Publicado en Reflexiones

Un Respiro:

Sentarte en el sofá y tomarte un café que calienta tus manos, es realmente reconfortante, lo llevas sabiendo desde hace más de un año. Miras alrededor y sabes, una vez más, que todo lo que tienes no es gracias a ti, sino de alguien más que se ocupa de ello pero no puedes si no esperar a una respuesta. Piensas en darte tiempo, en pasar esos momentos a solas, en saber a dónde te diriges o en desconectar después de tanto tiempo con una mente tan activa, pero no dejas de darle vueltas.

Hay días y días, momentos en los que puedes sentirte bien y simplemente, te sientes bien, pero en otros, no haces más que preguntarte y reflexionar por qué no puedes tener la misma suerte que tu vecina, es muy tonta y, aún así, tiene una carrera, un marido amable y cariñoso, dos hijos guapísimos y está fija en un trabajo de ensueño, te preguntas: ¿qué has podido hacer mal? Has sido la hija modelo, la hermana perfecta, la buena y tierna novia de todos tus novios, la idiota que se ha tragado las excusas de tus antiguos compañeros de trabajo, la que siempre tiende la mano y es complaciente con sus amigos y la que sirve como el hombro en el que llorar de cualquiera que haya tenido un mal día pero, ¿qué ganas tú?

Le das un par de sorbos al café, está amargo, justo como a ti te gusta, oyendo el silencio a tu alrededor. Siempre te ha gustado, te ha hecho agazaparte en el sofá, con una manta y un libro entre tus manos, tratando de averiguar el siguiente misterio del mismísimo Sherlock Holmes, una de tus sagas favoritas, siempre preguntándote por qué decidiste no dedicarte a algo que tuviera que ver con el tema criminal pero, ¿acaso serías buena o solo es otro hobbie absurdo que te hace soñar demasiado? Ni siquiera te das tiempo para salir a tomarte unas copas o para conocer a algún chico guapo, o quizá es que quieres fastidiar a tus padres la idea de casarte y tener hijos porque tu hermana ya lo ha hecho.

Suena el teléfono, piensas si cogerlo o no. Quizá es el médico recordándote la cita de la próxima semana, o puede que sea tu amiga, la que le ha dejado el novio por otra más alta, pechugona y borde, desconsolada porque se siente sola, o quizá sea tu madre para recordarte la fiesta del fin de semana, necesita que vayas para presentarte a tu cita a ciegas, te muerdes el labio, solo de pensarlo te entran arcadas, ella siempre ha tenido muy mal gusto eligiéndote novios. Decides dejar que suene el contestador, no quieres soltar el café, está muy caliente y notas cómo te va despejando, además, no estás de humor para una conversación. El pitido suena y ahí entra su voz, desgarrada, arrastrando palabras al hablar, casi inentendibles, pidiéndote por favor que cojas el teléfono, está desesperada porque su ex novio ya se ha olvidado de ella. Otra chorrada de conversación que puede, no quieras oír. Y no, no quieres.

Estás tentada de coger el teléfono, notas esa inconfundible y audible voz que te grita en tu interior para ayudar a alguien que te necesita, que te ha llamado porque busca tu consuelo, ese que, por descontado y sin ninguna duda, quieres darle, con todas tus fuerzas. Es una amiga de la infancia, con la que has tenido buena relación aunque solo quiera ir a comer a restaurantes caros y quiera que le regales ropa de última moda para estar en su lista de cumpleaños cada año, es insoportable pero la quieres. El problema es que estás a gusto, en tu silencio, con tu café, en el sofá, aún sintiéndote culpable por no hacer nada más que eso, pero a la vez, agradeciendo el tener un respiro después de tanto tiempo, un respiro bien merecido y que puede que no muchos entiendan. ¿Quieres complacer a tu amiga? ¿Escuchar sus lloriqueos y problemas sin importancia durante horas? ¿Perder el tiempo que ahora tienes para ti misma, en este preciso instante? ¿Quieres dejar de disfrutarlo? No, por descontado que no. Así que, por primera vez, la dejas hablar a través del contestador y no respondes, no estás allí para ella cuando quiere y le interesa, dejas que se desahogue y piensas en llamarla en otro momento porque no pasa nada, ¿verdad? No tienes dudas…

Y no, no las tienes porque sabes que has tomado la decisión correcta. Por primera vez, te has dado el respiro que necesitas y mereces.


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A Break:

Sitting on the couch and having a coffee that warms your hands, is really comforting, you’ve known for more than a year. You look around and you know, once again, that everything you have is not thanks to you, but from someone else who takes care of it but you can’t wait for an answer. You think about giving yourself time, spending those moments alone, knowing where you are going or disconnecting after so long with such an active mind, but you do not stop thinking about it.

There are days and days, moments when you can feel good and simply, you feel good, but in others, you do nothing but wonder and reflect on why you can not have the same luck as your neighbor, she is very silly and, even so, she has a career, a kind and affectionate husband, two beautiful children and is fixed in a dream job, you wonder: what could you have done wrong? You’ve been the model daughter, the perfect sister, the good and tender girlfriend of all your boyfriends, the idiot who has swallowed the excuses of your former co-workers, the one who always reaches out and is pleasant to her friends and the one who serves as the shoulder on which to cry of anyone who has had a bad day but, what do you gain?

You take a couple of sips of the coffee, it’s bitter, just like you like it, hearing the silence around you. You have always liked it, it has made you crouch on the sofa, with a blanket and a book in your hands, trying to find out the next mystery of Sherlock Holmes himself, one of your favorite sagas, always wondering why you decided not to dedicate yourself to something that had to do with the criminal issue but, would you be good or is it just another absurd hobby that makes you dream too much? You don’t even have time to go out for a few drinks or to meet some handsome guy, or maybe you want to annoy your parents with the idea of getting married and having children because your sister has already done it.

The phone rings, you think about whether to pick it up or not. Maybe it’s the doctor reminding you of next week’s appointment, or maybe it’s your friend, the one who has left the boyfriend for another taller, breast and edge, heartbroken because she feels alone, or maybe it’s your mother to remind you of the weekend party, she needs you to go to your blind date, you bite your lip, just thinking about it you get gags, she has always had very bad taste choosing you boyfriends. You decide to let the answering machine sound, you do not want to let go of the coffee, it is very hot and you notice how it is clearing you, in addition, you are not in the mood for a conversation. The beep sounds and there comes her voice, torn, slurred words when speaking, almost incomprehensible, asking you to please pick up the phone, she is desperate because her ex-boyfriend has already forgotten about her. Another bunch of conversation that maybe you don’t want to hear. And no, you don’t want to.

You are tempted to pick up the phone, you notice that unmistakable and audible voice that screams inside you to help someone who needs you, who has called you because he seeks your comfort, that which, of course and without any doubt, you want to give it, with all your strength. She is a childhood friend, with whom you have had a good relationship even if she just wants to go to eat at expensive restaurants and wants you to give her the latest fashionable clothes to be on her birthday list every year, it’s unbearable but you love her. The problem is that you are at ease, in your silence, with your coffee, on the sofa, still feeling guilty for doing nothing more than that, but at the same time, thanking for having a break after so long, a well-deserved break and that not many may understand. Do you want to please your friend? Listening to their whining and unimportant problems for hours? Wasting the time you now have for yourself, right now? Do you want to stop enjoying it? No, of course not. So, for the first time, you let her speak through the answering machine and you don’t answer, you’re not there for her when she wants and she’s interested, you let her vent and you think about calling her at another time because nothing happens, right? You have no doubts…

And no, you don’t have them because you know you’ve made the right decision. For the first time, you’ve given yourself the break you need and deserve.


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Publicado en Relatos

Imprevisto:

Cuando bajé las escaleras y subí al coche, me di cuenta de que se me había olvidado el móvil en la oficina, dios qué cabeza la mía… Ahora tenía que volver a subir nueve pisos, menos mal que teníamos ascensor. Puse los ojos en blanco, salí del coche, entré en el portal y me dispuse a subir por el ascensor hasta la oficina, otra vez, justo como hice por la mañana. Pensé en que tenía poco tiempo, creo que eso fue lo único en lo que podía centrarme, siempre llegaba tarde a las cenas con los niños y mi marido siempre lo aprovechaba para restregármelo por la cara, así que, hoy no podía llegar tarde.

Al fin llegué. Corrí por el corto pasillo hasta la puerta, saqué la llave y la introduje en la cerradura. Ella sola se abrió solo empujándola un poco. Sorprendida, volví a guardarme la llave y entré poco a poco, llamando a Margaret, la recepcionista que solía quedarse la última ordenando papeles, pero no obtuve respuesta, ¿se había ido ya? Me pareció raro, normalmente, estaba yéndose a las nueve de la noche, y eran solo las seis. Lo dejé estar, solamente quería encontrar mi teléfono y largarme de allí, en casa me estarían esperando y no podía faltar, hoy no. Le di al interruptor que había en la entrada pero no se encendieron las luces. Le volví a dar un par de veces y tampoco lo hicieron. ¿Qué había pasado desde que me había ido? Tendría que llamar al electricista mañana, pensé.

Me encogí de hombros, conformándome con la luz que entraba por los ventanales, podía buscar el móvil así, quizá no me harían falta las luces. Me dispuse a buscarlo en la sala de espera nada más entrar pero allí no estaban, tampoco en la mesa de recepción, ¿dónde pude haberlo dejado? Un día me iba a olvidar la cabeza en el maletero de mi coche… Entré por fin en mi despacho, era el único donde podría estar y la cara de Margaret me dejó helada, fue lo primero que vi. Estaba sentada en la silla del escritorio, un tanto escurrida, blanca como la cera y con una bala en el centro de su frente con sangre que emanaba de ella, mientras permanecía totalmente inmóvil. Empecé a temblar. No sabía si aquello había sido una buena idea, tenía que salir de allí, tenía un mal presentimiento, uno muy pero que muy malo.

El sonido de mi teléfono me sobresaltó. Me acerqué al escritorio, justo al lado de la silla y allí estaba. Mi marido me llamaba, estaría cansado de esperarme. Estuve a punto de cogerlo para pedir ayuda pero, cuando volví a erguirme, un «click» justo detrás de mí, tocándome la cabeza, me frenó en seco.

– Suelte el teléfono – dijo una voz serena, pausada y determinante – Ahora.

Tragué saliva, sin decir una palabra y tiré el móvil al suelo mientras seguía sonando. Greg iba a matarme, una vez más, no iba a llegar a tiempo a la cena. Hice ademán de darme la vuelta para saber quién me estaba apuntando, pero pareció leerme la mente, cuando dijo:

– Ni se le ocurra darse la vuelta – mi corazón palpitaba muy rápido y notaba cómo mi garganta se secaba, así que, decidí hacer lo que me pedía, no me di la vuelta – Quiero que se dirija poco a poco hacia esa ventana con las manos en alto, si no quiere que le dispare. ¿Me ha entendido?

Asentí con la cabeza, ni siquiera podía mediar palabra. Con las piernas temblándome, fui caminando poco a poco hacia la ventana que había justo al lado del escritorio, por la que entraba más luz de toda la oficina. Un paso detrás de otro, sin hacer ruido y con aquel hombre justo detrás de mí, con su arma preparada.

– Muy bien. Ahora abra la ventana y quédese muy quieta – ordenó el desconocido -.

Seguí sus instrucciones al pie de la letra, eran sencillas pero no podía controlar mis tics nerviosos en los ojos y los labios, no dejaban de temblarme, ya había empezado a sudar. Como dijo, la ventana estaba abierta y yo volví a levantar ambas manos, justo como al principio.

– Lo está haciendo muy bien. Lo que quiero ahora es que se suba al borde, con cuidado y sin girarse. Muy despacio.

