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El Monstruo:

Eres mi puerta cerrada, un continuo recordatorio de dónde no quiero ir. Es una zona oscura, apagada, que no me deja respirar al acercarme, que me ahoga de miedo y dolor, que se antepone a la duda y a hacer lo correcto, que habla antes de pensar y desgarra cualquier parte buena que haya dentro o fuera. Por eso, estás encerrado, por eso nunca te dejo salir, por mucho que golpees la puerta, que grites y patalees, sabes que no puedo dejar que vuelvas a poner un pie cerca de ese pasillo, que es justo el que va directo a mi perdición.

Ibas creciendo conforme yo lo hacía. ¡Qué puedo decir! Siempre estuviste ahí, una parte de mí, más oscura y divergente, contrarrestada, endiablada, pasota y cortante, alguien a quién no le importaba nada. Nos íbamos pasando la pelota, mientras la rabia y el control me poseían, me volvías loco. Entre un golpe y otro, me atontabas para seguir manteniendo tu trono intacto. Te hiciste fuerte debido a violencia, soledad, enfado e injusticia. Supongo que ningún niño debería saber nada de eso en tan corta edad, ¿verdad? Ahora quizá digas que querías protegerme, querías que fuera fuerte para enfrentar lo que fuera que estaba a punto de sucederme, que la vida es dura y que debía seguir caminando.

Sentiste mi tristeza, sentiste cómo iba cayendo en un agujero. Me mantenías a flote para que no tomara decisiones impulsivas, para que pudiera seguir caminando, mi alma empezaba a ser una muleta para tú poder seguir estando de pie. Me defendías en cada pelea, en cada discusión absurda, cuando se mofaban de mí o me daban de golpes, supongo que sentía cierto poder dentro de mí que no lograba entender, hasta llegué a preguntarme si era un monstruo. Llegué a creérmelo. Pero solo estaba sobreviviendo a otra nueva situación de mierda. Así había sido mi vida, y así es como tu tratabas de que no me parara.

Supongo que desde hace años esperas que te lo agradezca. Puede que te sientas decepcionado porque te encerré, porque he logrado controlarme y no seguir por el estrecho sendero oscuro por el que me llevabas, imagino que no debió de gustarte que pudiera callarte. Y sí, la verdad es que eras una cotorra, no dejabas de hablar. Destructivo, vengativo, negativo, catastrofista, perfeccionista, y un cobarde, tenías tanto miedo dentro que tu envoltura era la inseguridad. Supongo que sí, algunas cosas dejaste en mí, pero es bueno que empecemos una conversación, que cambie los candados cada dos años para que no se oxiden, para que no llegues a derrumbar la puerta, o deshacer todo lo que he conseguido enmarañando mi mente y haciéndome creer que eres el único que puedes quitarme el dolor.

He de reconocer que no sentir era genial, te da igual todo, eres casi como un muerto andante al que solo le importa caminar. Las emociones son cambiantes, a veces, son un desastre, te hacen sentir pequeño, incluso, miserable, te rompen por dentro, y muchas otras cosas que desearía no comentar, pero sigo sin ver la razón por la que tendría que volver a abrirte la puerta. No eres más que otra puerta cerrada de las muchas que no abro en esa sección de mi mente, aunque sí es verdad que te tengo cierto aprecio, eres de una colección que no me gustaría perder por lo que pudiera ocurrir en un futuro. Pero no olvides, que son muchas las que se han abierto por beneficio propio, pero la tuya querido amigo, espero no abrirla jamás.

Eres mi pequeño monstruo. Ese que me transforma en alguien que no quiero volver a ver, que pocos han visto y que espero que no vean. El dolor no se quita, no se arranca, no se vuelve agresivo para dejar que deje de rasgarte por dentro, sino que, se acepta y dejas que permanezca como recordatorio de cuánto has pasado y cuánto más has superado. Te deja resquicios de tristeza, incluso, puede llegar a ser permanente, pero no hasta el punto de soltarte. Últimamente, te oigo gritar, pareces desesperado después de tanto tiempo, hasta imploras encontrar una salida, puede que rasques los enormes y gruesos muros que construí especialmente para ti. Quiero que sepas que te oigo, que te entiendo, que te acepto y que sé que eres otra pieza más de mi rompecabezas, situado en el sótano, junto con otros que quizá conozcas.

Espero que algún día, viejo amigo, te reconcilies contigo mismo y podamos volver a contarnos historias.


The Monster:

You’re my closed door, a continuous reminder of where I don’t want to go. It is a dark, dull area that does not let me breathe when I approach, that drowns me in fear and pain, that takes precedence over doubt and doing the right thing, that speaks before thinking and tears any good part that is inside or outside. That’s why you’re locked up, that’s why I never let you out, no matter how much you knock on the door, scream and kick, you know I can’t let you set foot near that hallway again, which is just the one that goes straight to my perdition.

You were growing as I did. What can I say! You were always there, a part of me, darker and more divergent, countered, devilish, stepped and sharp, someone who didn’t care about anything. We were passing the ball, while anger and control possessed me, you drove me crazy. Between one blow and another, you stunned me to keep your throne intact. You became strong because of violence, loneliness, anger and injustice. I guess no kid should know any of that at such a young age, right? Now you may say that you wanted to protect me, you wanted me to be strong to face whatever was about to happen to me, that life is hard and that I should keep walking.

You felt my sadness, you felt myself falling into a hole. You kept me afloat so that I would not make impulsive decisions, so that I could continue walking, my soul began to be a crutch for you to continue standing. You defended me in every fight, in every absurd argument, when they made fun of me or beat me, I guess I felt a certain power inside me that I couldn’t understand, I even wondered if I was a monster. I came to believe it. But I was just surviving another shitty new situation. That’s how my life had been, and that’s how you tried that I didn’t stop.

I guess for years you’ve been waiting for me to thank you. You may feel disappointed because I locked you up, because I have managed to control myself and not continue along the narrow dark path you were taking me, I imagine you must not have liked that I could shut you up. And yes, the truth is that you were a parrot, you did not stop talking. Destructive, vindictive, negative, catastrophic, perfectionist, and a coward, you were so afraid inside that your envelope was insecurity. I guess so, some things you left in me, but it’s good that we start a conversation, that I change the locks every two years so that they don’t rust, so that you don’t get to collapse the door, or undo everything I’ve achieved by tangling my mind and making me believe that you’re the only one who can take the pain away from me.

I have to admit that not feeling was great, you don’t care about everything, you are almost like a dead man who only cares about walking. Emotions are changeable, sometimes, they are a mess, they make you feel small, even miserable, they break you inside, and many other things that I wish I did not comment, but I still do not see the reason why I would have to open the door again. You are just another closed door of the many that I do not open in that section of my mind, although it is true that I have a certain appreciation for you, you are from a collection that I would not like to lose for what could happen in the future. But do not forget, that there are many that have been opened for my own benefit, but yours dear friend, I hope it never gets open.

You are my little monster. That one that transforms me into someone I don’t want to see again, that few have seen and that I hope they don’t see it. The pain is not removed, it is not torn away, it does not become aggressive to let it stop tearing you inside, but it is accepted and you let it remain as a reminder of how much you have gone through and how much more you have overcome. It leaves you with traces of sadness, even, it can become permanent, but not to the point of letting go. Lately, I hear you screaming, you seem desperate after so long, until you implore to find a way out, you may scratch the huge and thick walls that I built especially for you. I want you to know that I hear you, that I understand you, that I accept you and that I know that you are another piece of my puzzle, located in the basement, along with others you may know.

I hope that one day, old friend, you will reconcile with yourself and we can tell us stories again.


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Elfrom: El que Entristece

Relato procedente: «En Persona«. Edad: 38 años.

Ciudad: Columbus. Profesión: Recepcionista.

Descripción física:

Mi cabello es negro, por los costados y por detrás bastante corto y por arriba en forma de tupé bien peinado y cuidado, con una barba algo poblada y con zonas canosas. Mis ojos son de un tono azul claro, aunque si no les da mucho la luz pueden volverse de un color más intenso. Mis labios son finos y mi tez un tanto morena. Siempre me ha gustado vestirme de forma informal, exceptuando cuando voy al trabajo que es el único momento donde soy capaz de llevar traje y corbata.

Descripción de la personalidad:

Desde que era pequeño, me han comentado que tengo bastantes problemas a la hora de exteriorizar emociones, no me gustan mucho los conflictos y rehúyo de personas que sé que me van a traer problemas. Soy bastante callado e introvertido, desde siempre he estado en mi cabeza, hablando conmigo mismo, reflexionando, sintiendo como si no perteneciera al mundo, con una tristeza inexplicable. Sí que es verdad que, como todo el mundo creo, tengo la habilidad natural de pretender que soy como los demás para hacerles creer que encajo y me siento genial en el entorno, cuando la realidad es que no tengo ni idea de qué están hablando.

Una infancia bastante aislada:

Creo que siempre fui ese típico niño rechazado que vivía en su cabeza, soñando e imaginando mundos propios en los que poder caracterizar personajes, no solía hablar demasiado y no me gustaba el colegio, sacaba las notas justas para pasar de curso porque no me interesaban los temas de los que hablaban y no encajaba muy bien en mis entornos. Con mis padres siempre sonreía y asentía con la cabeza pero me sentí solo casi todo el tiempo, no entendían el porqué de mi aislamiento, por qué quedarme en casa encerrado leyendo y no tenía amigos. No me interesaba y eso, simplemente, no podía fingirlo.

Me gustaban los juegos de mesa, los puzzles, las sopas de letras y todo tipo de juegos que solo hiciese falta una persona para jugar. Era un niño muy introvertido y no me gustaba causar problemas, era calmado y no me importaba demasiado lo que pudieran pensar los demás de mí, muchos me comparaban con un robot. Era inteligente pero no tenía el menor interés en demostrarlo, era como esforzarse para nada, sabía que los demás no valorarían ninguna cosa de la que hiciera, solo se quejaban de dinero y de la cantidad de facturas que llegaban a casa, aparte de discutir delante de mí por cosas que no me concernían ni lo más mínimo. Ellos tenían sus cosas, yo era un cero a la izquierda y estaba cómodo en esa zona de confort.

No hice lo que se esperaba de mí:

De hecho, nunca lo hice. Desde pequeño, de adolescente y adulto, no hacía lo que se esperaba de mí en ningún ámbito de mi vida. No escuchaba a nadie, estaba decidido a andar por mi cuenta. Mis padres se empeñaban en que entrara en la Universidad a estudiar medicina, según ellos era un chico listo y seguro que lo sacaba, igual que lo hizo el abuelo, ganaba bien y la familia pudo echar hacia adelante. Mi padre le admiraba, yo no, y no tenía ningún interés en ser como él, no me interesaba ser médico. Luego quisieron que me apuntara a Derecho, mi respuesta fue la misma, que no. Tampoco me apunté a la de Negocios, la de Turismo o la de Administración de Empresas.

