importantes. Por todo lo que implica. Por ellos.

Tras hablar con él, sientes que vuelas. Te hace sentir bien porque es encantador, coincide en muchas cosas contigo, casi como si las hubiera investigado, lo cual, es raro, pero quizá seas tú una desconfiada. Las conversaciones son interesantes, llevaderas, te ves capaz de relacionarte nuevamente, sonríes, formas parte de algo por fin. Mientras oyes una risa, una pregunta con doble intención y alguien te insulta de forma indirecta. Pero prefieres mirar hacia otro lado, porque ese lugar es todo lo que tienes aquí y ahora. No hay más, y más te vale no fallar.

Sigues trabajando y escuchando, no terminas de creerte que todo vaya tan bien, que te sientas tan arropada, no puede ser que recibas todo ese amor ajeno de repente y sea tan perfecto. Algo debe de ocurrir, dentro de ti lo sabes, es ese instinto que quiere protegerte, OTRA VEZ. Notas que el ambiente no es el mismo, escuchas comentarios, a veces, te hacen el vacío. Vuelves a sentirte tú contra el mundo pero no puedes decírselo a nadie, es mejor dejarlo correr. Aquí es dónde cometes el segundo error, en aguantar. Empiezan a explotarte, siguen los insultos de forma indirecta, los comentarios lascivos, e intentan meterse contigo dándote más trabajo del que deberías o en revolver lo que ya hiciste para que lo vuelvas a hacer y hagas horas extras que no van a pagarte. Pones los ojos en blanco. Otra vez, no. Por favor, piensas. Pero sí, está ocurriendo otra vez.

Respiras hondo y tratas de ocultar tus emociones, lo que sientes al fin y al cabo, no importa. Gritas por dentro, pero nadie va a escucharte y tienes que aceptarlo. Sigues adelante. Empiezan los dolores de cabeza. Denotas que quieren echarte del grupo, quieren excluirte, no encajas y eso es lo que quieren. Han empezado una campaña de difamación contra ti que ni siquiera esperabas y te pilla con los pantalones bajados. En cuanto te das cuenta de qué pasa, te han echado, estás en el banquillo. Te sientas en las escaleras y te echas a llorar. Vaya racha. Te preguntas por qué no encajas pero la única respuesta que consigues encontrar es porque no eres como ellos. Y no debes serlo.

Empezaron las palpitaciones al llegar a casa, pensabas que se te salía el corazón del pecho. Empezaron a temblarte las manos casi cada noche. Sentías que la habitación giraba a tu alrededor y que tu tripa se revolvía. Pensabas constantemente en lo tonta que habías sido por confiar en ellos, por intentar tener relaciones normales. De una joven decente que solo buscaba un trabajo estable, te encuentras con que eres una puta que solo quieres acostarte con todos los empleados solo por hablar con ellos. Frustrante. Seguías sin comprenderlo. Y se te volvía a revolver la tripa. Cada mañana la cogías como si de un bebé en el vientre se tratara, evitando las náuseas y tratando de olvidarlo dando un paseo o haciendo ejercicio hasta reventar, pero el hecho estaba en que te sentías débil, incapaz.

Quizá ellos querían que te sintieras así. Indefensa. Cohibida. Inútil. Porque en realidad, eras competitiva, trabajadora, atenta con los clientes, amable, divertida, fuerte y consciente de todo lo que ocurría. No todo el mundo ve a una persona así y le aplaude, a muchos les explota la cabeza. Es una proyección de ellos mismos, de sus inseguridades, de sus miedos, se burlan de sí mismos porque no tienen otra cosa de la que alimentarse. Perturbados que viven de causar desastres. Los que tú no provocas. Respiraste hondo, ¿verdad? Y seguiste adelante. Buscaste otro trabajo como loca, aún con lágrimas en los ojos y heridas abiertas. Lo conseguiste porque, ahí estás tú, luchando de nuevo. Como fiel observadora.


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As a Faithful Observer:

At first they are kind, attentive to you, they help you in everything. You tell yourself, «I could start to trust,» but that’s when you also start to make mistakes. After feeling on the pedestal on which you have been put since you entered that place, you feel alive, useful, that you serve to do the work entrusted, you throw hours, time, dedication and subtract from other important things. For all that it implies. For them.

