Publicado en Reflexiones

«Estoy bien»:

«Estoy bien» es lo que decimos todos. Es lo que tú dices siempre. Cansada, pero sin reconocerlo. Estresada, pero sin gritarlo. Enfadada, pero sin el mundo ser consciente de ello. Rota, pero sin descubrirlo. Desde hace tiempo, no encuentras tu sitio, el silencio se ha vuelto amigo, mientras el ruido una intimidad que prefieres no enfrentar. Eres una sombra en una habitación cerrada, pero sigues yendo a trabajar, a comprar ropa, te maquillas, fingiendo ser otras y evitando ser tú.

«Estoy bien» es lo que se suele decir cuando queremos creerlo, así otros también podrán hacerlo. Un truco barato de nuestra enrevesada mente, que no nos deja ni un momento a solas. Lo dices como si fueran palabras sueltas, sin mucho sentido, con la mejor entonación, incluso, lo practicas en casa para ver cómo encaja en una conversación, porque ni siquiera eso te hace sentir cómoda. Son palabras calculadas para no preocupar a nadie, porque es lo que se supone que debes decir, es lo que todo el mundo quiere oír al fin y al cabo, eximiéndose de la responsabilidad de escuchar por un momento, de comprender, de creer.

«Estoy bien» es lo que compartimos cuando no lo estamos. Nos rompemos, pero callamos. Otra mentira para salir de la cama, para fingir que algo más importa, que estar en la otra punta del mundo significa algo, que no ser recordada no es tan malo, porque aún así respiras, aún así sientes. Son palabras de alivio, quizá de sosiego, pretendidas en voz alta, de confort debajo de las sábanas. Son un empuje para decidir un día más salir ahí fuera y superarlo, como cualquier otro día, cualquier otro momento que ni siquiera considerarías mínimamente interesante.

«Estoy bien» como las palabras que alimentan un alma perdida, una esperanza inequívoca que te dice a dónde debes dirigirte, que te saluda desde lejos y te deja ser su amiga. Son palabras de consuelo que alguien dice tras una sonrisa, así no te preocupas, no te arrepientes de lo que has dicho como otras veces y dejas de preguntarte qué hiciste mal. Una mentira inocente que te deja encadenado a la irrealidad, inseguridad, a las preguntas constantes de si será verdad lo que oyes u otro estúpido truco del destino. Así es como mentimos a nuestra pareja, le decimos que la comida está estupenda, pero en realidad cocina fatal, no queremos decepcionarla. No queremos decepcionarnos.

«Estoy bien» es esa relación amor-odio con un ligue del pasado. Algo que quieres olvidar pero que está presente, dos palabras que repiquetean tu mente, que te obligan a estar bien, de alguna forma, que te exigen que lo estés aunque solo quieras tumbarte en la cama y olvidarte de que el mundo existe. Estar bien para no decir las palabras que pensamos, para no enfrentarnos a miradas incómodas, a preguntas aún más incómodas o para dar explicaciones rotas que quizá no tengan cabida en el entendimiento ajeno, porque es más cómodo, porque es lo que el mundo espera de ti, lo que esperan que digas.

«Estoy bien» cuando todo es un desastre, cuando las paredes se agrietan, las habitaciones dejan de tener puertas, todo se oye y tú quedas al descubierto, desnuda ante tantas miradas. Sales como puedes al mundo, quizá humillada, quizá rota, con un poco de suerte nadie lo sabrá porque todo está bien. Nada ha cambiado. Aunque dentro de ti, sí. Pero no queremos que nadie lo comente o crearemos un conflicto.

«Estoy bien» porque tengo que estarlo, porque tengo que sobrevivir. Así es como todo el mundo vive y esconde.


«I’m Fine»

«I’m fine» is what we all say. It’s what you always say. Tired, but without recognizing it. Stressed, but not yelling. Angry, but without the world being aware of it. Broken, but without discovering it. For a long time, you have not found your place, silence has become a friend, while noise is an intimacy that you prefer not to face. You are a shadow in a closed room, but you keep going to work, buying clothes, putting on makeup, pretending to be others and avoiding being you.

«I’m fine» is what is usually said when we want to believe it, so others can too. A cheap trick of our convoluted mind, which does not leave us alone for a moment. You say it as if they were single words, without much sense, with the best intonation, you even practice it at home to see how it fits into a conversation, because even that doesn’t make you feel comfortable. They are words calculated so as not to worry anyone, because it is what you are supposed to say, it is what everyone wants to hear after all, exempting themselves from the responsibility of listening for a moment, of understanding, of believing.

«I’m fine» is what we share when we’re not. We break, but we shut up. Another lie to get out of bed, to pretend that something else matters, that being on the other side of the world means something, that not being remembered isn’t so bad, because you still breathing, you still feeling. They are words of relief, perhaps of calm, intended aloud, of comfort under the sheets. They are a push to decide one more day to go out there and get through it, like any other day, any other moment that you would not even consider interesting at all.

«I’m fine» like the words that feed a lost soul, an unmistakable hope that tells you where to go, that greets you from afar and lets you be their friend. They are words of comfort that someone says after a smile, so you don’t worry, you don’t regret what you said like other times and you stop wondering what you did wrong. An innocent lie that leaves you chained to unreality, insecurity, to the constant questions of whether what you hear is true or another stupid trick of fate. This is how we lie to our partner, we tell her that the food is great, but in reality she cooks terrible, we don’t want to disappoint her. We don’t want to be disappointed.

«I’m fine» is that love-hate relationship with a date from the past. Something that you want to forget but that is present, two words that rattle your mind, that force you to be okay, in some way, that demand that you be okay even if you just want to lie in bed and forget that the world exists. Being well not to say the words we think, to not face uncomfortable looks, even more uncomfortable questions or to give broken explanations that may not have a place in the understanding of others, because it is more comfortable, because it is what the world expects from you, what they expect you to say.

«I’m fine» when everything is a disaster, when the walls crack, the rooms stop having doors, everything is heard and you are exposed, naked before so many looks. You go out into the world as you can, maybe humiliated, maybe broken, with a little luck no one will know because everything is fine. Nothing has changed. Although within you, it had. But we don’t want anyone to comment on it or we will create a conflict.

«I’m fine» because I have to be, because I have to survive. This is how everyone lives and hides.


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Distorsión:

Podía oírles hablar desde el otro lado de la puerta. Les miraba. Sus padres discutían sobre qué era lo mejor para él, un niño tímido, introvertido, que solo quería que le dejaran solo. Después de la charla con la tutora, no parecía que estuvieran muy contentos con Shawn. Se sentía mal. Incluso, se sentía culpable, sentía que les causaba problemas, que les estaba separando de algún modo. No quería escuchar la conversación pero no podía evitarlo. Lágrimas se formaban en sus ojos, haciéndole sentir distanciado, solo.

– Te empeñaste en cambiarle de colegio, ¡sabía que pasaría algo así! – dijo la madre de Shawn, enfadada -.

– Esto no tiene que ver con ningún cambio de colegio, el chico es callado – su padre se encogió de hombros -.

– Siempre tratando de salvarte de la culpa… – su madre cruzó los brazos esta vez, con una mirada inquisidora -.

Estuvieron discutiendo un rato más, casi hasta la hora de la cena. Shawn se encerró en su cuarto, tratando de entender qué había de malo en ser como era, en ser callado. No hablaba porque no sabía muy bien qué decir, no solía empezar conversaciones y, cuando lo hacía, decía alguna tontería de la que se arrepentía más tarde. Era raro. Se consideraba raro.

La hora de cenar llegó y el silencio envolvió la estancia. Sus padres se miraban, tratando de encauzar el principio de lo que sería una conversación incómoda. Cintia empezó a hablar.

– Hemos hablado con tu tutora hoy – Shawn asintió, mientras decidía si comerse ese trozo de brócoli o dejarlo en el plato, no estaba convencido si sería buena idea comérselo, le daba mucho flato – Tus notas están bien, dice que eres un niño estupendo.

– Am… Bien – susurró Shawn, no había mucho más que decir. Siguió mirando el plato.

– Lo que ha comentado también es que no hablas con los demás niños – John siguió con suavidad, tratando de mantener una voz pausada y uniforme – ¿Hay alguna razón?

Shawn se sonrojó. Cuatro ojos observándole, en busca de explicaciones que no estaba seguro de si quería dar o de si alguien iba a entender. Se encogió de hombros. Decidió apartar el brócoli, al tiempo que sus padres se miraban, perplejos. Siguió comiéndose los guisantes, despacio. Cintia, decidió volver a intentarlo.

– Cariño, ¿hay algo de lo que quieras hablar? – le puso la mano en el hombro, ayudándose de una voz dulce, plana y suave – Puedes contárnoslo.

Shawn movió la cabeza en señal de negación. No dijo una palabra. Solo les escuchó a ellos hablar. Los seres humanos son seres sociables, por ello deben hablar y relacionarse con otros, no aislarse y formar su propio mundo. La tutora de Shawn quería que estuviera con los otros niños en el recreo, que participara en clase igual que ellos, que riera, cantara villancicos en Navidad y que jugara al «pilla-pilla» hasta acabar reventado. Eso era también lo que sus padres querían. Le miraban con esa cara de esperar un cambio razonable en poco tiempo, que dejó a Shawn clavado en la silla, sin poder moverse.