Así que, decidieron elegir ellos por mí. Porque claro, era lo mejor. No llegaban a final de mes pero debían presumir de hijo inteligente que estaba estudiando una carrera como los demás del barrio. Tardé dos semanas en anular la suscripción, aquello era absurdo, yo no quería ir a ninguna Universidad, lo que quería era encontrar un trabajo y salir de casa, empezar a pensar en salir del nido, se volvió la cosa más importante de todas. Lo mejor que pude encontrar fue de recepcionista en un dentista, empecé a los veinte y hasta hoy sigo estando allí, ganando el salario mínimo, viviendo en un pequeño pisito en el centro y sin más responsabilidades que hacer la comida y llegar a tiempo al trabajo, el sueño de cualquiera.

Nunca fui feliz:

Mucha gente habla de felicidad, de qué se siente en esos pequeños momentos que todos tenemos, que nos hacen reír a carcajadas y nos hacen sentir increíbles. Yo, por otro lado, nunca llegué a sentir algo así, es más, todo lo contrario. Siempre sentí una tristeza permanente, que no se iba por nada. Estaba ahí, mirándome, esperando. Durante mucho tiempo, quise saber por qué y empecé a acudir a terapeutas por toda la ciudad, para conseguir respuestas, al parecer, tenía depresión crónica. Esa tristeza que apenas notaba al principio, cada año que pasaba iba magnificándose más y más hasta hacerse a veces profunda y otras, calmada y equilibrada. Tenía bastantes altibajos y empezó a afectar a mi día a día.

La verdad es que no recuerdo ni una sola vez en la que realmente me hubiera sentido pleno, lleno de vida, de júbilo y de alegría, ni siquiera de niño solía sonreír o reírme demasiado, no me gustaban mucho las bromas y aborrecía los chistes. Además, me incomodaba la gente, algunas muestras de cariño y que trataran de hacerme reír, no me apetecía nada. Muchas personas en la oficina pensaban que yo era aburrido, que no tenía nada que ofrecer y era uno más, pero creo que nunca sabrán lo que hay detrás de unos ojos tristes, ¿verdad?

Las reuniones:

Aquí fue cuando empezaron las terapias de hipnosis. Iba dos días a la semana y el terapeuta solía decirme hacia dónde ir. Normalmente, bajaba unas escaleras y me topaba con varias habitaciones en lo que parecía un sótano un tanto oscuro, sin ventanas. Una de las habitaciones, la que parecía más grande, era la que siempre me atraía hacia ella para que la abriera, como si quisiera decirme algo. Cuando lo hacía, me encontraba en una habitación de cuatro paredes, con dos sillas, una frente a la otra y con alguien ya sentado en una de ellas. Y era así de sencillo, era como hablar conmigo mismo, porque teníamos el mismo aspecto exacto, lo único que nos diferenciaba es que él tenía la costumbre de no llevar camiseta.

Pero él no era yo, ni mucho menos, mi «yo subconsciente» estaba en otra habitación que a veces, solía visitar para reflexionar sobre algunas cosas. Ese que se sentaba frente a mí, con tal perfecta similitud, era mi tristeza en sí misma. Esto puede ser chocante pero, a la vez, muy útil. Siempre traté de llegar a un acuerdo con ella, siempre quise que nos lleváramos bien pero no era muy sencillo hablar las cosas, era bastante pasota, tozuda, egoísta, sarcástica, y de lo más irritante. Cada vez que salía por esa puerta, me sentía más frustrado y desesperado, no quería darme un respiro. La invitaba a irse, incluso, le dejé la puerta abierta varias veces para que pudiera ser libre, ya no iba a retenerla más, pero ella nunca quiso cruzarla. Pensé que era ella que no quería irse, pero años después, me di cuenta de que quizá era yo quién no quería deshacerme de ella porque formaba parte de mí y no quería estar solo. Una melancolía un tanto tóxica, sí…

Un futuro aislado:

La depresión nunca termina de superarse, imagino. Mejora, por supuesto, y depende de días. La última vez que la visité, me dijo lo mismo que la última vez, seguía distante, no fui capaz de asustarla ni un poco, no pestañeó ni un segundo, desvió la miraba fríamente y cortó tajante la conversación. Estaba dispuesto a volver en un año o dos quizá, puede que le dejara un poco de espacio o quizá dejara de empeñarme en que se fuera y tratara de aceptarla, tal como ella dijo. Fueron muchas las cosas que me han llevado a este punto exacto, a este sentimiento intenso que cruza mi pecho tantas veces, así que, quizá entiendo por qué está ahí conmigo. Aunque le cueste reconocerlo, le da tanto miedo salir de esa habitación como miedo me da a mí de que salga, puede que tengamos ese tipo de relaciones posesivas-obsesivas donde no podemos dejar de tirarnos cosas y discutir pero donde necesitamos al otro tanto que no le dejamos escapar.

Supongo que vivir con ello es lo único que he hecho hasta este momento y será lo único que pueda hacer para tratar de seguir caminando, pase lo que pase o hasta que quiera descansar de una vez, desaparecer o dejar de sentir. Pero hasta ahora siento que no debería rendirme, aunque siga teniendo días muy malos y tenga que hacer un esfuerzo por seguir de pie. Creo que ser compasivo conmigo mismo es lo que me salva de seguir frustrado y roto por dentro.


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En Persona:

Era un sitio apartado, muy oscuro. Nadie sabía de él, yo era el único. No dejaba que nadie viera esa parte escondida, ese resquicio de oscuridad que se cernía en esa habitación cuadrada con solo una simple lámpara en el techo que alumbraba el centro, donde había dos sillas, una frente a la otra. Siempre habían estado allí pero yo nunca me había sentado en ninguna de ellas. Sí, había tenido miedo de hacerlo, ¿qué esperabas? Pero él siempre estaba allí. Permanente. En más de una ocasión, pensativo, seguro, erguido en su silla, esperando.

Ahora era el momento de hablar, era el momento de afrontar la realidad y afrontarla, fuera cuál fuera. Abrí la puerta poco a poco, la cerré tras de mí sin hacer demasiado ruido, caminé suavemente hasta la silla que había frente a él pasando por detrás. Él ni siquiera se inmutó. No me sorprendió. Era alguien que no se inquietaba con nada, mucho menos, con mi presencia. Había permanecido allí olvidado por mucho tiempo, aunque le sentía cada día, hurgando entre emociones. Me senté en la silla, frente a él. No dijimos ni una palabra durante un buen rato, el silencio era embriagador, incluso incómodo, pero solo para mí, él parecía más que acostumbrado.

Le miré fijamente, escudriñé cada pequeño detalle de su físico: cabello negro, ojos azul claro, labios finos, piel un tanto pálida, sin camiseta, con un cuerpo bastante tonificado, esbelto y con semblante serio. El parecido era asombroso. Iba a tener una conversación conmigo mismo, o al menos, algo similar. Esperaba que yo empezara a hablar, no iba a dar el primer paso, era yo quién quería algo y él lo sabía. Era más listo que yo, qué sorpresa.

– Tenemos que hablar.

– Lo he supuesto. Estás aquí y no sueles bajar – sus ojos se posaron en los míos con atención, no se sorprendía de verme – ¿Qué es lo que ocurre?

– Tú eres lo que me ocurre.

– Me encanta que seas tan específico, cada día superas el anterior.

– Déjate de bromas, creo que sabes de lo que hablo.

– Si lo supiera no lo preguntaría – era asombroso lo idénticos que éramos y lo fría que sonaba cada una de sus palabras, a veces, me parecía curioso estar hablando así -.

– ¿Me tomas el pelo? – mi voz aumentó, he de admitir que me cabreaba su actitud -.

– Que yo sepa, no.

Apreté la mandíbula. Cerré los ojos para intentar relajarme, había bajado allí por una razón e iba a obtener las respuestas que buscaba de una forma u otra. Y sí, lo sé, estaba siendo un capullo pero no ha sido ni la primera ni la última en la que se ha comportado así. Irritable y pasota. Son dos de los adjetivos que mejor le podríamos aplicar. Hacía unos cuatro años que no bajaba allí y bueno, ya había dejado de recordar lo fría que era aquella habitación, para él estar sin camiseta era cómodo, a mí empezaba a inquietarme.

– No deberías estar aquí – le dije con suavidad – Te dejé libre, te dije que podías irte.

– No es tan sencillo, lo sabes.

– Asentiste con la cabeza, pero sigo sintiéndote aquí con más fuerza. ¿Puedes explicármelo?

– ¿Olvidas que he vivido aquí durante un tiempo y sé cómo funcionas?

– No, no lo he olvidado – dije, casi con un susurro -.

– Que digas en voz alta que me dejas libre, que dejas todas las situaciones dolorosas atrás, que no te definen y que vas a seguir adelante desde cero, no significa que lo sientas así, no significa que yo me haya ido por arte de magia. Sigo en este cuartucho porque sigues queriendo que yo esté aquí, esto no es cosa mía.

– Ese es el caso. ¡No quiero que estés aquí más! ¡Quiero que te vayas! – admito que me desquicié un poco, puede que te sorprenda que a él no – Vete, por favor.

– No es suficiente. Sabes que no funciona así.

– Pues tendré que obligarte, ¿verdad?

Negó con la cabeza y miró al suelo, como si nuestra conversación dejara de ser importante. Para él quizá, pero para mí lo era todo, estaba desesperado. Me levanté, le cogí del cuello y lo estampé contra la pared del fondo, la silla donde estaba sentado, se cayó. Le miré con rabia, quería asustarle de verdad pero ni siquiera pestañeó, no me tenía miedo y sabía que aquella conversación iba a producirse.

– No te mientas a ti mismo. Sabes lo que pasa, sabes lo que sientes y por qué lo sientes, desde cuándo hace que estoy aquí y sabes muy bien qué es lo que pasará conmigo. Acéptalo. Acéptame como parte de ti en vez de hacer una escena tan estúpida e inservible como esta.

– ¡No quiero aceptarlo!

– Entonces, seguirás enfadado y yo no podré hacer nada por ayudarte.

Solté su cuello. Tenía razón. El muy idiota tenía razón, estaba perdiendo el tiempo. Se tocó el cuello, carraspeó y me miró fijamente. Sus ojos me penetraron por dentro, como agujas en la espalda. Su voz era pesada pero suave, tierna y comprensiva, incluso, pero su semblante serio no cambió ni un ápice.

– A veces, hay heridas que no se cierran del todo y crean emociones permanentes, tienes que vivir con ello, aceptarlo y seguir conmigo hacia adelante, pase lo que pase, así es la vida, así eres tú. Soy parte de ti, no puedes evitarlo ni negarlo. Te lo dijeron en terapia, ¿no?

– Sí, así es.

– Y aún así has vuelto ha intentar lo imposible.

– Estoy desesperado.

– Pues tómate una cerveza, no te desquites conmigo, no puedo hacer nada, no puedo irme porque me lo pidas.

Se acercó a la silla, la puso en pie en el mismo sitio, justo frente a la otra y se volvió a sentar, erguido. No se movió y el silencio volvió a hacerse presente en la habitación. Me acerqué hacia la puerta de entrada, cuando le oí decir algo más. Algo que me hizo recordar el gran capullo que era.

