Publicado en Reflexiones, Sin categoría

Cuestión de Perspectiva:

Durante mucho tiempo, me he topado con varias personas, de todo tipo desde muy buenas, hasta muy malas, incluso, con gente que he tolerado porque debía en ese momento y otra con la que he tenido que mantener relación para equilibrar balanzas tanto en el trabajo como en amistades. De lo que me he dado cuenta ahora después de 29 años vagando por la Tierra es de que cada persona tiene su perspectiva y es libre de actuar y sentir como quiera o crea que debe, con sus creencias, limitaciones, miedos, comportamientos, traumas, rencores, etc., cada uno elige cómo vive su vida sin que nadie interfiera en ella o, al menos, eso es lo que no debería hacerse: interferir. Hasta este punto, está bien pero la balanza empieza a desequilibrarse cuando hay más personas alrededor, se suman más perspectivas e ideales, más valores contrapuestos y otra forma de hacer las cosas, aquí es donde se tiende a perder el respeto y a no empatizar.

Creo que las opiniones ajenas son igual de respetables que las nuestras, es algo que antes no creía ni quería aceptar bajo ningún concepto, todo el mundo tenía y debía actuar como yo porque era lo más correcto, sin darme cuenta de que lo que estaba haciendo era exigir a otro que fuera exactamente como yo quería que fuera, algo imposible, si bien lo pensamos porque cada uno ha vivido acorde a unas experiencias y creencias propias limitantes o no que nada tienen que ver con las mías o con las de otros, son exclusivas de cada uno. Necesitaba exigirles que tuvieran los mismos comportamientos que yo en sociedad, que cambiaran, que siguieran mis pasos porque era lo yo hacía, algo muy alejado de la realidad porque ningún ser humano puede actuar exactamente igual a otro, ni siquiera sus gustos van a ser exactos a los de otro, habrá ciertas diferencias dependiendo de la personalidad de cada uno. Tratamos constantemente de cambiar a los demás para que piensen como nosotros, para que sientan como nosotros y actúen de la misma forma cuando todos somos muy diferentes y sentimos de formas más intensas o menos, en el mundo existe la diversidad por algo y somos seres imperfectos por algo.

Exigimos a los demás tanto porque nos exigimos a nosotros mismos todavía más, hasta límites que rebasan nuestras posibilidades, que nos hacen ahogarnos entre tareas, incluso, tratamos de llegar a expectativas ajenas agotándonos cada día un poco más total para que nos respeten y acepten en grupos sociales a los que no hace falta pertenecer ni siquiera. Me doy cuenta de que observamos más la actuaciones ajenas para criticarlas y juzgarlas pero nunca nos paramos a observar las nuestras ni por un momento, no queremos mejorar, nos excusamos con que “yo soy así y los demás que me aguanten” sin haber entendido que somos nosotros los que debemos cambiar aceptando perspectivas y puntos de vista diferentes a los nuestros. He visto gente que por gustarte cosas distintas molestarse, he visto a otros enfadarse por escuchar una opinión ajena diferente a la suya, me he topado con muchos que son tan perfeccionistas que esperan que tú seas igual que ellos hasta el más mínimo detalle, mientras pueden crear nerviosismo, ansiedad y falsas expectativas. Somos intolerantes, por eso exigimos y rebasamos los límites, no respetamos y, mucho menos, consideramos que otros puedan tener la razón en algo. Es triste, pero cierto, así vivimos cada día y así es como el mundo se ha hecho.

“La verdad es esta y no hay otra”, “ese tío es muy raro”, “ha matado a otra persona, ese está pirado”, “se ha colgado, qué cobarde”, “lo que ha hecho no tiene ningún sentido, qué incoherente” y muchos ejemplos más que he oído. En cuanto a la verdad, cada uno tiene la suya propia tal y como la ha vivido, una opinión creada por una motivación o creencia, una forma de ver la vida muy diferente al resto, tu verdad y la mía van a ser muy diferentes, al igual que tu perspectiva y la mía, que tu opinión y la mía, que tus gustos y los míos, no hay una verdad absoluta sobre nada aunque se crea que sí. Que el vecino de enfrente sea raro será para ti porque para él, el que es raro eres tú, esa es su verdad y su realidad, desde su punto de vista, no te puede gustar su forma de vestir pero a él está visto que sí, ¿no te da confianza? No hace falta que le hables o le mires, no estás obligado, por lo tanto, sobra la crítica. Esto puede crear un poco más de polémica pero para la persona que mata a otro y es consciente de lo que está haciendo (porque la mayoría lo son) es correcto lo que ha hecho dentro de su cabeza, es su realidad y ha actuado conforme ha creído, aunque los demás pensemos que es una aberración, ¿está loco? Puede ser pero eso no es asunto tuyo, otra crítica que sobra. ¿Lo que ha hecho no tiene sentido o es incoherente? Será para ti, para la otra persona es lo más coherente del mundo, por eso lo hace, lo cual, sobra la crítica. Una persona que se ha suicidado no es cobarde, puede que las circunstancias la hayan sobrepasado y no aguantara más le presión, simplemente, ha visto esa salida, quizá hubiera otra pero tan solo ha visto esa, no puedes culparla por ello, ya ha sido suficientemente valiente aguantando lo que fuera que tuviese que vivir, ¿no crees?

Criticamos por vicio. Juzgamos a otros porque se nos llena la boca. Creemos de verdad que somos perfectos, por lo que, no hace falta observarnos y preguntarnos qué podemos cambiar, mirar lo que hacen otros es mejor porque así no nos tenemos que enfrentar a nosotros mismos ni a nuestras imperfecciones. Muchas de las conversaciones banales que tenemos a diario sobran porque todo está basado en críticas que no tienen ninguna cabida. A mí me suelen preguntar mucho por qué estoy callada, qué me pasa, por qué no hablo u opino, por qué, por qué y por qué. Es que no tengo mucho que decir, la verdad, no me paso el día comentando sobre lo que dicen o hacen otros, me interesa ver y observar lo que hago yo que para eso vivo, no baso mi vida en actuaciones ajenas, me parece una pérdida de tiempo ahora. Si no voy a decir nada bueno o no voy a aportar nada positivo, es mejor callarme. Si no voy a dar un buen ejemplo, es mejor abstenerme de actuar. Si veo algo que no me gusta, solo tengo que irme o mirar hacia otro lado. Si algo me pone nerviosa, me molesta o me inquieta de otro, soy yo la que tiene el problema, a la otra persona le da exactamente igual.

Viviríamos con más calma y paz si nos dedicáramos más tiempo, nos auto observáramos y tuviéramos auto conocimiento de qué nos pasa, qué necesitamos, sobre nuestras emociones y si respetáramos las perspectivas y formas de pensar de otros. No habrían tantos mal entendidos ni enfados innecesarios, prevalecería mucho más el silencio y la paz con uno mismo. Pero bueno, también es bueno, soñarlo, ¿verdad?


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A Perspective Thing:

For a long time, I have encountered several people, of all kinds from very good, to very bad, even with people that I have tolerated because I should at that time and another with whom I have had to maintain a relationship to balance circumstancies both at work and in friendships. What I have realized now after 29 years wandering the Earth is that each person has their perspective and is free to act and feel as they want or believe they should, with their beliefs, limitations, fears, behaviors, traumas, grudges, etc., each one chooses how he/she lives his/her life without anyone interfering in it or, at least, that’s what shouldn’t be done: interfere. Up to this point, it is fine but the balance begins to unbalance when there are more people around, more perspectives and ideals are added, more conflicting values and another way of doing things, this is where you tend to lose respect and not empathize.

I think that the opinions of others are just as respectable as ours, it is something that I did not believe or want to accept under any circumstances before, everyone had and should act like me because it was the most correct, without realizing that what I was doing was demanding someone else to be exactly as I wanted it to be, something impossible, although we think about it because each one has lived according to their own experiences and beliefs limiting or not that have nothing to do with mine or with those of others, they are exclusive to each one. I needed to demand that they have the same behaviors as me in society, that they change, that they follow in my footsteps because that was what I did, something very far from reality because no human being can act exactly like another, not even their tastes will be exact to those of another, there will be certain differences depending on the personality of each one. We constantly try to change others to think like us, to feel like us and act the same way when we are all very different and feel more intense or less the emotions, in the world there is diversity for something and we are imperfect beings for something.

We demand from others so much because we demand of ourselves even more, to limits that exceed our possibilities, that make us drown between tasks, even we try to reach other people’s expectations by exhausting ourselves every day a little more, in that way we think they respect us and accept us in social groups to which it is not even necessary to belong. I realize that we observe more the actions of others to criticize and judge them but we never stop to observe ours for a moment, we do not want to improve, we excuse ourselves with “I am like this and others who endure me” without having understood that we are the ones who must change accepting perspectives and points of view different from ours. I have seen people who, because you like different things, get upset, I have seen others get angry for hearing an opinion different from theirs, I have met many who are so perfectionists that they expect you to be the same as them down to the smallest detail, while they can create nervousness, anxiety and false expectations. We are intolerant, that is why we demand and exceed the limits, we do not respect and, much less, we consider that others may be right in something. It’s sad, but true, that’s how we live every day and that’s how the world has been made.

“The truth is this and there is no other”, “that dude is very weird”, “he has killed another person, that one is crazy”, “he has hung himself, what a coward”, “what he has done does not make any sense, how incoherent” and many more examples that I have heard. As for the truth, everyone has their own as they have lived it, an opinion created by a motivation or belief, a way of seeing life very different from the rest, your truth and mine will be very different, to the rest, your truth and mine are going to be very different, just like your perspective and mine, that your opinion and mine, that your tastes and mine, there is no absolute truth about anything even if you believe that it is. That the neighbor opposite is weird will be for you because for him, the one who is weird is you, that is his truth and his reality, from his point of view, you can not like his way of dressing but he is seen that yes, does not give you confidence? You do not need to talk to him or look at him, you are not obliged, therefore, there is plenty of criticism. This can create a little more controversy but for the person who kills another and is aware of what he is doing (because most are) it is correct what he has done inside his head, it is his reality and he has acted as he has believed, although the others think it is an aberration, He’s crazy? He may be is but that is none of your business, another criticism that is left over. Is what she has done meaningless or incoherent? It will be for you, for the other person it is the most coherent thing in the world, that’s why she does it, which, other criticism left over. A person who has committed suicide is not a coward, circumstances may have overtaken him and he could not stand the pressure anymore, he has simply seen that way out, maybe there was another but he has only seen that, you can not blame him for it, he has already been brave enough to endure whatever he had to live, don’t you think?