Lo cierto era que él no entendía el por qué de tanta exigencia. No le gustaba hablar. No le gustaba relacionarse. No encontraba a otros niños interesantes. No sabía empezar conversaciones. Temblaba de terror cada vez que quería hacerlo. Tartamudeaba como un tonto. Ellos se reían porque no le entendían y parecía un tonto. Se sentía inadecuado. No formaba parte de ello. Lo que su tutora y su familia querían entraba en conflicto con lo que él quería, pero pensó en darle un oportunidad, así sus padres no volverían a discutir y sus profesores dejarían de comentarlo. Todo el mundo estaría contento.

Un día, después de las clases, Shawn se acercó a un grupo de niños para jugar a la pelota. Lo dijo de forma inocente, sincera, quería jugar con ellos. Ambos estuvieron pasándose la pelota, evitando que Shawn la cogiera. Al principio, parecía un juego a ojos de Shawn, pero no era para nada un juego. Ellos se reían. Alto, muy alto. Empezaron a decirle que era tonto y un estúpido por ser tan bajito y no alcanzar la pelota. Otros se acercaron a paso rápido, para ver qué ocurría, para animarles a seguir haciendo lo que hacían con Shawn, porque se estaban divirtiendo. A excepción de él.

Le empujaron, le patalearon, se rieron, cuchichearon y le robaron el almuerzo. Le dejaron allí tirado en el suelo, llorando, agarrándose la tripa. Había sido la primera vez que se abría, y no había salido nada bien. Estaba confuso, contrariado. Eso era lo que todo el mundo hacía y todos querían, ¿por qué no había salido bien? Quiso contarlo, pero nadie lo entendería, así que, volvió a sus clases, serio, callado, fingiendo que todo iba bien y volvió a casa, con una sonrisa de oreja a oreja.

– ¿Qué tal en la escuela, Shawn? Te veo muy contento – le dijo su madre cuando llegó a casa -.

– Hoy he hecho muchos amigos, he hablado mucho – dijo Shawn con una voz entusiasta -.

Se fue a su habitación con una sonrisa. Les había complacido. Ahora solo tenía que lamerse las heridas en silencio, llorar debajo de las sábanas y pretender que nada había cambiado. Era un ser humano, y los seres humanos se socializan.


Distortion:

He could hear them talking from the other side of the door. Looking at them. His parents argued about what was best for him, a shy, introverted boy who just wanted to be left alone. After the talk with the tutor, they didn’t seem to be very happy with Shawn. That made him feel bad. He even felt guilty, feeling that he was causing them trouble, that he was separating them in some way. He didn’t want to listen to the conversation but he couldn’t help it. Tears were formed in his eyes, making him feel distanced, lonely.

«You insisted on transfer him to another school, I knew something like this would happen!» Shawn’s mother said angrily.

«This has nothing to do with any change, the boy is quiet,» his father shrugged his shoulders.

«Always trying save your ass…» his mother crossed her arms this time, with an inquisitive look.

They argued for a while longer, almost until dinner time. Shawn locked himself in his room, trying to understand what was wrong with being the way he was, with being quiet. He didn’t speak because he didn’t quite know what to say, he didn’t usually start conversations, and when he did, he would say something stupid that he later regretted. He was weird. He was considered weird.

Dinner time arrived and silence enveloped the room. His parents looked at each other, trying to get the start of what would be an awkward conversation going. Cynthia began to speak.

«We talked to your tutor today.» Shawn nodded, while he was deciding whether to eat that piece of broccoli or leave it on the plate, he wasn’t convinced if it would be a good idea to eat it, it usually caused him flatulence. «Your grades are good, she says you’re a great kid.»

«Um… Good.» Shawn whispered, there wasn’t much more to say. He kept looking at the plate.

«What she has also said is that you don’t talk to the other children,» John continued softly, trying to keep his voice calm and firm. «Is there a reason?»

Shawn blushed. Four eyes watching him, searching for explanations he wasn’t sure if he wanted to give or if anyone would understand. Shrugging, he decided to put the broccoli away, while his parents looked at each other, puzzled. He started eating the peas, slowly. Cyntia decided to try again.

«Honey, is there something you want to talk about?» She put her hand on his shoulder, helping herself with a sweet, flat and soft voice. «You can tell us about it.»

Shawn shook his head in denial. He didn’t say a word. He only listened to them speak. Human beings are sociable beings, so they must talk and interact with others, not isolate themselves and create their own world. Shawn’s tutor wanted him to be with the other kids at school breaks, to participate in class just like they did, to laugh, sing Christmas carols, and play tag until he was exhausted. That was also what his parents wanted. They looked at him with that face of expecting a reasonable change in a short time, which left Shawn rooted in the chair, unable to move.

The truth was that he did not understand why they were so demanding. He didn’t like to talk. He did not like to connect with others. He did not find other children interesting. He didn’t know how to start conversations. Trembled in terror every time he wanted to do it. He was stuttering like a fool. They laughed because they didn’t understand him and he looked like a fool. He felt inadequate. Not being part of it. What his tutor and his family wanted conflicted with what he wanted, but he thought of giving it a chance, so his parents wouldn’t argue again and his teachers would stop commenting on it. Everybody would be happy.

One day after school, Shawn went up to a group of kids to play catch. He said it innocently, sincerely, he wanted to play with them. They were both passing the ball around, preventing Shawn from catching it. At first, it seemed like a game to Shawn’s eyes, but it wasn’t a game at all. They were laughing. High, very high. They began to tell him that he was dumb and stupid for being so short and not reaching the ball. Others hurried over, to see what was going on, to encourage them to keep doing what they were doing with Shawn, because they were having fun. Except him.

They pushed him, kicked him, laughed, whispered and stole his lunch. They left him there lying on the ground, crying, clutching his stomach. It had been the first time he opened up, and nothing had gone well. He was confused, upset. That was what everyone did and everyone wanted, why hadn’t it worked out? He wanted to tell it, but no one would understand, so he went back to his classes, serious, quiet, pretending that everything was okay and he came back home with a smile from ear to ear.

«How was school, Shawn? I see you very happy,» his mother told him when he got home.

«I’ve got a lot of friends today, I’ve talked a lot,» Shawn said in an enthusiastic voice.

He went to his room with a smile. It had pleased them. Now he just had to lick her wounds in silence, cry under the covers and pretend that nothing had changed. He was a human being, and human beings socialize.



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Moira: Perdiendo a un Amigo

Relato procedente: «Ácido«. Edad: 34 años.

Ciudad: Detroit. Profesión: Tatuadora.

Descripción física:

Mi cabello es de color castaño oscuro, al igual que mis ojos, suele ir recogido con una coleta en el lado izquierdo de la cabeza. Mis labios son finos, mi piel algo pálida y me gusta vestir con vaqueros y sudaderas, normalmente, de color negro. Soy de complexión delgada, creo que siempre lo he sido, me gusta utilizar zapatos cómodos y no perder mucho tiempo eligiendo mi ropa.

Descripción de la personalidad:

Me agradan los momentos a solas, donde puedo estar en silencio, no suelo ser muy habladora pero cuando tengo algún contacto con alguien, me gusta mantenerlo. Me considero bastante empática, sensible y amable, aunque trato de distanciarme un poco de los demás cuanto puedo, no todo el mundo es bueno y no todo el mundo desea lo mejor para ti. Podría decir que soy bastante desconfiada, odio que me interrumpan cuando estoy viendo una película y no me gusta salir de fiesta, adoro leer con una única luz iluminando el salón, con eso me basta.

Una infancia loca:

Mis padres se divorciaron cuando tenía unos ocho años, fue complicado y confuso, no dejaban de hablar de mí como si fuese un objeto que debía ser transportado cada fin de semana, sin sentimientos o sin valor de elección. Supongo que eso fue lo que más me dolió, aparte de sus enfados absurdos y peleas por dinero, aparte de decirse las cosas más horribles que se podrían decir a otro ser humano, mientras yo estaba delante, escuchando. He de reconocer que no siempre prestaba atención, pero cuando lo hacía, tan solo quería esconderme en algún lugar apacible para encontrar algo de silencio y sentirme cómoda por una vez.

No me prestaban mucha atención, así que, me dedicaba a leer y a dibujar más que nada. Lo que más me apasionaba era esto último, aunque nadie se hubiese dado cuenta, solo mi profesora de dibujo. Para mi padre eran tonterías, estaba más enfocado en su enfado con mamá y para ella, era tan solo una fase que se terminaría pronto. La buena noticia fue que duró hasta mucho después de lo que ellos predijeron, se convirtió en una pasión difícil de erradicar.

Deseando salir de casa:

En mi etapa adolescente, lo único que quería hacer era salir de aquella casa de locos. Sí, puede que mis padres debieran separarse sin más, dejar su estúpida relación tóxica y seguir adelante, pero no lo hicieron. Pues qué locura, ¿no? Lo confirmo, porque lo era. Se mantuvieron juntos por mí, sin pensar que podría hacerme más daño que estuvieran juntos y discutiendo que separados y con ambientes tranquilos. Supongo que en estos momentos yo solo pensaba en mí misma, no es que fuera buena estudiante pero solo quería pasar y terminar la secundaria. Si lo hacía, podría buscar un trabajo y salir de allí cuanto antes.

Aunque las cosas no fueron tan bien como esperaba. Tuve que quedarme hasta los dieciocho, hasta que conocí a Daven, algo así como un amigo para toda la vida que iba a salvarme el culo. Yo no tenía ni idea de que iba a hacerlo. Se había ido de casa con dieciséis, había estado trabajando aquí y allá, en esos momentos trabajaba de mecánico, tenía cuatro años más que yo. Fue él quién me sugirió el vivir juntos, sabía que mi situación no era la adecuada y odiaba verme así, lo cual, creyó oportuno comentarlo, no cabía en mí de orgullo y, a la vez, de vergüenza, me hubiera gustado hacer las cosas por mí misma. Nos prometimos que sería algo temporal hasta que yo pudiera sostenerme fuera de casa de mis padres.