Eso sí que no me lo esperaba. ¿Que me subiera al borde? Quería que me tirara, ¿verdad? Estaba segura de que este tío era el que había matado a Margaret y ahora pretendía hacerme desaparecer, aunque no le hubiese visto la cara. Antes de poner un pie sobre el borde de la ventana, me aventuré a preguntárselo:

– ¿Quiere usted que me…? ¿Quiere que me tire? – mi voz temblaba, insegura -.

– Quiero que haga lo que le digo.

– Usted ha matado a Margaret, ¿no es así?

– Súbase al borde y deje de hacer preguntas.

No iba a decirme nada, ¿quién era yo, de todas formas? Asentí con la cabeza, haciendo lo que me pidió, me subí al borde de la ventana del despacho de la oficina donde había estado trabajando durante once años con dedicación y cariño, echa un flan, con las piernas temblándome y tratando de no caer. Me cogí de las paredes que tenía a ambos lados, notando el aire chocar contra mi cara. Miré hacia abajo y, de repente, me sentí mareada, no podría haber elegido una oficina más cercana al suelo cuando decidí abrir el bufete, ¿verdad? Elegí un noveno piso… Dios.

– No se coja de ningún sitio. Cuando esté preparada y le haya rezado a quién sea que usted le rece, quiero que se tire.

– ¿Cómo?

– Es sencillo. Solo tiene que poner un pie fuera del borde y caerá en seguida, no se apure, seguro que lo hace bien y todos sus problemas, se evaporarán.

– ¿Mis problemas? ¿Quién narices es usted? ¿Y qué quiere de mí? Ya estoy asustada, ¿qué más quiere ver?

– Solo que se tire, ya se lo he dicho.

No lo hice porque eso hubiese sido muy sencillo. Para él. Insistía tanto en que me tirase porque no quería otra bala metida en el cráneo de otro cadáver, quería que pareciera un suicidio. Y no quería ponérselo fácil aunque fuera lo último que hiciera. Así que, como pude y con las piernas aún temblando, me agarré de la ventana, sabiendo que él seguía apuntándome, gritando que me tirara, que lo hiciera ahora mismo, estaba cabreado, sonaba cabreado. Fui girándome como pude, poco a poco para ver la cara a ese hijo de puta.

En cuanto le vi los ojos lo supe. La bala salió de su pistola y fue a parar al centro de mi frente, haciéndome caer al vacío. Todo se volvió negro y mi cuerpo se estampó sobre un coche verde, dejándole el techo abollado. Esto serviría como excusa para no ir a casa temprano, ¿verdad?


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Unexpected:

When I went downstairs and got in the car, I realized that I had forgotten my mobile phone in the office, god what a head of mine… Now I had to go back up nine floors, thank goodness we had an elevator. I rolled my eyes, got out of the car, entered the entrance hall and set out to go up the elevator to the office, again, just as I did in the morning. I thought I had little time, I think that was the only thing I could focus on, I was always late for dinners with the kids and my husband who always took advantage of it to rub it in my face, so today I couldn’t be late.

I finally arrived. I ran down the short hallway to the door, took out the key and put it in the lock. It opened up by just pushing it a little. Surprised, I put the key back in and walked in slowly, calling Margaret, the receptionist who used to stay the last one sorting papers, but I got no answer, was she gone yet? I found it weird, normally, she was leaving at nine o’clock at night, and it was only six o’clock. I let it be, I just wanted to find my phone and get out of there, at home they would be waiting for me and I could not miss, not today. I hit the switch at the entrance but the lights didn’t come on. I did it again a couple of times and it didn’t either. What had happened since I had left? I would have to call the electrician tomorrow, I thought.

I shrugged, settling for the light that entered through the windows, I could look for the mobile like this, maybe I would not need the lights. I set out to look for it in the waiting room as soon as I entered but it was not there, nor at the reception table, where could I have left it? One day I was going to forget my head in the trunk of my car… I finally entered my office, it was the only place where it could be and Margaret’s face left me frozen, it was the first thing I saw when I came in. She was sitting in the desk chair, somewhat drained, white as wax and with a bullet in the center of her forehead with blood emanating from it while remaining totally motionless. I started shaking. I didn’t know if that had been a good idea, I had to get out of there, I had a bad feeling, a very, very bad one.

The sound of my phone startled me. I walked over to the desk, right next to the chair and there it was. My husband would call me, he would be tired of waiting for me. I was about to pick it up to ask for help but, when I stood up again, a «click» just behind me, touching my head, stopped me in my tracks.

-Let go of the phone – he said with a serene, leisurely and decisive voice – Now.

I swallowed, without saying a word and threw the phone on the ground while it kept ringing. Greg was going to kill me, again, I wasn’t going to make it to dinner on time. I made a gesture to turn around to find out who was targeting me, but he seemed to read my mind, when he said:

– Don’t even think about turning around – my heart was beating very fast and I could feel my throat drying out, so I decided to do what he asked me to, I didn’t turn around – I want you to slowly head towards that window with your hands up, if you don’t want me to shoot you. Have you understood me?

I nodded, I couldn’t even say a word. With my legs shaking, I walked slowly to the window right next to the desk, through which more light came in from the entire office. One step after another, without making a sound and with that man right behind me, with his gun ready.

– Very good. Now open the window and stay very still – the stranger ordered.

I followed his instructions carefully, they were simple but I could not control my nervous tics in my eyes and lips, they kept shaking, I had already started to sweat. As he said, the window was open and I raised both hands again, just like at the beginning.

– You are doing it very well. What I want now is for you to climb to the edge, carefully and without turning. Very slowly.

I didn’t expect that. That I climbed to the edge? He wanted me to throw away, right? I was sure that this guy was the one who had killed Margaret and now intended to make me disappear, even if I hadn’t seen his face. Before I set foot on the edge of the window, I ventured to ask him:

– Do you want me to…? Do you want me to throw myself away? – my voice trembled, insecure -.

– I want you to do what I say.

– You’ve killed Margaret, right?

– Get on the edge and stop asking questions.

He wasn’t going to tell me anything, who was I, anyway? I nodded, doing what he asked me, climbed on the edge of the window of the office where I had been working for eleven years with dedication and affection, I was like a flan, with my legs shaking and trying not to fall. I grabbed the walls on both sides, noticing the air crashing into my face. I looked down and suddenly felt dizzy, I couldn’t have chosen an office closer to the ground when I decided to open the firm, right? I chose a ninth floor… God.

– Do not take it from anywhere. When you are ready and you prayed to whoever you pray to, I want you to jump.

– What?

– It’s simple. Just put one foot off the edge of the window and you will fall right away, don’t hurry, I’m sure you’ll do it right and all your problems will evaporate.

– My problems? Who the hell are you? And what does you want from me? I’m already scared, what else do you want to see?

– I just want you to jump, as I said before.

I didn’t do it because that would have been very simple. For him. He was so insistent with me jumping because he didn’t want another bullet stuck in the skull of another corpse, he wanted it to look like a suicide. And I didn’t want to make it easy for him even if it was the last thing I did on this Earth. So, as I could and with my legs still shaking, I grabbed the window, knowing that he kept pointing at me with his gun, screaming to jump, to do it right now. I was turning as I could slowly, to see the face of that son of a bitch.

As soon as I saw his eyes I knew. The bullet came out of his gun and ended up in the center of my forehead, causing me to fall into the void. Everything turned black and my body was splattered on a green car, leaving the roof dented. This would serve as an excuse not to go home early, right?


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Publicado en Personajes

Mariela: La Amiga que se Queda Atrás

Relato procedente: «Un Hasta Pronto«. Edad: 31 años.

Ciudad: Nueva York. Profesión: Diseñadora.

Descripción física:

Mi cabello castaño me llega un poco más abajo de los hombros, ondulado y difícil de gestionar a veces, necesita muchos cuidados pero jamás me lo cortaría, por nada del mundo. Mis ojos son verdes y mis labios finos, tengo la zona de la nariz y los pómulos llena de pequeñitas pecas que hacen que mi rostro se vea un poco más interesante, al menos, a mí me lo parece. Mi tez es un tanto oscura, me encanta ir a la playa y tomar el sol en los meses de verano, me lo paso de miedo surfeando con amigos. Suelo vestir bastante formal, normalmente, con tonos azules, blancos, negros o magenta, los tonos claros no me van mucho, pero sí los tacones.

Descripción de la personalidad:

Dicen que soy una chica algo borde, que siempre persigue lo que quiere, presumida, atenta y poco cariñosa. He sido muy ligona, sobre todo, en la época del instituto, nunca me ha gustado mucho comprometerme, ir de flor en flor es lo que más se ha acercado a mi carácter. Me importan más las cosas de lo que la gente piensa, soy bastante nerviosa y suelo pretender que nada me afecta para parecer más dura de lo que realmente soy. No me definiría como una persona sensible, pero sí fuerte mentalmente, nunca he sido llorona y siempre he conseguido cualquier cosa que he deseado, soy cabezota y lista, me gusta ser temeraria cuando la situación lo requiere e improvisar es lo mío, sobre todo, cuando a planes para salir se refiere.

Una infancia unidas:

Angelina y yo nos conocimos en el colegio. Nos mirábamos con recelo al principio, ella era muy reservada y yo era más extrovertida, tanto que me gustaba picarla quitándole sus dibujos o tirándole los libros, me gustaba verla reír y rabiar a la vez. Un día, después de un castigo en la clase de Biología, donde estuvimos las dos de morros porque creíamos concienzudamente que la otra era la culpable de lo que había ocurrido, salimos juntas del colegio, una al lado de la otra, dirigiéndonos a nuestras casas por la misma calle. Ella habló primero, me pidió disculpas por lo que había pasado y no pude hacer otra cosa que sonreírle, siempre era buena con todo el mundo y fue una de las razones por las que decidí meterme con ella, en primer lugar.

Descubrí que vivíamos a dos manzanas de distancia la una de la otra, así que, empezamos a volver juntas a casa. Al principio, no hablábamos mucho pero luego, no dejábamos de hablar ni un minuto, a veces, mi madre la invitaba a casa a merendar o su padre hacía lo mismo conmigo, nos pasábamos algunas tardes juntas y nos llamábamos antes de acostarnos para contarnos las últimas novedades en casa. De odiarnos pasamos a caernos bien y a hablar más seguido y de ahí, a ser inseparables.

Amigas para siempre:

Pasaron los años y ahí estábamos, siempre juntas. Hicimos un pacto, en el cual, prometíamos no separarnos nunca, ni siquiera cuando nuestras hormonas hacían que mantuviéramos una rivalidad enfermiza cuando se trataba de chicos, nuestra adolescencia se formó de cotilleos, cuchicheos, de chicos guapos, revistas de moda y momentos en los que nos sentíamos las reinas, nos conocía bastante gente, aunque a Angelina no le hacía mucha gracia, a veces, le gustaba tener su espacio y luchaba bastante contra su timidez, yo era más lanzada.

Pasamos el bachillerato juntas, de hecho, estudiábamos cada tarde codo con codo para sacarnos la selectividad, éramos las mejores de clase con diferencia y lo único que queríamos era salvar y evitar que la otra tuviera un suspenso, estudiábamos mejor juntas y lo sabíamos todo de ambas, incluso, nuestras debilidades. Quizá esto es muy típico pero, es cierto que éramos como hermanas y no nos separábamos nunca. Nos fuimos a la Universidad, estudiamos lo mismo y nos fuimos a vivir juntas, por supuesto, no soportábamos pensar que a alguna de las dos la mandarían a una residencia diferente y no nos podríamos ver tan de seguido pero, no fue así para nada, mi madre tenía algunos contactos allí e hizo lo posible porque viviéramos en la misma residencia. Íbamos a las mismas fiestas, conocíamos al mismo tipo de gente y teníamos los mismos exámenes, no nos aburríamos de ser, simplemente, nosotras.