After talking to him, you feel like you’re flying. It makes you feel good because he is charming, he coincides in many things with you, almost as if he had investigated them, which is rare, but maybe you are a distrustful person. Conversations are interesting, bearable, you see yourself able to relate again, you smile, you are part of something at last. While you hear a laugh, a question with double intent and someone insults you indirectly. But you prefer to look the other way, because that place is all you have here and now. There is no more, and you better not fail.

You keep working and listening, you do not finish believing that everything is going so well, that you feel so wrapped up, it cannot be that you receive all that love from others suddenly and it is so perfect. Something must happen, inside you know it, it is that instinct that wants to protect you, AGAIN. You notice that the atmosphere is not the same, you hear comments, sometimes, they start to ignore you. You feel yourself against the world again but you can’t tell anyone, it’s better to let it run. This is where you make the second mistake, in holding on. They start exploiting you, they continue with the indirect insults, the lewd comments, and they try to mess with you by giving you more work than you should or in stirring up what you already did so that you do it again and do overtime that they are not going to pay you. You roll your eyes. Again, no. Please, you think. But yes, it’s happening again.

You take a deep breath and try to hide your emotions, what you feel after all, it doesn’t matter. You scream inside, but no one is going to listen to you and you have to accept it. You keep going. Headaches begin. You denote that they want to kick you out of the group, they want to exclude you, you don’t fit in and that’s what they want. They have started a smear campaign against you that you didn’t even expect and it caught you up with your pants down. As soon as you realize what’s wrong, you’ve been kicked out, you’re on the bench. You sit on the stairs and burst into tears. What a mess. You wonder why you don’t fit in but the only answer you can find is because you’re not like them. And you shouldn’t be.

The palpitations started when you got home, you thought your heart was coming out of your chest. Your hands began to shake almost every night. You felt like the room was spinning around you and your gut was really upset. You constantly thought about how silly you had been for trusting them, for trying to have normal relationships. From a decent young woman who was just looking for a steady job, you find that you are a whore who just wants to sleep with all the employees just for talking to them. Frustrating. You still didn’t understand it. And your gut was upset again. Every morning you took it as if it were a baby in the womb, avoiding nausea and trying to forget it by taking a walk or exercising until it burst, but the fact was that you felt weak, incapable.

Maybe they wanted you to feel that way. Helpless. Self-conscious. Useless. Because in reality, you were competitive, hardworking, attentive to customers, kind, funny, strong and aware of everything that happened. Not everyone sees such a person and applauds him, many have their heads exploded. It is a projection of themselves, of their insecurities, of their fears, they make fun of themselves because they have nothing else to feed on. Disturbed who live by causing disasters. The ones you don’t provoke. You took a deep breath, right? And you kept going. You looked for another job like crazy, still with tears in your eyes and open wounds. You got it because, there you are, fighting again. As a faithful observer.


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Prisionera:

Te despertaste una vez más, confusa, adormilada y un tanto molesta por el ruido. Notabas tus ojos un poco apretados, como si todavía tuvieras sueño o como si no hubieras dormido en toda la noche. Te das cuenta de dónde estás. Piensas qué pudiste hacer tan horrible como para que vivas entre barrotes, sin intimidad y con una compañera a la que el aliento le huele a rata de alcantarilla. Miras a tu alrededor, resoplas y te levantas. No es la primera vez que sobrevives a algo así, esto no es nada comparado con lo que pasaste. Sigues repitiéndote que no es nada.

Esperas a que abran las jaulas para salir a comer esa especie de comida que sirven, parece echa de hormigón. Tratas de disimular tu incomodidad, tu psicóloga cree que te estás adaptando pero esta es otra pesadilla de la que te gustaría despertar ya mismo, sin descansos. Eres una más, no eres nada especial, nadie especial. Eso es lo que te dices para no llamar la atención, no quieres que se fijen en ti y vean tu vulnerabilidad, no podrías con ello. Sales de la jaula con la barbilla bien alta, con pinta de chula y con los ojos puestos en cada reclusa de aquel antro, no quieres que sospechen, así estarás segura. Porque nadie va a buscarte, y lo sabes, ¿verdad?