Trabajos y más trabajos:

Sí, tenía dieciocho años, me había independizado y trabajaba como una mula. Trabajando de camarera, en ayudante de cocina, vendedora en tiendas de ropa de segunda mano, de recepcionista, secretaria, bibliotecaria en universidades… y no sé cuántas cosas más. Pero estaba agotada. Hacía más horas que un reloj y todo para poder sostener mis gastos y mis estudios. Quería hacer algo relacionado con el arte, con lo que pudiera dibujar y tener mi propio negocio, así que decidí estudiar para hacerme tatuadora. No fue una decisión fácil, tampoco barata, pero Daven me ayudó. En realidad, me ayudaba en todo, sin hacer preguntas. Era un cielo. Dulce, cariñoso, atento, detallista, un gran tío echo pedazos por todas las novias que le habían roto el corazón. Y no me miréis, yo no quería ser la última que lo hiciera, él era un terreno que no quería pisar.

Es cierto que llegaba reventada. Tras tantas horas de trabajo no quería hacer nada, tan solo tirarme en el sofá y ver una película de cualquier cosa que Daven quisiera ver. Nos volvimos muy cercanos, uña y carne con los años, no funcionábamos el uno sin el otro, teníamos más amigos comunes con los que solíamos salir pero con quiénes más confiábamos era en nosotros, supongo que conseguimos crear nuestro propio mundo a parte del de los demás, éramos como hermanos, no teníamos secretos.

La enfermedad de Daven:

Como se suele decir, no todos los finales son felices. Este no fue uno de ellos. Daven empezó con algunos síntomas bastante leves pero frecuentes. Un día se asustó y decidió ir al médico porque tosió sangre. Todo pasó de un día para otro, al igual que su diagnóstico. Tenía cáncer de pulmón. Estuvo medicado durante bastante tiempo, iba a radioterapia. Lo tenía bien enganchado porque no funcionaba. No le remitía. Daven pretendía estar bien, siempre con la cabeza bien alta, nadie sabía qué ocurría a excepción mía. Físicamente, se sentía fatal y psicológicamente, bueno echo una mierda. Sabía que no había solución y que podría ocurrir en cualquier momento. La muerte estaba esperando en cada esquina.

Yo estaba haciéndome a la idea, no podía creerlo. Iba a perderle, así sin más. Todo iba bien, justo en ese momento, creo que llegó a ser el mejor momento de nuestras vidas. Él consiguió crear su propio taller de coches que tanto había soñado tener y yo mi estudio de tatuaje. Nos habíamos mudado a un piso un poco más grande en el que por fin, podíamos permitirnos tener más cosas y vivir fuera un poco más, como ir a restaurantes o ir al cine. En ese momento, habíamos tenido suficientes razones para sonreír. Todo se había arreglado al final, todo iba bien, según lo planeado. Hasta ese momento, hasta el momento del diagnóstico.

El ácido:

Acompañé a Daven a su última revisión. No había nada más que hacer, el cáncer se había avanzado mucho y no se podía remitir. Le habían dado dos meses de vida. Por lo que, pensaba ayudarle en todo lo que hiciera falta para poner sus asuntos en regla, para despedirse y hacer lo necesario para irse tranquilo. Yo quería ser quién le diese la mano cuando se marchara, esperaría a verle expirar su último aliento. Para mí estaba siendo descorazonador, incluso, lloraba a escondidas, aunque frente a él pretendía ser fuerte para que él también lo fuera, era mi trabajo como su amiga.

Pero esa vez, esa última vez que le vi, traía consigo un bote con un líquido transparente y unos papeles en la mano. Le pregunté varias veces qué era aquello, tan solo me contestó que quizá era la solución a todos sus problemas. Era una cura. La cura milagrosa que había ayudado a miles de personas con su enfermedad. Al menos, eso fue lo que le dijo el médico. Siento decirlo pero no me creí ni una sola palabra. Daven firmó los papeles que eximían al hospital de cualquier responsabilidad si a él le ocurría algo tras ingerir aquel líquido transparente. Insistí, creo que hasta demasiado, con que no lo hiciera, que lo pensara mejor, pero estaba desesperado y, a decir verdad, yo también.

Tras el primer sorbo, Daven no dejó de revolverse, de cogerse la tripa y quejarse de que le ardía. Traté de decirle que debíamos ir al hospital de nuevo a que le lavaran el estómago porque aquello no era normal, una cura no puede hacer el efecto contrario. Pero él estaba seguro, muy seguro de que aquello iba a funcionar porque el doctor lo había dicho. Una parte de mí quiso creerle y esa parte le dejó continuar, algo de lo que ahora me arrepiento. Se tragó el resto de líquido. Pensé que iba a darle un ataque porque se cayó al suelo cogiéndose el estómago, no podía hablar, tampoco gritar, se estaba deshaciendo por dentro, literalmente. Cuando le cogí entre mis brazos, ya no había expresión en sus ojos, ya se había ido.

Un futuro sin Daven:

Ha sido duro desde que ocurrió, no voy a negarlo. Ha sido diferente no tenerle en casa, no llamarle al llegar a casa, no preparar juntos la cena o ver películas hasta altas horas de la mañana, reír hasta reventar o contarnos nuestras penas por el simple echo de escucharnos. Solo tengo su cara inexpresiva en mi cabeza, esa imagen se repite una y otra vez, no puedo erradicarla, no puede ni siquiera pretender que no existe o que no ha existido, porque incluso su habitación está igual que siempre, su orden dentro de su desorden. No he podido tocar su ropa, ni siquiera me he acercado a su cama, a sus discos, al ordenador, tampoco he llamado a sus padres para que vengan a recoger sus cosas. Eso sería como admitir que se ha ido.

Puedo decir con certeza que un pedazo de mí se ha ido, se ha desvanecido en el aire de un día para otro, sin poder retornar a ello, sin poder rechistar. Quizá venda su taller, quizá lo deje funcionando. Quizá me mude a otro piso más pequeño o quizá me quede. Todo sigue muy confuso, darme tiempo es la mejor opción. Es curioso cómo te jode la vida sin tú esperarlo.

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Nombre:

Tenías un nombre, había una fecha, un momento en el que todo se volvía claro. Solo formaba una palabra, la manera en que lo decía, en que pronunciaba tu nombre quizá te gustara. No era más que otra forma de tenerme entre tus brazos para no soltarme. Quise olvidarlo tantas veces, dejar que el pasado lidiara con ese nombre, que lo erradicara de mi cabeza, de mi existencia misma, pero ni siquiera eso podía salir bien. Cada vez que lo escuchaba, no podía evitar esbozar una sonrisa, emitir un leve grito de entusiasmo, incluso, podía sonrojarme con solo pensarlo. Era patético. Quizá yo lo fui.

No podía olvidarte. No podía olvidarlo. Era solo un nombre de alguien que se fue, que no debió de dejar huella, que debió de desaparecer. Me hacía recordar un cabello castaño, unos ojos negros, unos labios gruesos, brazos fuertes, suaves manos y esa vibración de protección que emanabas provenía de otro planeta. Trataba de dejarlo atrás, pero las palabras tienen poder sobre la vida y tu nombre era una palabra. Lo echaba de menos en cada cena, sentada a la mesa que antes compartimos, aún seguía encendiendo una vela, como si fuéramos a participar en un momento privado, romántico. Tu plato seguía allí, frente al mío. Vacío, pero al menos, podía imaginarte. Se había convertido en una obsesión que no le contaba a nadie.

Todos creían que te había olvidado. Que nuestras discusiones no seguía escuchándolas en mi cabeza, que no rebobinaba nuestras conversaciones en la cama antes de hacer el amor y no las volvía a escuchar cada vez que me iba a dormir. Evitaba hablar de mi insomnio, ni siquiera mi médico lo sabía, echaba de menos tenerte justo al lado. Cuando no podías pegar ojo, sabía que observabas como dormía, te parecía romántico, a mí un tanto siniestro. Nos reíamos. Todo parecía sencillo, hasta que otro huracán venía a arrasarlo todo, una nueva conversación en la que no encajábamos las ideas. Tras cada grito frustrado, nos abrazábamos. Tras cada bofetada, nos besábamos. Tras cada momento de celos, nos mirábamos de esa manera que hacía que los planetas dejaran de girar.

Éramos tóxicos. Volátiles, imperfectos. Todo se volvió complicado, demasiado como para quedarnos, como para seguir compartiéndonos. Dejamos de entendernos. Pero seguíamos teniendo sexo. Dejamos de acariciarnos con cariño. Pero seguíamos cogiéndonos de la mano mientras veíamos una película. Dejamos de querer vernos. Pero seguíamos haciéndolo a escondidas. Lo nuestro era una historia de nunca acabar. Quería apartarte de mí, pero tenerte al lado. Decirte que te odiaba, pero que te quería demasiado como para dejarte ir. Te daría el mundo entero, pero también lo alejaría para que no pudieras deshacerlo de un soplo. Nos llegamos a odiar tanto que dolía y nos llegamos a querer tanto que nos dolía.