Después de esto, nuestras vidas puede que cambiaran un poco y, debido al trabajo y a las tareas domésticas, no nos viéramos o estuviéramos tanto tiempo juntas como solíamos estar o hacer, pero nos llamábamos cuando no podíamos vernos y era reconfortante poder escucharnos durante, al menos, una hora. Ella siempre había sido mi confidente y sabía que si algo iba mal, Angelina siempre iba a estar ahí. Pero las cosas cambiaron radicalmente, sin siquiera predecirlo una mañana que vino a tomar café…

Un hasta pronto:

Llegó a casa, nerviosa, más callada de lo habitual, retraída y muy despistada, como si solo estuviera metida en su cabeza. No seguía la conversación y trataba de sacarle algo de información para que habláramos de algo pero yo sabía que no estaba bien, estaba diferente, ni siquiera risueña y solo asentía con la cabeza porque oía mi voz y no sabía cómo decirme lo que estaba a punto de salir a través de sus labios. Le pregunté directamente y confesó que iba a irse a Italia con su madre, tenía que cuidarla porque se había puesto enferma, no sabía si iba a tener mucho tiempo para hablar o estar con otras personas, debía dedicarse a su madre por completo, al trabajo que encontrase y a las tareas de casa, ya que, su madre no tendría fuerzas para hacerlas.

No sabía cómo lo hacía pero, Angelina siempre ponía a todo el mundo delante de sus propias necesidades y deseos, de hecho, había dejado su empleo y todo por lo que había trabajado en Nueva York sin ver si quiera otras opciones, iba a tirarse encima del tigre sin analizar la situación y todo porque sus hermanos se habían negado en rotundo, poniendo a Angelina en un compromiso, como hacían siempre. Odiaba aquello, odiaba lo que decía, pero no podía comentarlo, al menos, no en voz alta, la haría sentirse culpable. Una voz en mi interior me decía que debía apoyar su decisión y hacerle saber que hacía lo correcto aunque no me gustara el resultado. Iba a estar lejos, muy lejos, y no podría tener acceso a ella, no sabría cómo estaba y eso me preocupaba desmesuradamente, pero Angelina tampoco debía saberlo, solo le pedí que fuese yo la que la llevara al aeropuerto y que me gustaría que nos despidiéramos allí. Ella accedió sin problema.

Hice todo lo posible para que no se preocupara, mucho menos, por mí o por cualquiera de su familia, aquello no era nada y seguro que saldría todo bien sin ninguna duda. Aunque yo, sinceramente, tenía muchas que no pensaba decir en voz alta. ¿Había sido una buena amiga ocultándole lo que sentía sobre lo que estaba haciendo? Me sentí horrible y su abrazo fue como un adiós, un adiós definitivo que quise enmascarar con ese susurro en mi oreja que decía «hasta pronto», quería creerla, de verdad quería hacerlo y pensar que iba a estar aquí antes de lo que yo creía, seguro que estaba siendo una escéptica, aunque mi corazón dijera lo contrario. Me olvidaría. Por eso, estuve allí hasta que vi cómo desaparecía el avión entre las nubes.

Un futuro de incertidumbre:

Mi vida ha seguido exactamente igual que siempre, con el ajetreo en el trabajo, con las comidas familiares de los domingos, las citas insignificantes, los nuevos diseños y creaciones en el estudio de mi casa… Todo sigue igual. Ni una llamada, ni un mensaje, ni siquiera una carta o un recado de su parte, nada. Últimamente, siempre la tengo en la cabeza, aunque no directamente o como tema principal de todo lo que he de pensar o planificar, pero sí está en un rinconcito, en ese que siempre elijo escuchar y que, algunas noches, no me deja dormir. ¿Estará bien? ¿Qué estará haciendo? ¿Le habrá ido bien? Odio no saber nada y lo seguiré odiando, posiblemente, hasta que sepa algo o de ella o de lo que sea que esté haciendo, siempre será un interrogante en mi mente.

Desde que se fue vivo con este vacío, como si una parte de mí se hubiese ido. Antes, solía contárselo todo, ahora no puedo hacerlo. Digo que todo sigue igual pero no esta parte de mi vida, Angelina era la torre que nunca se caía, era una pieza clave a la que sabía que siempre podía recurrir y que me apoyaría, pero ahora, cuando cojo el teléfono es para volverlo a bloquear y dejarlo sobre la mesa porque no sé a qué número llamar… Supongo que, ahora mismo, he de vivir con ello.


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Un Hasta Pronto:

Vino a mi casa una tarde más. La dejé pasar y le dije que se sentara en el sofá mientras yo preparaba unos cafés, desde siempre habíamos sido unas adictas a la cafeína. Parecía pensativa y bastante callada, nos sonreímos. Me di cuenta de que estaba un poco incómoda, se movía mucho y no sabía cómo empezar la conversación. Dejé los cafés encima de la mesita justo en medio de nosotras y la miré, quise que me contara qué había ocurrido ayer en su día y qué plan tendríamos para el fin de semana, desde que nos habíamos independizado, habíamos sido todavía más inseparables que en el instituto. No supo qué decir. Le saqué varios temas pero no salía de ellos, se trababa con las palabras y solo quería que yo hablara para, al menos, escuchar. Le temblaban las manos y solo quería tener la taza de café entre ellas.

Algo le pasaba. La única vez que la había visto así, había sido en su último viaje al campamento con diecisiete años, sus padres la mandaron a Francia y no nos íbamos a ver en todo el verano, estaba triste porque quería pasarlo conmigo y porque me lo había prometido durante los últimos meses. Nos volvimos a ver al volver a las clases y todo se quedó en nada, nos llamamos prácticamente cada día, nos echamos de menos pero sobrevivimos tres meses. Pero, esta vez, estaba más inquieta. Decidí un acercamiento directo:

– Vale, dime qué te pasa. Te noto nerviosa.

– Nada. No es nada – bajó la mirada, mientras respondía casi con un susurro -.

– Llevamos siendo amigas algo más de una década, sé cuándo te pasa algo. Dímelo, no voy a juzgarte…

– Tengo que irme.

– Si acabas de llegar… Llevas aquí como cinco minutos. ¿No te gusta el café? – hice ademán de levantarme para traerle otra cosa pero ella puso una mano en mi brazo para que volviera a sentar – Vale, ¿qué ocurre?

– Tengo que irme fuera. Me voy en dos días.

– ¿Fuera? ¿De viaje, quieres decir?

– Me voy a vivir a Italia una temporada, mi madre no se encuentra muy bien y necesita mi ayuda, quiere que vaya allí lo antes posible y yo… Quiero quedarme.

Tragué saliva. Se iba indefinidamente, no eran solo tres meses. Había vivido en Italia toda su niñez pero volvió aquí con su padre y sus dos hermanos, su madre fue la única que se quedó. Respiré hondo y la cogí de la mano.

– Puedes… venir cuando quieras, ¿no?

– Cuando pueda. Tengo que encontrar trabajo, instalarme en su casa y llevarla y traerla del médico prácticamente cada día. No tendré mucho tiempo.

Ahora entendía su nerviosismo. Había venido para despedirse, pero no sabía muy bien cómo hacerlo porque nunca había estado en esa situación. Quería pedirle que se quedara, quería llorar pero me aguanté las lágrimas, no era momento de ponerla más tensa o triste, ni siquiera hacer que se lo pensara dos veces, tenía que apoyarla. Todo había ocurrido de repente y ella era la que menos quería ir pero sus hermanos trabajaban y ayudaban a su padre a salir adelante, así que, solo quedaba ella. La buena de Angelina debía de hacer lo que la familia le pedía e irse lejos, olvidando todo lo que había construido aquí, entre nosotros.

Dejó el café sobre la mesita y se acercó más a mí, dándome un abrazo fuerte. Me lo estaba poniendo difícil eso de no llorar. No quería soltarme. Y yo tampoco. Podríamos hablar por Skype, ¿verdad? Podríamos seguir en contacto… No se terminó el café pero me pidió que la llevara al aeropuerto, cosa que hice dos días después. Una vez más, aguantándome las ganas de llorar, diciéndole que estaba orgullosa de lo que estaba haciendo y que ayudar a su madre era lo mejor que podía hacer. Me había convertido en la mayor mentirosa del mundo por un momento. No creí nada de lo que dije pero esperé que ella sí lo hiciera. Apenas hablamos durante el trayecto en coche, y apenas lo hicimos estando allí, esperando a que embarcara. Pero no me moví hasta que el avión despegó. Era como si se llevase un pedacito de mí. Ni siquiera sabía si volvería a verla o si esperaríamos mucho hasta que pudiéramos hablar, no pudo asegurarme nada.

A lo único que pude prestar atención fue a ese susurro en mi oreja cuando estuvo a punto de embarcar. Noté su aliento justo allí, mientras nos abrazábamos. Ese «hasta pronto» me dio algo de esperanza. Se instaló en mi corazón y esperó a que fuera verdad, a que pudiésemos tomar otro café en casa, a contarnos historias con chicos o lo curiosas que eran nuestras familias y sus dramas. Quería que fuera cierto, que fuera un presente tan rápido como fuera posible, que no fuésemos como esas amigas que se separan y ya no vuelven a hablarse o verse más por falta de tiempo o compromisos. Esperaba que ese «hasta pronto» prevaleciera y se fortificara en nuestra bonita amistad a partir de ese momento.


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See You Soon:

She came to my house one more afternoon. I let her pass and told her to sit on the couch while I made some coffees, we had always been addicted to caffeine. She seemed thoughtful and quite quiet, we smiled at each other. I noticed that she was a little uncomfortable, moved around a lot, and didn’t know how to start the conversation. I left the coffees on top of the table right in the middle of us and looked at her, I wanted her to tell me what had happened yesterday in her day and what plan we would have for the weekend, since we had become independent, we had been even more inseparable than in high school. She didn’t know what to say. I took out several topics but she didn’t get out of them, she got stuck with words and just wanted me to speak to at least listen. Her hands were shaking and she just wanted to have the cup of coffee between them.

Something was wrong. The only time I had seen her like this, it had been on her last trip to the camp when she was seventeen, her parents sent her to France and we were not going to see each other all summer, she was sad because she wanted to spend it with me and because she had promised it to me during the last months. We saw each other again when we went back to class and everything came to nothing, we called each other practically every day, we missed each other but we survived three months. But, this time, she was more restless. I decided a direct approach:

– OK, what happen with you?

– Nothing. It’s nothing.

– We’re been friends during more than a decade, I know when something’s happening to you. Tell me, I’m not gonna judge you…

– I have to go.

– If you have just arrived… You’ve been here for about five minutes. Don’t you like the coffee? – I made a gesture to get up to bring her something else but she put a hand on my arm to get her to sit down again – Okay, what’s wrong?

– I have to go outside from the country. I’m going in two days.

– Outside? Are you going to a travel or something? What do you mean?

– I’m going to live in Italy for a while, my mother is not very well and needs my help, she wants me to go there as soon as possible and I… I want to stay.

I swallowed. She was leaving indefinitely, it wasn’t just for three months. She had lived in Italy all her childhood but returned here with her father and her two brothers, her mother was the only one who stayed. I took a deep breath and took her by the hand.

– But you can come back to visit when you want… Right?

– When I can. I have to find a job settle in my mum’s house and take her and bring her from the doctor practically every day. I won’t have much time.

Now I understood her nervousness. She had come to say goodbye, but she didn’t quite know how to do it because she had never been in that situation. I wanted to ask her to stay, I wanted to cry but I endured tears, it was not time to make her more tense or sad, or even make her think twice, I had to support her. Everything had happened suddenly and she was the one who wanted to go the least but her brothers worked and helped their father to get ahead, so only she was the one who have to go. Angelina’s good daughter had to do what the family asked of her and go away, forgetting everything she had built here, between us.