We criticize for vice. We judge others because our mouths fill. We truly believe that we are perfect, so it is not necessary to observe ourselves and ask ourselves what we can change, looking at what others do is better because this way we do not have to face ourselves or our imperfections. Many of the banal conversations we have on a daily basis are left over because everything is based on criticisms that have no place. I am often asked a lot why I am silent, what is wrong with me, why I do not speak or give my opinion, why, why and why. It is that I do not have much to say, the truth, I do not spend the day commenting on what others say or do, I am interested in seeing and observing what I do that I live for, I do not base my life on other people’s performances, it seems like a waste of time to me now. If I’m not going to say anything good or I’m not going to contribute anything positive, it’s better to shut up. If I am not going to set a good example, it is better to refrain from acting. If I see something I don’t like, I just have to leave or look away. If something makes me nervous, annoys me or worries me about another, I am the one who has the problem, the other person does not care.

We would live more calmly and peacefully if we devoted more time, observed ourselves and had self-knowledge of what is happening to us, what we need, about our emotions and if we respected the perspectives and ways of thinking of others. There would not be so many misunderstandings or unnecessary anger, silence and peace with oneself would prevail much more. But hey, it’s also good to dream it, right?


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Publicado en Relatos

Respirando Bajo el Agua:

Caí al agua. No puedo recordar desde dónde o cómo había pasado pero allí abajo estaba más bien oscuro, solo podía ver la luz que provenía de la superficie desde donde había caído y cada vez, me iba distanciando más de ella. Intenté mover los brazos con fuerza para volver a subir pero no respondían, el pánico empezó a abrirse paso dentro de mí al descubrir que mis piernas también se paralizaban y no me ayudaban a salir. Seguía cayendo poco a poco, como una pluma cae al suelo, lentamente, sin hacer ruido, sin nadie alrededor a quién poder acudir. Podría aguantar la respiración, como mucho, unos tres minutos y eso gracias a las clases intensivas de natación en mi adolescencia pero no sabía cuánto más podría hacerlo.

El resto de mi cuerpo parecía engarrotado, mi cuello permanecía recto y mis ojos clavados en la luz que había al final, ya muy lejana. Quería gritar pero no podía. Quería respirar, pero no podía. Quería salir de allí, pero no podía. No sabía muy bien cuánto tiempo había pasado desde que había caído, pero probablemente me estaría acercando a los tres minutos sin oxígeno y no veía una manera fácil de aceptar que iba a morir. Aquel era mi último destino. El momento que determinaría mi muerte. Cerré los ojos y los apreté fuerte, mi cuerpo se revolvía ante esa necesidad de respirar, traté de pensar en algo agradable, al menos, dentro de lo que pudiera encontrar. El parque. Tenía seis años y mi padre me había llevado allí a jugar a la pelota. Él estaba cansado, sus ojeras hablaban por sí mismas, pero igualmente, se animaba a corretear conmigo por todo el parque. Esas imágenes me hicieron esbozar una sonrisa.

Noté que una luz me estaba dando en los ojos, no era muy fuerte pero, me hizo abrirlos y darme cuenta de que me acercaba a la superficie. ¿Había sido por ese recuerdo? Volví a cerrarlos al notar que empezaba a bajar hacia la oscuridad otra vez y una sensación de ahogo que no sabía si podría aguantar. Así que, escogí otro. El parque de juegos. Tenía cinco años y mi padre me había llevado al trabajo con él porque la niñera le había fallado, así que, por primera vez, pude jugar en un salón enorme lleno de juegos de todo tipo con otros niños que eran hijos de astronautas. Escogí otro. La luz me molestaba cada vez más y empezaba a notar que mi respiración mejoraba. El circo. Mi padre me llevó con siete años, me empeñé en ver a animales y acrobacias porque me obsesioné con un anuncio de la televisión, me quedé ensimismada con todo lo que hacían y lo disfruté muchísimo. Otro. El primer día de colegio con tres años, mi padre me dio una piruleta y me dijo: “para la niña más grande” y eso fue suficiente para que me armara de valor y entrara por la puerta del sitio que me parecía el más aterrador de todos.

Una bocanada de aire entró en mis pulmones y el sol me daba en la cara, podía mover los brazos y las piernas y un bote salvavidas me sacaba del agua. Su cara era conocida, pero estaba tan mareada por la falta de aire y la profundidad que no me dio demasiado tiempo a ordenar esa información dentro de mi cerebro. Puse mi cabeza sobre los brazos apoyados en el salvavidas y me dejé llevar por el barco que me había sacado de allí. Pero, quién realmente me salvó fue mi padre, los recuerdos que quedaron, al menos. Volví a esbozar una sonrisa mientras cerraba los ojos…


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Breathing Under the Water:

I fell into the water. I can’t remember where or how it had happened from but down there it was rather dark, I could only see the light coming from the surface from where it had fallen and each time, I was getting further away from it. I tried to move my arms hard to be able to climb back up but they did not respond, the panic began to explode inside me when I discovered that my legs were also paralyzed and did not help me out. I kept falling slowly, like a feather falling to the ground without making noise, with no one around to turn to. I could hold my breath, at most, about three minutes and that thanks to the intensive swimming lessons in my teens but I didn’t know how much longer I could do it.

The rest of my body seemed to be crimbled, my neck remained straight and my eyes stuck in the light at the end, already far away. I wanted to scream but I couldn’t. I wanted to breathe, but I couldn’t. I wanted to get out of there, but I couldn’t. I didn’t quite know how long it had been since I had fallen, but I would probably be approaching three minutes without oxygen and I didn’t see an easy way to accept that I was going to die. That was my last destination. The moment that would determine my death. I closed my eyes and squeezed them hard, my body stirred at that need to breathe, I tried to think of something pleasant, at least, within what I could find. The park. I was six years old and my father had taken me there to play ball. He was tired, his dark bags in the eyes which spoke for themselves, but equally, he dared to run with me all over the park. Those images made me smile.

I noticed that a light was hitting me in the eyes, it was not very strong but, it made me open them and realize that I was approaching to the surface. Had it been because of that memory? I closed them again when I noticed that I was starting to go down into the darkness again and a feeling of suffocation that I didn’t know if I could hold on. So, I chose another one. The playground. I was five years old and my father had taken me to work with him because the nanny had failed him, so for the first time I was able to play in a huge room full of games of all kinds with other kids who were children of astronauts. I chose another one. The light bothered me more and more and I began to notice that my breathing was improving. The circus. My father took me with seven years old, I insisted on seeing animals and acrobatics because I became obsessed with an advertisement on television, I was absorbed with everything they did and I enjoyed it very much. An another one. On the first day of school when I was three years old, my father gave me a lollipop and said: “for the biggest girl” and that was enough for me to arm myself with courage and enter through the door of the place that seemed to me the scariest of all.

A breath of air entered my lungs and the sun hit me in the face, I could move my arms and legs and a lifeboat pulled me out of the water. His face was familiar, but I was so dizzy from the shortness of breath and depth that it didn’t give me too much time to sort out that information inside my brain. I put my head on my arms resting on the lifeguard and let myself be carried away by the boat that had taken me out of there. But, who really saved me was my father, the memories that remained inside me, at least. I smiled again as I closed my eyes…


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Invalidación Emocional:

Creo que todos, en general, le damos la importancia a las situaciones y emociones que la requieren, aunque a veces, nos abrumemos y podamos exagerarlas de más. Cuando estamos en esos momentos en los que nos sentimos más vulnerables de lo normal, tenemos cambios emocionales o no nos sentimos al 100%, es normal necesitar un poco de ayuda, una mano amiga extendida hacia ti para lograr pasar por un mal momento o situación. En estos procesos quizá necesitemos desahogarnos, saber que hay alguien ahí, a nuestro lado, un hombro en el que llorar si las cosas se ponen feas pero, ¿y si esa persona trata nuestras emociones, problemas o situaciones como si no tuvieran la mínima importancia, te dice que los olvides o te quiere convencer de que su vida es peor que la tuya y que pasa por más dificultades que tú?

Esto es algo que pasa más a menudo de lo que pensamos. Todos pasamos por circunstancias y experiencias diferentes y desde ellas, actuamos. Por tanto, cada persona va a ver tu problema de una forma muy diferente y la solución podrá ser más sencilla o menos, podrá haberlo experimentado antes o no, quizá ni tenga la más remota idea de lo que te ocurre pero, aún así quiere formar parte. Haciendo partícipe a otro de nuestros problemas, tendemos a depender de una respuesta, una opinión o quizá una crítica, podemos caer en la positividad tóxica y nuestras emociones verse más afectadas. Podemos escuchar respuestas como: “No es para tanto”, “no te deprimas, eso no es nada”, “venga mujer, deja de llorar”, “te preocupas demasiado”, “siempre te lo tomas todo tan personal”, “piensas demasiado las cosas”, “déjalo estar y piensa en otra cosa”, “ignóralo y no hagas caso”, “haz como si no hubiera ocurrido”, “otra gente lo está pasando peor que tú” y muchos más. Creo que, si una persona se siente mal, nadie debe invalidar sus emociones porque no contribuye a su mejora, sino que lo empeora. Si ves a alguien llorando y le dices que deje de llorar y no se lo tome tan a pecho, no te hará caso, llora por una razón, no puede evitarlo o, simplemente, no llorar. A las personas diagnosticadas con depresión, no les digas “no te deprimas”, porque no pueden evitar estarlo por mucho que pienses que estar así es su elección.