Saliste por la puerta con una maleta, dejando tu nombre escrito en la pared. Lo hiciste con la navaja. Esa navaja que utilizamos cuando éramos unos niñatos y escribimos nuestros nombres en las literas en las que dormimos en casa de tus padres. He pensado tantas veces en borrarlo, pero nunca lo he hecho. Esta casa sigue oliendo a ti, a tu colonia. Al igual que los cojines, las sábanas, incluso, las mantas del sofá. A veces, creo que no puedo respirar, quiero coger el teléfono y pedirte que vuelvas, hacer el amor hasta el amanecer y contarnos todo lo que nos hemos perdido estando separados. Pero aún recuerdo la última vez que discutimos. Sigue presente, todavía tengo pesadillas. Me empujaste tan fuerte que me di contra el canto de la mesa de té, mi nariz no paraba de sangrar. No dejaste que me moviera del rincón, seguías gritando. Seguías rompiendo cuadros, cualquier cosa que pillabas. Te habías vuelto loco de ira. El salón estaba echo un desastre. Yo estaba echa un desastre. Y ya había dejado de conocerte, tu nombre ya no significaba nada.

Sigo tratando de salir adelante, con tristeza o sin ella. Con melancolía o sin ella, tratando de aclarar mis pensamientos. Aunque tu nombre siga en la pared, en mi memoria, en mi corazón.


Name:

You had a name, there was a date, a moment when everything became clear. It only formed a word, the way I said it, the way I pronounced your name, you might like it. It was just another way of holding me in your arms so you wouldn’t let me go. I wanted to forget you so many times, to let the past deal with that name, to eradicate it from my head, from my very existence, but even that couldn’t work out. Every time I heard it, I couldn’t help but smile, emit a slight cry of enthusiasm, I could even blush just thinking about it. It was pathetic. Maybe I was.

I couldn’t forget you. I couldn’t forget it. It was just a name of someone who left, who must not have left a trace, who must have disappeared. It reminded me of that brown hair, black eyes, thick lips, strong arms, soft hands and that vibration of protection that you emanated from another planet. I was trying to put it behind me, but words have power over life and your name was a word. I missed you at every dinner, sitting at the table we shared before, still lighting a candle, as if we were going to participate in a private, romantic moment. Your plate was still there, in front of mine. Empty, but at least, I could picture you. It had become an obsession that I told no one.

Everyone thought that I had forgotten you. That I didn’t keep hearing our arguments in my head, that I didn’t rewind our conversations in bed before we made love and didn’t listen to them every time I went to sleep. I avoided talking about my insomnia, not even my doctor knew, I missed having you right by my side. When you couldn’t sleep a wink, I knew you were watching me sleep, it seemed romantic to you, a bit creepy for me. We laughed. Everything seemed simple, until another hurricane came to destroy everything, a new conversation in which we did not fit the ideas. After each frustrated scream, we hugged each other. After each slap, we kissed. After every moment of jealousy, we’d look at each other in that way that made the planets stop spinning.

We were toxic. Volatile, imperfect. Everything became complicated, too much to stay, to continue sharing. We stop understanding each other. But we still had sex. We stop caressing each other affectionately. But we kept holding hands while watching a movie. We stop wanting to see each other. But we kept doing it secretly. Ours was a never ending story. I wanted to take you away from me, but have you by my side. Tell you that I hated you, but that I loved you too much to let you go. I’d give you the whole world, but I’d also push it away so you couldn’t blow it away. We came to hate each other so much that it hurt and we came to love each other so much that it hurt.

You walked out the door with a suitcase, leaving your name written on the wall. You did it with the razor. That knife we ​​used when we were kids and wrote our names on the bunk beds we slept in at your parents’ house. I have thought so many times about erasing it, but I have never done it. This house still smells like you, your cologne. Like the cushions, the sheets, even the blankets on the sofa. Sometimes I think I can’t breathe, I want to pick up the phone and ask you to come back, make love until dawn and tell us everything we’ve missed being apart. But I still remember the last time we argued. It’s still present, I still have nightmares. You pushed me so hard that I hit the edge of the tea table, my nose wouldn’t stop bleeding. You didn’t let me move from the corner, you kept yelling. You kept breaking pictures, whatever you caught. You had gone mad with anger. The living room was a mess. I was a mess. And I had stopped knowing you, your name no longer meant anything.

I keep trying to get by, sad or not. Melancholy or not, trying to clear my thoughts. Although your name is still on the wall, in my memory, in my heart.


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Ácido:

Vi sus manos temblar, al igual que su ojo izquierdo, sus piernas parecían de gelatina, no sabía muy bien qué decir pero parecía desesperado. Quería encontrar una solución. Al principio, lo consideré normal. Iba a morir, el médico no le dio más que un par de semanas más de vida, después de eso, bon voyage. No me gustaba la idea, ninguna de las dos, que un amigo tan cercano muriera a la edad de cuarenta años y que tuviéramos una única oportunidad de hacerlo bien. Había firmado unos papeles estúpidos donde explicaba que el doctor no se hacía cargo de lo que pudiera ocurrir con esa cura milagrosa, que solo era una prueba de laboratorio, decían que había curado a más de mil personas, no importaba la dolencia, Daven se había creído toda la historia, siempre había sido impulsivo pero esto se le estaba yendo de las manos.

– ¿Lo has pensado bien? – le pregunté justo cuando entramos en su casa – Deberías de tomarte el tiempo que necesites para reflexionar.

– Esto puede salvarme, hacerme olvidar esta mierda. Tengo que intentarlo, ¡es mi última oportunidad! – su voz empezaba a elevarse, al igual que sus ojos a agrandarse un poco más -.

– No sabes qué te ha dado, ni siquiera sabes qué es eso – le dije, acercándome a él – Podría incluso ser agua.

– Mejor lo averiguamos, ¿no?

Se encogió de hombros, mientras dejaba los papeles a un lado ya firmados y abría la botella. No tenía un gran tamaño, parecía bastante mañosa, cabía en una mano. El color del líquido era totalmente transparente, no daba la sensación de que pudiéramos esperar nada malo. Traté de convencerme a mí misma de que estaría bien, esperaba que algo bueno saliera de esto. Comprendía que Daven llevaba un par de años bastante jodido, desde que se enteró de su cáncer que no hablaba de otra cosa, sentí que iba a sufrir la pérdida de un amigo muy querido y obviamente, empezó a afectarme más de lo que debería, aunque trataba de mantenerlo en secreto. Creo que le dejé tomar ese primer sorbo de la botella porque también quería creer que le estaba ayudando, le apoyaba para que siguiera conmigo.

El primer trago pareció ir bien, al principio. Al cabo de un par de minutos, se encorvó. Se cogía el estómago con una mano, como si le doliera. Me acerqué a él rápidamente para saber qué le ocurría y para apartar esa botella de sus manos, pero no me dejó, me apartó de él de un empujón. Casi me caigo hacia atrás, me quedé mirándolo anonadada. Sí que estaba desesperado.

– No deberías tomar más. Creo que no es algo bueno, Daven.

– El doctor dijo que debo terminarme la botella para que haga efecto, que escocería un poco… – no sabía si con esas palabras trataba de convencerse a sí mismo o a mí -.

– Por favor, Daven. Deja la botella y vamos a el hospital a que te miren el estómago, esto no es normal – dije, tratando de persuadirle -.

Antes de que pudiera acercarme más a él, se empinó la botella y empezó a tragar sin parar. Se encorvó aún más hasta caer al suelo y soltar la botella ya vacía. Fui a ayudarle, me arrodillé y le cogí la cabeza incapaz de saber qué hacer. No podía respirar. Sus labios se deshacían, al igual que su lengua y sus dientes, pude ver su garganta totalmente corrosionada por el líquido. Era ácido, no un medicamento milagroso. Daven no volvió a respirar, se fue antes de su tiempo. Su cabezonería pudo con él.

Su cuerpo fue llevado al hospital. Me quedé en su casa tratando de limpiar el desastre, terminando de organizar sus cosas, de saber sus últimas voluntades, porque no tenía a nadie más. Fui la única que pudo protegerlo de esto y de sí mismo, pero no fui capaz, le dejé manejarlo, no le quité la botella. Supongo que yo también estaba desesperada, no podía perderle.


Acid:

I saw his hands tremble, like his left eye, his legs looked like jelly, he didn’t quite know what to say but he seemed desperate. A solution was needed. At first, I considered it normal. He was going to die, the doctor only gave him a couple more weeks to live, after that, bon voyage! I didn’t like the idea, either of us, that such a close friend should die at the age of forty and that we had only one chance to make it right. He had signed some stupid papers where explained that the doctor was not responsible for what could happen with that miraculous cure, that it was only a laboratory test, they said that it had cured more than a thousand people, no matter the sickness, Daven had believed the whole story, he had always been impulsive but this was getting out of hand.

«Have you thought it through?» I asked him just when we entered in his house. «You should take the time you need to reflect.»

«This can save me, make me forget about this shit. I have to try, it’s my last chance!» His voice began to rise, like his eyes to widen a little more.

«You don’t know what he gave you, you don’t even know what that is,» I said, approaching to him. «It could even be water.»

«We better find out, right?»

He shrugged, setting the signed papers aside and opening the bottle. It wasn’t very big, it seemed quite handy, it fit in one hand. The colour of the liquid was completely transparent, it did not give the impression that we could expect anything bad. I tried to convince myself that it would be okay, I hoped something good would come from this. I understood that Daven had been pretty screwed up for a couple of years, since he found out about his cancer, not talking about anything else, I felt that I was going to suffer the loss of a very loved friend and obviously, it began to affect me more than it should, although I tried to keep it a secret. I think I let him take that first sip from the bottle because I also wanted to believe that I was helping him, supporting him to continue with me.