She left the coffee on the coffee table and came closer to me, giving me a big hug. I was having a hard time not crying. She didn’t want to let me go. And neither do I. We could talk on Skype, right? We could keep in touch… She didn’t finish her coffee but she asked me to take her to the airport, which I did two days later. Once again, holding my heartfelt, telling her that I was proud of what she was doing and that helping her mother was the best thing she could do. I had become the biggest liar in the world for a moment. I didn’t believe anything I said but I hoped she did. We barely talked during the drive, and we barely did it while there, waiting for her to board. But I didn’t move until the plane took off. It was as if it took a little piece of me. I didn’t even know if I would see her again or if we would wait long until we could talk, she couldn’t assure me anything.

The only thing I could pay attention to was that whisper in my ear when she was about to board. I noticed her breath right there, as we hugged each other. That «see you soon» gave me some hope. It settled in my heart and waited for it to be true, for us to have another coffee at home, to tell us stories with boys or how curious our families were and their dramas. I wanted it to be true, to be a present as quickly as possible, not to be like those friends who separate and no longer talk to each other or see each other anymore due to lack of time or commitments. I hoped that this «see you soon» would prevail and be fortified in our beautiful friendship from that moment on.


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Publicado en Personajes

Audrey: El que tiene el Control

Relato procedente: «Una Vez Más«. Edad: 33 años.

Ciudad: Nueva Orleans. Profesión: Dependiente de tienda.

Descripción física:

Mi cabello castaño, es bastante corto, sin utilizar gominas, es maleable y se seca en un minuto. Mis ojos son azules, un tanto inexpresivos y mis labios son finos e incapaces de intercambiar una sonrisa, simplemente, no me sale natural. Mi tez es un poco morena, aunque no tanto como me gustaría. Tiendo a la delgadez y me cuesta mucho coger unos kilos, no soy de ir al gimnasio ni tampoco de ningún deporte, lo de presumir no es lo mío. Suelo vestirme con cualquier cosa que pillo, no me paro a reflexionar o a combinar colores, me cansa.

Descripción de la personalidad:

Soy callado, pero nada tímido. Bastante solitario y me dejo llevar por mis instintos más primitivos, aunque no suelo comentarlo o dejar que nadie me vea enfadado o triste, soy un hombre de pocas explicaciones y expresiones. Me gusta observar, mientras pienso con rapidez, necesito sentir el control en los demás, me encanta saber que otros dependen de mí, de mis decisiones y no considero el ser dependiente, aunque viva en un piso mugriento y sin muchos muebles. Podría definirme como minimalista y pobre, tengo lo que necesito cuando lo necesito y no me gusta ir pidiéndolo, sino ir a por ello. No tengo demasiados objetivos en la vida pero sé muy bien quién soy aunque no lo parezca a plena vista.

Emociones reprimidas:

Cuando era niño, no era para nada problemático, pero sí muy callado, diría que mucho más que ahora. Jugaba y observaba mi alrededor en silencio, sin que nadie se diera cuenta de que yo estaba allí, escuchando. Siempre me preguntaban por qué no hablaba, era como si me hubiese comido la lengua el gato, un gato que no tenía porque había muerto no hacía mucho. Yo sabía quién lo había matado, lo había visto desde la ventana de mi cuarto, pero no quise contarlo, ni siquiera a mi madre, mi fiel confidente, por aquella época. Oía a mi padre gritar, a mi madre caer al suelo haciendo un estruendo, solía temblarme el labio inferior cuando esto ocurría, igual que mis manos, queriendo no escuchar pero prestando la mayor atención posible. Podría parecer contradictorio pero, así era yo, me aislaba pero quería entender.

Esos gritos fueron en aumento. Primero, mi padre quería que me comiera los cereales, daba golpes en la mesa, oía su aliento en mi nuca, cómo su saliva salía disparada de su boca y terminaba cayendo en el plato. Seguidamente, mandaba a mi madre callar cuando me protegía, me tiró todos mis juguetes porque salí al jardín cuando él me lo había prohibido y porque bajé al sótano donde vi al gato Salem diseccionado en una de las mesas de trabajo de mi padre. Me dejó moretones por ambos costados de mi cuerpo, esa paliza me dejó temblando durante un par de días. Nunca dije nada. Ni a mi madre ni a los profesores, ni siquiera a mis compañeros de clase, ya creían que era raro, solo tenía que darles más razones… Me reprimí tanto y vi tanto de lo que no quería hablar, que me creé mi propia burbuja para vivir a mi manera, dentro de mi mente, en silencio en el único lugar seguro que conocía.

Primera víctima:

He de reconocer que me atrajo la muerte del gato Salem. No pude dejar de ver cómo mi padre le retorcía el cuello, no podía apartar la vista de ello. No puedo describir qué fue lo que más captó mi atención, si sus ojos apagándose o ese control que ejercía él sobre el animal lo que me tenía obsesionado. No dejaba de pensar en ello, así que, decidí probarlo. Podría decir que el gato del vecino, el Señor Whitely, como ellos le llamaban, fue mi primera víctima. Lo cogí una tarde que saltó a nuestro jardín, le encandilé con un poco de la comida que solía comer Salem, se acercó al instante, con confianza. Le cogí con ambas manos, lo acosté forzándole un poco y noté ese subidón al tenerle entre las cuerdas, al ver cómo se removía sin poder soltarse. Yo tenía el control. Yo tenía el poder. Una de mis manos se acercó a su cuello, apreté un poco con fuerza y noté que el animal empezaba a ahogarse. Mis ojos se abrieron un poco debido a la excitación, al igual que los suyos debido a la falta de aire. Apreté un poco más y, con un pequeño movimiento de muñeca, su cuello se partió. Whitely no pudo hacer nada, yo había decidido sobre su vida. Era como un juez. Podía controlar la vida ajena. De eso me di cuenta, tenía ocho años.

No hablé sobre la muerte del gato Whitely, ni siquiera cuando los vecinos vinieron a nuestra casa preguntando por él y mostrando preocupación creyendo que se había escapado y que llevaría horas entre casa y casa. Me sorprendió mi reacción, sonreí hacia mí mismo, sintiéndome poderoso. Algo que se volvió un tanto adictivo.

Una tiranía erradicada:

Mi padre había forjado una tiranía insoportable en nuestra casa. Mi madre se movía cabizbaja, llena de moretones. Él, autoritario y violento, decidía sobre todo sin dejar libertad de decisión a nadie más, era rey de su propio imperio y los demás, debían servirle. Mi madre trabajaba como una mula, echaba horas en el restaurante, incluso, hacía extras para pagar todos los gastos, mientras él se atiborraba de cerveza y alitas delante de la tele cada noche con sus amigos. Me duchaba, me ayudaba con los deberes y me llevaba al colegio, mientras él se iba a almorzar y a ligar con la camarera. Mi madre cocinaba, limpiaba y se pasaba horas ocupándose de casa, mientras él esperaba la cena cruzado de brazos sentado a la mesa con tenedor y cuchillo en mano. Era un cerdo. Un cerdo malcriado y mediocre. Mi madre lloraba. Lloraba sin parar, no había noche que no lo hiciera y no había día que no recibiera una paliza. Aquello era horrible. Y tenía que parar. Alguien tenía que obligarle a parar.

Tenía doce años y recuerdo muy bien ese día, ese momento concreto porque fue el mejor de nuestras vidas. Todo fue como siempre, desde el desayuno a la comida, las clases, los deberes, la siesta de una hora y la ligera cena que mi madre me preparaba para que no tuviera gases y durmiera mejor. Era un día más, un día como cualquier otro en el que miré a mi padre y dije «ya basta». No sé cómo se me cruzaron los cables o en qué momento pensé en ello pero, simplemente, acuchillé a mi padre mientras dormía, mi madre gritaba y la sangre brotaba de su cuello. Esperé al otro lado de la habitación a que dejara de gritar y de agarrarse la herida, había visto en las películas que una herida así no se curaba y menos sola, iba a desangrarse. Y así lo hizo, sin más. Mi madre no se movió, ni siquiera llamó a la policía. Esperamos juntos a que su vida se disipara para poder vivir y respirar.

Muertes en serie:

Ahora, con 33 años, podría decir que me llamo Audrey y soy adicto. Podríais pensar que me drogo o fumo más de lo debido, quizá que estoy enganchado a los videojuegos o que me obsesionan los programas de la televisión, pero el tipo de adicción que tengo es especial, es diferente y muy pero que muy interesante. Ni siquiera fue algo planeado, simplemente, ocurrió. No aguantaba vivir con mi madre, solía tenerme muy vigilado, sobreprotegido, no me dejaba respirar, así que, le dije que iba a independizarme y tenía un objetivo en mente, para trabajar y tener una vida propia, aunque fuera un simple dependiente de tienda. Preocupada, asintió y me dejó ir después de largas conversaciones e infinitas dudas de cómo y dónde iba a vivir con lo difícil que era pagarse los gastos y tener casa propia. Descubrí que tenía razón.

Pero habían bloques de edificios donde solían vivir ocupas, no había luz ni agua, pero podía apañarme durante un tiempo. Quería seguir un objetivo, quería ser yo mismo, experimentar. Quería sentir ese control de nuevo, ese poder al tener a otro suplicando por su vida, haciéndote partícipe de la decisión, de la última y única decisión sin saber si voy a tener compasión y le voy a dejar ir o va a terminar muerto en esa habitación casi vacía, con la poca luz que entra de la calle y una muestra de su sangre en mi cuchillo. Siempre caen. Siempre creen que les soltaré y siempre creen que salvarán su vida. Tiene gracia porque he descubierto cuál es mi deporte favorito.

Una vez más:

Una vez más, maté. Sin mostrar compasión, con determinación, sin un solo temblor en las manos, con la decisión firme. Caían unas gotas de sangre del cuchillo, mientras le miraba fijamente. Me sentía tan pleno, que no podía apartar la mirada, ni siquiera oí las pisadas detrás de mí, tampoco su voz suave y cercana, ni siquiera sentí su mano posada sobre mi hombro mientras decía mi nombre. Era como si mi cuerpo se hubiese transportado a otro mundo, como si nada más que lo que estaba ocurriendo tuviese cabida en mi mente o en mi espacio.

En cuanto el cuchillo la atravesó, mis ojos se encontraron con los de ella, casi sin vida, desvaneciéndose. Era mi madre, cayendo hacia atrás y cayendo al suelo. Pero ni siquiera me asusté, no me inmuté, lo único que tenía claro era que tenía que irme de allí, lo antes posible. Desde ese momento sí he sentido su ausencia, la falta de consejo, esa mano cálida sobre la mía cuando me decía que me quería aunque sabía que yo no podía expresar lo mismo o más bien, no sabía cómo hacerlo. Me comprendía. De alguna forma, sabía de lo que era capaz tras haber matado a mi padre pero nunca lo había visto en vivo, con sus propios ojos. Mi reacción fue una respuesta de mi instinto y un error, creí que era algún idiota de los del piso de abajo y no quise que viera el cadáver que tenía cerca de mis pies, jamás imaginé que fuera ella, ¿cómo encontró este sitio? Nunca debió acercarse.

Un futuro en otra ciudad:

Suelo moverme mucho de ciudad. No necesito mucho para vivir, solo un trabajo cualquiera que pueda mantener durante unos meses para hacer lo que hago y seguir en otro lugar a la otra punta del país, quizá irme a otro durante un tiempo y estar un tomando el sol mientras me tomo un Martini. Lo cierto es que no me importa. Voy al aeropuerto, compro el primer billete que sale a la ciudad más lejana y me embarco como cualquier otro turista, sin maleta, solo una mochila con algunos útiles de baño para asearme, no necesito más.