Bajas a desayunar. Miras a tu alrededor con la bandeja de comida entre tus manos, eligiendo el sitio más aislado en el que comer pero no lo suficiente para que no crean que escapas de alguien, algo o crean que estás asustada, vives en constante alerta. Respiras hondo y escoges la mesa de tu compañera, aunque hoy no hace cara de buenos amigos, pero recuerda no comentárselo si no quieres que te hunda en una pared con esa fuerza bruta que tiene. Os miráis. Oyes una palabra. Solo una, que procede de su boca: «puta», mientras empiezas a recordar qué narices le hiciste para que te diga eso. Pero no te da tiempo, se abalanza sobre ti como una fiera, sin pestañear, sin dudarlo, mientras tu forcejeas debajo de ella para que te deje libre. Hay momentos que se nublan a tu alrededor y empiezas a ver a tus padres recogiéndote en la Universidad antes de las vacaciones de Navidad, es como un disco rallado que no puedes escuchar bien porque hay alguien que no te deja. ¿O es ese alguien quién lo está provocando? ¿O es la pelea en sí?

Los recuerdos llegan como latigazos. Te volviste prisionera de ti, de tus pensamientos, de las presiones, de la perfección. Eras una reclusa de tus propias emociones, de tus posibles debilidades y tus inseguridades te aprisionaban el cuello, justo como Nancy hacía contigo en ese momento. No pudiste hacer otra cosa que no fuera escapar, escapar de todo, recluirte en tu prisión mental, comer esa basura de comida y caminar como un zombie por los pasillos para poder seguir adelante, para protegerte de ti misma. Todo daba vueltas, mientras te resistías a volver, mientras no te permitías olvidar, volver a sentirte, a tenerte presente y saber qué necesitabas. Cuanto más lo bloqueabas, Nancy apretaba más y más sus manos en tu cuello, tu cara tenía un color azulado, te quedabas sin oxígeno y no creías durar mucho tiempo más.

Pero algo en tu interior se sacudió. Fue algo que nunca antes sentiste, algo desconocido que venía con energía, volvía la superviviente con fuerza. Abriste los ojos y, a pesar de lo ahogada que te sentías, le diste dos puñetazos en los costados a la monstruosa Nancy, su culo pesaba más que su barriga, pero conseguiste que te soltara y echarla a un lado, a la vez que entraba aire en tus pulmones otra vez. Sonreíste. Supiste que ese era el momento. El momento de volver. Dejaste tu prisión y volviste a despertar. Esta vez, en tu último año de Universidad. No podías llegar tarde en tu primer día, ¿verdad?


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Prisoned:

You woke up once again, confused, sleepy and somewhat annoyed by the noise. You noticed your eyes a little tight, as if you were still sleepy or as if you hadn’t slept all night. You realize where you are. You think about what you could do so horrible that you live between bars, without intimacy and with a companion whose breath smells like a sewer rat. You look around, snort and get up. It’s not the first time you’ve survived something like this, this is nothing compared to what you went through. You keep repeating to yourself that it’s nothing.

You wait for the cages to open to go out and eat that kind of food they serve, it seems to be concrete. You try to hide your discomfort, your psychologist thinks you are adapting but this is another nightmare from which you would like to wake up right now, without breaks. You are one more, you are nothing special, no one special. That’s what you tell yourself so as not to attract attention, you don’t want them to look at you and see your vulnerability, you couldn’t do it. You leave the cage with your chin held high, looking cool and with your eyes on each inmate of that den, you do not want them to suspect, so you will be safe. Because no one is going to look for you, and you know it, right?

You go down for breakfast. You look around with the tray of food in your hands, choosing the most isolated place to eat but not enough so that they do not believe that you escape from someone, something or believe that you are scared, you live in constant alert. You take a deep breath and choose your partner’s table, although today she does not make the face of good friends, but remember not to tell her if you do not want her to sink you into a wall with that brute force she has. You look at each other. You hear a word. Just one, which comes from her mouth: «whore», while you begin to remember what the hell you made her to tell you that. But she does not give you time, she pounces on you like a beast, without blinking, without hesitation, while you struggle under her to leave you free. There are moments that get cloudy around you and you start to see your parents picking you up at the University before the Christmas holidays, it’s like a grated remember that you can’t listen too well because there’s someone who won’t let you. Or is that someone who is provoking it? Or is it the fight itself?