– Cuando salgas recuerda cerrar bien la puerta, no quiero tener que salir a patearte el culo otra vez, ¿vale? – vi cómo se le dibujaba una sonrisa en los labios, me irritó – Y no te quedes fuera mucho rato, oigo cómo respiras y me pones nervioso.

Puse los ojos en blanco y cerré la puerta tras de mí. Fui hacia las escaleras para ascender de nuevo, para salir de mi mente y rendirme a seguir sintiendo esa tristeza permanente, esa agonía fría y distante, esa irritabilidad que ya había sentido antes con una desmotivación inmensa. Tenía que vivir con ello, tenía que sobrevivir a ello. Quizá volvía a visitarle pasados unos años más, quizá podía hacerle cambiar de idea, pero quizá no fuera él quién quería estar por la fuerza, quizá era yo quién no le dejaba irse.


In Person:

It was a secluded place, very dark. No one knew about it, I was the only one. I didn’t let anyone see that hidden part, that crack of darkness that loomed in that square room with only a simple lamp on the ceiling that illuminated the center of it, where there were two chairs, facing each other. They had always been there but I had never sat in any of them. Yes, I had been afraid to do it, what did you expect? But he was always there. Permanent. On more than one occasion, thoughtful, confident, upright in his chair, waiting.

Now was the time to talk, it was time to face reality and comfront it, whatever it was. I opened the door slowly, closed it behind me without making too much noise, walked gently to the chair in front of him passing from behind. He didn’t even flinch. I wasn’t surprised. He was someone who didn’t bother with anything, much less by my presence. He had remained there forgotten for a long time, although I felt him every day, rummaging through emotions. I sat in the chair, in front of him. We didn’t say a word for a long time, the silence was intoxicating, even uncomfortable, but just for me, he seemed more than used to it.

I stared at him, scrutinized every little detail of his physique: black hair, light blue eyes, thin lips, somewhat pale skin, without a shirt, with a rather toned body, slender and with a serious countenance. The resemblance was striking. I was going to have a conversation with myself, or at least, something similar. He expected me to start talking, he wasn’t going to take the first step, it was me who wanted something and he knew it. He was smarter than me, what a surprise.

– We need to talk.

– I’ve assumed so. You’re here and you don’t usually come downtairs – his eyes fell on mine carefully, he wasn’t surprised to see me – What’s going on?

– You’re what’s going on.

– I love that you are so specific, each day you overcome the previous one.

– Stop joking, I think you know what I’m talking about.

– If I knew I wouldn’t ask – it was amazing how identical we were and how cold each of his words sounded, sometimes, I found it curious to be talking like that -.

– Are you kidding? – my voice increased, I have to admit that I was really annoyed by his attitude -.

– As far as I know, no.

I clenched my jaw. I closed my eyes to try to relax, I had gone down there for a reason and I was going to get the answers I was looking for one way or another. And yes, I know, he was being a dickhead but it was neither the first nor the last time in which he has behaved like this. Irritable and stepping. They are two of the adjectives that we could best apply to him at that point. It had been about four years since I went down there and well, I had already stopped remembering how cold that room was, for him to be shirtless was comfortable, but I was starting to get restless.

– You shouldn’t be here – I said softly – I set you free, I said you could leave.

– It’s not so simple, you know it.

– So, I should force you, right?

He shook his head and looked at the ground, as if our conversation ceased to be important. For him maybe, but for me it was everything, I was desperate. I got up, grabbed him by the neck and stamped him against the back wall, the chair where he was sitting, fell. I looked at him with rage, I really wanted to scare him but he didn’t even blink, he wasn’t afraid of me and he knew that this conversation was going to happen.

– Don’t lie to yourself. You know what’s going on, you know what you feel and why you’re feeling it, since when have I been here and you know very well what will happen to me. Accept it. Accept me as part of you instead of making a scene as stupid and useless as this.

– I don’t want to accept it!

– Then, you will still be angry and I will not be able to do anything to help you.

I let go of his neck. He was right. The very idiot was right, I was wasting our time. He touched his neck, scratched and stared at me. His eyes penetrated me inside, like needles in my back. His voice was heavy but soft, tender and understanding, when his serious countenance did not change one shred.

– Sometimes, there are wounds that do not close completely and create permanent emotions, you have to live with it, accept it and continue with me forward, no matter what happens, that’s life, that’s how you are. I am part of you, you cannot avoid it or deny it. They told you so in therapy, didn’t they?

– Yes, they did.

– And yet you’ve come back to try the impossible.

– I’m desperate.

– Well, drink a beer, don’t get even with me, I can’t do anything, I can’t leave because you ask me to.

He approached the chair, put it on its feet in the same place, right in front of the other, and sat down again, upright. He did not move, and silence was again present in the room. I walked towards the front door, when I heard him say something else. Something that made me remember what a big dickhead he was.

– When you go out remember to close the door well, I don’t want to have to go out and kick your ass again, okay? – I saw how a smile was drawn on his lips, he irritated me – And don’t stay out for a long time, I hear how you breathe and make me nervous.

I rolled my eyes and closed the door behind me. I went to the stairs to ascend again, to get out of my mind and surrender to continue feeling that permanent sadness, that cold and distant agony, that irritability that I had already felt before with immense demotivation. I had to live with it, I had to survive it. Maybe I would visit him again after a few more years, maybe I could make him change his mind, but maybe it wasn’t him who wanted to be by force, maybe it was me who wouldn’t let him go.


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Gale: El que Enfrenta una Pérdida

Relato procedente: «Una Vida sin Ti«. Edad: 43 años.

Ciudad: Boston. Profesión: Empresario.

Descripción física:

Mi cabello es de color negro con algunas canas en los costados, mis ojos son castaño claro y mis labios finos. Mi tez siempre ha sido pálida pero en los últimos años, ha ido haciéndose un poco más morena, digamos que ligeramente. He cogido unos cuatro kilos de más aquí y allá debido al estrés, me da por comer los pastelitos que hacen en la cafetería dos bloques más allá de mi casa. Suelo vestir de traje y corbata de lunes a viernes, los fines de semana, me gusta más llevar vaqueros y camisa si voy a salir pero cuando no, me aficiono a estar en casa en pijama.

Descripción de la personalidad:

Me considero trabajador y me suelo conformar con poco. Por lo general, tengo energía pero en mis días libres, cae en picado por lo que soy un solitario adicto a las películas de terror y a las palomitas. No soy para nada lo que aparento, puedo parecer elegante, caballeroso, entregado, atento y muy servicial pero en cuanto cruzo la puerta de salida del trabajo, soy un tipo normal que preferiría pasarse la tarde leyendo cómics y recordando buenos tiempos con amigos, soy bastante nostálgico y me encanta la cerveza, las tabernas son mi segundo lugar favorito, como un refugio o un segundo hogar.

Lazos importantes:

No recuerdo haber tenido momentos de infancia del todo agradables, lo único que me gustaba era leer y esconderme debajo de la cama, corretear después de las clases por el parque que había frente al colegio y comprarme chucherías en la tienda que había calle abajo de casa de mis padres. Era una rutina que me hacía sentir medianamente feliz dentro de mi miseria. Lo único que podía oír en casa eran gritos, mis padres discutían por cualquier cosa, cada día se aguantaban menos y solían evitarse bastante. Ni siquiera se daban cuenta de cuándo me iba y tampoco de cuándo volvía, y empecé a los ocho años después de escuchar una pelea horrible entre ellos donde oí un fuerte golpe contra la pared de su habitación. Pensé en lo más terrible que alguien podría imaginarse y, me dio tanto miedo que salí corriendo. Ahí es cuando me di cuenta de que huir no era una idea tan mala.

Empecé a salir cada noche, me sentaba en un banco cerca de casa y abría las páginas de un nuevo cómic, se convirtió en un ritual. Una de estas noches, otro niño de mi misma edad, se sentó a mi lado. Se llamaba Michael. Ambos nos sonreímos y nos sorprendimos al saber que íbamos al mismo colegio pero no nos habíamos visto. Pareció pura casualidad pero años después, creí firmemente que fue el destino porque, a partir de ese momento, fuimos inseparables. Él no solía hablar mucho, menos de sus sentimientos, pero supe que algo pasaba en su casa, a veces, se pasaba noches enteras sin dormir sentado en un banco sin poder volver. Algunas de estas noches, le invitaba a dormir en casa sin que mis padres se enteraran, a primera hora solía salir por la ventana y volver a la suya.

Lealtad y respeto:

A pesar del paso de los años, nuestra amistad siempre se basó en lealtad y respeto. Íbamos a todas partes juntos, él era el fuerte y el que solía enterrar sus emociones, mientras que yo era más expresivo y solía decir lo que pensaba. Nos complementamos. En situaciones difíciles, solíamos llamarnos a medianoche para vernos, despejar nuestra mente con un juego de ajedrez, de rol, un cómic o puede que un paseo a la luz de la luna. Recuerdo que muchos de los abusones del colegio le tenían miedo, no se acercaban a mí porque él estaba allí, solía tener temperamento, pero solamente le vi enfadado unas cinco o seis veces en la vida.

Incluso cuando ambos nos casamos, solíamos vernos para cenar y tomarnos unas cervezas, comentar anécdotas y, por supuesto, hablar de cómo iba en el trabajo. Recuerdo que me despidieron y yo estaba desesperado, le llamé para pedirle consejo y, al día siguiente, Michael me dijo que fuera a su compañía que tenía empleo para mí. ¿La verdad? No sé qué hubiera hecho sin él. No he tenido hijos y él tampoco pensaba tenerlos, amábamos a nuestras mujeres pero no hasta ese punto, supimos que teníamos la fecha de caducidad pegada al culo cuando nos negamos los dos. Fueron decisiones difíciles, dos divorcios juntos y un montón de deudas que pagar y mierdas emocionales que superar pero siempre quedábamos, no había un solo día que no fuéramos juntos a tomar algo al salir del trabajo. Me gustaba eso, me encantaba que esos lazos no se disiparan nunca.

Actitudes extrañas:

Pero, como sabemos, todo lo que empieza también acaba, ¿verdad? Nuestra amistad no fue, estoy seguro. Había algo en él que no era lo mismo, empezó a actuar diferente. Faltaba a las reuniones del trabajo, no venía a la empresa días seguidos, no respondía a las llamadas ni a los mensajes, cuando respondía era para decir algo rápido y colgar, ya no venía a tomarse una cerveza con los compañeros de trabajo o a cenar con los amigos comunes, e incluso, su madre me llamó para preguntarme qué ocurría con Michael. Eso sí me preocupó. Sabía que con su padre no había tenido nunca muy buena relación, pero con su madre tenía una especie de amistad especial como él la llamaba y todos los días hablaban por teléfono.