Y creo que eso es uno de los principales problemas. Una persona no se siente emocionalmente agotada porque le apetezca, quizá ha tenido una situación estresante, traumática o quizá se auto exige demasiado día a día, pero no es algo que se pueda añadir o quitar por el gusto o disgusto de hacerlo, no hay un botón que apretar en ningún lado. Nos metemos tan dentro de nuestras emociones y situaciones que no nos paramos a pensar ni un minuto en que, si la otra persona está experimentando emociones negativas de ese tipo hay que dedicar un tiempo a escucharla, entenderla y apoyarla, sin querer terminar la conversación rápidamente porque te espera un amigo para comeros una hamburguesa, eso discúlpame pero es egoísmo. Si ves que una persona está muy mal y crees que vas a decirle una tontería, es mejor que no le digas nada, le harás más bien que mal, porque necesita apoyo, no que la castiguen más.

Otro de los problemas que veo es que cuando vemos a alguien deprimido, que está pasando por circunstancias difíciles, crisis de ansiedad, depresión, etc. creemos que se está haciendo la víctima o quiere llamar la atención, agenciándonos el derecho de no darle la importancia que tiene a lo que está diciendo o a cómo se está sintiendo. Por ello, mucha gente no lo exterioriza o se queda callada sin buscar ayuda porque cree que no le van a entender y termina peor. Hay algunos que nos hemos dedicado a fingir toda la vida para que nadie se diera cuenta, para no llamar la atención y que nos invalidaran, no nos entendieran o, simplemente, que nos pusieran la etiqueta de “locos” y, durante los años, hemos ido empeorando y sintiéndonos un poco más alejados de nuestras emociones, en vez de haberles dado la importancia y el tiempo que se merecían. Por ello, creo que no es suficiente escuchar la opinión de un amigo, familiar o personas cercanas, sino que, debemos acudir a un especialista en psicología que es una persona más neutra y te va a responder objetivamente y dando la importancia que se requiere a lo que te ocurre, mucha gente lo ha hecho y no hay que avergonzarse por necesitarlo unas pocas veces en la vida, a veces simplemente, nos abrumamos y no gestionamos bien las emociones que hace años si gestionábamos, pero no hay de qué preocuparse.

Invalidar las emociones de alguien puede radicar en problemas psicológicos tales como la ansiedad, la depresión y el sentimiento de abandono, se puede empezar a sentir desde edades tempranas o siendo ya adulto. Nuestras emociones son tan válidas como las de cualquier otro ser humano, debemos respetarlas y trabajarlas cada día, ser empáticos con otros, entender estos estados y apoyarlos, animarles a que busquen ayuda, tenderles una mano si vuelven a caer o si sienten que están solos en el mundo. Por supuesto, no soy psicóloga ni nada por el estilo pero desafortunadamente, lo he experimentado muchas veces y he visto esa necesidad de normalizar cómo nos sentimos de una forma más natural sin tener que vernos obligados a fingir estar bien cuando no es así. VALIDAR en vez de INVALIDAR 😉


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Emotional Invalidation:

I think that everyone, in general, gives importance to the situations and emotions that require it, although sometimes, we get overwhelmed and we can exaggerate them too much. When we are in those moments when we feel more vulnerable than normal, have emotional changes or do not feel 100%, it is normal to need a little help, a helping hand extended to you to get through a bad time or situation. In these processes we may need to let off steam, know that there is someone there, next to us, a shoulder on which to cry if things get ugly but, what if that person treats our emotions, problems or situations as if they were not of the slightest importance, tells you to forget them or wants to convince you that their life is worse than yours and that they go through more difficulties than you?

This is something that happens more often than we think. We all go through different circumstances and experiences and from them, we act. Therefore, each person will see your problem in a very different way and the solution may be simpler or less, they may have experienced it before or not, perhaps they do not have the remotest idea of what happens to you but, still want to be part of it. By involving another of our problems, we tend to depend on a response, an opinion or perhaps a criticism, we can fall into toxic positivity and our emotions be more affected. We can hear answers like: “It’s not so much”, “don’t get depressed, that’s nothing”, “come on woman, stop crying”, “you worry too much”, “you always take everything so personal”, “you think things too much”, “let it be and think about something else”, “ignore it”, “make it as if it hasn’t happened”, “other people are having a worse time than you” and many more. I believe that, if a person feels bad, no one should invalidate their emotions because it does not contribute to their improvement, but rather makes it worse. If you see someone crying and you tell them to stop crying and not take it so seriously, they will ignore you, she/he cry for a reason, he/she can’t help it or just not cry. To people diagnosed with depression, don’t say “don’t get depressed,” because they can’t help but be depressed, no matter how much you think being like this is their choice.

And I think that’s one of the main problems. A person does not feel emotionally exhausted because he/she feels like it, maybe he/she has had a stressful, traumatic situation or maybe he/she demands too much to himself/herself day after day, but it is not something that can be added or removed for the pleasure or displeasure of doing so, there is no button to press anywhere. We get so into our emotions and situations that we don’t stop to think for a minute that, if the other person is experiencing negative emotions of that kind you have to spend some time listening to it, understanding it and supporting it, not wanting to end the conversation quickly because a friend is waiting for you to eat a hamburger. that’s excuse me it’s selfishness. If you see that a person is feeling very bad and you think you are going to tell them nonsense, it is better that you do not tell them anything, you will do them more good than bad, because they need support, not that anyone punish them more.

Another problem I see is that when we see someone depressed, who is going through difficult circumstances, anxiety crises, depression, etc. we believe that she/he is doing him/herself the victim or wants to draw attention, giving us the right not to give the importance that he/she has to what he/she is saying or how he/she is feeling. Therefore, many people do not externalize it or remain silent without seeking help because they believe that they will not understand him/her and it ends up worse. There are some that we have dedicated ourselves to pretending all our lives so that nobody noticed, so as not to attract attention and to invalidate us, not understand us or, simply, to put the label of “crazy” and, over the years, we have been getting worse and feeling a little further away from our emotions, instead of having given them the importance and time they deserved. Therefore, I think it is not enough to listen to the opinion of a friend, family member or close people, but, we must go to a specialist in psychology who is a more neutral person and will respond objectively and giving the importance that is required to what happens to you, a lot of people have done it and you shouldn’t be ashamed to need it a few times in life. sometimes we just get overwhelmed and don’t manage well the emotions that years ago we managed, but there’s nothing to worry about.

Invalidating someone’s emotions can be based on psychological problems such as anxiety, depression and feelings of abandonment, they can start to be felt from an early age or as an adult. Our emotions are as valid as those of any other human being, we must respect and work them every day, be empathetic with others, understand these states and support them, encourage them to seek help, reach out to them if they fall again or if they feel that they are alone in the world. Of course, I’m not a psychologist or anything like that but unfortunately, I’ve experienced it many times and I’ve seen that need to normalize how we feel in a more natural way without having to pretend to be okay when we don’t. VALIDATE instead of INVALIDATE 😉


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Espacio Olvidado:

Empecé a caminar por el pasillo de oficinas una vez más, como cualquier otro día, casi sin prestar atención. Todo el mundo tenía su despacho, trabajaban a toda velocidad hasta el último minuto, muchos se quedaban hasta altas horas de la madrugada para terminar los últimos toques de un artículo que iba a salir al día siguiente y otros dejaban sus puestos a tiempo y se llevaban el trabajo a casa sin tiempo que poder dedicarles a sus familiares y amigos. Pero así era nuestro trabajo, estar despierto para cazar cualquier noticia al vuelo y poder informar a los ciudadanos. Pensando en ello, me paré en seco al ver la puerta de una de las oficinas del pasillo a penas abierta, no se oía nada, tan solo se podía ver el último rayo de luz entrando por la ventana hasta la puerta de entrada.

Me aventuré a entrar. Ya había pasado un año desde que ocurrió. Recuerdo que antes me pasaba todo el tiempo entrando y saliendo de esta oficina con papeles en las manos, hablando a gritos y tratando de que Melinda me escuchara, fue una redactora jefe inolvidable por su dureza. Me entristeció ver la habitación tan vacía, desolada, olvidada en el pasillo. La imagen de ella sentada en su silla con rectitud cerca de su escritorio me dejó entrever una sonrisa tímida, lo tenía lleno de papeles por todas partes, post-its, su ordenador echaba humo pero no dejaba de teclear como si su vida dependiera de ello, lo tenía lleno de grapas tiradas por el suelo, una papelera al lado que a penas usaba y una grapadora a punto de echarse a perder. Ahora, ese escritorio no tenía nada en absoluto. Estaba vacío. Había un sillón a un lado lleno de polvo, donde Melinda solía leer algunos de los borradores que le traíamos, decía que era el mejor lugar para pensar, yo no quería dudarlo o podría tener problemas. Una estantería vacía al fondo y a la derecha, donde dejaba todo los libros que había estudiado sobre periodismo y sobre los que nosotros deberíamos saber más que ella. El suelo tenía polvo, la habitación dejó de brillar y su recuerdo había ido desapareciendo de nuestra mente mientras seguíamos atrapados en nuestra rutina, como si jamás hubiera existido.