Me siento en una silla mientras espero subir al avión. Hoy es Los Ángeles, seguro que encuentro algo divertido que hacer allí hasta que otro lugar espere mi llegada. Me mantengo activo y conozco a mucha gente, nadie podría decir que soy como soy, así que, puedo tener el futuro que yo quiera e ir donde quiera, supongo que el mundo es muy grande,


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Publicado en Relatos

Una Vez Más:

Subí las escaleras de aquel mugriento y desolado edificio de tres plantas, había mucho polvo y solo se oían borrachos dentro de los pisos. Pero no oía a Audrey. Según el chico que había en el portal, estaba en el último piso en la puerta de la derecha. Siendo su madre, esperaba saber dónde vivía o estaba mi hijo pero seguía siendo igual de reservado que de costumbre y, a decir verdad, no me estaba gustando aquello pero, tal y como decía mi psicóloga en las sesiones de los miércoles a las tres, debía respetarlo porque era su voluntad.

La puerta era de color verde, un tanto rallada y golpeada. No solo no me gustó, sino que, me di cuenta de que estaba abierta, ni siquiera pasaba la llave con la de locos que vivían por aquí… La puerta chirrió al abrirla. Podía medio ver a Audrey gracias a la luz que entraba desde las farolas de la calle por la única ventana que había en aquella habitación casi vacía, lo único que pude ver era una mesita redonda, un sillón raído y viejo y un colchón en la esquina, justo en el suelo, con un cubo de agua al lado, no parecía tener ni siquiera un lavabo, ¿cómo podía vivir así? Me agarré fuerte a mi bolsito Gucci y me quedé allí plantada mientras le observaba de espaldas a mí. Llevaba algo en la mano que no lograba definir muy bien, pero parecía tenerlo bien cogido mientras su cabeza miraba hacia abajo. Le oía respirar muy fuerte, como si estuviera enfadado o se hubiera dado una carrera.

– ¿Audrey? Soy mamá, he venido a verte. Espero que no te importe que haya entrado, la puerta estaba abierta y…

– Ssshhh – pude oír salir de su boca -.

El silencio volvió a reinar en la habitación, tan solo se oyeron mis tacones al avanzar un poco más hacia él. Ni siquiera se giró para recibirme, miraba hacia una zona oscura donde no llegaba la luz de fuera, parecía hipnotizado pero, ¿qué era lo que estaba mirando con tanta fijeza? El suelo no debía ser, estaba muy sucio como para admirarlo de alguna forma…

– Audrey, cariño…

– Ssshhh – volvió a repetir sin girarse, una vez más -.

Mis manos habían empezado a temblar, me castañeaban los dientes y tenía la piel erizada, si no tenía muebles, era muy poco probable que tuviera calefacción. Di un par de pasos más, haciendo el menor ruido posible. Me asomé un poco para ver qué había en el suelo.

– ¡Oh, dios mío, Audrey! Oh, dios mío, dios mío… – no podía parar de repetirlo, jadeando, asustada -.

– Sshhhh – miré su nuca. Quería irme de allí tan rápido como me fuera posible pero, no pude evitar ponerle una mano en su hombro frío y sin mangas, pero ni siquiera se volvió -.

– Audrey, qué has hecho… Dios mío.

– Cállate.

La sangre que salía del cuerpo tendido y sin vida al que Audrey miraba, había llegado a la zona de luz de la habitación. No me había dado cuenta hasta ese momento pero, empezaba a oler. Muy mal. Cogí a Audrey con más fuerza y le zarandeé. Siguió sin inmutarse. Pero sí que pude ver lo que llevaba en la mano, aquello que no había sido capaz de ver al entrar. Estaba cerca, muy cerca de mí ahora como para distinguirlo. Un cuchillo. Era bastante grande y largo. Pude ver dos gotas de sangre en el suelo provenientes de este y todavía me asusté más. Así que, no pude evitar gritar, estaba histérica.

– ¡AUDREY, dios mío!

En cuanto verbalicé la última palabra, noté algo meterse en mi estómago, afilado y duro, algo que me dejó sin aliento. Esta vez, sí se había girado. Sus ojos abiertos me miraban con fijeza, permanecían sobre los míos sin evitarlos. Sus labios fruncidos debido a la fuerza que había ejercido al clavarme el cuchillo, ahora estaban relajado y apenas se podía distinguir una mueca forzada. Me dejó caer y mi cabeza se dio contra el suelo con un ruido sordo. Audrey se quedó sin el cuchillo. Lo dejó clavado y se marchó con esa respiración entrecortada, quizá de enfado o puede que de desesperación. Una vez más, dejó dos cadáveres tras de sí, olvidados.


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One more time:

I went up the stairs of that filthy and desolate three-story building, there was a lot of dust and you could only hear drunks inside the floors. But I didn’t hear Audrey. According to the boy downstairs, he was on the top floor at the door on the right. Being his mother, I expected to know where my son lived or was but he was still as reserved as usual and, to tell the truth, I was not liking that but, as my psychologist said in the Wednesday sessions at three, I had to respect it because it was his will.

The door was green, somewhat grated and beaten. Not only did I not like it, but I realized that it was open, I did not even pass the key with that of crazy people who lived here… The door squeaked when opened. I could half see Audrey thanks to the light coming in from the street lamps through the only window in that almost empty room, all I could see was a round table, a threadbare old armchair and a mattress in the corner, right on the floor, with a bucket of water next to it, he didn’t seem to have even a sink, how could he live like this? I held tight to my Gucci bag and stood there as I watched him with his back to me. He was carrying something in his hand that I couldn’t define very well, but he seemed to have it well caught as his head looked down. I could hear him breathing very hard, as if he was angry or had given himself a run.

– Audrey? It’s mom, I’ve come to see you. I hope you don’t mind that I came in, the door was open and…

– Ssshhh – I could hear coming out from his mouth.

Silence reigned again in the room, only my heels could be heard as I moved a little further towards him. He didn’t even turn to receive me, he was looking at a dark area where the light from outside didn’t reach, he looked mesmerized, but what was it that he was looking at so fixly? The floor should not be, it was too dirty to admire it in any way…

– Audrey, sweetheart…

– Ssshhh – he repeated again without turning, one more time.

My hands had started shaking, my teeth were browning and my skin was bristling, if he didn’t have furniture, it was very unlikely to have heating. I took a couple more steps, making as little noise as possible. I peeked out a little to see what was on the ground.

– Oh my god, Audrey! Oh my god, my god… – I couldn’t stop repeating it, panting, scared.

– Sshhhh – I looked at the back of his neck. I wanted to get out of there as fast as possible but, I couldn’t help but put a hand on his cold, sleeveless shoulder, but he didn’t even turn back.

– Audrey, what have you done… Oh, my god.

– Shut up.

The blood coming out of the lying and lifeless body that Audrey was staring at, had reached the light area of the room. I hadn’t realized it until that moment, but I was starting to smell it. Too bad. I grabbed Audrey harder and shook him. He remained undeterred. But I could see what he was carrying in his hand, what I had not been able to see when I entered. He was close, too close to me now to tell him apart. A knife. It was quite large and long. I could see two drops of blood on the ground coming from this one and I was even more frightened. So, I couldn’t help but scream, I was hysterical.

– AUDREY, my god!!

As soon as I verbalized the last word, I noticed something getting into my stomach, sharp and hard, something that took my breath away. This time, he had turned. His open eyes stared at me with fixity, remaining on mine without avoiding them. His pursed lips because of the force he had exerted when sticking the knife into me, they were now relaxed, and a forced grimace could barely be made out. He dropped me and my head slammed to the ground with a thud. Audrey was left without the knife. He left it stuck and left with that choppy breath, perhaps of anger or maybe of despair. Once again, he left two corpses behind him, forgotten.


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Historias:

Me gustan esas historias donde los personajes viven con soltura o agonizan cuando tienen demasiados problemas, cuando tienen que sobrevivir y la única que puede cambiar la historia soy yo. Pueden ser dramas, aventuras, puede abundar la felicidad, la tristeza o la injusticia, tan solo hay que ser un tanto preciso, lo puedes controlar todo, lo puedes ver todo y tu imaginación puede volar dentro de una casa llena de muñecas terroríficas o tras las cortinas escuchando a un matrimonio discutir, tienes sus decisiones en tus manos.

Historias que cambian, que volverían loco a cualquiera, que pueden hacerte llorar o reír a carcajadas. Historias que cautivan y en las que te encantaría envolverte, formando ese personaje en el que tanto te gustaría convertirte para llevar a cabo tus sueños más ocultos y divertidos y destacar en aquello en lo que nadie sabe que te gustaría hacer o desarrollar. Historias que te hacen pensar, vivir mil experiencias y entender aquello que creías fuera de tu alcance. Historias que dan importancia a las palabras y donde los verbos potencian un sentimiento que creías erradicado de un personaje, el cual, aparece sin avisar. Historias de buenos momentos, con detalles inolvidables, con toques especiales y un deje de fantasía para acallar esa duda interior que, alguna vez, hiciste sentir a tu personaje. Historias complicadas que atrapan como la vida misma pero que no te desharías de ellas ni aunque decidieras no publicarlas.

El personaje vibra de emociones, camina sobre una acera inventada, quizá en una ciudad real o puede que la dejes para editar más tarde como un detalle que se puede cambiar según tu humor o cómo termine la historia. ¿Es un solitario o tiene amigos? ¿Cuál es su ambiente? ¿Cómo influyen esas personas en su vida? Buenas preguntas para responder en cada nueva historia, en cada página en blanco. A veces, pueden sacar algunos de tus rasgos, otras suelen ser tan diferentes y raros que terminas odiándolos.

Pero, son historias. Más importantes o menos, están ahí para seguir esa nueva vida que le has dictado, en la que se ha visto envuelto, en la que puede decidir quedarse y empezar una nueva o tratar de salir y no haber forma de seguir adelante teniendo que desecharla, dejando de ser lo más importante del día. Historias que se repiten en susurros dentro de tu cabeza, tratando de volverse realidad, de confluir entre nuevas ideas, de ilusionarse por estar escritas en una página en blanco, presentes, quizá olvidables, pero marcadas y hechas huella, pudiendo editarlas pero sin sacarlas de ti.

Escritas en hojas sueltas, libretas o en la pantalla de un ordenador, donde todas ellas viven y son recordadas, quizá no ven la luz pero se empeñan en salir de ti sin tener un plan listo, sin poder pararlas. La voz, la lengua, el lenguaje y la imaginación las saca de imágenes constantes que crea la mente mientras se ven a paso rápido mientras escuchas música, haces una tarea, o comes, siempre están ahí, llamándote porque saben que escuchas a diario, saben que no podrás contenerte y que van a ser las nuevas protagonistas.

Te puedes aferrar a ellas cuando quieres desconectar, cuando necesitas un momento de silencio que sea solo para ti o cuando tienes los nervios de punta, ayudándote a salir del bache. Son historias que han apoyado noches de insomnio, días tristes y lluviosos, cuando mandas una disculpa a un amigo y cuando utilizas ejemplos para que una teoría tenga sentido. Son historias que aprecias, personajes que conoces, sensibilidades que palpas y emociones que observas, tan solo necesitarías cuatro paredes, una hoja en blanco y un bolígrafo para ser feliz y dejarte llevar porque nunca estarías sola y no solo vivirías una experiencia, sino tantas como tu mente te permitiera.

Historias que intrigan y no sabes ni de dónde salen, cómo has podido crearlas o verlas en tu cabeza. Se expresan claramente, como si ya las conocieras, como si supieras sentirlas, tocarlas y ser parte de ellas, fluyen sin empujarlas y te muestran que tu creatividad no tiene límites. Historias que respiran bajo la piel, que corren a través de la sangre y siempre las llevas junto a ti, sin necesidad de forzar nada, de infravalorar nada, de desechar nada, siendo partícipe de su esencia. Conspiran entre líneas para guiar tus palabras, para decidir su destino, para contemplar ese inicio, desenlace y final con los personajes que las formarán.