Sabía que algo pasaba, ni siquiera su ex mujer sabía nada de él. Se separaron pero en buenos términos, nada de garras, sangre y destrucción, más bien fue algo pacífico, sabía que quedaban para hablar de vez en cuando pero ella ya hacía meses que tampoco sabía nada de él. Y, por si fuera poco, no le abría la puerta de casa a nadie, se quedaba dentro y no había forma de sacarle. Continué preocupado, por supuesto pero, ¿qué más podía hacer yo? Le di un poco de espacio, incluso, analicé si le había hecho algo de forma personal que no recordaba y que podría haberle herido pero no se me ocurrió nada, así que, desistí. Al final, pensé que estaría pasando por una fase, la verdad, ya no sabía qué pensar, me faltaban ideas.

La llamada:

Michael me llamó minutos antes de morir. Su voz era temblorosa, tartamudeaba un poco, sollozaba de vez en cuando y no sabía muy bien qué decirme. A decir verdad, me dio la sensación de que yo fui su «última llamada». Sonó como si se despidiera, no le entendí muy bien, trataba de poner más atención, de subirle el volumen al teléfono pero, no podía terminar de entenderle bien y, a veces, se cortaba la señal. Después de un par de minutos muy rápidos y cortos al teléfono, colgó sin despedirse. Supongo que, solo oír su voz ya era en definitiva, una despedida.

Entonces me pregunté varias cosas. ¿Por qué me llamaría después de tantos meses sin casi hablar ni responder a las llamadas? ¿Por qué justo en ese momento? ¿Estaba en apuros? ¿Necesitaba ayuda? ¿Dónde iría si así fuera? ¿Esa llamada era una especie de mensaje para mí que yo debía entender para saber dónde buscarle? No sé, mi mente iba a tres mil por hora, ni siquiera sé por qué me dirigí justo a ese puente, no sé si fue una especie de intuición, el destino o su esperanza que me acompañaba. La cuestión fue que llegué. Corrí por todo el puente, le llamé. Estaba desierto a las dos de la madrugada, por supuesto, a penas pasaban dos o tres coches por allí. Me asomé por todos los rincones, hasta que le vi. Le vi tirado en unas rocas, había sangre en ellas y su cabeza estaba abierta, su cuerpo inerte, sus ojos me miraban y su piel se había vuelto pálida. Grité. Grité de dolor, lloré y le di golpes al puñetero puente. No iba a conseguir nada porque él seguía muerto. Incluso, diciéndolo ahora sigue pareciendo mentira. Llamé a la policía y a la ambulancia, pasé por interrogatorios donde me tuvieron toda la noche. Llegué a casa al día siguiente, exhausto y agotado.

El funeral:

Dos horas antes, no quería ir. Estaba harto de pensar en él todo el tiempo, quería que volviese, no quería decir unas palabras en su funeral, eso sería una admisión de que estaba muerto. Me arrastré a mí mismo allí, tratando de calmar a sus padres, hacía pocas horas de que se habían enterado de que Michael se había suicidado. Mi mente no dejaba de darle vueltas al por qué. Su vida había continuado exactamente igual, ¿qué había cambiado? Seguía preguntándome si alguien le podría haber amenazado con algo, si alguien podría haberle manipulado para que lo hiciera, nunca he creído que él mismo se tirara sin razón, por teléfono parecía muy angustiado, como si tuviera que hacer algo que no quisiera hacer. No le entendí muy bien pero, tuve esa sensación en mis entrañas desde esa llamada y era algo que no pensaba ignorar.

Traté de ser lo más conciso y específico en respecto a nuestra amistad entre esas palabras que dije a los presentes en el funeral, traté de ser quién él hubiera querido y no el pesado que no dejaba de hablar de gilipolleces sentimentalistas. Sabía que odiaba todo eso y sabía que hasta odiaría las flores que su madre había comprado, incluso el ataúd. Él siempre había querido que lo quemaran, quería desaparecer del mundo, no quería dejar rastro, nos reíamos pero le creí por alguna extraña razón. Su ex mujer no quiso estar más de lo necesario, no pudo hablar durante todo el tiempo que duró el funeral ni siquiera con los padres de Michael, ni siquiera conmigo.

Un futuro sin él:

Supongo que a todo hay que acostumbrarse. Quizá él ya no esté y esas cervezas que tomábamos ya no vuelvan a suceder pero el agujero que estaba empezando a sentir dentro de mí se agrandaba por momentos, quería llorar todo el tiempo. Empecé a estar furioso desde la noche que le encontré, impotente desde su llamada, confuso desde que empezó a aislarse y no sabía de él, triste desde que se empezaba a aceptar que se había ido. Me había prometido que seguiría investigando por mi cuenta qué podría haber sucedido, seguía creyendo que era imposible que se suicidara, no había motivos y lo sabía mejor que nadie porque le conocía.

Ver claramente un futuro sin él iba a ser difícil, pero no me estaba permitiendo demasiado pensar en ello, aunque le estaba recordando a cada sitio al que iba, era como si caminara junto a mí aunque no pudiese verlo. Espera, ¿lo hacía? Ojalá pudiera saberlo. Iba a tratar de levantarme por las mañanas y seguir adelante, por él.


Publicado en Reflexiones

Despedida:

Desapareció y no pudiste despedirte. Es un pequeño pensamiento que fluctúa en tu interior, una pequeña llama que, a veces, se enciende, que te hace recordar ese momento, aunque no estás muy cómoda admitiéndolo, ¿verdad? Lo sé, es complicado. Y no hablarías de ello ni aunque te obligara, así que, voy a hablar yo. Sé lo que sientes, lo proyectas cada vez que tu voz empieza a vibrar, cuando te tiembla, cuando piensas en qué decir y cuando dices algo que no deberías. Está contigo cada minuto de cada día. Te arrepientes de no haber dicho lo que debiste decir antes, no dijiste lo que sentías, como hacías siempre, un mal hábito que no has podido erradicar.

Te acuerdas de cada detalle de su semblante, de su cuerpo esbelto y sus ojos castaños, su sonrisa y su tez pálida, le ves cada vez que despiertas y cada vez que te acuestas. Aparece en cada uno de tus sueños. Empiezan y terminan de maneras diferentes pero la parte donde compartes lo que sientes por fin, eso no cambia. Te sentiste cobarde, pero no lo fuiste, cualquiera hubiera podido haberse echado atrás. Pero tú no, te rompió todos los esquemas, un sentimiento como ese te dejó helada y nadie te había hecho remover tanto por dentro. Intentaste combatirlo, durante mucho tiempo, incluso te echaste novio para olvidarlo pero nada sirvió. Te volviste dura. Miraste hacia delante sin dudarlo, aceptaste que no siempre se puede conseguir lo que uno quiere.

Y es cierto. Pero tú sacrificaste demasiado, ¿no? Las cosas podrían haber sido diferentes, podrías haber estado con otra persona que te hubiera apetecido más estar pero no podías. Sentías que no ibas a pertenecer, que no encajarías, que sería otra persona que te apartaría de su vida y que te dejaría echa polvo, tendrías que reconstruirte y no habría nadie que te quitara ese dolor. Y el no haberlo soportado lo hace todo más difícil, ¿verdad? Una experiencia sin vivir, una experiencia querida y desquitada de la línea del tiempo, sin explicaciones, pasando sin más. No tienes ni idea de cómo habría sido pero te lo preguntas día sí y día también.

A veces, es curiosidad. Otras veces, es anhelo. Muchas otras, solo un recuerdo vivo que, por alguna razón, ha permanecido. Hay puertas que no logran cerrarse del todo, hay lugares en tu mente que tienen un sitio donde deben estar, y ese sitio está en un rincón, si me esfuerzo puedo verlo. Has llegado a hacerlo tan invisible para no tener que verlo, para no estar cerca de él y saber cómo evitarlo cada vez que analizas un pensamiento cualquiera. Esperas que no huya, esperas que se quede en ese mismo lugar todo el tiempo que haga falta, que no proteste o grite, que no demande un final feliz porque sabes que no puedes dárselo porque ya no está aquí, ya no es tu presente. Se acabó, hace mucho tiempo.

Viajas en el tiempo buscando respuestas, avergonzándote de tus actos, queriendo cambiar acontecimientos y teniendo que olvidar más de una frase. Necesitando volver la vista al frente y centrarte en lo que haces para no volver a verle, para no estar cerca, para no volver a abrir esa puerta. Respiras hondo y se va, tal y como se fue, tal y como muchos se fueron, sin mirar atrás, sin hacer preguntas o dar explicaciones, sin hacerte sentir importante, sin encontrar una conexión común. Encajar hubiese cambiado el curso de los acontecimientos, estás segura, pero también de que no hay nada que puedas cambiar ya.

Hay despedidas que no vienen con una nota, una carta o un adiós, simplemente, son unas palabras pronunciadas en soledad. A veces, desaparecen sin más. A veces, pasan página antes de que tú lo hagas. Te olvidan. Aunque les hayas hecho bien, aunque hayas sido amable, aunque hayas sido generosa y compasiva, eso no es algo crucial y no pasa nada. No hace falta. Mientras estemos bien, sobrarán las despedidas.


Goodbye

He disappeared and you couldn’t say goodbye. It’s a little thought that fluctuates inside you, a little flame that sometimes lights up, that makes you remember that moment, even though you’re not very comfortable admitting it, right? I know, it’s complicated. And you wouldn’t talk about it even if I force you to do so. Therefore, I’m going to talk about it. I know what you feel, you project it every time your voice starts to vibrate, when it shakes in your throat, when you think about what to say and when you say something you shouldn’t. He is with you every minute of every day. You regret not having said what you should have said before, you did not say what you felt, as you always did, a bad habit that you have not been able to eradicate.

You remember every detail of his countenance, his slender body and brown eyes, his smile and pale complexion, you see him every time you wake up and every time you go to bed. It appears in each of your dreams. They start and end in different ways but the part where you share what you feel finally, that doesn’t change. You felt cowardly, but you weren’t, everyone could have backed down. But you didn’t, it broke all your schemes, a feeling like that left you frozen and no one had made you stir so much inside. You tried to fight it, for a long time, you even started a fast relationship to forget everything but nothing helped. You became tough. You looked forward without hesitation, you accepted that you can’t always get what you want.

And it’s true. But you sacrificed too much, didn’t you? Things could have been different, you could have been with someone else who you would have wanted to be but you couldn’t. You felt that you were not going to belong, that you would not fit in, that it would be another person who would take you away from his life and leave you dusty, you would have to rebuild yourself and there would be no one to take away that pain. And not having endured it makes everything more difficult, right? An experience without living, an experience you wanted so desperately and detached from the timeline, without explanations, passing without a second to think. You have no idea what it would have been like but you wonder about it day in and day out.

Sometimes, it’s curiosity. Other times, it’s longing. Many others, just a living memory that, for some reason, has remained. There are doors that cannot close completely, there are places in your mind that some things are put where they should be, and that place is in a corner, if I try I can see it. You made it so invisible that you don’t have to see it, so you don’t have to be close to it and know how to avoid it every time you analyze any thought. You hope that he does not flee, you hope that he stays in that same place as long as it takes, that he does not protest or shout, that he does not demand a happy ending because you know that you can not give it to him because he is no longer here, he is no longer your present. It’s over, a long time ago.