Me acerqué a las cortinas y las abrí de par en par, lo que no esperaba era ver un paraguas apoyado en el suelo por el mango. Ese era el paraguas de Melinda. Era el paraguas que siempre se le olvidaba en la oficina y que no recordaba llevarse cuando llovía, llegaba mojada de arriba a abajo a su casa por su mala memoria. No podía creer que nadie se hubiera dado cuenta de esto. Sabía que en la oficina la odiaban, pero dentro de toda esa maldad y rabia, había alguien sensible y tierno, aunque solo me lo dejara ver a mí de vez en cuándo. No quise abrir las ventanas. Era como si la viese a través de ese paraguas y no quería invadir su espacio. El trabajo duro de toda una vida había desaparecido, se había evaporado de aquella habitación que ya ni siquiera mantenía el olor fuerte de su colonia, el afrutado toque que provenía de su cabello o el sudor que desprendía tras tantas horas encerrada entre estas paredes. Me di la vuelta y observé la habitación nuevamente desde las cortinas, mientras el silencio me embriagaba y la inactividad me sorprendía, aquella oficina había sido un fuego cruzado, un movimiento constante y un espacio donde la palabra “no puedo” no existía. Quién quería ser un buen periodista, siempre debía pasar por esta oficina, enfrentarse a Melinda, llevarle la ropa a la lavandería y llevarle el café, aguantar sus insultos y seguir la rutina hasta que empezara a apreciarte y a enseñarte cómo se debía escribir un artículo o por qué no servía para nada una papelera de oficina. Era muy pasota en general pero las palabras eran las únicas con las que tenía algo de decoro y respeto, les daba importancia y prioridad, era lo único a lo que le prestaba atención. “Las personas somos prescindibles pero las palabras se quedan para siempre, así que, hay que saber usarlas bien”, eso decía. Y así era…

Empecé a andar hacia la puerta nuevamente, resistiéndome a ese miedo de no volver a entrar en aquella oficina, de darle la espalda a ese paraguas que yacía olvidado, a aquella habitación separada del resto como un vacío en el Universo, a olvidarla como muchos habían hecho ya. Yacía en la puerta, mirando la habitación con tristeza, mientras me decidía a cerrarla tras de mí. De repente, los recuerdos se disiparon. ¿Qué estaba haciendo allí? ¡Esa no era mi oficina! Oh, dios. Llegaba tarde, otra vez. Mis pies empezaron a moverse rápido, con una parte de mí esperando volver a ese lugar que ya no recordaba pero que había ocupado un pequeño rincón de mi mente, aunque lo intentaba, no salía de mí, así que, lo dejaba estar y volvía a ocuparme con algo hasta que ya dejaba de pensarlo y cruzaba el pasillo de oficinas como si nada hubiera pasado. Una y otra vez. Como si todas las habitaciones tuvieran un sentido, como si nada hubiera cambiado.


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Forgotten Space:

I started walking down the office hallway once again, like any other day, almost without paying attention. Everyone had their office, they worked at full speed until the last minute, many stayed until the last hours of the night to finish the last touches of an writing that was going to leave the next day on newspapers and others left their jobs on time and took the work home with no time to devote to their family and friends. But that was our job, to be awake to hunt down any news on the fly and to be able to inform the citizens about everything was happening on the city. Thinking about it, I stood in my tracks when I saw the door of one of the offices in the corridor barely open, nothing could be heard, I could only see the last ray of light coming through the window to the entrance door.

I ventured in. It had been a year since it happened. I remember that before I spent all my time going in and out of this office with papers in my hands, talking loudly and trying to get Melinda to listen to me, she was an unforgettable editor-in-chief for her toughness. I was saddened to see the room so empty, desolate, forgotten in the hallway. The image of her sitting in her chair righteously near her desk gave me a shy smile, she had it full of papers everywhere, post-its, her computer was fuming but she kept typing as if her life depended on it, she had it full of staples lying on the floor, a bin next to her that she barely used and a stapler about to spoil. Now, that desk had nothing at all. It was empty. There was an armchair on one side full of dust, where Melinda used to read some of the drafts we brought her, she said it was the best place to think, I didn’t want to doubt it or I might have problems. An empty shelf in the background and to the right, where she left all the books she had studied on journalism and about which we should know more than her. The floor was dusty, the room stopped shining and his memory had been disappearing from our minds as we remained trapped in our routine, as if it had never existed.

I approached to the curtains and opened them wide, what I did not expect was to see an umbrella resting on the floor by the handle. That was Melinda’s umbrella. It was the one that she was always forgotten in the office and that she did not remember taking away when it rained, she came wet from top to bottom to her house because of her bad memory. I couldn’t believe anyone had noticed this. I knew she was hated in the office, but within all that evil and rage, there was someone sensitive and tender, even if she would only let me see it from time to time. I didn’t want to open the windows. It was as if I saw her through that umbrella and didn’t want to evade her space. The hard work of a lifetime had disappeared, it had evaporated from that room that no longer even maintained the strong smell of its cologne, the fruity touch that came from her hair or the sweat that it gave off after so many hours locked between these walls. I turned around and watched the room again from the curtains, as the silence intoxicated me and the inactivity surprised me, that office had been a crossfire, a constant movement and a space where the word “I can’t” didn’t exist. Who wanted to be a good journalist, always had to go through this office, confront Melinda, take her clothes to the laundry and bring her coffee, put up with her insults and follow the routine until she began to appreciate you and teach you how to write an article or why an office bin was useless. She was very step-by-step in general but the words were the only ones with which she had some decorum and respect, she gave them importance and priority, it was the only thing she paid attention to. “People are expendable but words stay forever, so you have to know how to use them well,” she said. And so it was…

I began to walk to the door again, resisting that fear of never re-entering that office, of turning my back on that umbrella that lay forgotten, on that room separated from the rest as a void in the Universe, to forget it as many had already done. I lay at the door, looking at the room with sadness, as I decided to close it behind me. Suddenly, the memories dissipated. What was I doing there? That wasn’t my office! Oh, God. I was late, again. My feet began to move fast, with a part of me waiting to return to that place that I no longer remembered but that had occupied a small corner of my mind, although I tried, it wouldn’t come out of me, so I would let it be and get back to business with something until I stopped thinking about it and walked through the office hallway as if nothing had happened. Over and over again. As if every room had a sense, as if nothing had changed.


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Abby: La Hipocondríaca

Relato procedente:Realidad Supuesta“. Edad: 25 años.

Ciudad: Maine. Profesión: Camarera.

Descripción física:

Mi cabello negro me llega hasta los hombros, sedoso, liso y bien cuidado, trato de ir a la peluquería una vez al mes para comprobar que la limpieza que le aplico es de calidad, tengo hecho el flequillo hacia un lado ya algo largo pero con la medida perfecta. Mis ojos castaño oscuro suelen mostrar nerviosismo o ansiedad porque siempre miro hacia ambos lados o evito la mirada ajena porque me incomoda, son los que más me delatan. Mi tez es pálida y me gusta así, no soy de esas personas que se va a la playa a tomar el sol, ¿y si me salieran manchas y me diera cáncer de piel? Prefiero la sombra y los meses fríos. Estoy bastante delgada, algo que me obsesiona pero que, a la vez, me tranquiliza, si tuviera unos kilitos de más, pensaría que me va a dar un ataque cardíaco o me va a subir el azúcar, quizá pensar en tener diabetes o creer que voy a reventar y ensuciar de grasa las paredes de mi cuarto. Normalmente, suelo salir con vaqueros y cualquier camiseta de manga corta básica, sin dibujos, de cualquier color y unas deportivas, incluso, en verano, no me gusta mostrar demasiado… ya sabéis, el sol.

Descripción de la personalidad:

Soy de esas personas a las que la mente les habla constantemente, negativa a rabiar, con unas ideas de futuro yendo a lo catastrófico y con serios problemas de confianza hacia mí misma y los demás. Dicen que soy tímida, introvertida y callada, no me suele gustar rodearme de demasiada gente días seguidos, no sé qué gérmenes pueden traer consigo y no es bueno estar lavándose las manos con jabón mucho, tampoco sé qué productos nocivos le ponen a estos, podrían dañar la piel gravemente, así que, prefiero caminar y vivir sola, ir a trabajar y dedicarme a mis hobbies en mis ratos libres. No dejan de decirme que tengo una personalidad muy obsesiva e hipocondríaca, pero soy incapaz de saberlo, simplemente, hago lo que debo hacer para cuidar mi salud, ¿verdad?

Infancia arrebatada:

Todo empezó con una tos. Lo recuerdo perfectamente. Era una simple tos, tonta, despreocupada y sin necesidad de prestar más atención. La empecé a oír por la mañana durante unos días, luego algo más fuerte y solía aparecer por la tarde también, incluso, por las noches y no me dejaba dormir, parecía que se estuviera ahogando. No tenía nada más que tos. Y todo podría haberse quedado así, pero a veces, le faltaba el aire. Otras, le dolía el pecho al respirar y un día, tras pensar que era una fuerte gripe, fuimos al médico. Después de muchas pruebas, este concluyó que, sin duda alguna, mi padre tenía cáncer con tan solo 40 años de edad. Mis ojos se abrieron de par en par y sentía que mi alrededor se paraba. A penas escuché a su médico decir a lo lejos que iban a operarle en el menor tiempo posible, era la única opción para salvarle pero no las tenía todas consigo con que funcionara, le quedaba muy poco tiempo de vida.

Perdí un día de clase y le acompañé al hospital, necesitaban a alguien que estuviera con él y esa era yo, tan solo me tenía a mí porque mi madre se fue cuando yo tenía siete años, borracha, drogada y con unas ojeras de elefante. Hacía tiempo que los abuelos habían fallecido y, bueno, nos teníamos el uno al otro. Esperé durante horas en aquel pasillo sin ventanas con enfermos caminando arriba y abajo entrando y saliendo de sus habitaciones o en camillas llevadas por enfermeros con muchos cables y botones encima o alrededor. No sabían hasta qué punto aquello resultaba aterrador. Notaba mi pulso acelerado, quería levantarme pero me temblaban las piernas y, por estúpido que parezca, no quería caerme al suelo. Por fin salió. Estaba en coma, en la camilla. Le llevaron a su habitación. Me dijeron que había que esperar a que se despertara, que les llamase si necesitaba algo.

Le leí durante días periódicos, libros de aventuras, cómics de superhéroes porque sabía que los odiaba, incluso, le llevé revistas de coches. Nada funcionó. No despertaba. Pasaron meses y no me moví de la silla. Hasta que, un último suspiro salió de su boca y una máquina que tenía cerca, empezó a pitar muy fuerte. Los médicos corrieron, le hicieron un montón de cosas, supongo que todo lo posible para más tarde mirarme y susurrar: “Hora de la muerte: 11:20. Lo siento mucho, niña”. Con eso, pensaron que me quitaban todos los males, tanto como los dolores de cabeza que me produjeron los diferentes tipos de ataúdes que podía elegir y cómo querría que fuese la ceremonia. No tenía ni idea, solo tenía 11 años… los suficientes como para ir a un orfanato.