Memories come like lashes. You became a prisoner of yourself, of your thoughts, of pressures, of perfection. You were a recluse of your own emotions, your possible weaknesses and your insecurities imprisoned your neck, just as Nancy did with you at that time. You couldn’t do anything other than escape, escape from it all, seclude yourself in your mental prison, eat that food junk, and walk like a zombie through the halls so you can move on, to protect yourself. Everything went around, while you resisted coming back, while you did not allow yourself to forget, to feel again, to keep yourself in mind and know what you needed. The more you blocked it, Nancy squeezed her hands more and more on your neck, your face was bluish, you ran out of oxygen, and you didn’t think it would last much longer.

But something inside you shook. It was something you never felt before, something unknown that came with energy, the survivor came back strongly. You opened your eyes and, as choked as you felt, you punched the monstrous Nancy twice in the sides. her ass weighed more than her belly, but you got her to let go and push her aside, while air entered your lungs again. You smiled. You knew that was the time. The time to go back. You left your prison and woke up again. This time, in your last year of university. You couldn’t be late on your first day, right?


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Publicado en Reflexiones

Pretende:

Volviste a sentirlo. Otra vez. No pudiste controlarlo y empezaste a notar cómo se apoderaba de ti, cómo te hablaba y te hacía sentir pequeña. Sentada en la silla, sentiste que tenías ganas de vomitar y notaste tus manos temblar. Así que, fuiste al baño corriendo, pensabas que ibas a echar hasta el desayuno pero, no fue así, solo fue una falsa alarma o, al menos, eso era lo que deseabas que fuera.

Con ambas manos en el váter, empezaste a notar que te dolía el pecho. Las primeras gotas de sudor tras los sofocos incómodos. Cambiaste de lugar, esta vez, pasaste al lavabo, pensaste que lavándote la cara te repondrías, pero tampoco fue así. Te cogiste el pecho, cuando la respiración empezaba a hacerse pesada, como si no entrara suficiente aire en tus pulmones, mientras tu corazón empezaba a palpitar rápido, notaste cómo golpeaba contra tu pecho fuertemente, cómo no podías pararlo. Empezaste a marearte. Te cogiste con firmeza al lavabo, con ambas manos en los bordes, todo te daba vueltas. Seguías intentando respirar, pero no podías, no te llegaba el aire, te estabas asfixiando. Decidiste soltar la mano derecha del lavabo para buscar tu móvil pero lo habías dejado en la cocina, y no estabas segura de que pudieses llegar allí fácilmente, te empezaban a temblar las piernas.

Notabas como si algo se hubiese apoderado de tu cuerpo, como si hubiera algo más ocupándolo, haciéndote prisionera. Tus párpados se unieron al vals, también empezaron a temblar, incontroladamente. Los cerraste, te molestaban. Apretaste los dientes, notabas como si tiritaras y no querías morderte la lengua. No podías moverte, estabas enganchada al lavabo, los músculos de tus brazos eran los que aguantaban los movimientos algo frenéticos que tu cuerpo daba, se movía como si tuviese un ataque de epilepsia, pero tú sabías que nunca habías sufrido de epilepsia. ¿Qué estaba pasando? Te preguntaste más de una vez, aterrada. Hasta que recordaste algo, viste la cara de una mujer que te decía que debías respirar con ocho años, antes de tu miedo escénico al hacer una obra de teatro, te puso la mano en el pecho y te dijo «RESPIRA, aunque parezca que no puedes o no te llegue el aire. RESPIRA profundamente, verás cómo te relajas y puedes subir al escenario». La viste delante de ti, como si fuera real, pero sabías que no lo era. Respiraste. Profundamente, aunque no pudieras.

Primera respiración. Tus brazos se relajaron poco a poco. Segunda respiración. La garganta se abrió y el aire empezó a entrar más fácilmente. Tercera respiración. Las piernas y el resto del cuerpo dejaba de moverse y tenías un mayor control sobre tu cuerpo. Cuarta respiración. El cuarto de baño dejó de girar y pudiste mirarte al espejo, toda sudada y con los ojos cansados, sin más temblores. Quinta respiración. Te dolía la mandíbula pero dejabas de apretar los dientes, habías dejado de tiritar. Sexta respiración. Tu dolor de pecho había desaparecido. Y te soltaste del lavabo, exhausta. Respiraste hondo una última vez. Tu cuerpo había vuelto a la normalidad. O, al menos, a algo que se parecía a ella. Por ahora. Sabías que aquello no había terminado, nunca terminaba.