You travel back in time looking for answers, being ashamed of your actions, wanting to change events and having to forget more than one sentence. Needing to look back to the front and focus on what you do so as not to see him again, not to be around, not to open that door again. You take a deep breath and he goes far away, just as he left, just as many others left, without looking back, without asking questions or giving explanations, without making you feel important, without finding a common connection. Fitting in would have changed the course of events, you are sure, but also that there is nothing you can change anymore.

There are farewells that do not come with a note, a letter or a goodbye, simply, they are words spoken in solitude. Sometimes, they just disappear. Sometimes, they turn the page before you do. They forget you. Even if you have done them good, even if you have been kind, even if you have been generous and compassionate, that is not something crucial and nothing happens. No need. As long as we are well, there’s no expectation of a new goodbyes.


Publicado en Relatos

Una Vida sin Ti:

Podía verlo en tus ojos, podía sentirlo en mí, no eras tú mismo. No podía identificar qué era, qué hacía que te hiciera parecer tan frío, solitario, aislado del mundo, no entendía muy bien qué querías decirme pero que no me decías. Hablabas en susurros, para tus adentros, sin cesar, pensabas demasiado, corrías demasiado y casi no comías. No sabía a qué venían tantos cambios, pero quizá te estaba afectando verte así tanto como a mí, eso seguro. Quise preguntarte pero siempre había algo que me frenaba, una sensación que me decía que no era el momento adecuado para hacerlo.

Nunca lo dijiste. Nunca me atreví a preguntar. Existía una distancia imposible entre nosotros, no habías estado tan lejos estando tan cerca antes, habíamos estado unidos, formábamos un equipo, nos apoyábamos en cualquier situación pero te desvaneciste de alguna forma, aunque tu cuerpo siguiera a mi lado. Eras una sombra a la que ya no podía llamar hogar. Existía una tristeza en ti que no había visto, no tenía ni idea de cuándo había comenzado o de si había ocurrido de forma natural en el tiempo o ya residía en tu interior sin haberlo notado. Esa melancolía se extendía a tu corazón, corto de palabras y largo de pensamiento, así es como te calificaba para entender tus fases y tus estados cambiantes.

Dejé de descifrar qué te ocurría con solo mirarte, dejaste de ser evidente, ya no te importaba si te entendían o si no, eras un sujeto más en el mundo que empezaba a pensar solo en sí mismo, un nuevo espectro que trataba de sobrevivir luchando contra su propia mente. Porque estabas en ella, estaba seguro. No estabas loco, eso lo sé, pero decías cosas sin sentido y te asustabas con facilidad, ni siquiera podía tocarte sin que dieras un brinco, tus ojeras empezaban a mostrar tu insomnio casi constante del que no comentabas nada. Aunque sí lo hiciste otras veces y entre copa y copa, tratábamos de ayudarte. Dejó de ser así de un día para el otro. ¿Qué pasó? Cada día sigo preguntándomelo.

Salías y caminabas sin rumbo, y sí, lo sé. ¿Cómo lo sé? Supongo que preguntarás. Bien, a veces, te seguía al terminar el trabajo, no podía evitarlo porque quería comprobar que estabas bien. Y sí, confirmo otra vez que caminabas sin rumbo alguno entre calles estrechas y sin mucha luz, como si buscaras a alguien que pudiera meterte en líos o quizá tú mismo buscabas alguno, no tengo ni idea y no parece que la respuesta vaya a aparecer en un instante. Siempre fuimos imperfectos, dos autodidactas, frikis y locos por los cómics, podíamos comentar historias durante horas y no cansarnos, pero dejaste de venir a casa y yo también lo aparté, no había nadie más con quién hacerlo, eras mi compañero. Pero quizá, hacía tiempo que te habías ido.

Pasabas horas ausente, tenía que excusarte con nuestros amigos, tu familia y compañeros del trabajo, llegaba a ser incómodo y realmente vergonzoso, ni siquiera sabía qué era lo que tenías que hacer tan importante fuera para que no vinieras más, para que te alejaras tanto como para preocuparnos. Cada uno de nosotros se preguntó si hicimos algo mal, si dijimos algo que no debíamos o si quizá te ofendieron en el trabajo en alguno de los proyectos en los que trabajabas pero nada acudió a mi mente. Lo siento pero, ¿se suponía que debía encontrar respuestas? ¿Debí ser más efectivo? ¿Quizá algo más insistente, consistente? Solo quería que mi mejor amigo volviera, pero estaba seguro de que no podría ser que eso cambiase muy pronto, seguías actuando raro.

Hasta que lo supe, supe que se había acabado cuando recibí una llamada. Eras tú. Me extrañó, hacía meses que no veía tu nombre en la pantalla del móvil, así que, contesté de inmediato. Parecía que no pudieras hablar, que te ahogaras con tu propio dolor o por tus lágrimas, quizá ambas cosas, pero sonó como una despedida. Tras tantos meses sin decir una palabra, sabía que algo iba mal, sabía que ibas a hacer algo quizá arriesgado pero no me hubiera imaginado encontrarte así, tampoco hubiera pensado tener que llamar a la ambulancia y a la policía para que te recogieran de entre las rocas después de haberte tirado desde el puente más alto de la ciudad, sin dejar una nota, solo una llamada en la que a penas podías articular palabra. Tuve que adivinar dónde estabas. No fue fácil.

Había una parte oscura en ti que te engulló, absorbió tu alegría, tus risas, tu sentido del humor y quizá tus ganas de vivir, porque nunca te había visto así, era como hablar con otra persona fuera de su propio cuerpo, como una alma solitaria que no quiere volver a su estado actual. No dejaste nada más en nuestra mano para poder explicar qué pasó realmente, qué te hizo volverte así, que te hizo creer que guardando tantos secretos como empezabas a hacerlo y a reprimir emociones iba a ayudarte a pasar por lo que fuera que estuvieras pasando. Desde luego, podrías haber recurrido a nosotros, pero supongo que no pudiste. O no quisiste. Dejaste que esa oscuridad se extendiera, se apoderara de cada momento perfecto, de cada logro y cada centímetro de felicidad que aún te quedaba en tu interior. Pero, por alguna razón que aún desconozco, algo me dice que esperabas que sucediera, lo aceptaste de alguna forma.

Hace un par de horas he vuelto de tu funeral y ha sido devastador. No tienes ni idea de lo duro que ha sido perderte, ir allí y fingir delante de todo el mundo, calmar a tus padres para que no creyeran que fue su culpa. No sé en qué pensabas pero nos has dejado un gran vacío, uno oscuro y quebradizo. Nunca me imaginé la vida sin ti, así que, imagino que ahora tendré que hacerlo.


A Life Without You:

I could see it in your eyes, I could feel it inside me, you weren’t yourself. I couldn’t identify what it was, what made you look so cold, lonely, isolated from the world, I didn’t quite understand what you wanted to tell me but what you didn’t tell me. You spoke in whispers, to your insides, endlessly, you thought too much, you ran too much and you hardly ate. I didn’t know what so many changes were coming to, but maybe it was affecting you to see you like that as much as it was for me, that’s for sure. I wanted to ask you but there was always something holding me back, a feeling that told me it wasn’t the right time to do it.

You never said it. I never dared to ask. There was an impossible distance between us, you hadn’t been that far away being so close before, we had been united, we formed a team, we supported each other in any situation but you vanished somehow, even if your body was still by my side. You were a shadow I could no longer call home. There was a sadness in you that I had not seen, had no idea when it had begun or if it had occurred naturally in time or already resided within you without having noticed it. That melancholy extended to your heart, short of words and long of thought, this is how I qualified you to understand your phases and your changing states.

I stopped deciphering what happened to you just by looking at you, you stopped being obvious, you no longer cared if your closed ones understood you or if they don’t, you were just another subject in the world who began to think only of himself, a new spectrum that tried to survive fighting against his own mind. Because you were in it, I was sure. You weren’t crazy, I know, but you said nonsensical things and you were scared easily, I couldn’t even touch you without you jumping, your dark circles began to show your almost constant insomnia that you didn’t comment on. Although you did it other times and between drinks, we tried to help you. It stopped being like that from one day to the next. «What happened??» Every day I keep asking myself that same question.

You went out and walked aimlessly, and yes, I know. «How do I know?» I guess you’ll ask. Well, sometimes, I followed you when I finished at work, I couldn’t help it because I wanted to check that you were okay. And yes, I confirm again that you walked aimlessly between narrow streets and without much light, as if you were looking for someone who could get you into trouble or maybe you were looking for it, I have no idea and it does not seem that the answer will appear in an instant. We were always imperfect, two self-taught, geeks and crazy about comic books, we could talk about stories for hours and not get tired, but you stopped coming home and you pushed all of this away too, there was no one else to do it with, you were my partner. But perhaps, you had long been gone, sooner than expected.

You spent hours away, I had to excuse yourself with our friends, your family and co-workers, it became uncomfortable and really embarrassing, I didn’t even know what you had to do so important outside that you wouldn’t come anymore, so that you would get away as to don’t worry about us. Each of us wondered if we did something wrong, if we said something we shouldn’t or if maybe you were offended at work on any of the projects you were working on but nothing came to my mind. I’m sorry, but was I supposed to find answers? Should I have been more effective? Perhaps quite more insistent, consistent? I just wanted my best friend to come back, but I was sure that couldn’t happen any time soon bacause you kept acting weird.

Until I knew. I knew it was over when I got a call. It was you. I was surprised, I hadn’t seen your name on the mobile screen for months, so I answered immediately. It seemed like you couldn’t speak, that you drowned in your own pain or your tears, maybe both, but it sounded like a farewell. After so many months without saying a word, I knew that something was wrong, I knew that you were going to do something maybe risky but I would not have imagined finding you like this, nor would I have thought of having to call the ambulance and the police to pick you up from among the rocks after having thrown yourself from the highest bridge in the city, without leaving a note, just a call in which you could barely articulate a word. I had to guess where you were. It wasn’t easy.

There was a dark part within you that engulfed you, absorbed your joy, your laughter, your sense of humor and maybe your desire to live, because I had never seen you like this, it was like talking to another person outside their own body, like a lonely soul who does not want to return to its current state. You left nothing else in our hands to be able to explain what really happened, what made you become like this, that made you believe that keeping as many secrets as you began to keep and suppressing emotions was going to help you go through whatever you were going through. Of course, you could have ask for help to us, but I guess you couldn’t. Or you didn’t want to. You let that darkness spread, take over every perfect moment, every achievement and every inch of happiness that you still had inside. Although, for some reason that I still don’t know, something tells me that you expected it to happen, you accepted it somehow.

A couple of hours ago I came back from your funeral and it was devastating. You have no idea how hard it has been to lose you, go there and pretend in front of everybody, calm your parents so they wouldn’t believe it was their fault. I don’t know what you thought in that moment but you have left us a huge void inside, a dark and brittle one. I never imagined my life without you, so I imagine I’ll have to do it now.


Publicado en Personajes

Jed: Sed de Venganza

Relato procedente: «Una Elección«. Edad: 41 años.

Ciudad: Memphis. Profesión: Vigilante de seguridad.