The first sip seemed to go well, at first. After a couple of minutes, he hunched over. He held his stomach with one hand, as if it hurt. I went over to him quickly to find out what was wrong and to get that bottle out of his hands, but he didn’t let me, he pushed me away from him. I almost fell backwards, I stared at him stunned. Yes, he was desperate.

«You shouldn’t drink any more. I think it’s not a good thing, Daven.»

«The doctor said that I should finish the bottle for it to take effect, that it would sting a bit…» I didn’t know if he was trying to convince himself or me with those words.

«Please, Daven. Leave the bottle and let’s go to the hospital to have your stomach checked at, this is not normal,» I said, trying to persuade him.

Before I could get any closer to him, he upended the bottle and began to swallow steadily. He hunched over even more until he fell to the ground and dropped the now empty bottle. I went to help him, knelt down and held his head unable to know what to do. He couldn’t breathe. His lips were melting, like his tongue and teeth, I could see his throat completely corroded by the liquid. It was acid, not a miracle drug. Daven didn’t breathe again, gone before his time. His stubbornness got the better of him.

His body was taken to the hospital. I stayed at his house trying to clean up the mess, finishing organizing his things, knowing his last wishes, because he had no one else. I was the only one who could protect him from this and from himself, but I couldn’t, I let him handle it, I didn’t take the bottle from him. I guess I was desperate too, I couldn’t lose him.


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Gerd: El del Cuchillo

Relato procedente: «El Filo del Cuchillo» Edad: 32 años.

Ciudad: Höfn Profesión: Cuchillero.

Descripción física:

Mi cabello es negro, al igual que mis ojos. Lo peino hacia atrás, siempre me ha dado más seguridad, aunque las arrugas de mi rostro me sigan persiguiendo. Mis labios son gruesos, la barba que los abraza es poblada, con unas pocas canas, pero bien cuidada. Mi tez es un tanto morena, con algunas impurezas y la piel bastante seca. Tiendo a la delgadez, pero considero que estoy bastante tonificado, me gusta comprarme camisetas ajustadas. Suelo vestirme de traje y corbata, otras veces, con vaqueros, normalmente, de color negro.

Descripción de la personalidad:

La pulcritud y educación me preceden, no suelo cambiar mucho de expresión, pero sonrío para mostrar calidez, pero lo único que siento en mi interior es frialdad. No me responsabilizo de mis actos, trato de ponerme una máscara que muestre que soy como los demás, mientras me escondo a simple vista. Mis recuerdos no son agradables, pero le cuento a todo el mundo lo que quieren oír, les escucho pensar, sé lo que dicen, la humanidad agoniza y a mí me gusta jugar con ella. Atraigo a gente de todo tipo para deshacerme de su sonrisa, mientras permanezco callado y les quito la vida como me place. Eso me hace muy feliz.

Una infancia poco común:

Mi padre era cuchillero, lo aprendí todo de él. Aunque me pegara, repetidamente. Cuando estaba borracho y sin estarlo, era una mierda de padre. Mi madre estaba un poco enganchada a la coca, se pasaba gran parte del tiempo deambulando por la calle, hasta que papá iba a recogerla de algún banco de la calle donde había empezado a gritar o quizá a quedarse dormida. La verdad, no se llevaban muy bien, discutían sin parar. Yo solía quedarme en mi cuarto, leyendo. Les oía, muy alto, pero jamás me importó. Creo que jamás me importó nada o nadie. Los otros niños me apartaban, pero no me sentía así, tampoco sabía qué era la soledad o estar feliz por algo, no encontraba esa satisfacción que ellos sí tenían, solo era otra máquina que esperaba ser conducida, aunque estuviera algo rota.

Vivíamos en una casa de campo con lo necesario para que todo funcionara. Lo único que me gustaba hacer era tallar cuchillos, afilarlos de vez en cuando. Era lo único que papá y yo hacíamos juntos, en silencio. Me daba igual que fuéramos distintos, no me importaba que me tratara como un despojo, simplemente, era algo más que ocupaba el día, ya se pasaría. Cada día era diferente, tenía que curarme esas heridas por mí mismo, porque aunque mis padres las vieran no hacían preguntas o trataban de ayudarme, tan solo lo hacía sin más, sabía que no acabarían tan pronto. Tenía ganas de ser mayor. No verían venir lo que les esperaba. Ese pensamiento siempre me hacía sonreír.

Una adolescencia poco sentida:

La adolescencia para nadie es agradable, pero yo no sentí nada. No estuve para nada hormonado o sentí curiosidad por el sexo opuesto, ni siquiera un poquito. Lo único que me resultaba llamativo eran sus cuellos desnudos, sus piernas perfectas y mis cuchillos cortándolas. Soñaba con ello cada día, y no era una pesadilla, era como un deseo que quería que se volviera realidad, incluso, me empezaba a obsesionar. Tenía ciertos impulsos que no contenía muy bien, maté a un par de gatos, les clavé un chuchillo en sus tripas y eso me produjo placer, un placer que jamás había experimentado, hasta conseguí excitarme un poco. Esa necesidad fue en aumento, pero solo la dejé flotar, debía ser precavido, no hacerme público.

Y sí, tenía ganas de seguir creciendo. Mi madre se había vuelto adicta y mi padre se pasaba borracho en el bar la mayor parte del tiempo, las palizas nunca cesaron, se hacían cada vez más fuertes y ya le dejó de importar que los demás vieran los moretones o las cicatrices, a veces, utilizaba una navaja para cortarme en la mejilla o en las manos, le gustaba hacerme sufrir, siempre le había gustado. Alguna vez llegué a pensar que papá tenía algo oscuro en él, al igual que yo, y puede que lo heredara. Jamás dije que no me gustara, estaba en paz con ello.

Primeras muertes:

Lo decidí de un día para otro, fue un impulso, fuerte, intenso. Me dejé llevar. Cogí un machete y les corté la cabeza a mis padres, así sin más. Me provocó un placer indescriptible. Lo hice a mis dieciocho, un buen momento para madurar. Quemé sus cuerpos y pasé a otra cosa. No sentí nada. Sigo sin sentirlo, ni siquiera sé qué es echar de menos a alguien. Seguí con chicas de mi edad, una tras otra. Utilizaba mi cuerpo para llegar a ellas, era sencillo, me gustaba jugar. Esas primeras muertes quizá fueron imperfectas, llevadas por el impulso, sin demasiada personalidad quizá, sin una marca. Sin mi marca. Me fui adaptando, sus gritos resonaban en mis oídos, eran música, podía inhalar su dolor, ese constante miedo a morir, a no saber qué esperar de mí, mientras rozaba el cuchillo por todo su cuerpo.

No conseguía definirme por el cuchillo perfecto. Seguía llevando el negocio de cuchillos de mi padre, llegué a fabricar muchos pero ninguno se ajustaba a mi estilo. Hasta que hice uno con mi esencia, contenía una parte de mí indescriptible. Se selló con un hechizo que encontré en algunos de los libros negros que solía leer mi padre, siempre había sido un tipo muy raro. Solo tenías que decir unas palabras para bendecirlo y para que se convirtiese en un arma poderosa. Y así fue. Podía convertir a quién quisiera en cenizas clavando el cuchillo en cualquier parte del cuerpo que deseara mientras me quedaba detrás, viendo el espectáculo. Era mágico.

El cuchillo y la muerte:

Nos convertimos en uno, en una misma persona. Él formaba parte de mí como yo formaba parte de él, a veces, lo sentía en mi mano, cómo ardía, cómo deseaba que lo utilizara, que matara con él, estaba excitado como lo estaba yo. Fluíamos juntos, nos entendíamos, formábamos parte de la misma energía. Esa joven rubia, con ojos verdes, estaba aterrada, fue una de las últimas. Su terror me hizo sonreír, no pude controlarlo, su cuerpo desnudo me excitaba pero solo un poco, lo que me gustaba era pasar el cuchillo por toda ella hasta que comprendiese finalmente cuál iba a ser su final, que no había espacio para la salvación, quería que supiese que era solo mía.

Estábamos conectados por la muerte, éramos la causa. Por fin, tenía un propósito. Jamás tuve uno. Eso me creaba tranquilidad, sabía que había hecho el trabajo encomendado y que el cuchillo y yo habíamos enviado a más gente a la muerte, nuestro único jefe. Me gustaba que las víctimas vieran los restos de sangre en las paredes, por todos lados a su alrededor, en mi peto, para que supieran a qué iban a enfrentarse. Y siempre, me gustaba ir de etiqueta, era como ir a una cita. La única diferencia era que la cita tenía lugar en el sótano de la casa de mis padres y el amor de mi vida era un cuchillo con poderes para quemar a quién quisiéramos. Éramos la pareja perfecta.

Un futuro claro:

Seguiremos sin parar. Una noche tras otra, un día tras otro. Afilando cuchillos, matando sin piedad, convirtiéndonos en Muerte por un rato, disfrutándolo, saboreándolo. Amable, sincero, considerado, empático en el exterior, desgarrador en el interior. Supongo que ser cuidadoso tiene que ver con una parte de mi piel que no cambia, que se mantiene viva, latente. Nunca me pillarán, nunca sabrán qué pasa porque les gusta mi sonrisa, mis bromas, las amables preguntas, unos ojos sin sospecha, la completa sociabilidad, la cercanía, la encubierta empatía, lejos de ser honesta y verdadera.

Supongo que nada termina donde esperamos. Los comienzos no son perfectos, pero el viaje hace que todo se vuelva más dulce y correcto.