La Casa de los Horrores:

Lo llamaba así porque daba miedo. De ahora en adelante iba a vivir en una iglesia grande, aburrida, con jardines exteriores a los que no me podría acercar y con niños que estaba segura no me caerían nada bien. No me equivocaba mucho. Me enseñaron mi habitación, la compartía con otra niña bastante callada pero muy suya con sus cosas, no le gustaba que nadie se las tocara o las moviera de sitio, tampoco que se sentaran en su cama o tocaran sus mesilla de noche, podía empezar a gritar sin parar. Estaba pirada. Me daba igual, solo me dedicaba a estudiar la bazofia que daban como asignaturas para poder salir de allí lo antes posible, ser la joven más desagradable del mundo cuando venían adoptantes, leía mucho entre horas, comía la porquería que daban por comida y dormía las 8 horas que me tocaban. Todo esto sin rechistar, con la cabeza baja, sin llamar la atención y con unas ganas locas de cumplir los 18.

Venidos de la nada, los dolores de cabeza se hacían cada vez más presentes al igual que los de espalda, las náuseas, los temblores en las piernas y la inestabilidad, me sentía débil de repente. Mi cabeza empezó a preguntarse qué podría estar pasando. Lloraba en el baño, asustada. No se lo dije a nadie hasta que fue a más y me desmayé en el pasillo, cerca de la enfermería. Me hicieron mil pruebas pero eran incapaces de identificar qué ocurría con mi cuerpo, reaccionaba a algo pero no sabían a qué. Tuvieron que mandarme a un hospital a las afueras de la ciudad para poder hacerme más pruebas, allí fue donde descubrí qué era la ansiedad, los ataques de pánico y la obsesión tras un pensamiento de enfermedad. Cuanto más lo pensaba, más enferma me sentía. Después de meses ingresada, esperando los resultados, la médico vino con una psiquiatra y me diagnosticaron estrés postraumático. La muerte de mi padre me había afectado mucho pero no lo exteriorizaba a través de emociones como la tristeza, el cansancio mental, la rabia, la frustración o, incluso, la ira, sino que mi cuerpo mostraba todas aquellas cosas a través de mi cuerpo.

Así es como la terapia empezó para mí.

Independencia Querida:

Hice lo imposible para no entrar en casas de adopción con familias que no iban a ser nunca mis padres y que no quería que lo fuesen, la idea de que les reemplazaran me ponía la piel de gallina, así que, conseguí que nadie me adoptara y así finalizar mi época de orfanato a mis 18 años de edad, momento por el cual, podía decidir irme o quedarme un tiempo más hasta que encontrase casa y trabajo. Mi padre me dejó algo de dinero, así que, lo primero que hice cuando salí fue alquilar un piso un tanto alejado del centro para vivir y empezar a trabajar de camarera, era dinero fácil y rápido, cansado y pesado, pero fácil que, al fin y al cabo, era lo que necesitaba en ese momento y en el día de hoy. Me ha ido gustando bastante más y he estado en el mismo lugar desde que empecé, he tenido una pequeña familia por aquí.

Empecé a ganar un poco más de dinero porque hacía más horas, con ello vinieron algunos problemas de estómago y de espalda, al parecer, por estrés pero no podía evitar que esa voz en mi cabeza hablara y me mostrara una serie de realidades supuestas en las que yo tenía una enfermedad terminal y en las que iba a morir con seguridad, al igual que lo hizo mi padre. No podía evitar aquella presión en el pecho, aquel pánico por algo que no había ocurrido, aquella falta de aire y esos malos momentos sentada en la silla cerca del escritorio del médico que te dice que no te preocupes y que se te pasará, que todo es causa del nerviosismo contenido y que tan solo debes llevar un tratamiento de descanso y menos horas de trabajo diarias. El alivio que sientes no te lo quita nadie….

Un futuro de terapia y mejora:

Hubo un momento en el que pensé que la terapia ya no sería necesaria, que había superado la muerte de mi padre y que seguía adelante como cualquier otra persona que había pasado por lo mismo que yo, pero tras salir del despacho del médico y haber notado todas aquellas sensaciones de nuevo, tuve la necesidad de llamar a la psiquiatra que me trató hacía unos años por el tema del estrés postraumático porque ella sabía de mi caso y para no tener que empezar a contarlo todo de nuevo, era jodido. Concertamos una cita, algo que me hizo sonreír. Aunque nunca confié en nadie de verdad, ella consiguió que sí lo hiciera con ella, a través de esa voz tan dulce, de su apoyo emocional constante y sus palabras de consuelo, hacía que me dejara llevar entre sus palabras y eso lo llegué a valorar mucho.

Te caes y vuelves a levantarte pero, si vuelves a caer y necesitas a alguien que te sujete y te ayude un poco para que vuelvas a poner ambos pies en el suelo, pues adelante. Debes hacerlo.


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Realidad Supuesta:

Estaba en el hospital. Me habían dicho que sufría de algo muy grave, ¿cáncer, quizá? No pude oírlo bien, la voz del médico se disipaba y su rostro se volvía borroso, no podía entenderle, sus labios se movían lentamente. Algunas enfermeras trajeron una camilla para trasladarme a mi habitación, al parecer, tenían que ingresarme, debían operarme urgentemente… ¿De qué? Noté que mi corazón me palpitaba muy rápido, que me quedaba sin aire y se me secaba la boca, como si me hubiera quedado sin saliva. Mi mente volvía una y otra vez a preguntarse qué me ocurría, por qué tenía que pasarme esto a mí y qué había hecho en la vida tan malo como para merecer aquella desdicha. Pero, operarme… ¿de qué?

Me vi a mí misma caer al suelo, hiperventilando. El médico trató de cogerme la cabeza para que no me hiciera daño y me subió a la camilla. Seguía sin poder verle nítidamente, como si mis ojos no visualizaran bien mi entorno. Noté que mis manos temblaban conforme las enfermeras me llevaban a mi habitación, pasando una puerta blanca aterradora y de la que pensaba no iba a volver a salir. Ahora mi corazón estaba a punto de salírseme del pecho, mis ojos se ensancharon y mi respiración se entrecortaba, era el momento perfecto para tener un ataque de pánico… Dios. No podía estar pasando aquello, no podía… Tenía mucho que estudiar. ¡Oh, dios mío! Mi examen. ¡Tenía un examen! Me incorporé gritando mientras las enfermeras dejaron la habitación sin siquiera volverse.

– ¿Me está escuchando? Oiga – pestañeé al tiempo que me daba cuenta de que estaba sentada frente al escritorio de mi médico – Sus resultados han salido muy bien, no tiene de qué preocuparse, puede que haya pasado por momentos de estrés últimamente y por eso haya notado algunos cambios bruscos en su cuerpo…

– Oh, emm… Eso… Eso está genial, sí – respondí, mientras observaba la habitación extrañada, ¿cómo había llegado allí? -.

Recogí los resultados de las pruebas y salí del hospital con una media sonrisa. Mi corazón ya no palpitaba deprisa, mi cuerpo había dejado de estar tenso, podía verlo todo con claridad y podía presentarme al examen de mañana. Todo había sido tan real… El hospital, la camilla, la enfermedad misteriosa y las enfermeras que ignoraban mis gritos… ¿nada de eso había ocurrido? Volví a mirar y a tocar todo mi cuerpo, ¡estaba entera! ¡Estaba viva! Con una hipocondría del carajo… pero viva.


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A Supposed Reality:

I was in the hospital. I had been told that I was suffering from something very serious, cancer, perhaps? I couldn’t hear him well, the doctor’s voice dissipated and his face became blurry, I couldn’t understand him, his lips were moving slowly. Some nurses brought a stretcher to move me to my room, apparently, they had to hospitalize me, they had to operate on me urgently… about what? I noticed my heart beating very fast, I ran out of air and my mouth dried up, as if I had run out of saliva. My mind came back again and again to wonder what was happening to me, why this had to happen to me and what I had done in life so bad as to deserve that misdeed. But, surgery… about what?

I saw myself fall to the ground, hyperventilating. The doctor tried to grab my head so it wouldn’t hurt me and put me on the stretcher. I still couldn’t see him clearly, as if my eyes didn’t visualize my surroundings well. I noticed my hands trembling as the nurses took me to my room, passing a terrifying white door and I thought I wouldn’t get out of there again. Now my heart was about to come out of my chest, my eyes widened and my breathing was choppy, it was the perfect time to have a panic attack… God. I couldn’t be going through that, I couldn’t… I had a lot to study. Oh, my God! My exam. I had an exam! I joined screaming as the nurses left the room without even turning back.

– Are you listening to me? Hey – I blinked as I realized I was sitting in front of my doctor’s desk – Your results have gone very well, you don’t have to worry, you may have been through stressful times lately and that’s why you’ve noticed some sudden changes in your body…

– Oh, emm… that… That’s great, yes – I replied, as I looked at the missed room, how had I gotten there? -.

I collected the test results and left the hospital with a half smile. My heart was no longer beating fast, my body was no longer tense, I could see everything clearly and I could go and do my tomorrow’s exam. Everything had been so real… The hospital, the stretcher, the mysterious illness and the nurses who ignored my cries … none of that had happened? I looked again and touched my whole body, I was whole! I was alive! With a crazy hypochondria… but alive.


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Clara: La Chica Invisible

Relato procedente:Invisible“. Edad: 16 años.

Ciudad: Arizona. Profesión: Estudiante.

Descripción física:

Cabello castaño y largo hasta media espalda, tez morena y ojos negros. Mis labios son un tanto gruesos y suelo ponerles un poco de gloss color marrón claro para resaltarlo un poco más, no suelo usar demasiado maquillaje, me gusta aplicar lo menos posible para no irritar la piel y verme natural. En verano, me gusta ir con vestidos prácticamente siempre y en invierno con vaqueros y sudaderas o con falda y medias gruesas y un top con manga larga.

Descripción de la personalidad:

Suelen decir que soy una chica dulce, comprensiva y atenta, que me gusta socializar aunque no siempre los demás quieran hacerlo conmigo y que soy propensa a tomarme las cosas de forma muy personal. Sí que me definiría como alguien muy sensible, con las ideas claras de qué quiero o me gustaría hacer, me entretiene leer y dedicar tiempo a los estudios, tengo bastante retentiva y creo que podría llegar a ser una estudiante modelo si llegara a la Universidad y alguien pudiera verme. No creo en la suerte pero sí en la amistad y el amor, ¡son dos de mis palabras favoritas!