Descripción física:

Soy un tipo alto, con cabello castaño y corto, con piel un tanto morena y que siempre viste de negro, creo que es el color más básico y el más simple de combinar. Mis labios son algo gruesos y mis ojos de un color miel. Me suelen gustar los vaqueros y los zapatos cómodos, odio ir de formal, solo cuando me tengo que vestir con el uniforme del trabajo pero jamás para salir.

Descripción de la personalidad:

Supongo que soy alguien con quién se puede confiar, no hago preguntas y tampoco favores, siempre he estado metido en mis cosas, no me gusta molestar a otros. Soy reservado, cariñoso pero también algo frío, depende del contexto, no suelo confiar en los demás, solo en los más cercanos, odio las decepciones y esperar algo que nunca va a llegar. Hablo lo justo y necesario, cuando se me mete algo en la cabeza he de hacerlo, sino me vuelvo loco. Quizá me vean como a alguien distante o cortante, supongo que puedo considerarme algo así pero puede que no me conozcan muy bien.

Una infancia violenta:

Mamá tenía problemas y muchos, de esos de los que no quería hablar. Sus cambios de humor eran continuos y no conseguía mantenerse en pie ni un día, podía ser una madre cariñosa y, al día siguiente, empezar a tirar platos a quién fuera que le estuviera hablando, creaba situaciones realmente malas. Creo que la mayor parte de mi infancia me la pasé refugiado en mi cuarto, escribiendo historias, a veces leyendo o saliendo a probar el skate que mi padre me regaló por mi cumpleaños.

Mi padre estaba preocupado. No quería demostrarlo delante de mí pero ciertamente, lo estaba. Les veía pelear, gritarse, volverse locos de atar. Papá la llevó a un psiquiatra y le aconsejaron que debería llevarla a una institución de salud mental. Lo necesitaba de forma urgente, no estaba nada bien. Supongo que ahí fue cuando la violencia terminó para mí, a veces, iba con moretones al colegio y no podía evitar que los profesores preguntaran. Sabía que mamá estaba enferma y debía protegerla, pero me resultaba doloroso e incómodo. Después de internarla, nos quedamos solos papá y yo y todo fue mejorando poco a poco sin darnos cuenta.

Unos años complicados:

Supongo que para todos, la adolescencia ha sido una etapa complicada pero se hace aún peor cuando eres invisible o, al menos, pretendes serlo. Me tiraban los libros, me empujaban por los pasillos y era el principal objetivo de un matón que lo único que quería y necesitaba cada día era mi almuerzo. Nunca comía en el recreo, ni siquiera tenía ganas de salir fuera, sabía que él estaría allí y que todos se reirían porque había vuelto a ganar. Era un idiota pero no podía contárselo a nadie. Mi padre nunca lo supo. Era mayor para guardarme mis cosas, para manejarlo como podía,

Empecé a ir a clases de defensa personal, lo creí necesario. Esas clases se llamaban «me voy al fútbol, papá. Vengo en un rato». Quería ser fuerte, quería saber defenderme y poder contraatacar, plantarles cara, quería saber de disciplina y auto control, quería dejar de tener miedo todo el tiempo. Me ayudó mucho a reestablecer mi auto estima, a entenderme y a saber encontrar un balance entre mi mente y mi cuerpo. Fue una etapa realmente esclarecedora que no compartí con nadie más que conmigo mismo.

Marlene, una brisa agradable sobre la piel:

La conocí en la tienda de discos a la que solía ir. No fue un momento especial ni nada por el estilo, simplemente, estábamos en la misma fila mirando algunos grupos de rock y ella decidió empezar la conversación con una broma que ya ni recuerdo. Sonreí y continué con la broma. Al girarme vi esos ojos azules, esa sonrisa, un cabello dorado que embriagaba y un gusto para vestir muy parecido al mío, quizá cogió lo primero que vio para bajar a esa tienda pero, digamos que fue lo que más me llamó la atención. Nos encontramos un par de veces más en el mismo lugar y entablamos alguna conversación sobre música y trasladamos esa conversación a una cafetería, mientras reíamos entre café y café.

No decidí que me gustaba en ese momento, ni siquiera en los más de siete u ocho meses después en los que entablamos amistad, tampoco en esa época de auto descubrimiento que pretendía empezar. La verdad es que con papá estaba bien y no pensaba para nada en chicas o en relaciones, siempre estaba ocupado. Pero, simplemente, sucedió. Fuimos a un cine donde podíamos ver la película en el coche y sacamos todo tipo de dulces y porquerías que se nos ocurrió, solo para reírnos y pasar el rato. Nos aburrimos un poco de la película, pero seguimos allí, hablando de nuestras cosas. La conversación se empezó a volver cada vez más seria, más profunda, distinta de las que solíamos tener, interesante y hasta atrayente. Nos besamos. Y justo en ese momento, empecé a verla de otra manera. Supongo que ambos lo hicimos.

La vida perfecta:

Así lo pensé, desde el primer momento en el que decidimos darnos una oportunidad. Conectábamos muy bien y estábamos dispuestos a apoyarnos que, en sí, era lo más importante. Nos fuimos a vivir juntos unos cinco o seis años después de empezar nuestra relación. Ambos estábamos ocupados y nunca veíamos el momento de sacar el tema. Recuerdo que papá estaba muy contento y me pidió que no la dejara escapar, que habíamos sido muy pacientes.

Nos compramos una casa a las afueras, rodeada de naturaleza donde decidimos casarnos. Supongo que, cuando todo va bien y sigue como está planeado, parece que tu vida no va a parar de brillar y de ser perfecta. Como vigilante de seguridad tenía un buen sueldo y estaba bastante bien posicionado, mientras que Marlene trabajaba en una empresa que reparaba ordenadores. No era lo que siempre hubiera querido pero le daba para pasar el mes, era lo que quería, nada complicado. A veces, alternaba con otros trabajos y, a veces, simplemente se dejaba llevar.

La noche del robo:

Recuerdo esa noche porque estuve trabajando. Fue una de esas noches donde quieres irte a casa, que el reloj adelante las horas lo más rápido posible para volver a tu vida y seguir viviéndola como hasta el momento. Pero una alarma de mi teléfono sonó sin parar. Me mostraba mi casa, nuestra casa. Alguien había entrado y Marlene no se había percatado todavía. La llamé varias veces pero no respondió. Cogí el coche lo más rápido que pude y me dirigí a allí. La puerta estaba abierta, la alarma había dejado de sonar, las luces estaban apagadas, había ropa por el suelo, platos, cubiertos, como si hubiera habido una pelea. Llamé a Marlene varias veces pero no respondió. Me esperé lo peor.

Encendí las luces del salón y subí las escaleras, toda la casa estaba patas arriba. No había un solo cajón en el que no hubiera rebuscado. Las joyas habían desaparecido, la televisión, el tocadiscos, muchas cosas de valor. Tuve una sensación, de las malas, así que, me dirigí hacia el baño de nuestro dormitorio. Vi a Marlene en la bañera, con sangre por todas partes. Me quedé de piedra. No podía respirar. Me dolía el pecho, me temblaban las manos. «Joder, ahora no», pensé. Saqué el teléfono para poder ver las grabaciones, para ver si podía ver la cara del cabrón que había entrado. Iba a ir a por él.

Sed de venganza:

No volví a pisar esa casa nunca más, la dejé tal como la encontré y empecé a buscarle. Le había identificado, sabía su nombre y dónde solía esconderse después de meses de perseguirle, era listo, muy listo. No dejaba rastro. Mi padre se encargó del funeral, de escribir algo bonito para ella, de llevar las flores, de presentarse allí… yo no podía. No hasta que él estuviera muerto. Fui a los barrios más problemáticos de la ciudad para conseguir un arma, eso era lo que quería, eso era lo que me mantenía despierto y me obsesionaba, ir a la tumba de mi mujer podía esperar.

Lo gracioso es que le cogí, le tenía en un callejón, atrapado. Me juró que no había hecho nada, por supuesto, no le creí y estuve a punto de apretar el gatillo cuando alguien me dio un disparo en la pierna. El chico de la capucha salió corriendo y desapareció, mientras el nuevo cabronazo me confesaba que había matado a mi mujer y que había estado robando en mi casa con detalles muy específicos. Me tenía tirado en el suelo sin oportunidad de defenderme, se me había caído la pistola y la pierna me sangraba demasiado como para intentar ponerme de pie. Me apuntó con su arma y sonrió, le gustó haber ganado la partida. Cuando creía que yo le tenía, era él quién me tenía a mí. Me disparó sin remordimiento, sin pensarlo.

Ningún futuro a la espera:

Supongo que papá me lo advirtió, tenía razón y odiaba cuando tenía razón. Olvidé describirme como un cabezota cuando hablaba de mi personalidad, y por supuesto, mi padre no lo olvidaría y se culparía por ello, por no pararme a tiempo. Le conozco, era como si le estuviera viendo. No podría con el dolor de tanta pérdida, ya lo pasó con mamá y no salió bien, tuvo que ir a terapia porque no soportaba estar sin ella y porque ya no conocía a la mujer que iba a visitar una vez a la semana.

Será diferente conmigo, yo me he ido por completo. Ha sido mi elección, para nada es su culpa, pero odio que vaya a hacerse daño por una equivocación que ha sido solo mía. Las obsesiones y los impulsos siempre han sido mi kriptonita, lo que más he debido controlar pero esa confianza de tener la vida perfecta, me cegó por completo, nadie te da nada a cambio de nada. ¿Verdad que no?


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Oculta:

Le ves desde donde estás, apoyada y escondida tras una pared. Él no puede verte. Te duelen los ojos, el cuerpo, estás exhausta. Quieres escapar pero no sabes cómo. Te refugias en ese pequeño cuarto que hay al final del pasillo que no sabe que existe, que ni siquiera se ha dado cuenta de que hay una puerta disimulada por la que puedes entrar y salir a placer para estar lejos de él.

Está tirado en el sofá con una cerveza en la mano, con los pies encima de la mesita de café, viendo el fútbol. Tu cuerpo tiembla todavía, mientras tratas de recordar qué podría haberte atraído de él cuando le conociste. Quizá fue su sonrisa, todavía la recuerdas como si fuera ayer, su olor lo sientes dentro de tu nariz y sus labios tocar los tuyos como dulce terciopelo. El vello de los brazos se te eriza cada vez que piensas en ello, solo fuiste una simple elección de última hora, un objeto al que iba a utilizar para sus intereses, no eres más que una nueva muñeca y ni siquiera sabías cuántas más habría en el exterior.

Ya no recuerdas cómo es sentir el sol sobre tu rostro, ni el sentir de la brisa al acariciar tu cara, ni siquiera recuerdas el sabor del café recién hecho, ya no tienes acceso a nada de eso. Has dejado de dormir, por miedo a que aparezca, por miedo a que encuentre tu escondite, por miedo a saber qué harías si volviera a besarte. Te escondes cuando vuelve la vista hacia ti, respiras hondo sabiendo que es arriesgado no quedarte en tu sitio. Te llama por tu nombre y apareces, con las manos en tu espalda y con una sonrisa queda. Él te mira de arriba a abajo con cara de asco, te manda a limpiar los dormitorios como si fueses una criada, luego te dice que le hagas la comida y le limpies la ropa, tú asientes como buena esclava.