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Mientras Escribo:

Las palabras fluían sin control, desesperadas por encontrar su sitio en el papel, por empezar un nuevo capítulo. Definitivamente, parecía que iba a terminar siendo una novela, aún no tenía nada muy claro pero me gustaba cómo iban saliendo las cosas. Tenía una libreta a mi lado con algunas notas, mientras ponía las manos sobre el teclado del ordenador para seguir donde lo había dejado el día anterior. Quería acercar a los lectores a mi forma de escribir, planes, personajes, cómo suelo encajar historias y cómo edito, así es como empezó todo, creo.

Esta vez, iba todo centrado en un personaje. Se llamaba Thomas y era escritor. Más o menos, de cuarenta años, soltero, sin mucho que esperar de la vida, trabajando demasiado, con facturas que le costaba pagar pero con una pasión por la escritura fuera de lo que parecía normal. Decidió ponerse a escribir en serio, quería que le publicaran libros, quería ser escuchado, quería una vida que creada por su pasión. No me había dado cuenta de cuánto se parecía a mí, en personalidad, físico, en los problemas que le había planteado en su vida, me percaté unos capítulos después cuando volví a leerlo con lentitud y atención. Necesitaba un villano, así que, lo creé. ¡Mi escritor iba a ser asesinado a sangre fría!

Thomas estaba sentado en la mesa de su escritorio frente a su ordenador, totalmente inspirado, por lo que, no escuchó que la puerta principal se abría y entraba alguien en su casa. Tampoco oyó los pasos del intruso, mucho menos, vio su reflejo en la pantalla del ordenador, Thomas estaba en otro mundo casi literalmente. Lo único que pudo oír fue un claro «click» que venía justo de detrás de él, no quería darse la vuelta, sospechaba quién podía ser y qué le apuntaba detrás de la cabeza. Respiró, tratando de mantener la calma, al igual que hice yo, tecleando a toda velocidad y empezando un nuevo capítulo.

Yo también oí el mismo «click» detrás de mí, el mismo que Thomas oyó en mi historia. Le dispararon sin remordimiento, era un trabajo más de alguien que le conocía, nunca se miraron a los ojos antes de que el gatillo fuera presionado y la bala le atravesara el cráneo. Su cabeza cayó sobre el teclado, dejando una interminable «Z» en la pantalla del ordenador, al tiempo que la sangre salía lentamente hasta cubrir gran parte de la mesa. En cambio, yo me giré, traté de ser rápido. El tipo iba vestido de negro de arriba a abajo, llevaba una capucha y una chaqueta de cuero, sujetaba una preciosa Desert Eagle plateada que brillaba a la luz de la única lámpara que tenía encendida en la habitación, la que estaba sobre la mesa del escritorio.

Esperé a verle la cara, mientras seguía apuntándome con el arma. Se quitó la capucha y pude verle. Tragué saliva, horrorizado. ¿Cómo podía haber pasado algo así? Thomas, sin más miramientos, apretó el gatillo. Caí al suelo sin más, con sangre saliendo de mi cabeza, mientras el personaje que había creado sonreía al tiempo que salía por la puerta para encontrarse con el mundo.


While I’m Writing:

The words flowed uncontrollably, desperate to find their place on paper, to start a new chapter. Definitely, it seemed that it was going to end up being a novel, I still had nothing very clear but I liked how things were going. I had a notebook next to me with some notes, as I put my hands on the computer keyboard to pick up where I had left off the day before. I wanted to bring readers closer to my way of writing, plans, characters, how I usually fit stories and how I edit, that’s how it all started, I think.

This time, it was all character-focused. His name was Thomas and he was a writer. More or less, forty years old, single, without much to expect from life, working too much, with bills that were difficult for him to pay but with a passion for writing out of what seemed normal. He decided to start writing seriously, he wanted books published, he wanted to be heard, he wanted a life created by his passion. I had not realized how much he resembled me, in personality, physically, in the problems I had posed in his life, I realized a few chapters later when I read it again slowly and attentively. I needed a villain, so I created it. My writer was going to be murdered in cold blood!

Thomas was sat at his desk table in front of his computer, totally inspired, so he didn’t hear the front door open and someone entering in his house. Nor did he hear the footsteps of the intruder, much less, he saw his reflection on the computer screen, Thomas was in another world almost literally. The only thing he could hear was a clear «click» coming right behind him, he didn’t want to turn around, he suspected who it could be and what was pointing behind his head. He breathed, trying to stay calm, just like I did, typing at full speed and starting a new chapter.

I also heard the same «click» behind me, the same one Thomas heard in my story. He shot him without remorse, it was just another job of someone who knew him, they never looked into each other’s eyes before the trigger was pulled and the bullet went through his skull. His head fell on the keyboard, leaving an endless «Z» on the computer screen, while blood slowly flowed out to cover much of the table. Instead, I turned, I tried to be fast. The guy was dressed in black from top to bottom, wore a hood and a leather jacket, held a beautiful silver Desert Eagle that shone in the light of the only lamp I had lit in the room, the one on the desk table.

I waited to see his face, while he continued to point the gun at me. He took off his hood and I could see him. I swallowed, horrified. How could something like this have happened? Thomas, without further consideration, pulled the trigger. I simply fell to the ground, with blood coming out from my head, as the character I had created smiled as he walked out the door to meet the world.


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El Filo del Cuchillo:

Abrí los ojos, pesaban. Estaba sudando, no podía moverme. Mi cuerpo estaba engarrotado, pero logré mirar a ambos lados. Las paredes, el techo y el suelo, tenían restos de sangre seca, olía a rancio pero no conseguía diferenciar exactamente qué era. Me encontraba sobre una camilla, fría, dura, atada de pies y manos, mi cabeza se mantenía recta debido a la banda de cuero que la sujetaba a la camilla. Traté de zafarme varias veces, pero no lo conseguí. No podía gritar porque la cinta americana que cubría mi boca me lo impedía. Lo peor fue notar mi cuerpo desnudo sobre el metal, cómo todo el vello se me erizaba, no había luz, tampoco brisa. Noté mi corazón palpitar más rápido, el sudor caer desde mi frente, empezar a moverme sin sentido, sabiendo que no iba a escapar para tratar de hacerle frente al pánico.

Oí abrirse una puerta no muy lejos de mí, sonaba pesada, se cerró de inmediato, las llaves rodaron en la cerradura, oí a alguien bajar por las escaleras, sus pasos resonaban por toda la habitación. Empezaba a estar segura de que estaba en un sótano. Se tomó su tiempo para llegar. Miré de reojo a mi izquierda y vi a un hombre corpulento, de 1’80, con el cabello negro y ojos profundos del mismo color, esbelto, vestido con ropa de carnicero quizá, con restos de sangre seca por el peto vaquero que llevaba. No dijo nada, solo dio vueltas alrededor de la camilla. Sus ojos mostraban poder, control, saboreando la comida antes de comerla. Volví a zarandearme, nerviosa, incapaz de parar. Su ligera sonrisa me evocó una sensación incómoda, sabía que no iba a salir de allí, que no iba a estar a salvo.

Cogió un machete que tenía encima de una mesa de madera, su filo parecía bien afilado, reluciente, dispuesto a ser usado. Tragué saliva, asustada. Pasó el machete por la camilla, provocando un ruido incómodo para mis oídos, mientras seguía sonriendo con malicia. Mis ojos se ensancharon cuando empezó a pasar el filo de ese machete por mi cuerpo, al mismo tiempo que se acercaba a mi cara, me olía y seguía mirándome con intensidad. No llegó a cortarme, pero sentía que iba a ocurrir en cualquier momento. Mi cuerpo temblaba incontroladamente, empezaba a sentir que ya no tenía control sobre él. El filo tocó mi cuello un poco más intenso hasta el punto en el que noté un corte, me escoció, mientras no dejaba de sollozar, aterrorizada. Se acercó a mi cuello y lamió el cuerpo, cerró los ojos mientras saboreaba la sangre, me creó una repulsión indescriptible. Siguió pasando el filo por mis mejillas, por la frente y seguía otra vez con los brazos. Llegué a desear que me matara en aquel momento, solo quería que terminara con aquello para dejar de sentir ese pánico.

Llegó a los pies finalmente, levantó el cuchillo y lo clavó en el izquierdo con fuerza. Sentí un dolor profundo, grité en silencio, los ojos se me abrieron de par en par y lágrimas salieron de ellos sin control, solo quería morir. Él no dejaba de observar mi expresión. Se quedó parado en un rincón junto a la mesa donde supuse que tendría más de sus cuchillos y siguió mirándome con atención. Empecé a notar un picazón donde el filo del cuchillo estaba clavado, ese picazón se hizo más fuerte, más intenso hasta el punto de sentir que quemaba, lo notaba en todo el pie y subía hacia las piernas, las caderas, el abdomen, mi pecho, el cuello y la cara, sentía que iba a explotar, la temperatura aumentaba, al igual que su risa que ya escuchaba a lo lejos, como un echo inaudible. Mis ojos se abrieron al ver que empezaba a salir humo de mi cuerpo, unas pequeñas zonas donde se veía fuego, no demasiado, pero el dolor era insoportable. Me revolví en la camilla, no podía respirar.

Mi cuerpo se envolvió en llamas, salía fuego por cada pequeño centímetro. Me estaba quemando viva sin saber cómo había ocurrido. Sentía cómo me deshacía lentamente, cómo me iba apagando, mi mente dejando mi cuerpo sin más, dejando polvo donde segundos antes estaba mi cuerpo desnudo tratando de sobrevivir. Recogió las cenizas y las metió un bote de cristal. Las puso junto con las demás, había treinta y siete en esa organizada estantería. Un número preciso, aterrador. Su sonrisa nunca desapareció de su cara. Subió las escaleras de nuevo con pasos pesados y lentos, cerró la puerta tras de sí y salió a buscar a la víctima número treinta y ocho.