Una infancia invisible:

Supongo que todo empezó en el parvulario, cuando los otros niños no querían o dejaban de jugar conmigo por motivos que desconocía. Murmuraban y reían pero, con tres años poco puedes imaginar, así que, quizá pensé que eran idiotas y que yo seguiría jugando sola. Conforme pasaron los años, me daba cuenta de que esos niños iban haciéndose más cercanos, iban unos a casa de otros, sus madres les preparaban sus meriendas favoritas después de jugar a fútbol y yo parecía que no siguiera adelante, me mantenía estática, pasaban por mi lado y ni siquiera mostraban un ápice de interés, tampoco fingido. Me daba cuenta de que no se acordaban de mi nombre, apenas hablaba en las clases y no podía quedarme demasiado después porque ayudaba a mi madre con la colada y a preparar la cena bastante pronto y me necesitaba allí, estábamos solas después de que mi padre se fuese.

Caminaba cabizbaja hacia el colegio, con ganas de llevar mis deberes hechos, de aprender y encontrarme con nuevas curiosidades pero sin una sonrisa conocida, era como un fantasma en una casa encantada. Crecía en el más absoluto anonimato, preguntándome si había hecho algo que provocara incomodidad a los demás o si les había ofendido en algo pero, no parecían enfadados, era como si no formara parte de su existencia, de su mundo o su día a día, respiraba pero nadie se percataba de que estaba allí de pie, observándoles mientras sentía un vacío en mi interior que ni siquiera mi madre era capaz de aliviar con palabras alentadoras o con abrazos cariñosos. Era su hija, había salido de ella provocándole dolores insoportables, ¡cómo no iba a acordarse de mí, ja!

La invisibilidad como una realidad:

En cuanto llegué a la edad de doce años, me sentía sola, dejada a un lado, transparente al ojo humano, nadie me escuchaba, ni siquiera llamando la atención con ropa chillona o descolorida eran capaces de levantar la cabeza de los libros o de mantener conversaciones estúpidas, era invisible. Me dolió tanto que estuve semanas llorando a escondidas entre las sábanas cada noche, esa angustia formó parte de mi cuerpo y la tristeza, se apoderó de mi mente. Empecé a verlo y creerlo como una realidad, era tan fuerte, tan intensa, que lo acepté como algo que iba a seguir sucediendo. De repente, noté mi cuerpo diferente. Los dedos de las manos, empezaban a volver cada vez menos visibles, al igual que mis brazos, mis piernas, ya no veía mis zapatos, mi cabello, mi cara… ¡Mi peor pesadilla se había cumplido! ¿Me había vuelto invisible?

A cada persona que tocaba, la traspasaba. A cada persona a la que le hablaba, no me oía. Todos pasaban a través de mí. Empecé a desaparecer de los álbumes de fotos y de los pequeños cuadros que mi madre tenía por casa, la escuché hablar con una vecina de lo agradable que había sido no quedarse nunca embarazada y el ser una mujer soltera y auto suficiente porque no tenía que preocuparse por nada, al día siguiente se iba a ir de vacaciones a Bali por dos semanas. Estaba sola. Me había quedado en mi más absoluto aislamiento. Al principio desesperé pero, más adelante, tras un año de soledad, comprendí y acepté que era mi destino, que no era tan diferente a cómo solían ser las cosas cuando iba al colegio, que debía convivir con ello y acostumbrarme, ver las cosas buenas que eso podía aportarme, aunque también tenía mis momentos de tristeza que preferiría no recordar.

Me daba la oportunidad de ir donde quisiera, de coger cualquier cosa en una tienda, de comer lo que quisiera en un restaurante directo de la cocina, podía ir a la Universidad y quedarme a escuchar y tomar apuntes en cualquier clase… Fue una realidad agridulce que todavía no sabía si me gustaba o si acabaría aburriéndome de ella.

De invisible a visible:

Ocurrió algo que nunca pensé que pudiera ocurrir y fue que mi cuerpo empezó a aparecerse poco a poco gracias a Miguel, un compañero de clase al que llegué a apreciar mucho y que era el único que me recogía los libros cuando los tiraban de mi pupitre en el instituto o cuando se dignaba a saludarme cada vez que me veía. Simplemente, me vio sentada en un banco leyendo entre todos aquellos jóvenes jugando a fútbol y me tocó para que le mirara, me habló como si realmente estuviera allí y mi cuerpo volvió a la normalidad, ¡ya me podían ver! Fue una de las mejores experiencias de mi vida, sobre todo, por el hecho de que mi madre me esperaba para comer como cualquier otro día, como si jamás me hubiera ido, aunque pasaron 4 largos años hasta que pude volver a ser yo misma. Por supuesto, no se lo conté a nadie y seguí mi rutina normal.

Me alegraba de volver y ya no prestaba atención a toda esa gente que no me saludaba o no me miraba, tenía suficiente con Miguel y mi madre, para ellos sí era importante, me veían, hablaban conmigo y me hacían reír, si cambiaban las cosas sería posible que pudiera tener más amigos, si no, podría apreciar lo que tengo ahora sin necesidad de pedir más.

Un futuro de sueños por cumplir:

Ya había hecho las cosas que más me gustaba hacer cuando era invisible, pero estaba bien volverlas a repetir, marcar pequeños objetivos diarios para llegar a hacer cosas mucho más grandes y que me hicieran sentir orgullosa. Supongo que nadie sabrá nunca lo que ocurrió y me gustaría guardármelo para mí como una experiencia propia y un tanto desagradable para abrirme un poco los ojos y darme cuenta de que estaba dando importancia a lo que no la tenía, los demás pueden hacer lo que quieran, yo soy la que marco la diferencia en mi día a día.

Convencí a mi madre para ir ambas a Bali, no quería que siguiera pensando como una mujer soltera sin responsabilidades ni compromisos, sin hijos y sin aspiraciones, quería que sintiera que estaba con ella, que en nuestros cuadros seguía saliendo yo a su lado.


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Invisible:

Clara estaba sentada en uno de los bancos del parque leyendo, tomando notas y sonriendo de vez en cuando. Había otros chicos de su edad a su alrededor jugando a la pelota, riendo y bromeando, pero nadie se daba cuenta de que ella estaba allí, de hecho, desde hacía unos meses, notaba que su cuerpo se había vuelto invisible, cualquiera podía traspasarla fuera una persona o un objeto, nadie la oía hablar, llorar o gritar, no había nada que pudiera tocar excepto los libros, su única salvación. Se pasaba las tardes enteras leyendo y viendo a aquellos chicos pasar por su lado, oyendo conversaciones ajenas y envidiando que no pudiera formar parte de ellas y sin saber por qué, todo ocurrió tan rápido…

Pero, una tarde, tras oír el timbre del instituto que había justo enfrente del parque, levantó la cabeza para ver a los alumnos de diferentes edades salir de allí con sus amigos, riendo y contando historias. Notaba algo diferente. A alguien diferente. Sus ojos se encontraron con los de Miguel, uno de los chicos con el que siempre hablaba después de clase, ¿cómo podía verla? Nadie lo había conseguido hasta ese preciso momento. Creyó que fue un espejismo, una ilusión que su mente trataba de plasmar en la realidad, una mentira muy bien contada, por lo que, negó con la cabeza ignorando lo ocurrido y siguió leyendo su libro, algo triste. Miguel se acercaba cada vez más a ella, algo extrañado de que Clara no le hubiese saludado siendo que le había mirado directamente, hacía tiempo que no la veía en clase, por fin la encontraba.

– ¡Ey! ¿Dónde te escondes? Hace tiempo que no vienes a clase – le tocó el hombro a Clara para que levantara la vista del libro -.

– ¿Me…? ¿Me estás hablando a mí? – le preguntó a Miguel, mirando a ambos lados del parque, sorprendida, incluso, detrás de ella – ¿Cómo puedes…? ¿Puedes verme?

– ¿Cómo no voy a poder verte? ¡Estás aquí delante! – la señaló con ambas manos, no había nadie detrás de ella, por lo que, Clara empezaba a creerlo – Llevo meses sin verte, es como si te hubieses evaporado.

– Bueno, la verdad, es un tanto difícil de explicar porque…

Se dio cuenta de que los dedos de sus manos empezaban a ser más visibles, muy poco a poco. Empezó a respirar más deprisa, con los ojos puestos ahora en sus brazos que también se hacían visibles, sonreía. Miguel la miraba con extrañeza, esperando que ella dijera algo pero estaba demasiado ocupada observando los cambios que se producían en su cuerpo como para prestarle atención. Sus hombros, pies, cabello, cabeza y tronco, aparecieron hacia los demás de una forma tan visible que podía ver a algunos niños mirándola y esbozando una sonrisa.

– ¡Pueden verme! – señaló a todas las personas que había en el parque con las manos, correteando alrededor de Miguel y mirando las caras de los que cruzaban por su lado – ¡Pueden verme! ¡Me has salvado, Miguel, me has salvado! – le dio un beso en la mejilla y se fue corriendo por el parque sin mediar ni una palabra más, dejando a Miguel atrás, perplejo -.

De todos aquellos que no la veían, la ignoraban y la trataban como si no estuviera o no fuera importante, Miguel había sido el único que la había considerado “alguien”, había sido un amigo excelente y gracias a él todo volvía a la normalidad. Clara podía sentir de nuevo el tacto de los demás, podía sonreírles y conversar con ellos, la escuchaban y la hacían sentir diferente. Aunque nadie notara su presencia, siempre había alguien agradecido porque ella existiera.