Historias con final o sin él que dejan cuestiones abiertas, quizá con imperfecciones para que se lean las expresiones del personaje y esta no tenga que contar tanto. A veces, cortas y otras muchas, más largas que de costumbre son sutilezas y metáforas casi perceptibles que hacen que te preguntes cosas, te emociones y sorprendas.

Historias que tocan la fibra, que te hacen querer seguir y desear volverlas a leer, te dan lecciones irrumpiendo en tus experiencias para mejorar y convertirte en tu mejor versión, consciente e inconscientemente. Quizá te hablan, quizá sabes escucharlas pero, lo mejor de todo es que puedes sentirte comprendido. Excavas entre esas palabras, las relees, estudias y comentas y nunca te cansas de ellas, el título de la historia por fin tiene sentido.

Historias en las que te sientes identificado, incluso, cuando te describen ese día de agosto en la playa, tirado en la arena pensando en lo afortunado o desafortunado que eres. Historias que no te quitas de la cabeza por su fuerza, por su complejidad, quizá violencia o incomodidad pero todas, llevan una lección incorporada que no deja a nadie exento de una reflexión. Historias que no van contigo pero que las dejas en una estantería por si alguna vez te apetece acercarte a saludarlas, quizá otras las dejas minimizadas en el word porque no te convencen o no quieres quedarte desnuda en público con palabras tan crudas. Historias elaboradas dejadas en cajones desastre que nadie mira y que no tienen mucho interés contextual, quizás el que le das tú, pero no importan mucho como para dejarlos en público.

Historias hechas poema, de esos que ni te imaginabas desarrollar porque no te gustan nada pero que dejas fluir porque también son parte de ti, tus experiencias y de quién eres. Historias que desaparecen en los oídos de alguien, lo dices en voz alta y se te olvida apuntarlo, tu memoria ya flaquea pero qué más da, hemos pasado un buen rato. Historias propias que se desarrollan en tu mente y te quedas para ti. Historias de vida que a nadie le importan, solo palabras y letras que ordenar entre memorias que romper.


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Stories:

I like those stories where the characters live with ease or agonize when they have too many problems, when they have to survive and the only one who can change the story is me. They can be dramas, adventures, happiness, sadness or injustice can abound, you just have to be a little precise, you can control everything, you can see everything and your imagination can fly inside a house full of terrifying dolls or behind the curtains listening to a marriage argue, you have their decisions in your hands.

Stories that change, that would drive anyone crazy, that can make you cry or laugh out loud. Stories that captivate and in which you would love to wrap yourself, forming that character in which you would like to become so much to carry out your most hidden and fun dreams and stand out in what nobody knows what you would like to do or develop. Stories that make you think, live a thousand experiences and understand what you believed out of your reach. Stories that give importance to words and where verbs enhance a feeling that you thought eradicated from a character, which appears without warning. Stories of good moments, with unforgettable details, with special touches and a fantasy stop to silence that inner doubt that, once, you made your character feel. Complicated stories that catch like life itself but that you would not get rid of them even if you decided not to publish them.

The character vibrates with emotions, walks on an invented sidewalk, maybe in a real city or you may leave it to edit later as a detail that can be changed depending on your mood or how the story ends. He’s a loner or he has friends? What is his environment like? How do these people influence his life? Good questions to answer in every new story, on every blank page. Sometimes, they can pull out some of your traits, others are usually so different and weird that you end up hating them.

But, they are stories. More important or less, they are there to follow that new life that you have given them, in which it has been involved, in which it can decide to stays and starts a new one or try to leave and there is no way to move forward having to discard it, ceasing to be the most important thing of the day. Stories that are repeated in whispers inside your head, trying to become reality, to converge between new ideas, to get excited to be written on a blank page, present, perhaps forgettable, but marked, being able to edit them but without taking them out of you.

Written on loose sheets, notebooks or on a computer screen, where they all live and are remembered, they may not see the light but they insist on leaving you without having a plan ready, without being able to stop them. The voice, the language and the imagination are taken from constant images that the mind creates while they are seen at a fast pace while listening to music, doing a task, or eating, they are always there, calling you because they know that you listen daily, they know that you will not be able to contain yourself and that they will be the new protagonists.

You can hold on to them when you want to disconnect, when you need a moment of silence that is just for you or when you have your nerves on edge, helping me out of the pothole. They are stories that have supported sleepless nights, sad and rainy days, when you send an apology to a friend and when you use examples to make a theory make sense. They are stories that you appreciate, characters that you know, sensibilities that you feel and emotions that you observe, you would only need four walls, a blank sheet and a pen to be happy and let yourself go because you would never be alone and not only live an experience, but as many as your mind allowed you.

Stories that intrigue and you do not know where they come from, how you have been able to create them or see them in your head. They express themselves clearly, as if you already know them, as if you know how to feel them, touch them and be part of them, they flow without pushing them and show you that your creativity has no limits. Stories that breathe under the skin, that run through the blood and you always carry them next to you, without the need to force anything, to undervalue anything, to discard anything, being a participant in its essence. They conspire between the lines to guide your words, to decide their destiny, to contemplate that beginning, denouement and end with the characters that will form them.

Stories with or without an end that leave open questions, perhaps with imperfections so that the expressions of the character are read and this does not have to tell so much. Sometimes, short and many others, longer than usual with subtleties and metaphors almost perceptible that make you wonder things, get excited and surprised.

Stories that strike a chord, that make you want to follow and want to read them again, give you lessons breaking into your experiences to improve and become your best version, consciously and unconsciously. Maybe they talk to you, maybe you know how to listen to them but, best of all, you can feel understood. You dig through those words, reread them, study them and comment and never get tired of them, the title of the story finally makes sense.

Stories in which you feel identified, even when they describe you that August day on the beach, lying in the sand thinking about how lucky or unfortunate you are. Stories that you do not get out of your head because of their strength, because of their complexity, perhaps violence or discomfort but all of them carry a built-in lesson that leaves no one exempt from reflection. Stories that do not go with you but that you leave on a shelf in case you ever want to come to greet them, perhaps others you leave minimized in the Word because they do not convince you or you do not want to stay naked in public with such crude words. Elaborate stories left in disaster drawers that no one looks at and that do not have much contextual interest, perhaps the one you give them, but do not matter much to leave in public.

Stories made poem, of those that you did not even imagine developing because you do not like anything but that you let flow because they are also part of you, your experiences and who you are. Stories that disappear in someone’s ears, you say it out loud and you forget to write it down, your memory is already faltering but what else gives, we have had a good time. Own stories that develop in your mind and stay for you. Life stories that nobody cares about, only words and letters to sort between memories to break.


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Publicado en Personajes

Nazel: Atrapada en la Melancolía

Relato procedente: «Melancolía«. Edad: 24

Ciudad: Manchester. Profesión: Bibliotecaria.

Descripción física:

Mi cabello negro y largo hasta más abajo de los hombros, es sedoso y muy fino, tanto que una goma o un gancho no pueden cogerlo demasiado bien y suele caer, así que, siempre lo llevo suelto. Mis ojos son de un tono verdoso, mi piel es bastante pálida y me gusta vestir con unos vaqueros rotos, unas converse, cualquier camiseta negra que encuentre por el armario (casi todas las que tengo son negras) y una chaqueta de cuero un poco desgastada ya pero que me abriga y me hace sentir segura. Siempre he tenido unos quilillos de más, me los quise quitar durante mucho tiempo, me minaban la autoestima y no me veía bien así pero, hará algunos meses que he adelgazado bastante y lo único que me gustaría recuperar serían esos quilillos.

Descripción de la personalidad:

Siempre me han considerado una chica bastante seria y reservada, amiga de sus amigos y que hace favores a quién necesite, lo cual, ha provocado que no me haya dedicado mucho tiempo a mí misma estos últimos años. Soy complaciente, sincera, leal y un tanto confiada, diría que demasiado, siempre me estafan o terminan burlándose de mí por algo. Pero creo que me he considerado una persona oscura en el sentido de tener una tristeza y melancolía impropias de mis primeros 15 años de vida, siendo risueña y casi siempre riendo. Una de las palabras que también utilizaría para definirme sería “lectora empedernida”, al ser bibliotecaria puedo tener acceso a todos los libros que quiera leer y eso me anima a leer todavía más, es un plus.

Una infancia feliz:

He tenido esa infancia propia de los niños, feliz, siempre jugando, sonriendo, haciendo unas cuantas gamberradas y persiguiendo a mis compañeros de clase, los cuales, muchos de ellos, se convirtieron en amigos para toda la vida, de hecho, aún mantengo contacto y muy buenos recuerdos. Mi vida siempre fue sencilla, creo que muy normal y mis padres siempre se llevaban bien, al menos, a mis ojos. No he tenido a nadie con quién pelearme por cogerme la ropa del armario o robarme los cepillos del pelo porque soy hija única y mis padres nunca pensaron en tener a otro hijo, lo cual, de cierta manera, me ha facilitado las cosas.

Sacaba buenas notas, mis cumpleaños eran de ensueño, jamás he odiado una festividad y siempre he creído que yo había nacido para ser grande, no sé si, en cierto modo, lo he conseguido. Diríamos que no ha habido nunca nada raro que pudiera afectarme excesivamente o que tuviera una razón de peso para estar triste o apesadumbrada, melancólica o distante, siempre he sido alguien bastante positiva y entregada a los demás.

Un adiós sincero:

Me ha gustado mucho conocer gente nueva y algunos del grupo de clase con los que solía ir, empezaron a salir con algunos de cuarto curso, se cayeron bien e iban a pubs juntos, incluso, se pasaban hierba alguna que otra vez, creo que esa fue la principal razón de todas las razones por las que decidieron hacerse amigos. Así es como conocí a Steve. Alto, cabello castaño, ojos penetrantes, sonrisa perfecta… bueno, ya sabéis cómo va. Tu mirada se posa en alguien y ya no te puedes olvidar. Fue una atracción casi instantánea, en el mismo momento en el que nos presentaron, unos meses después él también lo reconoció, mientras estábamos bajo las sábanas riendo por alguna estupidez que se le había ocurrido. La cuestión era que me lo pasaba muy bien con Steve, era amable, sincero, entregado y dotado de lealtad, pero lo más importante, respetaba a los demás, nunca le respondía mal a nadie, no tenía rencor ni odio por nadie, era muy tranquilo y eso me embriagaba de serenidad, algo que a veces, no lograba mantener a lo largo de la semana.

Creo que por eso, fue tan doloroso. Al parecer, no podía dormir, yo no lo sabía y ni siquiera lo había notado en él, estaba como siempre. Nunca había conocido una faceta en Steve donde tuviese que pretender estar bien porque siempre lo estaba, me equivoqué. Su madre me contó que fue al médico para que le recetara unas pastillas para dormir. Consiguió hacerlo, lo cual, alegró a sus padres pero no sabían el enganche que estas podían causar. Debía de tomar media cada noche pero empezó a tomarse una entera, luego una y media, después dos y se aumentaba la dosis, incluso, durante el día. Acabó tan enganchado que tenía lagunas, le fallaba la memoria a menudo y estaba muy despistado, a veces, se saltaba un par de horas de clase y luego aparecía algo atolondrado pero sonriente, como si no pasara nada porque nadie tenía ni idea, por eso nadie pudo ayudarle.

Una mañana, sus padres encontraron a su hijo tirado en el suelo del baño con un bote de pastillas vacío en su mano. Los servicios médicos intentaron reanimarle pero fue tarde, al parecer, ya llevaba cuatro horas muerto. Nadie entendió por qué tomó todas esas pastillas, qué le vendría a la mente en aquel momento para hacer lo que hizo y seguimos sin saberlo, tan solo nos miramos cuando nos encontramos por la calle, sabiendo que nuestras vidas ya no van a ser las mismas sin Steve. Creo que después de siete años, todavía nos sentimos así. Le di un adiós sincero en su entierro, cuando todos nuestros amigos y familiares se fueron, pero no pude recuperar el aliento hasta pasado un año, en el cual, no quería comer, beber o salir de casa, solo quería estar durmiendo y despertar para volver a recordar que ya no estaba con nosotros. Fue un año duro. Mi madre insistió con que fuera a un psicólogo para poder recuperarme del trauma y así fue, sigo recordándole pero de otra manera.