Te acercas a la cocina y ves nuevamente esa oportunidad afilada y plateada con un mango de color negro, te tienta, quizá es la tercera vez que ha cruzado tu mente esta semana. No quieres volverte loca y hacer algo de lo que puedas arrepentirte luego pero, dejas de pensar y tu cuerpo empieza a actuar por inercia, ni siquiera te sigue, solo actúa. El cuchillo ahora está en tus manos y el silencio se apodera de ti, el partido de fútbol que dan en la televisión solo es un ruido lejano que ya no importa, esto anhela tu presencia, este momento necesita de ti, de que hagas lo que debes hacer para ser libre. Te das la vuelta y te acercas al sofá poco a poco, sin hacer ruido. El muy idiota sigue sin darse cuenta.

Solo estás a unos pasos y tus manos empiezan a temblar sin control, pero logras posicionarte justo detrás del sofá, viendo su nuca desnuda. Calculas un poco la fuerza que necesitarías y te decides, mientras él se sigue riendo por una jugada estúpida de su equipo favorito. Notas cómo la hoja afilada corta la carne de su cuello, ves que sus ojos se abren de par en par, que la sangre no deja de emanar de la herida mientras te quedas de piedra preguntándote cómo has sido capaz de hacer algo así. Ni siquiera se ha dado la vuelta. Ni siquiera ha tenido tiempo de hablar.

Su risa ya no la oyes. Sus gritos han desaparecido. Y el silencio ha vuelto, aunque su olor sigue impregnando la estancia. Una sonrisa se muestra en tu rostro, mientras te miras en el espejo del salón. Ya no te reconoces.


Hidden:

You see him from where you are, leaning and hidden behind a wall. He can’t see you. Your eyes hurt, your body hurts, you’re exhausted. You want to escape but you don’t know how. You take refuge in that small room at the end of the corridor that he does not know that it exists, that he has not even realized that there is a hidden door through which you can enter and exit at will to be away from him.

He’s lying on the couch with a beer in his hand, his feet on top of the coffee table, watching football. Your body still trembles, as you try to remember what might have attracted you to him when you met him. Maybe it was his smile, you still remember it as if it were yesterday, his smell you feel inside your nose and his lips touch yours like sweet velvet. The hair on your arms bristles every time you think about it, you were just a simple last-minute choice, an object that he was going to use for his interests, you are nothing more than a new doll and you didn’t even know how many more there would be on the outside.

You no longer remember what it’s like to feel the sun on your face, or the feeling of the breeze as it strokes your face, you don’t even remember the taste of freshly brewed coffee, you no longer have access to any of that. You’ve stopped sleeping, for fear that he will appear, for fear that he will find your hiding place, for fear of knowing what you would do if he kissed you again. You hide when he turn his eyes to you, take a deep breath knowing that it is risky not to stay in your place. He calls you by name and you appear, with your hands on your back and with a smile you remain. He looks at you from top to bottom with a disgusted face, sends you to clean the bedrooms as if you were a maid, then tells you to make his food and clean his clothes, you nod like a good slave.

You approach the kitchen and see again that sharp, silvery opportunity with a black handle, it tempts you, maybe it’s the third time it’s crossed your mind this week. You don’t want to go crazy and do something you might regret later but you stop thinking and your body starts acting by inertia, it doesn’t even follow you, it just acts. The knife is now in your hands and silence takes over you, the football match they give on TV is only a distant noise that no longer matters, this longs for your presence, this moment needs you, that you do what you must do to be free. You turn around and approach the sofa slowly, without making any noise. The very idiot still doesn’t realize of it.

You are only a few steps away and your hands begin to shake uncontrollably, but you manage to position yourself just behind the sofa, seeing his bare neck. You calculate a little the strength you would need and make up your mind, while he keeps laughing at a stupid play by his favorite team. You notice how the sharp blade cuts the flesh from his neck, you see that his eyes open wide, that the blood does not stop emanating from the wound while you stand in stone wondering how you have been able to do something like this. He hasn’t even turned around. He hasn’t even had time to speak.

You don’t hear his laughter anymore. Their screams have disappeared. And the silence has returned, although his smell continues to permeate the room. A smile showed on your face, as you looked at yourself in the mirror of the living room. You don’t recognize yourself anymore.


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Una Elección:

Seguí corriendo tras él a través de la calle, llevábamos así un rato, pero necesitaba ponerle las manos encima a ese idiota. Notaba cómo mi pecho subía y bajaba con fuerza, mientras mi respiración se entrecortaba y trataba de que mis pies no se frenaran. Seguía con los ojos su sudadera roja, era rápido, muy rápido, me dejaba atrás. Sabía que podía cogerle otro día, pero no podía esperar más.

Llegamos a una calle sin salida, estrecha. Fue una buena noticia, aunque para él no tanto, frenó en seco mientras le daba golpes a la pared del fondo. No estaba muy iluminado, una farola era lo único que nos permitía a ambos distinguirnos en la oscuridad. Su respiración se oía más fuerte que la mía y su expresión mostraba una absoluta frustración por no recordar que aquel callejón no era el indicado para escapar. Sonreí, de verdad que no esperaba que aquello pasara, ese tipo había sido muy listo los últimos cuatro meses, escondido como una rata de alcantarilla.

Por fin, estábamos uno frente al otro. Bajé la capucha de mi sudadera y sus ojos se ensancharon, siempre le había seguido oculto. Vi unas gotas de sudor correr por su frente mientras daba dos pasos hacia atrás. Quería mirarle a los ojos antes de hacerlo, quería saber cómo pensaba, cómo sentía, cómo trabajaba su cuerpo antes de atraparle, así que, tomármelo con calma era lo único que me hacía saborear aquel momento. Saqué mi arma de detrás del pantalón, una Beretta M9 preparada y cargada para ese momento. Su tacto era suave, compacto, ergonómico, echaba de menos cómo se sentía tenerla en la mano. Respiré hondo con una sensación de calma que empezaba a embriagarme todo el cuerpo porque esto se terminaba aquí, en este momento.

Le apunté con ella y él se quedó muy quieto. Le temblaron las manos y empezó a tartamudear, buscando piedad en alguien que ya no sabía muy bien qué era eso. Me acerqué a pequeños pasos hasta estar a un poco más de un metro, le tenía justo allí delante, aterrado. He de reconocer que me gustaba verle así.

– Vas a morir. Lo sabes, ¿verdad? – busqué una señal de arrepentimiento pero era solo fingida, no parecía recordarme – Me ha costado cuatro meses encontrarte, la verdad, eres muy escurridizo.

– Por favor… Deje que me vaya, ¡yo no he hecho nada!

– Es curioso, mi mujer no diría lo mismo cuando le pegaste un tiro en la sien y te dedicaste a robar en mi casa, ¿te gustó la experiencia? ¿Lo pasaste bien?

– ¿Qué? ¡No sé de qué hablas, tío!

Respiré hondo una vez más. Por fin me decidí a apretar el gatillo mientras le veía cerrar los ojos con fuerza y sudar como un cerdo. Pero algo me dio en la pierna, dolía. ¡Joder, dolía mucho! Caí al suelo de rodillas, mientras el chico salía corriendo. La rabia empezó a apoderarse de mí, ¿quién había sido el gilipollas que me había disparado? Me giré como pude mientras me cogía la pierna derecha y pude ver al tipo encapuchado con una chaqueta de cuero negro y unos vaqueros del mismo color. No podía verle la cara pero conocía su voz. Su olor…

– Te has equivocado de tío, ¿no crees?

– Hijo de perra… – susurré, mientras la pierna seguía sangrando y me dejaba caer hacia atrás, empezaba a sentirme mareado – ¡Fuiste tú!

– No eres tan buen detective, al fin y al cabo – se acercó desde el final de la calle a paso decidido – Eres idiota.

– ¿Qué…? ¿Pero qué haces?

– ¿Tú qué crees?

Sonrió, mientras se quitaba la capucha y me apuntaba con una Glock. No conseguí ver su cara, no pude ver sus ojos tras apretar el gatillo, no pude entender ese final que me dejó sin aliento y que me hizo perder el conocimiento. La oscuridad me invade. Estoy atrapado, me siento atrapado. Sentado en un rincón, desolado y sin poder gritar.


A Choice:

I kept running after him across the street, we had been like this for a while, but I needed to get my hands on that idiot. I could feel my chest rise and fall with through, as my breathing shortened and I tried not to slow down my feet. I followed his red sweatshirt with my eyes, he was fast, very fast, he left me behind. I knew I could catch him another day, but I couldn’t wait any longer.

We arrived to a street with no exit, narrow. It was good news, although for him not so much, he braked in his tracks while hitting the back wall. It was not very illuminated, a lamppost was the only thing that allowed us both to distinguish ourselves in the dark. His breath could be heard louder than mine and his expression showed absolute frustration at not remembering that this alley was not the right one to escape. I smiled, I really didn’t expect that to happen, that guy had been very smart the last four months, hiding like a sewer rat.

At last, we were facing each other. I pulled down the hood of my sweatshirt and his eyes widened, I had always followed him hidden. I saw a few drops of sweat running down his forehead as he took two steps back. I wanted to look into his eyes before I did, I wanted to know how he thought, how he felt, how his body worked before catching him, so taking it easy was the only thing that made me savor that moment. I pulled my gun out of the back of my pants, a Beretta M9 prepared and loaded for that moment. Its touch was soft, compact, ergonomic, I’ve missed how it felt to have it in my hand. I took a deep breath with a sense of calm that was starting to intoxicate my whole body because this was ending here, right now.

I pointed at him with it and he stood very still. His hands trembled and he began to stutter, looking for mercy in someone who no longer knew very well what that was. I approached in small steps until I was a little more than a meter away, I had him right there in front of me, terrified. I have to recognize I really liked to see him that way.

– You’re going to die. You know it, right? – I looked for a sign of regret but he was just faking it, he didn’t seem to remind me – It has taken me four months to find you, the truth, you are very elusive.

– Please… Let me go, I haven’t done anything!

– It’s funny, my wife wouldn’t say the same thing when you shot her in the temple and you dedicated yourself to stealing in my house, did you like the experience? Did you have a good time?

– What? I don’t know what you’re talking about, buddy!

I took a deep breath once again. I finally decided to pull the trigger as I watched him close his eyes tightly and sweat like a pig. But something hit me in the leg, it hurt. Fuck, it hurt a lot! I fell to the ground on my knees, while the boy ran out. Anger began to take hold of me, who had been the asshole who had shot me? I turned as I could as I took my right leg with both hands and I could see the hooded guy in a black leather jacket and jeans of the same color. I couldn’t see his face but I knew his voice. That smell…

– You made a mistake with the buddy, don’t you think?

– Son of a bitch… – I whispered, as my leg kept bleeding and it let me fall back, I started to feel dizzy – It was you!