The Edge of the Knife:

I opened my eyes, they weighed. I was sweating, I couldn’t move. My body was crimped, but I managed to look both ways. The walls, the ceiling and the floor, had traces of dried blood, it smelled stale but I could not differentiate exactly what it was. I was on a stretcher, cold, hard, tied up on hands and foot, my head kept straight because of the leather band attached to the stretcher. I tried to get out several times, but I didn’t succeed. I couldn’t scream because the American tape that covered my mouth prevented me from doing so. The worst thing was to notice my naked body on the metal, how I had goose flesh, there was no light, no breeze. I noticed my heart beating faster, the sweat falling from my forehead, starting to move senselessly, knowing I wasn’t going to run away to try to cope with the panic.

I heard a door open not far from me, it sounded heavy, it closed immediately, the keys rolled into the lock, I heard someone coming down the stairs, the footsteps echoed throughout the room. I was beginning to be sure I was in a basement. He took his time to get there. I looked sideways to my left and saw a burly man, 1’80 heigh, with black hair and deep eyes of the same color, slender, dressed in butcher clothes perhaps, with traces of dried blood from the cowboy breastplate he wore. He didn’t say anything, just circled around the stretcher. His eyes showed power, control, savoring the food before eating it. I shook again, nervous, unable to stop. His slight smile evoked an uncomfortable feeling to me, I knew I wasn’t going to get out of there, that I wasn’t going to be safe.

He picked up a knife he had on a wooden table, its edge seemed sharp, gleaming, ready to be used. I swallowed, scared. He ran the big knife over the stretcher, causing an uncomfortable noise to my ears, while still smiling maliciously. My eyes widened as the edge of that knife began to run through my body, at the same time that he approached to my face, smelled me and continued to look at me with intensity. He didn’t cut me, but I felt like it was going to happen at any moment. My body was shaking uncontrollably, I was starting to feel like I no longer had control over it. The edge touched my neck a little more intense to the point where I noticed a cut, it stinged me, as I kept sobbing, terrified. He approached to my neck and licked the cut, closed his eyes while tasting the blood, which made me feel an indescribable repulsion. He kept running the edge down my cheeks, down my forehead and continued again with my arms. I wished that he would kill me at that moment, I just wanted him to end it to stop feeling that panic.

He reached the feet finally, raised the knife, and stuck it in the left hard. I felt deep pain, I screamed silently, my eyes widened, and tears poured out of them uncontrollably, I just wanted to die. He kept watching my expression. He stood in a corner by the table where I assumed he had more of his knives and kept looking at me intently. I began to notice an itch where the edge of the knife was nailed, that itching became stronger, more intense to the point of feeling that it burnt, I felt it all over the foot and went up to the legs, hips, abdomen, my chest, neck and face, I felt that it was going to explode, the temperature increased, like his laughter that I already heard in the distance, like an inaudible echo. My eyes widened when I saw smoke starting to come out from my body, small areas where you could see fire, not too much, but the pain was unbearable. I stirred on the stretcher, I couldn’t breathe.

My body was engulfed in flames, fire came out from every little inch. I was burning alive without knowing how it had happened. I felt how I slowly melted away, how I was shutting down, my mind leaving my body, leaving dust where seconds before my naked body was trying to survive. He collected the ashes and put them in a glass jar. He put them along with the others in a tidy shelf, there were thirty-seven. An accurate, frightening number. His smile never disappeared from his face. He climbed the stairs again with heavy and slow steps, closed the door behind him and went out to find the thirty-eighth victim.


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Nos Vemos Pronto:

Era tarde. Te sentaste a mi lado y, simplemente, me hiciste compañía. Para ti era tan simple compartir, decirlo todo en voz alta, querer con el corazón abierto de par en par, decir las cosas como suenan, para mí era un mundo. Sorprendida, te miraba tratando de encontrar las palabras para decirte lo que se me pasaba por la cabeza, pero nunca eran suficientes, o no las encontraba en ese momento o, simplemente, me quedaba en blanco, algo que ocurría a menudo. Solo podían asentir con la cabeza y sonreír ligeramente. Me sentía incómoda, no sabía cómo reaccionar, no entendía por qué alguien me veía de la forma en la que tú lo hacías. Me lo dijiste miles de veces, pero no te creí ninguna de ellas. Sigo sin creerlas.

No había que decir mucho, no era necesario. Podíamos estar en silencio, mirarnos sin palabras, encontrarnos sin buscar explicación. Todo sucedía en segundos, antes de que pudiera darme cuenta. Pero nunca lo dije, nunca me sentí cómoda con ello, aunque tú sí lo estuvieras, tan natural como especial, tan honesto como compasivo, tan empático como risueño. No te rendiste ni un momento para que cambiara mi opinión sobre el mundo, sobre mí. Siempre he sido cabezona, así que, tengo que darte crédito, un crédito que puede que ya no sirva de mucho, ahora que no estás. Supongo que todo lo que viene se va, nada permanece, nada se queda por mucho tiempo. Las palabras vuelan, los llantos, las promesas, los cuentos de hadas de los que todo el mundo habla y que tan poco me creo.

No puedo si no recordar nuestras conversaciones profundas, las veces que intentábamos conectar en días de oscuridad, en días donde solo buscábamos encontrar respuestas. Donde había dudas, había preguntas, y cuando esto sucedía, dejábamos nuestros pies desnudos para caminar juntos por la orilla del mar. A veces, nos cogimos la mano, pero muy pocas, sabías que me incomodaba el contacto, sabías que me gustaba conectar lo mínimo, lo suficiente como para no ahogarme entre emociones, tan simple como pudiera ser para no reaccionar excesivamente ante lo que no podía controlar. No había besos, mucho menos caricias o momentos íntimos, nada de eso formaba parte de nuestro propio mundo, era algo diferente, algo difícil de explicar. Mientras una vez éramos desconocidos, otras veces, éramos la pareja más rara que nadie podría conocer.

Por ello, me costó tanto dejarte ir. El día que mi hermana me llamó para decirme lo que había pasado, cómo sobrevivió al accidente y cómo luchaste por no dejarnos atrás sin éxito. Cuando llegó la ambulancia, ya dejaste de respirar. Nunca sentí un vacío semejante. No he podido llenarlo con nada, el alcohol no funciona, tampoco mandarte mensajes en tu buzón de voz hasta que dejo de sollozar, mucho menos leer las cartas que no enviaste cuando estudiaste en Australia. Nada me aliviaba, no le encontraba sentido a vivir en un mundo donde no pudiera ver tu sonrisa y con el arrepentimiento de saber que nunca escuchaste lo que sentía por ti, por haber compartido tan poco, por no haber sido quién tú querías que fuera, por no compartir lo que tú hubieses querido compartir conmigo. Nunca lo dijimos pero se leía entre líneas. Yo siempre cambiaba de tema, tratando de no hacer que mi miedo se volviese tan obvio pero creo que lo veías a largas distancias.

Por eso supongo que un adiós no es demasiado. Debo hacer lo que debo hacer, no olvidarte. Encontrarme contigo en algún lugar que podamos compartir. Sé que te enfadarás nada más verme, sé que me gritarás y me pedirás que vuelva de alguna forma, querrás que viva esa vida que quisiste para mí, esa que nunca creí posible, pero sin ti no tiene sentido, no encajo en un mundo tan fuera de órbita. Tú lo sabes. Yo lo sé. Y mucha gente puede darse cuenta. Creo que encajo mejor contigo en el otro lado, solo pido que por favor, me esperes, estoy a medio camino.


See You Soon:

It was late. You sat next to me and simply accompanied me. For you it was so simple to share, say everything out loud, to love with your heart wide open, to say things as they sound, for me it was a world. Surprised, I looked at you trying to find the words to tell you what was going through my head, but they were never enough, Either I couldn’t find them at the time, or I just went blank, which happened often. I could only nod my head and smile lightly. I felt uncomfortable, I didn’t know how to react, I didn’t understand why someone saw me the way you did. You told it to me thousands of times, but I didn’t believe any of them. I still don’t believe them.

Not much had to be said, it wasn’t necessary. We could be silent, look at each other without words, find each other without seeking any explanation. Everything happened in seconds, before I could know it. But I never said it, I never felt comfortable with it, even if you were, as natural as you were, as natural as special, as honest as compassionate, as empathetic as funny. You didn’t give up for a moment to change my opinion about the world, about me. I’ve always been stubborn, so I have to give you credit, a credit that may no longer be useful, now that you’re gone. I guess everything that comes goes, nothing remains, nothing stays for a long time. The words fly, the tears, the promises, the fairy tales that everyone talks about and that I believe so little.

I can’t help but remember our deep conversations, the times we tried to connect on days of darkness, on days when we were just looking for answers. Where there were doubts, there were questions, and when this happened, we left our bare feet to walk together along the seashore. Sometimes, we held hands, but very few, you knew that I was uncomfortable with contact, you knew that I liked to connect as little as possible, enough not to drown in emotions, as simple as it could be so as not to overreact to what I could not control. There were no kisses, much less caresses or intimate moments, none of that was part of our own world, it was something different, something difficult to explain. While we were once strangers, other times, we were the rarest couple anyone could ever meet.