Muerte sin avisar:

Pasados unos cinco años de esto, empecé a ir a unas clases para hacerme bibliotecaria, tenías que pasar unos exámenes algo complejos para poder estar rodeada de libros y en silencio todo el día. A mis padres les hubiese gustado que fuese a la Universidad y hubiera estudiado algo más interesante y que proporcionara una economía mejor, pero no me gustaba ninguna de las carreras que habían marcadas en ninguna de las universidades, así que, esta era la mejor opción para mí. Fue entonces cuando mi madre fue al médico a hacerse un análisis de sangre, recuerdo que llegaba tarde y que estaba algo nerviosa porque era una maniática de la puntualidad, esa mañana nos reímos de ella y con ella y luego se fue al centro médico. El día fue genial porque esa misma tarde fuimos al cine y a cenar unos burritos, fue una noche de diez.

Mi madre recibió la llamada una semana después de hacerse la prueba, el médico le dio la noticia de que tenía leucemia, que estaba muy avanzado y que no podían hacer nada por ella, los síntomas coincidían, así como las pruebas realizadas, no había ninguna duda, le dieron unos cuatro meses de vida, como mucho, podría ser antes o después de lo esperado. Nos dio la noticia y sentí todos esos sentimientos que me embriagaron con la muerte de Steve, todo ese vacío, esa tristeza desmesurada, esa melancolía que estaba a punto de volver a sentir, sabía que se acercaba a paso rápido y que no podría pararla, así que, me preparé como pude. Esperaba que se acostase y esperase a la muerte llamar a su puerta, pero dejó una nota antes de suicidarse diciendo que no iba a esperar, que se iba a ir ahora que podía y aún se sentía relativamente bien. De un día para otro, sin más. Con solo una nota, sin una despedida digna, al igual que pasó con Steve.

Atrapada en la melancolía:

Pude sentirla nuevamente, hacerse partícipe de mi cuerpo. Estaba segura de sí misma una vez más y quería formar parte de mis rutinas, forzándome a estar más tiempo en la cama que dando vueltas por casa, siendo acompañada por mi padre que, muchas veces, se quedaba dormido a mi lado por si volvía a entrarme otro ataque de pánico sin avisar. Mi cuerpo se sentía pesado, mi respiración se entrecortaba cada vez más, no podía controlar ese corazón acelerado y esa angustia que sentía en mi interior. Solo quería llorar, como si mi cuerpo no pudiese expresarse de otra forma, como si esa fuese la única salida que tenía para permanecer conectado.

Dos situaciones tristes, muy intensas, fuertes, creo que impactantes. Quizá hicieron que se carácter risueño se volviera más amargo, que esas sonrisas se volviesen mueca y que esas risas, lágrimas. Llamé a la psicóloga para volver a empezar la terapia, sintiéndome otra vez perdida y desplazada de quién soy.

Un futuro de superación:

Creo que me he dejado llevar aceptando que esa melancolía ahora forma parte de mí y puede que durante algún tiempo sea mi compañera. He de aprender a comunicarme con ella, a sentirla y dejarla fluir, a no rechazar lo que propone y saber que solo es una emoción que puedo sentir en un determinado momento, en el cual, no determina mi felicidad entera el resto de días. Supongo que, hay años que son más duros que otros y eso no está mal, debemos tener de todo en la vida para que tenga cierto significado y quizá, aprender algo en nuestra estancia aquí. No es mucho pero, es un avance en mi recuperación.

Supongo que aún me quedan cosas por asumir y que aceptar, dos vacíos así no se pueden llenar de la noche a la mañana y mucho menos, con cualquiera o cosas insignificantes, hay que saber convivir contigo mismo y con esos malos momentos que te hacen cambiar de humor o no sentirte del todo bien. Hay días y días, en cualquiera puedes ver a tu madre caer y otra, un sol brillar por la ventana y una energía que te permite hacer de todo y no parar. Todo es cuestión de perspectiva, ¿no?


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Melancolía:

Ahí está. Esperándome, agónica. La oigo respirar, siento cómo se acerca, cómo se desliza, cómo me llama. Con sus gélidas manos, tiene el valor de tocar mi cuello, mis manos, mis pies, mientras me evoca escalofríos, un chasquido en los dientes y un temblor incómodo en el ojo izquierdo. Quiere formar parte de mí, de mi cuerpo, de mi interior, desea que me deje llevar, que deje las puertas abiertas para ella, que vuelva a sentirla, que le permita el paso y que nos fundamos como uno solo.

Hacía tiempo que no la sentía, que permanecía en la distancia, anulada, rechazada, envuelta en un manto invisible, casi olvidado, observándome reír por cualquier cosa, sentirme viva, consciente, conectada con mi cuerpo, quizá sintiera celos, quizá envidia al verme tan contenta después de todo lo pasado, puede que no pudiera encajar la buena nueva de que no la quería más en mi vida y se sintió desplazada. Tras dos años, quería volver a entrar, era una nueva oportunidad para hacerse ver, hacerse notar y sentirse importante tras tanto tiempo castigada en la oscuridad, sin palabras que valiesen ni pensamientos que considerara propios.

No sé por qué podía sentirla ahora. Quizá la muerte de mi madre fuera la principal causa, esa tristeza perceptible en la mirada o ese oscuro sentimiento que la muerte siempre evoca en el ser humano cuando un ser querido se va. Creo que vio esa oportunidad que esperaba, ese resquicio de esperanza de volver a formar parte de mi vida, de intensificar mis sentidos, de hacerme olvidar lo bueno de la vida y hacerme llorar por casi cualquier cosa, levantándome de la cama con el cabello enmarañado, sin ganas de desayunar o darme una ducha, solo queriendo quedarme acostada en la cama todo el tiempo del que dispusiera. Eso a ella le gustaba, le enternecía, se alimentaba de mi energía, mis ganas de vivir, sin consuelo o compasión, sino apoyando esa tristeza que hacía propia y que salía de mi interior.

Recuerdo que una vez llegué a pensar en ella, aunque fue un ínfimo pensamiento, casi imperceptible, podría pasar desapercibido, podría haber desaparecido en la nada y ni siquiera mi mente hubiera formulado una pregunta sobre ello pero, ese recuerdo hizo que permaneciera, quizá ese recuerdo fue el que la convenció de volver. Simplemente, me pregunté qué había sido de ella, qué le había ocurrido y por qué se sentía tan distanciada, si realmente, la echaba un poquito de menos. En esos momentos de oscuridad, me había impulsado a crear, a llevar a cabo ideas que no podría haber sacado de mi cabeza si no hubiera estado en esos momentos oscuros que ella misma me tendió en bandeja de plata, tampoco me hubiera inspirado tanto, quizá debía darle las gracias a pesar de las noches sin dormir y los constantes retortijones de cada mañana, las náuseas y la sensación de que las paredes se me iban a caer de un momento a otro.

Creo que ese fue su momento. Se deslizó con inteligencia hasta llegar a mí mientras seguía sonriendo, evitando que otros vieran mi tristeza, moviéndose con cuidado, con sigilo, con un silencio atronador y un objetivo claro. Tan solo tenía que hacer contacto, tenía que sentirla para adentrarse en mí, para volver a crear pensamientos intrusivos, ansiedad, ese llanto antes de intentar dormir, estaba detrás de ese hastío al ir a la oficina cada mañana. Fue introduciéndose hasta tenerme lo suficientemente cerca para atacar, para tenerme entre sus garras y oscurecer cualquier pequeño y diminuto pensamiento positivo que se formaba casi de manera automática en mi mente. Hizo explotar mi subconsciente y un montón de letras, palabras y frases se amontonaron en mi mente, me llevaron a escribir, a desarrollar esa parte oscura a la que no quería enfrentarme, a esa zona de la mente que nadie quiere mirar y darle energizantes golpes al teclado para que la historia se hiciera realidad, para que mi historia tuviera una realidad.

«La Melancolía». Así se llamaba el libro y así se llamaba ella. Siempre hemos tenido una relación de amor-odio que quizá nadie entienda, puede que, en ciertos momentos, ella se haya sentido desplazada o yo la haya apartado cuando no la necesitaba y puede que, anhelarla, me hiciera volver a quererla en mi vida por alguna razón que aún desconozco. Pero ahora que sigue aquí conmigo, dejo que forme parte de mí, que me llene de esa oscuridad que la caracteriza para permitirme a mí misa el sentirme mal, respetando esa faceta, dejándome llevar por ella y descansando la mente cuando así ocurre. Ella no quiere irse y, aunque me gustaría volver a librarme de ella, me gustaría entenderla, saber sus gustos, por qué es tan oscura, por qué siempre quiere ser la protagonista de mis historias y por qué se siente con el derecho de invadirme cuánto más feliz estoy. Le doy tiempo para que me responda a todas esas cosas, quizá son dudas que no tienen mucha importancia, pero puede que algún día, llegue a obtener las respuestas que necesito, puede que ella misma me las diga porque, a veces, la melancolía es solo una emoción que te indica que necesitas descansar y que quizá, no has tenido un buen día, necesita libertad, entrar y salir de ti para ayudarte a aceptarte y quererte un poquito más.

¿Podré aceptarla como una parte más de mí?


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Melancholy:

There she is. Waiting for me, agonizing. I hear her breathing, I feel how she approaches, how she glides, how she calls me. With her icy hands, she has the courage to touch my neck, my hands, my feet, while evoking chills, a snap in my teeth and an uncomfortable tremor in my left eye. She wants to be part of me, of my body, of my inside, she wants I let her to be with me, to leave the doors open for her, to feel her again, to allow her the passage and that we merge as one.

It had been a long time since I felt her, that she remained in the distance, annulled, rejected, wrapped in an invisible mantle, almost forgotten, watching me laugh at anything, feel alive, conscious, connected to my body, maybe she felt jealous, maybe envy to see myself so happy after everything I went through, I may not have been able to fit the good news that I did not want her more in my life and she felt displaced. After two years, she wanted to re-enter, it was a new opportunity to be seen, to be noticed and to feel important after so long punished in the dark, without words that were worth or thoughts that I could consider mine.

I don’t know why I could feel it now. Perhaps the death of my mother was the main cause, that perceptible sadness in the gaze or that dark feeling that death always evokes in the human being when a loved one leaves. I think she saw that opportunity she was waiting for, that glimmer of hope to become part of my life again, to intensify my senses, to make me forget the good in life and make me cry for almost anything, getting out of bed with matted hair, not wanting to have breakfast or take a shower, just wanting to lie in bed for as long as I had. She liked that, she was touched, she fed on my energy, my desire to live, without comfort or compassion, but supporting that sadness that I made my own and that came out of my inside.

I remember that once I came to think about it, although it was a tiny thought, almost imperceptible, it could go unnoticed, it could have disappeared into nothingness and not even my mind would have asked a question about it but, that memory made it remain, perhaps that memory was the one that convinced her to return. I just wondered what had become of her, what had happened to her and why she felt so estranged, if really, I missed her a little bit. In those moments of darkness, she had driven me to create, to carry out ideas that I could not have taken out of my head if I had not been in those dark moments that she herself laid out on a silver platter, nor would I have inspired me so much, maybe I should thank her despite the sleepless nights and the constant cramps I’ve felt every morning, the nausea and the feeling that the walls were going to fall from one moment to the next.