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Invisible:

Clara was sitting on one of the park benches reading, taking notes and smiling from time to time. There were other guys her age around her playing ball, laughing and joking, but no one noticed that she was there, in fact, for a few months, she noticed that her body had become invisible, anyone could pierce her outside a person or an object, no one could hear her speak, cry or scream, there was nothing she could touch except books, her only salvation. She spent her entire afternoons reading and watching those kids pass by her side, listening to other people’s conversations and envying that she could not be part of them and not knowing why, everything happened so quickly…

But, one afternoon, after hearing the doorbell of the high school right in front of the park, she raised her head to see students of different ages leave with their friends, laughing and telling stories. She noticed something different. Someone different. Her eyes met those of Miguel, one of the boys she always talked to after school, how could he see her? No one had succeeded until that very moment. She believed that it was a mirage, an illusion that her mind was trying to translate into reality, a lie very well told, so she sneered her head ignoring what happened and continued reading her book, quite sad. Miguel was getting closer and closer to her, surprised that Clara had not greeted him being that she had looked at him directly, it had been a while since he saw her in class, finally he found her.

– Hey! Where are you hiding? It’s been a while since you came to class – he touched Clara’s shoulder to look up from the book -.

– Are you…? Are you talking to me? – she asked Miguel, looking at both sides of the park, surprised, even, behind her – How can you…? Can you see me?

– How can I not see you? You’re here in front of me! – he pointed to her with both hands, there was no one behind her, so Clara was beginning to believe it – I haven’t seen you for months, it looked like you’ve evaporated.

– Well, really, it’s a little hard to explain because…

She noticed that the fingers of her hands were beginning to become more visible, very little by little. She began to breathe faster, with her eyes now on her arms also becoming visible, she smiled. Miguel looked at her with surprise, expecting her to say something but she was too busy watching the changes in her body to pay attention to him. Her shoulders, feet, hair, head and trunk, appeared towards the others in such a visible way that she could see some children looking at her and sketching a smile.

– They can see me! – pointed to all the people in the park with her hands, running around Miguel and looking at the faces of those crossing by her side – They can see me! You have saved me, Miguel, you have saved me! – she gave him a kiss on the cheek and ran through the park without a word, leaving Miguel behind, perplexed -.

Of all those who did not see her, ignored her and treated her as if she was not important, Miguel had been the only one who had considered her “someone”, had been an excellent friend and thanks to him everything returned to normal. Clara could feel the touch of others again, she could smile at them and talk to them, they listened to her and made her feel different. Although no one noticed her presence, there was always someone grateful that she existed.


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Publicado en Personajes

Moira: La que Cierra los Ojos y Ve

Relato procedente:Cerrar los Ojos“. Edad: 36 años.

Ciudad: Maine. Profesión: Recepcionista.

Descripción física:

Cabello rubio hasta más abajo de los hombros, liso, sedoso pero no muy bien cuidado, nunca tenía tiempo de ir a la peluquería por los niños. Mis ojos eran de un tono miel que cambiaban a castaños cuando me daba la luz, a todo el mundo le gustaba eso. Mis labios finos solían ir acompañados de un pintalabios de un tono marrón clarito o rosa apenas perceptible a la vista, no me gustaba mucho el maquillaje y menos cuando tenía tanto que hacer, así que, me conformaba con poco. Mi tez era un tanto oscura pero no lo suficiente para mí, aunque tomaba el sol, no conseguía ponerme morena, era mi cruz. Solía vestir bastante cómoda, normalmente, con vaqueros o chándal, tal como me decían mis amigos y mi familia, yo era un terremoto difícil de parar, así que, no podrían frenarme y menos unos pantalones. Aunque, me encantaba vestir bien, como cuando tenía veinte o veinticinco años, con las camisetas de botones bien planchadas y los pantalones de vestir impecables, ahora me importa poco que el chándal o los vaqueros estén manchados porque cuando vuelva a casa, volverá a ocurrir, tengo hijos, ¿qué quiere usted que haga?

Descripción de la personalidad:

Siempre me han dicho que soy alguien bastante dulce pero que no soy fácil de hacer daño, que mi cabeza está tan focalizada en metas diarias que no tengo demasiado tiempo como para ofenderme de las críticas ajenas, de hecho, ni siquiera me doy cuenta o las recuerdo después de escucharlas, me dicen que es un súper poder que muy poquitos tienen. Soy bastante trabajadora y me gusta lo que hago aunque esté en una oficina todo el día cumpliendo los caprichos de un dentista niñato rico y malcriado, de algo hay que comer, ¿no? Diría que no me gusta mucho hacer ejercicio pero que no puedo terminar como una ballena en medio del mar, así que, hago un gran esfuerzo por ir al gimnasio tres veces a la semana en horario nocturno, cuando mis hijos duermen y no necesitan de mí. Estoy muy activa durante todo el día, no paro, me muevo arriba y abajo sin frenos, casi por inercia para terminar con la lista de quehaceres antes de las diez de la noche, al menos una hora antes, y todos los días son iguales, incluidos los domingos. Soy una trabajadora a tiempo completo en casa y en el trabajo, no lo puedo evitar.

Una infancia de adultez:

Muchos niños podían decir que sus padres eran unos pesados que siempre iban detrás de ellos para que estudiasen y se alimentasen bien, que fueran al colegio y no se saltaran ninguna clase, que estuvieran atentos con sus exámenes y decidiesen bien qué hacer con sus vidas, que supiesen cuál era su pasión para explotarla al máximo pero yo era hija de una azafata destinada a hacer vuelos diarios con un solo día libre y de un alcohólico empedernido al que habían echado del trabajo centenares de veces y que se pasaba el día tirado en casa sin atender mis necesidades. Aprendí muy rápido a ser la ama de casa, principalmente, porque no había nadie en ella, aprendí a aplicarme en mis estudios y a ser responsable, a trabajar duro para conseguir mis notas sin nadie que me dijera nada. Entraba y salía de casa si necesitaba algo sin pedir permiso, era como una adulta independiente y a muchos niños les encantaba eso pero no me habría importado que me hubiesen dejado disfrutar un poco de algunos momentos de infancia.

Los jueves era el día en que mi madre no trabajaba. Y ese era el día en el que yo debía levantarme mucho más temprano para cuidarla porque lo pasaba tirada en la cama incapaz de moverse y con dolores en los pies de estar tanto tiempo de pie, viajaba mucho y le daban dolores de cabeza por los cambios bruscos de horario y las horas de espera. Hacía tantas extras porque papá no conseguía volver a trabajar, ya era un caso perdido, ni siquiera se arreglaba la barba y se vestía como si fuese un sintecho, se le olvidaba poner su ropa a lavar y solo tenía en la cabeza salir a comprar cerveza o quedarse en el bar toda una tarde, al bar donde yo debía ir para traerle a casa y no se perdiese. Era la adulta de la casa aunque no quisiera admitirlo, y ellos eran un par de críos que no entendían de límites y que sobrevivían a la vida como podían, mi madre excediéndose con el trabajo y mi padre bebiendo, ni siquiera sería capaz de decir si se daba cuenta de que estábamos en casa y vivíamos juntos. Era triste, pero era mi presente y no tenía ninguna otra opción más que la de aguantar la situación como pudiese.

Pasiones rotas:

Como cualquier otro estudiante de secundaria, yo también tenía pasiones y sueños por cumplir, quería ser antropóloga, me fascinaba todo ese mundo, estaba ansiosa por entrar en la Universidad y descubrir todo lo que podría aprender. No fue nada fácil. Para entrar pedían notas de selectividad excesivamente altas y a las que ni siquiera los mejores estudiantes podían aspirar, pero lo intenté. Estuve noches seguidas sin dormir, apenas comía y no tenía nada más en la cabeza que no fuese perfeccionar la nota final para llegar a lo que las Universidades pedían para estudiar antropología. Como muchos otros, me quedé en el camino, ni siquiera rocé la nota, ni siquiera hubo una pequeña posibilidad de que todo aquel esfuerzo hubiera valido la pena. Para colmo, me habían despedido de mi antiguo trabajo de dependienta en una tienda de comida para llevar, así que, debía buscar otro trabajo basura con el que mantenerme, quería independizarme por encima de todo y más si no podía ir a la Universidad.

Apesadumbrada, me senté en la silla del salón con los auriculares a todo volumen, no quería que nadie me molestase, concentrada, frente a las páginas de empleo del periódico de la ciudad, con un bolígrafo en la mano rodeando aquellos que captaban mi atención. Todos eran penosos, con un salario mínimo de lo más injusto y esclavista, pero hubo uno que iluminó mi cara: Recepcionista en la consulta de un dentista. El sueldo era bastante bueno y no pedían experiencia, el dueño te enseñaba cómo le gustaban las cosas. Me vestí y fui corriendo a la consulta de ese dentista. Me costó tres viajes en autobús y media hora andando, pero valió la pena. Él era muy guapo, tenía pinta de rico, su consulta era lujosa, amplia, bien iluminada y su presencia imponente. Pensé que no iba a darme el trabajo, pero después de no escucharme con demasiada atención y mirarme de arriba a abajo varias veces, dijo: “¿por qué no? Empiezas mañana a las 08:00am. Me gusta la gente puntual, si fallas, estás en la calle, ¿entendido?”. No dudé en aceptar sus exigencias y empezar a trabajar de inmediato.

Matrimonio impulsivo:

Tenía unos veintiún años, las cosas estaban yendo genial en el trabajo, me había independizado desde hacía ya dos años y estaba feliz por fin, después de haber dejado a mi familia. Me comprometí durante mucho tiempo a mí misma, tenía un piso precioso cerca del trabajo y todo lo que necesitaba, me alimentaba bien y hasta tenía tiempo para ir al gimnasio, cada día podía ponerme un conjunto diferente porque económicamente podía permitírmelo y eso de ponerme tacones me estaba llamando la atención, me encantaba sonar mientras andaba. Así que, como chica inocente y con mucha suerte, decidí darle una oportunidad al amor con el primer chico que se interesó en mí, parecía buena gente, muy atento y cariñoso, pero también impulsivo y muy cabezota. Nos casamos a los seis meses de conocernos, no podíamos despegarnos el uno del otro y, mucho menos, levantarnos de la cama. La luna de miel fue perfecta, tanto que vino con regalo incluido. El regalo se llamó Gabriela, 9 meses después de volver de Las Maldivas. El embarazo fue tedioso, pesado y con dolores incesantes de espalda y riñones, piernas hinchadas y gases, parecía un torpedo.