– You’re not such a good detective, after all – he came over from the end of the street at a determined pace – You’re an idiot.

– What…? What are you doing?

– What do you think I’m doing?

He smiled, as he took off his hood and pointed a Glock at me. I couldn’t see his face, I couldn’t see his eyes after pulling the trigger, I couldn’t understand that ending that took my breath away and made me lose consciousness. Darkness invades me. I’m trapped, I feel trapped. Sitting in a corner, desolated and unable to scream.


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Clarise: La Oveja Negra

Relato procedente: «En Silencio«. Edad: 28 años.

Ciudad: Brighton. Profesión: Dependienta de tienda.

Descripción física:

Mi cabello castaño claro me llega un poco más abajo de los hombros, tengo zonas algo más rubias que realzan mi expresión. Mis ojos son de un tono verde oscuro y mis labios son finos. Mi tez es bastante pálida, no suelo tomar el sol, no me gustan las zonas cálidas. Soy una chica bastante esbelta, aunque como mucho y me encanta vestir con ropa sencilla, un poco ancha y de telas lo más naturales posible, no me gusta el roce de ciertos tejidos y me acoplo a lo básico.

Descripción de la personalidad:

Muchos me califican como rebelde, otros muchos como alguien inteligente y muy trabajadora, diría que soy un poco de todo, pero creo que soy más bien luchadora y una solitaria, por lo que a mí respecta, me encantan los silencios y la lectura, puedo tirarme horas leyendo sin parar. Pretendo mucho, quizá demasiado, me gusta mantener mi privacidad, no me agrada hablar de sentimientos, prefiero guardarlos para mí y seguir caminando por donde todos caminan o, al menos, eso es lo que espero de mí cuando convivo con otros, soy educada y considerada con los demás, aunque en mi casa no hay nadie que me pida que lo sea.

La oveja negra:

Ya desde muy pequeña lo era. Mis hermanos siempre lo han comentado con mis padres, yo era algo así como «la traviesa» de la familia, un poco rebelde y gritona, no me gustaba que me mandaran o que mis hermanos se quedaran en casa a cuidarme mientras nuestros padres se iban de cena, de alguna forma, todas las conversaciones, terminaban en pelea y, casualmente, la culpa siempre era mía porque Martha era perfecta, siempre estudiando y siendo lo más parecido a una mosquita muerta. Eddie siempre había sido peor que yo pero le cuidaron bien, le llevaron a todo tipo de centros de rehabilitación, le apoyaron y le tuvieron en un pedestal, mientras lo tenían todo cerrado a cal y canto para que ningún vecino conociese lo que de verdad ocurría con nuestra familia.

Hasta que Greta llegó, fui la que más discusiones oyó en casa, principalmente, por los problemas de Eddie con las drogas, pero también por la falta de dinero, cuando despidieron a papá y mamá tuvo que mantenernos y no llegábamos a fin de mes… Los gritos los sigo oyendo cada vez que lo recuerdo, llegué a creer que se odiaban de verdad y que se iban a separar. Hubo un tiempo en el que nos lo pasamos callados cada vez que nos sentábamos a comer y, a veces, Greg no aparecía, le veía molesto por algo pero nunca decía por qué, había una falta de comunicación en aquella casa y yo no entendía nada. Siempre pensé que Greta fue un milagro de la naturaleza para estabilizar aquella casa, ahora creo que simplemente, fue un parche para evitar lo inevitable. Mis padres creyeron que trayendo otro hijo al mundo iban a resolver sus problemas pero fueron a peor. Papá empezó con la bebida y todo se fue al garete, otra vez.

Una oportunidad de salir:

Nuestro hermano mayor Greg, fue el primero en salir cuando conoció a Melissa y se fueron a vivir juntos. Eddie quería hacerlo pero no conseguía vencer al miedo de volverse adicto de nuevo tras dos años limpio, así que, siempre se quedaba por allí. Martha iba a la Universidad, así que, solía vivir en la residencia entre semana y los fines de semana traía la ropa sucia para que mamá la limpiara y fuéramos donde ella quisiera como premio porque estaba estudiando mucho. Greta aún era bastante pequeña pero todos estaban pendientes de ella, así que, solo quedaba yo, la única que creía de verdad que tenía que salir de allí.

Cuanto más bebía mi padre, más discusiones había. No me tomé mis estudios en serio hasta ese momento donde de verdad creía que debía hacer algo para irme lo más pronto posible. Me puse las pilas para terminar la secundaria y, mientras mostraban su orgullo por lo bien que lo hacía Martha y lo agradecidos que estaban al conocer a alguien tan dulce como Melissa, yo me dedicaba a buscar trabajo y un piso que pudiese pagar, aunque fuese en un lugar conflictivo. Papá cada vez estaba peor y no quería tener que ver cómo empeoraría todo, no quería volver a la era donde no estaba Greta. Espabilé y encontré trabajo antes de terminar las clases. Empecé de camarera en un restaurante y seguí de dependienta en una tienda de ropa, he ido saltando de empleo de un sitio a otro desde entonces.

Algo roto:

Por aquel entonces, era con Eddie con quién me sentía más cercana o era con quién me llevaba mejor, a veces, me protegía de las casi agresiones de papá cuando estaba bebido, no era su intención y yo lo sabía pero, me gustaba sentirme protegida en los brazos de mi hermano. Fue al primero que le dije que me iba para siempre, que iba a cruzar esa puerta y que iba a desaparecer. Avanzo que no se lo tomó muy bien, intentó persuadirme varias veces y el último abrazo que nos dimos antes de que me fuera lo dijo todo. Desde aquel momento, ya no hemos vuelto a hablar como antes, nunca me ha llamado a casa o ha venido de visita, siempre he creído que él pensó que le abandoné allí, en esa casa en la que se sentía atrapado. Pero nunca me lo dijo.

Al enterarse, Greg no dijo nada, se mantuvo callado todo el tiempo, incluso, se encogió de hombros, como si no le importara. Por supuesto, Martha no mostró el menor interés, éramos como el agua y el aceite. Y bueno, me dio pena dejar a Greta atrás, pero creo que ella dejaría de recordarme como yo la recordaba cuando era más pequeña, estaba segura de que al crecer mucho más, ni siquiera me conocería, de hecho, tampoco recibí llamadas, solo nos vemos en las cenas familiares como en Navidad. Algo, definitivamente, se rompió entre nosotros. Siempre había sido alguien invisible, un poco rebelde, no prestaba atención a nada y prefería quedarme quieta leyendo cómics o escuchando música mientras todo el mundo me gritaba que bajara a cenar, pero lo cierto fue que, en cuanto me fui, pareció que sí era visible y que sentían que me fuera más de lo que había creído.

Mi madre se volvió un tanto más fría, de hecho, lo sigue siendo. No recuerdo haber escuchado de ella ni una sola palabra de aliento, de motivación, de alegría o apoyo hacia mí, me llama un par de veces al mes y las llamadas duran unos cinco minutos, lo cual, me recuerda lo rotos que estamos y lo vacía que me he sentido siempre. Papá nunca llama y en las cenas familiares siempre está tirado en el sofá bebiendo y viendo el partido de fútbol. Ha bajado el consumo de alcohol, al parecer, el médico se lo ha aconsejado al tener un principio de cirrosis. Nunca he preguntado por ello. Me siento como una extraña cada vez que vuelvo a allí, como si les debiese algo, como si debiese arrepentirme por irme tan pronto y abandonar a mis hermanos, porque eso fue lo que pareció.

La cena de Navidad:

Mamá llamó dos días antes de Navidad, como hace cada año, para recordarme que debo ir a la cena. Suena algo acongojada, apagada, seca y dura, así es como oigo su voz a través del teléfono. No sabía quién iba a ir, cada uno tiene su vida y prácticamente todos estamos fuera de casa, incluso, Eddie ha podido hacer una vida propia y Greta está saboreando la vida en la Universidad. Supe quién estaba al aparcar el coche fuera de la casa, pero no tenía ganas de ir, lo hacía por obligación, no porque no los quisiera sino por la forma en la que me miraban. Suelo ser amable y no digo la mayoría de las cosas que pienso, supongo que mis problemas son solo míos y no quiero que mi familia sepa nada de ellos, soy algo así como una perdedora a sus ojos y los vecinos no podrían tolerar ver o escuchar de alguien así en el vecindario, siempre fueron unos cotillas criticones y siempre lo serán.

Fue extraño volverles a ver después de un año. Todos hablaron de lo bien que les iba y bueno, no pude hacer otra cosa que seguir mintiendo, como cada vez que les veía. Estaba claro que mi vida amorosa no había sido lo que esperaba aunque había conocido a alguien que por fin me parecía interesante no creía que pudiera hacer frente a algo así en ese momento, pero no me atrevía a compartirlo con ellos, para mi familia, tenía algo serio con alguien a quién no conocían y que trabajaba mucho, por eso no iba a las cenas familiares y todavía no se lo había presentado. No podrían aceptar nada de lo que pudiera contarles. He estado trabajando de dependienta en una tienda dos calles más abajo del apartamento alquilado, pequeño y un tanto mohoso en el que vivo. Ni me imagino qué diría mi madre después de saberlo, así que, todo estaba bien así, como debía de estar, al parecer, era redactora de una revista no muy importante donde me pagaban bien y ya me había comprado una casa a las afueras donde me sentía a gusto y, a la cual, no les había invitado, no sabía cuántas excusas había formulado ya pero ayudaba el hecho de que mi madre solo me llamara dos veces al mes.

Asentí tanto como pude, sonreí, me comporté como una señorita debe hacerlo y le di todos los cumplidos que pude darle a mi madre tanto por la comida como por el vestido que llevaba. No me gustaban ambas cosas pero ser agradable no cuesta nada. Me senté con ellos en el sofá tras la cena y vi cómo seguían adornando el árbol, no sé por qué razón me sentí idiota pero sí, tragué saliva y me excusé para irme de allí, ya había cumplido y habían dejado de hablarme directamente, así que, me llevé los chocolates que me dio mi madre y volví a mi vida. No era tan glamurosa como la de ellos, pero me sentí orgullosa de haberla abandonado para tener una propia.

Un futuro en el que sobrevivir:

No he tenido nunca mucho dinero pero siempre me las he apañado para vivir, al igual que ahora, tengo lo justo para sobrevivir y para seguir adelante. Los gastos de casa y la comida son caros y a veces, es duro poner un pie delante del otro para no tropezarte con un nuevo problema pero lo que me hace levantar la cabeza es no tener que llamarles para pedirles dinero, para que sean mis niñeras o para volver a sentirme miserable. Eso es por lo que tengo un trabajo de mierda al que voy diariamente y eso es justo lo que hace que me levante de la cama, moverme a mi ritmo y salir victoriosa de otro día pesado y difícil.

He aprendido a mirar por mí y para mí, no tengo muchos planes para el futuro pero sí sé que puedo hacer lo que sea para seguir adelante sin ayuda y que puedo hacer lo que debo sin buscar la aprobación de mis padres. La oveja negra ya ha dejado de correr.