I think that was her moment. She slipped intelligently all the way to me as I kept smiling, preventing others from seeing my sadness, moving carefully, stealthily, with thunderous silence and a clear goal. She just had to make contact, I had to feel it to get into me, to recreate intrusive thoughts, anxiety, that crying before trying to sleep, I was behind that boredom going to the office every morning. She was introduced until she had me close enough to attack, to have me in its clutches and obscure any small and tiny positive thoughts that formed almost automatically in my mind. She exploded my subconscious and a lot of letters, words and phrases piled up in my mind, led me to write, to develop that dark part that I didn’t want to face, to that area of the mind that nobody wants to look at and give energizing taps to the keyboard so that the story would come true, so that my story would have a reality.

«Melancholy.» That’s what the book was called and that’s her name. We have always had a love-hate relationship that perhaps no one understands, maybe, at certain times, she has felt displaced or I have separated her when I did not need her and maybe, longing for her, made me love her again in my life for some reason that I still do not know. But now that she is still here with me, I let her be part of me, that she fills me with that darkness that characterizes her to allow me to feel bad, respecting that facet, letting myself be carried away by it and resting my mind when it happens. She doesn’t want to leave and, although I would like to get rid of her again, I would like to understand her, know her tastes, why she is so dark, why she always wants to be the protagonist of my stories and why she feels entitled to invade me how much more happy I am. I give her time to answer all those things, maybe they are doubts that do not have much importance, but maybe one day, I will get the answers I need, she may tell me them herself because, sometimes, melancholy is just an emotion that tells you that you need to rest and that maybe, you haven’t had a good day, she needs freedom, to come and go from you to help you accept and love yourself a little more.

Will I be able to accept her as a part of me?


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Nell: La que Percibe la Oscuridad

Relato procedente: «Oscuro». Edad: 26 años.

Ciudad: Michigan. Profesión: Estudiante.

Descripción física:

Mi cabello es de un color anaranjado combinado con dorados en las puntas, casi no se ven, tan solo cuando me da el sol. Mis ojos son de un tono verdoso oscuro, un tanto intensos y dando la sensación de ternura que mi abuela materna siempre solía notar cada vez que iba a su casa. Mis labios son finos, no me pongo demasiado pintalabios, tan solo toques muy claros para que no se note demasiado, no me gusta llamar mucho la atención con el maquillaje. Mi piel es un poco oscura gracias a los veranos en España que solemos apreciar mi familia y yo cada año, pero tiendo a tener casi siempre los pómulos y la nariz bastante rojos debido al frío que suele hacer fuera en invierno. Tengo un peso bastante adecuado creo y me cuido bien, según tengo entendido, así que, suelo vestirme con camisetas tipo vintage con colores estridentes u oscuros, depende del día y unos pantalones vaqueros por lo general rotos y que no definen demasiado mi figura. En cuanto a zapatos, siempre prefiero llevar algunas bajitas, como las Converse, las Vans y, alguna que otra vez, me pongo unas Doctor Martens por darle un aire distinto a mi estilo.

Descripción de la personalidad:

Mi abuela siempre dice que soy muy buena niña, que de tan buena que soy, pego por inocente y reservada cuando veo que mi alrededor no va en mi misma sintonía. Soy bastante sensible e impresionable, enamoradiza y un tanto desconfiada, aunque intento no serlo por todos los poros de mi piel, tratando de mostrar la mayor parte del tiempo naturalidad y compromiso con los demás siempre que tengo oportunidad. Me gusta tener tiempo y espacio para mí misma, muchas veces, me retraigo más de lo debido y, otras veces, puedo ser totalmente extrovertida, no entiendo esa ambigüedad que me caracteriza en ciertas ocasiones, no sé por qué soy como soy y me gusta preguntarme cosas constantemente, siempre queriendo saber por qué el mundo es mundo y por qué las personas somos como somos, diría que soy una curiosa del comportamiento humano.

La niña buena de la familia:

Al leer esto, quizá creas que he sido una niña mimada durante gran parte de mi vida y que todo el mundo a mi alrededor ha trabajado para complacerme y hacerme feliz, pero no ha sido así en absoluto. Sí que es verdad de que he gozado de muy buena salud, buenos amigos, gente cercana y cariñosa la mayor parte del tiempo y mi infancia ha sido muy feliz, pero no he dejado de complacer a los demás ni un minuto, o así es como lo he sentido. Llegó el día en el que fui algo más mayor y, con ello, algo más importante, sobre todo, en la granja de mis abuelos y, algo después, en casa de mis padres, de hecho, quería ser un pilar fundamental como lo fue mi abuela y después mi madre. Tuvimos momentos y roces pero nos terminamos tolerando, me gustaba colaborar en casa y tenerlo todo ordenado, quizá demasiado bajo control.

En la granja se aprovechaban de mi buena fe al dejarme siempre las tareas que solía hacer como ayudante para mí, incluso, los días en los que no podía ir o tenía muchos deberes como para ocuparme tan solo porque les acostumbré demasiado a hacerlo yo, siempre decía sí a todo, incluso, cuando iba estresada y me ahogaba con los exámenes finales, no importaba si volvía a casa a las doce de la noche y todos estaban durmiendo, estaba haciendo algo que beneficiaba a la familia. Mi abuela no estuvo demasiado bien del corazón una temporada, así que, mis padres me confiaron todos sus cuidados personales, mientras ellos se ocupaban de su economía y negocios que tenía con otras granjas. A simple vista, podía resultar sutil y poco importante, incluso, altruista, pero tras ello podía esconderse un alto nivel de aprovechamiento. Por ello, siempre he sido la niña buena, porque me necesitaban y yo les daba lo que me pedían sin rechistar, con el «sí» por delante y el trabajo sin amontonar porque yo era muy organizada.

Estudios y trabajo:

Mi familia siempre se ha caracterizado por ser bastante humilde, a pesar de llevar una granja y un campo del cual, vender frutas, verduras y leche. Teníamos mucho que hacer, cada día era diferente y llevábamos gran cantidad de comida allá dónde íbamos para ganarnos algo de dinero. Yo seguía estudiando pero tenía un legado del que trabajar, que sacar adelante y era hija única, por lo que, tenía que apechugar y, aunque estudiara en el instituto del pueblo más cercano, también debía hacer horas en la granja y el campo, ese era también mi deber. No puedo negarlo, era duro, pero al menos, tenía algunas horas por las tardes para observar lo que pasaba alrededor de casa cuando mis padres no estaban, me gustaba observar a los vecinos, sus vidas, discusiones, alegrías, bajones, hábitos y momentos de tensión.

¿Por qué les observaba, preguntáis? Porque su vida era más interesante que la mía o, al menos, así lo veía yo. Me gustaba saber en qué gastaba la gente rica el dinero, dónde iban los jóvenes de familias de nivel económico medio a pasar el día, qué niños y jóvenes estudiaban en universidades privadas mientras leía folletos por simple curiosidad para saber qué asignaturas diferentes tenían de las mías y a qué vecinos les gustaba trabajar hasta tarde, eran alcohólicos, tenían discusiones de pareja y qué familias no soportaban mirarse a la cara a la misma vez que lo escondían a la hora de comer. Era divertido, un mundo fascinante, en el que podía imaginarme sus vidas como quisiera y podía obtener la información que quería. ¿Era una cotilla? Puede parecerlo pero, como dije, tan solo soy una observadora del comportamiento humano.

El suicidio:

Vi a ese vecino que siempre trabajaba hasta altas horas de la madrugada, no sabía muy bien si era periodista, escritor, editor de vídeos o abogado, la cuestión era que se pasaba la mayor parte del tiempo escribiendo, escribía sin parar y quizá cuando llegaba la noche era cuánto más inspirado estaba para hacerlo. Muchas noches, me resultaba curioso ver cómo trabajaba, concentrado, cómo movía el bolígrafo de rápido, cómo las palabras parecían fluir de su mente y la pantalla del ordenador le daba una especie de brillo en sus ojos azules. Podría parecer una acosadora y supongo que es lo que se puede entender a simple vista pero tan solo me gustaba poner los ojos en los demás y saber un poco más de ellos, ya que, sabía que no sería muy posible entablar conversaciones con ellos debido al poco tiempo del que disponía tanto yo como ellos, aunque algunas veces sí nos saludáramos por la calle…

Esa mañana le vi. Estaba sentado en una silla de madera blanca con sus ojos puestos en algo que tenía en la mano, algo que resultó ser un arma y, desde luego, era algo que no esperaba para nada. Parecía que viniese o estuviese preparado para irse a una boda, dado que, estaba muy bien peinado y vestía un traje de color gris bien planchado y ajustado a su cuerpo, elegante, con mocasines negros incluidos. Puso el arma en su sien izquierda y se pegó un tiro, tal cual. Cerré los ojos tan fuerte que me hacían daño, los volví a abrir cuando aquel ruido sordo desapareció y me encontré con una silla vacía en el piso del vecino.

¿Qué hace una niña buena como yo si ve algo así? Se va corriendo a ver qué ha podido ocurrir y para ver en qué puede ayudar a la persona supuestamente muerta o herida, de hecho, no le había visto ni siquiera caer de la silla. Llamé a todos los timbres de los pisos pero nadie respondió, como si se hubieran puesto de acuerdo para irse el mismo día a la misma hora y no abrirme la puerta, así que, aporreé la del portal fuertemente para ver si alguien podía abrirla y dejarme entrar para comprobar si ese hombre estaba bien y, si no, llamar a alguien para que viniera a recogerle. Dio la casualidad de que sí me abrieron la puerta. La abrió el mismo hombre que había visto pegarse un tiro unos minutos atrás. Me quedé perpleja, sorprendida y no cabía en mí de preguntas, de hecho, me sentía abrumada y descompuesta, por lo que, al no saber muy bien qué decir, me fui corriendo a mi casa, cerré la puerta de mi cuarto rápidamente e intenté respirar, estaba muy nerviosa.

Volví a escuchar un ruido, por lo que, me asomé poco a poco a la ventana y levanté la vista. Vi a ese hombre una vez más, sentado en la silla, poniéndose el arma en la sien izquierda. Antes de que apretara el gatillo, grité hasta quedarme sin voz ni aliento. Los abrí de repente, tocándome la garganta, algo seca y raspada, y tan solo pude ver esa silla blanca. Vi a alguien salir del portal. Me asomé y le vi salir de él tan campante, como si no pasara nada, seguía vistiendo de traje y desaparecía al final de la calle con un deje estiloso y elocuente. Sorprendida, me dejé caer al suelo y me tapé los ojos con las manos al no creer nada de lo que estaba viendo.

Un futuro de oscuridad observada:

Un tiempo después, vi a otra vecina que colgaba una cuerda en el techo y en la que se ahorcó, pude presenciarlo unas diez veces, hasta que dejé de mirar a su ventana. También vi a una niña pequeña que tuvo una muerte súbita mientras su madre la cogía en brazos de la cuna, lo presencié cuatro veces, hasta que logré apartar la mirada y la posé en otro lugar. Vi a una pareja tirarse cosas la una a la otra, gritándose tan fuerte que dolía escucharles, hasta que la mujer le propinó diez cuchilladas con una cara de sádica absoluta; lo presencié cien veces hasta que asumí que la vida y las personas eran crueles y que así era el mundo. Pero, no pude más y me cambié de habitación, mis padres dejaron que durmiera en la de invitados que daba a una zona arbolada donde casi no pasaba nadie y donde podía despejar mi mente más fácilmente.

Puede que esto sea temporal. Puede que yo pueda ver la muerte, pueda sentirla, pueda obtener esa información de esa gente ya olvidada y que sigue estando presente a través de mí, puede que aprenda a lidiar con ello o que, simplemente, me vuelva loca. ¿De dónde me venía aquello?, ¿mi madre y mi abuela también lo sufrían o solo tenía que ver conmigo?, ¿quizá tenía una oscuridad interna que nadie más podía ver o sentir nada más que yo? Y… ¿por qué yo?


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