Antes de todo esto, estuve preguntándome si todo había ido demasiado deprisa, él no era una persona que solía comprometerse, más bien, era alguien al que le gustaba la libertad y vivir sin ataduras, pero durante el embarazo y el parto se portó tan bien que me dije que aquello que estaba pensando era una tontería, que la niña podía hacerle ver las cosas diferentes. Daniel llegó 2 años después, junto a los ardores, los dolores de espalda y las náuseas constantes, él fue otro accidente tras un calentón en nuestra cena de San Valentín después de unas copas de vino. Durante este embarazo, Eddie estaba algo más ausente, venía muy tarde a casa del trabajo y no me decía a dónde iba tras largos paseos, pensé que estaba abrumado, que no esperaba un segundo hijo y que ahora veía en la responsabilidad en la que se había metido sin siquiera quererlo. Así que, le di espacio. Demasiado espacio. Me ocupaba de los niños, del trabajo, la limpieza en casa y las compras del supermercado, empecé a acelerarme porque Eddie parecía que no viviese con nosotros. En efecto, no lo hacía.

Decidí seguirle para saber a dónde iba. Se estaba viendo con dos mujeres más, una de ellas, también estaba embarazada y, cuando no se dedicaba a eso, se iba de bares con gente que yo ni conocía tras 6 años juntos y compartiendo la vida con dos niños todavía en desarrollo. Me di cuenta de que aquella pregunta que me hice antes de casarme con él había sido acertada y debí pensarla antes de saltar al vacío de aquella forma tan impulsiva. Mi racha de suerte ya había concluido, tanto que, en cuanto volvió a casa borracho una noche, le dejé preparadas sus maletas y le obligué a irse y a firmar los papeles del divorcio, peleé por la custodia total de los niños y gané, no volviéndole a ver nunca más. Fue duro tener que convertirme en madre soltera, tenía un trabajo a tiempo completo y era madre también a tiempo completo, pero me levantaba a las cinco de la mañana y hacía que cada momento de organización fuera un milagro futuro en el que pudiera ahorrar tiempo.

El accidente:

Gabriela con 16 años era un terremoto de moda, peinados fantásticos y caprichos de última hora en los que yo era incapaz de invertir porque no me daba la vida para tanto, si quería una moto iba a tener que trabajar, sacarse el carnet y comprarla, no podía más. Discutíamos muchas veces pero, al final, nos entendíamos, sus hormonas iban locas correteando por su cuerpo y bueno, yo siempre andaba estresada, tanto que saltaba a la mínima. Daniel tenía 14 pero era más tranquilo, casi ausente, se metía entre sus libros y no hablaba demasiado, le gustaba el rock, los vaqueros rotos, las cadenas, las camisetas básicas y las de leñador y las converse, pero él ganaba un poco de dinero en el taller de mecánica de su tío arreglando coches y ensuciándose hasta el último pelo de su cabeza, así que, yo no le exigía tanto como a Gabriela.

Solo recuerdo haber cerrado los ojos y haber visto un accidente ocurrir en mi mente, una llamada de Gabriela donde recordaba que necesitaba algo para clase urgentemente y debía llevárselo justo hoy, no podía esperar más. Daniel le gritaba algo y cerraba la puerta de un portazo, tenía un drama familiar que pasaba a través del auricular del teléfono y fue el que hizo que chocara contra el otro coche. Caí por un acantilado, al menos, eso fue lo que me dijeron y perdí la memoria. El otro conductor estaba intacto, yo medio adolorida y el coche, bueno… Iba a necesitar comprarme uno nuevo con el dinero que alguien pudiera dejarme porque no era el momento perfecto para gastar mucho más, y ni siquiera había terminado de pagar el que tenía. La suerte no era lo mío. Tuve que coger la baja durante unos meses pero mi jefe me pagó ese tiempo como si siguiera trabajando, sabía lo que ocurría en mi familia y, aunque era un niñato malcriado y pedante, a veces, mostraba cierta gratitud y compasión, algo que yo también agradecía. Lo que esperaba cada día al despertar era que mis hijos no me volvieran loca.

Un futuro de recuperación:

Ha sido un aviso del destino, un momento de flaqueza en el que alguien me ha dicho directamente que frene, que deje de ir corriendo y que me preocupe por mí. Tengo mucha reflexión por delante durante este periodo de recuperación hasta que pueda volver al trabajo y a tener mi vida normal. Dudo que las cosas vayan a ser como antes, lucharé para que no lo sean, para que mis hijos sean más responsables y se ocupen de lo suyo, soy una súper mamá, pero me conformaría con ser solo una madre atenta y cariñosa, me alegraría de que no siempre fuese yo la que corre y la que hace esfuerzos, todos tenemos que aprender a responsabilizarnos y quizá no les he enseñado esto todavía, se han acostumbrado a que yo lo haga.

Las recuperaciones son lentas, aunque no haya un daño físico grave, el psicológico también juega un papel importante y el susto que te da, te deja fuera de juego, al menos, durante varias semanas, te hace replantearte la vida y la suerte de seguir respirando. También traen descanso y tiempo de hacer lo que te gusta, de desarrollar un poco más tus pasiones, de desconectar y relajarte. Ahí estoy yo, en busca de nuevas pasiones para no dejarme arrastrar más por las prisas.


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Cerrar los Ojos:

Los médicos dijeron que podría no recordar o que podría hacerlo poco a poco, no debía prestar atención a ello, solo dejarme fluir, pero yo no podía dejarlo al azar. No recuerdo nada de ese día, de qué comí nada más levantarme o por qué cogí el coche a cierta hora que todavía no logro concretar, tampoco sé a dónde me dirigía… Dijeron que volver a ese cruce no sería una buena idea, pero decidí ir igualmente. Sola. Caminé durante un par de horas, di vueltas y más vueltas buscando la forma de volver a aquel momento pero mi memoria no reaccionaba.

Mi respiración empezó a hacerse más pesada, empezaba a dolerme el pecho y mis manos temblaban, mirando de un lado a otro desorientada, como si hubiese olvidado ese mismo cruce, como si jamás lo hubiese pisado, cuando bien sabía que lo había hecho durante el periodo de tiempo que estuve trabajando en las afueras de la ciudad. Dejé el coche que mi hermano me dejó unos metros detrás de mí tratando de no perder los nervios del todo, sintiendo el aire chocar contra mi cara, cerrando los ojos para que no me entrara polvo que había en la carretera en ellos. Al hacerlo, un golpe de dos coches apareció ante mí y pude ver cómo uno de ellos se salía por el acantilado. El hombre del otro coche, salió algo malherido pero no parecía sobrio, noté que mi cabeza se había dado contra algo duro… Abrí los ojos.

Empecé a sudar cogiéndome el pecho, ¿había recordado algo? Me senté en el bordillo de la carretera, a mediodía no había nada de tráfico y en esa zona se podía pasear, no estaba expuesta, así que, quise aprovechar para relajarme. Quise parar un momento para preguntarme si la que cayó por ese acantilado fui yo, si ese golpe tan fuerte fue el que borró gran parte de mi memoria… Aggg, si pudiera volver por un momento. Volví a cerrar los ojos maldiciendo el no poder recordar pero, una nueva imagen me hizo verme a mí misma conduciendo a la vez que cambiaba de emisora de radio, no encontraba la frecuencia que me gustaba. Mi hija me llamó al teléfono dos veces, no quise cogerlo, maldije enfadada porque volvía a molestarme mientras conducía pero lo hice igualmente porque no dejaba de llamar. Empezó a decir varias cosas que necesitaba, agobiada, gritando… quizá de la escuela o puede que para el baño, ¿algo de maquillaje? No lo oía bien. Volví a sentir un golpe en el lado izquierdo del coche y el teléfono salió disparado por la ventana, al mismo tiempo que una punzada en la rodilla hizo que volviera a abrir los ojos.

Estaba distraída. ¿Me salté el cruce? Volví a cerrar los ojos pero ya no pude ver nada más. Oscuridad absoluta. Soledad abrumadora. Y el viento soplando con fuerza invitándome a volver a casa, estaba helando y yo, ni siquiera me había percatado.


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Closing my Eyes:

The doctors said I might not remember or I could do it little by little, I shouldn’t pay attention to it, just let me flow, but I couldn’t leave it to chance. I don’t remember anything about that day, what I ate as soon as I got up or why I took the car at a certain time that I still can’t realize, I don’t know where I was going… They said going back to that junction wouldn’t be a good idea, but I decided to go anyway. Alone. I walked for a couple of hours, went around and around looking for a way to go back to that moment but my memory didn’t react.

My breathing began to get heavier, my chest began to hurt and my hands trembled, looking back and forth disoriented, as if I had forgotten that same crossing, as if I had never stepped on it, when I knew I had so during the period of time I was working on the outskirts of the city. I left the car that my brother left me a few meters behind me trying not to lose my nerves at all, feeling the air crash into my face, closing my eyes so that I wouldn’t get dust that was on the road on them. In doing so, a blow from two cars appeared on my mind before me and I could see one of them coming off the cliff. The man in the other car, came out somewhat badly hurt but did not seem sober, I noticed that my head had been hit against something hard… I opened my eyes instantly.

I started sweating by grabbing my chest, had I remembered anything? I sat on the curb of the road, at noon there was no traffic and in that area you could walk, I was not exposed, so, I wanted to take the opportunity to relax. I wanted to stop for a moment to ask myself if it was me who fell off that cliff, if that hard blow was the one that erased much of my memory… Aggg, if I could come back for a moment. I closed my eyes again cursing not being able to remember but, a new image made me see myself driving while changing radio stations, I could not find the frequency I liked. My daughter called me on the phone twice, I didn’t want to pick it up, I was angry because she was calling again while I was driving but I picked up anyway because she didn’t stop calling. She started saying several things she needed, overwhelmed, screaming… maybe from school or maybe for the bathroom, some makeup? I didn’t hear it right. I felt a blow again on the left side of the car and the phone went out the window, at the same time that a twinge in the knee caused me to open my eyes again.

I was distracted. Did I skip the crossing? I closed my eyes again but I couldn’t see anything else. Absolute darkness. Overwhelming loneliness. And the wind blowing hard inviting me to come home, it was freezing and I hadn’t even noticed.


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