Miraste tu reloj, ya era tarde. Te pusiste la chaqueta, cogiste el bolso y te enfundaste los tacones, tenías que llegar al trabajo a tiempo. Bajaste las escaleras a toda prisa, subiste al coche y arrancaste, dirigiéndote a la oficina. Te centraste. Tenías que pasar el día, un nuevo día. No habías tenido ningún ataque esta mañana, no te has sentido mal, el estrés no está pudiendo contigo. Estás bien. Estás sana. Estás centrada. Y tienes que creerlo para que los demás lo crean. Y así lo hiciste. Entraste en la oficina y empezaste tu trabajo, como cada mañana. Como si nada hubiera pasado. Como si hubiera sido un día cualquiera, con una sonrisa fingida dibujada en los labios y con los ojos fijos en el papeleo, nada iba a pararte. Ni siquiera el mareo que empezabas a sentir. «Otra vez no», pensaste. Tenías que seguir. Sabías que debías hacerlo.


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Pretend:

You felt it again. Once again. You couldn’t control it and you started to notice how it took hold of you, how it talked to you and made you feel small. Sitting in the chair, you felt like you wanted to vomit and you noticed your hands shaking. So, you went to the bathroom running, you thought you were going to puke breakfast but, you weren’t, it was just a false alarm or, at least, that was what you wanted it to be.

With both hands on the toilet, you began to notice that your chest hurt. The first drops of sweat after uncomfortable hot flashes. You changed the place, this time, you went to the sink, you thought that washing your face would make everything went away, but it was not like that either. You caught your chest, when the breathing began to become heavy, as if not enough air entered your lungs, while your heart began to beat fast, you noticed how it hit your chest hard, how you could not stop it. You started to get dizzy. You held firmly to the sink, with both hands on the edges, everything was spinning. You kept trying to breathe, but you couldn’t, you couldn’t breath the air, you were suffocating. You decided to release your right hand from the sink to find your phone but you had left it in the kitchen, and you were not sure that you could get there easily, your legs began to tremble.

You noticed as if something had taken over your body, as if there was something else occupying it, making you a prisoner. Your eyelids joined the waltz, they also began to tremble, uncontrollably. You closed them, they bothered you. You gritted your teeth, you noticed as if you shivered, and you didn’t want to bite your tongue. You could not move, you were hooked to the sink, the muscles of your arms were the ones that endured the somewhat frantic movements that your body gave, it moved as if it had a seizure of epilepsy, but you knew that you had never suffered from epilepsy. What was going on? You wondered more than once, terrified. Until you remembered something, you saw the face of a woman who told you that you should breathe at the age of eight, before your stage fright when doing a play, she put her hand on your chest and said «BREATHE, even if it seems that you can not or don’t feel the air inside your lungs. BREATHE deeply, you will see how you relax and you can get on stage.» You saw her in front of you, as if she was real, but you knew it wasn’t. You breathed. Deeply, even if you couldn’t.

First breath. Your arms relaxed slowly. Second breath. The throat opened and air began to enter more easily. Third breath. Your legs and the rest of your body stopped moving and you had more control over your body. Fourth breath. The bathroom stopped spinning and you could look in the mirror, you looked all sweaty and with tired eyes, without further tremors. Fifth breath. Your jaw hurt but you stopped gritting your teeth, you had stopped shivering. Sixth breath. Your chest pain was gone. And you let go of the sink, exhausted. You took a deep breath one last time. Your body was back to normal. Or, at least, something that looked like it. For now. You knew it wasn’t over, it would never ended.

You looked at your watch, it was already late. You put on your jacket, you took your bag and you put on your heels, you had to get to work on time. You hurried downstairs, got in the car and started it, heading to the office. You focused. You had to get through the day, a new day. You hadn’t had any attacks this morning, you haven’t felt bad, stress isn’t going to be with you. You are ok. You are healthy. You’re focused. And you have to believe it for others to believe it. And so you did. You walked into the office and started your work, like every morning. As if nothing had happened. As if it had been any given day, with a fake smile drawn on your lips and your eyes fixed on the paperwork, nothing was going to stop you. Not even the dizziness you were starting to feel. «Not again,» you thought. You had to keep going. You knew you had to do it.


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