That’s why I had such a hard time letting you go. The day my sister called me to tell me what had happened, how she survived the accident, and how you fought not to leave us behind without success. When the ambulance arrived, you stopped breathing. I never felt such a huge void. I have not been able to fill it with anything, alcohol does not work, nor send you messages on your voicemail until I stop sobbing, much less read the letters you did not send when you studied in Australia. Nothing relieved me, I did not find sense to live in a world where I could not see your smile and with the regret of knowing that you never heard what I felt for you, for having shared so little, for not having been who you wanted me to be, for not sharing what you would have wanted to share with me. We never said it but it was read between the lines. I always changed the subject, trying not to make my fear so obvious but I think you saw it in distance.

That’s why I guess a goodbye is not too much. I must to do what I must to do, not forget you. Meeting you somewhere we can share. I know you’ll get angry as soon as you see me, I know you’ll yell at me and ask me to come back somehow, you want me to live that life you wanted for me, the one I never thought possible, but without you it doesn’t make any sense, I don’t fit into a world so out of orbit. You know it. I know. And many people can tell. I think I fit better with you on the other side, I just ask that please, wait for me, I’m halfway there.


Publicado en Relatos

La Magia de un Libro:

Tenía en las manos un buen libro. Era como si me empujara hacia él. Me invitaba a mirar dentro, a encontrarme con cualquier historia que pudiera captar mi atención. La cubierta no era muy usual, los colores eran más bien oscuros, tenía mucho polvo en el lomo, quizá en sus hojas, como bien comprobaría más tarde. Supongo que pensé que lo sentiría como cualquier otro libro, como los que solía coger prestados de la biblioteca, este estaba escondido entre un montón de ellos en una esquina que parecía prácticamente olvidada. Lo sentía como un imán, una llamada constante para que lo abriera, ni siquiera pude aguantar hasta llegar a casa para hacerlo, la ansiedad era demasiado agobiante.

Vi una luz cegadora saliendo de él. No duró mucho, solo unos segundos. Me embriagó una sensación de paz, de pertenencia, de haber puesto la mirada en un lugar fantástico y, a la vez, totalmente desconocido. Me sorprendió comprobar que nadie a mi alrededor se percató de nada de lo que ocurrió. La gente que pasaba por mi lado, seguía centrada en sus cosas, como si hubiera sido el único que había visto esa luz. Lo cerré al instante, entre asustado y contrariado, y me lo llevé sujeto en mi pecho a casa caminando a paso rápido. Al llegar, evité las constantes preguntas de mi madre y me fui directo a mi cuarto. Cerré la puerta tras de mí, dejé los libros sobre la mesa de escritorio y me senté. Miré el libro de reojo, tratando de evitarlo pero, al mismo tiempo, queriendo averiguar qué pasaba con él, porque estaba seguro de que así era.

Quité los otros libros de encima y lo puse en medio de la mesa. Respiré hondo antes de abrirlo. No me topé con la misma hoja, sino con otra diferente que emitió una especie de luz azul, no tan cegadora. Para nada esperaba lo que ocurrió, no me lo podría haber imaginado. Al girarme, me encontré con alguien sonriente, delgado, más alto que yo, cabello castaño, orejas puntiagudas y un traje verde y amarillo, llevaba un sombrero terminado en punto encima de la cabeza que acababa con una bola que caía, hacía juego con el resto del outfit. Me quedé anonadado, en shock, incluso, intimidado por ese nuevo ser que había aparecido de la nada. Empezó a juguetear con una hoja que había sacado del bolsillo de su pantalón, la pasó por entre sus labios y sonrió, disfrutando del momento. Decía ser que era la esencia del libro. Me volví hacia este, lo abrí y me invadió la sorpresa cuando me di cuenta de que ya no había nada escrito. Debía haber una explicación. No dejaba de repetírmelo, pero no parecía encontrarla.

Estaba exhausto de estar escondido en ese mugriento y polvoriento estante con otros muchos libros sin personalidad aparente. Tenía ganas de que alguien lo cogiera y decidiera darle un hogar. Por descontado, quería contarme su historia y quería que me quedase con él, aunque yo no estaba muy seguro de ello, me gustaba devolver a la biblioteca todo lo que me llevaba o me podrían vetar la entrada. Empezó a contármelo todo antes de decidir si quedarme con él o no, me contó sus aventuras en un pueblecito llamado «Greendale», con pequeñas casitas de madera donde todos vivían, cazaban en los bosques y sobrevivían comiendo animales y bebiendo grandes cantidades de cerveza que ellos mismos preparaban. Eran una especie de duendes, quizá no como los que nosotros estamos acostumbrados pero parecían las típicas criaturas a las que les gustaba jugar, bailar, contar historias divertidas y esconderse de los lobos en invierno para poder comérselos en verano. La verdad es que empezó a caerme bien.

Aunque el concepto que tenía de él empezaba a cambiar, cuando empezó a abrir el libro por las primeras hojas y me sentí extrañamente mareado. La historia era interesante, me sentía totalmente inmerso en ella, en cada palabra, en cada frase que pronunciaba con esa voz suave y magnética. Mi cuerpo empezó a volverse invisible poco a poco, empezó por las manos y terminó con los pies. Dejé de diferenciar la realidad de la ficción mientras seguía oyéndole hablar, el tono de su voz no cambiaba. Las palabras del libro empezaron a formarse nuevamente, se llenaron de frases y párrafos completos que no dejaban de moverse alrededor, de los que ahora formaba parte sin haberme dado cuenta. En cuanto supe que pasaba, ese extraño ser paró en seco de hablar, su historia se había terminado, el libro estaba completo de nuevo mientras yo era su nueva esencia. Le vi cambiar de forma al creer que no le observaba, ahora él era yo en la realidad, me quedé atrapado al cerrar el libro.

Grité y grité pero nadie me escuchó. Desistí al poco tiempo. Nadie se dio cuenta de mi ausencia, de que no era yo quién caminaba por la casa, puede que mi madre agradeciera un cambio a estas alturas, había empezado a irritarla. Supongo que ya no había lugar para mí, solo oscuridad.


The Book’s Magic:

I had a good book in my hands. It was as if it pushed me towards him. It invited me to look inside, to encounter any story that could catch my attention. The cover was not very usual, the colors were rather dark, it had a lot of dust on the back, perhaps on its leaves, as I would later see. I guess I thought it would feel like any other book, like the ones I used to borrow from the library, this one was hidden among a bunch of them in a corner that seemed practically forgotten. It felt like a magnet, a constant call for me to open it, I couldn’t even hold on until I got home to do it, the anxiety was too overwhelming.

I saw a blinding light coming out of him. It didn’t last long, just a few seconds. I was intoxicated by a sense of peace, of belonging, of having looked at a fantastic place and, at the same time, totally unknown. I was surprised to see that no one around me noticed anything that happened. The people who passed by me, remained focused on their things, as if I had been the only one who had seen that light. I closed it instantly, between frightened and upset, and took it strapped to my chest home walking at a brisk pace. When I arrived, I avoided my mother’s constant questions and went straight to my room. I closed the door behind me, put the books on the desk table, and sat down. I looked at the book sideways, trying to avoid it but, at the same time, wanting to find out what was wrong with it, because I was sure there was something.

I took the other books off this one and put it in the middle of the table. I took a deep breath before opening it. I did not come across the same leaf, but a different one that emitted a kind of blue light, not so blinding. I didn’t expect what happened at all, I couldn’t have imagined it. As I turned, I found someone smiling, thin, taller than me. Brown hair, pointed ears and a green and yellow suit, she wore a hat finished in point above the head that ended with a ball that fell, matching the rest of the outfit. I was stunned, shocked, even, intimidated by this new being that had appeared out of nowhere. He began to fiddle with a sheet that he had taken from his pants pocket, passed it between his lips and smiled, enjoying the moment. He claimed to be the essence of the book. I turned to this one, opened it and was overcome with surprise when I realized that there was nothing written anymore. There had to be an explanation. I kept repeating it to myself, but I didn’t seem to find it.

He was exhausted from being hidden in that filthy, dusty shelf with many other books with no apparent personality. He wanted someone to take him and decide to give him a home. Of course, he wanted to tell me his story and he wanted me to stay with him, although I was not quite sure about it, I liked to return to the library everything I took from there or they could forbid me from entering. He began to tell me everything before deciding whether to stay with him or not, he told me his adventures in a small village called «Greendale», with small wooden houses where everyone lived, hunted in the woods and survived by eating animals and drinking large amounts of beer that they prepared themselves. They were a kind of goblins, maybe not like the ones we are used to hear about but they seemed the typical creatures that liked to play, dance, tell funny stories and hide from wolves in winter to eat them in the summer. The truth is that I started to like him.

Although the concept I had of him was beginning to change, when he started to open the book for the first few pages and I felt strangely dizzy. The story was interesting, I felt totally immersed in it, in every word, in every sentence I uttered in that soft, magnetic voice. My body began to become invisible slowly, started with the hands and ended with my feet. I stopped differentiating fact from fiction as I continued to hear him speak, the tone of his voice did not change. The words of the book began to form again, they were filled with sentences and complete paragraphs that did not stop moving around, of which I was now part without realizing it. As soon as I knew what was happening, that strange being stopped in its tracks, its story was over, the book was complete again while I was its new essence. I saw him change shape when I thought I was not watching him, now he was me in reality, I was trapped when he closed the book.

I screamed and screamed but no one heard me. I gave up soon after. No one noticed my absence, that it was not me who walked around the house, maybe my mother was grateful for a change at this point, I had begun to irritate her. I guess there was no place for me anymore, only darkness.